Saffron se desperezó a gusto en la cama, diez minutos mas tarde de que sonara el despertador. Era lunes y hacía mucho frío fuera, pero ella estaba feliz. Desde aquel pequeño incidente en el despacho del tercer piso, Severus se había comportado como si ella fuera de cristal. “¿Estas bien?” “¿Tienes hambre?” “¿Como te sientes?”. Y no podía negar que era muy agradable que el se preocupara tanto por ella.
Quizás no había estado bien que ella simulara estar más débil de lo que en realidad se sentía, pero que le iba a hacer.
Saffron se encogió de hombros, divertida, mientras acariciaba a Ein rítmicamente. Un minuto mas tarde, se había levantado y se disponía a darse una ducha caliente, mientras decidía mentalmente que se pondría.
Estaba vestida y esperando sonriente cuando el fue a recogerla. Sin embargo, el parecía de nuevo huraño y poco comunicativo y Saffron no pudo menos que deprimirse. Maldita sea, su estado de humor parecía una montaña rusa, siempre arriba y abajo.
Poco sabía ella que el lunes solo estaba empezando.
El la dejó sola en el despacho, con una mueca impaciente, encargándole que hiciera una poción complicada. “¿Pero que demonios le pasa hoy a este?” pensó Saffron malhumorada. Inició la poción, albergando un extraño sentimiento de resentimiento y enfado hacia su profesor de pociones. ¿Porqué no podía el seguir siendo ese hombre solícito que había sido durante unas horas? ¿Porqué tenía que volver a ser ese hombre oscuro que apenas le prestaba atención?.
Saffron suspiró sonoramente, sabiendo que no la escuchaba nadie.
Comenzó a trocear ingredientes, añadiéndolos por orden, contando y midiendo cuidadosamente las proporciones. Dio tres vueltas hacia la izquierda con el cucharón, y una hacia la derecha, tal y como indicaban las instrucciones. Y ahora a esperar. Una hora esperando. ¿ Que se suponía que tenía que hacer durante esa hora? Aburrirse sin mas. Saffron se sentó en una silla, mientras sentía que las mazmorras se le caían encima. Cogió un libro, el primero que encontró y lo hojeó distraídamente.
“Magia oscura para abatir a los enemigos”.
Lo soltó con repulsión y miró la hora en su bonito reloj de pulsera. Soltó un bufido alarmada cuando vio que tan solo habían pasado cinco minutos. Se quejó en voz alta amargamente.
Y , de repente, se le ocurrió una idea. Una idea alocada, estúpida y terriblemente inconveniente. Una idea, que, por supuesto, llevaría a cabo: iría a la biblioteca.
Bueno, visto así, en frío, tampoco parecía muy excitante y peligrosa.
Pero Saffron tenía prohibido salir de allí, y mucho menos andar sola por los pasillos. Bien, Severus ni siquiera se enteraría. O mejor, que se enterara. Que no pensara que ella iba a quedarse allí sentadita como si tuviese cinco años.
La biblioteca estaba completamente desierta. Ni siquiera Pince estaba en su habitual puesto de guardiana. Bien, mejor así. Deambuló por los desiertos pasillos, dirigiéndose hasta el apartado de ficción. No mas historia por hoy, no mas tratados de pociones difíciles. Lo que hoy le apetecía era una buena novela, con un poquito de aventura, intriga y algo de amores imposibles. Mejor si eran entre profesores y alumnas. Miró los títulos con atención, recordando cuales había leído ya, y cuales tenían posibilidades de estar bien.
Hasta que oyó un quejido sordo a su lado. Se volvió inmediatamente, nerviosa. Pero allí no había nadie. Siguió mirando los libros, ahora ya intranquila. Y volvió a escucharlo: una especie de gorgoteo nervioso. Saffron respiró agitada. Miró con atención a su alrededor, intentando descubrir algún indicio, y después se asomó a uno de los pasillos que había entre las estanterías.
Ahogó un grito cuando una pequeña sombra cruzó rápidamente ante ella. Pero que tonta era. Si solo era un niño pequeño. Se acercó hasta el, mucho mas tranquila. El pequeño se había agazapado tras una estantería, como si estuviera huyendo de alguien. Saffron se agachó ante el, llamándolo.
- Hola – le dijo con una sonrisa, intentando tranquilizarle. Lo miró alarmada cuando se dio cuenta de que estaba completamente mojado- ¿Qué te ha pasado? Deberías ir a cambiarte de ropa o te resfriarás.
El niño la miraba con expresión ausente, sin decir nada. Saffron acarició su mejilla helada, y siguió intentado hablar con el.
- Vamos, ¿no quieres hablar conmigo?- el niño negó con la cabeza, ceñudo, y Saffron tuvo que armarse de paciencia - ¿Cómo te llamas? Yo soy Saffron.
El niño pareció a punto de decir algo, pero una voz a su espalda la sobresaltó. No era otra que Laia Wallravenstein. Saffron dio un respingo, y miró a la oscura muchacha. ¿Porqué siempre parecía enfadada?. Sin embargo, Laia no fue amable ni mucho menos, ni con ella, ni con el niño.
Y eso era algo que Saffron no podía soportar. Que aquella estúpida niñata quisiera quedar por encima de ella, como si fuera alguien. Saffron supo que aquello iba a acabar mal en cuanto hubo cruzado dos palabras con ella. y después de esas dos, muchas mas. El niño y su bienestar se había convertido en una excusa banal para sacar todo su odio y resentimiento fuera.
La había insultado, y con cada palabra que habían cruzado había sentido como se encendía mas y mas. Habían acabado diciéndose cosas terribles a gritos, en medio del pasillo. Había querido herirla, hacerle daño. Hacerle tanto daño como ella sentía en ese momento. Aquella, aquella maldita putita tenía la culpa de todo. Era mala y egoísta, una persona de la peor condición que iba con gente horrible.
Y Saffron se había convertido en ella.
Había querido ser mala y egoísta también, pero solo había conseguido hacerse mas daño a si misma. Saffron sintió como no podía respirar, como una desagradable sensación de enfado mezclado con impotencia la sacudía. Aspiró con fuerza, y, de repente, rompió a llorar. Estaba sola, en medio del pasillo, llorando en el suelo, acalorada y agotada después de aquella discusión.
“¿Tú estás donde perteneces y con quien debes estar?” le había dicho Laia. No, maldita sea, no lo sabía. Estaba perdida, confundida. Había dejado su mundo atrás, todo lo que conocía, solo por aquel loco sentimiento hacia Severus Snape. Pero el no la había aceptado. Y ahora se veía atrapada en tierra de nadie, sin pertenecer a ningún lado. Se secó las lágrimas con una mano, intentando recomponer su aspecto antes de volver a las mazmorras.
Oh, maldita sea, aquella golfa se había metido con su vestuario. Respiró con fuerza, enojada. Y pronto volvió a sumirse en un mar de dudas. Ella había dicho que Snape se avergonzaba de ella, de su aspecto. Y en realidad, ella había descubierto como el la miraba con reprobación cuando se ponía algo especialmente llamativo.
No, si al final iba a tener razón.
Sorbió las lágrimas como pudo y volvió cabizbaja hasta las mazmorras. Si quería que el se enterara que había salido del despacho, desde luego una buena disputa en medio de un pasillo con gente era la mejor manera de hacérselo saber. Llegó al despacho derrotada y con un aspecto terrible.
- ¿Se puede saber porqué ha salido sola? – la voz de el llegó irritada desde el otro lado de la mesa, mirándola iracundo.
Saffron entrecerró los ojos. “Si” pensó “Yo también me alegro de verte”
- No solo ha dejado una poción incompleta sin vigilancia, si no que además ha vuelto a poner su vida en peligro, al salir sin vigilancia. ¿Cuántas veces he de repetírselo? ¿Es que acaso tengo que hacerle escribir mil veces “No saldré sola”? Sinceramente, señorita Bahn, creía que tenía mas inteligencia.
Saffron apenas le escuchaba y se dejó caer sobre una silla, aceptando todo lo que el dijera en silencio. ¿Qué podía decirle? ¿Qué era una estúpida y que sentía no ir de negro para hacer juego con el? Sacudió su cabeza, pensativa.
- ¿Que te ocurre?- de repente, la voz de él parecía ligeramente preocupada.
Saffron levantó la mirada, enfrentándose a la suya sin ningún tipo de aderezo. Permanecieron en silencio durante unos minutos, mirándose, hasta que por fin ella volvió a hablar.
- Me he peleado con Laia Wallravenstein en medio del pasillo – que mas daba, de todas maneras el iba a enterarse, y prefería decírselo ella. Vio como Severus la miraba serio, mientras asentía con gravedad.
- Me han informado de ello. Y quiero que sepas que me parece una enorme irresponsabilidad por tu parte.
Saffron abrió la boca indignada. Vamos, lo que le faltaba, que encima le echaran la bronca a ella.
- ¡No sabes como estaba tratando a ese pobre niño! Además... – se calló. ¿Qué mas podía decirle? ¿Qué se habían insultado mutuamente? ¿Qué Laia había aludido a el?. No, no podía decírselo.
- Saffron, solo estaba haciendo su trabajo. Ese niño debía vacunarse y no podía dejar que estuviera correteando por ahí.
Saffron lo miró abatida. No podía dejarse engañar ante la evidencia. Por supuesto, el siempre la defendería a ella. Laia era una Slytherin, y el era el jefe de su casa. Donde pertenecía y con quien debía estar. No podía luchar contra eso. Saffron suspiró en voz baja, mientras intentaba que no volvieran las lágrimas a sus ojos. La voz de el volvió a sonar en la oscura habitación.
- Quiero que procures mantenerte lo mas alejada posible de esa chica, ¿entiendes?. Y - la voz de el pareció vacilar un poco- Y de cualquier Slytherin en general.
Ella lo miró ligeramente asombrada. Estaba desconfiando de sus propios alumnos, de su propia casa, que era como su familia.
- Tu también eres Slytherin- no pudo menos que murmurar.
Ahora era él el que la miraba sombrado.
- Yo se lo que estoy diciendo- dijo el mas para si mismo que para ella.
- Pues entonces ¿Porqué no me lo explicas?- la voz de Saffron sonaba irritada y ligeramente ronca- A lo mejor incluso te sorprendo y entiendo las cosas.
- Dudo mucho, señorita Bahn, que entienda el alcance de lo que está ocurriendo en el mundo en este mismo momento, ya que parece no entender una simple orden de no moverse sola por el castillo.
Saffron lo miró con expresión enfadada. Recordó las palabras de Laia “¿Os aguantáis?”. No, desde luego que en momentos como aquellos no.
- ¿Puedo ir a al cuarto de baño o también quieres acompañarme?- dijo ella con expresión socarrona, buscando provocarle, enfadarle.
Severus la miró con expresión hosca, fijamente, bufando irritado.
- Vaya de una maldita vez y cuando vuelva siga con la poción. – gritó el enfurecido, al mismo tiempo que salía del despacho cerrando la puerta con violencia.
Saffron suspiró, agobiada. Genial, había conseguido enfadarle sin motivo. Ahora su día podía considerarse realmente perfecto.
Fue al cuarto de baño, aunque ni siquiera tenia ganas de ir se remojó la cara con un poco de agua, intentando que se borraran las marcas de las lágrimas y los ojos hinchados. Salió del cuarto de baño y caminó con lentitud de nuevo hasta la puerta del despacho.
- Hola- la voz le sorprendió, saliendo entre las sombras . Saffron dio un respingo, y se calmó ligeramente al ver que era un muchacho de su edad el que hablaba- ¿ Que haces por aquí? ¿ No eres muy mayor para estudiar en el colegio?
Era guapo, pero tenía un aire insano que a Saffron no le terminaba de gustar. Sus ojos negros sonreían, curiosos mientras se acercaba a ella.
- Pierre Lelonde- dijo con una mueca encantadora a la vez que le tendía la mano. Ella le tendió la suya y se presentó a su vez. - ¿Estas buscando al profesor Snape? Ahora no está en su despacho.
El muchacho no dejaba de sonreír, pero cada vez se aproximaba mas a ella, mientras que Saffron se ponía cada vez mas nerviosa, e iba retrocediendo cada vez un paso mas. Aquellos ojos negros la intimidaban, pero, a la vez, se sentía extrañamente atraída. Se pasó la lengua por los labios, en un gesto a medias nervioso, a medias seductor, y el muchacho pareció darse cuenta.
- No...- dijo Saffron vacilante – Yo estudio con el. Mi... trabajo, para la carrera...
- Ya... ya entiendo. Supongo que debe ser fascinante... un hombre que sabe tantas cosas... – el muchacho se acercó aun mas a ella, y Saffron quedó acorralada contra la pared – Que puede mostrarte tantas cosas... hay mucho que aprender de Severus Snape, realmente.
Saffron asintió, sin saber que decir. Las palabras del muchacho sonaban extrañas, y el brillo de sus ojos había cambiado, y ahora la estaba asustando. Tragó saliva con fuerza, y miró a ambos lados del desierto pasillo, deseando que pasara alguien.
- Saffron... – el ahora estaba pegado a ella y se estaba permitiendo el lujo de acariciarle la cara. Ella lo miró aterrada, sin saber muy bien como pararle. El se inclinó sobre ella, y comenzó a susurrar en su oído. – Eres demasiado bonita Saffron.... tienes que tener cuidado de donde pones tu cabecita... de lo que miras... de lo que escuchas... pobre niña...
Saffron cerró los ojos. Las palabras de el la estaban confundiendo. No sabía a que se refería, pero si sabía que estaba muerta de miedo.
- ¡Saffron! – una voz conocida sonó de pronto muy cerca y ella sonrió feliz y aliviada. El muchacho se apartó de ella con una sonrisa socarrona en su rostro, mientras ella miraba a Julius y Severus con expresión agradecida.
Se acercó hasta ellos, obviando las miradas crípticas de ambos hombres. Se enganchó disimuladamente al brazo de Severus y este no dijo nada, a la vez que miraba con curiosidad a Julius. El auror tenía su mirada fija en el oscuro muchacho que estaba frente a ellos, al igual que la de Severus Snape.
- Profesor Snape, que alegría verlo- Lelonde hablaba sin rastro de alegría en su voz, mientras que sus ojos mostraban un brillo maligno. – Veo que ha cambiado un poco de compañías...
Dirigió una mirada febril hacia Saffron y Julius, y ella solo pudo evitar su mirada. Severus dio una mirada significativa a Julius, y este comprendió al punto. Cogió a Saffron del brazo y se la llevó hasta el despacho de Snape, dejando a este solo frente al muchacho.
- No deberías andar sola, Saffron – le reprochó el joven auror cuando llegaron hasta el despacho- ¿Qué tal estas?.
- Fatal- reconoció ella mientras le daba un cariñoso beso en la mejilla- Llevo una mañana horrible. Esto era lo último que me faltaba, que me acosaran por los pasillos. Además, esta mañana he tenido una discusión terrible.
- ¿Tu? ¿Una discusión?- el joven sonreía divertido- ¿Con quién? ¿Qué ha pasado? No me dejes en ascuas, que sabes que en el fondo soy un poco marujona.
Saffron se echó a reír, alegre. Ya no quería a Julius, pero como echaba de menos aquellas tontas conversaciones.
- Nada, con una Slytherin. No creo que la conozcas. Una tal Laia Wallravenstein. – el, de repente, parecía tener toda su concentración puesta en ella – La muy zorra me ha dicho cosas horribles! Estaba tratando fatal a un pobre crío y encima se ha metido con mi vestuario! Dios, me ha llamado payaso!! ¿Te lo puedes creer? Por merlín, a papá le va a dar algo cuando se lo cuente... quizás se cree que debería vestir como ella, siempre de negro. Que no es que el negro no me gusta, y a ti te sienta genial, pero ya sabes... papá no hace ropa para funerales, y que siga así por muchos años.
Julius se echó a reír ante la verborrea incansable de Saffron. Le hacía gracia. Conocía ambas chicas y no podía menos que reírse al imaginarlas en una pelea, discutiendo por ropa. No había dos personas mas dispares en todo el colegio, y las peleas de niñas siempre le habían divertido.
- No, Julius, no te rías- la voz de Saffron era seria ahora, y también su mirada. La expresión de el también se convirtió en grave. Conocía a Saffron y conocía cuando estaba de broma. Y, definitivamente, ahora no lo estaba – Esa Laia es una mala persona, de verdad. Va con gente horrible, mala gente. Y... y no solo se metió con mi ropa. Dijo... dijo cosas terribles sobre Severus... y sobre mi. De los dos.
Ella evitó ahora su mirada. Julius prestaba atención a sus palabras, ligeramente asombrado. Era la primera vez que escuchaba a Saffron hablar realmente mal de alguien. Y así como no se le había escapado el hecho de que Saffron se acercara a Severus en el pasillo, tampoco se le paso por alto la mención que ahora hacía de el.
- ¿Tanto te molesta?- habló pausadamente. La mirada de la muchacha lo dijo todo, alto y claro. – Ya, entiendo.
Los dos se quedaron en silencio durante unos instantes. Fue ella la que volvió a hablar, en susurros.
- Yo no le intereso- su voz estaba cargada de lágrimas y Julius sintió una punzada de lástima por ella. Sin embargo, Saffron pareció recuperarse pronto. Volvió la cara hacia el, sonriendo- Vamos, yo aquí contándote penas y tu sin soltar prenda. ¿Has conocido a alguna buena chica últimamente?.
-Umm- dijo el, simulando estar pensativo- ¿Y si te dijera que no es tan buena realmente?
- Te diría que estas loco. Las personas malas traen muchos problemas.. fíjate en mi...
Ambos se echaron a reír, y así fue como los encontró Severus Snape cuando volvió a su despacho con expresión hosca.
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Saffron se despertó el martes con una rara sensación en el pecho. El día anterior la había dejado agotada. Realmente ella no llevaba nada bien eso de andar discutiendo todo el día. Las peleas la dejaban en un estado anímico horrible y el lunes por la noche había tenido que poner en práctica técnicas de relajación para conseguir dormirse. Estaba destrozada, física y anímicamente.
Se levantó con desgana, como si fuera lunes pero peor, porque el lunes había sido tan terrible que la sola perspectiva del resto de la semana la ponía de mal humor. Siguió la rutina de todos los días, duchándose y vistiéndose. Sin embargo, no pudo evitar que a la hora de elegir la ropa se decantara por un sencillo pantalón vaquero y un jersey grueso con algo de escote.
Desayunó en silencio, pues hacía tiempo que Helena y sus amigas la evitaban en el comedor, y después marchó hacia el despacho junto a Severus. El estaba extrañamente distante, y a la vez amable con ella. Como si su amabilidad se debiera a simple formalidad con ella. Y también le veía preocupado, podía verlo en sus ojos.
- Vamos a hacer la misma poción de ayer. Fue un día muy... ajetreado y no creo que llegaras a comprender lo importante que es esta poción.
Saffron asintió. El no era una mala persona, ni mucho menos. Al contrario, cada día le demostraba que se preocupaba por ella, que la protegía. Permanecieron en silencio, pero Saffron prefería eso a las disputas.
Sonrió levemente al comprobar como cada vez hacía menos falta que el le indicara lo que debía hacer, como ella se iba anticipando a sus movimientos, como si los dos fueran parte de un engranaje perfecto, en la que una parte no funcionaba sin la otra. A Saffron le gustaba pensar que eso era así, que realmente el la apreciaba y no solo la protegía por un estúpido sentido del deber. Que demonios, le gustaba pensar que aquello podía ser así por el resto de su vida. Sonrió a Severus, feliz, mientras daba vueltas con el cucharón en el caldero, bajo la atenta mirada de él.
No sabía que la felicidad le iba a durar tan poco.
De repente, alguien había abierto la puerta. Saffron se volvió, sonriente, hasta que la sonrisa se le borró instantáneamente al ver de quien se trataba. Sin embargo, apenas si tuvo tiempo para reaccionar, porque antes de darse cuenta, Severus Snape había arrastrado a Charlotte Jenkins hacia la otra habitación y había cerrado la puerta con un portazo.
Saffron no pudo evitarlo y se echó a llorar desconsolada.
Una cosa era que el hombre que le gustaba apenas si le prestara atención y otra muy diferente era que ese hombre arrastrara a otra mujer hacia un cuarto en penumbra justo delante suyo.
Si es que ya se lo había dicho Guenolee, que con ese hombre iba a ser una desgraciada.
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Que Severus Snape nunca había entendido a las mujeres no era un gran secreto. El lo sabía y lo había asumido hacía muchos años. Por fortuna (o por desgracia, dependiendo del día) su trato con mujeres era bastante reducido, lo que no le resultaba un gran problema.
Pero no, debía rectificar. Antes quizás no tuviera mucho trato con mujeres, pero ahora parecía que todas las niñas de Slytherin se habían convertido en adultas de repente, quedando el inmerso en un caos sin sentido aparente. Eso sin hablar de Saffron y de Charlotte.
A la segunda la conocía de siempre, por lo que su trato no era tan difícil. Sin embargo, últimamente parecía haberse vuelto loca, al igual que todas las féminas del colegio, y hacía cosas muy raras. Como flirtear descaradamente con Remus Lupin.
Ah, por Salazar, aquello lo había enfurecido hasta límites insospechados. No flirteaba con cualquiera, no. Primero, un Weasley. Ahora, Remus Lupin. ¿En que demonios estaba pensando? Desde luego, no en su madre. Deirdre la hubiera matado si lo hubiera sabido. Y lo hubiera matado a el, por no haber tenido especial cuidado con ella. Pero, que demonios, ¿cómo iba el a imaginar que Charlotte iba a cometer una locura tan grande?
Suspiró. Intentar comprender los entresijos de las mentes femeninas lo dejaba agotado.
Y si solo hubiera sido Charlotte, quizás la cosa no hubiera sido tan mala. Pero también estaba Saffron Bahn. Aquella muchacha... aquella muchacha que liaba su estómago con sentimientos, que hacía que acercarse a ella fuera un placer extraño y a la vez una tortura. Una chica bonita, demasiado bonita para estar encerrada con el día y noche en aquel despacho. Una joven que a veces era una niña y a veces una mujer, que un día se enfadaba con el y otro día le ofrecía dulces y sonrisas.
Una muchacha que lo había besado y que desde entonces llevaba ese beso como una losa en el fondo de su estómago.
Tampoco la entendía. No entendía nada: ni sus motivaciones, ni sus actos, y, mucho menos, lo que ella sentía. No entendía porqué últimamente se pasaba el día llorando, asegurando que no le ocurría nada.
Como tampoco entendía a Laia Wallravenstein. Una niña que sentía que se le estaba yendo de las manos, que se le escapaba hacia un futuro nada prometedor y el no sabía como atraerla de vuelta. Le preocupaba, profundamente. Le preocupaba su falta de escrúpulos, su egoísmo, los problemas que daba.
No, nunca había entendido a las mujeres. Pero que no se entendiera el mismo si que le resultaba un problema.
Y, por ejemplo, no entendía que estaba haciendo en la cabaña de Hagrid tomando te con el y con Saffron. Realmente, comprendía
como había llegado hasta allí. Lo que no comprendía es por qué estaba allí
aun.
Todo era caótico y sin sentido. Lo único que sabía era que después de comer había llevado a Saffron hasta su habitación. Y que cuando había ido a por ella, simplemente, no estaba.
El terror le había invadido. Sabía el poco cuidado que ponía ella en no andar sola por los pasillos. Sabía que estaba en el punto de mira de los mortífagos. Sabía que Lelonde estaba en el colegio.
Si, se había sentido aterrado. Un terror como nunca había conocido, que le atenazaba el estómago y hacía que su cabeza diese vueltas. Por Salazar, si a ella le hubiera ocurrido algo...
Severus se sintió culpable. No, no debía dejarla sola. La buscó por todo el colegio, el miedo cada vez mas grande, mas grande conforme mas pasillos había recorrido y no había rastro de ella.
No sabía que era lo que le había impulsado a ir hasta la cabaña de aquel desgraciado. Solo sabía que había llamado furioso a la puerta, y le había abierto una sonriente Saffron, con el pelo recogido en dos trenzas.
- ¿Severus? – dijo agradablemente sorprendida.
Por primera vez, Severus Snape había tenido ganas de abofetearla. Por suerte se contuvo, pero los gritos salieron igual.
- ¿¡ES QUE ACASO ESTÁ LOCA??!! ¡¿CÓMO QUIERE QUE LE DIGA QUE NO DEBE ANDAR SOLA?! Es una irresponsable, una estúpida, y una idiota, y desde luego se merece todo lo que le pase...
Sin darse cuenta, había dado rienda suelta a todo el enfado acumulado en las dos ultimas horas. Su cara estaba congestionada y la voz le salía ronca. No se dio cuenta de que ella estaba llorando desconsoladamente hasta que Hagrid se había interpuesto entre ellos, con expresión grave.
- Profesor... creo que debería calmarse- había dicho en tono conciliador, mientras pasaba el brazo por la espalda de la muchacha, en un torpe intento de consuelo.
Severus calló. El alivio mezclado con el enfado corría ahora por sus venas. Miró a Saffron, que rehuía su mirada, a la vez que se sorbía las lágrimas. Supo que era mejor callarse, y dejar que el mal humor escapara poco a poco, antes de seguir haciendo daño a la joven.
De repente, ella comenzó a hablar, entre las lágrimas.
- ¿Porqué te enfadas conmigo? ¡Te he hecho caso! Hagrid vino a por mi a mi habitación y luego iba a llevarme de nuevo- ella lo miraba entre las lágrimas, sin comprenderle, mientras Severus se sentía como un bastardo – Siempre te hago caso. Solo hago lo que tu me dices...
Hagrid se había retirado discretamente, dejándolos solos. Saffron se limpió las lágrimas con la mano, mientras lo miraba dolida. Severus supo, de repente, que había cometido uno de los mayores errores de su vida, y ahora no sabía como arreglarlo.
- ¿Porqué siempre me llamas estúpida? No lo soy, ¿Sabes? No soy estúpida.
- No, no lo eres- la voz de el sonó grave, y ella lo miró sorprendida. Y justo después de esto, Severus Snape dijo dos palabras que no había dicho jamás en su vida- Lo siento.
Saffron lo miró, indecisa. El parecía sincero, pero no podía evitar recordar las palabras que había pronunciado el solo unos minutos antes. Severus Snape pareció ver la vacilación de la chica. Y entonces, como poseído por alguna fuerza extraña y ajena a el, le tendió la mano. Ella aceptó inmediatamente y Severus tiró de su cuerpo hacia el. Saffron lo miró, genuinamente sorprendida, mientras el pasaba sus manos frías por la cara mojada de ella, intentando borrar sus lágrimas.
Ese no era el. No era él el que había atraído a la chica a su lado y el que ahora le estaba acariciando la cara. No, definitivamente, no podía ser el. Porque el nunca haría algo como aquello, por mucho daño que hubiera hecho a alguien. Porque el hacía daño si, pero nunca lo reparaba.
- Tienes que prometerme que no vas a volver a llamarme estúpida – las lágrimas de ella habían desaparecido y su voz era ahora inesperadamente juguetona – nunca, nunca mas.
El asintió, hipnotizado por la sonrisa y la cercanía de ella. La voz de ella tintineaba contra su estómago, haciendo que vibrara, mientras su sonrisa lo confundía cada vez mas, haciendo que no supiera ni que hacía ni que decía. Saffron rió, brevemente, en voz baja.
- Muy bien- dijo ella con una enorme sonrisa – Ahora lo has prometido. Umm, creo que Hagrid tendrá por aquí una taza de te para ti también, ¿no es así?.
Hagrid asintió, y le invitó a sentarse, en medio de grandes muestras de nerviosismo.
Severus Snape se vio a si mismo sentarse al lado de aquel pobre hombre, como si todo lo estuviera haciendo otro en su lugar. La miró de reojo, viendo como ella volvía a sonreír, aunque de vez en cuando se le escapara una lágrima furtiva. El se había comportado como un hijo de puta haciéndole daño y después se había comportado como un idiota para pedirle perdón.
A lo mejor se había convertido en mujer y no se había dado cuenta, porque, definitivamente, tampoco se entendía a si mismo.