Laia se sentó en la cama. Estaba cansada. La jornada había sido extraña y en cierto sentido, desagradable. Maggie, una de sus compañeras de cuarto, la miraba de reojo, recelosa. De pronto, se acercó a ella y le susurró, con mirada curiosa y un poco furtiva.
- Oye ¿Sabes alemán?
- Si, claro –Dijo Laia con suficiencia-.
- ¿En Durmstrang las clases son en alemán? Es que mi hermana pequeña quiere hacer eso que hiciste tú, ir allí un año.
- Eso no se puede hacer.
- Pero tú fuiste.
- Y perdí un año ¿Te crees que puedes sacarte asignaturas allí? Puedes ir un año si quieres, pero todo lo que hagas allí, aquí no te lo convalidan.
- ¿Y entonces tu porque fuiste allí?
Laia la miró fijamente. No podía decirle que había ido a otro lugar, a esa otra escuela. Se supone que esa otra escuela no existía ¿verdad?
- Estudio por placer, y Durmstrang es el único colegio que merece la pena de toda Europa, aparte de Hogwarts. Es más… especializado ¿Entiendes?
Maggie asintió y sonrió.
- A mi me hubiera gustado ir a Durmstrang. Hogwarts está bien, pero es lo que dices, Durmstrang es más especializado. Pero mi padrastro es Gryffindor, y no quiere saber nada de ese colegio. Dudo que deje ir a mi hermana y así perder un año.
De repente Maggie calló, observó los alrededores y se acercó a Laia, susurrándole.
- En realidad mi hermana desearía ir a otra escuela, aunque “en teoría” no exista.
Laia abrió los ojos y dejó de pestañear durante unos segundos. Maggie continuó.
- Mi madre dice que nos sería fácil entrar… a ambas. A mi hermana y a mi –Laia puso los ojos en blanco en señal de paciencia ante la estúpida aclaración de Maggie-. Mi padre, que está muerto, sabía de ese lugar, y tenía intención de mandarnos si… bueno, si las cosas iban mal –sonrió nerviosa-. El caso es que mi padre murió durante la guerra y mi madre se volvió a casar con un rico heredero de una importante familia, y ya sabes, empezó a simular que estaba en contra del Señor Tenebroso –rió de forma aguda- mi padrastro es tonto y nunca ha sospechado nada… pero ahora que las cosas nos van tan bien, mi madre está intentando mover los hilos otra vez.
“Pero ahora que las cosas nos van tan bien”
Entonces era cierto lo que decía Lelonde, en el continente había un intenso movimiento de mortífagos.
Corrió las cortinas de su cama adoselada y se acostó en ella cuan larga era. Se acomodó el camisón blanco, que había quedado hecho un rebujo en sus caderas, y suspiró.
Aún podía sentir la mano de Lucius Malfoy introduciéndose en el interior de su túnica, rozándole el pecho. Quizás estaba siendo paranoica, pero le había dado la impresión que él había temblado. No había sido un temblor excesivo, más bien sutil, pero perfectamente perceptible. Y luego él se había echado atrás y había desaparecido.
Laia inspiró fuerte y cruzó nerviosa sus piernas. Esta noche no podría dormir.
Como si hubiera tenido una iluminación, recordó la nota que él le había dado. Recordaba que la había metido en el interior de su baúl, bajo llave. Apartó un poco las cortinas y metió un brazo por debajo de la cama. Con un considerable esfuerzo, arrastró su baúl hasta el exterior y con la varita deshizo el hechizo que cerraba la cerradura. Desplegó la nota y leyó.
Te escribo hoy porque ha llegado ese día. Sí, tenías razón, siempre la tienes, las cosas han empeorado, incluso más de lo que tus suponías. Pero nadie me dijo lo que me iba a encontrar aquí, y ahora, Hogwarts no parece el lugar más seguro del mundo.
Más de uno sospecha, y eso no sólo importa, además lo llena todo, completamente.
Mi decisión sigue en pie, por ahora. Ya sabes lo que hacer.
Charlotte
¿¿Qué??
Laia abrió los ojos alucinada. ¿Pero como se supone que iba a descifrar ESO? No había en la carta ni una señal, ni una pista, ni una palabra extraña. Todas las malditas palabras de la carta podías encontrarlas en un diccionario de bolsillo.
Empezó a tener calor.
“Vale, serénate. Lo único que tienes que hacer es vigilar a Jenkins”
Si, eso parecía muy fácil. Espiar se le daba bien, pero espiando no se descubría todo. Charlotte Jenkins no debía ser tan estúpida como para ir recitando sus secretos en voz alta.
“¿A quien va dirigido esto?”
Laia frunció el cejo y releyó otra vez.
Ahora, Hogwarts no parece el lugar más seguro del mundo.¿Acaso Jenkins sabía más que ella misma acerca de la seguridad de Hogwarts? ¿Qué era exactamente lo que se había encontrado Jenkins en el colegio? Esa… ¿Esa cosa no segura le había echo entrar en coma?
Laia bufó exasperada y volvió a estirarse en la cama, enfadada. Jenkins era un bulto incómodo en ese colegio, y podía alterar la relación por ahora buena de ella con el señor Malfoy.
¡Si no sabía ni que demonios hacía en el colegio esa chica!
La única manera de conseguir saber algo, aparte de algún golpe de buena suerte, era conseguir su amistad. El problema era que en cuestiones de amistad Laia era un fracaso. No, ese camino no era válido. ¿Qué otro camino había?
Remus Lupin.
Si, Laia no era tonta. Sabía perfectamente que pasaba entre esos dos –lo había visto-. No es que ella tuviera mucho talento para entender las relaciones sociales, pero sabía lo suficiente como para saber que la relación entre Jenkins y Lupin no era de mera amistad. Su relación era tensa, pero al verse con regularidad Laia sabía que no eran dos personas que se cayeran mal, sino de dos antiguos amigos que estaban pasando por momentos difíciles.
Y quien dice amigos dice antigua relación amorosa.
Laia rió levemente al darse cuenta de lo que estaba pensando.
Más de uno sospecha.Esta era una de las frases de la carta que más rabia le daba a Laia. ¿Quiénes sospechaban y de qué? ¿Remus Lupin? ¿Dumbledore? No, ¿Por qué debería sospechar Dumbledore? ¿Acaso Jenkins era sospechosa de algo?
Inspiró con fuerza y decidió guardar el papel. Más le valdría dejar de pensar en la maldita carta o terminaría deduciendo cosas aún más absurdas.
Cerró los ojos y expiró suavemente. Al momento se quedó dormida.
Y prácticamente al momento, una violenta sacudida la despertaba de manera desagradable, dándole a entender que había dormido toda la noche de un tirón.
Abrió los ojos perezosa y divisó dos manchas borrosas.
Maggie y Pansy la miraban, y la segunda estaba muy cabreada.
- ¡Wallravenstein levántate!
Laia soltó un gemido ronco, que daba a entender que volvía de su estado de inconsciencia y susurró, vacilante.
- ¿Qué hora es?
- Son las seis y media de la mañana. Jameson ha dicho que hace mucho que el equipo no entrena y que a este paso perderemos la copa. Has de ir a entrenar, ahora.
Laia cerró los ojos y hundió más su cara contra la almohada.
“Maldito Jameson… ¿Casualidad o venganza?”La imagen del joven capitán apareció en su mente, pero la voz gritona de Pansy la volvió a sobresaltar.
- ¡Gryffindor lleva en el campo dos semanas seguidas sin descanso!
Laia murmuró, con la boca pegada a la almohada.
- Gryffindor tiene partido antes que nosotros…
- Si, pero contra Hufflepuff. Si ganan a Hufflepuff querrán ponernos nerviosos, como hicieron el año pasado. Y ya sabes quien ganó el año pasado ¿Verdad?
- Gryffindor.
- Exacto, y ahora haz el favor de cambiarte y salir. Jameson y los otros ya han ido a entrenar.
Dicho esto, Pansy tiró en la cama de Laia un bollo envuelto en una tela y giró sobre sus talones, desapareciendo velozmente de la habitación. Laia se levantó pesadamente y bostezó. Maggie aún estaba allí, mirando la puerta por la que había desaparecido Pansy. Laia se sentó en la cama y se rascó la cabeza.
- ¿Qué le pasa a esa? Si nunca le gustó el quiddich.
Maggie se sentó en la cama apartando el bollo y miró pícaramente a Laia.
- ¿Olvidas que Draco está en el equipo? Además… lleva de mal humor desde ayer.
- ¿Por qué? –cogió el bollo y le dio un mordisco.
- Bueno… Digamos que Draco no le hizo mucho caso durante la visita a Hogsmeade. El señorito Malfoy estuvo todo el día con Youko Silvara.
Laia siguió con su cara neutra. Maggie insistió.
- ¿Es que no los viste?
Laia negó con la cabeza.
- ¿Pero se puede saber donde te metiste en todo el día?
Maggie soltó una risa incrédula y salió de la habitación. Laia se quedó mirando al vacío con la misma expresión en la cara.
Despacio y cansadamente se levantó. Le parecía que hubiera andado mil kilómetros. Fuera hacía un frío tremendo, aún era de noche y ella debía salir a entrenar. Y eso no era lo peor, ahora tendría que enfrentarse a Jameson… Y pedirle perdón.
Bajó las escaleras a golpes, sin poder controlar sus piernas. Los pasillos del colegio estaban fríos y solitarios. Al salir al exterior ya pudo oír la voz de Jameson proveniente del campo.
La hierba estaba mojada y el ambiente era húmedo. Hacía un poco de viento y el cielo estaba completamente encapotado. Parecía la calma antes de la tormenta.
Pero era bonito.
Cruzó unos cuidados helechos y entró en el camino de gravilla. Se acercó a las puertas del campo y giró la manivela.
Aún no habían empezado a entrenar. Estaban todos en tierra, salvo Jack, que observaba la discusión elevado en su escoba, a distancia prudencial.
Un momento.
¿Discusión?
Laia se acercó cuidadosamente. Jameson estaba gritando, enfrentado a McGuillan. Laia sintió un revoltijo en el estómago. Algo en su ínterin le decía que esa discusión tenía algo que ver con ella. Intentó no dejarse notar para poder escuchar lo que hablaban, pero por desgracia Draco la vio.
- Ahí está el “problema”.
Jameson y McGuillan se giraron rápidamente y miraron a Laia, que de manera involuntaria había colocado su escoba ante ella, como si pudiera servirle de escudo.
Jameson rompió el momento tenso.
- McGuillan reclama su puesto de guardián.
Laia abrió la boca indignada.
- ¡Yo soy la guardiana ahora!
Jameson suspiró y miró gravemente a Laia.
- Acércate, Laia.
Conocía ese tono de voz, vaya si lo conocía. Jameson se iba a desentender del asunto.
Se acercó a los dos y los enfrentó intentando mostrar indiferencia. Mejor hacer ver que no sabía de qué iba la cosa...
McGuillan la miró con desprecio y espetó:
- Les he dicho a todos lo que me hiciste.
Laia miró a todo el grupo, y luego observó fijamente a McGuillan, que lucía una sonrisa victoriosa. Laia les miró a todos y dijo.
- ¿Y qué? El otro día Zabini chantajeó a una chica de Ravenclaw para que saliera con él.
Zabini se removió molesto y la miró con desprecio.
- Y Draco pasó ayer todo el día con una auror.
- Laia… -Jameson le agarró del brazo, advirtiéndola, pero ella se zafó, endureciendo más sus facciones.
- Joder –Laia observó las graves y acusadoras miradas- ahora resulta que tenéis principios y todo.
Laia no supo bien de donde llegó, pero un fuerte empujón causó que cayera como un saco al suelo. El fuerte golpe en el pecho provocó que durante un momento no pudiera respirar, pero por fortuna logró volver a llenar los pulmones para espetar.
- ¡McGuillan, cabrón!
Pero justo en el momento que terminaba la frase, el pesado cuerpo de McGuillan cayó sobre ella, inutilizando sus brazos. Su destino era el cuello, su delgado y vulnerable cuello.
Por fortuna, Jameson lo echó para atrás, inmovilizándolo con un brazo y tirándolo boca arriba. Laia tosió levemente e inspiró con profundidad repetidas veces. Al levantarse notó un pinchazo en una de sus muñecas, allí donde las manos de McGuillan la habían sujetado. Reprimió el dolor y enfocó su vista. Jameson se había colocado entre McGuillan y ella, y elevaba las manos hacia el antiguo guardián de Slytherin, intentando calmarlo. Luego habló para todos.
- Largaos, se ve que hoy no podremos entrenar.
Se oyeron algunas quejas y maldiciones en voz baja y se fueron yendo, pasando por delante de Laia. McGuillan también se largó, juntándose con Zabini y Draco para empezar a cuchichear.
En el campo quedaron Jameson y Laia. Ella le sonrió tímidamente. De pronto el rostro de Jameson cambió. De desolación a gravedad. Se acercó a ella y la miró fijamente. Ella sonrió irónica.
- Ya lo se, “
si sigues así acabarás mal”.
Laia le recordó la advertencia que una vez le dio él. Jameson seguía mirándola con seriedad, y ella, incómoda, bajó la vista al suelo.
- Oye… no sabes lo humillada que me siento… soy consciente que… -la voz le empezó a temblar. Maldita sea, no podía llorar, que vergüenza.
Decir “humillada” no había estado bien. Había sonado egoísta, y ahora Jameson merecía una disculpa. No, dos disculpas y un agradecimiento. Uf, eso iba a ser muy difícil.
- No sabes lo… incómoda –remarcó la palabra y le miró, intentando demostrar toda la sinceridad posible- que me siento. Yo… -su mirada vaciló- siento mucho mi comportamiento… mi manera de tratarte. Tu no te lo mereces, eres muy bueno y yo me he comportado como una…
“¿Egoísta? ¿Consentida? ¿Caprichosa?”
- Cerda –Lo dijo de manera concisa, como si no fuera con ella, asombrándose luego de lo que acababa de decirse a si misma.
Jameson hizo amago de decir algo, pero Laia, que le conocía, se adelantó, advirtiéndole.
- Solo te pediré perdón a ti.
Se hizo un silencio y Laia volvió a mirar a Jameson, temerosa de encontrarse una mirada asesina.
¿Pero cómo se le había ocurrido tal cosa? Era Steve, y ahora mismo Steve le estaba sonriendo. Era una sonrisa triste, no era como las de antaño, pero al menos eso significaba que habían hecho las paces. Aún así, a Laia le daba la sensación que se estaba quedando a medias.
Si, sus disculpas no habían profundizado en absoluto. Habían sido muy frías.
Lo pertinente hubiera sido un buen abrazo… Entonces Jameson quizás descartaría por completo que Laia fuera una maldita insensible.
Pero era incapaz de hacerlo. Por favor ¿Mostrar este tipo de sentimientos? ¿Ella? ¿Abrazarle? ¿Así, de manera gratuita? ¡Qué vergüenza!
¿Y qué si Jameson la viera como una maldita insensible? ¿Por qué demonios tenía que abrazarle?
De repente cayeron unas cuantas gotas, a las que les siguió un auténtico chaparrón que caía fuertemente desde el cielo plomizo. Laia seguía sumida en sus contradicciones.
Jameson se adelantó y se dispuso a salir del lugar. Laia dudó unos momentos, pero acabó siguiendo sus pasos al exterior del campo.
Sonrió para si. En realidad Jameson nunca había estado realmente enfadado con ella. Laia estaba segura que ese bollo tan bueno de crema y chocolate –su preferido- que le había tirado Pansy de mala manera, lo había traído él mismo de las cocinas.