Introducci�n
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Cap�tulo LIII UN ATAQUE DE LOS SERES PRIMITIVOSHicieron alto para dormir en un gran calvero. Montaron la yurta por si acaso en el centro con el fin de evitar que nadie pudiera atacarlos por sorpresa desde detr�s de los arbustos. Se quedaron de guardia por turno. Los perros parec�an haber reconocido la yurta y se instalaron sobre la nieve alrededor. General no les dejaba todav�a llegar hasta la propia yurta .Estando Kasht�nov de guardia, General manifest� inquietud, se puso a gru�ir y luego a ladrar fren�ticamente, sin parar. Kasht�nov advirti� que, en torno al calvero, los arbustos se agitaban y cruj�an. Despert� en seguida a sus compa�eros, que salieron con las escopetas. Al ver fracasado su ataque por sorpresa, los salvajes salieron del bosque, rodearon el calvero y fueron avanzando, lentos e indecisos, hacia la yurta . Eran mujeres, armadas con lanzas y con cuchillos que llevaban entre los dientes. Les segu�an algunas chiquillas con las jabalinas. Sin embargo, no se decid�an a hacer uso de sus armas. Sin duda abrigaban la esperanza de apoderarse f�cilmente de los hechiceros como la primera vez para hacerles volver al campamento. Por eso Igolkin impidi� que sus compa�eros disparasen en seguida, queriendo parlamentar; de todas formas, les dijo que, por si acaso, sustituyeran la bala de uno de los ca�ones por una carga de perdigones. - Una perdigonada en las piernas les bastar� -dijo-. Si se obstinan, recurriremos a las balas. Cuando las mujeres estuvieron a unos treinta pasos, Igolkin agit� los brazos gritando: - �Esperad, escuchad! Os he prohibido seguirnos, hab�is desobedecido. Nuestras flechas de fuego est�n preparadas y fulminar�n a las que osen avanzar. �Marchaos! Las mujeres salvajes se detuvieron para escuchar las palabras del marinero y luego se consultaron. Una de las mujeres grit� algo y las otras agitaron las manos en se�al de aprobaci�n. - Piden que volvamos los dos al campamento porque la tribu no puede vivir sin nosotros -tradujo el marinero-. En cuanto a los otros, dicen que pueden marcharse. Luego Igolkin grit� a su vez: - Los hechiceros no pueden vivir mucho tiempo entre los hombres. Vamos a pasar el invierno en nuestras chozas sobre los hielos grandes y volveremos en primavera. �Marchaos pronto! Pero parte de las mujeres avanz� unos cuantos pasos y una de las j�venes que serv�an de escuderos lanz� r�pidamente, con pueril audacia, una jabalina que fu� a clavarse en la yurta despu�s de pasar casi pegada a la oreja de Kasht�nov.
- No hay m�s remedio que disparar mientras no han cobrado m�s valor -grit� Borov�i -. Vamos a lanzarles unas cuantas perdigonadas contra las piernas en los grupos. �A la una, a las dos, a las tres! Resonaron seis disparos, a los que respondieron, en diferentes puntos del c�rculo de las mujeres, los gritos y los aullidos de las heridas. Todas dieron media vuelta y huyeron al bosque; muchas iban cojeando y dejaban caer sobre la nieve gotas de sangre. En cuanto a la muchacha que hab�a lanzado la jabalina contra Kasht�nov, se desplom� sobre la nieve a los pocos pasos y qued� inm�vil. - �Qu� pasar� ahora? -pregunt� Gromeko cuuando las �ltimas fugitivas hubieron desaparecido entre los arbustos-. �Habr� que esperar otro ataque o no se atrever�n? - Me parece que les basta con lo que llevan -observ� Igolkin-. Por si acaso, entremos en la yurta para evitar otra jabalina que pudiera lanzarnos alguna ni�a traviesa. La precauci�n era in�til. Las mujeres se alejaban lanzando grandes gritos y pronto qued� todo en silencio. Los perros dejaron de ladrar y corrieron a la muchacha para lamer �vidamente la sangre tibia que flu�a de su herida. Igolkin, y sus compa�eros tras �l, fueron tambi�n hacia la muchacha para ahuyentar a los perros semisalvajes. Examinando a la muchacha, los exploradores vieron que s�lo estaba herida en el muslo derecho y, sin embargo, perd�a mucha sangre. - Es extra�o: los perdigones no pueden causar semejante herida -dijo P�pochkin. - Alguno de nosotros se ha equivocado y ha disparado la bala del otro ca��n. - La hab�a apuntado yo -declar� Kasht�nov. - La pobre est� viva a�n -dijo Gromeko, ddespu�s de haberla examinado-. Unicamente ha perdido el conocimiento del susto y del dolor. La bala ha atravesado la parte carnosa sin tocar el hueso, pero ha desgarrado mucho los m�sculos. - �Qu� hacemos con ella ahora? Las dem�s se han escapado todas. - Tendremos que llev�rnosla como cautiva y soltarla cuando se ponga buena. - �Soltarla! -protest� P�pockin indignado-. �De ninguna manera! Nos la llevaremos al Estrella Polar como soberbio ejemplar de ser humano primitivo, pr�ximo a los monos. �Qu� tesoro para los antrop�logos! Gromeko fu� a la yurta en busca de lo que necesitaba para detener la sangre y vendar la herida. Durante esta operaci�n, la muchacha abri� los ojos y, al verse rodeada de hechiceros, empez� a temblar de espanto. No era muy alta, pero s� esbelta, y carec�a a�n de las formas macizas y la robusta musculatura de las mujeres adultas. Por detr�s su cuerpo estaba cubierto de pelo negro, corto pero bastante tupido. El rostro, las palmas de las manos y las plantas de los pies no ten�an pelos. La cabellera era m�s bien corta y un poco ondulada. La forma de la planta del pie era intermediaria entre la de los hombres y 1a del mono, con los dedos muy desarrollados y el pulgar sensiblemente apartado de los dem�s. Borov�i hab�a reconocido a la muchacha y exclam�: - �Pero si es mi amiga Katu! - �Es usted capaz de distinguirlas a las unas de las otras? -pregunt� Kasht�nov-. A m� me han parecido todas iguales. - Eso es a primera vista, pero, fij�ndose bien, se nota cierta diferencia. Nosotros conoc�amos ya a muchos por sus nombres, sobre todo adolescentes y ni�os. Katu me tra�a muchas veces carne, ra�ces y lo que a ella le parec�a los manjares m�s ricos, testimoni�ndome as� su simpat�a. - Y por eso se ha atrevido a lanzar una jabalina contra los que han raptado a su amigo -constat� riendo Maksh�iev. - Efectivamente, si pega cuatro cent�metros m�s a la izquierda, me deja tuerto -dijo Kasht�nov. Despu�s de vendar a Katu quisieron trasladarla a la yurta , pero empez� a debatirse con grandes gritos. Seg�n entendi� Igolkin, ped�a que la dejasen morir all� en lugar de ser devorada en la choza. - �Devorada? �Por qu�? -pregunt� Ctromekoo asombrado-. �Acaso son can�bales? - S�. Se comen tranquilamente a los que han sido heridos de gravedad o muertos durante la caza o en una lucha. - Bueno, pues tranquil�cela dici�ndole que no nos la vamos a comer y s�lo queremos acostarla en la choza para que duerma. Y que cuando est� buena la dejaremos que vuelva a su tribu. El marinero la convenci� a duras penas. Borov�i le tom� una mano y s�lo entonces se tranquiliz� un poco y dej� que la llevasen a la yurta , donde la acostaron y pronto se qued� dormida sin soltar la mano de Borov�i. Como se hab�a agotado ya el tiempo destinado al sue�o, comenzaron los preparativos de la marcha. Los viajeros encendieron una hoguera, pusieron la tetera a hervir y se sentaron a desayunar. Al salir de la yurta para llenar la tetera de nieve, Igolkin advirti� que por el lindero del bosque erraban otros perros que probablemente hab�an seguido a las mujeres, quedando luego rezagados. La yurta quiz� les hiciera recordar la deliciosa yukola que les distribu�an en tiempos y empezaban a reconocer a sus antiguos due�os. A los silbidos del marinero se reunieron doce perros m�s, de manera que, con General y los cinco que hab�an acudido primero, se pod�a enganchar mal que bien los tres trineos. - �Con que vamos a alimentarlos? -pregunt� Igolkin-. Porque si queremos retenerlos cerca de la yurta y volverlos a domesticar, es �nicamente a condici�n de alimentarlos. - Hab�amos tomado provisiones para un mess -dijo Gromeko-. Dentro de siete u ocho d�as habremos vuelto a la colina. Tenemos pues unos perniles de reserva que podremos distribu�rselos. - Pero sin darles mucho -a�adi� Borov�i-.. As� nos seguir�n con la esperanza de comer y cenar. Despu�s del desayuno se di� a los perros los restos, los huesos y un trozo de carne a cada uno. Los exploradores empezaron luego los preparativos de marcha. En uno de los trineos fu� instalada Katu con el fieltro y las p�rtigas de la yurta . En el otro se carg� el resto de la impedimenta. La nieve permit�a ya utilizar los esqu�s. Por eso, aunque la carga era mayor, se pod�a avanzar m�s r�pidamente que la v�spera. La caravana se puso en marcha. Al darse cuenta de que no la llevaban hacia donde se encontraba el campamento de su tribu, sino en direcci�n contraria, Katu lanz� un grito, se tir� del trineo y ech� a correr, pero se cay� a los pocos pasos. Cuando los exploradores la rodearon y quisieron volverla a tender sobre el trineo, les hizo frente a pu�etazos y tratando de morderles. Seg�n las explicaciones de Igolkin, le hab�a parecido comprender que volv�an a llev�rsela hacia el campamento y all� la soltar�an. Y ahora se daba cuenta de que los hechiceros quer�an llev�rsela hacia los grandes hielos. Hubo que atarle las manos y sujetarla s�lidamente al trineo para evitar una nueva tentativa de fuga. La pobre Katu temblaba de espanto y lloraba, absolutamente convencida de que iba a ser devorada. Aquel d�a, despu�s del almuerzo, descendieron ya al lecho del r�o, donde la capa de nieve era menos profunda y estaba apisonada por los vientos. Los trineos y los esqu�s se hund�an all� menos que en el sendero del bosque. Por ello, el avance fu� bastante r�pido y, en la jornada, recorrieron nuevamente cincuenta kil�metros. Al hacer alto para dormir se turnaron en la guardia, pero todo estaba tranquilo. Katu no hab�a consentido comer en todo el d�a y, durante el alto, hubo que dejarla atada bajo la vigilancia del de guardia. Al ver los brillantes cuchillos que utilizaban los hechiceros para cortar los perniles durante el almuerzo y la cena, temblaba de pies a cabeza y segu�a con espanto el movimiento de las manos, esperando probablemente ser degollada de un momento a otro. As� continuaron el viaje hacia el Norte. Al octavo d�a, los exploradores llegaron a la tundra y, a la hora de almorzar, se encontraban junto a la colina. Katu hab�a ido tranquiliz�ndose, se hab�a acostumbrado a los hechiceros y empezaba a comer algo de carne cruda, pero rechazaba con repugnancia todo alimento cocido 0 asado. Al tercer d�a de camino le desataron las manos y al quinto tambi�n los pies, en cuanto prometi� no escapar. |
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