Introducci�n
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Cap�tulo IX UN DESCENSO INTERMINABLELa vertiente septentrional de la cordillera ten�a un car�cter completamente distinto: era una llanura nevada infinita que descend�a suavemente hacia el Norte, y los perros arrastraban con facilidad los trineos cuesta abajo. Pero el tiempo empeor�. Un tenaz viento del Sur empujaba las nubes espesas que se arremolinaban pegadas casi a la superficie de la nieve y ocultaban por entero el horizonte. Muchas veces se desencadenaban ventiscas y, si los viajeros pudieron continuar avanzando sin especiales dificultades, fu� �nicamente porque el viento les ayudaba y el fr�o no pasaba de diez !a quince grados bajo cero. Las grietas eran bastante frecuentes, pero todas ellas estrechas, de manera que se superaban sin dificultad. Pero, a causa de la nevasca, hab�a que avanzar con mucha precauci�n porque la nieve reciente ocultaba muchas veces en absoluto estas trampas. Al finalizar la jornada, la ventisca hab�a alcanzado tal fuerza que necesitaron grandes esfuerzos para montar la yurta.A la ma�ana siguiente se encontraron con que la yurta hab�a sido recubierta de nieve hasta el techo y Borov�i, al levantarse antes que los dem�s para sus observaciones meteorol�gicas, peg� con la cabeza en un mont�n de nieve al trasponer la puerta. Los viajeros tuvieron que abrirse paso con ayuda de las palas, y cuando salieron de la yerta, vieron que hab�an desaparecido los trineos y los perros: en torno a la yurta se levantaban �nicamente grandes montones de nieve. Sin embargo, f�cil era adivinar que los trineos y los animales hab�an sido simplemente, recubiertos por la nieve, ya que era insensato pensar en el hurto de los primeros y la huida de los segundos en aquel desierto nevado. Todos tuvieron que ponerse a quitar la nieve. Al escuchar las voces de los hombres, los perros comenzaron ellos mismos a salir de debajo de los montones de nieve para recibir cuanto antes su raci�n de por la ma�ana. Era curioso ver c�mo empezaba a levantarse aqu� y all� la superficie de la nieve formando un mont�culo que romp�a, al fin, una cabeza peluda, negra, blanca o con manchas lanzando ladridos de alegr�a. En la llanura infinita, la nieve reci�n ca�da formaba una capa de medio metro todo lo m�s y se hab�a amontonado �nicamente en, torno a los obst�culos: la tienda, los trineos y los perros. Como soplaba un fuerte viento mientras ca�a, la nieve no estaba muy apelmazada. Los trineos y los perros se atascaban, pero los esquiadores no se hund�an demasiado en ella. Hab�a que cambiar muchas veces la formaci�n porque el trineo de cabeza, que desbrozaba el camino para los dem�s, hab�a de cumplir el trabajo m�s dif�cil y se cansaban r�pidamente los perros que tiraban de �l. Estos cambios, impuestos por la blandura de la nieve, no permit�an avanzar r�pidamente, de manera que, aunque el viento era m�s d�bil y hab�a cesado la nevasca, aunque el camino descend�a por una vertiente lisa y las grietas estaban enteramente cegadas por la nieve, s�lo pudieron recorrer veintid�s kil�metros durante la jornada y se detuvieron a cincuenta y cinco kil�metros del puerto. All� montaron el tercer dep�sito.
Por la noche, la nevasca recobr� su fuerza y por la ma�ana los viajeros tuvieron que volverse a desenterrar, aunque de montones de nieve menos profundos. En la llanura, la capa de nieve reciente alcanzaba ahora ya casi el metro, dificultando a�n m�s el avance. Por eso, despu�s de haber recorrido s�lo quince kil�metros en la jornada, todos estaban tan cansados que hicieron alto para pasar la noche antes quede costumbre. Tanto el panorama como el tiempo conservaban su abrumadora monoton�a. Por la tarde ces� la nevasca y, a trav�s de las nubes que segu�an extendi�ndose casi a ras de la infinita llanura nevada, apareci� por momentos el sol, que pend�a muy bajo sobre el horizonte. El cuadro que se ofrec�a a los ojos de los observadores era absolutamente fant�stico: la llanura impoluta, los remolinos y los jirones de las nubes grises que se arrastraban raudas por su superficie y cambiaban de contornos sin cesar, las columnas de menudos copos de nieve que giraban en el aire y, aqu� y all�, en este opaco cendal blanco gris�ceo y movedizo, los reflejos de color intensamente rosa lanzados por el sol, que unas veces aparec�a como un globo rojo y otras ira borrado por la cortina gris. Despu�s de la cena nuestros viajeros estuvieron largo rato admirando este cuadro hasta que el cansancio les hizo meterse en los sacos de dormir dentro de la tienda. Al tercer d�a de bajada, los bar�metros se�alaron ya que el terreno se encontraba al nivel del mar, pero continuaba la pendiente de la llanura hacia el Norte. Cuando Bocav�i, despu�s de tomar nota de las indicaciones del bar�metro, se las comunic� a sus compa�eros, Maksh�iev exclam�: - �Buen! �Hemos descendido de la cordilleera Russki sin haber encontrado un solo glaciar ni una sola grieta! - Lo m�s asombroso -observ� Kasht�nov- ess que aqu� debe estar la orilla del mar y, por consiguiente, el extremo del enorme campo de hielo que baja por la ladera septentrional de esta cordillera y, conforme hemos medido, tiene setenta kil�metros de longitud. Aqu�, lo mismo que ocurre, como sabemos, en el extremo del continente ant�rtico, debe haber un alto precipicio, un muro de hielo de uno o dos centenares de metros de altura y, a su pie, el mar libre o, por lo menos, campos de tor�s , superficies de agua libre y, en medio de ellas, algunos icebergs. Es l�gico, puesto que el helero se mueve y oprime el hielo del mar. Al d�a siguiente no se produjo ning�n cambio. La llanura nevada continuaba con el mismo car�cter y la misma inclinaci�n hacia el Norte. El viento soplaba; tenazmente por la espalda de los viajeros como si les empujara hacia adelante Las nubes bajas se arremolinaban, deshaci�ndose a veces en nieve. Todos esperaban que la bajada terminase de un momento a otro, apresuraban el paso, escudri�aban la lejan�a y hablaban con esperanza del pr�ximo final. Pero todo en vano: las horas se suced�an, los kil�metros iban quedando atr�s y, al fin, el cansancio general les oblig� a hacer alto para pasar la noche. Una vez montada la yerta, todos se reunieron en torno a Borov�i, que instalaba el bar�metro de mercurio: quer�an ver lo que se�alaba, porque en los aneroides de bolsillo las manillas hab�an llegado al tope del cuadrante y no marcaban bien la presi�n del Zaire. - �Calculando a bulto, hemos descendido ya a cuatrocientos metros bajo el nivel del mar! -grit� el meteor�logo-. A no ser que la Tierra de Nansen se encuentre actualmente en un anticicl�n de tama�o descomunal. El bar�metro se�ala ochocientos mil�metros. - A mi entender -observ� Kasht�nov-, en la tierra no hay anticiclones de esa presi�n. Adem�s, desde que nos encontramos en la Tierra de Nansen, el tiempo no ha cambiado ni se parece en absoluto al tiempo que hace durante un anticicl�n. - Entonces, �qu� es esto? -exclam� P�pochkin. - Pues probablemente ser� que la tierra no ha terminado y su parte septentrional constituye una depresi�n muy profunda, una hondonada que -desciende hasta centenares de metros bajo el nivel del mar. - �Es eso posible? -pregunt� Gromeko. - �Por qu� no? En la tierra se conocen depresiones as�: por ejemplo, el valle del Jord�n, la depresi�n del mar Muerto en Palestina y la del mar Caspio, la hondonada de Lukchum en Asia Central, descubierta por los viajeros rusos y, en fin, el fondo del lago Baikal, en Siberia, que se encuentra a m�s de mil metros bajo el nivel del mar. - Lea depresi�n del mar Muerto tampoco ess peque�a: su fondo se encuentra a cuatrocientos sesenta metros bajo el nivel del oc�ano -a�adi� Maksh�iev. - De todas formas, el descubrimiento de uuna depresi�n tan profunda en el continente polar ser� un resultado de inter�s y significado extraordinarios de nuestra expedici�n -concluy� Borov�i. Para asombro de todos, el descenso continu� tambi�n al d�a siguiente, por la misma llanura y con el mismo tiempo. - Estamos bajando a un agujero sin fondo -bromeaba Maksh�iev-. Esto no es una simple depresi�n, sino m�s bien un embudo, o incluso, �qui�n sabe?, el cr�ter de un volc�n apagado. - Pero de proporciones nunca vistas en laa tierra --observ� Kasht�nov-. Llevamos cuatro d�as bajando a este embudo y el di�metro del cr�ter alcanza, aparentemente, trescientos kil�metros o m�s; volcanes de este tama�o se conocen s�lo en la luna. Desgraciadamente, en todo el descenso no hemos descubierto ni un risco, ni la menor capa de mineral que nos expliquen el origen de este depresi�n. Las vertientes de un cr�ter se deben componer de lavas y tufos volc�nicos. - En la vertiente septentrional de la cordillera Russki y en su sierra hemos visto basaltos y lavas de basalto -record� P�pochkin-. Tenemos algunos indicios de la naturaleza volc�nica de esta depresi�n. - En Alaska se conocen cr�teres de volcannes extinguidos llenos hasta arriba de nieve y de hielo -a�adi� Maksh�iev. Por la tarde de aquel d�a tambi�n el bar�metro de mercurio se neg� a funcionar: el canal estaba lleno de mercurio hasta arriba. Hubo que recurrir al hips�metro y determinar la presi�n del aire por la temperatura de la ebullici�n del agua. Correspond�a a una profundidad de ochocientos cuarenta metros bajo el nivel del oc�ano. Todos advirtieron que, al terminar la jornada, oscureci� un poco. Los rayos del sol de la medianoche no penetraban al parecer directamente en aquella profunda depresi�n. La extra�eza de los viajeros aument�, adem�s, porque aquel d�a tambi�n la br�jula se neg� a funcionar. Su aguja giraba, se estremec�a, sin poderse calmar y se�alar el Norte. Hubo que orientarse por la direcci�n del viento y la inclinaci�n general de la llanura para seguir avanzando hacia el Norte. Kasht�nov tambi�n culp� de la inquietud de la br�jula al origen volc�nico de la depresi�n, ya que, como se sabe, las grandes masas de basalto influyen sobre la aguja imantada. Al d�a siguiente, los viajeros tropezaron, a unos kil�metros del sitio donde hab�an pasado la noche, con un obst�culo inesperado: la llanura nevada conclu�a en una muralla de rocas de hielo que se atravesaba en el camino, alej�ndose hacia ambos lados en cuanto abarcaba la vista. En unos sitios, las rocas se alzaban a pico sobre una altura de diez a quince metros, en otros, formaban un caos de bloques de hielo grandes y peque�os, hacinados los unos encima de los otros. Trepar a ellos, aun sin los trineos cargados, era cosa ardua. Hubo que hacer alto para una exploraci�n. Maksh�iev- y Borov�i ascendieron al mont�n m�s alto y se convencieron que delante se alzaban hasta el infinito los mismos amontonamientos y las mismas rocas. - No parece tratarse de un cintur�n de tor�s de huelo mar�timo -declar� Maksh�iev cuando volvieron.a los trineos-. Los tor�s no se extienden sobre varios kil�metros de anchura sin interrupci�n. - Se conoce que hemos llegado al fondo dee la depresi�n -opin� Kasht�nov- y este caos se debe a la presi�n del enorme helero de la vertiente septentrional de la cordillera Russki por donde hemos descendido. - O sea, que todo el fondo de la depresi��n es un caos de bloques de hielo -observ� Borov�i-. Las dem�s vertientes tambi�n deben estar cubiertas de heleros que descienden hacia el fondo. - Y gracias a su tama�o colosal, la depreesi�n no ha podido hasta ahora llenarse de hielo como se han llenado los cr�teres de los volcanes de Alaska -a�adi� Maksh�iev. - Pero nosotros necesitamos, atravesar de alguna manera este fondo para continuar el camino hacia el Norte y enterarnos de las dimensiones de la depresi�n y del car�cter de la vertiente opuesta -declar� Kasht�nov. - Lo m�s f�cil ser�a bordear el pie de esste caos para contornearlo por el fondo de la depresi�n hasta la vertiente opuesta -propuso Gromeko. - �Y si esta depresi�n no es un cr�ter dee volc�n, sino un valle entre dos cordilleras? -objet� P�poclikin-. En ese caso puede extenderse sobre cien a doscientos kil�metros y no nos dar� tiempo a terminar la traves�a de la Tierra de Nansen. - Pero, �hacia d�nde bordear el pie del caos para contornearlo? �Hacia la derecha o hacia la izquierda? -pregunt� Borov�i. - Vamos hacia la izquierda. Quiz� encontrremos un sitia que nos permita pasar antes al otro lado sin gran dificultad. Una vez adoptada esta decisi�n, los viajeros tiraron hacia la izquierda, o sea, hacia el Oeste a juzgar por el viento, ya que la br�jula continuaba inquieta, sin poder se�alar el Norte. A la izquierda se alzaba en suave pendiente la llanura nevada y a la derecha los montones de bloques de hielo. Las nubes bajas segu�an ocultando el cielo e incluso rozando los picos de los bloques de hielo m�s altos. Hacia el mediod�a descubrieron un sitio donde el caos de bloques de hielo parec�a accesible: los amontonamientos eran m�s bajos y en algunos sitios se ve�an intersticios. All� se detuvo la expedici�n para organizar el cuarto dep�sito. Borov�i y Maksh�iev, sin equipaje, se adentraron en la barrera de hielos para un reconocimiento. Al finalizar la jornada regresaron diciendo que el cintur�n ten�a unos diez kil�metros de anchura, que se le pod�a atravesar aunque con ciertas dificultades y que tras �l comenzaba la pendiente suave de la ladera opuesta de la depresi�n.. Se precisaron dos d�as de duro trabajo para atravesar la barrera. Con frecuencia hab�a que tallar un sendero en los amontonamientos de hielos para hacer, que pasaran los trineos uno iras otro con los esfuerzos sumados de, los hombres y los perros. Durmieron sin montar siquiera la yurta , acogidos al pie de un enorme bloque de hielo que se levantaba a pico y los proteg�a del viento. Los perros buscaron cobijo en las grietas y los agujeros de los hielos. Pero, despu�s de tan dura jornada, todos durmieron profundamente a pesar de las quejas y los aullidos del viento, que ululaba con tonos diferentes entre aquel caos. Por fin llegaron al otro lado de la muralla. En el �ltimo alto, Borov�i encendi� el infiernillo de alcohol del hips�metro con la absoluta convicci�n de que se�alar�a lo mismo que delante del cintur�n de hielos, es decir, unos novecientos metros bajo el nivel del mar. Pero cuando coloc� el term�metro en el tubo, subi� a 105�, luego a 110� y tampoco se detuvo all�. - �Eh, eh! -grit� Borov�i-. �Que se va a romper el cristal! - �Qu� ocurre? �Qu� pasa? -preguntaron vaarias voces. Todos hab�an acudido presurosos y se agrupaban en torno al aparato, colocado sobre un caj�n. - �Es una cosa inaudita, incre�ble! -exclam� Borov�i con voz quebrada por la emoci�n-. En este maldito agujero el agua hierve a 120�. - O sea que... - O sea, que hemos descendido a un abismoo por el cintur�n de hielos. As�, sal pronto, no puedo calcular siquiera a cu�ntos miles de metros bajo el nivel del mar corresponde esta temperatura de ebullici�n. Esperen, que vamos a verlo por las tablas. Sent�se en su saco de dormir, extrajo del bolsillo el prontuario de las alturas, rebusc� en las tablas e hizo, unas operaciones. al margen. Mientras tanto, sus campa�eros iban. acerc�ndose tino a uno al aparato para convencerse de que, efectivamente, el term�metro marcaba 120� sobre cero. La columna de mercurio se hab�a detenido en ese punto, y no cab�a la menor dada. S�lo el ligero borboteo del agua que herv�a en el aparato romp�a el silencio reinante entre los hombres, sobr�-cogidos por el asombro. Al fin se escuch� un suspiro profundo de Borov�i y estas palabras pronunciadas en tono solemne: - Calculando por encima, la temperatura de 120� de ebullici�n corresponde a la altura negativa de cinco mil setecientos veinte metros. - �No puede ser! �No se ha equivocado ustted? -- Pueden comprobarlo. Aqu� est�n las tablas. En ellas, naturalmente, no figuran los datos de esta temperatura de ebullici�n, que nadie ha observado nunca fuera del laboratorio. Hay que hacer los c�lculos aproximados. Kasht�nov verific� los c�lculos y dijo: - Es exacto. En estos dos d�as, trepando por los bloques de hielo, hemos descendido cuatro mil novecientos metros en una extensi�n de diez o doce kil�metros. - �Y no nos hemos dado cuenta del descensso! - �Hemos bajado desde una altura igual a la del Mont-Blanc sin advertirlo! �Es algo incre�ble - Y, adem�s, incomprensible. Habr� que pensar que el caos de hielo es un glaciar en la pendiente abrupta que lleva del cr�ter a la garganta de este volc�n descomunal. - Y ahora, para salir al otro lado, tendremos que subir por un glaciar id�ntico. - Lo que yo no comprendo -es esta tupida cortina de nubes y este viento que lleva tantos d�as soplando del Sur sin interrupci�n -declar� Borov�i. Sin embargo, no se comprob� la hip�tesis del segundo cintur�n de hielos. Al d�a siguiente avanzaron por una llanura nevada que ascend�a suavemente. Por ello, y por, el tiempo m�s tibio, la marcha ofrec�a mayor dificultad. El term�metro marcaba poco m�s de cero, la nieve estaba reblandecida y se pegaba a los patines de los trineos. Los perros iban todo el tiempo al paso. Al terminar la jornada hab�an recorrido apenas veinticinco kil�metros. Era indudable que la llanura ascend�a. Y, al colocar el hips�metro, Borov�i ten�a la convicci�n de que iba a marcar una profundidad menor que la v�spera. El agua tard� mucho tiempo en hervir. Al fin apareci� el vapor y Borov�i coloc� el term�metro. Al poco tiempo se le oy� gritar: - �Pero esto es cosa del demonio ! Esto.... esto... -y empez� a soltar maldiciones. - �Qu� es? �Qu� ocurre? �Ha reventado el term�metro -preguntaron distintas voces. - �El que va a reventar o a volverse locoo en este agujero soy yo! -contest� fren�tico el meteor�logo-. Miren ustedes: �estoy chiflado yo o est� chiflado el term�metro? Todos corrieron hacia el hips�metro. El mercurio marcaba 125� sobre cero. - �Qu� hemos hecho hoy, subir o bajar? -pregunt� Borov�i con voz tr�mula. - �Claro que subir! �Todo el d�a hemos ido subiendo! �Es cosa indiscutible! - �Pues el agua hierve a 5� m�s que ayer junto �al cintur�n de hielos! Y esto quiere decir que no hemos ascendido, pino que hemos bajado mil cuatrocientos treinta metros aproximadamente. - Y por lo tanto nos encontramos a siete mil ciento cincuenta metros bajo el nivel del oc�ano -calcul� r�pidamente Maksh�iev. - �Pero eso es una cosa que no concuerda con nada! -exclam� riendo P�pochkin. - Todav�a se puede creer que hayamos hecho un descenso r�pido por los hielos. Pero lo que est� en contradicci�n con el sentido com�n es creer que hemos bajado casi kil�metro y medio, cuando bien claro est� que hemos ido subiendo cuesta arriba. - Si no somos v�ctima de un ataque general de locura, estoy de acuerdo con usted -replic� Borov�i sombr�o. En esto volvieron Gromeko e Igolkin, que hab�an salido de la tienda. para dar, de comer a los perros, y el primero dijo: - Otro hecho extra�o: hoy hace bastante m�s claridad que ayer junto a los hielos. - Y ayer hac�a m�s claridad que al otro llado de la barrera -a�adi� Maksh�iev. - Muy cierto --confirm� el meteor�logo-. La noche m�s oscura, parecida a una noche blanca de Petersburgo, se observ� delante de la barrera de hielos. Como calcul�bamos que nos encontr�bamos en el fondo de la depresi�n, el debilitamiento de la luz era comprensible: los rayos del sol polar no pueden penetrar a tanta profundidad. - �Pero ahora hemos hecho un descenso incomparablemente mayor y la noche es mucho m�s clara! Todav�a estuvieron mucho tiempo debatiendo estos hechos contradictorios, pero se quedaron dormidos sin haber puesto nada en claro. Por la ma�ana, Borov�i fu� quien primero sali� de la yurta para sus observaciones. El viento continuaba soplando del Sur y trayendo las mismas nubes grises y bajas que lo ocultaban todo a ciento o doscientos metros de distancia. El term�metro marcaba 1� bajo cero y estaba nevando. - Hoy debemos comprobar si subimos o bajamos -propuso Maksh�iev-. Entre los instrumentos tenemos un nivel ligero y una mira. Continuaba la misma llanura nevada, pero la nieve se hab�a helado un poco y era m�s f�cil avanzar. La inclinaci�n, poco acentuada, iba indudablemente hacia arriba y, recurriendo varias veces en el d�a al nivel, se comprob� lo que ve�an los ojos y lo que demostraban los perros con su marcha. Durante la jornada recorrieron veintitr�s kil�metros, ya que las mediciones con el nivel ocuparon bastante tiempo. En cuanto qued� instalada la tienda, Borov�i coloc� sus aparatos: el term�metro marc� 128�. Borov�i lanzo un juramento sonoro y escupi� al suelo. - La �nica explicaci�n posible es que en este agujero no son aplicables las leyes f�sicas establecidas para la superficie terrestre y hay que elaborar otras nuevas -opin� Kasht�nov. - Eso se dice muy pronto -replic� Borov�i enfadado-. �A ver qui�n las elabora, as�, de pronto! Centenares de sabios han estado trabajando decenas de a�os y aqu� toda su labor queda tirada por los suelos igual que si nos encontr�semos en -otro planeta. �Yo no lo puedo admitir y estoy dispuesto a presentar la dimisi�n! Todos rieron a esta salida del meteor�logo que, de todas formas, se puso a sus c�lculos y anunci� que durante el d�a hab�an ascendido -mejor dicho, hab�an bajado- ochocientos sesenta metros y que aquel punto se encontraba a nueve mil metros bajo el nivel del mar. - He consultado el prontuario de f�sica --advirti� Kasht�nov- y resulta que el agua hierve a 120� bajo una presi�n de dos atm�sferas y a 134� bajo una presi�n de tres atm�sferas. Ahora soportamos una presi�n de dos atm�sferas y media aproximadamente. - Y se comprende que con esta presi�n se encuentre uno mal y sienta v�rtigos -declar� Borov�i sombr�o. Los dem�s confirmaron que -desde la noche pasada entre los hielos se encontraban peor, sent�an opresi�n en el pecho, pesades de cabeza y lentitud de movimientos. El sue�o era inquieto, con pesadillas. - Tambi�n los perros se encuentran mal -declar� Igolkin-. Parecen haberse debilitado y tiran peor, aunque la subida no es empinada. Yo pensaba que estaban cansados, �y mira t� lo que era! - Ser�a interesante tomar el pulso, a todos -propuso Gromeko-. �Cu�nto tiene usted normalmente, Iv�n Andn�ievich? - Setenta y dos -contest� Borov�i presenttando la mano sal m�dico. - �Ve usted? �Pues ahora tiene cuarenta y cuatro! La diferencia es sensible. Con esta presi�n el coraz�n. funciona m�s lentamente, lo que se refleja en el estado general. - Entonces, �si contin�a el descenso acabar� deteni�ndose completamente el coraz�n? -pregunt� Maksh�iev. - �No creo que vayamos a bajar hasta el centro de la tierra -contest� Gromeko riendo. - �Por qu� no? -rezong� Borov�i-. Este embudo monstruoso quiz� llegue hasta el centro de la tierra. Ahora estoy dispuesto a cre�rmelo todo. Y no me asombrar� ni aun cavando salgamos de �l en medio de los hielos del Polo Sur. - �Eso ya es un disparate! -observ� Rashtt�nov-. No puede haber orificio que atraviese de parte a parte el globo terrestre ni embudo que llegue hasta el centro. Ser�a una cosa en contradicci�n con todos los datos de la Geof�sica y la Geolog�a. - �Ah, muy bien! �Y en cambio admite usted las contradicciones a todas las leyes de la Meteorolog�a que venimos observando? Ya ver� como tambi�n fallan las leyes de su Geolog�a. Kasht�nov se ech� a re�r. - La Meteorolog�a, Iv�n Andr�ievich, es uuna ciencia trivial -dijo en broma-. Tiene que tratar con el medio inconstante de la atm�sfera, con los ciclones y los anticiclones cuyas causas no han sido todav�a averiguadas. En cambio la Geolog�a tiene una base s�lida: la firme corteza terrestre. - �Una base s�lida! -estall� Borov�i-. �SS�lida hasta que no la sacude un buen terremoto que le hace perder la cabeza, si no es algo peor, al ge�logo m�s pintado! Todos se retorc�an de risa. - Adem�s -prosigui� el meteor�logo mordazzmente-, �ustedes conocen lo que hay a dos o tres kil�metros bajo la corteza terrestre y opinan ya de lo que hay en todo el subsuelo! Pero, de la naturaleza de ese sub-suelo hay tantas opiniones como personas. Seg�n los unos, el n�cleo de la tierra es s�lido; seg�n los otros, l�quido; seg�n los terceros, gaseoso. �Cualquiera lo entiende! - �Con el tiempo llegaremos a entenderlo!! Toda hip�tesis, si tiene una base, constituye un paso m�s hacia el conocimiento de la verdad. Y en lo que se refiere al subsuelo, no tiene usted raz�n. En la actualidad, la Sismolog�a, o sea el estudio. de los terremotos, nos ofrece nuevos procedimientos para llegar a conocer m�s cosas acerca del estado del n�cleo terrestre. - Me gustar�a saber lo que va a pasar ma��ana -concluy�-. Ahora podemos esperar cada d�a hechos, a primera vista incomprensibles pero que forman una cadena com�n de causas y consecuencias cuando se los llega a desentra�ar. Al d�a siguiente, la llanura nevada continu� ascendiendo aunque m�s d�bilmente: El viento segu�a soplando del Sur, las nubes bajas se arremolinaban extendi�ndose casi a ras de tierra y ocultando la lejan�a. Hacia la mitad de la jornada la subida de la llanura se hizo casi completamente imperceptible y, al terminar la tarde, se convirti� en descenso: los perros echaron a correr m�s de prisa, de manera que los esquiadores casi no pod�an marchar a su paso. La temperatura se manten�a poco m�s baja del cero y el camino era f�cil. S�bitamente, Borov�i, que iba como siempre por delante, agit� los brazos y grit�: - �Esperen! �Aguarden! Tengo miedo a que nos hayamos desviado del camino. Todos corrieron a �l. Ten�a la br�jula en la mano y estaba mir�ndola fijamente. - �Qu� ocurre? -pregunt� Kasht�nov. No vamos camino del Norte, sino del Sur. Volvemos hacia la barrera de hielos. Miren ustedes: la aguja imantada no se�ala el Norte hacia adelante de nosotros, sino hacia atr�s. - �Y cu�ndo lo ha advertido usted? - Ahora mismo. Desde que la br�jula se puuso Caprichosa perd� la confianza en ella y he conducido la caravana gui�ndome por el viento, que ha soplado todo el tiempo del Sur. Pero me ha chocado la pendiente contraria de la llanera, porque del embudo no hemos podido salir todav�a. He consultado la br�jula y he visto que ha dejado sus caprichos y se�ala que nos dirigimos hacia el Sur y no hacia el Norte. - �Pero si el viento sigue sopl�ndonos poor la espalda! - Ha podido cambiar durante la noche. - No -declar� Maksh�iev-. El viento no haa cambiado. Siempre montamos la yunta con la puerta en sentido contrario al viento, o sea, mirando al Norte, para que no entre el aire. Y esta ma�ana, tengo la convicci�n, la yunta estaba de espaldas al viento. - O sea, que ha cambiado poco a poco duraante el diga de hoy, hemos descrito un semic�rculo y volvemos sobre nuestros pasos. - O bien que la br�jula ha cambiado de immantaci�n por alguna raz�n. - Si por lo menos asomara el sol o se vieeran las estrellas para comprobar hacia d�nde nos dirigimos... -lament�se Borov�i. - De todas formas, conviene acampar aqu� para pasar la noche y verificar con la br�jula en la mano unos cuantas kil�metros del camino que hemos recorrido y que se ve perfectamente por las huellas que hemos dejado en la nieve --declar� Kasht�nov-. Si hemos descrito un -semic�rculo, pronto se descubrir�. Montaron la tienda y Maksh�iev y Gromeko volvieron sobre las huellas de la caravana mientras Borov�i colocaba el hips�metro, que se�al� casi lo mismo que la v�spera. La peque�a ascensi�n de la primera mitad del d�a hab�a sido probablemente compensada por el descenso de la segunda mitad. A las dos horas regresaron los exploradores: hab�an verificado diez kil�metros de camino, que iba siempre en l�nea recta, conforme a la direcci�n del viento. Por ello qued� decidido que se deb�an fiar m�s de �l que de la br�jula y hab�a que continuar orient�ndose por el viento. Tampoco esta vez hubo en ning�n momento oscuridad por la noche. No cambi� la luz difusa que flotaba bajo el manto de las nubes. Al d�a siguiente se acentu� m�s la cuesta abajo. La temperatura subi� un poco por encima del cero, la nieve se reblandeci� y el camino, a pesar del descenso, hiz�se m�s dif�cil. Despu�s del mediod�a aparecieron charcos y algunos arroyuelos que serpeaban entre los accidentes y, al fin, desaparec�an en las grietas cegadas por la nieve. Para pasar la noche hubo que elegir un sitio elevado y cavar regueros alrededor de la yurta para el agua de la nieve que se derret�a. Al colocar el hips�metro, Borov�i estaba convencido de que hab�a de se�alar un n�mero de grados mayor que la v�spera, ya que todo el d�a hab�a proseguido la bajada al fondo de aquella misteriosa depresi�n. Pero el term�metro marc� 126�, y la altura negativa del lugar, pese al descenso, no hab�a aumentado, sino disminuido en quinientos setenta metros. El meteor�logo, completamente desconcertado, estall� en una risa nerviosa. - �Una nueva sorpresa! �Un nuevo enigma! Esta ma�ana hemos decidido que no hab�a que hacer caso de las br�julas, y ahora nos ocurre lo mismo con el hips�metro. Los viajeros volvieron a juntarse en torno al caprichoso aparato, comprobaron sus indicaciones, hirvieron el agua una y otra vez, pero el resultado era siempre el mismo. A pesar del evidente descenso, del que no cab�a la menor duda porque los arroyuelos corr�an en el mismo sentido, la presi�n del Zaire no hab�a aumentado, sino disminuido. Y en los d�as anteriores, al contrario, la presi�n no hab�a disminuido, sino aumentado en la subida. Al parecer, todas las leyes de los fen�menos f�sicos elaboradas por generaciones de sabios sobre la base de observaciones hechas en la superficie terrestre eran inaplicables o adquir�an un sentido absolutamente distinto en aquella depresi�n del continente polar. Los fen�menos inexplicables se multiplicaban. Todos sent�an gran inter�s y agitaci�n, pero sin que nadie pudiese comprender ni explicar nada. S�lo quedaba la esperanza de que el porvenir inmediato diese la clave del enigma. - �Qu� desierto nevado es �ste? -preguntaba P�pochkin-. Despu�s de habernos encontrado con los toros almizcleros en el puerto de la cordillera era de suponer que los d�as siguientes nos dar�an a Mija�l Ign�tievich y a m� alg�n bot�n cient�fico. Pero desde entonces llevamos doce jornadas de marcha, hemos recorrido casi doscientos cincuenta kil�metros... y nada, absolutamente nada m�s que la nieve y el hielo. - Ni siquiera Piotr Iv�novich, que hasta ahora ha tenido m�s suerte que nadie en las colecciones, ha recogido nada -a�adi� Gromeko. - El �nico que sale ganando es Iv�n Andr�ievich -observ� riendo Maksh�iev. - �Yo? �Qu� he encontrado yo en este tiemmpo? -sorprendi�se Borov�i. - Una colecci�n de fen�menos f�sicos incoomprensibles -contest� Kasht�nov, adivinando lo que Maksh�iev hab�a querido decir. - Es una colecci�n muy extra�a, pero en ccambio ligera, no como las piedras suyas -replic� riendo Borov�i-. La m�a no va a desfondar las trineos. - Sin embargo, puede resultar de mucho peso en cuanto al balance de nuestra expedici�n. El sue�o de cada explorador es descubrir algo extraordinario. En ese sentido, ha tenido usted hasta ahora m�s suerte que nosotros. Al d�a siguiente continu� el descenso, incluso m�s acentuado. La llanura nevada empez� a dividirse en mont�culos achatados que separaban barrancos en cuyo fondo corr�an arroyuelos. La nieve reblandecida dificultaba la marcha: los esqu�s se escapaban hacia los lados. Por eso hubo que cambiar de modo de transporte. Los hombres se subieron de dos en dos en los trineos que los perros arrastraban r�pidamente cuesta abajo mientras ellos utilizaban los palos de los esqu�s par� dirigirlos o frenarlos sobre el hielo desigual. Les llam� la atenci�n que las nubes, arremolinadas siempre a escasa altura del suelo, no tuvieran ya su color gris, sino otro rojizo, igual que si las iluminase un sol poniente invisible. El desierto de hielo se extend�a alrededor hasta el horizonte, bastante pr�ximo, y tambi�n parec�a rojizo. Este extra�o alumbrado en el fondo de una depresi�n tan honda, donde el sol polar no pod�a penetrar, formaba parte igualmente de lo colecci�n de hechos inexplicables que iba reuniendo Borov�i. Aquel d�a, la expedici�n hizo alto sobre un mont�culo, cerca le un gran arroyo impetuoso de agua clara que les evit� la necesidad de derretir nieve para la sopa y el t�. |
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