bienvenid@

Snape: Esto es un RPG de Harry Potter. si no sabes lo que es un
RPG, es que eres idiota. Ahora lee
y comenta, si no kieres oír un
Avada Kedavra
Lupin: Eh... lo que ha querido decir Severus pero no ha sabido expresarlo con el cuidado que se requiere… Es que…
Sirius: [interrumpiendo] Lo que no ha dicho Snape “nariz grasienta” es que este RPG es interesante porque los protagonistas interactúan continuamente en un argumento global, aún teniendo cada uno su propia historia.
Draco: ¡Hermione, asquerosa sangre sucia!
Lucius: Compórtate Draco, y deja que tu padre lo explique, que sabe mas que tu. Lo que ha dicho ese traidor a la sangre podría haberse dicho mejor, en realidad, este RPG…
Sirius: Cállate,
Lupin: Sirius, por favor…
Sirius: ¡Cállate Remus!
Snape: Parecéis un matrimonio de ancianitos.
Sirius: ¡El único matrimonio aquí es el de Snape y Lucius Malfoy!
Lupin: Siriuuus…


La introducción se nos ha ido de las manos.

Disculpamos el desenlace de la acción y avisamos que este RPG no es de contenido slash.

Procuraremos que tampoco de contenido Mary-Sue.

Atentamente;

                        La Dirección.

personajes

y aquí van las protagonistas:

CharlotteNombre: Charlotte Jenkins.
Ojos: Marrones.
Pelo: Rubio.
Edad: 23.
Casa: Gryffindor.
i'm in gryffindor!
Mascota: una lechuza blanca y azul llamada Hilina.
Quidditch: Golpeadora (lo único que se le daba bien ^^UU)
Web: Look at my eyes
E-Owl: @
Padres: Alphonsus Jenkins (Ravenclaw), Deirdre Innis (Slytherin)
Trabajo: Ministerio de Magia "Equipos de Reversión de Magia Accidental"
Relación: Tuvo una relación con Remus Lupin al que conoció durante uno de sus trabajos para el Ministerio. Actualmente hay cierta tensión entre ellos al encontrarse de nuevo ^^
Actualmente: Llegó de pronto a Hogwarts a causa de su trabajo en el Ministerio de Magia, pulula por el colegio en una misión no especificada.
Más datos: Es una animaga, pero se supone que esa es información clasificada del Ministerio, así que no puede dar más datos.

SaffronNombre: Saffron Bahn.
Ojos: Azules.
Pelo: Pelirrojo.
Edad: 20.
Casa: Ravenclaw.
i'm in ravenclaw!
Mascota: Un gato atigrado llamado "Ein".
Quidditch: Nunca ha jugado; lo suyo no es el ejercicio físico.
Web: I Hate The Bee
E-Owl: @
Padres: Thadeus Bahn (Ravenclaw), Maeve Tull (Ravenclaw)
Trabajo: Estudiante de Historia y Arqueomagia.
Relación: Estuvo enamorada platónicamente de Severus Snape cuando estaba en Hogwarts, aunque nunca ocurrió nada entre ellos.
Actualmente: Acabó en Hogwarts hace tres años, y ahora está realizando un trabajo de investigación necesario para sus estudios. Ha vuelto al colegio porque en la biblioteca hay libros únicos que necesita para la investigación.
Más datos: Nerviosa, hiperactiva, muy habladora y en ocasiones desquiciante. Tiene serios problemas para estarse quieta durante mucho rato y se distrae con facilidad. Aun así, es muy inteligente y sabe ser seria cuando es necesario.

LaiaNombre: Laia Wallravenstein.
Ojos: Completamente negros.
Pelo: Castaño oscuro, ondulado y muy largo.
Edad: 17.
Casa: Slytherin.
i'm in slytherin!
Mascota: Aparte de su búho castaño llamado Búho, tiene una gata blanca muy presumida llamada Mary-Sue, que tiene el don de teletransportarse.
Quidditch: Es guardiana de reserva.
Web: Quiero un fattorino!
E-Owl: @
Padres: Nikolaus Wallravenstein (Slytherin), Natalia Silano (Durmstrang)
Trabajo: Estudiante en Hogwarts.
Relación: Le atrae de manera preocupante Lucius Malfoy, uno de los mejores amigos de su fallecido padre.
Actualmente: Cursa el sexto curso en Hogwarts.
Más datos: Es prefecta de la casa Slytherin. Eso la define como una persona seria y responsable, pero pocos saben mucho más de su personalidad.

++Personajes Inactivos++

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Saffron x Severus = COM!
Youko x Draco = COM!
Laia x Lucius = COM!
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Layout 1: The Girls Layout 2: The Boys (blue,brown,green,black) Layout 3: Severus, Remus, Sirius, Draco, Lucius
disclaimer

Este es un RPG sobre Harry Potter. HP no es nuestro ni estamos ganando nada haciendo esto. HP pertenece a JK Rowling y demás.
Por otra parte el layout es mio, así que no lo robes ni te atribuyas nada. Si tienes dudas, pues preguntas.
© 12122003 Charlotte the Sorceress

Part of:
Expelliarmus.TK


viajero: Contador

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MoonPixelDollz 1GREENEYE

· jueves, septiembre 23, 2004

" No esta bién lo que mal acaba " por Saffron ( 2:17 PM )
 
No llegó a quedarse dormida, pero poco le faltó. Se estaba tan bien así, pegada a Severus, calentita dentro del carruaje, Daisy Ann ya completamente dormida, y por ende, callada...


Cuando llegaron a Hogwarts Severus cargó a la niña en brazos hasta la habitación, mientras Saffron lo miraba arrobada. Su imaginación ilimitada trabajaba desaforadamente; y no podía evitar imaginar que aquella niña no era Daisy Ann, sino su hija, la hija de ambos, y que no estaban en Hogwarts, sino en su casa, de los dos; y que después de dejar a la niña en su cama irían los dos a dormir, los dos juntos, abrazados y, y...


- ¿Puede escucharme solo un segundo, señorita Bahn?- Snape la miró hoscamente, mientras sujetaba a la niña frente a la puerta de su habitación.- Haga el favor de abrir la puerta; como ve, tengo las manos ocupadas.


Saffron se sonrojó violentamente y corrió a abrir. Que pava era. Solo esperaba que ninguno de sus pensamientos se reflejaran en su cara, porque sino, iba apañada. Severus dejó a la niña sobre la cama, y se volvió para marcharse.


- Oye, Severus.- Saffron lo llamó, cuando el ya estaba junto a la puerta. Ella se acercaba sonriente, y él sintió de nuevo aquel cosquilleo que le había atenazado el estómago durante todo el día. De nuevo la sensación de descontrol, de algo que se le escapaba de las manos.- Bueno, yo solo quería darte las gracias, por todo. Hoy lo he pasado genial, en serio.- Saffron paró un segundo. No, no lo estaba haciendo bien. Ella quería demostrarle que había sido un gran día, que el se convenciera de que a ella le gustaba estar con él. Besarle le parecía una buena manera de demostrárselo, pero no se atrevía. Que se le iba a hacer, era una cobarde. Respiró hondamente, y continuó- Me.. me ha encantado pasar el día en Hogsmeade... contigo.


Mierda.


La ceja enarcada de Snape no significaba nada bueno, ¿verdad?.


- Ya... - Severus la miró descreídamente. En cierta manera, lo entendía: ella se sentía obligada a darle las gracias, ya que de otra manera no hubiera podido ir a Hogsmeade. Si ella hubiera podido salir libremente, no habría ido con él ni a la puerta del castillo. Este sentimiento lo deprimió inexplicablemente. Y sin embargo, ella parecía sincera, sonriendo levemente, hablando en voz baja para no despertar a la niña. Algo que no conocía estaba asentándose en su estómago, y él odiaba no conocer lo que sentía. Así que hizo lo que hacía siempre: enfadarse. Ese sentimiento lo conocía a la perfección. – No crea que soy estúpido, señorita Bahn. Sabe de sobra que no la hubiera acompañado de tener usted libertad de movimientos. Igualmente, usted tampoco habría aceptado ir conmigo. Ahórrese el falso agradecimiento.


Saffron abrió la boca. ¡Que estúpido! . Sentía como su interior ardía, y no de manera pasional, precisamente. Sintió ganas de abofetearlo y llamarlo idiota hasta quedarse ronca. ¿Es que estaba tan ciego? ¿Es que no se daba cuenta que lo único que quería ella era estar con él? Idiotaidiotaidiota. Vale, ahora estaba cabreada. Vaya manera de destrozar un día genial.


-Hasta mañana, profesor- fue lo único que dijo, aunque la voz le vaciló un poco- Ah, y mañana no venga temprano. No sé a que hora nos despertaremos.

Él asintió, y se marchó. Creía que se iba a sentir más cómodo cuando ella se enfadara, pero no había sido así. Y ahora tenía una desagradable sensación en el pecho que no debería estar ahí. No, realmente no debía estar ahí. Y se sentía enfadado: evidentemente, ella era una mentirosa, asegurando que lo había pasado bien, con él. Y sin embargo, no podía dejar de recordar el día pasado: como ella lo había mirado, como había sonreído, el vestido negro. El último pensamiento le sorprendió a el mismo. Podía cerrar los ojos y verla perfectamente, con aquel vestido ajustado, y aquel escote...

No, no y mil veces no.


No podía dejar que algo nimio como saber que ella era bonita le apartara de la realidad: que ella era una mentirosa. Y no había nada mas que añadir.

Apenas si durmió aquella noche, el enfado concentrándose en su estómago.


Saffron tampoco durmió muy bien que digamos. Y no toda la culpa la tenía Daisy Ann, aunque hubiera dormido en diagonal, ocupando gran parte de la cama. No, la mayor parte de la culpa la tenía su profesor de pociones, ese hombre que un día antes había considerado maravilloso y con pocos y perdonables fallos, y que ahora se le antojaba un capullo integral. Aunque eso sí, no exento de cierto magnetismo que hacía que Saffron estuviera mas enfadada con ella misma que con él. No, mentira. Estaba enfadada con él, y toda la culpa era suya, por supuesto.

Ella, que le había agradecido amablemente su compañía. Y no solo amablemente, sino sinceramente. Se preguntaba cuanta gente habría hecho aquello en su vida, y supuso que muy poca. Snape no era un hombre excesivamente popular, que dijéramos. No era el profesor Lupin, que tenía hordas de niñas enamoradas siguiéndole por los pasillos en sus horas libres, simulando tener cualquier duda. No, Snape era evitado en la medida de lo posible. ¡El debería estarle agradecida!

Aquel pensamiento era egoísta e injusto, y Saffron lo sabía. Pero digamos que en ese momento estaba demasiado enfadada como para ser justa. Cuando se levantó por la mañana estaba doblemente enfadada, ya que durante la noche había recordado mil y un detalles de lo mala persona que era Severus Snape. Y el enfado no hizo sino aumentar exponencialmente cuando tuvo a Daisy Ann despierta, dando vuelta por la habitación, toqueteándolo todo, y haciendo preguntas sin parar.

- ¿ Y donde está el profesor, Saffron? ¿dónde esta? – Daisy Ann estaba saltando en la cama, mientras su vocecilla aguda resonaba por toda la habitación. Genial. Era justo lo que necesitaba.

-No lo sé. Y por favor, deja de saltar y vamos a desayunar de una vez- quizás fue porque la niña notó el tono enfadado en su voz, pero la cuestión es que hizo caso y se sentó en la mesa sin decir nada. Saffron cerró los ojos momentáneamente. Lo único que escuchaba era la lluvia golpear con fuerza las ventanas. Parecía que el tiempo se había puesto de acuerdo con su espíritu y amenazaba con tormenta. Aun así, el sonido era relajante, y consiguió sosegarse durante un momento – A ver, dime que es lo que sueles desayunar.

- Umm... tarta y chocolate...

Saffron la miró descreídamente, enarcando una ceja.

-¿Seguro? No me parece a mí que sea un desayuno muy adecuado...

-Los domingos sí. Además, mi madre dice que los domingos...

Saffron hizo un gesto con la mano. Estaba bien, le daría la tarta, el chocolate y un paquete de golosinas si insistía, pero, por el amor de dios, que se callara. Pensándolo bien, a ella también le vendría muy bien un buen trozo de tarta, bien grande, con chocolate y nata. A la mierda la línea. ¿A quien le importaba, si el hombre que le gustaba era gilipollas?. Hizo aparecer dos tazas de chocolate y dos grandes pedazos de tarta. Podría decirse que el chocolate arregló un poco su desastrosa situación. Sonrió al ver como Daisy Ann atacaba feliz el pedazo de tarta; e incluso le dio un par de besos y le acarició la cabeza, y dejó que le contara algunas historias sobre sus “insoportables primos”.

Después del desayuno se sentía mas templada, ligeramente deprimida, y con sueño. Además, el tiempo no ayudaba en absoluto. La tormenta se escuchaba a lo lejos, y el día se oscurecía cada vez más. Tuvo que encender velas por toda la habitación.

Y también estaba Daisy Ann, que había dormido perfectamente y que ahora se aburría. Realmente, Saffron no sabía que hacer con ella. Se sentía demasiado deprimida como para intentar divertir a la niña. Acabó prestándole sus lápices de dibujar, aquellos que habían costado una pasta en París, intentando no escuchar como las puntas se rompían. Al menos aquello la mantenía entretenida y no hablaba mucho.

Ein vino a refugiarse en sus brazos, evitando toda cercanía con Daisy Ann . Ella hizo ver como que estudiaba, cuando en realidad no podía dejar de pensar. No podía dejar de pensar en el día anterior. ¿Por qué él era tan desagradable algunas veces? Ella lo había pasado bien con él, había esperado ese día con expectación. Y parecía que el tampoco lo había pasado mal. Podía recordar cada mirada de el, cada roce, y eso no hacia sino aumentar su depresión. Pero que idiota era. Él la trataba fatal, y ella no hacía sino deprimirse. Suspiró bajito. Quizás era cierto lo que le decía Nolee y tenía un problema. Y cuando se tenía un problema lo mejor era solucionarlo.

La tormenta estalló, no muy lejos, y a Saffron le dio la impresión de que se acercaba, y que acabaría justo encima de sus cabezas. Y en ese momento, llamaron a la puerta.

Y Saffron no supo si era enfado u otra cosa cuando vio a Severus Snape con expresión irritada ante su puerta.

- Ah, hola. – dijo ella simplemente.

“Sin sonrisa” apuntó mentalmente Snape. Eso no hacía sino ratificarle que ella simplemente mentía cuando era amable con él.

- Hola. ¿Bajará a desayunar?

- No, ya hemos tomado el desayuno aquí.- el ambiente estaba tenso y ambos se rehuían las miradas. Saffron continuó hablando, que era lo que mejor se le daba y lo que hacía siempre que no sabía que hacer –Y creo que tampoco bajaremos para comer.

-Ah.- el no la miró mientras hablaba, sino que podía ver a Daisy Ann mirándolo fijamente mientras mordía un lápiz. Apartó la vista de la niña, incómodo.


Ninguno de los dos dijo nada mas. Y sin embargo, Saffron se resistía a cerrar la puerta, y Snape se resistía a bajar las escaleras de nuevo. Se quedaron callados, durante al menos cinco minutos. Cinco minutos sin decirse nada, sin mirarse, sin moverse, el uno frente al otro.

-¿Quiere pasar?- nada mas decirlo, se arrepintió. Se mordió el labio, fastidiada. Maldita sea, debería haberle cerrado la puerta en las narices. Pero no, allí estaba su boca, que hacía lo que le venía en gana, y siempre lo fastidiaba todo.

Y él pasó. Ni siquiera supo porqué lo había hecho. Había sido una invitación, si, pero no había rastro de amabilidad cuando se lo dijo. Y allí estaba, plantado en medio de la habitación de ella. Daisy Ann se había levantado, acercándose hasta Saffron, sin dejar de mirarle fijamente y morder el lápiz. No tenía nada que decir, así que paseó su mirada por la habitación de ella. Había entrado allí media docena de veces, y nunca dejaba de sorprenderle. Se fijó en los libros abiertos sobre el escritorio, el pequeño jarrón con brotes de bambú, se fijó en las fotos que había sobre la chimenea. Nunca se había fijado en ellas. Las miró fijamente: en una, aparecía una sonriente Saffron de unos catorce años, sentada entre sus padres, que lanzaban cariñosas miradas a su hija. Severus no conocía a sus padres y sintió curiosidad. Su padre aparecía vestido con unos sencillos pantalones y camisa de lino blanco, mientras que su madre destacaba por el colorido. Se sintió sorprendido al ver que había una notable diferencia de edad entre ellos. En otra foto, una Saffron de unos ocho años, intentaba atrapar un escurridizo gato, mientras saludaba a la cámara. Y una última foto mostraba a Saffron y a Guenolee en la graduación de Hogwarts, abrazadas y felices.

Carraspeó ligeramente y volvió la vista de nuevo hasta Saffron y la niña. Mientras Daisy Ann mostraba una mirada curiosa, la de Saffron era indefinible. Algo así como mezcla de decepción y enfado.

Definitivamente, le gustaba mas cuando sonreía.

Un momento. No, no le gustaba de ninguna de las maneras. No, no, no. La miró de nuevo, huidizo. Ella estaba muy bonita, maldita sea, vestida de naranja, con el pelo recogido y algunos mechones cayéndole en la cara. Se fijó en sus pies, y vio que solo tenía puesto unos calcetines. Las palabras fluyeron de su boca sin él habérselo propuesto siquiera.

-No debería andar descalza. Podría resfriarse.

Por primera vez desde que estaba allí, la mirada de Saffron se clavó en la suya.

Fija.

Y también la de la niña, que continuaba mordisqueando el lápiz, haciendo un ruido desagradable. A decir verdad, era lo único que se oía, además de la tormenta cada vez mas cerca.

Severus bufó. No debería estar allí. No debería haber dicho nada. No debería estar mirando a Saffron como la estaba mirando. Y ella tampoco debería mirarlo de aquella manera.

Saffron estaba desconcertada. ¿ A que demonios había venido aquel comentario sobre andar descalza? ¿A el que le importaba? . “Quizás... quizás si que le importa...” dudó tan solo un segundo. Pero no. Además, ¿por qué no se iba?. Esta bien, ella era la que le había invitado a entrar, pero creía que no aceptaría. O que solo estaría un segundo. Pero no, estaban allí de pie sin decir nada, y la situación no parecía tener salida.

De repente, un relámpago iluminó toda la habitación. Y un segundo mas tarde, retumbó la tormenta, tan fuerte, que Saffron creyó que iban a partirse los cristales. Y seguido, escuchó una especie de gimoteo. Tardó un par de segundos en darse cuenta de que era Daisy Ann.

-Oh, nena, no llores. Si no pasa nada. Ven aquí, anda.- Saffron tiró de la niña, que ya lloraba abiertamente. La cogió en brazos, aunque pesaba muchísimo, y la acunó con suavidad.- ¿Ves? No pasa nada...

-Es que.. me... me dan miedo las tormentas. - dijo entre hipidos. Se agarró con mas fuerza a Saffron cuando volvió a tronar, escondiendo su cara en su cuello. Saffron la llevó hasta la cama, ya que no podía con ella. La acostó y la tapó con las mantas, y se tendió a su lado. No se había olvidado de Severus, pero confiaba en que, si lo ignoraba deliberadamente, el se marcharía. Aunque eso le doliera mas a ella que a el.

Comenzó a hablar con la niña, puso música, cualquier cosa, para olvidar que tenían la tormenta justo sobre sus cabezas y que Severus estaba de pie junto a su chimenea. Pero ninguna de las dos parecía dispuesta a olvidar. Por mucho que Daisy Ann fuera una niña repelente, Saffron no podía dejar de tener lastima por ella al verla llorar así. No sabía que hacer: intentó consolarla, intentó distraerla, pero nada daba resultado.

Por fin, Severus se dio por aludido y decidió marcharse. Pero aun no había dado ni dos pasos hacia la puerta cuando Daisy Ann gritó histérica.

-¡¡NO SE VAYA!!

Tanto Saffron como Severus la miraron, pero finalmente el profesor de pociones se acercó hasta la cama. Con una delicadeza exquisita, se posicionó en el lado contrario de la cama, donde no estaba Saffron, lo que hizo que Daisy Ann se alejase de Saffron, y se acercase mas a el.

“Maldita niña desagradecida” pensó Saffron.

-Saffron... - la voz de Daisy Ann era untuosa, y no presagiaba nada bueno- ¿Puedes traerme un vaso de agua?.

Todo acompañada de una sonrisa inocente. “¿Acaso estas coja?” Fue lo primero que pensó Saffron, pero aun así, fue a por el vaso de agua. Maldita sea, en menos de dos minutos aquella niña había conseguido quedarse a solas con Severus en una cama. ¿Porqué ella no tenía esa habilidad?. Tuvo que recordarse a si misma que estaba enfadada con él.

Le dio de mala gana el vaso de agua. Sin embargo, no se le escapó que la actitud de el no podía ser mas irritada. Parecía un enorme cuervo, encorvado sobre la cama, la mirada oscura. Lo miró disimuladamente.

Maldito idiota. ¿Porqué tenía que ser tan interesante?

Daisy Ann parecía haberse olvidado de la tormenta, intentando atraer la atención del profesor de pociones. Saffron rió perversamente en su interior. Debería sentir lástima por él, y tratar de ayudarlo, pero el enfado la convertía en una mala persona.

Que se le iba a hacer...

Y entonces, sorprendentemente, él la miró, pidiendo una ayuda muda. Pero Saffron estaba dolida. Le ignoró deliberadamente, haciendo como que recogía los libros. Que sufriera, aunque fuera un sufrimiento banal y estúpido como aquel.

-Profesor, ¿cómo te llamas?

-Snape.

-Pero ese no es tu nombre! Yo quiero saber el nombre!

-Severus.

-Ahhhh. Mi hermano se llama Bruno, y mi padre Ivor, y mi primo, uno Richard, y otro Henry, pero a mí el nombre que me gusta de verdad es Louis. ¿A que es bonito? Cuando sea mayor, mi novio se llamará Louis, y será alto y guapo, y a lo mejor tiene el pelo negro, porque a mí me gusta el pelo negro, no esos niños rubios que le gustan a mi prima Maria, porque si son rubios no...

Estaba bien. Quizás era momento de intervenir. Aunque mejor no. Quizás la dejaría hablar durante media hora más. Ella podría irse a darse un baño tranquilamente. Pero eso significaría perderse el espectáculo.

-¿Y cuantos años tienes?

-Treinta y seis.

-Ahh, entonces eres demasiado mayor para Saffron.

Saffron achicó los ojos y le lanzó una mirada asesina que Daisy Ann respondió con una sonrisa no tan inocente. “Hoy la mato. Nolee y su hermano me llevaran a juicio, saldré en los periódicos, y posiblemente pase mi vida entre rejas compartiendo celda con una lesbiana loca, pero nadie me podrá quitar jamás esta satisfacción.” ¿Era su imaginación, o la mirada de la niña al saber la edad había sido de alivio?

Sin embargo, Severus también la estaba mirando, con expresión curiosa. Saffron apartó la vista, y se maldijo a si misma por ruborizarse. Se preguntó que estaría pasando por la cabeza de su profesor en ese mismo instante; pro después de ver la mirada hosca que le dirigió, rectificó, pensando que prefería no saberlo.

-Saffron... ven un momento- Daisy Ann la llamó, con una sonrisa que pretendía ser encantadora, y que a Saffron le recordó aquellas flores tan bonitas que ocultaban avispas en su interior.

Se acercó, levemente recelosa, y no pudo evitar la tentación de sentarse en la cama. “Es lo mas cerca que voy a estar de estar en la misma cama con Severus” pensó con sordidez. Su mano estaba cerca de la de el, y la tentación de tocarle era demasiado fuerte, pero Saffron resistió. “Como si a él le importara” fue lo único que pudo pensar tristemente. No lo miró: Severus Snape sentado en su cama era algo demasiado fuerte.

Daisy Ann se incorporó en la cama, y se acercó hasta su oído, como si fuera a contarle un secreto.

-Saffron... ¿estas enfadada con el profesor?- dijo en voz perfectamente audible.

Saffron se quedó con la boca abierta, mientras sentía la mirada de el fija en ella. “Si, si que estoy enfadada, pequeña zorra”. Tragó saliva, y le dirigió una mirada asesina a Daisy Ann, mientras le sonreía interrogante.

- Esas son cosas de mayores, Daisy Ann.- la niña pareció contentarse con aquella respuesta evasiva, y ella le dirigió una mirada dura a su profesor. Que no le quedara ninguna duda.

Él entendió el mensaje a la perfección, y se dispuso a marcharse. Y al mismo tiempo, una pequeña lechuza picoteó nerviosa en la ventana. Saffron se levantó rápidamente a abrirle.

-Pobrecita, estas empapada- dejó que entrara el animalillo, que se dejó caer la carta sobre el regazo de Saffron y se dirigió hacia el fuego, a calentarse. Saffron se sentó sobre su escritorio, cerrando la ventana, disponiéndose a leer. De repente, un fuerte golpe de viento abrió la ventana, haciendo que la fuerte lluvia entrara en la habitación. Y, sin saber muy bien como, Severus Snape estaba de repente a su lado, cerrando la ventana.

Levantó la cara, y sus miradas quedaron enfrentadas, sus caras a escasos milímetros. Ninguno de los dos se movió. Como en un duelo, ninguno de los dos apartó la vista, mirándose fijamente. Intentaba descubrir algo de el, de sus motivaciones, en aquellos ojos oscuros que no mostraban nada. No sabía cuanto tiempo permanecieron así, pero si sabía que se estaba poniendo nerviosa. Podía sentir su respiración sobre el cuello, podía olerle, el pelo de el rozando sus mejillas suavemente.

Si, se estaba poniendo nerviosa. Sin darse cuenta, arrugó la carta que tenía en la mano. Sin pensarlo, elevó una de sus manos, que se quedó parada en el aire, sin saber muy bien si iba a darle una caricia a el o si iba a apartarse un mechón de pelo que le caía sobre la frente.

-¿Qué hacéis?- la voz de Daisy Ann la sobresaltó, y dio un respingo. Su nariz rozó su mejilla durante una milésima de segundo, y enseguida el se apartó. Pero no dejó de mirarla.

-Leer la carta que ha mandado tu tía, ¿ves?- Saffron se preguntó por qué la voz le salía tan atropellada, mientras agitaba la carta delante de Daisy Ann, que los miraba con expresión reprobatoria. Saffron se sintió como si hubiera sido pillada por su madre besándose con algún muchacho.

“Pero que estúpida soy”. Estúpida y hecha un manojo de nervios. Y por merlín, que calor hacía de repente.

Severus Snape la miró un segundo, mientras ella ahora rehuía su mirada. Estaba completamente acalorada, y suponía que también estaría ruborizada. No podía seguir enfadada con él si la miraba así. Simplemente no podía. Y, en ese momento, lo único que deseaba era estar muy muy enfadada con él. Y que se fuera. Que se fuera de una maldita vez. Que la dejara en paz, con ese lío que tenía en la cabeza ya tenía suficiente.

Y como si le leyera el pensamiento (a veces ese hombre la asustaba), el se marchó. Quizás fuera su imaginación, pero la actitud de el había cambiado. Había estado allí toda la mañana y la había ignorado; pero tampoco había dejado de mirarla. Sin decir nada. Saffron no lo entendía. ¿Estaba el enfadado con ella? ¿No lo estaba?. Merlín, le dolía la cabeza de tanto pensar.

Con una mirada de enfado le advirtió a Daisy Ann que quería silencio. Inusitadamente dócil, la niña obedeció, y se dedicó a dibujar hasta que llegó su tía.

Guenolee llegó antes de la comida, con aspecto cansado.

-Ah, ¿todavía estas viva?- le dirigió una mirada levemente decepcionada a su sobrina; y acto seguido le dio un beso a Saffron- Lo siento mucho, sé que habrá sido un horror. Chica, que mala cara tienes. Ya sabía yo que tanta juerga en Hogsmeade no podía acabar bien...

-Tengo que contarte...

Como si la hubiera escuchado, Daisy Ann estaba pegada a ellas, sonriente. Saffron entornó los ojos, y Guenolee hizo un gesto de fastidio.

-Ya hablo contigo esta noche, ¿de acuerdo?. Voy a ver si devuelvo al engendro este a sus padres.

Se despidieron, y una vez que estuvo sola, Saffron se dejó caer pesadamente en la cama. Dos minutos mas tarde, estaba encogida debajo de las sábanas y las mantas, con un fuerte dolor de cabeza y sin poder parar de pensar en su idiota profesor de pociones. Quizás debería sacar la cabeza por la ventana y ahogarse, porque era lo único que le faltaba.

 
· sábado, septiembre 18, 2004

" Varios chaparrones " por Laia ( 6:31 PM )
 
Laia se sentó en la cama. Estaba cansada. La jornada había sido extraña y en cierto sentido, desagradable. Maggie, una de sus compañeras de cuarto, la miraba de reojo, recelosa. De pronto, se acercó a ella y le susurró, con mirada curiosa y un poco furtiva.

- Oye ¿Sabes alemán?

- Si, claro –Dijo Laia con suficiencia-.

- ¿En Durmstrang las clases son en alemán? Es que mi hermana pequeña quiere hacer eso que hiciste tú, ir allí un año.

- Eso no se puede hacer.

- Pero tú fuiste.

- Y perdí un año ¿Te crees que puedes sacarte asignaturas allí? Puedes ir un año si quieres, pero todo lo que hagas allí, aquí no te lo convalidan.

- ¿Y entonces tu porque fuiste allí?

Laia la miró fijamente. No podía decirle que había ido a otro lugar, a esa otra escuela. Se supone que esa otra escuela no existía ¿verdad?

- Estudio por placer, y Durmstrang es el único colegio que merece la pena de toda Europa, aparte de Hogwarts. Es más… especializado ¿Entiendes?

Maggie asintió y sonrió.

- A mi me hubiera gustado ir a Durmstrang. Hogwarts está bien, pero es lo que dices, Durmstrang es más especializado. Pero mi padrastro es Gryffindor, y no quiere saber nada de ese colegio. Dudo que deje ir a mi hermana y así perder un año.

De repente Maggie calló, observó los alrededores y se acercó a Laia, susurrándole.

- En realidad mi hermana desearía ir a otra escuela, aunque “en teoría” no exista.

Laia abrió los ojos y dejó de pestañear durante unos segundos. Maggie continuó.

- Mi madre dice que nos sería fácil entrar… a ambas. A mi hermana y a mi –Laia puso los ojos en blanco en señal de paciencia ante la estúpida aclaración de Maggie-. Mi padre, que está muerto, sabía de ese lugar, y tenía intención de mandarnos si… bueno, si las cosas iban mal –sonrió nerviosa-. El caso es que mi padre murió durante la guerra y mi madre se volvió a casar con un rico heredero de una importante familia, y ya sabes, empezó a simular que estaba en contra del Señor Tenebroso –rió de forma aguda- mi padrastro es tonto y nunca ha sospechado nada… pero ahora que las cosas nos van tan bien, mi madre está intentando mover los hilos otra vez.

“Pero ahora que las cosas nos van tan bien”

Entonces era cierto lo que decía Lelonde, en el continente había un intenso movimiento de mortífagos.

Corrió las cortinas de su cama adoselada y se acostó en ella cuan larga era. Se acomodó el camisón blanco, que había quedado hecho un rebujo en sus caderas, y suspiró.

Aún podía sentir la mano de Lucius Malfoy introduciéndose en el interior de su túnica, rozándole el pecho. Quizás estaba siendo paranoica, pero le había dado la impresión que él había temblado. No había sido un temblor excesivo, más bien sutil, pero perfectamente perceptible. Y luego él se había echado atrás y había desaparecido.

Laia inspiró fuerte y cruzó nerviosa sus piernas. Esta noche no podría dormir.

Como si hubiera tenido una iluminación, recordó la nota que él le había dado. Recordaba que la había metido en el interior de su baúl, bajo llave. Apartó un poco las cortinas y metió un brazo por debajo de la cama. Con un considerable esfuerzo, arrastró su baúl hasta el exterior y con la varita deshizo el hechizo que cerraba la cerradura. Desplegó la nota y leyó.


Te escribo hoy porque ha llegado ese día. Sí, tenías razón, siempre la tienes, las cosas han empeorado, incluso más de lo que tus suponías. Pero nadie me dijo lo que me iba a encontrar aquí, y ahora, Hogwarts no parece el lugar más seguro del mundo.
Más de uno sospecha, y eso no sólo importa, además lo llena todo, completamente.
Mi decisión sigue en pie, por ahora. Ya sabes lo que hacer.

Charlotte



¿¿Qué??

Laia abrió los ojos alucinada. ¿Pero como se supone que iba a descifrar ESO? No había en la carta ni una señal, ni una pista, ni una palabra extraña. Todas las malditas palabras de la carta podías encontrarlas en un diccionario de bolsillo.

Empezó a tener calor.

“Vale, serénate. Lo único que tienes que hacer es vigilar a Jenkins”

Si, eso parecía muy fácil. Espiar se le daba bien, pero espiando no se descubría todo. Charlotte Jenkins no debía ser tan estúpida como para ir recitando sus secretos en voz alta.

“¿A quien va dirigido esto?”

Laia frunció el cejo y releyó otra vez.

Ahora, Hogwarts no parece el lugar más seguro del mundo.

¿Acaso Jenkins sabía más que ella misma acerca de la seguridad de Hogwarts? ¿Qué era exactamente lo que se había encontrado Jenkins en el colegio? Esa… ¿Esa cosa no segura le había echo entrar en coma?

Laia bufó exasperada y volvió a estirarse en la cama, enfadada. Jenkins era un bulto incómodo en ese colegio, y podía alterar la relación por ahora buena de ella con el señor Malfoy.

¡Si no sabía ni que demonios hacía en el colegio esa chica!

La única manera de conseguir saber algo, aparte de algún golpe de buena suerte, era conseguir su amistad. El problema era que en cuestiones de amistad Laia era un fracaso. No, ese camino no era válido. ¿Qué otro camino había?

Remus Lupin.

Si, Laia no era tonta. Sabía perfectamente que pasaba entre esos dos –lo había visto-. No es que ella tuviera mucho talento para entender las relaciones sociales, pero sabía lo suficiente como para saber que la relación entre Jenkins y Lupin no era de mera amistad. Su relación era tensa, pero al verse con regularidad Laia sabía que no eran dos personas que se cayeran mal, sino de dos antiguos amigos que estaban pasando por momentos difíciles.

Y quien dice amigos dice antigua relación amorosa.

Laia rió levemente al darse cuenta de lo que estaba pensando.

Más de uno sospecha.

Esta era una de las frases de la carta que más rabia le daba a Laia. ¿Quiénes sospechaban y de qué? ¿Remus Lupin? ¿Dumbledore? No, ¿Por qué debería sospechar Dumbledore? ¿Acaso Jenkins era sospechosa de algo?

Inspiró con fuerza y decidió guardar el papel. Más le valdría dejar de pensar en la maldita carta o terminaría deduciendo cosas aún más absurdas.

Cerró los ojos y expiró suavemente. Al momento se quedó dormida.


Y prácticamente al momento, una violenta sacudida la despertaba de manera desagradable, dándole a entender que había dormido toda la noche de un tirón.

Abrió los ojos perezosa y divisó dos manchas borrosas.

Maggie y Pansy la miraban, y la segunda estaba muy cabreada.

- ¡Wallravenstein levántate!

Laia soltó un gemido ronco, que daba a entender que volvía de su estado de inconsciencia y susurró, vacilante.

- ¿Qué hora es?

- Son las seis y media de la mañana. Jameson ha dicho que hace mucho que el equipo no entrena y que a este paso perderemos la copa. Has de ir a entrenar, ahora.

Laia cerró los ojos y hundió más su cara contra la almohada.

“Maldito Jameson… ¿Casualidad o venganza?”

La imagen del joven capitán apareció en su mente, pero la voz gritona de Pansy la volvió a sobresaltar.

- ¡Gryffindor lleva en el campo dos semanas seguidas sin descanso!

Laia murmuró, con la boca pegada a la almohada.

- Gryffindor tiene partido antes que nosotros…

- Si, pero contra Hufflepuff. Si ganan a Hufflepuff querrán ponernos nerviosos, como hicieron el año pasado. Y ya sabes quien ganó el año pasado ¿Verdad?

- Gryffindor.

- Exacto, y ahora haz el favor de cambiarte y salir. Jameson y los otros ya han ido a entrenar.

Dicho esto, Pansy tiró en la cama de Laia un bollo envuelto en una tela y giró sobre sus talones, desapareciendo velozmente de la habitación. Laia se levantó pesadamente y bostezó. Maggie aún estaba allí, mirando la puerta por la que había desaparecido Pansy. Laia se sentó en la cama y se rascó la cabeza.

- ¿Qué le pasa a esa? Si nunca le gustó el quiddich.

Maggie se sentó en la cama apartando el bollo y miró pícaramente a Laia.

- ¿Olvidas que Draco está en el equipo? Además… lleva de mal humor desde ayer.

- ¿Por qué? –cogió el bollo y le dio un mordisco.

- Bueno… Digamos que Draco no le hizo mucho caso durante la visita a Hogsmeade. El señorito Malfoy estuvo todo el día con Youko Silvara.

Laia siguió con su cara neutra. Maggie insistió.

- ¿Es que no los viste?

Laia negó con la cabeza.

- ¿Pero se puede saber donde te metiste en todo el día?

Maggie soltó una risa incrédula y salió de la habitación. Laia se quedó mirando al vacío con la misma expresión en la cara.
Despacio y cansadamente se levantó. Le parecía que hubiera andado mil kilómetros. Fuera hacía un frío tremendo, aún era de noche y ella debía salir a entrenar. Y eso no era lo peor, ahora tendría que enfrentarse a Jameson… Y pedirle perdón.

Bajó las escaleras a golpes, sin poder controlar sus piernas. Los pasillos del colegio estaban fríos y solitarios. Al salir al exterior ya pudo oír la voz de Jameson proveniente del campo.
La hierba estaba mojada y el ambiente era húmedo. Hacía un poco de viento y el cielo estaba completamente encapotado. Parecía la calma antes de la tormenta.

Pero era bonito.

Cruzó unos cuidados helechos y entró en el camino de gravilla. Se acercó a las puertas del campo y giró la manivela.

Aún no habían empezado a entrenar. Estaban todos en tierra, salvo Jack, que observaba la discusión elevado en su escoba, a distancia prudencial.

Un momento.

¿Discusión?

Laia se acercó cuidadosamente. Jameson estaba gritando, enfrentado a McGuillan. Laia sintió un revoltijo en el estómago. Algo en su ínterin le decía que esa discusión tenía algo que ver con ella. Intentó no dejarse notar para poder escuchar lo que hablaban, pero por desgracia Draco la vio.

- Ahí está el “problema”.

Jameson y McGuillan se giraron rápidamente y miraron a Laia, que de manera involuntaria había colocado su escoba ante ella, como si pudiera servirle de escudo.

Jameson rompió el momento tenso.

- McGuillan reclama su puesto de guardián.

Laia abrió la boca indignada.

- ¡Yo soy la guardiana ahora!

Jameson suspiró y miró gravemente a Laia.

- Acércate, Laia.

Conocía ese tono de voz, vaya si lo conocía. Jameson se iba a desentender del asunto.

Se acercó a los dos y los enfrentó intentando mostrar indiferencia. Mejor hacer ver que no sabía de qué iba la cosa...

McGuillan la miró con desprecio y espetó:

- Les he dicho a todos lo que me hiciste.

Laia miró a todo el grupo, y luego observó fijamente a McGuillan, que lucía una sonrisa victoriosa. Laia les miró a todos y dijo.

- ¿Y qué? El otro día Zabini chantajeó a una chica de Ravenclaw para que saliera con él.

Zabini se removió molesto y la miró con desprecio.

- Y Draco pasó ayer todo el día con una auror.

- Laia… -Jameson le agarró del brazo, advirtiéndola, pero ella se zafó, endureciendo más sus facciones.

- Joder –Laia observó las graves y acusadoras miradas- ahora resulta que tenéis principios y todo.

Laia no supo bien de donde llegó, pero un fuerte empujón causó que cayera como un saco al suelo. El fuerte golpe en el pecho provocó que durante un momento no pudiera respirar, pero por fortuna logró volver a llenar los pulmones para espetar.

- ¡McGuillan, cabrón!

Pero justo en el momento que terminaba la frase, el pesado cuerpo de McGuillan cayó sobre ella, inutilizando sus brazos. Su destino era el cuello, su delgado y vulnerable cuello.

Por fortuna, Jameson lo echó para atrás, inmovilizándolo con un brazo y tirándolo boca arriba. Laia tosió levemente e inspiró con profundidad repetidas veces. Al levantarse notó un pinchazo en una de sus muñecas, allí donde las manos de McGuillan la habían sujetado. Reprimió el dolor y enfocó su vista. Jameson se había colocado entre McGuillan y ella, y elevaba las manos hacia el antiguo guardián de Slytherin, intentando calmarlo. Luego habló para todos.

- Largaos, se ve que hoy no podremos entrenar.

Se oyeron algunas quejas y maldiciones en voz baja y se fueron yendo, pasando por delante de Laia. McGuillan también se largó, juntándose con Zabini y Draco para empezar a cuchichear.

En el campo quedaron Jameson y Laia. Ella le sonrió tímidamente. De pronto el rostro de Jameson cambió. De desolación a gravedad. Se acercó a ella y la miró fijamente. Ella sonrió irónica.

- Ya lo se, “si sigues así acabarás mal”.

Laia le recordó la advertencia que una vez le dio él. Jameson seguía mirándola con seriedad, y ella, incómoda, bajó la vista al suelo.

- Oye… no sabes lo humillada que me siento… soy consciente que… -la voz le empezó a temblar. Maldita sea, no podía llorar, que vergüenza.

Decir “humillada” no había estado bien. Había sonado egoísta, y ahora Jameson merecía una disculpa. No, dos disculpas y un agradecimiento. Uf, eso iba a ser muy difícil.

- No sabes lo… incómoda –remarcó la palabra y le miró, intentando demostrar toda la sinceridad posible- que me siento. Yo… -su mirada vaciló- siento mucho mi comportamiento… mi manera de tratarte. Tu no te lo mereces, eres muy bueno y yo me he comportado como una…

“¿Egoísta? ¿Consentida? ¿Caprichosa?”

- Cerda –Lo dijo de manera concisa, como si no fuera con ella, asombrándose luego de lo que acababa de decirse a si misma.

Jameson hizo amago de decir algo, pero Laia, que le conocía, se adelantó, advirtiéndole.

- Solo te pediré perdón a ti.

Se hizo un silencio y Laia volvió a mirar a Jameson, temerosa de encontrarse una mirada asesina.

¿Pero cómo se le había ocurrido tal cosa? Era Steve, y ahora mismo Steve le estaba sonriendo. Era una sonrisa triste, no era como las de antaño, pero al menos eso significaba que habían hecho las paces. Aún así, a Laia le daba la sensación que se estaba quedando a medias.

Si, sus disculpas no habían profundizado en absoluto. Habían sido muy frías.

Lo pertinente hubiera sido un buen abrazo… Entonces Jameson quizás descartaría por completo que Laia fuera una maldita insensible.

Pero era incapaz de hacerlo. Por favor ¿Mostrar este tipo de sentimientos? ¿Ella? ¿Abrazarle? ¿Así, de manera gratuita? ¡Qué vergüenza!
¿Y qué si Jameson la viera como una maldita insensible? ¿Por qué demonios tenía que abrazarle?

De repente cayeron unas cuantas gotas, a las que les siguió un auténtico chaparrón que caía fuertemente desde el cielo plomizo. Laia seguía sumida en sus contradicciones.
Jameson se adelantó y se dispuso a salir del lugar. Laia dudó unos momentos, pero acabó siguiendo sus pasos al exterior del campo.

Sonrió para si. En realidad Jameson nunca había estado realmente enfadado con ella. Laia estaba segura que ese bollo tan bueno de crema y chocolate –su preferido- que le había tirado Pansy de mala manera, lo había traído él mismo de las cocinas.
 
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