Entonces Jesús llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad.

Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor;

Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo:

Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Mat 20:25-28

 

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K

El rol de la  mujer

EL ROL DE LA MUJER Y CUBRIRSE LA CABEZA

 

Introducción

No creo estar en poder de ningún conocimiento especial ni verdad, sino que me gusta meditar para dejar que el Espíritu me lleve hacia lo que me pueda edificar en mi camino hacia Dios.

Después de haber leído lo último que se ha escrito en nuestras páginas acerca de las reivindicaciones de la mujer para volver a tomar el puesto que le corresponde dentro de la iglesia, me hace meditar profundamente acerca de lo dicho.

Al hacerlo me doy cuenta que, no es solamente la mujer, sino también el hombre, quién tiene que, no reivindicar, sino tomar el verdadero lugar que Dios le ha dado dentro del entorno de su Creación.

¿Por qué?

Todos saben lo que es una empanada. Para hacerla se necesita harina, para hacer la masa y el pino para el relleno. Si no sabemos lo que es la harina ni lo que es el pino – como no lo saben muchos de los lectores que no son chilenos – malamente vamos a poder hacer una empanada chilena.

Las Escrituras nos dicen que el plan último de Dios para el hombre es la Iglesia. Pero la Iglesia está formada por los hombres y mujeres unidos bajo el señorío de Cristo. La Iglesia es parte de la Creación de Dios y por tanto forma parte del “gobierno de Dios”.

Si nosotros, tanto los hombres como las mujeres, no tenemos claro los roles que nos corresponden dentro del realmo creativo de Dios, de mala manera vamos a poder formar la Iglesia.

Cristo vino a este mundo, no solamente para pagar por nuestros pecados, sino también para ser visto y dar ejemplo al hombre y a la mujer de cómo él quería que fuéramos para poder configurar la Iglesia en la tierra. Él lo dijo claramente; está todo en las Escrituras. Pero como el hombre, en su ansia de discernir por sí mismo, encuentra sus propias verdades, logró darle diversas formas socio-culturales a lo que ellas dicen.

 

La verdad

La única verdad tiene nombre y apellidos, se llama Dios, de Nombre y Dios, de Apellido. El resto, incluyendo a todos nosotros, sin excepción, somos mentira. Pero la Verdad nos amó, no porque fuéramos mentira, sino por nosotros mismos y porque somos parte de Su creación.

Nos amó porque sabía que si nosotros mismos nos dábamos cuenta de nuestra mentira, podríamos orientarnos hacia la luz de Su verdad y dejarnos que esta nos edifique, nos ayude a, sin salir de la mentira, enfocarnos en su luz y, en la medida de nuestras fuerzas y nuestra convicción – fe – hacernos caminar hacia la Verdad.

En su forma de expresarse, según unos filósofos chilenos, el hombre lo hace desde su: lenguaje, historia y biología. Lo que más o menos quiere decir es que la igualdad de los seres humanos es prácticamente imposible. Por tanto, el descubrimiento de Dios, el descubrimiento de la Verdad y el descubrimiento de la mentira es, para cada uno de nosotros, diferente.

Esto no tiene nada que ver con la proyección social que ésta le da a Dios. El Dios que la sociedad reconoce, no es la Verdad. ¿Por qué? Porque la sociedad es una faceta del ser humano que tiende a unirlo, a colectivizarlo a homogeneizarlo. Ese no es el Dios de la Verdad, es el dios de la colectividad. No es la Verdad del individuo. Pero la sociedad siente la necesidad de la espiritualidad dentro de ella y, por supuesto, para controlarla, la legisla.

En consecuencia surge la iglesia organizada para hacer que el individuo llegue a dios. Y dios es servido al gusto de cada uno de los participantes.

Es como si estuviéramos dentro de una prisión llamada mentira y antes de que nadie se anticipe a decir que hay un Dios, en las paredes de los muros de la prisión, alguien pintara una puerta infranqueable que dijera «camino hacia dios». Al día siguiente aparecería otra puerta en otro lado diciendo lo mismo y no pasaría mucho tiempo antes que alguien pintara otra puerta diciendo «dios».

Dentro de esa prisión, alguien, algún día, se dará cuenta que los cabezazos que se ha estado dando contra esas infranqueables puertas, no ha sido para iluminarle sino para entontecerle. Sus ojos se abren y pueden distinguir que: está metido en una prisión y las puertas no llevaban a ningún lado pues eran pintadas. Y comienza a buscar. Ve la luz de la Verdad y se tranquiliza. La luz viene de lo alto. Se sobresalta pues cree que le pueden ver iluminado por esa luz. Pero los demás reclusos siguen por su lado sin dar muestras de darse cuenta. Se tranquiliza.

Continúa con su secreto y tiene ganas de contárselo a todo el mundo, pero a los dos o tres amigos que ha tratado de decirles algo, le han dicho que está loco.

Un día ve a uno de los reclusos comportándose de forma diferente, no le conoce, se acerca a él, este le recibe de forma afable, le pregunta ¿sabes dónde estamos? El otro le contesta, sí, en una prisión.

Más confiado le vuelve a preguntar ¿has tratado de pasar por las puertas que conducen a dios?.

Haciendo un silencio y con mirada de complicidad el otro le contesta: esas puertas son de mentira.

Mas confiado le dice: Yo tengo una luz que nadie ve.

Con júbilo el otroconstesta: Yo también.

La sociedad, con objeto de homogeneizar agrupa al individuo y crea los maestros para educar a los menos espirituales y poco a poco lo va logrando, o al menos, así lo cree.

El resultado ha sido siempre, que la mayor parte de las guerras llevadas a cabo por la sociedad han sido hechas como consecuencia de esa homogeneidad social de ver a Dios.

Y si no me creen, pregúntele a un árabe prisionero en Guantánamo, que es lo que ha hecho mal y si se arrepiente de lo hizo el 11 de septiembre de 2001.   

 

La termodinámica

Cuando era estudiante de ingeniería tuve que estudiar esta materia. Recuerdo que esta se basa en tres principios básicos, para mí imposibles de recitar en estos momentos, pero que resumidos, quedarían en algo así:

El mundo en que vivimos es energía, todo tiene energía, esta no se crea ni se destruye, solamente se transforma. Nosotros vivimos esta vida constantemente en transformación, pero en su transcurso ocurre un desgaste es decir un desperdicio puesto que no podemos transformar la energía de una a otra en forma perfecta, ese es el desperdicio. En consecuencia, todo lo que usa o necesita energía, después de tanto desperdicio, eventualmente te descompone y muere.

Expliquemos esto.

Un motor eléctrico tiene una fuerza eléctrica que le alimenta para que gire, sin ella, el motor eléctrico no sirve de nada. Cuando le aplicamos esta energía medida en potencia (trabajo x tiempo, ¿recuerdan?), el motor se pone a girar con cierta fuerza. Si nosotros utilizamos esta fuerza para hacer algo, por ejemplo sacar agua de un pozo por medio de una bomba de agua, veremos que esta nos va a hacer un trabajo (subir un número de litros de agua de una a otra determinada altura y en un cierto período de tiempo). Los litros multiplicado por la altura a subir y multiplicado por el tiempo que tardó en subirlo nos dicen el trabajo realizado. Este valor será el trabajo realizado por el motor eléctrico como consecuencia de la corriente eléctrica que le enchufamos.

De igual manera nosotros podemos medir por medio de un medidor de corriente, la cantidad de kilowatios que nos cobra la compañía de electricidad por llevar a cabo ese trabajo.

Si nosotros comparamos la potencia que pagamos con la potencia que obtuvimos, veremos que esta puede ser alrededor del 80%, es decir, pagamos 100 pero sacamos agua por 80. ¿Dónde se fueron los 20 que faltan?

Bien, esos son los desperdicios. Sin meternos en mucho detalle les voy a nombrar sólo dos: parte es el calor que genera el motor como consecuencia del trabajo realizado (usted también traspira ¿no?), el otro es la fricción al girar el eje del motor sobre los cojinetes del mismo. Hay muchos más que no viene al caso enumerar. Y todos afectan al principio que me estoy refiriendo: no es posible transformar la energía de forma sin que haya desperdicios (eléctrica en calor – resistencia eléctrica; gasolina en movimiento – automóvil; etc.).

Por esto, todo tiene un tiempo de vida útil: la casa, la ciudad, el automóvil, el juguete y hasta nosotros mismos.

Es esta misma razón por la que aquellos que se abocaron en la construcción del motor perpetuo – el motor que siempre está en movimiento y nunca se detiene – fracasaron. En la Edad Media, este motor ocupaba gran parte del tiempo pensante de los ingenieros de la época. Uno de los mayores creadores esa época, Leonardo da Vinci, dedicó muchos bocetos a ello.

Esto denota la imperfección y decadencia de la materia, el elemento primordial con que este mundo fue hecho. La imperfección de este mundo material se debe a que la materia es imperfecta y finita y está en constantemente transformación, el famoso “panta rei” de los griegos, «todo fluye, todo se transforma».

Pero ante todo este caos, la energía que lo sustenta es la misma, esta no se crea ni se transforma. Las reglas de su transformación son inmutables, de eso pueden dar testimonio los científicos. Todas estas reglas forman parte del “gobierno de Dios”.

Y aquí es dónde quería llegar en primer término.

Yo soy un lector de la Biblia, no soy un erudito, pero creo fielmente lo que ella me dice. Si usted no piensa igual sobre la Biblia, mejor aquí nos separamos, puesto que lo que le voy a decir quizá no tenga mucho sentido para usted.

Dios todo poderoso creó esta energía, colocó la materia dentro y le dio vida por medio de unas reglas exactas en su transformación. Como parte final de su proceso creativo, apareció el hombre. Todo esto se hizo dentro de unas reglas inmutables, esto es lo que conocemos como “el gobierno de Dios”. Estas reglas no pueden cambiarse pues con solamente mover una, todo este mundo se caería como un castillo de naipes. En Su creación, nada se escapó a Su glorioso diseño.

Sin entrar en detalles que todos los lectores de la Biblia conocen, Dios entregó esta maravillosa creación al hombre.

Debido a las características de su diseño, Dios sabía que esta materia eventualmente se destruiría quedando al final todo en pura energía, y le dio potestad al hombre para acelerar o retardar el tiempo de destrucción de esta materia.

Si el hombre le escuchaba, el tiempo de destrucción llegaría más tarde que si no lo hacía.

Ahí es dónde el factor espiritual tomaba parte.

Los animales viven en su ambiente con su ambiente y no pueden desarrollarse fuera de él. Es decir, las reglas bajo las que fue creado, tienen que cumplirse estrictamente o no podrá subsistir, el animal no tiene capacidad para ir en contra de las reglas bajo las que fue creado. Si lo hace, desaparecerá del ecosistema. Si este cambia imprevisiblemente y el animal no logra sobreponerse, éste morirá pues así lo dicen las reglas del “gobierno de Dios” bajo las que él fue creado. Dentro de las reglas de su creación, Dios dio a los animales otra regla que era más espiritual que física y esta se llamó “el espíritu de supervivencia” o lo que otros llaman “el instinto animal”. Esta es una regla dada a cada animal que le empuja a luchar contra la destrucción de su especie. Esta regla es fija y solo se adapta al medio para buscar su fin, la supervivencia.

Cuando Dios crea al hombre, lo hace añadiendo una modificación a las reglas dadas a los animales. El hombre tiene la opción de variar la regla. La decisión de agregarle esta opción a la regla, es parte del “gobierno de Dios”.

Dentro de este gobierno, al hombre se le es dado esta capacidad de modificar la regla básica del desperdicio, o manejo de la vida útil de la materia, basados en un cierto rango. Este rango nunca podrá hacer o llegar al máximo, que sería el equivalente de haber comido del Árbol de la Vida y que le permitiría al hombre convertir la energía sin desperdicio, (trabajar sin sudor, parir sin dolor).

Para poder manejarse dentro del área del desperdicio, al hombre, además de las reglas de gobierno dadas a toda la creación y también formando parte del “gobierno de Dios”, se le dieron reglas morales.

La habilidad de manejar el rango del desperdicio, por medio de las reglas morales, facultad dada solamente al hombre dentro de la creación, es lo que se conoce como pecado.

De ahí que existan dos tipos de pecado: el de Dios y el de la sociedad religiosa.

En el Antiguo Testamento, para Dios, todo lo que, manipulando Sus reglas morales, transgrede Sus leyes, es pecado.

Para la sociedad no. Pecado es aquello que bajo las sombras de lo que aparentemente son las reglas morales de Dios (y solamente son válidas aquellas que a la sociedad le conviene), transgrede las reglas de la sociedad.

Pero para Dios la sociedad no existe.

    Mateo 12

    50   Porque todo aquel que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, y hermana, y madre.

... y Jesucristo se preocupa de dejarlo bien en claro en su resumen de las leyes morales...

    Lucas 10

    27   Y él respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de todas tus fuerzas, y de todo tu entendimiento; y á tu prójimo como á ti mismo.

... y si la sociedad está constituida por hermanos y prójimos, sigan leyendo en Lucas 10 para entender el concepto de Dios acerca de la sociedad.

El cristiano no mezcla las leyes morales de Dios con las de la sociedad, al contrario, las supedita a ellas. Esta es la única manera de que el resto de la creación se beneficie y por ende, disminuyendo el desgaste, prolongue su existencia. Ese es el buen administrador de la parábola de Cristo.

Pero todo esto está dentro del “gobierno de Dios”.

La “gracia de Dios” para con el hombre, pretende hacer algo que rompa con las leyes de la termodinámica. Pero esto no puede ser hecho bajo el realmo de la creación, pues sería ir en contra de Él mismo. Pretende hacernos ver que si bien esto es imposible en nuestra vida terrenal, no lo será una vez que la creación llegue a su fin.

Nos dice que si tenemos fe en lo que Él nos dice, algún día podremos ver no solamente el motor perpetuo sino que nosotros mismos seremos capaces de producir sin esfuerzo, de trabajar sin comer el pan, de crear sin esfuerzo, de dar sin desgaste, o lo que es igual: a amar.

    Juan 3

    16   Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

La Palabra es más potente. Todo lo dicho, resumido en dos escasas líneas...  Se acabó la termodinámica.

 

Los dos árboles

Dios pidió al hombre que no comiera de un fruto producto de Su creación material – pues si lo haces, de seguro morirás – fue su advertencia.

Pero además de eso, en el Jardín del Edén, Dios había puesto otro árbol del cual, si el hombre comía de él, viviría eternamente; eso es “la gracia de Dios”.

Dios le permitió al hombre que comiera de todo lo que se encontraba en el jardín menos del Árbol del Conocimiento. Al comer de todos los alimentos del jardín, Dios esperaba que el hombre encontrara el árbol de la Vida o el alimento espiritual, el que haría que el hombre no muriera y, por otro lado, le prohibió comer del árbol del bien y del mal.

Imaginemos lo que esto representa. Dios quería que el hombre hubiera comido del árbol de la Vida para así convertirse en un ser humano y material cuya vida transcurriera ¡sin desperdicio!. Es decir que sería capaz de hacer el uso de su energía sin cansarse, transpirar y ni siquiera envejecer.

Dios no quería que el hombre comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal o del discernimiento por sí mismo.

Es decir, le prohibía alimentarse del árbol que permitía al hombre material discernir sobre lo bueno y lo malo.

¿Por qué?

Pues porque el bien y el mal en la forma manifestada por Dios en la Biblia, son absolutos. El hombre los convertiría en relativos, es decir los relacionaría al momento, la circunstancia o a cualquiera de los tres elementos antes mencionados, el lenguaje, la biología o historia. Y si no me creen pregúntele a cualquier prisionero árabe de Guantánamo si al derribar las Torres Gemelas, estaban haciendo el bien o el mal.

La demostración bíblica a lo que estoy diciendo lo hace Cristo cuando alguien le llama “bueno” y él le responde: “¿Por qué me llamas bueno? Nada es bueno, sólo Dios es bueno”.

Cuando el hombre decide comer de este árbol, automáticamente se colocó bajo las regla materiales que gobiernan la creación y... “de seguro morirá”.

Dios le estaba ofreciendo al hombre, como parte de Su creación, bajo los mismos criterios de diseño que el resto de los animales, pero con una nueva regla, la de poder variar por propia decisión, la regla de la supervivencia, haciendo solamente alimentarse de Él. De esta manera, el hombre caería bajo la consecuencia única que ningún otro ser tenía en Su creación y que sería la de transformar la energía sin desperdicio, todo lo que hiciera no le causaría trabajo – tendría el pan sin el sudor de la frente y pariría a los hijos sin dolor.

 

Entra la mujer

Pero tenemos que darnos cuenta también que en el proceso creativo de Dios, cuando decide dar al hombre una compañera, no solamente cambia su diseño físico, sino que en su diseño de supervivencia, dota a la mujer de parámetros diferentes a los del hombre.

Sin embargo, hay algo muy significativo en la creación de la mujer. Dios no crea a la mujer a partir del barro como lo hizo con el hombre, sino que lo hizo a partir del hombre. Es decir, que la mujer ya existía en el hombre. Si bien la mujer parte del hombre, todos los hombres nacen de la mujer. Esto nos hace iguales dentro del “gobierno de Dios”.

La verdadera representación de la creación del hombre y la mujer es parecido a lo que nosotros conocemos como el órgano de la vista. Vemos, sí, pero lo hacemos con dos ojos. Al tener dos puntos de vista diferentes podemos ver mejor en profundidad, distinguir los volúmenes y las distancias. Pero siguen siendo un solo órgano.

Al renovar su diseño, Dios dota a la mujer de una percepción sensorial más aguda que la del hombre. Sus hormonas son diferentes a las del hombre. La participación de otro punto de vista diferente ayudarían al hombre a tener la ayudante perfecta. La ayuda vendría en función de la colaboración mutua. 

Es por esto por lo que la tentación entra por la mujer. Puesto que al tener más ágiles sus sentidos sensoriales, la mentira llega y diluye la prohibición de Dios. La manzana era bonita, tenía buen color y, sobre todo, tenía buen sabor. Además de esto la valoración de la frase “de seguro morirás” no era coherente con la función tiempo. La apreciación del hombre acerca del tiempo, era inmediata, visible y total. Pero en el sentido dicho por Dios era inmediata, invisible y parcial.

La mujer, después de comer del fruto prohibido, hizo comer al hombre. El poder de persuasión de la mujer sobre el hombre es algo que no se ha perdido y si bien la Biblia no nos da los detalles, no creo que sea, para un hombre, muy difícil imaginar la situación de la mente femenina.

Para la mente femenina, la obviedad de su decisión era basada en el impacto sensorial de la manzana a la cual, en ese momento y circunstancia, había considerado irresistible. El enemigo causó la necesidad y la mujer cedió al impulso. Una vez que le hubo “hincado el diente” aparece la reflexión sobre el acto. En su valoración, acepta su “metedura de pata”. Pero esto es una aceptación de tipo femenino que es interna, exclusiva e irrevelable. El siguiente paso viene por la aceptación universal de su decisión. Esto surge como la necesidad que la mujer tiene de apoyo y seguridad.

El resultado de todo esto es convencer al hombre a comer de la manzana. No creo que le costara mucho trabajo. La realidad es que el hombre comió de la manzana.

 

El gobierno de Dios y la gracia de Dios

Dios se da cuenta y decide tomar cartas en el asunto. No puede permitirse el lujo de que, el hombre, después de comer del Árbol del Conocimiento, coma también del Árbol de la Vida. Por tanto decide posponer la “gracia” y aplicar “Su gobierno”. Arroja al hombre del Paraíso, y le aplica las reglas de Su gobierno, tal como queda registrado en la Biblia.

    Génesis 3

    16   A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera tus dolores y tus preñeces; con dolor parirás los hijos; y á tu marido será tu deseo, y él se enseñoreará de ti.

    17   Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste á la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo, No comerás de él; maldita será la tierra por amor de ti; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida;

    18   Espinos y cardos te producirá, y comerás hierba del campo;

    19   En el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas á la tierra; porque de ella fuiste tomado: pues polvo eres, y al polvo serás tornado.

Para el hombre esto era una maldición pero para Dios esto no era más que un cambio de reglas. Las reglas ya existían y eran las consecuencias de vivir en el realmo material de la creación. El hombre había decidido este camino y Dios solamente se las estaba enumerando, agregándole un poquito de sal para darle más gusto. Ahora, el hombre, tenía que vivir una vida de desperdicio. La única preocupación de Dios era sacarlos del Edén para que no comieran del árbol de la Vida.

Lo más simpático de esto es que Dios no castiga al hombre por haberle desobedecido, sino: “Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer”.

Creo que es digno de meditarse.

Yo lo interpreto como algo así: “Tú hombre no tienes derecho a dar gracia sobre mi gobierno”

La realidad es que a partir de ese momento el hombre se enseñoreó de la mujer.

Tratemos de definir lo que significa enseñorearse. Esta palabra no significa esclavizar sino estar por encima de, en autoridad, gobernar.

Que el hombre lo haya hecho de otra manera no quiere decir que eso es lo que indicaba Dios cuando lo dijo. Todo esto pertenece al “gobierno de Dios”.

El parir con dolor también es parte del gobierno de Dios, como lo es el sudor del trabajo.

Pero la creación de Dios tenía un propósito eterno y para que este propósito siguiera su curso, Dios hizo uso de “Su gracia” pues en el versículo 15 dice a la serpiente:

    Génesis 3

    15   Y enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.

La simiente es Jesucristo.

 

Jesucristo y la gracia de Dios

El que Dios enviara a Su hijo Jesús para que nos redimiera, eso ya es parte de Su gracia, y es diferente al gobierno de Dios. El problema está en que el hombre se ha olvidado la diferencia que existe entre una y otra cosa. El hombre confunde con facilidad el gobierno de Dios y la gracia de Dios.

Como hemos leído en la descripción de los Hermanos, la gracia complementa al gobierno, es decir, el gobierno puede subsistir por sí mismo, la gracia es un complemento del gobierno y tal como la misma palabra indica es una gracia de Dios.

El gobierno de Dios está formado por todas las reglas y estructuras creadas por Dios para hacer funcionar a la creación  dentro del período que tenga de existencia. La Biblia predice el fin del mundo y es una consecuencia lógica de la materia finita. El que, a nosotros, los tiempos nos parezcan imposiblemente largos, no quiere decir que no vaya a suceder, está dicho en las Escrituras.

Sin que sepamos a qué distancia estamos del fin del mundo, hoy día nos podemos percatar de las deficiencias que existen en este mundo como consecuencia de la mala administración llevada a cabo por el hombre. El calentamiento de la tierra, la desertificación unida a la deforestación están trayendo como consecuencia cambios climáticos que aceleran catástrofes masivas. Sin ánimo de parecer pesimista, lean Mateo 24.

Jesucristo vino a marcarnos el camino hacia Dios.

Pero el hombre no lo ve. La sociedad, el mundo y la carne nos desvían cada vez más y más de ese camino. Es y ha sido siempre el camino del enemigo. Su misión es apartar al hombre y a la mujer de los roles que Dios les ha dado dentro de su iglesia aquí en la tierra.

Dice: “Si diluyo, opaco, coloreo o hago cualquier cosa para que el hombre no vea sus roles en la tierra, ganaré la guerra”.

Él no se da por vencido, ganó la primera batalla y no ha dejado de ganar otras muchas. Pero ahora se acercan tiempos importantes, hay que empezar a ganar grandes batallas. Todas hasta ahora han sido ganadas atacando a su enemiga, la mujer, y ahí es donde entra el foco de lucha. El hombre ya no puede distinguir entre el gobierno y la gracia de Dios, está próximo a ganar la batalla.

 

El cubrirse la cabeza

Ante tanto adelanto tecnológico, tanta lucha por la igualdad del hombre y la mujer y tan poco tiempo que queda para acercarnos a Dios, hoy día parece totalmente anacrónico el pensar que la mujer deba cubrirse la cabeza en la asamblea.

En la epístola 1ª de Corintios, capítulo 11, Pablo da una explicación, acerca de cubrirse la cabeza de la mujer, que es muy difícil para las mujeres de hoy día y para muchos hombres, no tacharla de machista.

Pero no lo es.

El apóstol está simplemente dando una demostración práctica del gobierno de Dios.

En primer lugar explica la relación de gobierno, Dios – el Cristo – el hombre y la mujer.

Dios no cambia, lo que dijo en Génesis 3 quedará eternamente vigente a no ser que Él decida lo contrario y, con toda seguridad, si esto ocurre, nos lo va a dejar saber.

Por esto Pablo cuando lo explica, termina dando la razón del por qué hay que hacerlo; y es esta una razón que deja perplejos a todos y sobre todo, a todas.

En el versículo 10 del mismo capítulo Pablo dice por qué la mujer debe cubrirse la cabeza: por causa de los ángeles

Si leemos a través de la Biblia el trabajo desarrollado por los ángeles, veremos que son una especie de trabajadores u obreros de Dios, son mensajeros, vigilantes, observan al hombre y reportan a Dios. Son como una especie de interfaz entre el realmo de Dios y el mundo material de los hombres.

Con esto en mente podemos entender mejor lo que el apóstol está diciendo. Imaginemos a un ángel que vigila a un grupo de hermanos reunidos y, de pronto, ve que la mujer lleva la cabeza cubierta. Sin lugar a dudas el ángel va a saltar de júbilo y lo va a reportar inmediatamente.

¿Por qué?

Muy simple, es muy difícil que en el día de hoy la mujer sea obligada a llevar la cabeza cubierta, - excepto en algunas pocas congregaciones – por tanto si una mujer lo hace es por sus propia decisión y convencimiento. Recordemos que la luz es individual y los demás tenemos la obligación de respetar al resto de nuestros hermanos. Repito, si la mujer, al menos en las congregaciones que yo conozco, se cubre la cabeza, es por su propia decisión, y esa decisión es simplemente que entiende el gobierno de Dios, que está de acuerdo con él y de esta manera hace manifestación pública de la aceptación al gobierno de Dios por parte de la congregación.

¿No creen que no es esto motivo de júbilo para aquellos que nos están observando?

Pero repito, nadie puede obligar a la mujer a hacerlo, esto tiene que venir de su propio convencimiento y compromiso individual. Y de igual forma ninguna mujer debe cubrirse la cabeza si no está convencida a hacerlo, pues estaría mintiendo acerca de su entendimiento. Y, ¡cuidado!, que estaría mintiendo a Dios, no al resto de hermanos o hermanas. 

Si los hermanos estamos reunidos en el Señor es por gracia. Por gracia nos amamos y nos servimos. Por gracia somos uno en el Señor. Es por esta razón por la que el hombre no puede pedirle a la mujer que se cubra la cabeza.

Pero cuando una mujer, por su propia decisión y entendimiento, se cubre la cabeza en la reunión, no solamente está enviando un mensaje a los ángeles. También lo está enviando al resto de los hombres de la asamblea.

La mujer, bajo el gobierno de Dios, no está llamada a ordenar al hombre, su ayuda viene cubierta de sutileza, de cariño, de amor. Si la mujer se cubre la cabeza y el hombre tiene claro lo que esto significa, se cumplen dos cosas inmediatamente: la primera es que el hombre es glorificado por la mujer...

    1 Corintios 11

    7  Porque el varón no ha de cubrir la cabeza, porque es imagen y gloria de Dios; mas la mujer es gloria del varón.

...y la segunda...

 

La otra cara de la moneda

La segunda es un poco más complicada.

    Efesios 5

    25   Maridos, amad a vuestras mujeres, así como el Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella,

    26   para santificarla limpiándola en el lavamiento del agua por la palabra,

    27   para presentársela gloriosa para sí mismo, una Iglesia que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante; sino que fuese santa y sin mancha

    28   Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama.

Yo soy de la opinión que los hombres nos hemos tomado estas palabras demasiado a la ligera.

Estas palabras que leemos en Efesios son sumamente serias.

Todos, o al menos la gran mayoría de los cristianos, aman a sus mujeres. Pero ese no es el punto. Hay que amarlas – como Cristo amó a la Iglesia. Eso ya es otra cosa, entra dentro de una categoría distinta de amor: es un amor de entrega.

El cristiano no puede simplemente amar a su mujer. No es válido. Quizá lo sea para comenzar. Pero no es esa la forma última de amar a su mujer. Tenemos que amarla como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella.

Analicemos esto un poco.

Dentro del gobierno de Dios, el hombre, después de todas las oportunidades dadas por Dios a través de las distintas dispensaciones, siempre le falló.

No obstante, Su amor por el hombre fue tal que envió a su Hijo para redimirnos. El sacrificio era necesario dentro del gobierno de Dios.

Dentro del gobierno, el sacrificio del hombre, en su realmo material no era posible puesto que, por un lado, no podía haber equiparado la afrenta hecha a Dios y, por otro, no se pretendía su muerte sino su vida para formar la Iglesia.

Solamente, el sacrificio, podía ser llevado a cabo por el Hijo. Y esto es  parte de Su gracia.

Aunque imposible, tratemos, lo mejor que podamos, imaginarnos el amor de Dios hacia el hombre. Desde el momento de la creación hasta el día de hoy todos, todos los días, le fallamos. Pero Él en el momento del primer fallo nos hizo una promesa y sin importarle las veces que hayamos fallado, Su promesa de salvación se mantiene firme.

Todo esto queda solucionado con el perdón, pero dentro de su gobierno esto no es posible. El perdón solamente se obtiene con el sacrificio.

De igual manera, de acuerdo a su gobierno, el sacrificio debe ser conmensurable con la afrenta. Pero como no hay nada en este mundo que pueda ser inmolado a la altura de la afrenta hecha a Dios, el Verbo, Su Hijo, se hace carne y habita entre los hombres, para eventualmente ser inmolado.

Imaginémonos la noche en Getsemaní, solo, abandonado por todos, abandonado por su Padre, visualizando la pena de llevar sobre sus hombros el peso de todos nuestros pecados, pasados, presentes y futuros, hacia cruz. Y allí morir bajo este peso de la ignominia. Jesús no podía haber sido mujer, tenía que haber sido hombre, él estaba, como hombre, representándonos a todos los demás que habíamos huido y le habíamos abandonado. La mujer estaba allí, en su puesto, firmes.

Esta imagen de amor y de vergüenza para el resto de los varones nos tiene que hacer temblar y vibrar de asombro y arrepentimiento, de impotencia ante lo irreparable, por haber sido lo suficientemente cobardes como para haberle dejado abandonado, como único representante del hombre.

¡El que sea mayor que sirva!

¡Él sí fue el mayor!

Y las mujeres que se encontraban a los pies del moribundo, por historia, por costumbre, por recato, por sumisión, por lo que les de la gana... estaban cubiertas en este cuadro espeluznante, ¡glorificando al hombre!

(Por favor no dejen de leer el librito de los Hermanos, Cumplido Está, meditaciones sobre el Salmo 22. Lo pueden bajar de esta misma página.)

¿Y por qué Cristo pasa por esta increíble prueba? No es por el hombre, que le abandonó, no es por la mujer, por quien entró el pecado en el mundo; es por ambos. Es por aquellos que individualmente son capaces de rendirse ante el Espíritu permitiendo que esta comunión vaya formando la Iglesia de Cristo basada en el amor de su reconocimiento, descansando en el amor de Cristo, alimentándose de Él, nuestro árbol de la Vida.

Es para que abramos nuestros corazones de tal manera que el Espíritu los haga sangrar de amor y con el resplandor del sangrante amor saliendo de la Iglesia, iluminemos este indecible sangriento cuadro del Calvario y así, este sacrificio, llene de alegría a su Iglesia.

Esta es la gracia de Dios.

 

Conclusión

El Calvario tiene que ser una foto omnipresente para todos con objeto de poder interpretar nuestra posición dentro del gobierno y dentro de la gracia de Dios.

Cristo amó de tal manera a su iglesia que dio todo por ella. Su amor es de la gracia pero su muerte del gobierno.

Esto demuestra la cruz. Él lo hizo, nosotros andábamos escondidos.

Pero la mujer estaba allí.

¿Estamos siguiendo el ejemplo de Cristo? Yo no lo creo.

¿Y por qué no lo hacemos? Simplemente porque ella no se deja, porque no es sumisa.

Pero tampoco el hombre lo fue ante Dios y eso no hizo retroceder a Dios en Su amor para el hombre, interrumpiendo el sacrificio del Calvario.

Y tú mujer, ¿por qué no eres sumisa? ¿Por qué no acatas el rol que Dios te ha dado en su forma de gobierno? Y la contestación femenina será, ¿y por qué lo voy a ser si el hombre no me ama como Dios quiere que me ame?

Estamos mezclando el gobierno con la gracia. Y no aprendemos de la lección que Cristo nos da en la Cruz mezclando las dos.

En Génesis encontramos reglas del gobierno de Dios acerca del hombre y la mujer, tales como: ganarás el pan con el sudor de tu frente, parirás con dolor, añorarás a tu marido y él se enseñoreará de ti.

No cabe la menor duda que fuera de ganar el pan con el sudor, el hombre salió ganando y como resultado también se aprovechó de ello. El sistema social se montó sobre esas reglas y en consecuencia vino el abuso, dejando a la mujer como ciudadano de segunda categoría.

Con la venida de Jesucristo la mujer fue reivindicada. Pero esto significaba tirar por tierra una situación creada por siglos y siglos de abuso femenino.

Creo que la Iglesia de Cristo tiene una misión casi imposible ante el mundo: La mujer obedeciendo al gobierno de Dios, en todo lo que Él les pide; y el hombre, dejar florecer los frutos de la verdadera gracia, amándonos unos a otros en forma colectiva y en la particular, amando a nuestras mujeres respectivas y entregándonos a ellas, como Cristo ama y se entregó por su Iglesia.

Eloy García Calleja

Santiago de Chile, marzo de 2002

 

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