Introducci�n
|
Cap�tulo XXIII PLUTON SE EXTINGUEMientras la carne de ant�lope herv�a en el caldero y el rinoceronte peque�o se asaba a la brocha, los viajeros se dedicaron a ordenar el abundante material recogido durante la jornada.Estando dedicados a ello advirtieron que la luz bajaba y se tornaba m�s roja que de costumbre. Al levantar la cabeza buscando las causas de aquel fen�meno, constataron que el c�ele estaba despejado, pero que Plut�n lanzaba una luz opaca y que una multitud de grandes manchas oscuras salpicaban una mitad del disco. Al mismo tiempo que descend�a la luz, disminuy� la temperatura, que aquel d�a hab�a llegado a 28� a la sombra. Esto �ltimo hubiera sido causa de alegr�a si lo primero no hubiese inspirado cierta alarma. - �Y si Plut�n se extingue ahora definitivamente? -pregunt� Gromeko, ya que durante la cena constataron que la luz segu�a decayendo y aumentaba el n�mero de manchas oscuras en el disco. - Podemos encontrarnos de pronto en una oscuridad absoluta a la que siga inevitablemente el fr�o polar? -pregunt� P�pochkin. - �Pero si nos hemos dejado la ropa de aabrigo, all� al Norte, en la yurta -exclam� Maksh�iev. - Yo calculo que.se trata de un fen�meno pasajero -declar� Kasht�nov-. A juzgar por la luz rojiza y la abundancia de manchas oscuras, Plut�n se encuentra efectivamente en la �ltima fase de combusti�n. Pero este per�odo puede prolongarse a�n centenares y miles de pa�os. Hay estrellas an�logas a Plut�n observadas en el espacio celeste que a veces sufren eclipses moment�neos, se extinguen casi y vuelven a encenderse. Las reservas de calor que contiene su masa son todav�a muy grandes y la corteza, que se forma en su superficie consecuencia del enfriamiento y da origen a las manchas oscuras que vemos, revienta muchas veces y se disuelve bajo los efectos de ese calar. La extinci�n, de un astro no puede producirse de golpe. - �Y si Plut�n deja de arder par falta de ox�geno? Porque es probable que el oxigena que consume proviene de la atm�sfera de nuestro planeta aspirada por el orificio polar. - Me parece muy dudoso ya que, en los millones de a�os de su combusti�n, Plut�n habr�a debido consumir todo -el ox�geno de nuestra atm�sfera y los habitantes de lea tierna se habr�an asfixiado en el nitr�geno. Los procesos de combusti�n de los cuerpos celestes luminosos permanecen todav�a demasiado ignorados de nosotras y quiz� se desenvuelvan de manera distinta a lo que observamos en la tierra. Es posible que el ox�geno vuelva a formarse en ellos como producto de la desintegraci�n de otros elementos qu�micos. Las recientes descubrimientos sobre las transformaciones del radio nos obligan a cambiar de punto de vista acerca de la estabilidad de estos elementos, antes considerados como verdad irrefutable. - En fin, como dec�a Hamlet, "amigo Horacio, en la Tierra hay todav�a muchas cosas que no conocen nuestros fil�sofos". Nuestro viaje por Plutonio confirma cada d�a la fuste a de esta m�xima -declar� Gromeko y luego propuso acostarse aprovechando la oscuridad y el descenso de la temperatura. El reino animal del bosque tambi�n notaba que algo ins�lita ocurr�a en la naturaleza. Las aves se hab�an callado y a sus gorjeas y su canto suced�an los gritos inquietos de diferentes animales. En algunos momentos General se pon�a a aullar levantando la cabeza. Pero los viajeros, que hab�an encendida una hoguera delante de la tienda, durmieran profundamente, sin hacer ning�n -caso de aquellas sonidos, mucho m�s tiempo que de costumbre. Paco a poco fueron despert�ndose, aunque la oscuridad segu�a siendo la misma. Todo estaba envuelto en un crep�sculo rojizo y el disco de Plut�n tan cubierto de manchas oscuras que su luz perd�a las nueve d�cimas partes de su fuerza. Con Raquel alumbrada, las hojas y la hierba parec�an casi negras, lo mismo que el cielo. En torna reinaba un silencio profundo: ni las aves, ni los animales ni las insectos daban se�ales de vida y solamente los soplas de la brisa agitaban a veces la enramada. Aquel silencio ten�a algo l�gubre. Despu�s de consultarse decidieron que ser�a peligroso navegar en las tinieblas por un r�o desconocido entre las murallas de un bosque lleno de diferentes fieras que podr�an atacar a las viajeros. Era f�cil tropezar con un baj�o o con alguna ra�z, cosa de gran peligro para las lanchas de lana. - Pero, �y si el crep�sculo dura semanas o meses enteros? -pregunt� Gromeko-. �Vamos a quedarnos aqu� sin movernos? Los v�veres que tenemos s�lo bastan para tres o cuatro d�as. - �Qu� cosas se le ocurren! -replic� Kassht�nov-. Siempre llega usted a las conclusiones m�s tristes. Vamos a esperar un par de d�as y luego veremos si nos conviene seguir el viaje o volvernos. - Y mientras tanto nos dedicaremos �a reparar las barcas, a construir una balsa y a otras labores dom�sticas -propuso Maksh�iev-. Las embarcaciones ddejan ya entrar el agua. Todos aprobaren la prepuesta y, a la luz de la hoguera, pusieron manos a la obra. Repararon las barcas y cortaran algunos grandes bamb�s que crec�an cerca del campamento. Este trabaje; exigi� bastante tiempo porque las viajeros dispon�an s�lo de una peque�a sierra de mano. Luego arrancaron las ramas de los troncos que serraron en trozos del mismo largo que las lanchas, haciendo con ellos una balsa de metro y medio da ancho que deb�a navegar entre las dos embarcaciones. Se destinaba la balsa a transportar los objetos m�s voluminosos, recubiertos con pieles. Las embarcaciones y la balsa formaban un conjunto s�lido, ligero y bastante f�cil de manejar. Estos trabajos ocuparan la jornada entera. Las obserbaciones hechas entre tanto demostraron que el n�mero y las dimensiones de las manchas oscuras del disco de Plut�n no hab�an disminuido, pero tampoco hab�an aumentado. Los exploradores se acostaron temprano. Una peque�a hoguera qued� encendida junto a la tienda. General estaba tendido a la entrada de la tienda y los cuatro hombres ten�an el prop�sito de dormir apaciblemente, levant�ndose s�lo de vez en cuando pana alimentar el fuego. Sin embarga, estas esperanzas quedaron frustradas. En cuanto se estableci� el silencia dentro de la tienda se empezaron a escuchar roces en la espesura que les rodeaba. Alerta, General gru��a. Los roces cesaban y el perro se tranquilizaba. Otra vez ,se escucharon los roces como si alg�n animal rondase por los matorrales alrededor del campamento, acechando una presa pero sin atreverse a salir. Para no estar todos alerta, decidieron montar la guardia por turna, y fu� P�pochkin quien primero se sent� junta ala hoguera, con una escopeta. Los roces se acercaban unas veces y se alejaban otras, y el zo�logo se habitu� tanto a ellos que se qued� profundamente dormido. El fuego iba extingui�dose y la hoguera qued� convertida en un mont�n de brasas. S�bitamente, el perro se puso a ladrar fren�tico. P�pochkin se despert� y vi�, al borde del calvero, un ,animal grande semejante a un le�n aunque con la melena m�s corta. De sus fauces entreabiertas asomaban colmillos perecidos a los del tigre macairodo El ,animal, inm�vil, parec�a indeciso y, General ladrando fren�ticamente, se replegaba con el rabo entre las piernas detr�s de la hoguera, hacia la tienda. El zo�logo se rehizo en seguida, levant� lea escopeta y dispar� contra el animal que se encontraba a unos. veinte pasos. La bala le peg� en el pecho, pero la fiera tuvo todav�a fuerzas para saltar. Cay� entre las brasas, se quem� el vientre y rod� hacia la tienda. Peg� con una.de las patas traseras contra la loma, que desgarr� de arriba abajo, y enganch� las botas de Maksh�iev, colocadas a su cabecera. Una pata de delante, contra�da convulsivamente, estuvo a punta de pegarle a Kasht�nov en la cara, rompi� el reloj de bolsillo colocado en el gorro sobre el suelo y redujo el gorro a pedazos. General, encogido ala entrada de la tienda, fu� lanzado al interior de otro zarpazo que le cost� unas cuantos ara�azos y cay� pesadamente sobre Gromeko, que dorm�a con sue�o apacible en el fondo de la tienda. Fu� una barahunda indescriptible. Junto.a la tienda, en lea penumbra, un cuerpo enorme se estremec�a y rug�a y bajo sus golpes quedaba hecha jirones la tela de la tienda. Al fondo.de la tienda Gromeko luchaba can General, que intentaba ocultarse detr�s de �l y al que el bot�nico hab�a confundido con alguna fiera. Kasht�nov buscaba in�tilmente las cerillas, que hab�a dejado en el gorro con el reloj, y no encontraba el gorro. Desde fuera, P�pochkin gritaba: - Salgan pronto por la parte trasera. Es un le�n, y no pueda rematarlo por miedo a herirles a ustedes. El animal se inmoviliz� al fin con un �ltima estremecimiento de las patas; Maksh�iev encontr� una caja de cerillas y encendi� una vela; Gromeko solt� a General y los tres, medio desnudos y asustados, salieron �a rastras levantando la parte trasera de la tienda y miraron a su alrededor. Empezaron las explicaciones junto.al fuego apagada. P�pochkin hube de confesar que se hab�a quedado dormido, dejando morir la hoguera, lo que hab�a permitido ,acercarse a la fiera. El animal muerto era un le�n macairodo, aunque por su constituci�n se pareciese tambi�n a un oso. Unicamente la forma.de la cabeza y de las garras traicionaban su pertenencia a los f�lidos. La corta melena era casi negra, el pelo, amarillo pardusco y la cola, sin borla. Las gorras de las patas poderosas correspond�an a los terribles colmillos de la mand�bula superior. La tienda exig�a ser�as reparaciones, lo mismo que las botas de Maksh�iev. S�lo sal cabo de largas b�squedas se encontr� en un rinc�n de la tienda el reloj de Kiasht�nov hecho una oblea y, con �l, el gorro en jirones y el cerillera aplastado. Gromeko hizo salir a General, todav�a tembloroso, y le examin� y se lav� las heridas. Luego apartaron el cad�ver del le�n hacia un lado y decidieron continuar el sue�a interrumpida. Maksh�iev se qued� de guardia, y el resto de la noche transcurri� sin novedad. A le ma�ana siguiente, las tinieblas parec�an memos profundas y las manchas del disco de Plat�n hab�an disminuido en n�mero y en tama�o. Los viajeros optaron por esperar todav�a un poco, y se pusieron a reparar la tienda, a medir al le�n muerta y a desollarlo. El tiempo hab�a esclarecido �a la hora de lea comida y, algo m�s tarde, como si hubiera recobrada fuerzas, devor� la mayor�a de las manchas que cubr�an su disco y lanz� una luz que pareci� muy brillante despu�s de cuarenta horas de tinieblas. Los exploradores recogieron r�pidamente sus afectas, que cargaron en las lanchas y la balsa, y reanudaron El viaje, aunque m�s despacio, porque la embarcaci�n no era bastante �gil y exig�a remar con energ�a. El relieve empez� a cambiar hacia el final de aquella jornada: las colinas de las orillas fueron perdiendo altura, hasta desaparecer enteramente El bosque y la espesura impenetrable hab�an dejado sitio a una vasta estepa salpicada de sotos donde dominaba el baobab gigante. S�lo las orillas estaban bordeadas de una estrecha franja de exuberante vegetaci�n compuesta de palmeras, bamb�s y lianas donde se ve�an aves y grandes monos de diferentes especies. Reba�os de ant�lopes variados, de mastodontes, de rinocerontes, de jirafas-camellos, de jirafas sin cuernos y de caballos primitivas pac�an en la estepa. Cerca del r�o, en la espesura, hab�a tigres, hipop�tamos y ciervos. |
|||
|