Después de que Julius cerrara la puerta ante el profesor Snape, se sintió ligeramente incómodo. Miró a Saffron, aun dormida, la respiración acompasada, y el pelo rojo extendido en la almohada. Decidió que lo mejor sería ducharse, y así dejarla dormir un poco mas.
Sin embargo, cuando salió del cuarto de baño, se encontró con que ella ya se había levantado, y se había puesto el camisón. Julius le dio los buenos días, acompañado de una sonrisa radiante, pero solo consiguió de ella una sonrisa forzada.
- Tengo que ducharme, y llego tardísimo- dijo ella a modo de excusa, penetrando rápidamente en el baño, cerrando la puerta tras ella. Se dejó caer, arrastrando la espalda por toda la puerta, golpeándose ligeramente en la cabeza.
“Mierdaaaaa” resopló nerviosa “¿Qué demonios he hecho?”. Por primera vez, dio gracias a dios por llegar tarde al desayuno.
Sin embargo, una vez que tomaron asiento en el comedor, ya no había motivo por el que correr. Apenas si quedaban alumnos desayunando, y la sensación de intimidad era mucho mayor. Saffron se sentía cohibida y forzada, teniendo los nervios a flor de piel. Se había comportado egoístamente, y ahora tendría que solucionarlo. Por mucho que le costara. Suspiró nerviosa, y trató de quitar una arruga invisible de su vestido. Desde que se había levantado, no había cruzado mas de dos palabras con Julius, y lo había estado evitando. Ahora ya no había escapatoria. Inconscientemente, miró hacia la mesa de profesores, esperando encontrar allí alguna especie de señal divina. Pero estaba vacía. Los profesores ya se habían marchado.
De repente, Julius tomó una de sus manos. Inmediatamente, ella la retiró, con la excusa de tomar la taza de te. Interiormente, supo que allí acababa todo. Julius también se dio cuenta, y apartando las manos, se echó hacia atrás. Sus dedos tamborilearon ligeramente sobre la mesa, mientras su mirada seguía fija en Saffron.
- Lo siento- dijo él por fin; ella levantó la vista hacia el, ligeramente asombrada- Quizás te he presionado demasiado estos días... y se que no tenía derecho. Somos dos personas adultas, y podemos acabar esto sin mayores traumas. No tienes porqué darme explicaciones de ningún tipo.
Saffron lo miró, muda. Sabía cuanto le estaba costando a Julius decir aquellas palabras, y sabía perfectamente que una parte de aquella culpa le pertenecía a ella. Cerró los ojos momentáneamente, sintiendo como una parte de la carga que había llevado durante estos últimos días se aliviaba en parte.
- Yo también lo siento mucho Julius- dijo ella con voz franca- estos últimos días han sido terribles, y lo de anoche... supongo que me comporté como una egoísta. No tenía derecho a usarte así.
- Bien, no iba a ser yo quién me quejara- dijo Julius riendo ligeramente. Saffron también sonrió.- esta bien, me alegro de solucionar las cosas. Mejor hablar pacíficamente que gritar, y acusarnos de cosas injustas. Quizás sería mejor que me fuera por un tiempo, para calmar las cosas...
Saffron lo miró dulcemente. Había sido feliz con él, pero aquello se acabó. Ahora empezaba una nueva etapa en su vida, y tendría que aprender que no siempre habría alguien a su lado para reconfortarla. Iba a ser duro, desde luego.
Julius la acompañó de nuevo a su habitación, tras el desayuno. Ninguno de los dos dijo nada durante todo el recorrido. Cuando llegaron hasta su puerta, ella se volvió para hablarle.
- No quiero perderte como amigo, Julius- dijo ella, totalmente sincera.- eres una de las mejores personas que he conocido en mi vida, y me dolería mucho...
Julius asintió, sonriente, tomándola de una mano, sin que ella pusiera la menor resistencia. Ella la apretó calurosamente.
- Además- añadió en un tono confidente- Podría buscarte alguna buena chica... Hogwarts está lleno de chicas guapas.
Saffron se rió, y le guiñó un ojo. Aquello volvía a ser terreno conocido: las bromas cariñosas, las risas...
- Umm- Julius también rió- Creo que ya he visto a alguna que otra...
Y sin saber porqué, la imagen de Laia apareció en su mente. De repente, recordó todo lo que le había dicho la chica. Su semblante adquirió seriedad de nuevo.
- Saffron, prométeme que te cuidaras, y tendrás mucho cuidado. Y, sobre todo, que no iras al Bosque prohibido- Saffron asintió, también seria- No, no, prométemelo.
- Esta bien. Te lo prometo. Tendré mucho cuidado, y no iré al Bosque Prohibido yo sola. ¿Está bien así?.
Julius asintió, aun intranquilo. Volvió a mirarla: era hora de la verdad. La despedida estaba costando más de lo que había pensado. Ella lo vio dudar, y tomó la iniciativa: le besó ligeramente en los labios, un beso de gratitud y amistad.
- Vendré a verte alguna vez- dijo él, la sonrisa triste dibujada en su cara.
- Cuento con ello- Saffron lo miró también triste. Nunca pensó que decir adiós sería tan doloroso, aun cuando el amor se había acabado. Sin decir nada más, entró en su habitación, y cerró la puerta. Unas lágrimas mezcla de tristeza y alivio, asomaron a sus ojos.
Pasó el resto del día tumbada en la cama. Después de su última reunión con Snape no sentía demasiadas ganas de bajar de nuevo a las mazmorras. Y sin embargo, lo echaba de menos. A pesar de su resolución de la noche anterior de no esperar nada de Snape salvo instrucción profesional, ella sentía deseos de verle. Y maldita sea, a ella no le gustaba echarle de menos. No se lo merecía. Y aun así, ahí estaba ese sentimiento, agujereando su estómago sin piedad, atenazándole, y recordándole aquellos pequeños momentos en los que él la había mirado, o la había rozado.
No, no se lo merecía en absoluto. Y allí estaba ella, pensando en él como una idiota.
******************
Cuando Severus Snape vio cerrarse la puerta de la habitación de Saffron a manos de Julius Strandberg, no solo se quedó mudo. Pareció que quedaba también ciego, y sordo. Sin saber cómo, se encontró de nuevo en su despacho. Estaba aletargado, embotado. Sabía que debía estar impartiendo una importante clase de pociones, y aun así permaneció sentado en su sillón.
No podía pensar, era incapaz de hacerlo. Así que solo permaneció allí, sentado, con la luz apagado, mirando fijamente ningún punto en concreto. Así lo encontró Laia cuando pidió que firmara su excusa, y así lo dejó ella.
Y, de repente, sin saber como, la bestia dormida despertó. Realmente furioso, penetró en la clase. Fue el peor día en Hogwarts para mucho de sus estudiantes. Un día que se recordaría aun mucho tiempo después.
No escaparon del mal humor ni sus compañeros profesores. Muchos de ellos dirigieron miradas a Dumbledore, esperando que este pusiera fin al caos. Pero el amable anciano, o no se dio cuenta, o hizo caso omiso de aquellas mudas peticiones de ayuda.
Sin embargo, lo peor llegó con la noche. La visita a Youko solo fue la excusa para descargar todo aquel odio que estaba conteniendo dentro. Simplemente, no cabía mas odio en su interior. Hubiera destrozado todo el mobiliario, si la muchacha no lo hubiera parado. Estaba completamente fuera de si. Sin embargo, las palabras de ella consiguieron calmarlo. Un poco.
Nunca se había dado cuenta de lo necesario que era hablar de uno mismo hasta ese momento. Aquel no era él. Severus se sentía como un mero espectador. Como si fuera otro el que había destrozado aquellas cosas; como si fuera otro el que le estaba contando a Youko lo ocurrido. “Nos hemos dicho cosas horribles” le dijo. Y era cierto. Él había dicho cosas terribles, con la intención de herirla, de hacerle daño.
Se sintió sorprendido cuando su crueldad, y el dolor que sentía ella no le reportaba ninguna satisfacción. Genuinamente sorprendido.
Y también estaba la cuestión del auror. Para Severus resultaba incomprensible, como aquel hombre, con su simple presencia, podía hacer que se sintiera furioso. “Celos”, había dicho Youko. Severus lo negó. No eran celos, no podían ser celos. Que sintiera celos de él implicaba sentimientos que Severus no estaba preparado para aceptar.
No. No podían ser celos. Tenía que ser otra cosa.
Otra cosa.
Miró a Youko silenciosamente durante la cena: ella tampoco presentaba muy buen aspecto. Suponía que su relación con Draco Malfoy, y con la familia de este, no podía ser sencilla. “mucho desgaste” pensó él. Y, por un momento, pensó en sus otros problemas: Charlotte estaba en coma, en la enfermería; Youko estaba comenzando una difícil relación con un muchacho aun más difícil; Laia Wallravestain, que había perdido a su única familia; aquella chica de Gryffindor que había desaparecido...
Realmente, la tranquila cena y la conversación con Youko le sirvieron de cauce para sus pensamientos. Terminaron de comer en silencio, y sin muchos mas preámbulos, el se despidió. Sin duda alguna, la cena lo había calmado, volviendo su rostro a parecer una máscara impenetrable. De todos modos, aun estando engañosamente tranquilo, decidió tomar una poción para dormir.
Descansar, era todo lo que necesitaba. O al menos, eso creía.
***************
A la mañana siguiente, sin embargo, no fue a recoger a Saffron. Algo le decía que no sería capaz de enfrentarse dos veces a lo mismo. Por lo tanto, se dirigió directamente hasta el comedor.
Como todas las mañanas, el comedor bullía de vida. Los niños reían y hablaban en voz alta, las lechuzas entraban por los altos ventanales, lanzando el correo. Sin embargo, Severus no pudo menos que darse cuenta de que, por donde él pasaba, las risas se hacían mas débiles, llegando incluso a apagarse.
No le importó lo mas mínimo. Se sentó en su sito, sin murmurar siquiera un “Buenos días” y se dispuso a tomarse su te, y sus tostadas con la mayor tranquilidad, mientras leía el periódico.
De repente, una lejana mota envuelta en colores desvió su atención. Levantó la vista del periódico, y la vio: Saffron estaba entrando en el comedor, blanco y rojo destellando contra las monocromas túnicas de los estudiantes. Casi aguantando la respiración, Severus esperó que Julius entrara tras ella, pero estro no ocurrió. Ella estaba sola, y sola se sentó a desayunar.
Terminó su desayuno con celeridad, y se levantó, dispuesto a llegar hasta ella.
Saffron no se dio cuenta de que el estaba a su espalda hasta que se inclinó sobre su oído, y habló.
- ¿Ha venido sola hasta aquí?- la voz ligeramente ronca de él le hacía cosquillas en los oídos. Ella asintió, mientras sentía como su estómago se encogía.
- No vino nadie a recogerme, y se estaba haciendo tarde- Saffron no quería que su voz sonase como un reproche, pero fue así exactamente como sonó. Snape enarcó una ceja.
- ¿Y el Señor Strandberg?- dijo con toda la acidez posible- ¿Estaba demasiado ocupado vistiéndose?
El vio como ella se sonrojaba, y se dijo que aquel no era el mejor modo de arreglar las cosas. Se llamó mentalmente estúpido.
- No- dijo ella suavemente- Julius se fue ayer por la mañana. No... no volverá en algún tiempo.
Severus la miró fijamente, la mirada impasible. Sin embargo, no entendía porqué aquello le resultaba un alivio. Era algo incomprensible.
- Ya veo- dijo simplemente- La próxima vez, mándeme una nota, y subiré a buscarla.
Saffron asintió vigorosamente, el calor y el sonrojo asomándole a la cara de nuevo. Se sintió completamente incapaz de comer nada más. Así se lo dijo a Severus, levantándose para regresar a su habitación.
Para su asombro, el resto del día fue pasmosamente tranquilo. Severus parecía haber pasado su mal humor, y se comportaba de una manera totalmente neutra. Ella respiró aliviada, decidida a olvidar y perdonar todas las discusiones. Sin embargo, no podía menos que preguntarse si la marcha de Julius tenía algo que ver en todo aquello.
Y aquella tarde, cuando llegaron al despacho para estudiar, el la sorprendió de nuevo.
- Vamos a hacer una poción conjunta- anunció él, a la vez que se desprendía de su túnica negra, apareciendo ante ella su figura alta y delgada, como pocas veces aparecía ante nadie. – Así que mas vale que esté atenta, porque necesito toda su concentración.
“Claro” pensó ella nerviosa “como si fuera fácil concentrarme contigo a mi lado así” . El comenzó a elaborar la poción, indicándole a ella lo que debía hacer. Pronto ella también se despojó del jersey que la incomodaba, quedando con una fina camiseta simplemente. Por dos veces, las manos de ellos se rozaron levemente, mientras ella cortaba las alas de murciélago en finas tiras. Otra vez, el posó su mano en su espalda, indicándole cuando tenia que añadir los ingredientes. Los dos eran conscientes de aquellos roces esporádicos, y ninguno de los dos dijo nada.
Pero para Saffron la situación había llegado demasiado lejos: se moría de frío. Sin embargo, el jersey le molestaba, y , para que negarlo, la camiseta le sentaba muchísimo mejor.
- Severus...¿Puedo encender el fuego?- preguntó suavemente- Tengo mucho frío, y el jersey me molesta para trabajar...
- Haz lo que te parezca- musitó el. ¿Siempre había sido así, o ella estaba especialmente bonita aquella tarde? La miró de reojo, mientras ella encendía el fuego: el pelo cayéndole por la espalda en largas guedejas levemente onduladas, la escotada camiseta blanca, y aquella falda con grandes flores blancas y rojas, las medias rayadas. Ella se veía realmente encantadora.
Como pudo comprobar Severus, encender el fuego no era tan buena idea como parecía. Quizás ella, con aquella fina camiseta estuviera a gusto, pero él se estaba asfixiando. Quizás parte del calor que sentía se debiera a los roces continuados de ella; pero Severus Snape nunca lo hubiera reconocido. Se debiera a lo que se debiera, el caso es que el se estaba ahogando bajo aquella chaqueta negra. Y así, aprovechando una salida momentánea de ella (“Cosas de chicas” había dicho con una sonrisa misteriosa), había aprovechado para quitarse la chaqueta. Nunca había aparecido ante nadie con la camisa blanca que sobresalía bajo su chaqueta, pero si no lo hacía en ese momento, probablemente moriría deshidratado. Maldijo en voz baja, y con razón, las camisetas de manga corta escotadas, y a las chicas frioleras. Se remangó levemente las mangas, y continuó con su trabajo.
De repente, llamaron a la puerta del despachó. Masculló un “Adelante!” y la puerta se abrió. Ante él apareció un incómodo Julius Strandberg. Severus Snape le lanzó una mirada dura.
- ¿Qué es lo que quiere?- preguntó con voz agria.
- Tan solo quería devolver un libro a Saffron- dijo Julius, cada vez más incómodo. Era cierto: se dio cuenta cuando llegó a Londres. Por equivocación, en su maleta había metido uno de los libros de ella. Estaba dispuesto a mandárselo por correo cuando se enteró de que tendría que volver a Hogwarts con un informe para Dumbledore. Hubiera sido ridículo estar allí, y mandárselo por polvos floo. Estaba dispuesto a seguir dando explicaciones a Snape (ya que estaba en su despacho), cuando lo vio.
En realidad, solo podía ver una parte muy pequeña, pero podría reconocerlo en cualquier lado: la marca tenebrosa, en el antebrazo de Snape. Sus sentidos de auror comenzaron a funcionar como un resorte, repasando mentalmente donde tenía su varita, y calculando la distancia que los separaba. El profesor no pareció darse cuenta.
- Ha salido un momento- dijo con voz serpenteante, mientras seguía añadiendo ingredientes a su poción. Julius Strandberg asintió, tenso, los músculos listos para un ataque.
Y en ese momento, entró Saffron, sonriente y bonita. Cerrando la puerta tras ella, suavemente.
- Ya estoy...- y entonces vio a Julius. Le dirigió una mirada extrañada: después de la despedida de aquella mañana ella había creído que tardaría mas en volver a verlo.- Hola.. Julius...
También se fijó en el profesor Snape, y en que se había quitado la chaqueta. Sonrió levemente: era como ver cumplido un sueño de adolescente. En multitud de ocasiones ella había soñado con verle con aquella camisa blanca. Y ahora, por fin, tenía la oportunidad.
- Saffron- Julius atrajo su atención- ¿Puedo hablar contigo un momento fuera?
Por su mirada seria, Saffron supo que algo grave ocurría. Asintió y salió con el al pasillo.
- ¿Qué pasa?- dijo preocupada, buscando sus ojos azules- ¿Ha ocurrido algo?
Realmente, Julius no sabía por donde empezar. Se dijo a si mismo que lo mejor sería decir las cosas claras, y evitar rodeos.
- Saffron, escúchame atentamente. Severus Snape es un mortífago. Acabo de ver la marca en su brazo.
- No... no puede ser- ella negó con la cabeza, asustada- Él no es un mortífago. No.. el me está protegiendo de ellos, y...
- Saffron, he visto la marca. He visto demasiadas de esas como para reconocerlas- Julius la miró: ella estaba angustiada, y el la comprendió. Si Snape era un mortífago significaba que había estado en sus manos todo aquel tiempo; el no habría estado protegiéndola, habría estado vigilándola.- Deberías entrar, decirle que te marchas, y correr a tu habitación. Cierra la puerta, y no le abras a nadie, salvo a Dumbledore, ¿de acuerdo?
Saffron asintió. Estaba como en shock. No era posible, no podía ser. Snape, un mortífago. Dios, tenía sentido. Cuanto mas pensaba en ello, mas sentido tenía. Se sintió levemente mareada. Julius le apretó el hombro ligeramente, infundiéndole ánimo.
Cuando volvió a entrar en el despacho, Severus se volvió para mirarla. En un momento, ella había perdido todo su buen aspecto. Se veía nerviosa, mientras que la piel estaba tan pálida que casi se mimetizaba con su camiseta.
- ¿Estas bien?- preguntó él, ligeramente preocupado.
- Si.. digo, no.. no...creo que voy a marcharme a mi habitación...Si no te importa- ella apenas lo miró mientras hablaba, y el sintió que ella no estaba siendo del todo sincera.
- Como prefiera- y se volvió sobre la poción. Había algo en todo aquello que no le gustaba. Y su instinto raras veces fallaba.
Lo supo cuando, unos minutos después de que ella se hubiera marchado, Julius entrara en su despacho apuntándole con su varita.
- Será mejor que me explique lo de esa marca en el brazo- le dijo el auror con la mirada seria y los nervios templados.
Severus Snape supo que había ocurrido de nuevo.
*************
Saffron , tal y como le había dicho Julius, corrió hasta su habitación, encerrándose en ella. La posibilidad de que Severus fuera un enemigo oculto la atenazaba. No, no podía ser, no podía ser...
Y sin embargo, tenía la marca, una prueba irrefutable. Cerró los ojos, pensando que iba a volverse loca. Dios, era tan lógico, tan lógico.. el cabeza de casa de Slytherin, le gustaban las artes oscuras, su manera de ser, las frecuentes visitas de Lucius Malfoy.. todo concordaba.
Se sentía mareada. Y muy, muy asustada. Tenía tanto miedo que ni siquiera podía llorar.
Evidentemente, Snape había engañado a Dumbledore. No había otra explicación, ya que el anciano director nunca hubiera consentido que un mortífago impartiera clases en su colegio.¿verdad?
Pasó casi dos horas sentada en una silla, esperando que Dumbledore o Julius fueran a verla. El mismo nerviosismo la dejó como atontada, impidiéndole pensar con claridad. Lo único que sabía con seguridad es que tenía miedo. Y ese mismo miedo la estaba atenazando, haciendo que su cabeza diera vueltas.
Por fin, después de todo aquel tiempo, que se le hizo eterno, Dumbledore llamó a su puerta, pidiéndole que abriera. Ella corrió a abrirle, dejando que el director entrara en su habitación.
Albus Dumbledore recorrió la habitación con la mirada, asintiendo aprobatoriamente.
- Un gusto exquisito- dijo lentamente, como era costumbre en el- Aunque creo que prefieres que hablemos de otra cosa que no sea decoración.
Saffron asintió, y esperó a que el hombre continuase.
- Me temo que ha habido un terrible error. El profesor Snape, es cierto, tiene la marca tenebrosa, como también es cierto que fue mortífago. Sin embargo, debes saber que todo eso forma parte de su pasado. Todo el mundo comete errores, pero también tienen el derecho a subsanarlos. En la actualidad, Severus cuenta con toda mi confianza y mi apoyo.
- Entonces... el no...- Saffron rompió a llorar, aliviada. Se sorbió las lágrimas con la nariz- Yo.. estaba tan asustada y creí que...
- Lo se, querida, lo se- dijo Dumbledore paternalmente- pero no todo el mundo es lo que aparenta ser, y en ocasiones las apariencias engañan. Comprendo tu preocupación. Precisamente por eso, Severus siempre lleva la marca oculta. Para evitar juicios precipitados.
Saffron se sonrojó, y se sintió como una estúpida. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
- ¿Cree.. cree que debería ir a pedirle disculpas?- preguntó ella con un hilo de voz.
Dumbledore se encogió de hombros.
- Creo que deberías hacer lo que creas más correcto.
- ¿Y Julius?- preguntó, incómoda.
- Julius ya ha solucionado su situación y está de vuelta en Londres.
Saffron asintió. Dumbledore dio por terminada la pequeña reunión, y, despidiéndose, se marchó. Ella quedó cavilando durante un rato. Desde luego, lo más acertado sería ir a ver a Severus y pedirle disculpas. Si, eso es lo que haría. Un cosquilleo de temor recorrió su espalda mientras descendia hacia las mazmorras. El ya no lo era, pero había sido un mortífago.
Dios santo. Un mortífago. Saffron sintió como se le erizaban los vellos de la nuca. Y sin embargo, seguía atrayéndola. De una manera insana. Algo preocupante.
Estuvo parada frente a su puerta al menos cinco minutos. Quería llamar, pero no se atrevía. por fin, alzó el puño, y tocó. Un malhumorado “Pase” hizo que por fin se atreviera a traspasar el umbral.
Él se asombró de verla allí, en su puerta, pero disimuló perfectamente. Volvió la vista a su escritorio.
- ¿De nuevo andando sola? No hay manera de que recuerde las cosas...
- Yo...- Saffron carraspeó, y tragó saliva- Yo solo venía a pedirle disculpas. Me he portado como una estúpida, y quería hacerle ver que.. lo siento.
- De acuerdo, disculpas aceptadas- dijo él, mientras seguía escribiendo, la voz untuosa y serpenteante- Puede marcharse.
Sin embargo, ella no se movió un milímetro de donde estaba, de pie. Aun estaba encendido el fuego, y el calor que hacía en la habitación era sofocante. El aun vestía con aquella camisa blanca. Severus sentía la mirada de ella clavada en él, y se estaba poniendo cada vez más nervioso. De repente, soltó un bufido, dejó la pluma con la que escribía en la mesa y se puso en pie. Llegó hasta el otro lado de la mesa, apoyándose en ella levemente, los brazos cruzados.
- Maldita sea, ¿Qué es lo que quiere ahora? Ya le he dicho que acepto sus disculpas!!
La mirada interrogante de ella lo dijo todo. Ella quería todo lo que el procuraba evitar como a los gryffindors; ella quería hablar.
- Esta tarde... yo.. bueno, me asusté mucho...y no quería creer que fuera un.. uno de ellos...- Saffron estaba sudando. El calor en la mazmorra había hecho que las normalmente húmedas paredes despidiesen aun mucho mas calor, convirtiendo el despacho en una especie de sauna finlandesa.
- Evidentemente- dijo Severus con sarcasmo- usted creyó lo que decía su amigo, pudiendo comprobar que no andaba tan descaminada...
El podía ver en sus ojos el miedo. Lo mismo que lo había visto en otros tantos ojos. Ya era inútil, no había nada que hacer. mas tarde o mas temprano, ella lo hubiese sabido. Y entonces..¿Qué?. quizás fuera mejor que ella lo supiera ahora. Seguramente, ella decidiría abandonar su trabajo con él. Si, mejor ahora que mas tarde.
Y entonces, la pregunta de ella llegó como una bomba.
- ¿Ha matado a gente?- el podía ver el miedo en sus ojos. Era indudable que estaba asustada. Pero no se movía. Simplemente, estaba allí de pie, frente a él.
- Si- contestó el; y pudo apreciar como ella se estremecía con horror. Y añadió, en voz baja- Y, créame, hay pecados que nunca se terminan de expiar.
Saffron respiró con dificultad. El era un antiguo mortífago, un asesino. “Un asesino” se repitió. Le tenía miedo. Y sin embargo, le atraía. Ejercía sobre ella tal fascinación, que Saffron pensó que debía ser inmoral. Dio unas pasos hacia el, aunque sin acercarse del todo. Aun así, el no estaba mas lejos que el alcance de su brazo estirado.
El la vio acercarse, aun mas. “Maldita sea” pensó, casi enojado “¿porqué demonios no se va?”. ¿porqué no se iba, como los demás?. Interiormente, él sabía la respuesta: ella no era como los demás. Fue como si se hubiera desatado un huracán.
- Si, señorita Bahn. Soy un asesino. Maté y torturé a gente inocente. He lanzado maldiciones imperdonables. ¿Sorprendida, señorita Bahn? ¿No se adecua eso a lo que usted pensaba de mi?
Saffron estaba aterrorizada. El había llegado hasta ella, y le estaba gritando. La había cogido por las muñecas. Sin embargo, no intentó marcharse, no intentó huir. Se quedó allí, anclada a él. Severus pareció calmarse. Se odiaba a si mismo. No podía menos que odiarse. Sentía la camisa pegada a su cuerpo, por la calurosa humedad de la habitación y la transpiración. Miró a la aterrorizada muchacha que estaba a su lado, cuya respiración aun era entrecortada. Le había gritado con todas sus fuerzas, y bien sabía que sus manos le estaban haciendo daño en las muñecas. “Mejor así” pensó. Que ella viera como era él realmente. Lo peor de él.
Soltó sus muñecas, pero no se apartó. Había algo intoxicante en la cercanía de ella. Algo que le incitaba a quedarse allí, a su lado, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo. No entendía porqué ella no se iba. Y lo miraba. Una mirada asustada, si; pero enfrentada a él. Y entonces, sintió su mano, intentando levantar la manga de la camisa y mostrar la marca.
- No- dijo el, agarrando su mano, la mirada peligrosa. Pero ella no cedió. Unió su mano a la de él, con fuerza, casi como un abrazo, mientras que con la otra mano intentó levantar de nuevo la manga. Él no se sintió con fuerzas para negárselo dos veces. Que más daba, que lo viera, o que no. Ella ya sabía el monstruo que era.
Saffron lo miró fijamente, con curiosidad. La marca cubría casi todo el antebrazo, a lo largo. Infundía pavor, y ella sintió como su mano temblaba ligeramente cuando la pasó sobre el dibujo. Sus dedos cálidos se posaron sobre el antebrazo de él, dibujando la marca bajo ellos. No tenía buen aspecto, y por el respingo que dio Severus pudo deducir que aun le dolía. Sin embargo, ninguno de los dos se apartó. Seguían estando muy cerca, tanto que sus respiraciones se confundían, ella acariciando con las yemas de los dedos el antebrazo de él.
Pero no solo estaba la marca tenebrosa. Ella pudo ver, y palpar numerosas cicatrices a lo largo de su antebrazo. Cicatrices que como telarañas cubrían su brazo. Y cual no sería su sorpresa al descubrir bajo su muñeca otras largas cicatrices. Ella lo miró, interrogante, anonadada. Pero el no la miró siquiera. Con celeridad, ella descubrió su otro brazo, encontrando las mismas cicatrices alargadas en la muñeca, y similares en el antebrazo. Ahogó un grito cuando comprendió lo que era aquello.
-... Severus...- murmuró ahogadamente.
- Nunca...- dijo el en voz tan baja que ella apenas si pudo escucharle- Nunca he dejado de arrepentirme... y nunca me arrepentiré lo suficiente...
Por primera vez, desde que estaba junto a ella, se atrevió a mirarla a los ojos. Para descubrir con sorpresa que ella estaba llorando.
Igualmente por sorpresa le cogió que ella lo abrazara. Ella lo abrazaba con fuerza, su cara enterrada en su cuello, su mano mesándole el cabello, igual que el la había visto abrazando a los niños de primer curso cuando lloraban, para confortarlos. Ella trataba de confortarlo a el. A él, que era un asesino, que le había gritado, y que había tratado de hacerle daño. Lo estaba abrazando, y lo estaba acunando. Las lágrimas de ella mojando su pelo, la piel suave de su cara contra su cuello, Severus Snape pensó que iba a asfixiarse. Y ella arropándole, abrazándole.
Solo duró un segundo, pero Severus Snape respondió a ese abrazo. Le estrechó contra su cuerpo, importándole poco si la ahogaba, o le hacía daño. Ella gimió levemente, quejándose, pero el no hizo caso. Por un segundo, durante un segundo, el dependió de ella. Durante ese segundo, el se dejó llevar, fue débil, ella fuerte. Solo duró un segundo, pero Saffron se dio cuenta. Inmediatamente, el soltó el abrazo. No quería que ella le tuviera lástima, que pensara que se dejaba llevar por las emociones. El no era así.
La miró de nuevo, cuando se separaron, los ojos de ella arrasados en lágrimas, sus cuerpos aun demasiado próximos, el calor condensándose en sus frentes y en sus cabellos.
Y entonces, sin previo aviso, ella venció de nuevo el breve espacio que les separaba, y le besó. Fue un beso breve, tembloroso. El se sintió aun mas sorprendido; era algo para lo que no estaba preparado, pero abrió la boca, con aceptación. Hacía años que no besaba a una mujer, y cuando decía años, se refería a no menos de doce. La lengua de ella se introdujo suavemente en su boca, dejándole un sabor dulce; las manos de él fueron hacia su cara, acariciando la piel suave de ella. El calor y la humedad hicieron mella en sus cuerpos, haciendo que chocaran inconscientemente, atrayéndose igual que se atraen las cargas opuestas de un imán. Ella terminó el beso, y suspiró quedamente. No lo besó de nuevo, pero él podía notar el aliento cálido de ella en su boca, la nariz de ella frotándose contra sus mejillas, una de sus manos aun unidas.
No, el no había estado preparado para algo así en años.
No dijeron nada durante unos minutos, pero tampoco se separaron. Hasta que Severus recobró la cordura: el sabía que ella iba abrazando a los demás para confortarlos, el lo había visto. Y la creía muy capaz de besar a alguien con tal de que se sintiera mejor. Es más, el era la prueba viviente. De algún modo, supo que ninguno de los dos diría nada de aquello.
- Creo que es mejor que nos vayamos- añadió con la voz totalmente ronca, sintiendo aun el sabor dulce de los labios de ella en su boca.
Ella asintió. Con pesar, soltó su mano. Saffron aun no sabía como se había atrevido, pero lo cierto era que lo había hecho. Había besado a Severus Snape, y ahora sentía las piernas temblorosas. Lo había hecho; había aprovechado el momento debilidad de Severus para hacerlo. “Ahora o nunca” se había dicho.
Y había sido ahora.
Sabía perfectamente que el no hablaría de aquel beso, pero no le importaba. El no la había rechazado, y había respondido. Sintió como la camiseta estaba completamente húmeda, pegada a sus pechos y a su estómago. Le hubiera gustado continuar, seguir besándole, quitarle la camisa, y que el colara la mano bajo su camiseta, pero sabía que no era el momento. Suspiró levemente, y tragó saliva con fuerza.
Aun no era el momento, pero llegaría.