La industria arqueolítica  Los despropósitos de Romero

NUEVAMENTE EL CORONEL ANTONIO ROMERO

"Considerar la obra de Ameghino (Florentino) perfecta, sería una pretensión reñida con el concepto de su misma importancia. El sabio no tenía pretensión semejante, pensaba que debía ser discutida para depurarla de los errores en que hubiera incurrido, discusión y crítica tanto más necesarias cuanto que ella planteaba numerosos problemas en abierta contradicción con las teorías corrientes y las aceptadas como axiomáticas por las más ilustres autoridades en El dominio de las ciencias naturales". Quién se expresaba así era Antonio Romero, que da a conocer, en los prestigiosos Anales de la Sociedad Científica Argentina su pensamiento con respecto al presunto "Homo pampaeus". (36)

El referido trabajo aparece en 1919, año en el que Carlos Ameghino realeza la presentación más espectacular de instrumentos hallados en Miramar, reafirmando así su idea de la presencia del hombre en el terciario de nuestro territorio.

Romero, admirador respetuoso de Florentino Ameghino, se cree en el deber de salir al cruce de las teorías expuestas por Carlos.

Divide su trabajo en dos partes, en la primera trata de probar la falta de fundamento científico de las investigaciones que tienden a establecer la existencia de un hombre intelectualmente desarrollado en el terciario de nuestro continente (hallazgos de Miramar); en la segunda presenta una síntesis de los trabajos de Florentino Ameghino y de otros ilustres sabios con respecto al origen y desarrollo del ser humano, acotando: "firmemente creemos han de contribuir en forma eficaz a consolidar aún más la doctrina del que inició su vida intelectual como maestro de escuela elemental y la culminó como sabio de reputación universal".

Romero comienza su crítica formulando una denuncia. Esta se refiere a que, durante El año 1915, cuando publica su trabajo respecto de los hallazgos de Miramar, se trató de impedir que pudiera observar el lugar de los descubrimientos; pero en esta nueva ocasión pudo cumplimentar sus deseos. El punto de partida de la excursión fue Mar del Plata. Desde allí se trasladaron a Miramar. Al segundo día de su llegada, cuenta Romero que fue informado de que en todo ese lugar, sus habitantes como así también los ocasionales turistas, encontraban de continuo objetos de piedra, madera y "hueso calcificado" pertenecientes a los grupos aborígenes que habitaron la costa atlántica. Romero se movilizó para conocer algunos de esos hallazgos. Por intermedio del hotelero donde se hospedaba conoció al señor José María Dupuy quién era un entusiasta aficionado a las "cosas raras" como lo llamaba nuestro autor. Una vez llegado al domicilio de Dupuy éste le muestra un pequeño museo en el que encuentra Romero objetos sumamente interesantes, recogidos todos en las inmediaciones del pueblo de Miramar. Aparecían:

a)    Bolas esféricas y oblongas perfectamente pulidas. Algunas con "surco circular".

b)    Morteros, yunques, pulidores, percutores, raspadores, cuchillos, concoides, etc.

c)    Armas, puntas de lanza y de flecha.

Estaban en su mayoría realizados en distinto material lítico predominando: granito, gneis, cuarzo, cuarcita, pórfido, jaspe, etc. Aparecía casi todo el instrumental con pátina que confirmaría la antigüedad de los mismos.

Algunas de las piezas observadas, se parecían mucho, de acuerdo a Romero, a las que habían llegado al Museo de Buenos Aires, procedentes de los hallazgos del arroyo "Las Brusquitas". Un hijo del señor Dupuy, subprefecto del puerto, era poseedor también de algún material análogo al visto por Romero, pero recogido en la costa. Romero luego de haber observado los objetos mencionados, deduce que procedían de los mismos artífices que confeccionaron los instrumentos considerados por él de "edad fantástica".

En el capitulo III, titulado "Los artefactos arqueolíticos de Miramar no se hallaron en posición primaria como afirma el Acta, sino secundaria", dice que, a los tres días de haber llegado a Miramar se apersonó a Romero don Lorenzo Parodi ofreciéndole sus servicios como guía para conducirlo a los yacimientos claves.

Nuestro autor rechazó el ofrecimiento, aduciendo que el señor Parodi era empleado del Museo. Don Lorenzo insistió en prestar su colaboración aduciendo que no le estaba prohibido trabajar con nadie y que el mismo Carlos Ameghino lo había autorizado para acompañar a todo viajero que se interesara por los yacimientos.

A la mañana siguiente, partieron en compañía del guía mencionado recorriendo la distancia que separa los arroyos del Durazno y Las Brusquitas (éste último al norte de Miramar, rumbo a Mar del Plata).

Romero observó la barranca comparándola con la de Mar del Plata. En ésta última había encontrado algunos huesos fósiles y pequeños fragmentos de escorias, mientras que en Miramar aparecían muchos más restos, dispersos en todos los estratos que conforman la barranca. Estos restos fósiles eran en su mayoría fragmentados aunque había "piezas enteras y articuladas" (como opina el señor Carlos Ameghino). Las escorias también aparecían en trozos medianos y pequeños encajados en bloques de tierra cocida.

Este panorama lo hace afirmar que los huesos fósiles no proceden de animales que han muerto en el lugar sino que da la impresión que sus esqueletos fueron transportados desde grandes distancias, fracturándose y dispersándose por las aguas que los arrastraron. El hallazgo de algunos huesos más o menos completos significaría nada más de que ese fue el término final de su arrastre.

También acota que aunque se encuentren en la barranca fósiles de distintas épocas, tampoco significa una sucesión de tiempo caracterizada por los mencionados fósiles, puesto que las aguas pudieran haber barrido depósitos fosilíferos más antiguos y arrastrarlos hasta la costa donde sedimentaron sobre esos estratos.

Cuando arribaron a lo que él denomina "vallecito transversal de la barranquita que lo separa del valle y arroyo de Las Brusquitas", Romero señala el lugar como el causante de despertar "tantas exageraciones forjadas sin fundamento".

"Los artífices de los materiales arqueológicos", escribe, "sólo ocuparon la parte superior de las barrancas y las cuevas socavadas en ellas por el oleaje del mar".

Luego efectúa algunas consideraciones de tipo geológico deduciendo que "los elementos de la barranca en el vallecito has sido movidos por un derrumbe; este derrumbe enterró las piedras trabajadas y sin trabajar entre sus escombros. Este hecho es completamente indestructible, porque las pruebas son clarísimas..." "...queda por lo tanto demostrado que los artefactos recogidos al pié de la barranca y puntos inmediatos, no estaban en posición primaria como erróneamente afirma el acta, sino en posición secundaria o mejor dicho, intrusiva".

En otro capítulo desarrolla su hipótesis de que El loess chapadmalense de Miramar fue formado en el fondo del mar; por lo tanto durante el transcurso de muchos siglos no estuvo expuesto a la vida continental y todo material que se encuentre incluido en esta masa sedimentaria como ser fósiles y otros objetos arqueológicos, son elementos introducidos por la acción del agua o bien por los materiales desprendidos de la barranca que los arrastraron y los taparon.

Romero hace hincapié en que los artefactos desenterrados por los especialistas no pertenecían a un mismo nivel. El fémur con la cuarcita clavada y algunos otros artefactos, fueron extraídos, para él, de la formación chapadmalense cuspidal (5 m. de altura con respecto a la playa), por lo que deduce que: "Todos esos objetos aislados en el conjunto de los sedimentos, sin ninguna otra manifestación ni agregado de parte de los peritos que confirme la existencia del ser que les dio forma, ni expliquen esta rara disposición de tales hallazgos, más que concretándose solo a afirmar que estaban ea posición primaria, es realmente incomprensible".

La segunda hipótesis planteada por Romero es que sobre la barranca de los hallazgos ha existido una laguna y a las orillas de la misma ha tenido su hábitat una tribu aborigen. Por lo tanto los instrumentos encontrados deben ser obra de esos antiguos habitantes.

El autor recuerda que en el acta se mencionan hallazgos en las inmediaciones de la barranca, de instrumental lítico pero no se le dio la importancia que correspondía.

Romero refiere que le llamó la atención que los restos de una antigua laguna estuvieran justo sobre la barranca de los hallazgos y comenta que le señaló este hecho a Parodi. Luego se dedicó a explorar junto con su hija la zona en cuestión, encontrando una cantidad de guijarros enteros y trabajados que se hallaban sobre la arena, "que se extiende desde la cumbre hasta la proximidad del valle abierto de "Las Brusquitas". Un hecho fortuito fue que el tiempo lluvioso y el viento, dejaran a descubierto, al barrer la arena que los cubría, un muestrario de industria lítica aborigen; aparecieron: "concoides, hachas, puntas de flecha, raspadores, cuchillos, piedras esféricas, martillos, percutores, etc.".

Romero relata que: "al colocar nuestra colecta en el vehículo llamaron la atención de Parodi algunos de los ejemplares coleccionados, inquiriendo el lugar de su encuentro; era de esperar pues se trataba de tipos exactamente iguales a los del Acta. ¿Qué le parece, Parodi? — le preguntamos — ¿es éste el filón del Mioceno?... El silencio fue su respuesta, alejándose a pie por entre unas lomas en dirección de la costa".

Principal - Introducción - Industrias de la piedra - La labor de Ameghino y Torres - Viaje de Aparicio - Resumen cronológico - Hallazgos de Miramar - El fémur de Miramar - Crítica de Romero - Reunión de Tucumán - La industria arqueolítica - Nuevamente Romero - Los despropósitos de Romero - Los continuadores Frenguelli y Vignati - La polémica del 24 - Nota final 1 - Nota final 2 - Nota final 3 - Consideraciones finales - Bibliografía

1