Estaban sentados ante todo el mundo que pudiese verles, y parecía que eso no les preocupaba lo más mínimo. Habían estado hablando durante largo tiempo, y al contrario de lo que hubiese pensado al principio, lo seguían haciendo. Hablando tranquilamente, comentando lo que primero se les pasara por la mente. Hablaban y reían. Ahora ella estaba riendo, reía abiertamente, sí, probablemente él había hecho algún comentario gracioso, o quizás había sido ella, a ella le daba igual, cuando le daba uno de sus estridentes ataques de risa, le daba igual cuál fuese el motivo, se reía a carcajadas, sin saber cuándo iba a parar.
Ella lo sabía, él lo sabía y era visible que Lupin también lo sabía.
Había empezado a reírse ante algo de lo que estaban hablando, Lupin también reía, pero no de forma tan expresiva como ella. Entonces, ¿por qué lo hacía? ¿Por qué lo hacía?
Ella tenía algo en la mano, un pastel, o más bien un pedazo bastante pequeño del original con el que había salido de la escuela. Se inclinaba hacia delante por la risa. Le gustaba reírse, a él no, nunca le había gustado. De verdad que eran muy diferentes.
Ella se inclinó hacia atrás en el banco y dejó de reírse. Un acceso de tos le sobrevino. ¿Cómo podía ser tan tonta? Lupin se giró para mirarla, probablemente diría algo que le sería imposible oír. Pero ella sí lo oiría. Se giró hacia él y se le quedó mirando durante largo rato. A los ojos. Se le quedó mirando, toda sombra de risa ausente de su rostro. Pero sin reflejar enfado, ni indiferencia, a decir verdad, parecía muy atenta a lo que sus ojos veían.
Lupin la miraba con igual atención. Entonces, de repente, ella se llevó a la boca el último pedazo del pastel, sin dejar de mirarle, y le sonrió, tras lo cual volvió la vista al frente.
¿Por qué lo hacía? ¿Por qué lo hacían? ¿Cómo se les podía ocurrir?
Él era un profesor del colegio, daba clase a los niños que en cualquier momento podían verle comportarse de esa forma con ella. Y luego habría rumores, habladurías, y quién sabe si no serían ciertas.
¿Y ella? Si su madre se llegara a enterar que se comportaba frente a todo el mundo como una tonta quinceañera junto a un hombre lobo, sus voces podrían oírse en cualquier rincón del mundo.
¿Cómo se le ocurría hacer eso? ¿Cómo podía ocurrírsele? Sabía que la culpa de todo eso la tenían su padre y su tía, ¿quién si no iba a tenerla? Su familia Gryffindor más cercana, por supuesto, como siempre.
Ella era la que siempre le estaba metiendo ideas raras en la cabeza, su madre lo sabía, y más de una vez se lo había echado en cara a Alphonsus. Deirdre tenía razón, por supuesto que la tenía, pero Alphonsus no lograba ver nada malo en que su hermana Gryffindor volviese más Gryffindor a su hija.
Era imperdonable el comportamiento que ambos estaban teniendo. No tenían vergüenza. Era... era ridículo.
- Severus.
Y que uno de los hombres que peor le caía en el mundo, tontease frente a sus narices con la hija de Deirdre Innis, era insoportable.
- Severus...
¿Cómo podía ser tan estúpido? Ambos. Ambos lo eran. Después de lo de Bill Weasley no se habría imaginado que Charlotte pudiese volver a hacer una estupidez como esa. No, ¿qué decía? ¡Esa era una estupidez mucho más grande que salir con un Weasley!
- ¿Severus?
Sintió que Saffron le daba un leve toque en el hombro, buscando su atención. Echó una última mirada a la “feliz pareja” y con gesto hosco giró sobre sí mismo y se dirigió hacia el escritorio sin dirigirle la mirada a la chica.
¿Se podía saber qué le ocurría esta vez a Severus?
Saffron le miró alejarse mientras la pregunta flotaba en su cabeza. Por un momento volvió la vista hacia la ventana, hacia donde instantes antes había estado mirando él, y allí les vio a los dos, Charlotte y Remus, sentados en un bando, hablando como buenos amigos...
__________________Esa tarde Remus había ido a buscarla como todos los días, había llegado, se habían saludado, se habían sonreído y se habían ido. Con un solo “¿vamos ya?”. Ella había accedido y se habían puesto en camino.
El camino hacia la habitación de él lo hicieron tranquilamente, charlando, como harían más tarde sentados en los jardines frente al castillo. Como habían hecho siempre, desde que se conocieron. O bueno, casi siempre. Ahora mismo a ella eso le daba igual, ahora mismo era el presente, ya estaba.
Se notaba que ya se había cansado de plantearse las cosas, de pensarlas demasiado, de amargarse, romperse la cabeza, soñar demasiado, llorar demasiado... y ahora ya no hacía nada de eso, y lo sabía, incluso sabía que cuando terminase, la situación sería más dura, más difícil, incluso pensaba que quizá no fuese así, que quizá fuese mejor, que quizá fuese como ahora, como en ese momento, justo ese momento. ¡Vaya la cantidad de cosas en las que pensaba cuando se decía que no lo hacía!
Cuando llegaron a su habitación, Remus abrió la puerta y la invitó a pasar. Como una tonta, una sonrisa cruzó su rostro y con ella puesta cruzó el umbral. La habitación estaba levemente iluminada, la luz que entraba por las ventanas era escasa, pero suficiente para mostrar la silueta de los objetos que decoraban la estancia.
Remus se acercó al escritorio y pasando la mano con una gracia característica sobre una vela, hizo que de ella aflorase una brillante llama que llenó de luz toda la habitación.
Ante el cambio de claridad el pequeño animal se agitó en su rincón, del que no se había movido desde que llegase a aquella habitación. Charlotte, al verla, sintió pena. Era culpa suya que estuviese así, ella la había mandado a aquel viaje. Pero... pero no era culpa suya que le hubiese pasado lo que sabía Dios le había pasado. Se preguntó si habría entregado la carta, si Edward había leído lo que ella le había mandado. Pero de haber sido así, le hubiese mandado una contestación. No había ningún motivo por el cuál él no hubiese contestado. Podía ser que Hilina hubiese perdido la carta, la suya, en cuyo caso Edward no sabría nada, o la de él, en cuyo caso sólo tenía el problema de no haber leído la contestación. Pero, ¿cómo podía saberlo? Se dio cuenta de lo difícil que se podía poner la situación si su carta no hubiese llegado a su destino en el Ministerio.
Quizá debiese mandar otra carta pidiendo respuesta...
“¡Vaya” Sí que había tenía un viaje duro.”
- ¿Estás mejor? – Le preguntó al animal acercándose a ella.
La lechuza ni siquiera emitió un sonido de asentimiento, Charlotte se acercó más y le acarició el cuello, no dijo nada, la lechuza entrecerró sus grandes ojos ambarinos y se acurrucó aún más en su rincón.
Pasado un rato Charlotte volvió su atención al hombre que, parado junto a la ventana, la estaba mirando.
- Gracias por ocuparte de ella. Supongo que dentro de unos días ya podré hacerme cargo yo.
- ¿Pomfrey va a darte el alta ya?
- Eso, o mando construir otras dos paredes alrededor de mi cama y me instalo allí para siempre.
- Sería un cuarto un poco pequeño.
- Sí. Sí que lo sería. – Dijo Charlotte riendo.
Remus también rió. Entonces ninguno de los dos supo qué más decir. Aún así Charlotte no dejó su mirada fija en él, estaba haciendo el tonto hasta límites por ella insospechados, pero en parte lo sabía, y por eso no quería sobrepasar esos límites, por lo menos no continuamente.
__________________El día siguiente se materializaba como una copia del anterior, bueno, de todos los anteriores. Y ya era Viernes. La monotonía se veía llegar a kilómetros, aún no había terminado la monotonía actual y ya se apreciaba la nueva, si es que se podía hablar en esos términos. Día tras día, y allí seguía.
Pomfrey la miraba siempre con aire preocupado, como quien mira a alguien que en cualquier momento va a sufrir una grave recaída, un accidente, un momento trágico, algo triste al fin y al cabo. Seguía sin entender lo que había pasado, nadie lo entendía, y sus consejos sobre llevarla a St. Mungo eran palabras que se las llevaba el viento, Charlotte no quería oír hablar de eso. ¿Qué iban a decirle allí que no supiera? Por lo menos a ella. Ella era la única que podía explicar lo sucedido, y no tenía la intención de hacerlo.
Muchas veces recitaba en su cabeza lo que le diría a Pomfrey si es que decidía tirar su vida a la basura... no, espera, ¡eso ya lo había hecho!
Rió para sí. Todo el mundo sabría lo que le había pasado si supiesen de su existencia y de sus poderes. Pero ella no podía decírselo.
__________________Remus llegaría de nuevo ese día. Se saludarían. Se sonreirían. ¿Qué tal estás? ¿Qué tal Hilina? En algún momento las cosas cambiarían, para mejor o para pero, Dios sabe qué sería cada cuál y qué convendría más.
En un momento imposible de determinar, Charlotte tomó pergamino y pluma y se encontró a sí misma pensando qué podría escribirle a Edward. Se encontró a sí misma garabateando tonterías, trazando líneas, curvas, dibujando objetos sin sentido. Con un movimiento de varita borró finalmente el pergamino, el cual volvió a quedar tan inmaculado como cuando lo sacase del cajón de la pequeña mesa que tenía junto a ella.
“¿Qué puedo escribirle a Edward?”
Cambió su pluma de color cinco veces antes de trazar una sola linea.
No podía preguntarle directamente si le había llegado la anterior carta. En el caso de que alguien la hubiese interceptado, cosa que había pasado continuamente por su cabeza antes incluso de que su lechuza volviese, una pregunta en cierto modo indiscreta como aquella podría volver a conducir a los mismos resultados.
Con rapidez garabateó en el centro del pergamino una sola frase.
”Por favor, avísales de que todo es correcto.”Ni siquiera firmó. Esa frase era la que Edward y ella siempre utilizaban cuando requerían una respuesta urgente. Ahora la cuestión era que él supiese a qué pregunta, a qué carta, a qué tenía que responder, y fuera cual fuese su respuesta, ella sabría si él había recibido su anterior carta, os i esta había sido interceptada, o quizá sólo perdida por el camino.
Ese día volvía a salir de paseo. Monotonía consecutiva de alta calidad. No se explicaba cómo podía estar tan animada.
Cerró el pergamino con cuidado y posó la pluma en la mesita. Se levantó de un salto de la cama y sin dirigir siquiera un vistazo a la mirada de preocupación y desaprobación de Pomfrey se encaminó hacia el cansado pero sonriente Remus que se acercaba tranquilamente por el pasillo.
- ¿Me acompañas a enviar esto? – Le preguntó agitando el trozo de pergamino sin detenerse.
- Sí, claro. – Respondió él un poco por sorpresa. – Hilina no creo que esté para viajes. – Comentó mientras enfilaban hacia la lechucería. – No vamos a buscarla, ¿verdad?
- No, utilizaré una de las del colegio.
- Oh!
Eligió una lechuza gris oscuro, la primera que vio, algo más pequeña que Hilina, parecía que estaba esperando para llevar algo.
Cuando la lechuza salió por la ventana, Charlotte se quedó observándola volar, pretendiendo seguir todo su camino, a ver si levaba su nota a su destino, pero la voz de él sonó a sus espaldas e hizo que ella le volviese a prestar toda su atención. Era gracioso, en otra situación lo ocurrido con su lechuza hubiese hecho que se preocupase en exceso y con motivo, en esos momentos no le encontraba motivo alguno, aunque se lo viese. Era extraño.
La luz de la tarde incidía sobre su pelo castaño alegrando su rostro tantas veces cansado.
- ¿Estás bien? – Le preguntó suavemente.
- Eso debería preguntártelo yo a ti. – Dijo él sonriendo.
- Sí, pero ya sabes la respuesta. – Le dijo ella con una nueva sonrisa.
- Tu también.
Las palabras quedaron en el aire, volando entre ellos dos como si fuesen cualquiera de las lechuzas que les rodeaba.
Tu también. Y tu. Y tu. Tu también. Y tu. Tu. Tu.
El sol del otoño quemaba su cuello y hacía que sintiese más calor del que de verdad hacía. Por primera vez desde que había llegado allí lo sintió. Y no lo negó, sobre todo eso, no lo negó.
El calor del otoño la cubría y sintió deseos de besarle, como antes, de enredar sus dedos en su cabello castaño, como tantas veces había hecho antes. Y no se negó que lo sintiese, lo que se preguntaba era... si él podría sentir lo mismo por ella. El “podría” era lo que más miedo le daba, porque aquello le confería demasiada responsabilidad a ella, en todos los sentidos.