La excitación e intranquilidad no permitieron a Laia dormir esa noche. La ira que sentía en relación a Lucius no era menor que el miedo de haberse encontrado a Snape y a Saffron por los pasillos. Algo en su cara podría haberla delatado.
Sacudió los pensamientos negativos. Tenía sueño, hacía frío y era lunes. Esas tres verdades habían aparecido en su mente como las tres primeras malas noticias del día. ¿Cuántas más quedarían por llegar? La voz de Maggie llegó lejana a sus oídos mientras se levantaba y temblando buscaba las zapatillas para aislar sus pies del helado suelo.
- Laia ¿Te ocupas de los de primero?
Demonios, no se acordaba de las vacunas.
Cuatro malas noticias.
Cuando se sentó a desayunar en el comedor –otra vez tarde- sabía que no llevaba consigo su mejor aspecto. Las ojeras habían comenzado a formar parte de su vida. Eso le hubiera obsesionado hacía años, ahora ni siquiera le importaba.
El viento soplaba huracanado en el exterior. Se arrebujó en su túnica. Sin pedir permiso, Draco Malfoy se sentó a su lado. La escena de la noche anterior con su padre apareció en su mente.
- Toma.
Laia vio como de la túnica de Draco salía un diminuto sobre sellado. Éste se lo tendió. El comedor estaba ya prácticamente vacío. Ningún profesor y ningún alumno que no fuera de Slytherin merodeaban por la sala. Laia supo que se trataba de algo secreto y se lo guardó rápidamente bajo su túnica. Draco prosiguió.
- Se que no es a la primera fiesta de este tipo que asistes…
Draco vaciló, aunque intentó disimular. Continuó, ésta vez con orgullo.
- Este año se celebra en la mansión Malfoy.
No supo porqué, puesto que no había dado muchas pistas, pero Laia dedujo a que se refería Draco Malfoy. Sí, claro que no era la primera fiesta de ese tipo a la que asistía, ya que hasta la fecha presente –hasta el fallecimiento de su abuela- ese tipo de fiestas se celebraban en su propia casa.
Cuando se quiso dar cuenta, Draco Malfoy había desaparecido.
Cinco malas noticias.
Se levantó rápidamente y salió del comedor. Comenzó a andar apresuradamente para encontrar algún lugar donde leer la nota. ¿La habría escrito Lucius Malfoy? Cuando estuvo segura de encontrarse alejada del tumulto sacó el sobrecito de uno de los bolsillos de la túnica y lo abrió.
Una letra cuidada.
Pero conocía perfectamente la letra de Lucius Malfoy y esa no era la suya.
A la Srta. Wallravenstein.
Queda invitada a la Gala celebrada el 23 de noviembre en la mansión Malfoy.
Atte. Narcisa Malfoy.Escueto y directo. Era una simple notita, introducida primorosamente en un pequeño sobrecito de medidas calculadas. Narcisa Malfoy siempre era así, metódica y matemática.
No, Draco nunca había asistido a estas galas, y su vacilación al nombrarlas la comprendía muy bien. Ella había crecido en el lugar donde se realizaban, y las había visto a escondidas hasta una edad avanzada, en la que decidieron dejarla pasar al selecto grupo.
Al selecto grupo de mortífagos.
Ahora Draco entraba en él ¿Estaría a la altura de las circunstancias? ¿Sería capaz de comprometerse con los mortífagos para ser uno de ellos?
Pues eso eran estas fiestas, un lugar de reunión entre los fieles al Señor Tenebroso. Pero normalmente estas fiestas se celebraban en enero ¿Porqué adelantarla? Un escalofrío recorrió su espalda y sin saber porqué, recordó al auror Julius Strandberg.
_______
La organización era perfecta. Los niños permanecían en sus colas sin alborotar demasiado, esperando a ser vacunados. Slytherin y Gryffindor habían sido concienzudamente separados y ahora solo hacía falta sentarse en taburetes y vigilar. Todos los prefectos merodeaban por el comedor, atendiendo a los niños mareados o tranquilizando a los asustados. De vez en cuando se debía poner orden entre los más revoltosos.
Laia observó orgullosa su por fin recta y tranquila fila de niños de primer curso mientras los contaba concentrada.
- 67, 68, 69, 70…
¿70?
Por Salazar ¡Faltaba uno!
Miró nerviosa a su alrededor, implorando encontrar otro prefecto en su misma situación. Quería comprobar si aquello era normal o solo le podía pasar a un torpe. Por desgracia todos parecían muy tranquilos, y justo en ese momento vio entrar un hombre ancho y rubicundo. Laia supo que era uno de los sanadores que debía vacunar a los niños. Con los nervios a flor de piel comenzó a buscar en su bloc el nombre del niño que no había sido tachado.
Jonas Purpplewood.
Se levantó rápidamente del taburete y salió corriendo en busca del niño perdido.
Fue recorriendo todo el castillo, cada vez más cabreada.
Seis malas noticias.
¿Y si no encontraba a la criatura? El castillo era demasiado grande como para recorrerlo palmo a palmo, habitación por habitación. Maldito niño cobarde.
Se dirigió a uno de los últimos pasillos que le quedaba por inspeccionar en el primer piso cuando se encontró con el director del colegio, hablando animadamente con un hombre desconocido.
- Deberíamos ponerlo aquí… Si, así se ve mejor.
Dumbledore colocaba un enorme espejo en una de las paredes con la ayuda de su varita, mientras el otro hombre, un individuo alto y calvo, escrutaba detenidamente la pared en la que estaba siendo colgado, con ojos saltones y fijos. La escena era completamente surrealista y el desconocido parecía tan loco o más que el director.
Laia se acercó a ellos mirándoles interrogante pero sin interferir en sus extraños asuntos, y cuando ya estaba a punto de dejarlos atrás, oyó la amigable voz del director.
-Ah… renovar la decoración siempre es saludable. Es como tener casa nueva y recorrer pasillos aún por conocer.
Laia hizo ver que no había escuchado y solo girar la esquina apretó a correr. Las palabras de Dumbledore eran tan sutilmente extrañas, que cualquiera hubiera pensado que querían decir más de lo que aparentemente significaban.
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Escondido pero temblando, Jonas estaba apoyado en una de las estanterías de la biblioteca.
La luz se filtraba tenuemente por las ventanas empañadas. Con cautela, Laia se acercó al niño.
Pero al adelantarse y cruzar varias estanterías vio que alguien se le había acercado antes. Un estallido de colores estaba arrodillado ante él.
Se fue acercando lentamente, temerosa de descubrir lo que en realidad ya sabía, que esa persona que estaba hablando con el niño era Saffron Bahn.
Siete malas noticias.
El niño estaba cabizbajo y ceñudo, y lo que era peor, completamente mojado. Con el frío que hacía, debía ir a cambiarse o pillaría una neumonía.
- Este niño tiene que ir a cambiarse de ropa.
Saffron dio un respingo y se giró con rapidez, observando a Laia desde abajo. La sonrió después del susto y tartamudeó un momento, por la sorpresa.
- S… si, eso estaba intentando que hiciera, pero no quiere moverse de aquí, y apenas me dice nada.
Laia hizo un gesto que demostraba que el hecho que el niño no quisiera moverse de ahí no le importaba demasiado. Con rapidez tomó una de las manos del niño y le obligó a levantarse. Éste soltó un quejido y rompió a llorar, algo que parecía haber hecho durante gran parte de la mañana. Saffron se levantó con rapidez. Por primera vez, Laia vio en ella el entrecejo fruncido. Le pareció tan extraño, que por un momento ni siquiera la reconocía.
- ¿A dónde te lo llevas?
Laia resopló. Solo le faltaba esa niña envuelta en lienzos de Pollock para retrasarla aún más.
- Tiene que ir a vacunarse, y si no me doy prisa me va a caer una buena bronca.
Salió de la biblioteca con el niño arrastras, maldiciendo todo lo que se le ocurría en ese momento que podía maldecirse, pero el niño se soltó de su mano con todas sus fuerzas –Laia casi perdió el equilibrio- y se escondió tras la falda de Saffron, que en ese momento les venía siguiendo. Laia, como buena Slytherin que quiere guardar las apariencias, miró en todas direcciones intentando disimular el problema ante el continuo deambular de gente.
Miró a Saffron intentando parecer tranquila, pero el mal humor que había estado acumulando era tan difícil de retener que las palabras sonaron amenazantes, y Saffron lo notó.
- Esto es cosa mía.
La pelirroja aspiró hondo.
- Se ve a la legua que Jonas no quiere ir contigo.
“
Parece que nadie puede resistirse a sus encantos, ser alumna de Snape no debe ser fácil para alguien que seguro siempre consigue lo que quiere”
Los pensamientos de Laia no la ayudaban a mantener el control.
- Pues resulta que Jonas tiene que venir conmigo a que le vacunen.
- Ya le llevaré yo.
Laia abrió la boca indignada.
- No, tu no puedes Bahn –pronunció su nombre como si lo hubiera escupido- tu no eres Slytherin, y esto solo les atañe a los prefectos de Slytherin.
Saffron no contestó, pero su mente parecía en ebullición. Fue entonces cuando Laia aprovechó para llevarse a Jonas. Con una rapidez felina, agarró una de las manos del niño y lo empujó hacia ella.
- Ahora vete a estudiar tus pócimas y hierbas Saffron Bahn.
Completamente segura que la confrontación había terminado sin demasiados incidentes, Laia dio media vuelta con un Jonas lloroso y resignado.
Pero no iba a ser todo tan fácil, pues la mano de Saffron había agarrado la otra muñeca del niño.
Ahora si que el mal humor de Laia había aflorado por fin, y con crueldad. Miró a Saffron con un odio indescifrable en sus ojos negros. Fue Saffron la primera en hablar.
- Eres una maldita golfa sin sentimientos.
Laia abrió la boca, más que por indignación por asombro que esas palabras hubieran salido de la boca de la siempre alegre y educada Saffron Bahn. ¿Y cómo le había llamado? ¿Maldita golfa sin sentimientos?
¿La había llamado golfa?
¿Golfa?
¿Ella?
¿Laia Wallravenstein?
- Por lo menos yo… -se paró para pensar mejor como decirlo de manera más desagradable- no voy por allí vestida con los colores del arco iris, ridiculizando a Severus Snape con mi presencia de payaso. ¿Acaso no ves como le incomoda pasear a tu lado? Cada vez que os ven juntos la gente se pregunta como demonios os aguantáis, si es que realmente os aguantáis. Dime Bahn ¿Os aguantáis?
La última pregunta había sonado jocosa y curiosa. Vio una especie de vacilación en los ojos y los inseguros movimientos de Bahn. Fue algo sutil y rápido, pero Laia lo captó y lo tomó con una respuesta. Sonrió victoriosa.
- Debo cumplir con el papel de golfa que me has adjudicado ¿no?
Cuando se disponía a irse, la voz de Saffron sonó otra vez, con un tono tenebroso y ronco que nunca había creído posible que fuera capaz de adoptar. Esa voz no era la de una persona buena y sincera.
- Al menos todo el mundo sabe que no frecuento compañías peores que la de Severus Snape.
Un dardo atravesó el pecho de Laia. Sintió un agudo dolor en el corazón, fruto de una duda que llevaba gestando desde la noche anterior, cuando Saffron la vio tan alterada. Sin darse cuenta, su inseguridad y su siguiente reacción la delataron aún más ante los ojos de la pelirroja.
- ¿Por qué dices eso? ¿Acaso me estas acusando de frecuentar malas compañías? –Sin darse cuenta, había empezado a gritar, sin importarle su alrededor. Jonas sollozó aún más fuerte y se dirigió a él por un momento, gritando que se callara.
Al ver la mirada de Saffron supo que lo que debía haber hecho era hacerse la ignorante. Pero era demasiado tarde.
- No hace falta verte mal acompañada para suponerlo. Solo gente como tu podría aguantarte, gente de lo peor.
Por un momento a Laia se le pasó por la cabeza darle una bofetada, pero al contrario de lo que pudiera parecer la Slytherin, no era nada violenta. Suspiró y susurró, amenazante.
- Pero yo se a donde pertenezco, y estoy en el lugar donde debo estar y con quien debo estar. ¿Tú estás donde perteneces y con quien debes estar?
Laia ignoraba aún los sentimientos de Saffron por Severus Snape, así que no supo nunca lo inconscientemente bien calibradas que habían sido sus palabras. Por fortuna, ninguna voz se levantó a sus espaldas replicándole y siguiendo la discusión. No, como siempre, había dicho la última palabra, y para ella eso siempre era un triunfo.
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Por un momento Laia lo vio como la octava mala noticia del día. Se había retrasado mucho y tenía que ir a cambiar de ropa al niño cuanto antes. Sin darse cuenta, estaba memorizando cual sería la mejor explicación a lo ocurrido, intuyendo que el desastre caería sobre ella implacablemente. Maldijo a Saffron Bahn por haberla retrasado tanto.
Y entonces ocurrió lo más inesperado de la jornada. En realidad, tuvo que fijarse bien en lo que veía porque no lo podía creer.
- Ey, hola.
Julius Strandberg, el auror, se encontraba ante ella, sonriendo y con cara de desconcierto por encontrarla ante sus ojos. Sorprendentemente parecía reconocerla.
Laia no era una persona que destacara con ese maldito uniforme. Si no te fijabas en ella, podías confundirla con cualquier otra, enfundada en su negra túnica y peinada con un típico recogido, ahora completamente deshecho después de haber correteado por todo el colegio buscando a Jonas.
En cambio, el aspecto de Julius no podía ser mejor. Su traje –muggle- era elegante e impecable, y le sentaba estupendamente. Su rostro seguía siendo tan luminoso como siempre. Sintió como su mirada limpia y sincera se clavaba en ella, a la vez que sentía también una momentánea vergüenza, pues recordó que además de su andrajoso estado llevaba unas bonitas ojeras y un niño chorreando.
Sumida en sus divagaciones, vio como el auror bajaba la mirada y se quedaba observando a Jonas. Se arrodilló ante él y le puso sus manos sobre los mojados hombros.
Las manos de Julius eran bonitas, no muy grandes. Lucius las tenía más grandes, porque a Lucius siempre le gustaba imponerse y usar su fuerza. En cambio las manos de Julius eran más delicadas y finas, y reposaban con cuidado sobre los pequeños hombros del pequeño Jonas.
- Eeh, ¿Qué te ha pasado?
Julius le observó preocupado, y por arte de magia, Jonas demostró que tenía voz.
- Dicen que no soy un buen Slytherin.
Julius frunció el entrecejo. Laia pudo observar atentamente su perfil sin parecer una descarada, y mirarle era una especie de sedante para su mal humor. Tenía una elegante nariz, estilizada y levemente aguileña.
- ¿Te han mojado ellos?
Jonas asintió lloroso.
- Hoy en clase dijeron a todo el mundo que me había mojado en la cama por miedo a la vacuna de hoy, y al decirles que no era verdad, me tiraron un cubo de agua encima.
Julius le miró preocupado. Fijó luego su mirada en Laia, que se turbó, sintiéndose descubierta por estar observándole.
- ¿Tu sabías eso?
- No… No ha abierto la boca en todo el día… bueno, hasta ahora.
Julius entreabrió la boca. La luz de la gran sala iluminaba su cara por completo, y sus ojos la taladraban. Pestañeó levemente y volvió a mirar a Jonas.
Unos pasos se aceraron por detrás de ellos y apareció Maggie, medio histérica.
- ¡Laia! Draco está hecho una furia, dice que se quejará a Snape por haberte escabullido y haberle dejado todo el trabajo a él.
Maldito niñato, si apenas hacía nada. ¿No le parecía suficiente haberle librado de varias guardias a la semana gracias al magnífico castigo de Severus Snape?
Maggie observó a Julius hablando con el pequeño Jonas, y miró de reojo a Laia.
- Vaya…
Laia se puso rápidamente a la defensiva.
- Vaya ¿Qué?
Maggie resopló.
- Nada mujer, nada…
La mirada de Maggie no le resultaba nada halagüeña. No era una mirada picarona, era una mirada crítica y observadora. Desde que Maggie le contó que pretendía estudiar para entrar al servicio del Señor Tenebroso, cualquier atisbo digno de desconfianza, por sutil que fuera -de intimidación o reacción extraña- provocaba que la alarma interior de Laia saltara como un resorte.
Maggie se fue alejando lentamente hacia quien sabía donde. Julius se levantó también con lentitud, observando detenidamente la figura de la compañera de habitación de Laia. Sus ojos eran también escrutadores. ¿Todos los aurores harían eso?
Se acercó a Laia con Jonas tomado de la mano. El niño parecía más sereno, incluso animado. Julius la sonrió sin decir nada, una media sonrisa parecida a la socarronería que dejó a Laia un momento sin respiración.
¿Cómo podía estar pasándole eso? ¿A que venía esa sensación tan extraña y afectada que estaba sintiendo?
Julius le tendió la pequeña mano de Jonas a Laia para que se la tomara. Jonas la miraba con sus grandes ojos negros. Acercó su mano y tomó la del niño, tomando un rápido contacto con los dedos de Julius.
Por un momento reconoció que había deseado tocar su mano desde que las había visto sobre los hombros de Jonas. Sin darse cuenta, había estado pensando en todo eso sin dejar de mirar los ojos claros de Julius. Todo se volvió silencioso. Jonas ahora agarraba la mano de Laia con confianza, olvidando que hacía unos pocos minutos le tenía un miedo terrible. Estaba sereno.
Como ella.
¿Qué le habría dicho al niño para que se calmara así?
¿Y qué demonios le había hecho a ella?
Incluso había perdido la cuenta de las malas noticias que había ido recaptando durante todo el día.
Miró otra vez al auror y se mordió el labio inferior de manera nerviosa. Vaciló un poco y por fin lo dijo. Algo en su interior le decía que no debía hacerlo, que no quería, pero la razón se impuso.
- Yo… Nosotros tenemos que irnos… -desvió su mirada a un punto situado cerca de uno de los ventanales antes de recaer en Jonas, mientras apretaba un poco la mano de éste.
Oyó una expiración que Julius provocó al sonreir. Le miró y le vio asintiendo. Una voz suave salió de sus labios.
- Claro –observó a Jonas- más vale que te cambies de ropa o te constiparás – volvió a mirar a la chica y su voz sonó aún más suave- Nos vemos.
Laia asintió y giró en dirección contraria. No se volvió ni un momento para mirarle, intentando descifrar donde se había metido ella y quien era esa otra persona que ocupaba su cuerpo cada vez que se encontraba con ese auror.
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Vacunar parecía más lento en las colas de Slytherin que en las demás.
Permaneció en el incómodo taburete el tiempo suficiente como para incluir éste en su larga lista de odios. Por fortuna ella se había evitado más tiempo aburrido que los demás prefectos con sus peripecias en los pasillos, pero la cola de Slytherin era más lenta que la de Ravenclaw y no digamos ya que la de Hufflepuff. La de Gryffindor estaba ya vacía y los "prefectos perfectos” de esa casa, Ron y Hermione, ya correteaban libremente por ahí.
Fue entonces cuando alguien decidió sacarla de su aburrimiento.
Pierre Lelonde.
Aún más hosco que de costumbre y con más sombras en su mirada, se acercó a ella y la sonrió con complicidad.
- Supongo que tienes un momento…
Laia asintió con los ojos medio caídos. Todo el tiempo del mundo.
Pierre rió, con un deje de nerviosismo.
- Yo también estoy invitado.
La mirada somnolienta de Laia se centró en la cola de niños. Maldita sea, se había olvidado de la gala ¿Por qué tenía que recordársela?
- ¿Quieres ir conmigo?
Laia abrió los ojos desmesuradamente y le miró extrañada. Él se vio en la necesidad de aclarar la situación.
- No… oye… Yo nunca he ido a una gala de esas y tu conoces a todo el mundo –su sonrisa se convirtió otra vez en cómplice- sería una perfecta entrada en sociedad. Ya sabes, a lo grande –sus ojos brillaron ambiciosos-.
Laia sonrió un poco. Si, Pierre siempre conseguía halagarla, aunque también fuera un experto en tomar el pelo a la gente. La sombra se cernió otra vez en sus ojos, y éstos brillaron con malignidad.
Nunca se acostumbraría a esos desagradables cambios anímicos en la compleja persona de Pierre.
- ¿Los has visto?
La voz tenebrosa del muchacho provocó que Laia observara celosamente su entorno.
- ¿Ver a quien?
- A esos dos hombres… la semana pasada vino otro de ellos.
Laia tragó saliva, captando poco a poco lo que Pierre le estaba contando.
-Los aurores.
Ella asintió, con la mirada fija en los ojos de Pierre.
- Preparan una buena… creo que por eso este año la gala es tan pronto… No podemos permitirles una tregua en Navidades.
Laia frunció el entrecejo, extrañada.
- Las navidades Laia, son importantes. Puede pasar de todo en Navidades. Pueden imponerse unos o imponerse otros. Los niños abandonan el colegio y hay menos profesorado. El castillo queda más desprotegido.
Un crujido hizo saltar a Pierre como un resorte. Un niño jugaba con una hoja seca que había entrado en el comedor. Eso le hizo saber al muchacho que estaba hablando demasiado.
Lentamente pasó un brazo por el cuello de Laia y acercó sus delgados labios a su oído. El cálido aliento rebotó contra su oreja y le oyó susurrar.
- Demasiados aurores en Hogwarts. Se que los dos que han llegado hoy desconfían de mi.
Dicho esto, besó a Laia en la mejilla en calidad de amigo y cómplice de un secreto y se dirigió a la puerta de acceso al comedor.
- Me iré el viernes.
Y se largó.
Laia recapacitó sobre todo lo que le había dicho. Sin duda, el hombre extraño de ojos saltones que escrutaba la pared acompañado de Dumbledore era uno de los aurores. El otro, evidentemente, era Julius.
Sin darse cuenta, el haberse sumido en sus cavilaciones había hecho correr el tiempo. Las puertas se abrieron para todos y fueron saliendo como alma que les lleva el diablo en dirección al exterior del castillo. Laia salió rodeada de niños y niñas que empujaban con fuerza para salir con rapidez y respirar aire puro. Ella seguía sumida en sus pensamientos, agarrando con fuerza el bloc con la lista de alumnos de primer curso de Slytherin.
Ni siquiera oyó como gritaban su nombre. Tuvieron que tocar su brazo para que ella prestara atención. Giró su cabeza y vio una mano rodeando suavemente pero con firmeza su antebrazo. Reconoció el cosquilleo que sentía por todo el cuerpo, puesto que esa mano era de Julius Strandberg. Le observó fijamente, sorprendida de verle allí. Ignoraba si Julius había percatado su mirada interrogante.
Los niños iban rodeándoles mientras desfilaban desordenadamente hacia el exterior del colegio, como si de un río se tratara.
Cuando todo se hubo calmado, Julius rompió el hielo.
- ¿Qué tal está Jonas?
Laia pestañeó un par de veces, intentando recordar si se había fijado en Jonas en algun instante. No, no se había fijado en Jonas. Ni siquiera se acordaba de él.
- Bien, está bien –Se hizo un incómodo silencio y Laia se vio obligada a continuar- le cambié de ropa pero –de repente se hizo la luz y frunció el entrecejo, mirando alrededor- no debería salir con el pelo mojado.
Un momento ¿Se estaba preocupando por un estúpido crío?
De repente, una bolita negra y cabezona se acercó a ambos. El negro y liso cabello de Jonas estaba, evidentemente, aún húmedo. Se acercó tímidamente a Julius y éste le saludó. Luego Jonas se subió la manga para enseñarle al auror los restos de su hazaña.
- Ooh –Julius agarró la mano de Jonas- eres muy valiente Jonas. ¿Ves como no te ha dolido? –Jonas negó orgulloso con la cabeza.
Entonces, agachado como estaba, dirigió su mirada a Laia con una abierta sonrisa. La chica creyó que casi le daba algo.
- Ya me ha dicho Laia que estabas muy bien.
Jonas sonrió abiertamente, enseñando sus pequeños dientes. Laia no podía apartar su mirada de la sonrisa de Julius. Nunca había visto una de tan sincera, nunca una que llegara a los ojos.
Vio marcharse a Jonas corriendo y cuando volvió su mirada a Julius, se dio cuenta que él la había estado mirando. Ahora su expresión era más concentrada, y parecía que quisiera escrutar en su interior, intentar ver a través de ella. Su voz salió también grave y más seria.
- ¿Estas bien?
La suave voz de Julius acarició sus oídos, pero también los sorprendió. Hizo un gesto de extrañeza.
Nunca le habían preguntado algo así.
Julius observaba el pálido rostro de la muchacha. Algo le decía que había alguna cosa que no iba bien. No, las ojeras no le restaban belleza al rostro. Tenía un rostro agradable, y Julius estaba seguro que sonriendo sería muy bonita.
Pero esa chica nunca sonreía.
Y había algo turbador. Ella conseguía perturbarle. Eso podía ser excitante pero su olfato de auror le decía que no por ser excitante tenía que ser forzosamente bueno.
Laia había reaccionado de manera extraña a su última pregunta. Pero no, quizás no le pasaba nada malo, quizás ella era así.
Ella era una Slytherin…
Y completamente insondable e impenetrable.
Pero algo en su interior le empujaba a creer lo contrario. Luchaba contra si mismo para encontrar duda en cada uno de sus comportamientos. Cada vez que sus negros –impresionantes- ojos vacilaban, cada vez que le miraba con un deje de –quizás aparente- inseguridad, Julius tenía la impresión de estar a punto de descubrir algo de ella, y de estar hundiéndose más en el barro. Y cada vez era más consciente que eso le gustaba.
Y la curiosidad no es una virtud en un auror.
- Bien.
La respuesta de Laia le hizo bajar de las nubes.
- Estoy bien.
Lo dijo con aparente naturalidad. Fingida o no, Laia afirmaba estar bien, y por el deje de su voz, parecía incluso extrañada por la pregunta.
Pero Julius no sabía que el corazón de Laia palpitaba con tanta fuerza que le dolía el pecho. Laia estaba segura que nunca, nunca olvidaría que alguien en su vida se había interesado por su estado.
De repente, Julius se quedó observando su cabello.
- Tienes una hoja en el pelo.
Sin darle tiempo a Laia a reaccionar y sacársela, acercó su mano al cuello de ella y retiró lentamente la hoja. Laia intentó disimular la extraña sensación que le recorría el cuerpo al notar como los dedos de Julius rozaban tenuemente su cuello y movían sus cabellos dándole un fuerte placer. Le enseñó luego el pequeño trozo de hoja seca y lo dejó caer.
- Recuerdo que pasaba esto en otoño en el colegio. Todo el hall principal se llenaba de hojas secas.
Julius observó la mirada de Laia. Aún igual de impenetrable, había un anhelo en sus ojos difícil de obviar. Se preguntó si siempre había estado ahí, si ahora comenzaba a fijarse en más detalles de la desconocida personalidad de la chica.
Pero sin duda aún le resultaba imprevisible, pues Laia abrió la boca y le sorprendió otra vez.
- ¿Qué haces aquí?
No había sonado a amenaza, pero las alarmas de auror de Julius sonaron con fuerza. Sonrió otra vez, pero Laia supo que era una sonrisa triste.
Y es que Julius no quería mentirle. Apenas la conocía y la iba a mentir.
- He venido a ver a una amiga.
Laia abrió levemente la boca, sorprendida. No se esperaba esa respuesta, y aunque no fuera del todo cierta, había sido dicha con tanta franqueza que los celos y el odio que sentía por Saffron Bahn afloraron de nuevo. Adoptó un rictus molesto y espetó.
- ¿Saffron Bahn?
Julius vio como al momento ella ladeó la cabeza y se quedó así, pensativa. Se quedó mirando su perfil.
Podría ser de poco fiar, pero su rostro era muy agradable. Su manera de ser parecía atormentada, pero a Julius su rostro no le inspiraba nada negativo, ni siquiera al ver su cara de asco al referirse a Saffron Bahn. Tenía las facciones aniñadas –cayó entonces en la cuenta que era aún una chica de diecisiete años- De nuevo ella se giró a mirarle, y Julius vio como su entrecejo se había fruncido un poquito más.
- ¿Te llevas bien con Bahn?
Ahora Laia se sentía más segura de si misma. Si, había encontrado su fuerza en la debilidad de Julius. Ella sabía que él le había mentido en parte, al no decirle –evidentemente no debía- que estaba allí por trabajo, y eso le hacía sentir con derecho a intentar sonsacarle por fin la información que le atormentaba.
Saber que tipo de relación le unía a Saffron.
- Ahora solo somos amigos.
Ese molesto “ahora” implicaba un “antes” revelador, pero daba esperanzas a Laia de un presente tranquilizador.
Eran amigos.
De repente Saffron Bahn desapareció como amenaza.
Laia no sabía a que amenaza concreta se estaba refiriendo, pues ignoraba mucho sobre sentimientos, pero su inconsciente si sabía algo, pues se vio a si misma sonriendo.
Solo un poco, una curvatura sutil, pero lo suficiente como para ver la reacción de Julius. Él también estaba sonriendo ahora.
En ese mismo instante, Laia tuvo la extraña pero certera sensación que Julius era sincero. Quizás estaba ante la persona más sincera que en su vida había conocido.
Se imaginó a si misma hablando con él de cualquier asunto trivial que no supusiera nada trascendente -como lo podía ser la conquista del mundo mágico-, con la misma fuerza con la que él imaginaba como sería el rostro de ella sonriendo.
Sonriendo de verdad.
Los -¿cuántos eran?- problemas de todo el día parecían haber desaparecido pero no, únicamente habían sido sedados. Lo que pasaría esa misma noche no dificultó el revivirlos todos.