Introducci�n
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Cap�tulo XLVII SITUACION DESESPERADAAs� transcurri� media hora. La erupci�n continuaba, lenta, y las explosiones que se escuchaban en el cr�ter eran menos frecuentes y m�s d�biles. Pero en esto, m�s arriba del sitio donde se encontraban los exploradores, se escuch� un ruido sordo y un crujido, semejantes a los que se oyen sobre un r�o grande cuando los hielos se ponen en marcha. En aquella parte se alzaba una cresta de enormes bloques de lava, sin duda el borde del antiguo torrente, detenido en aquel sitio.- Me parece que ha llegado el momento de marcharnos -declar� Kasht�nov levant�ndose-. La lava est� ya cerca. Todos descendieron la vertiente, hacia el sitio donde hab�an dormido al borde del arroyo, volvi�ndose a veces para lanzar una mirada al lugar donde el ruido se amplificaba sin cesar. Sobre la cresta del antiguo torrente asomaba ya el borde del nuevo. Sin embargo, no ten�a el aspecto del muro de lava purp�rea que imaginaban los observadores, menos Kasht�nov, que conoc�a las fases de este fen�meno. Aquel borde ten�a el aspecto de un alud negro de bloques de diverso tama�o que avanzaba bajo el empuje de una fuerza misteriosa e irresistible. Los bloques se arrastraban lentamente, se montaban los unos encima de los otros crujiendo y rechinando. Unos ca�an de la cresta, sustituidos inmediatamente por otros; algunos rodaban bastante lejos cuesta abajo, estrell�ndose y parti�ndose ruidosamente contra los salientes y las rocas del antiguo torrente. Entre los bloques del alud escapaban sin cesar chorros y remolinos de vapor blanco; en algunos sitios surg�an chispas azules o manchas de fuego, semejantes a las brasas de una hoguera moribunda, cubierta ya de cenizas. Pero aquella hoguera avanzaba, parecida a un monstruo gigantesco que se arrastrase bajo un caparaz�n movedizo de escamas negras, lanzando un h�lito abrasador y vapores ponzo�osos. Para huir de los bloques que rodaban por la vertiente, los viajeros corrieron hacia el cauce del arroyo, un poco m�s arriba del sitio donde hab�an acampado; el cauce ofrec�a una superficie desigual, por la que corr�an unos chorros de agua sucia. Los viajeros avanzaron resueltamente pero, a los dos pasos, se hundieron hasta las rodillas en el lodo. Todos lanzaron exclamaciones de contrariedad. - �Demonios! �S� que estamos bien! �No hay manera de sacar los pies de este cenagal! �Parece engrudo! Gromeko, que cerraba la marcha, se hundi� menos que los dem�s y logr� sacar los pies de las botas, que dej� en el barro. Luego, una vez en la orilla, se subi� a un bloque s�lido y extrajo las botas no sin dificultad. Los otros segu�an desvalidos, sin poder moverse para adelante ni para atr�s, como moscas pegadas con liga. Entretanto, el borde del torrente de lava avanzaba inexorablemente por la falda y se encontraba ya s�lo a unos doscientos metros. La situaci�n de los tres hombres se hac�a tr�gica. No hab�a por all� cerca ning�n tronco, que Gromeko hubiera podido arrojar al lodo para ayudar a sus compa�eros a levantar los pies. Sin embargo, Gromeko no perdi� la cabeza. Desde la orilla, lanz� r�pidamente unos cuantos trozos planos de lava hacia P�pochkin, que era el menos pesado. Luego se despoj� de la mochila, la escopeta y parte de la ropa y, subi�ndose los pantalones hasta por encima de las rodillas, lleg� al zo�logo y le ayud� a desprenderse de su carga. Despu�s le agarr� por debajo de los brazos y le sac� del barro poco a poco. P�pochkin no llevaba botas de ca�a entera, sino botas con cordones y, como no pod�an sal�rsele de los pies, no quedaron en el barro. Entre los dos hicieron una pasarela de bloques de lava hasta Maksh�iev y le sacaron, pero sin botas. Kasht�nov, el m�s corpulento y pesado de todos, hubo de ser sacado entre los tres, tambi�n descalzo. Mientras tanto, el torrente de lava segu�a acerc�ndose, y los viajeros notaban ya su aliento abrasador. No quedaba, pues, tiempo para extraer las botas, hundidas a gran profundidad, y hab�a que escapar cuanto antes de la lava. Los desdichados exploradores recogieron su equipaje y descendieron corriendo el cauce del r�o, buscando un sitio m�s firme. Pero en todas partes encontraban el mismo fango gris y p�rfido, en el que no se atrev�an a meterse. En aquellas b�squedas infructuosas llegaron hasta el sitio donde hab�an acampado. En el cauce se hab�a formado un verdadero peque�o lago. Ten�a poca agua, pero su fondo estaba recubierto de una capa del mismo fango, cuyo espesor ignoraban. Y, tras ellos, el raudal de lava segu�a avanzando, lenta, pero inexorablemente. El roce y el crujido de los bloques que se desplazaban rodando y los silbidos del vapor no cesaban ni por un instante. Ol�a a azufre y a cloro. El calor iba en aumento... Cerca del lago, donde se juntaban los dos cauces del arroyo, los viajeros cruzaron el borde del antiguo torrente para dirigirse hacia el cauce de la izquierda. Pero tambi�n se hab�a convertido en una franja de barro viscoso. Aun quedaba otro camino: remontar, como el d�a anterior, aquel cauce hasta el lago del Ermita�o paria evitar el segundo torrente de lava, exponi�ndose a tropezar con el primera. Este cauce iba encajonado entre los muros verticales de la meseta y el flanco del volc�n y quiz� se pudiese encontrar en �l un lugar bastante estrecho para hacer un paso con trozos de lava o incluso para cruzarle de un salto. Pronto dieron con lo que buscaban, pero en la otra margen del cauce se alzaban unas rocas a pico de varios metros de altura. Era imposible escalarlas y tambi�n era imposible contornearlas hacia arriba o hacia abajo por la base, porque la bordeaba el mismo fango. Agotados por la carrera y la angustia, los exploradores se sentaron, con la cabeza gacha, sobre unos bloques de lava al borde del barro. No les quedaba m�s que esperar una muerte inevitable: ahogarse en el fango en el intento de atravesar el cauce o ser achicharrados en la orilla cuando el torrente de lava les alcanzase. Las dos perspectivas eran igualmente horrorosas y, en esta situaci�n desesperada, la idea del suicidio acud�a a la mente de cada uno de los hombres si no hab�a otra salida. Despu�s de descansar un poco, Kasht�nov se di� cuenta de que la lava avanzaba m�s lentamente y grit�, poni�ndose en pie de un salto: - �Vamos a remontar pronto por esta orilla del arroyo! Nos dar� tiempo a pasar evitando el extremo del torrente de lava, porque se ha inmovilizado casi. - Pero, cuando hayamos evitado �ste, tropezaremos con el otro, que ha sumergido el lago del Ermita�o y ha vuelto, naturalmente, por el cauce abajo -declar� abatido P�pochkin. - �Sin embargo, es la �nica posibilidad qque tenemos de salvarnos! -insist�a Kasht�nov-. En primer lugar, m�s arriba quiz� encontremos un vado para atravesar el fango en un sitio donde las rocas de la orilla opuesta sean accesibles. En segundo lugar, es muy posible que los dos torrentes de lava no se fundan, y entonces... - �Entonces -exclam� Maksh�iev concluyendo su pensamiento-, entre ellos debe quedar un espacio m�s o menos ancho libre de lava! - Y en ese espacio podremos esperar a que la superficie del fango se consolide bastante para soportar nuestro peso. - �Hurra! -gritaron Gromeko y P�pochkin. Se levantaron y reanudaron con nueva energ�a su marcha hacia el Sur a lo largo del cauce, siguiendo el camino del d�a anterior, trepando por los restos de los viejos torrentes. A la izquierda, a cien o doscientos metros m�s arriba de ellos, se extend�a la orla (orla = borde, orilla ) de lava que exhalaba un h�lito (h�lito = 2 Vapor que una cosa arroja. ) de fuego. Pero avanzaba lentamente y la distancia entre los exploradores y aquella mortal barrera negra aumentaba sin cesar. Pronto pudieron ver que la barrera contorneaba la falda del volc�n: hab�an dejado atr�s el torrente de lava. - De un peligro hemos escapado ya -dijo Maksh�iev con un suspiro de alivio. El cauce se estrechaba en varios sitios suficientemente para poder saltar por encima del fango. Pero, en la orilla opuesta, el muro perpendicular cortaba el paso en todas partes. Hab�a que proseguir la marcha. Pronto iniciaron los exploradores 1a ascensi�n del m�s alto torrente de antigua lava condensada en la falda occidental del volc�n. Luego estaba la depresi�n del lago. Una vez arriba, vieron que sus probabilidades de salvaci�n hab�an aumentado considerablemente. Este viejo raudal hab�a dividido la lava nueva en dos partes y se alzaba entre ellas como un lomo aplastado. Desde su cresta, donde los viajeros se sentaron tranquilamente, pod�an ver delante, a sus pies, la depresi�n del lago apacible como un espejo enmarcado de verde que hab�a suscitado el entusiasmo de P�pochkin. Ahora no hab�a lago ni palmeras ni hierba, sino que se extend�a un campo de fango gris con algunos charcos de agua negra. Hacia �l avanzaba desde el volc�n el extremo del segundo raudal de lava, y el contacto de los bloques de lava incandescente con el fango h�medo produc�a un redoble ininterrumpido de peque�as explosiones que emit�an nubecillas de vapores blancos. Aunque desde el sitio donde se hab�an instalado los viajeros estaban separados por quinientos o seiscientos pasos de los raudales de lava ardiente, la vecindad de las superficies recalentadas se hac�a sentir mucho. La temperatura era infernal, m�s aun porque abrasaban implacablemente los rayos de Plut�n, al que las nubes no velaban en absoluto. Los hombres, inmovilizados e inactivos, estaban aplanados de calor y se despojaron de las prendas superfluas. Empezaban a notar el hambre y el cansancio. Aquella noche hab�an dormido poco y se hab�an pasado el resto del tiempo corriendo inquietos. - �L�stima que no podamos tomar por lo menas una taza de t�! -se lament� P�pochkin-. El calor es inaguantable. - El calor ser� inaguantable, pero no tenemos ni una olla. Como no pongamos a calentar la tetera sobre lava reciente... -dijo en broma Maksh�iev-. No tardar� nada en hervir el agua. - Y agua, �tenemos todav�a? - Queda bastante -afirm� Gromeko echando una mirada al bid�n. - Entonces, ya que lo del t� es imposible, vamos a mar un bocado. Tengo un hambre feroz. Todos se sentaron en c�rculo, sacaron el pescado seco las galletas y comieron con buen apetito, echando algunos tragos de agua. - Esta ma�ana hemos hecho una soberbia tonter�a que estamos pagando ahora -declar� Kasht�nov. - �Cu�l? - Al ver que se acercaba el torrente de fango, deb�amos haber pasado inmediatamente a la orilla opuesta del arroyo en lugar de remontar la vertiente. Ahora estar�amos al borde del mar, lejos de la lava y del fango. - Es verdad, desde la otra orilla el acceso al mar estaba libre. - No enteramente, porque el doble torrente de fango que ha bajado por el valle ha debido inundarlo todo. - �Y all� nos hubiera sorprendido! - Pero habr�amos podido subir a la meseta del desierto negro y llegar por ella hasta el mar. - Efectivamente, hemos hecho una tonter�a. Pero, �qui�n pod�a prever todas estas consecuencias? En aquel momento parec�a lo m�s razonable subir apresuradamente todo lo posible para escapar al torrente de fango. - De todas formas, si entre nosotros hubiera habido personas m�s enteradas de la conducta de los volcanes en actividad, habr�an acertado mejor con la direcci�n a seguir. - Pues yo creo -intervino P�pochkin- que hicimos ya una gran tonter�a ayer qued�ndonos a dormir al pie del volc�n a pesar de los indicios precursores de una erupci�n. - �Pero si precisamente nos quedamos para ver esa erupci�n! - �Bien que la hemos visto! Yo, por lo menos, estoy satisfecho para todo lo que me queda de vida y, de ahora en adelante, procurar� permanecer lo m�s lejos posible de estas turbulentas monta�as. He sacrificado mi escopeta al Sat�n, y al Gru��n... - Al Gru��n le hemos sacrificado Maksh�iev y yo nuestras botas, cosa mucho peor. Usted va calzado y todav�a se queja, cuando nosotros tenemos que andar sin botas hasta el mar por las piedras recalentadas del desierto negro. - Tiene usted raz�n. Mi situaci�n es mejor, y debo callar. - Bueno, �qu� hacemos ahora? - �Ahora? Pues volvernos a acostar y dormirnos, si es que lo conseguimos, sobre estas piedras duras y angulosas. - Vamos a probar. Pero tendremos que turnarnos montando la guardia para observar el volc�n. Todav�a se le puede ocurrir cualquier fechor�a. - �Cu�nto tiempo vamos a dormir? - Todo el que nos permita el Gru��n. - Eso como m�ximo. Como m�nimo, hasta que el fango del cauce se seque suficientemente para poderlo atravesar. As� lo hicieron: tres de ellos se tendieron mal que bien sobre los bloques de lava mientras el cuarto velaba, observando la actitud del volc�n y el proceso de endurecimiento del fango. Dicho proceso transcurr�a lentamente, a pesar del calor despedido por los torrentes de lava y por los rayos de Plut�n. S�lo al cabo de unas seis horas adquiri� el fango la consistencia suficiente para hacerlo transitable. Los exploradores recogieron el equipaje y se dirigieron hacia el cauce, que cruzaron, sin incidente, por turno. Luego se introdujeron en una grieta, que escalaron de bloque en bloque, de saliente en saliente, ayud�ndose los unos a los otros. Media hora despu�s hab�an llegado al desierto negro, donde se encontraban ya fuera de peligro y pod�an respirar tranquilos. P�pochkin se volvi� de cara al volc�n, quit�se el sombrero, se inclin� y dijo: - Adi�s para siempre, viejo Gru��n. Gracias por el agasajo que nos has hecho y lo atento que has estado con nosotros. Todos sonrieron. Kasht�nov grit�: - �Si tuviera mis botas, no me marchaba de aqu�! - �Y qu� iba a hacer? - Seguir por el desierto negro m�s hacia el Sur para ver lo que hay detr�s del volc�n - �Pues el mismo desierto! Se ve desde aqqu�. - Aparte de las botas tambi�n nos faltan v�veres -observ� Maksh�iev. - Y apenas nos queda agua -a�adi� Gromeko sacudiendo el bid�n. - �Tienen ustedes raz�n! Hay que volver pronto al mar. Pero estas piedras negras del desierto est�n horriblemente recalentadas. Tengo la impresi�n de andar sobre un hornillo encendido. Adem�s, los calcetines gruesos se me han destrozado casi al pisar por la lava. - Tendremos que desgarrar las camisas y hacernos peales (Peal = 1 m. Parte de la media que cubre el pie. 2 Media sin pie que se sujeta a �ste con una trabilla. ) con ellas -indic� Maksh�iev-. Porque andar descalzos es completamente imposible. Mientras hablaban, tanto �l como Kasht�nov, no hac�an m�s que saltar tan pronto sobre un pie como sobre el otro para dejar que se enfriaran un poco. As�, pues, se quitaron las camisas, las enrollaron en torno a los pies sujet�ndolas con las correas de las escopetas y, despu�s de lanzar una �ltima mirada al volc�n, envuelto en negras nubes, echaron a andar animosamente por el desierto hacia el Norte. La marcha no ofrec�a dificultades: la superficie del desierto estaba absolutamente lisa. En algunos sitios presentaba una masa desnuda de antigua lava de un color verde negruzco pulida por los vientos y, en otros sitios, estaba recubierta de escorias. Lo mismo que en el desierto que rodeaba al volc�n de Sat�n, no hab�a all� ning�n indicio de vegetaci�n. La llanura negra se extend�a hasta el horizonte. El cielo estaba despejado y, en el cenit, el Plut�n rojizo inundaba aquella llanura con sus rayos, que se reflejaban en la superficie pulida, encendiendo millones de fulgores verdosos. Los viajeros ten�an que cerrar o entornar los ojos para que no les deslumbrara aquella masa de luz y de destellos. Echaron a andar hacia el Nordeste para llegar al curso inferior del arroyo, �nico sitio donde era posible encontrar un punto adecuado para descender de la meseta. Al cabo de tres horas, ya al borde de la altura, se pusieron a buscar una grieta. El valle, que la v�spera todav�a formaba un oasis de verdura, hall�base ahora completamente arrasado por el torrente de fango. Los �rboles hab�an sido derribados, los arbustos descuajados y arrastrados por el torrente, las praderas recubiertas de fango. S�lo al pie de la muralla abrupta se hab�an salvado algunos manojos de vegetaci�n. Viendo aquel lamentable cuadro de destrucci�n, los exploradores recordaron que hab�an hecho el prop�sito de cazar iguanodones a la vuelta en el curso inferior del valle. - �Habr�n huido hacia el mar! - O se han ahogado en el fango. Esta �ltima suposici�n era la cierta. Un poco m�s lejos se fijaron los viajeros en que muchos pterod�ctilos giraban sobre el valle lo mismo que giran los cuervos sobre una carro�a. Al acercarse m�s vieron que en el fondo del valle ten�a lugar un sangriento fest�n. Entre el fango sobresal�an, como grandes mont�culos, los cad�veres de algunos iguanodones, en los que se hab�an posado decenas de reptiles voladores. Con sus picos dentados arrancaban trozos de carne y de entra�as, se peleaban ech�ndose los unos a los otros, remontaban el vuelo y volv�an a posarse. Los gritos y los silbidos no cesaban ni por un instante. - �Ah� tienen ustedes a nuestra caza! -diijo Gromeko al ver aquel cuadro repugnante-. �Qu� hacemos? - Podemos matar a alg�n pterod�ctilo -propuso Maksh�iev. - �Ahora que se han hartado de carro�a? �Muchas gracias, hombre! - Pero si ya hemos probado su carne. - Cu�ndo no sab�amos que tambi�n se alimentaban de carro�a. Y, adem�s, porque no ten�amos otra carne cuando las hormigas nos lo robaron todo. - Tampoco ahora tenemos otra carne. - Pero hay pescado seco en las lanchas y aun podremos pescar m�s en la desembocadura del r�o. - Se olvida usted de que el r�o ya no existe --intervino Kasht�nov-. Todo el golfo debe estar invadido por el fango que ha arrastrado el torrente, de manera que los peces se habr�n muerto o se habr�n adentrado en el mar. - Temo que nos encontremos tambi�n sin agua potable -dijo Gromeko. - Es verdad, puesto que ha desaparecido el r�o. - Pues yo temo que hayamos perdido todo el equipaje oculto entre la maleza. Lo hab�amos dejado cerca del r�o y en un sitio poco elevado. Si el torrente de fango era en la desembocadura del valle tan impetuoso como arriba, ha podido arrastrarlo todo al mar o, en el mejor de los pasos, inundarlo de barro. La hip�tesis de Maksh�iev alarm� a los dem�s y, olvidando a los pterod�ctilos, apresuraron el paso. De todas formas, P�pochkin hizo una fotograf�a de aquel fest�n. Cerca de la desembocadura del valle hab�a un barranco escarpado y estrecho por donde lograron los viajeros descender. Todos sintieron el deseo de echar a correr para llegar cuanto antes al mar, pero era cosa imposible: el fango, desparramado por todas partes, aunque en una capa fina, no se hab�a secado suficientemente y los pies se hund�an en �l a cada paso. Desde lejos se ve�a ya que el torrente de fango hab�a causado tambi�n estragos en la desembocadura. El curso inferior del r�o flu�a antes por un estrecho pasadizo entre colas de caballos y helechos. En aquel sitio hab�a ahora un ancho calvero donde los �rboles descuajados estaban recubiertos de barro. Incluso fuera de la zona por donde hab�a fluido la masa de agua fundamental se notaban da�os: en la desembocadura del valle todo el bosque estaba inundado de un agua sucia que, al retirarse, dejaba en todas partes una espesa capa de fango. Chapoteando en el barro, los viajeros acabaron por llegar a la orilla del golfo y lanzaron una exclamaci�n de sorpresa. En lugar del agua l�mpida y azul, ante ellos se extend�a una superficie pardusca sobre la que flotaban hojas, ramas, arbustos y troncos enteros arrastrados al mar por el torrente. Maksh�iev y Gromeko corrieron hacia la espesura donde hab�an ocultado las lanchas y el equipaje, casi seguros de que todo habr�a sido arrastrado, porque en todas partes se ve�an trazas de devastaci�n y hasta la playa pr�xima a la desembocadura del r�o estaba recubierta de una capa de fango. - �Hurra! -gritaron al poco tiempo-. Todo est� intacto. Vengan a ayudarnos. Sus efectos se hab�an salvado porque estaban metidos en las lanchas y estas �ltimas recubiertas por la tienda de campa�a y la balsa y, adem�s, s�lidamente atadas a los �rboles. Todos lanzaron un suspiro de alivio. Desenterraron las barcas y las transportaron, as� como la impedimenta, hasta el mar, a cierta distancia de la desembocadura del r�o, donde encontraron una peque�a superficie que no hab�a invadido el fango. Pero, como el r�o se hab�a agotado, era preciso abandonar aquel sitio que tanto les hab�a encantado la v�spera. Continuar la navegaci�n hacia el Oeste resultaba arriesgado, ya que la costa meridional estaba bordeada por los �ridos acantilados de la meseta del desierto negro y no hab�a probabilidades de encontrar all� agua dulce. - Sin una reserva de agua no podemos ir hacia el Oeste. En cambio sabemos que, al Este, hay una fuente cerca del sitio donde hicimos alto para dormir -pronunci� Gromeko, poniendo fin al debate acerca de la direcci�n que deb�an seguir. |
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