Introducci�n
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Cap�tulo LII LIBERACION DE LOS PRISIONEROSDespu�s de un sue�o reparador, los viajeros cargaron todo el equipaje en los trineos y se prepararon para ponerse en marcha inmediatamente. Luego se dirigieron hacia el campamento de los salvajes llevando ropa y calzado destinados a los prisioneros, sus escopetas y regalos para los salvajes. Al llegar cerca del calvero escucharon gritos y ladridos. Se conoce que la gente no se hab�a marchado todav�a. Por eso, los exploradores se acercaron con precauci�n hasta el lindero y se pusieron a observar desde detr�s de los arbustos.Vieron que todo el campamento estaba agitado. Los cazadores llenaban el c�rculo formado por las chozas. Hombres y mujeres sacaban de sus viviendas lanzas, jabalinas, raspadores y manojos de correas. Los chiquillos se met�an por todas partes, tocaban las armas, recib�an pescozones, gritaban y chillaban. Los adolescentes probaban las jabalinas, verificaban la punta de las lanzas haciendo como si se pinchasen los unos a los otros. Unos quince perros, en los que se pod�a reconocer f�cilmente a los perros de la expedici�n, aunque casi en estado salvaje, se manten�an fuera del c�rculo alejados de las chozas. Evidentemente se preparaban a acompa�ar a los ,cazadores y, entretanto, se peleaban y se mord�an. Las armas estuvieron por fin reunidas, y los adultos, provistos de sus lanzas, se encaminaron hacia el Este. Les segu�an los adolescentes llevando las jabalinas, los cuchillos y las correas. Se conoce que hac�an de escuderos y portadores. Los chiquillos, unos de pie y otros a cuatro patas, corr�an detr�s y a los lados lanzando gritos. Los perros segu�an de lejos. Al final del calvero, los peque�os aflojaron el paso y volvieron hacia atr�s, mientras el grupo de calzadores, compuesto lo menos de cincuenta personas, avanz� en fila india por un sendero y desapareci� poco a poco en el bosque. S�lo hab�an quedado en el campamento los viejos, que se dedicaron a limpiar las chozas y sacudir las pieles que serv�an de camas y de mantas. Unas viejas encorvadas abandonaron sus chozas y se sentaron a la puerta. Los m�s peque�os sal�an a rastras y los ni�os de pecho eran sacados en brazos y acostados en unas pieles junto a las chozas mientras las limpiaban. Pero tres mujeres adultas hab�an quedado cerca de la choza de los prisioneros, sin duda como centinelas. Una de ellas se puso a sacar correas de un trozo de cuero con un cuchillo de hueso. Otra tallaba varitas para las flechas con un cuchillo de la misma materia y la tercera part�a unos grandes huesos para hacer con sus trozos puntas de lanzas y de flechas. Al poco rato sali� lgolkin de la choza, medio desnudo como la v�spera. Ech� m�s le�a a la hoguera y se sent� junto a las mujeres. Despu�s de intercambiar con ellas algunas palabras, sac� su gran cuchillo de marinero y les ayud� a cortar las correas, con lo cual el trabajo avanz� mucho m�s de prisa. Borov�i sali� a su vez, pero, en lugar de buscarse una ocupaci�n, volvi� los ojos hacia el sitio donde hab�an restallado la v�spera los disparos de sus compa�eros. Al ver aquella escena de amistosa colaboraci�n entre un marinero del siglo XX y unos seres de la Edad de Piedra, los observadores, ocultos entre los matorrales, no pudieron evitar una sonrisa. El escaso n�mero de personas que hab�an quedado y lo primitivo de su armamento les infund�a la seguridad de que lograr�an liberar a sus compa�eros, de buen grado o por la fuerza. De todas formas, hab�a que aguardar todav�a hora y media o dos horas para que los cazadores se alejasen bastante y no pudiesen o�r las llamadas ni los disparos y tampoco consiguieran las mujeres de guardia darles alcance y volverlos a traer en breve plazo. Los ni�os que hab�an acompa�ado a los cazadores iban regresando y se pon�an a jugar dentro y fuera del c�rculo. Luchaban, hac�an piruetas, se peleaban y algunos, los mayores, se ejercitaban a lanzar las jabalinas al aire o contra las techumbres de las chozas. Cuando estuvieron hechas las correas, Igolkin sac� un pedazo de carne de la choza y lo cort� en trozos peque�os, que ensart� en las varitas preparadas pana las flechas. Luego clav� estas �ltimas en el suelo, junto a la hoguera, para asar la carne. Se conoce que los prisioneros no hab�an desayunado todav�a y quer�an hacer una buena comida antes de la fuga. Cuando la carne estuvo asada, los dos se sentaron no lejos de la hoguera y se pusieron a comer el asado con buen apetito. De vez en cuando Igolkin ofrec�a un trozo de carne a alguna de las mujeres que trabajaban junto al fuego, pero ellas volv�an la cabeza riendo. Luego, una de ellas trajo de su choza un gran pedazo de carne cruda que se pusieron a comer cort�ndolo con sus cuchillos de hueso en lonchas largas y finas. Tambi�n dieron carne a los chiquillos que se hab�an acercado corriendo. Terminado el desayuno, los exploradores, ocultos en el bosque, consultaron el reloj y pensaron que hab�a transcurrido bastante tiempo. Salieron en hilera del bosque y avanzaron r�pidamente hacia las chozas haciendo por turno disparos al aire con p�lvora. En cuanto se oyeron los primeros disparos todo qued� silencioso en el campamento. Los que estaban sentados se pusieron de pie, los que estaban de pie se quedaron inm�viles, volviendo la cara hacia los seres que llegaban produciendo aquel estr�pito, semejante al trueno. Cuando los viajeros penetraron en el c�rculo de las chozas, los salvajes se prosternaron en silencio y �nicamente los ni�os m�s peque�os se pusieron a llorar de espanto. Los exploradores llegaron hasta la choza de los prisioneros, les entregaron la ropa y las escopetas, y siguieron disparando mientras sus compa�eros se vest�an. Maksh�iev le dijo a Igolkin: - Expl�quele usted a esta gente que bastante han gozado ya de su hospitalidad y que ahora han venido a buscarles unos hechiceros todav�a m�s poderosos. En se�al de gratitud por lo bien que les han tratado, les hemos tra�do unos regalos para que se acuerden siempre de los visitantes extraordinarios venidos del pa�s de los hielos perpetuos. D�gales que no se les ocurra perseguirnos; de lo contrario, sufrir�n un terrible castigo, porque los dioses de los hielos tienen a su disposici�n, adem�s de los truenos, los rayos que fulminan a los ind�mitos. Cuando Igolkin y Borov�i salieron vestidos de la choza, sus compa�eros dejaron de disparar, y el marinero, que por su car�cter sociable dominaba mejor la lengua de los salvajes, dirigi� a los que estaban prosternados ( prosternados = Postrarse para suplicar ante Dios ) un discurso repitiendo a grandes rasgos lo que le hab�a dicho Maksh�iev. Para terminar, dijo a las tres mujeres que los hab�an guardado: - Entregad estos regalos a los mayores cuando vuelvan de la caza para que ellos los repartan. Tambi�n os dejamos el fuego, que pod�is ahora utilizar, pero sin dejarlo nunca morir, aliment�ndolo, como hemos hecho hasta ahora nosotros. Los repito la orden de no seguirnos. Volvemos all�, al pa�s de los hielos perpetuos, y cuando haga de nuevo calor regresaremos. Pronunciadas estas palabras, dej� los paquetes con los regalos a la entrada de la choza. Luego los seis hombres atravesaron el c�rculo, siempre disparando por turno, entre los seres prosternados, que no se atrev�an a moverse, y desaparecieron en el bosque. En el lindero se detuvieron unos instantes para ver lo que iban a hacer los salvajes. En cuanto hab�an cesado los disparos, los salvajes empezaron a incorporarse y se pusieron a hablar a media voz comentando sin duda aquel acontecimiento extraordinario. Parte de ellos rodeaba la hoguera que hab�an dejado a su disposici�n y contemplaban el fuego, ahora sin due�os, como si pudiera explicarles todo aquello. Al poco rato, dos de las mujeres que hab�an estado de centinela, empu�aron sus lanzas y corrieron en la misma direcci�n seguida por los cazadores, probablemente con el prop�sito de informarles de lo ocurrido. La tercera mujer qued� junto a la choza de los prisioneros, sin duda para evitar que los ni�os y los adolescentes se apoderasen de los regalos, que ella no se atrev�a a tocar. Los exploradores llegaron hasta los trineos que hab�an dejada en el bosque y emprendieron el regreso hacia el Norte. Ten�an que tirar de los trineos por la estrecha senda cubierta de hojas ca�das. Mientras se alejaban del campamento, Igolkin lanzaba de vez en cuando un estridente silbido, al que hab�a acostumbrado a los perros. Obedeciendo a este subido, los animales hab�an permanecido siempre en los alrededores del campamento. Igolkin les repart�a los restos de comida, pero los perros se hab�an vuelto de todas formas medio salvajes porque los hombres primitivos les ten�an miedo y no les dejaban acercarse a las chozas. Algunos perros hab�an muerto luchando con diferentes animales, otros se hab�an marchado ahora a de caza con la tribu y al silbido del marinero s�lo acudieron cinco, que rondaban alrededor del campamento. Segu�an los trineos a cierta distancia, pero no se dejaban tocar y ense�aban los dientes a General cuando se acercaba a ellos. Hab�a que volverlos a domesticar d�ndoles de comer varios d�as, a fin de disponer, por lo menos, de un tiro para uno de los trineos. Despu�s de doce horas de marcha, durante las cuales recorrieron alrededor de cincuenta kil�metros, los exploradores hicieron alto para dormir, convencidos de que los salvajes no podr�an darles ya alcance. |
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