CONTENIDO

Introducci�n
Del autor
1. Una proposici�n inesperada.
2. La reuni�n de Mosc�.
3. En marcha.
4. El pa�s de las colinas humeantes.
5. El estrecho de Bering.
6. En busca de la tierra desconocida.
7. La Tierra de Fridtjof Nansen.
8. A trav�s de la cordillera Russki.
9. Un descenso interminable.
10. Una inexplicable posici�n del sol.
11. La tundra polar.
12. Las colinas errantes.
13. Un visitante indeseable.
14. La carta de Truj�n�v.
15. El pa�s de la luz eterna.
16. Unos enterradores importunos.
17. Por el r�o Maksh�iev abajo.
18. La caza al cazador.
19. Aventuras sobre una colina.
20. Aviador a la fuerza.
21. Una tormenta tropical.
22. El mont�culo movedizo.
23. Plut�n se extingue.
24. Reptiles monstruosos y p�jaros dentados.
25. Un cintur�n de pantanos y lagos.
26. El mar de los Reptiles.
27. La traves�a del mar.
28. Los millones de Maksh�iev.
29. El bosque de colas de caballo.
30. Reptiles carniceros y herb�voros.
31. El desfiladero de los pterod�ctilos.
32. V�ctimas de un robo.
33. Sobre la pista de los ladrones.
34. Los reyes de la naturaleza jur�sica.
35. �C�mo penetrar en el hormiguero?.
36. Hacia el interior del desierto Negro.
37. Descenso al cr�ter de Sat�n.
38. El despertar del volc�n.
39. La destrucci�n del hormiguero.
40. Navegando hacia el Oeste.
41. Supermonstruos.
42. El brulote de Kasht�nov.
43. La batalla contra las hormigas.
44. El incendio del segundo hormiguero.
45. Nueva excursi�n al interior del pa�s.
46. Las travesuras del Gru��n.
47. Situaci�n desesperada.
48. Traves�a de regreso.
49. La huella misteriosa.
50. En la yurta abandonada.
51. Siguiendo la pista de los compa�eros.
52. Liberaci�n de los prisioneros.
53. Un ataque de los seres primitivos.
54. La vida de los prisioneros.
55. Otra vez en la yurta.
56. A trav�s de los hielos.
57. Charla cient�fica.
Ep�logo.
Biograf�a del Autor

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Escribir a Antonio



Cap�tulo LVII

CHARLA CIENTIFICA

Unos d�as despu�s del regreso de la expedici�n al Estrella Polar se desencaden� una de esas terribles tempestades de nieve habituales en aquellas latitudes, suspendiendo todos los paseos y los trabajos al aire libre. Los hombres mataban el tiempo en la sala de oficiales, cont�ndose sus impresiones acerca de la invernada entre los hielos y el viaje a Plutonia. Interesaban particularmente a Truj�nov los detalles del descenso al mundo subterr�neo, acompa�ado de diversos fen�menos incomprensibles para la expedici�n.
- Le advierto a usted, Truj�nov -dijo Kassht�nov-, que su carta, abierta el d�a que descubrimos mamuts en la tundra que hab�a venido a sustituir los hielos, nos explic� d�nde est�bamos, pero no nos satisfizo plenamente, Quisi�ramos saber en qu� se fundaba su hip�tesis, tan brillantemente confirmada, de que el globo terrestre era hueco.
- A decir verdad -contest� Truj�nov-, la idea no es m�a ni siquiera nueva. Fu� expuesta hace m�s de cien a�os por ciertos sabios de Europa Occidental. Enterado de ella hojeando viejas revistas, me interes� y me dediqu� a hacer comprobaciones que me demostraron su verosimilitud.
- �No podr�a usted comunic�rnoslas?
- Con mucho gusto. Si quieren ustedes, lees har� hoy mismo un informe detallado.
Aquella tarde tuvo lugar en la sala de oficiales una interesant�sima charla cient�fica.
Despu�s de haberse referido a las ideas de los pueblos antiguos de que la Tierra era una superficie lisa en medio del oc�ano primitivo y a la teor�a de Arist�teles acerca de la forma esf�rica de la Tierra, Truj�nov se detuvo con m�s detalle en las concepciones modernas.
- A fines del siglo XVIII, el sabio Leslie afirmaba que el interior de la Tierra estaba lleno de aire, luminoso a consecuencia de la presi�n, y que en �l flotaban dos planetas: Proserpina y Plut�n...
- �Plut�n? -exclam� Borov�i-. �De manera que no hemos inventado nada nuevo para el astro subterr�neo!
- No. El nombre hab�a sido ya anticipado -prosigui� Truj�nov-. Algunos sabios hab�an calculado incluso la �rbita de estos planetas que, al aproximarse a la corteza terrestre, provocar�an las tempestades magn�ticas y los terremotos. Seg�n Leslie, en la superficie interior de la Tierra, que ilumina una suave luz el�ctrica, reina una primavera eterna y por ello existe all� una vegetaci�n maravillosa y un mundo muy -original...
- �Ten�a perfecta raz�n! -lanz� P�pochkinn pasmado.
- La entrada a la cavidad interna, siempre seg�n la teor�a de Leslie, debe hallarse alrededor de los 82� de latitud Norte.
- �Es incre�ble! -exclam� Maksh�iev-. �C�mo pudo se�alarlo con tanta precisi�n? Nosotros encontramos el extremo meridional de ese orificio a poco m�s de 81�.
- Leslie lo determin� seg�n el sitio dondde m�s intensidad tienen las auroras boreales porque supon�a que emanaban de las entra�as de la Tierra y eran los rayos el�ctricos que iluminaban la cavidad interna del globo. La teor�a de Leslie hall� numerosos partidarios y se habl� incluso con toda seriedad de organizar una expedici�n al interior de la Tierra.
- �Ah, vamos! -sonri� Gromeko-. Tambi�n een ese aspecto hemos estado a punto de tener precursores.
- Pero la expedici�n no tuvo lugar porquee las eminencias de aquella �poca -Buffon, Leibniz, Kircher- se burlaron dee la hip�tesis de Leslie, tild�ndola de fantas�a. Ellos sosten�an la idea del n�cleo en fusi�n de la Tierra, uno �nico o con numerosos focos secundarios llamados pirofiliaciones. A fines del siglo XVIII, la armoniosa hip�tesis de Kant y Laplace acerca del origen de todo nuestro sistema planetario de una nebulosa incandescente se ense�ore� de casi todas las mentes y desplaz� a las dem�s a segundo plano.
Pero en 1816, Kormuls afirmaba que el interior de la Tierra estaba hueco y su corteza no ten�a m�s de 300 millas inglesas de espesor.
Halley, Franklin, Lichtenberg y Kormuls intentaron explicar los fen�menos del magnetismo terrestre y sus transformaciones seculares por la existencia de un hipot�tico planeta interior. El profesor alem�n Steinhauser consideraba casi indudable en 1817 la existencia de ese planeta, al que di� el nombre de Minerva.
Surgieron nuevos proyectos de expediciones al interior de la Tierra. Simmes, un capit�n retirado de infanter�a que habitaba en San Luis, Estado de Missouri, public� en los peri�dicos, en abril de 1818, una carta que envi� simult�neamente a muchos establecimientos de Am�rica y Europa. Estaba dirigida al "mundo entero" y llevaba esta divisa: "La luz engendra la luz para descubrir la luz hasta el infinito".
Dec�a lo siguiente:
La Tierra est� hueca y habitada en su interior. Contiene una serie de esferas conc�ntricas una dentro de la otra y tiene en los polos orificios de 12 a 16� de anchura. Estoy dispuesto a responder con mi vida de la exactitud de lo que digo y me ofrezco a explorar esa cavidad si el mundo me ayuda en esta empresa. He escrito para su publicaci�n un tratado a este respecto donde doy pruebas que apoyan estas tesis, la explicaci�n de diversos fen�menos y del "misterio del oro" del doctor Darwin. Pongo como condici�n el derecho de patronato sobre este mundo y otros nuevos que se pudiesen descubrir. Lo lego a mi esposa y sus diez hijos. Nombro protectores al doctor Mitchel, a sir Davies y al bar�n Alejandro von Humboldt. S�lo necesito cien compa�eros intr�pidos para salir de Siberia a fines del verano por los hielos del mar del Norte en trineos tirados por renos.
Prometo que descubriremos, en cuanto pasemos el 82� de latitud Norte, regiones c�lidas y ricas con plantas �tiles, animales y quiz� tambi�n hombres. Estaremos de vuelta a la primavera siguiente.
- �Y tuvo lugar la expedici�n? -pregunt� Kasht�nov.
- No, desgraciadamente; o felizmente paraa nosotros. La carta de Simmes llam� la atenci�n, y los lectores interesados abrumaron a preguntas las redacciones de peri�dicos y revistas, as� como a los sabios. La propuesta del valeroso capit�n, que no tem�a dejar a una viuda y diez hu�rfanos, fu� discutida en la prensa, pero no se obtuvieron ni los cien bravas que ped�a ni el dinero necesario. Los sabios que hab�a designado protectores debieron considerar al pobre Simmes como un so�ador o un loco. Porque muchos estaban persuadidos de que exist�a una cavidad con un planeta dentro de la Tierra, pero no daban cr�dito a la existencia de un orificio que permitiese llegar a ella.
- Por ejemplo, contestando a la carta de Simmes, el f�sico Chladni negaba, en un art�culo publicado en una revista cient�fica acerca del interior de la Tierra, la posibilidad de tal orificio. En caso de haber existido alguna vez, se habr�a llenado inevitablemente de agua. En cuanto al movimiento, sumamente pausado seg�n Steinhauser, del planeta interior, se debe, como explica Chladni, a que tiene lugar en un medio muy denso de aire comprimido, quiz� bajo el influjo del Sol y de la Luna. Cliladni hace tambi�n algunas otras interesantes hip�tesis, aunque sin darlas por irrefutables: en vista de que el aire muy comprimido despide calor y que un cuerpo recalentado ha de ser luminoso, en el centro de la cavidad terrestre, donde la presi�n es m�xima por todas partes, el aire terriblemente comprimido debe formar una masa que despide luz y calor, una especie de sol central.
- Los habitantes del interior de la Tierrra, si es que existen, ven ese sol siempre en el cenit y, a su alrededor, toda la superficie interna iluminada por �l, lo que debe ofrecer un panorama muy bello.
- Las hip�tesis de la existencia de un pllaneta interior subsistieron alg�n tiempo. En la d�cada del treinta del siglo pasado tambi�n Bertrand pensaba que el globo terrestre estaba hueco y que en su cavidad se encontraba un n�cleo magn�tico que se desplazaba de un polo a otro de la Tierra bajo la influencia de los cometas.
- En el siglo XIX prevaleci� la hip�tesiss de Kant y Laplace acerca del n�cleo terrestre en fusi�n. Sus adeptos discut�an s�lo la cuesti�n del espesor de la corteza s�lida de la Tierra: unos le atribu�an de 40 a 50 kil�metros, otros un centenar de kil�metros y algunos, en fin, incluso de 1.275 a 2.220 kil�metros, o sea, de una quinta a una tercera parte del radio terrestre. Pero este espesor de la corteza se hallaba en contradicci�n con los fen�menos volc�nicos y geot�rmicos, igual que la hip�tesis seg�n la cual la Tierra ser�a un cuerpo s�lido enteramente enfriado. Por eso, como correctivo, los partidarios de la corteza espesa admit�an que entre ella se hab�an conservado algunas cuencas aisladas de masa en fusi�n, que constitu�an los focos volc�nicos.
En la segunda mitad del siglo XIX una cuarta hip�tesis obtuvo mayor n�mero de partidarios. Proclamaba que la Tierra ten�a una corteza no muy espesa y un n�mero s�lido, separados por una capa intermediaria, m�s o menos compacta, de rocas en fusi�n; la llamada franja olivina.
- Se admite la existencia de un n�cleo s�lido porque, a proximidad del centro de la Tierra, como consecuencia de la enorme presi�n que all� existe, todos los cuerpos deben hallarse en estado s�lido, a pesar de la elevada temperatura, que sobrepasa mucho su punto de fusi�n a presi�n normal.
- La corteza terrestre se compone de rocas m�s ligeras, mientras en la franja olivina se han concentrado otras m�s pesadas, abundantes en olivina y hierro. En el n�cleo mismo dominan las materias m�s pesadas, los metales, por ejemplo. Se supone que los meteoritos ferrosos, compuestos esencialmente de hierro y n�quel, son restos de n�cleos planetarios, mientras los meteoritos p�treos, compuestos de olivina y otros minerales ricos en hierro y n�quel, nos dan una idea de la composici�n de la franja olivina.
- Esta hip�tesis tambi�n tiene ahora muchos partidarios, pero rivaliza con ella otra hip�tesis, la de Zöppritz, que resucita bajo una forma nueva la teor�a de Leslie y de otros sabios de fines del siglo XVIII y principios del XIX.
- Esta hip�tesis parte de la ley f�sica de que, dada las altas temperaturas que han de existir inevitablemente en las entra�as de la Tierra, todos los cuerpos deben encontrarse en estado gaseoso a pesar de la enorme presi�n.
- Como ustedes saben, existe la temperatura cr�tica de los gases, temperatura a la cual no se comprimen ni se lic�an, cualquiera que sea la presi�n. Indudablemente, en el centro de la Tierra esta temperatura cr�tica se halla muy sobrepasada. Por eso deben constituir ese n�cleo los gases llamados monoat�micos, que han perdido sus propiedades qu�micas caracter�sticas, ya que sus mol�culas se han desasociado en �tomos bajo la influencia de la elevada temperatura. Este n�cleo est� rodeado de una capa de gases con una temperatura superior a la cr�tica y �sta, a su vez, rodeada de gases ordinarios.
- Luego se suceden una capa de materia enn fusi�n, una capa de l�quido pastoso semejante a la lava o la resina, y una capa transitoria entre el estado l�quido y el estado s�lido y que se llama estado de plasticidad latente, de consistencia parecida a la pez de zapatero.
- Y arriba encontramos, al fin, la cortezza s�lida. Entre las capas enumeradas no existe, naturalmente, un l�mite rotundo, sino que pasan gradualmente de una a otra. Por eso, bajo los efectos de la rotaci�n de la Tierra, estas capas no se pueden desplazar las unas respecto a las otras ni influir sobre los flujos y los reflujos ni sobre el desplazamiento del eje de la Tierna. Las opiniones var�an en cuanto al espesor de la corteza terrestre. El f�sico sueco Arhenius calcula que el n�cleo gaseoso ocupa el 95% del di�metro del globo; las capas de l�quidos �gneos el 4% y la corteza s�lida el 1% s�lo, es decir, unos 64 kil�metros de espesor.
- Otros atribuyen un espesor m�s considerrable a la corteza: 80, 100 e incluso 1.000 kil�metros. Pero la corteza fina, de 60 a 100 kil�metros, se aviene mejor con los fen�menos volc�nicos y geot�rmicos, con la formaci�n de las monta�as, etc.
- Como ven ustedes, esta hip�tesis ha resucitado la teor�a de Leslie y de los dem�s, aunque sin los planetas interiores los orificios de acceso y ha confirmado incluso la idea del capit�n Simmes acerca de las esferas conc�ntricas. Pero, naturalmente, el interior de la Tierra no pod�a estar habitado a una temperatura que fisiona incluso los �tomos de gas.
- �Y sin embargo, est� habitado! -exclam� Kash�nov-. Aunque supongo que tambi�n usted se lo imaginaba al organizar la expedici�n.
- Tiene usted raz�n -replic� Truj�nov-. Y ahora voy a exponer a ustedes mi propia hip�tesis. Desde hace mucho tiempo soy partidario de la hip�tesis de Zöppritz, y he hecho observaciones y c�lculos para desarrollarla y confirmarla. Las observaciones trataban de la determinaci�n de la fuerza de la gravedad, de los fen�menos geomagn�ticos y de la difusi�n de los terremotos.
- Sabido es que las ondas s�smicas no se propagan s�lo por la superficie de la corteza terrestre, sino tambi�n en l�nea recta, a trav�s del subsuelo. Por eso, si ocurre un terremoto en nuestros ant�podas, los instrumentos sensibles captan dos series de sacudidas: primero las que siguen el camino m�s corto por el di�metro del globo y luego las que se difunden por la superficie terrestre, o sea, por la periferia del globo. La rapidez de la transmisi�n de las sacudidas depende de la densidad y la homogeneidad del medio, y esa rapidez permite juzgar del estado del medio.
- Conque una serie de observaciones, hechas en distintas estaciones s�smicas y en mi observatorio de Munku-Sardik, donde instal� instrumentos nuevos, de precisi�n y sensibilidad extraordinarias, en un pozo profundo al pie de una cadena monta�osa, descubrieron hechos en contradicci�n con la hip�tesis de Zöppritz. Se vi� que el n�cleo terrestre no se deb�a componer de gases muy comprimidos por la presi�n, sino al contrario, de gases enrarecidos, poco m�s densos que el aire que nos rodea, y que ocupar�an unas tres cuartas partes del di�metro del globo. En una palabra, ese n�cleo gaseoso deb�a tener alrededor de ocho mil kil�metros de di�metro; de manera que no quedar�a para las capas l�quidas y s�lidas m�s de dos mil cuatrocientos kil�metros de espesor a cada lado. Y entre el n�cleo gaseoso hab�a que admitir la existencia de un cuerpo s�lido o casi s�lido, es decir, de un planeta interior de quinientos kil�metros de di�metro como m�ximo.
- �C�mo ha logrado usted determinar el dii�metro de ese cuerpo invisible? -pregunt� Borov�i interesado.
- De una manera muy sencilla. Ese cuerpo se hallaba s�lo en el camino de las sacudidas s�smicas que se produc�an en los ant�podas de mi observatorio, o sea, en el Pac�fico, al Este de Nueva Zelanda. Si el terremoto ten�a lugar en la propia Nueva Zelandia o en Patagonia, no hab�a ning�n cuerpo s�lido en el camino recto de su propagaci�n. Una serie de observaciones permiti� determinar las dimensiones m�ximas de este cuerpo, con una exactitud aproximada, naturalmente.
- O sea, que las observaciones han demostrado que dentro de la Tierra existe una vasta extensi�n llena de gases poco distintos al aire por su densidad y que en medio de ellos se encuentra un planeta interior de 500 kil�metros de di�metro como m�ximo. En t�rminos generales, estas observaciones coincid�an ir�s con las hip�tesis de los sabios antiguos que con las de Zöppritz. En este caso, surg�a una duda en cuanto a la exactitud de los c�lculos relativos a la distribuci�n de las materias pesadas en la corteza terrestre. La densidad media de la Tierra, como se sabe, es de 5,5; la densidad de las rocas de la capa superficial de la corteza terrestre es s�lo de 2,5 a 3,5 e incluso menos si se tiene en cuenta las grandes masas de agua de los oc�anos. Por eso consideran los sabios que m�s cerca del centro de la Tierra deben encontrarse substancias de densidad creciente, que llegar�a a cifrarse en 10 u 11 en el centro del n�cleo. Pero si en el interior de la Tierra hay una vasta extensi�n de gases de la misma densidad que el aire con un peque�o planeta en el centro, debe admitirse una distribuci�n completamente distinta de las densidades en la corteza terrestre que rodea la cavidad gaseosa interna. Admitamos que la parte superficial ligera de la corteza tenga unos 77 kil�metros de espesor; la parte interior pesada, con muchos metales pesados, 2.300 kil�metros y la cavidad interna gaseosa 4.000 kil�metros, incluido el planeta. El total arroja 6.377 kil�metros, o sea, el radio de la Tierra. Admitiendo que la densidad media de la parte pesada de la Tierra es de 7,8, la densidad de la Tierra en su conjunto ser� de 5,5 como dicen los datos de los geof�sicos.
En el encerado de la sala de oficiales, Truj�nov hizo delante de sus oyentes todos los c�lculos del volumen y el peso de las capas integrantes de la Tierra para demostrar c�mo se imaginaba la distribuci�n de las masas. Habiendo adoptado la hip�tesis de Zöppritz, bajo esta forma modificada, Truj�nov pas� a examinar la cuesti�n de c�mo se hab�a constituido el orificio que un�a la superficie terrestre a la cavidad interna, por donde deb�an escapar los gases condensados y ardientes de la cavidad. Despu�s de mencionar la frecuente ca�da sobre el globo de cuerpos celestes llamados meteoritos, procedentes del espacio c�smico, Trui�nov emiti� la suposici�n de un inmenso meteorito que, habiendo ca�do en tiempos sobre la Tierra, hubiera atravesado la corteza de 2.377 kil�metros, qued�ndose en el interior, convertido en el planeta Plut�n. Como prueba de la posibilidad de esta ca�da, se refiri� a la enorme excavaci�n llamada cr�ter mete�rico del Estado de Arizona, en Norteam�rica, y que es el impacto de un meteorito gigante, seg�n los fragmentos encontrados en la excavaci�n. Pero este meteorito no logr� perforar la corteza terrestre; rebot� y fu� a caer al Pac�fico, mientras Plut�n atraves� la corteza y se qued� en el interior.
- �Cu�ndo se produjo esta cat�strofe? -preguntaron los oyentes.
- En el per�odo jur�sico como m�ximo, ya que en la parte m�s avanzada de la cavidad interna adonde ha llegado la expedici�n subsisten representantes de la fauna y la flora jur�sicas que emigraron a ella desde la superficie de la Tierra despu�s de la formaci�n del orificio, la salida de los gases y el enfriamiento de la cavidad interior. M�s tarde, se trasladaron a ella por el mismo camino la flora y la fauna del cret�ceo, del terciario y del cuaternario, empujando consecutivamente a sus predecesores hacia el interior de la cavidad.
- Mientras la Tierra de Nansen se halle cubierta por los hielos, los representantes de la flora y la fauna con tempor�neas no pueden descender a la cavidad interna. S�lo el hombre del siglo XX, en las personas de ustedes, ha superado valerosamente este obst�culo, ha penetrado en ese misterioso pa�s donde, gracias al clima estable y a las condiciones propicias de vida, se han conservado maravillosamente ejemplares de la flora y la fauna desaparecidas hace mucho tiempo de la superficie del globo. Ustedes han descubierto un museo paleontol�gico cuya existencia estaba yo lejos de sospechar.
- Ha descrito usted perfectamente c�mo fu� pobl�ndose la cavidad interna -observ� Kasht�nov-, aunque los paleont�llogos quiz� encuentren puntos discutibles en sus hip�tesis. Pero yo quisiera preguntar todav�a ad�nde fueron a parar los fragmentos de la corteza terrestre producidos al formarse el impacto.
- A mi entender, las m�s peque�os han debido ser arrojados fuera por los gases al escaparse del interior del globo; los m�s grandes han podido fusionarse con el meteorito para formar el cuerpo luminoso de Plut�n o caer sobre la superficie interna constituyendo all� colinas y mesetas.
- Es posible que los montes de roca oliviina rica en hierro descubiertos por ustedes a orillas del r�o Maksh�iev en su curo medio est�n formados por fragmentos de �sos. Tambi�n es posible que toda la meseta del desierto Negro, en la orilla meridional del mar de los Reptiles, sea un fragmento de �sos, pero inmenso. Todo esto exige un estudio m�s profundo.
- �Y c�mo explica usted la existencia de los volcanes, apagados o activos, que hemos descubierto en esa meseta?
- No me parece dif�cil. Seg�n la hip�tesis de Zöppritz, por encima de las zonas o capas gaseosas hab�a una capa de l�quido �gneo. Despu�s de la formaci�n del cr�ter mete�rico, cuando los gases se precipitaron por �l hacia fuera y la presi�n del interior de la Tierra empez� � disminuir sensiblemente, parte de esta capa debi� transformarse en vapores y gases, mientras la otra constitu�a un mar de fuego en ebullici�n. Los vapores y los gases salieron gradualmente por el orificio, la temperatura y la presi�n de la cavidad interna fueron bajando y el mar de lava se recubri� de una costra s�lida. Delgada y fr�gil al principio, se desgarraba con frecuencia bajo el empuje de los gases y los vapores que continuaba despidiendo la masa en fusi�n. Pero la costra fu� solidific�ndose poco a poco y las desgarraduras se hicieron menos frecuentes como ocurri� sobre la superficie de la Tierra durante el primer per�odo de su existencia. Los volcanes demuestran s�lo que a cierta profundidad, debajo de esa costra, hay todav�a cuencas de lava incandescente que produce las erupciones como en la superficie terrestre, con la diferencia de que sus productos son rocas muy pesadas, saturadas de hierro, que no conocemos sobre la Tierra.
- Pero si, como ha dicho usted, la superficie interior era un mar �gneo -observ� Maksh�iev-, los fragmentos de coorteza deb�an hundirse o fundirse al caer en �l.
- Eso no es forzoso -intervino Kasht�nov--. Los fragmentos peque�os, naturalmente, se fundir�an; pero los grandes, que pod�an tener varios kil�metros de di�metro, s�lo se fundir�an en parte. En cuanto a hundirse en el mar �gneo, eso depender�a de su peso espec�fico. Si eran m�s ligeros que la masa en fusi�n cosa muy admisible para una parte de los fragmentos-, flotar�an sobre su superficie lo mismo que los t�mpanos en el mar y, lo mismo que los t�mpanos, ir�an disolvi�ndose por los bordes y por debajo.
- No insisto sobre esta idea -declar� Truuj�nov-. Es lo primero que se me ha ocurrido. Todo esto exige un estudio profundo. No conocemos de momento m�s que una estrecha franja de Plutonia a lo largo del r�o Maksh�iev y de las orillas del mar de los Reptiles. Ahora bien, �qu� representa la inmensa regi�n que se extiende a ambos lados del r�o? �Se adentra mucho hacia el Sur el desierto Negro? �Qu� hay detr�s de �l? �No existir�n otra vez oasis de vida?
- Me parece que no -observ� P�pochkin-, y voy a decir por qu�. La humedad, sin la cual es imposible la vida, llega con los vientos del Norte que penetran por el orificio. Esta humedad es principalmente producto de la superficie terrestre. Como hemos visto, las lluvias no se extienden m�s all� de la orilla meridional del mar de los Reptiles. Los vientos dejan toda su humedad al recorrer esta distancia, relativamente peque�a, a partir del orificio y, detr�s del mar, sobre todo el resto de la superficie interior, se extiende un desierto �rido y est�ril de lava condensada. Incluso pienso que, al principio, la vida del jur�sico no llegaba m�s que a la zona inmediata al orificio y que s�lo gradualmente, a medida que la cantidad de agua constituida por r�os y lagos aument� gracias a la penetraci�n constante de humedad por el orificio, se adentr� la vida m�s hacia el Sur. Es posible que tambi�n el mar de los Reptiles se haya formado hace relativamente poco tiempo, por lo cual su agua no es tan salada como la de los oc�anos.
- Eso ya no se puede admitir -replic� Kassht�nov-. Si el mar fuera de origen reciente, no lo habitar�an representantes de la fauna jur�sica: peces, ictiosaurios, plesiesaurios... Ni los peces ni los ictiosaurios pod�an emigrar de la superficie terrestre al interior por tierra como las hormigas o por el aire como los pterod�ctilos. O sea que por el orificio penetr� a pesar de todo el mar, aunque durante un breve per�odo y en forma de estrecho brazo.
- �Un momento, un momento! -exclam� P�pocchkin-. �C�mo iba a penetrar el mar detr�s del meteorito? Habr�an encontrado una superficie �gnea ( �gneas = en geolog�a, rocas formadas por el enfriamiento y la solidificaci�n de materia rocosa fundida, conocida como magma. Seg�n las condiciones bajo las que el magma se enfr�e, las rocas que resultan pueden tener granulado grueso o fino) y gases incandescentes y todos los saurios (saurio = lagarto) y los peces hubieran dado una inmensa sopa de pescado, pero nunca descendencia.
Todos se echaron a re�r, pero Kasht�nov objet�:
- Saca usted deducciones demasiado precippitadas de mis palabras. Yo no he dicho que el mar penetrase detr�s del meteorito. Este cay�, como supone Truj�nov, en el per�odo tri�sico, mientras la fauna del mar es del jur�sico. Por lo tanto, tenemos un intervalo suficiente para la salida de los gases y el enfriamiento de la cavidad interior. Es posible que en la otra parte de Plutonia el mar de los Reptiles se extienda mucho m�s al Norte, indicando la v�a seguida en tiempos por la fauna marina durante su migraci�n al interior.
- Ya ven ustedes cu�ntos problemas de intter�s e importancia capitales surgen en cuanto empezamos a discutir la naturaleza de Plutonia -dijo Truj�nov-. Cada uno de nosotros plantea toda una serie en el dominio de su especialidad. En resumidas cuentas, que hace falta enviar una segunda expedici�n para que siga explorando Plutonia. �No es cierto?
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