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Nombre: Charlotte Jenkins.
Quidditch: Golpeadora (lo único que se le daba bien ^^UU)
Nombre: Saffron Bahn.
Quidditch: Nunca ha jugado; lo suyo no es el ejercicio físico.
Quidditch: Es guardiana de reserva.| Powered by TagBoard Message Board |


" Tres Veces "
por Saffron ( 6:32 PM )
Sería una exageración decir que Saffron no durmió nada aquella noche. Lo cierto es que estaba muy nerviosa, pero dormir ocho horas era para ella casi tan importante que fantasear con Severus. Casi más importante.
Lo cierto es que durmió perfectamente. Soñó con algo alegre, pero si le hubieran pagado para que contara en qué había consistido el sueño, no habría podido contestar. Suponía que había tenido algo que ver con su profesor de pociones, y con pasar todo el día en Hogsmeade con el. En fin, eso ahora no importaba. Ella se había levantado una hora antes de lo acostumbrado. Era obvio: tenía que bañarse, depilarse, peinarse, elegir cuidadosamente su ropa, pintarse las uñas, hacer rabiar a Ein, y unas cuantas cosas más, que en ese momento no recordaba.
Jo, que nervios.
Severus Snape también estaba nervioso, y no por las mismas razones que ella. Aun se estaba preguntando como demonios se las había arreglado ella para conseguir sacarle la promesa de que irían a Hogsmeade. El, que siempre conseguía escaquearse de aquella responsabilidad. Tener que acompañar a cinco cursos de estudiantes atolondrados, que solo buscaban empacharse de golosinas lo más rápido posible y equiparse de un cargamento de artículos de broma que les durase hasta la próxima visita al pueblo. Francamente insoportable. Aquella tarea estaba a cargo de McGonagall y Flitwick, aunque Severus sospechaba que para ellos no era una carga muy pesada. Y ahora, de repente, se veía en la obligación de pasar todo un día en Hogsmeade con Saffron. ¿Qué demonios iba a hacer todo el día con ella?
En realidad, podría haberle dicho que no. ¿Pero donde iba a quedar su honor si el iba rompiendo las promesas que le hacía a una chiquilla?
De todas maneras, nada de lo que el hubiera pensado le habría preparado para aquello. Subió la torre Ravenclaw intentando ignorar los gritos excitados de sus alumnos y con infinita paciencia llamó a la puerta de la habitación de Saffron.
Nunca nunca nunca habría estado preparado para aquello.
- OHHH! BUENOS DÍAS!!!- ella le abrió la puerta y gritó. Y se echó a reír. Justo lo que se temía: ella estaba completamente nerviosa y alocada.
Suspiró imperceptiblemente y achicó los ojos. Y entonces la vio. Casi se atraganta. Parecía que Saffron se hubiera vestido dos veces.
Llevaba un pantalón. Con una falda encima.
Y una blusa. Con otra camiseta encima.
Todo ello combinando el color rosa y el azul. En varios tonos. Snape se quedó sin palabras. ¿Cómo iba a pasear por Hogsmeade con alguien que iba vestido así? Dios, a su lado la muchacha destacaba como una farola en medio de la oscuridad.
- No Ein, cariño, tu no puedes venir con nosotros- Saffron acarició a su gato, que pareció levemente molesto. Se incorporó de nuevo y le dio una gran sonrisa a Severus. Entonces, cogió un gorro de lana, se lo puso, y dijo- ¿Nos vamos?
Severus cerró los ojos con fuerza. Por Salazar, el gorro era rosa. RO-SA. Iba a ser un día muy, muy largo.
Durante todo el camino a Hogsmeade ella no paró de parlotear excitada. Le contaba anécdotas de cuando ella era estudiante y esperaba aquel día con ilusión. De cómo Guenolee y ella habían quedado con dos chicos mayores cuando estaban en cuarto; de cómo Rufus había hecho una apuesta con los de su curso, prometiendo entrar en la Casa de los Gritos, y después había simulado que se rompía una pierna para evitarlo. Severus no decía nada, ni una palabra, limitándose a mirar por la ventanilla con expresión fastidiada.
De todos modos, podría haberle dicho que se callara. Y también hubiera podido decirle que se sentara frente a el, y no a su lado.
Pero hubiera sido algo maleducado, ¿no?
- Umm... ¿Dónde quieres que vayamos?- fue lo primero que preguntó Saffron cuando llegaron al pueblo.
Severus se sorprendió. ¡El no quería ir a ningún sitio! Si estaba allí, era por ella. Con gusto el hubiera pasado el día en sus habitaciones, leyendo o haciendo cualquier cosa que le hubiera venido en gana. Pero no iba a pasar todo el día lamentándose. Estaba allí, y ya no tenía remedio. Se encogió de hombros levemente ante la pregunta.
- ¿Te parece bien que paseemos?- preguntó ella de nuevo, con una sonrisa y aproximándose a el- No hace muy mal día, ¿no crees?
Severus miró el cielo por primera vez. Lucía un débil sol y corría poco viento, pero aun así hacía fresco. ¿Acaso ella no quería pasear? ¿No era eso para lo que habían venido? Pasearían entonces. Se pusieron a caminar lentamente, siguiendo al resto de estudiantes que se dirigían hacia la calle principal de Hogsmeade, en medio de risas y bromas.
Pero pronto se dio cuenta Severus de una cosa: que caminar junto a una muchacha vestida de colores pastel por medio de la calle principal de aquel pueblucho de mala muerte no era algo agradable. En absoluto. Y mas cuando cientos de sus alumnos estaban observándole, dándose codazos unos a otros y riéndose indiscretamente cada vez que el pasaba cerca.
- Saffron...- el la llamó en voz baja.
Ella se volvió, sonriéndole, con las mejillas sonrojadas por el frío y los labios rojos. Y Severus, por primera vez aquel día, pensó que ella era bonita. El mismo pensamiento le golpeó, bajando desde su cabeza al estómago, sorprendiéndole. Sacudió la cabeza, como para liberarse de el, y entrecerró los ojos.
- ¿Si?- dijo ella, ladeando la cabeza de una manera muy graciosa.
Severus carraspeó, y murmuró en voz baja.
- Vayámonos de aquí- y haciendo un gesto imperceptible con la cabeza, añadió- Hay demasiada gente.
Y tiró levemente de su brazo. Saffron abrió tanto los ojos que creyó que se había convertido en un búho. “Oh dios” pensó “Oh dios, dios. ¡Quiere que nos vayamos a un sitio apartado! Los dos solos!”. Estaba tan emocionada que hubiera llorado.
Severus la arrastró imperceptiblemente, su mano sobre su brazo, tirando de ella, llevándola hasta, hasta...
Otra calle. Otra simple calle. Lateral, con menos gente, pero una calle, al fin y al cabo. Saffron sintió como su pecho se desinflaba por la desilusión. Pero que idiota, que estúpida era. ¿Qué demonios había esperado? ¿Qué Severus se revelara como un amante genial y la arrastrara hacia una de aquellas sórdidas casas? Haber leído toda aquella porquería romántica con catorce años le estaba pasando factura.
- ¿No querías pasear?- preguntó el, mirándola fijamente, ella clavada con expresión ausente en medio de la calle.
Saffron suspiró con fuerza, y asintió. Volvió a situarse a su lado, comenzando los dos de nuevo a pasear. A cada paso, Saffron rozaba su brazo contra el suyo, deliberadamente; un roce continuo, suave pero firme. Si Severus se dio cuenta o le molestaba, ella nunca lo supo, pues el no dijo nada.
Siguieron caminando, el en silencio, ella hablando sin parar. No era precisamente la idea que tenía Severus de pasar un sábado agradable, y sin embargo... De repente, Saffron se paró ante el escaparate de una tienda ropa, dejando escapar un “Oh, que bonito!”, completamente emocionada. El enarcó una ceja y la miró susceptiblemente. Ella no pensaría entrar a mirar ropa, ¿verdad? Pero cuando quiso mirarla de nuevo ella ya había desaparecido.
- Vamos, Severus!!- llamó ella, ya dentro de la tienda mientras sujetaba la puerta, haciendo gestos apremiantes.
El la miró con un gesto completamente aborrecido, pero no tuvo más remedio que entrar. Saffron ya estaba dando vueltas excitada, mirando vestidos, pantalones y camisetas. Pronto se acercó a ella la dependienta, una mujer de mediana edad entrada en carnes que aun creía que tenía veinticinco años. Le dio una sonrisa falsa a Saffron, mientras no le quitaba el ojo a Severus, y a la vez se ajustaba las gafas de concha y se acomodaba el pelo teñido de rubio.
- ¿Puedo ayudarla?
- Oh, si, por favor- dijo Saffron alegremente- me gustaría probarme ese vestido de ahí.
La mujer volvió a sonreír afectadamente, y enseguida le trajo el vestido, indicándole donde estaban los probadores.
- Ahora salgo- le dijo Saffron a Severus, quizás temiendo que el se fuera sin ella. El se limitó a asentir irritado.
Y al cabo de unos minutos, salió ella. Llevaba puesto un vestido negro, entallado y con un generoso escote. Quizás demasiado generoso. Severus sintió como si el estómago se le hiciera un nudo, y la sensación le puso de mal humor.
- Tachaaaaaan!!- ella dio una vuelta sobre si misma, y sonrió.
- Oh, le queda perfecto! – la mujer palmoteó y gritó con su voz chillona. Saffron le sonrió educadamente, pero Severus pudo ver asombrado como había una mueca de disgusto en sus ojos.
Quizás Saffron no era tan absolutamente complaciente como algunos creían.
- ¿Qué te parece? – Ella de nuevo estaba sonriendo, y le preguntaba a el concretamente.- Es muy bonito, pero... no se... es que negro...¿No crees que el negro es aburrido?
Severus arqueó tanto la ceja que Saffron creyó que se saldría de su cara. Lo miró, y se sonrojó levemente.
- Emmm... mejor olvídalo...
- De todos modos, lo tenemos en otros colores- la mujer les sonrió a ambos, mientras asentía con fuerza.
Esta vez la mirada que le dirigió Saffron fue algo más que molesta. Pero la mujer no pareció darse cuenta.
- Bueno...- Saffron siguió, decidida a ignorar a la mujer.- pero... ¿qué piensas? ¿Crees que el escote es demasiado bajo?
Y lo miró fijamente, la expresión seria. Severus tragó saliva con fuerza. No podía ser que ella estuviera pidiendo su consejo en algo tan trivial como la ropa. Para que negarlo, el vestido le sentaba muy bien. Y lo cierto era que el escote llamaba la atención. Mucho. Una incómoda sensación de calor se instaló en su pecho. Saffron le sonrió levemente, expectante, y el no se había sentido más incómodo en toda su vida. Carraspeó ligeramente, buscando algo que decir; abriendo la boca para decir algo, cualquier cosa, mientras ella tenía la bonita mirada azul clavada en el.
- Oh, no no no. Las chicas jóvenes no deben ser remilgadas en ese aspecto- la mujer dio una escandalosa risa afectada.
Saffron sintió deseos de matarla con sus propias manos. Un momento perfecto, un asomo de (casi) intimidad entre Severus y ella y aquella mujer idiota lo había mandado al carajo. Volvió a mirar a Severus, que había cerrado la boca, y con expresión hosca simplemente se limitó a encogerse de hombros.
Si, la mataría.
- ¿Podría enseñarme los otros colores?- Saffron le dio una sonrisa falsa a la mujer.
Quizás ella no lo había notado, pero Severus se dio cuenta del rictus de enfado en su boca, imperceptible. Las dos mujeres se alejaron hacia el otro extremo de la tienda, mientras el miraba irritado hacia la calle, a través del escaparate. Con tan mala fortuna que lo hizo justo cuando dos alumnas pasaban por delante. Las dos chicas lo miraron descreídamente, y después prorrumpieron en carcajadas, marchándose corriendo.
Severus solo pudo cerrar los ojos con fuerza, intentando controlar su ira interior.
- También lo tenemos en verde pistacho y en rojo- dijo la mujer mientras enseñaba los dientes a través de la sonrisa, mostrándole a Saffron los vestidos. Saffron asintió. De repente, la mujer la miró fijamente, y continuó hablando, esta vez en tono confidencial- Perdone que le pregunte pero... ¿No es usted Saffron Bahn? ¿La hija del diseñador? La he visto en algunas revistas y...
De repente, toda la confianza de Saffron se fue al traste. Solo pudo dar una sonrisa tímida y asentir. Odiaba aquello. Afortunadamente, solían dejarla bastante en paz, pero de vez en cuando aparecía alguien que la reconocía. Cuando esto ocurría, toda su seguridad se desvanecía y se convertía en una chiquilla tímida que no sabía que decir.
- ¡Oh!- la mujer gritó emocionada- ¡Lo sabia! Me sonaba su cara desde que ha entrado y por fin he caído... sus padres tienen mucho talento y...- la mujer continuó dándole coba durante un buen rato, mientras Saffron sonreía forzadamente- ¿Sabe? Tengo un hijo de su edad, muy guapo, y muy buen muchacho, podría darle su numero de chimenea y podrían quedar algún día para comer...
Saffron abrió los ojos con horror. ¿QUÉ? ¿Aquella mujer estaba tratando de endosarle a su hijo soltero? Si no pensaba algo con rapidez se veía en una cita a ciegas con un paleto de pueblo antes de que pasara un mes. Tragó saliva con fuerza, mientras su mente trabajaba más rápido que nunca.
- No... verá... es que yo...- Saffron le dio una sonrisa nerviosa. Miró donde se encontraba Severus, demasiado alejado como para oírlas. Quizás... era una idea alocada y muy inconveniente, pero... bajó la voz aun más.- Yo... yo ya....
E hizo un gesto con la cabeza hacia Severus. Rogó al cielo que la mujer entendiera el mensaje, y que Severus no hubiera oído nada.
- Oh- la mujer la miró sorprendida. Miró a Severus, y volvió a mirarla aun mas sorprendida.- Ya… ya comprendo...
Saffron dio una sonrisa tímida. Eligió el vestido verde, mientras volvía al vestidor a cambiarse de ropa. Estaba deseando salir de aquella tienda.
- Es una chica encantadora- la mujer hizo que Severus se sobresaltara. No la había esperado tan cerca. Severus la miró impasible- Muy bonita, su novia.
Severus casi se atragantó, mientras un agradable cosquilleo se extendía por su estómago y sus extremidades. La miró con seriedad y fijeza, notando como la mujer se ponía nerviosa.
- No es mi novia- dijo secamente, intentando acallar toda duda.
La mujer lo miró con seriedad, sin comprender. De repente, un brillo de entendimiento surgió en sus ojos, y Severus temió.
- Ah, ya... claro... ya lo entiendo...- y rió de nuevo, mientras sacudía el pelo teñido en todas direcciones. Y le guiñó un ojo.
A el.
Le había guiñado un ojo. Severus la miró tan fijamente, que la mujer se retiró presurosa, murmurando que tenía que envolver el vestido. Bufó.
“Su novia”.
Y el calor no desaparecía.
Saffron salió rápidamente del probador. Estaba sonrojada, y rehuyó la mirada de Severus. De repente, Severus se encontró preguntándose si ella les había oído. No sabía que Saffron se preguntaba lo mismo. Salieron de la tienda rápidamente, casi huyendo.
Caminaron unos pasos. Saffron ya no hablaba y había fijado la mirada en el suelo, con expresión preocupada y ausente. La voz untuosa de Severus la sacó de sus pensamientos.
- ¿Dónde vas?
- No se- confesó ella apurada.
Se quedó parada, en medio de la calle, mirándole. El hizo un gesto con la cabeza, apartándose el pelo sin tocarse la cara y no pudo menos que mirarlo embelesada. No entendía como, porqué aquel hombre oscuro y extraño la atraía de aquella manera tan absoluta. Era algo que escapaba a su entendimiento, pero cada vez que el la miraba, le hablaba o la rozaba, ella simplemente, se derretía. Sobre todo cuando la rozaba. Sintió la mirada de el clavada en ella, mirándola como si fuera idiota, y Saffron bajó la vista, avergonzada.
- ¿No vamos a ir a comer?- su voz sonó como cuando indicaba a sus alumnos algo tan obvio que no merecía la pena decirlo en voz alta. Realmente, no había querido sonar tan déspota. Se ablandó. Un poco, cuando ella asintió. El asintió también, y de nuevo comenzaron a caminar.
Y de nuevo, la voz de Severus se dejó oír. Arrastrando las palabras, fastidiado.
- ¿Dónde cree que va, Señorita Bahn?
- Eh...- Saffron lo miró un segundo, sus ojos negros achicados, y se sintió confundida.- Pues a Las Tres Escobas, ¿no? ¿No has dicho que íbamos a comer?
El volvió a mirarla y se sintió incomodado. ¿Es que acaso cada vez que le hablaba tenía que hacerlo como si ella tuviera cinco años? Ella ya era una mujer adulta.
Una mujer.
Un momento.
No. Ella era su alumna. Y sus alumnas eran niñas. Y, siguiendo una sencillísima regla de tres, Saffron también era una niña. Eso era. Una niña, como cualquier otra. Y sin embargo, considerarla como una “niña” le hacía sentirse incómodo. Un conjunto de sensaciones y pensamientos encontrados que bullían bajo su piel.
- Yo nunca como en Las Tres Escobas.- dijo el, esta vez mas suavemente, pero con la seguridad de quien dice algo obvio. Saffron abrió la boca, sorprendida, y solo dejó escapar un “Ahh”.
El comenzó a caminar, en sentido contrario al que ella se dirigía. Estaba bien. Comerían donde el quisiera, a ella no le importaba. Mientras estuvieran juntos...
“JETHRO, EL ENCANTADOR”
Saffron enarcó una ceja cuando vio el cartel. El bufó y le lanzó una mirada impaciente mientras ella llegaba lentamente hasta el pub. Parecía... parecía... pequeño. Y oscuro. Y muy del estilo de Severus. Saffron sintió un escalofrío por su espalda. Pero que tonta era. El no la llevaría a ningún sitio peligroso. Le rozó con suavidad cuando entraron, sonriéndole. De repente, el la agarró por el brazo, tirando de su cuerpo hacia el suyo.
- Espera- dijo el, su boca pegada a su oreja. Lo miró, viendo con sorpresa como la mirada de el se oscurecía, mientras toda la sangre de su cuerpo se agolpaba en sus mejillas. La voz de Severus vaciló casi imperceptiblemente- Hace años que no vengo. No se que se moverá por aquí. No te separes.
Ella negó con la cabeza tan rápidamente que casi se mareó. ¿Qué tenían que estar las próximas horas cogidos del brazo? No había problema. Ella no iba a quejarse. Pronto se dio cuenta que el local no era tan sórdido como parecía. Había algunos ancianos, sentados por separado, y un par de chicas que los miraron con curiosidad durante unos dos segundos, para después volver a ahogarse en risitas. A Saffron le recordó a Guenolee y ella misma. Aunque con peor sentido del gusto estético, todo había que decirlo.
De ese modo, se sentaron en una mesa, apartados de todos los demás. No podía evitarlo, estaba nerviosa. Era la primera vez que comía a solas con el. ¿Cómo no iba a estarlo? Enseguida vino un muchacho a atenderles. Permanecieron en silencio mientras miraban la escasa carta.
- ¿Aun no sabes lo que vas a pedir?- murmuró el irritado, cuando ya había pedido y el muchacho esperaba pacientemente que se decidiera.
- Emmm... si... no, espera... umm... tomaré sopa de puerros y cordero asado.
El había pedido haggish. Ella odiaba el haggish, pero a el parecía gustarle. Otro dato más sobre Severus Snape para guardar. Lo miró de reojo, sin decir una palabra, mientras esperaban a que llegara su comida. El parecía pasar del enfado a la suavidad en cuestión de segundos y continuamente, y eso ella no lo entendía. El la trataba como una cría, y un minuto mas tarde pasaba su mano por su brazo, haciendo que su interior se encendiera como una bombilla. Quien lo entendiera, que lo comprase. Y ahí no acababa todo. El parecía estar ligeramente (solo ligeramente) mas suelto, menos irritado desde que habían estado en aquella tienda. ¿Y si la había oído? ¿Y si el simplemente la trataba así por conveniencia? Saffron estaba hecha un mar de dudas.
Le sorprendió que el iniciara una conversación. Una simple pregunta sobre una complicada poción, pero formulada en un tono conciliador, que hizo que ella se animara de nuevo. Se enfrascaron en una acalorada conversación acerca de los usos de las raíces en las pociones antiguas. Ella lo miró, con una expresión tierna en los labios mientras comían. No era la conversación que ella hubiera elegido para cita, pero no iba a quejarse. De todos modos, aquello no era exactamente una cita. El no hubiera pisado Hogsmeade si ella hubiera podido salir sola. Pero, aun así, estaban allí, estaban comiendo juntos y hablando. Puede que el no fuera la persona mas agradable del mundo, pero ella se sentía extrañamente cómoda con el. Y aunque su tono de voz fuera hosco o irritado, aunque de vez en cuando sus miradas fueran descreídas, ella sabía que si el hubiera estado realmente incómodo, habrían vuelto enseguida a Hogwarts.
- Y entonces, con una infusión de gingseng...- el paró automáticamente de hablar cuando ella soltó una sonora carcajada. La miró interrogante, aun sabiendo hacia donde se dirigía ella. Hacia un terreno muy resbaladizo.
- Oh... nada... es solo que, bueno, el gingseng... ya sabes...- y volvió a dar una risita sofocada. – Todos esos efectos secundarios...
No. No podía estar hablando de aquello. Ella le sonrió con una sonrisa totalmente nueva. Y por segunda vez aquel día, Severus Snape pensó que Saffron Bahn era una muchacha bastante bonita. Y que, de repente, el cuello de la chaqueta parecía estar muy apretado. Carraspeó ligeramente antes de hablar.
- Desde luego, son conocidas sus propiedades excitantes, muy utilizadas en pociones afrodisíacas...
Intentó mantener un tono de voz neutro, pero parecía realmente difícil de conseguir si ella continuaba mirándolo de aquella manera.
- Aja...- ella lo miró fijamente. No importaba que el calor creciese en su estómago. Curvó los labios, en un gesto deliberadamente seductor- Excitante...y... ¿Es cierto?
El asintió violentamente. Por Salazar, eran dos personas adultas, podían hablar de esas cosas sin sonrojarse ni soltar risitas.
- Por supuesto. Sus propiedades han sido comprobadas- sintió como su estómago se endurecía y el calor en su cuerpo aumentaba. Pero solo ver la gran sonrisa que se dibujaba en la cara de ella le instó a seguir, hablando algo atropelladamente.- Han sido comprobadas por magos respetados. Pero, por supuesto, lo que nos interesa a nosotros son sus propiedades conjuntadas con otras plantas.
- Por supuesto- asintió ella levemente.
Pero la gran sonrisa curvada no desapareció de su cara durante toda la comida. Ni siquiera cuando el comenzó una aburrida disertación sobre la diferencia de medidas según el tipo de planta, en un intento desesperado de olvidarse de aquella conocida tirantez que atenazaba su estómago.
Respiró aliviado cuando ella se marchó al cuarto de baño al finalizar la comida. Sentía calor. Mucho calor. Y una sensación mezclada de incomodidad y frustración. Y a la vez, un cosquilleo agradable por todo el cuerpo. Muy, pero que muy agradable. No sabía que era lo que había ocurrido exactamente en la última media hora, pero lo que era indiscutible es que se le estaba yendo de las manos.
Y eso le enfurecía y hacía que vibrara su estómago a partes iguales. Digamos que el estómago vibraba un poco más que el enfado.
Estaba sumido en estos pensamientos cuando el muchacho que les había atendido se acercó hasta el.
- Señor.- Severus levantó su mirada impasible hasta el, y el muchacho tembló ligeramente.- Su hija me ha encargado que le diga que no tomará postre.
Fue como si hubieran abierto un pozo en medio del estómago de Severus Snape.
- No es mi hija- y le dio tal mirada que el muchacho tragó saliva con dificultad. Se limitó a asentir vigorosamente y marcharse rápidamente, dejando la cuenta sobre la mesa. Y no volvería hasta que se hubieran ido.
De repente, Severus estaba enfadado. Un enfado idiota, estúpido e irracional, como eran todos sus enfados.
“Su hija”
Se sintió levemente deprimido. El no era tan mayor. No podría ser el padre de Saffron. Bien, quizás técnicamente, si pudiera ser su padre. Pero era algo descabellado. Ella era una adulta, no era una... niña. Entrecerró los ojos, irritado consigo mismo. Si el mismo no se ponía de acuerdo en considerarla una mujer o una niña, no podía culpar a los demás de no poder hacerlo.
Era culpa de ella, desde luego. Jugaba con la ambigüedad. Una risa infantil ahora y un segundo mas tarde una mirada de mujer experimentada. Nadie podía culparle a el.
Y ella volvió, sonriendo de aquella manera que hacía que el vello se le erizase bajo la camisa, aun en contra de su voluntad.
“Su hija”.
Por el amor de dios. No era su hija. No lo era.
Salieron a la calle, y ella tiritó de manera inconsciente, por la diferencia de temperatura. Se acercó a él, de manera suave y dulce, como si estuviera envuelta en algodones.
- Muchas gracias- dijo con una sonrisa. El enarcó una ceja, interrogante, y ella continuó hablando. – Por invitarme a comer. Ha sido muy amable por tu parte.
Se encogió de hombros, impasible. No había sido amable, había sido lo correcto. Saffron sonrió, y le apretó el brazo por encima de la chaqueta en un gesto amistoso.
Severus dio un respingo involuntario, y ella se sorprendió. Y un segundo mas tarde, podía ver como la sombra del miedo cruzaba los ojos de ella.
- Oh, perdóname- ella hablaba ahora en voz baja, realmente compungida- No lo recordaba... ¿te duele?
El no respondió, la mirada totalmente neutra. Quizás, precisamente por eso le sorprendió que ella rozara sus dedos contra los suyos, entrelazándolos durante un segundo solamente.
- Lo siento- susurró ella contra su oído, peligrosamente cerca, su nariz rozando su mandíbula.
Tan solo un segundo mas tarde, ella estaba separada de el nuevamente, mirándolo con aquella sonrisa enigmática y echándose a reír.
- Severus... esto no te va a gustar nada...
El temió lo peor.
- Verás… es que quedé con Guenolee... En Las Tras Escobas. Pero te prometo de verdad que yo no sabía que no te gustaba el sitio. Pero es que hace tanto que no la veo... ¡casi dos meses!
Dejó escapar un suspiro imperceptible. Gracias a dios que solo sería un día lo que estarían allí. Se encaminaron hacia el pub. mas famoso de todo Hogsmeade (y por ende, el mas abarrotado), una mas contenta que el otro. Pero Severus no sabía a lo que tendría que enfrentarse hasta que llegó al pub.
Los grititos excitados de las dos amigas cuando se vieron no era algo para lo que cualquiera estuviese preparado, y mucho menos el profesor de pociones de Hogwarts. Después de un cuarto de hora intercambiando unos cuantos “Oh, ¡Estás guapísima!” “¿Qué te has hecho en el pelo?” “Esa camisa es preciosa” y “Tengo muchísimas cosas que contarte” se sentaron en la única mesa libre en la que cabían.
- ¿Y esta quien es?- preguntó Saffron sonriendo a una niña rubia de unos ocho años que se sentó muy seria en una parte del sofá.
- Oh- y con este simple “oh” Guenolee dejó escapar una expresión de terrible fastidio- Es Daisy Ann, la hija de mi hermano Ivor. Mi cuñada acaba de traer un hijo al mundo y me ha pedido que la quitara de en medio. No he tenido más remedio que traérmela.
- Vaya. Hola Daisy Ann, yo soy Saffron- le dio una sonrisa dulce, y la niña sonrió a su vez, cruzando las piernas de una manera totalmente repipi.- y este es el profesor Snape. Te dará clases dentro de unos años.
La niña clavó sus ojos en el profesor, y sus pupilas se dilataron. Daisy Ann lo encontraba fascinante: era tan oscuro, y tan feo... y no hablaba nada, mientras su tía y su amiga reían escandalosamente, poniéndola en ridículo, por mucho que ella intentara mantener la elegancia.
Severus Snape estaba empezando a ponerse nervioso y esa era una sensación que odiaba con todas sus fuerzas. Saffron y Guenolee parecían haberse olvidado de el, mientras hablaban sobre los últimos cotilleos, mientras que aquella niña no hacía otra cosa que mirarlo fijamente. Muy fijamente. Sentía sus ojillos acuosos seguir hasta el mas nimio movimiento que el hacía. Además, había comenzado a balancear las piernas. Y el odiaba que balancearan las piernas.
- Vaya por dios, esto está a tope- Guenolee dejó escapar un suspiro mientras miraba a su alrededor del atestado pub.- Mejor será que Saffron y yo vayamos a pedir a la barra. ¿Qué es lo que tomará, profesor?
- Un té...
- Solo, sin azúcar.- Saffron terminó la frase por el y le sonrió, sin darse cuenta de que seis pares de ojos la observaban fijamente- ¿Y algo de comer?
Severus negó con la cabeza, y las dos muchachas se fueron hacia la barra, aun mas atestada, donde Madame Rosmerta parecía haber desaparecido engullida por la muchedumbre.
- Eso ha sido monísimo- dijo Guenolee con una sonrisa pícara.
- ¿El que?- Saffron preguntó inocentemente.
- Oh, vamos, no te hagas la tonta. Hasta el se ha dado cuenta. Saber exactamente lo que toma...
- No es demasiado difícil. Es lo único que toma. Y siempre igual...- de repente, la voz de Saffron pareció quebrarse. Miró hacia la mesa, ya alejada. No, desde allí no las podía escuchar, y mucho menos con aquel ruido. – Tengo que contarte una cosa...
Guenolee abrió los ojos excitada. Un secreto! Adoraba los secretos! Y mas si eran de su mejor amiga. Y mas su mejor amiga se estaba sonrojando profundamente. Aquello prometía. La instó a hablar rápidamente.
- Pues... veras... el jueves de la semana pasada Julius se quedó a dormir conmigo y...
- Alaaaa, que guarra eres... a dormir, si claro...
Saffron abrió desmesuradamente los ojos y apretó el brazo de su amiga para que se callase.
- Sigo. El caso es que fue esa noche y nunca, nunca mas. No, en serio. Créeme. Todo se ha acabado definitivamente. Y bueno, en realidad eso no tiene mucho que ver con lo que de verdad quería contarte pero el caso es que... – Saffron sentía cada vez mas calor, y era incapaz de contar nada rápidamente, para desesperación de su amiga.- En fin, que el viernes, Severus y yo discutimos, y yo me porté como una estúpida, así que fui después a su despacho a pedirle perdón, y entonces... entonceslebesé.
Dijo las últimas palabras muy rápidamente y en voz baja, mirando al suelo, completamente acalorada. Guenolee abrió la boca. Y la cerró. Y volvió a abrirla. Y volvió a cerrarla. Y volvió a abrirla. Y gritó.
- TUUU... tu eres una zorra!!!
- Shiishh, por dios, Nolee, calla....
- ¡El viernes pasado! ¡Hace mas de una semana! Y no fuiste capaz de llamarme, de mandarme una nota, ¡NADA! Por merlín, Saffron ¿te das cuenta de lo que me estas contando? ¿Te das cuenta? Que te vas a dar cuenta... cuéntamelo, AHORA; TODO. Absolutamente todo. ¿Respondió al beso? ¿estuvo bien? ¿No te dio asco? ¿Vomitaste después?
- Pues... si, respondió al beso- Saffron se sonrojó, mientras Guenolee ponía los ojos en blanco.- Y fue un beso muy bonito...
- ¿Pero le metiste la lengua o no? Que eso es importante. Y por dios, ¿llegasteis a algo más? O solo os quedasteis en el beso bonito...
- No, no pasó nada más. Es mas, no hemos hablado de eso. Como si no hubiera pasado nada.
Saffron pareció ligeramente abatida. Guenolee la miró divertida, y miró a su vez a Snape, que por lo que podía adivinar, estaría tratando de no degollar a su sobrina con un machete oxidado. Sonrió perversamente.
- Mira, nena, a eso se le llama negación. Y no conozco a nadie más reprimido que Snape, así que tendrás que echarle paciencia.
De repente, Saffron sonrió en dirección a la mesa. Guenolee también miró, y vio la mirada irritada de Snape fija en ellas, seguramente estaría suplicando su vuelta a la mesa o una muerte lenta y dolorosa a cambio de eliminar a aquel incordio de niña.
- Te lo juro, Saffron. Solo por un momento, me encantaría ver a Snape con tus ojos.- miró a su amiga con curiosidad, intentando entenderla. - ¿Lo ves guapo?
- No, tonta- Saffron se rió suavemente- Claro que se que no es guapo, y que no tiene buen cuerpo. Ni siquiera es agradable. Pero a mi me gusta- Se encogió de hombros, y se abrazó a su amiga, simulando que lloraba- Jooo, es que me gusta mucho, Nolee, de verdad que me gusta mucho... y ni siquiera se como acercarme a el. El me ve como.. como una cría. Su alumna de pociones, simplemente. Y eso es muy frustrante. Paso todo el día con el, pero no hay manera de hacer que ceda, aunque solo sea un poquito. Parece inmune a mis encantos.
Ambas chicas rieron. Severus las vio reír, desde lejos, las vio abrazarse, y como Saffron lloraba tan solo un minuto antes. ¿Ella lloraba? Sintió un pinchazo de desazón en el vientre. Y por otro lado, estaba aquella niña. Aquella insoportable niña.
No paraba de moverse. Parecía que tuviera siete brazos y ocho piernas. Y lo que era aun más desesperante, no paraba de mirarlo, fijamente. Hiciera lo que hiciera, se moviera hacia donde se moviera, sus ojos estaban clavados sobre el.
- ¿Puedes dejar de moverte de una maldita vez?- dijo con la voz perfectamente calma, en su tono mas terrorífico. Cualquiera de sus alumnos habría huido despavorido. Pero aquella niña no. Dejó momentáneamente de moverse, de balancear sus piernecitas.
- Mamá dice que “maldita” es una palabra que no debe decirse- y sonrió afectadamente.
Severus achicó sus ojos, y pensó que había llegado el momento de probar a intentar cortarse las venas con el canto romo de aquella mesa.
Quizás tardaría un poco, pero habría puesto fin a aquella pesadilla.
- Sabes, Saffron... sigo pensando que deberías presentarte en camisón una noche en su habitación. Si aceptó un beso quizás acepte algo más. Al fin y al cabo, y debajo de toda esa ropa es solo un tío. Y ya sabes como piensan los tíos...
Saffron asintió, con la sonrisa ligeramente triste. Y de repente, la vio, justo a menos de un metro de donde estaban ellas. Guenolee desvió también su mirada, para ver quien era.
- ¿Quién esa?
- Laia Walrras... pff, una. Slytherin. Es un poco idiota. Solo he hablado con ella un par de veces con ella, pero siempre se ha comportado como una estúpida engreída.
- Wow. ¿Y quien es el?
- Umm... Steve Jameson. También de Slytherin. Solo he hablado una vez con el, pero parece agradable. ¿Por qué? ¿Te gusta?- Nolee asintió. Saffron rió levemente- ¿No crees que es un poco joven para ti?
Guenolee alzó una ceja descreídamente.
- ¿No crees que eres demasiado joven para “Severus”?
Saffron bufó.
- Por supuesto que no. Es diferente.
Su mirada se encontró entonces con la de Laia, pero la apartó enseguida. Sin embargo, Guenolee siguió mirándola de manera hosca. Una vez que había visto a un chico que le gustaba, cualquier fémina a su alrededor sobraba. Llamó la atención de Nolee, su mano sobre su brazo.
- Oye... esa sobrina tuya parece un poco incordio- ambas miraron hacia la mesa. La niña se había cambiado de sofá, y ahora estaba sentada junto a un atormentado Severus. Por un momento, Saffron temió que le lanzara alguna maldición imperdonable.
- Uff, ni te lo imaginas. Ha salido a la familia de su madre. Es absolutamente insoportable, repipi y marisabidilla. Ya ves tú, con ese nombre... y no te puedes hacer una idea de cómo quiere mi cuñada llamar a mi nuevo sobrino: Bruno. ¡Bruno! ¿Qué clase de nombre es ese?
Ambas chicas rieron. Unos minutos mas tarde, por fin fueron atendidas y diez minutos mas tarde, estaban de vuelta a la mesa con todos sus pedidos.
- Tu, niña, deja ese asiento libre. Siéntate aquí que te tenga controlada. – Guenolee arrastró a su sobrina hacia el sofá que ocupaban ellas dos, dejando que Saffron se sentara al lado del profesor Snape.
Daisy Ann miró a Saffron con seriedad, sentándose frente a ella y al lado del profesor silencioso.
- ¿Porqué Saffron puede tomar batido de chocolate y menta y tarta de tiramisú y yo no?- la vocecilla impertinente provocó una oleada de impulsos homicidas reprimidos.
- Porque Saffron es mayor y tu no. Y porque la próxima vez que se queje de que no le entra alguna de esas preciosas faldas que tiene podré recordarle este momento para gozo personal.
No era justo. Desde luego que no lo era. Ya tenía ocho años, y aun seguían obligándola a tomarse un vaso de leche como si fuera una patética cría de cinco . Y además, Saffron podía sentarse al lado de aquel hombre fascinante, mientras que ella tenía que sentarse con su insoportable tía. Desde luego que no lo era.
- Ahhhhh!!! Me has dado una patada!!
- Lo siento- dijo la niña. Pero no parecía sentirlo en absoluto.
Saffron miró con odio a aquella pequeñaja, mientras se frotaba la dolorida espinilla. Y además, no le gustaba un pelo como miraba a Severus. Estuvo tentada de rodear el cuello de el con sus brazos y decir “miomiomio”.
Pero eso hubiera sido terriblemente infantil, ¿verdad?
De repente, una diminuta lechuza dejó caer una nota doblada sobre el regazo de Guenolee.
- Ohhh, mierda!- Guenolee miró la nota con evidente fastidio. Daisy Ann parecía que tenía algo que decir sobre la palabra “mierda” pero nadie la escuchó.- Saffron cariño, tengo que irme urgentemente para el curro. ¿Podrías hacerme un favor titánico? ¿Podrías quedarte con la niña hasta mañana? Profesor, ¿cree que Dumbledore tendrá alguna queja? Es que tengo que salir pitando si no quiero que me echen y metan a alguna quinceañera buenorra cualquiera en mi maravilloso puesto de trabajo.
Snape negó con la cabeza, y Saffron aseguró que no le importaba quedarse con Daisy Ann. Guenolee y Saffron se achucharon y después la chica morena se fue rápidamente.
Así que habían quedado ellos tres. Saffron sonrió, pero el ambiente estaba demasiado tenso.
- Saffron...- la mirada de la niña no le gustaba nada, pero aun así sonrió levemente.- ¿Tu no tienes novio? ¿Con lo mayor que eres?
“Maldita niña puñetera”. Saffron ahogó su rabia cerrando el puño con fuerza. No miró a Severus, porque sabía que se sonrojaría, pero sentía la mirada de el fija en su cara. Se estaba enrojeciendo de todos modos.
- Pues no. Ahora mismo... ejem... no, no tengo… ejem… novio.
- ¿Y no te gusta nadie?- la mirada perversa de la niña pasaba de Severus a ella intermitentemente, arqueando la ceja con inusitada maestría para su edad.
“Una zorra precoz” pensó Saffron.
- Umm... Daisy Ann... esas son cosas de mayores...- y de repente, se le ocurrió una idea genial- ¿Qué te parece si cuando termines el vaso de leche te llevamos a Honeydukes?
Algo le decía que las niñas eran menos preguntonas rodeadas de golosinas. La idea fue acogida con alegría por parte de la insoportable cría, que se tomó lo que le quedaba de leche de un trago.
Así que, se pusieron en marcha. Cuando se dirigieron a la salida del local ya prácticamente no quedaba nadie. Laia, como por arte de magia, había desaparecido, dejando solo a Jameson, que ahora parecía sumido en sus pensamientos. Saffron se despidió de él educadamente y salió del bar.
Pronto comprobó Saffron que Daisy Ann tenía la irritante manía de ponerse entre Severus y ella cuando andaban. Y encima tenía la desfachatez de darle la mano a ella. Sentía ganas de abofetearla. Por fortuna, un gesto de Severus le hizo saber que el pensaba lo mismo. Un gesto mínimo, una mueca casi, pero la seguridad de saber que compartían aquello, aunque fuera nimio, la llenó de alegría, y fue capaz de soportar el resto de la tarde en Honeydukes con relativa estoicidad.
Y por fin, llegó la hora de marcharse. Daisy Ann se quejaba de que tenía sueño y ella misma estaba agotada. Además, el cielo se había cubierto, parando el viento y aumentando la presión. Lo mas probable era que el domingo amaneciera lluvioso.
La primera en subir al carruaje fue Daisy Ann. Después Saffron. Y cuando Severus metió la cabeza para subir, se encontró con que cada una de ellas se había sentado en un asiento, viéndose el obligado a elegir acompañante de viaje. Sentarse con aquella niña era francamente insoportable, pero sentarse con Saffron significaba con seguridad que volviera a renacer aquel conocido nudo en su estómago (que se había deshecho del todo apenas hacia media hora) y volver a sentir el cosquilleo por sus músculos.
Solo dudó un segundo.
Saffron lo recibió con una sonrisa cansada, pero radiante. El se hundió en el asiento, al lado del cuerpo de ella. Curiosamente, ya no le resultaba un cuerpo tan extraño. Era suave y blando, y sorprendentemente adaptable.
- Estoy muerta... Pero ha sido un gran día...
Ella le sonrió con infinita dulzura, y se recostó ligeramente sobre el. Muy ligeramente, que aunque el no dijera nada, tampoco era cuestión de abusar. Cerró momentáneamente los ojos, y se sintió muy feliz.
Severus la miró ligeramente. Ella casi se estaba quedando dormida encima suya, y a el no le importaba lo mas mínimo. Como tampoco le importaba el cosquilleo recorriendo su cuerpo.
Y, por tercera vez aquel día, Severus Snape pensó que ella era chica realmente bonita.
Y que olía inusitadamente bien.
Y que, después de todo, no había sido un día tan malo.