LA CRITICA MORDAZ DE ROMERO Y LA ANÉCDOTA DE BOMAN
En el mismo año de aparición del trabajo arriba mencionado, 1915, aparece también un folleto de 93 páginas firmado por el teniente coronel A.A. Romero (29).
En el capítulo VI, titulado "Del chapadmalense. Análisis del Fémur de Toxodon con un flechazo", el autor ensaya una serie de críticas. En primer lugar admite que la punta es de cuarcita y que pudo haber sido clavada en el hueso por un ser inteligente. En segundo lugar, la mencionada punta no sería tal, sino que parecería un "concoide" que no ha sido trabajado para ser utilizando como flecha; su sección transversal presenta un frente casi plano y otro formado por una curva de escaso diámetro".
Aquí hace una llamada a pié de página y expresa: "Carlos Ameghino nos dice que tiene la forma de un trapezoide irregular; pero esa forma resulta obra del lápiz y el vocablo quizá de sus auxiliares literarios".
Afirma luego que el animal nunca pudo haber sido herido en vida, pues el objeto lítico se halla clavado en la parte interna del fémur en la concavidad del trocánter mayor, concluyendo que si el tamaño del Toxodonte es aproximadamente parecido al de un "buey tucumano o salteño" y que "un buey gordo tiene en la parte posterior, formada por la piel, tejido adiposo y por los músculos", constituirían todos esos tejidos, según este autor, una capa tan espesa que la flecha difícilmente podría penetrar muy profundamente y si fuese posible, al llegar al hueso se habría incrustado en la cara externa del mismo. Se pregunta Romero: "¿cómo ha podido ingeniarse el salvaje para lograr clavarla en la cara interna del fémur y nada menos que en la parte comprendida por el trocánter, cubierta protegida, y por la masa ósea del "isquión". Afirmando luego rotundamente: "Ni aún después de muerto el animal y vuelto boca arriba se lograría tal cosa".
Hace nuevamente una llamada importante a pie de página y dice: "Ameghino al conocer nuestra opinión, modificó la suya (queda expuesta inicialmente en "el diario "La Nación"), dándonos otros argumentos tan faltos de seriedad los últimos como los primeros. Un amigo nos decía que C. Ameghino quizás tenga razón si se tiene en cuenta (lo que no ha llegado a decirnos) que el Toxodon volaba y en el vuelo fue flechado. Pero hay más: después del ruido del arco y la flecha, resulta que parece que se trata de una lanza cuya punta ha quedado allí (no hacemos mérito de la técnica de fábrica, porque... es infantil). "El cambio de factores no altera el producto. Carlos Ameghino hablando en buen criollo se ha chingado".
Para Romero su explicación es mucho más razonable, pues afirma que los indígenas de toda época, han utilizado los elementos que tenían a su alcance, como ser madera y huesos fosilizados para fabricar sus utensilios. El fémur fósil del Toxodon en cuestión, fue utilizado por algún aborigen que clavó una "astilla lítica concoidal" en el hueso para obtener o confeccionar un utensilio y en esa tarea se partió el instrumento de piedra; "la obra quedó en ese estado y en ese estado fue encontrada por el peón del Museo".
Romero hace una tercera llamada que transcribimos textualmente, igual que las anteriores, por considerarlas ejemplos del clima de desconfianza y agresión que comenzaba a manifestarse. Nos relata el mencionado autor que: "El fémur de Toxodonte fue encontrado solo y aislado. Al hacerlo aparecer ahora, después de conocer nuestra critica como articulado, (?) es incurrir en otro error, puesto que lo de articulado, ningún hombre de ciencia lo ha de entender. La pieza una vez arreglada por el inteligente y hábil preparador señor Santiago Pozzi, la hizo colocar Ameghino en triunfante exhibición sobre una mesa de la Biblioteca del Museo, sin el agregado de ninguna otra pieza articulada. Así lo afirmaron también los relatos estrepitosos con que C. Ameghino y su auxiliar Torres entretenían la crónica impresionista de la prensa diaria de la Capital. Consúltese aquella información y se verá que nuestra actitud no busca ruidos, empleo ni cátedras".
Considero que cuando Romero habla de la talla del Toxodon Chapadmalensis no desconoce que se trata de un animal de tamaño más pequeño que los grandes toxodontes pampeanos, pero de acuerdo a las medidas del hueso fósil dado a conocer por Carlos Ameghino (47 cm.) éste sería de un animal comparable a un buey de buenas dimensiones.
Inmediatamente Romero recurre a lo expresado por Florentino Ameghino respecto a que en el chapadmalense no había más que un representante de ese suborden, el Toxodonte Chapadmalensis de tamaño muy pequeño. Por lo tanto, de ser clasificado en ese momento el resto fósil de Miramar como perteneciente a ese suborden, de hecho se le adjudicaría una altísima antigüedad; pero por el tamaño del fémur y de la relación proporcional de éste con los demás huesos del animal tendríamos un ejemplar semejante a un buey grande. Esta deducción hace que Romero dude que el fósil en cuestión pertenezca a la especie típica chapadmalense.
Boman en un trabajo publicado en 1921 (30) refiere que en el Museo de La Plata se llevó a cabo una experiencia de laboratorio que tuvo como modelo al fémur con la punta de cuarcita hallados en Miramar. Se buscó en las colecciones de paleontología del Museo, un fémur de Toxodonte del mismo tamaño y con un estado de fosilización semejante al original. Se le clavó una cuarcita en el trocánter o sea en el mismo sitio en que supuestamente había sido herido el Toxodonte de Miramar. El señor C. Heredia, secretario del Museo, tuvo esta segunda pieza obtenida en el laboratorio sobre su escritorio y Boman relata que los que la vieron, declararon que no podrían diferenciarla del original. Sin embargo el autor aclara que el experimento no demuestra más que la posibilidad de poder efectuar una imitación perfecta, pero que no es prueba definitoria de que el instrumento lítico haya penetrado en el fémur de Miramar cuando ya era un fósil Sin embargo hay algo que le llama la atención; es que en el fémur de Miramar, no hay alteraciones del hueso alrededor del lugar donde penetró la punta, pues según Boman, él había notado alteraciones visibles en otros huesos tanto humanos como animales, que habían sido heridos con instrumental lítico durante la vida de los individuos. Concluye su idea con respecto a la autenticidad de los hallazgos de Miramar afirmando que no hay pruebas para hablar de fraudes y que por el contrario muchas circunstancias avalan la autenticidad de los hallazgos, pero duda del encargado de cuidar la zona don Lorenzo Parodi, opinando que "la intervención permanente de una persona de las condiciones del guardián referido infunden necesariamente sospecha".
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