Introducci�n
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Cap�tulo XXV UN CINTURON DE PANTANOS Y LAGOSDespu�s de tres d�as de descender el r�o por entre estepas secas, los viajeros llegaron a su extremo meridional donde la vegetaci�n cambi� s�bitamente. Las orillas estaban ahora cubiertas de una tupida muralla de con�feras, de palmeras y de helechos de especies muy variadas, en su mayor�a desconocidas, que alcanzaban la estatura de un hombre. En el agua, cerca de l�a orilla, crec�an unas plantas altas semejantes a los juncos, y los baj�os estaban cubiertos de colas de caballo de metro y medio de altura y m�s de 25 mil�metros de di�metro. De entre la maleza llegaba un zumbido permanente y unos extra�os insectos giraban sobre el agua. Eran semejantes a las lib�lulas, pero la envergadura de las alas llegaba a cuarenta cent�metros. El cuerpo, de reflejo met�lico, med�a unos veinte cent�metros de longitud. Unos eran amarillos con matices dorados, otros, de color gris acero; los hab�a verdes como la esmeralda, azul a�il y encarnados. Aleteaban, planeaban y se persegu�an en los rayos del sol con un estridor melodioso que recordaba el sonido de las casta�uelas.Sorprendidos por aquel hermoso cuadro, los exploradores dejaron de remar. Las embarcaciones flotaban lentamente r�o abajo y los remeros admiraban aquel espect�culo. P�pochkin busc� un cazamariposas y, despu�s de varios intentos, captur� a una de las lib�lulas. Pero cuando iba a sacarla de la red le mordi� tan dolorosamente un dedo que, desconcertado, el zo�logo la dej� escapar. La tupida cortina verde que bordeaba las orillas no les dejaba atracar y, cansados por le larga jornada, los viajeros buscaban en vano con la mirada alg�n lugar despejado para acampar. El hambre empezaba a molestarles, pero los muros de colas de caballo iban haci�ndose m�s espesos. - �Nos deb�amos haber detenido al final de la estepa! -dijo Gromeko. - Otra vez lo haremos mejor -replic� Makkshl�iev riendo. Los kil�metros se suced�an sin que apareciese el menor claro en la vegetaci�n. Por fin, en un recodo del r�o, apareci� en la margen izquierda una franja verde m�s baja. Se adentraba en el agua una lengua de tierra, larga y estrecha, rematada por un banco de arena, en la que s�lo crec�an colas de caballo. A falta de otra cosa, decidieron detenerse all� y acondicionar una peque�a superficie para el campamento. Despu�s de resguardar las embarcaciones en una peque�a ensenada entre le lengua de tierra y la orilla, los viajeros empu�aron sus cuchillos de caza y se pusieron a luchar con las colas de caballo. Result� una labor dif�cil porque los tallos gruesos, endurecidos por el abundante s�lice que conten�an, resist�an a los tajos, y, aun despu�s de cortados, dejaban unos tallos punzantes en los que era imposible sentarse o acostarse. - Vamos a probar a arrancarlos de cuajo -propuso el bot�nico-. No creo que est�n muy arraigados en este suelo blando del r�o. El consejo era bueno: las colas de caballo se arrancaban sin dificultad y, al cabo de media hora, los viajeros hab�an dejado limpio el terreno necesario para la tienda de campa�a y la hoguera. Pero se encontraron con que no pod�an encender fuego porque las colas de caballo estaban verdes y no urd�an. Ve�anse imposibilitados no s�lo para hacerse la cena, sino incluso para hervir el agua del t� Adem�s, de entre las colas de caballo se hab�an alzado enjambres de mosquitos de veinte mil�metros de longitud que s�lo hubieran podido ser ahuyentados por el humo de la hoguera. - Ahora que me acuerdo -dijo Gromeko-, hhe vista aqu� muy cerca, antes de desembarcar, un tronco seco que asomaba entre la maleza. �Hay que traerlo! Armados de hachas y cuerdas, Gromeko y Maksh�iev desengancharon una de las lanchas y remontaron el rico. unos cien o doscientos pasos del campamento un grueso tronco seco con algunas ramas asomaba por encima de los matorrales verdes; pero crec�a a tal altura sobre la margen que era imposible alcanzarle con la mano ni con el hacha. - Habr�a que enganchar la cuerda en alguna de las ramas para ver si se parte -opin� Maksh�iev. Grometo retuvo la lancha agarr�ndose a las colas de caballa. Maksh�iev arroj� la cuerda a una gruesa rama y empez� a tirar de ella. La rama no se romp�a, pero el �rbol entero empez� a crujir. - Suelte la lancha y ay�deme a tirar -pidi� a su compa�ero. Ahora los dos tiraban de la cuerda, de pie en la fr�gil embarcaci�n. El �rbol se desplom�, golpeando en la proa de la barca, que empez� a sumergirse bajo su peso. Gromeko s�lo tuvo tiempo de agarrarse a las colas de caballo y atraer hacia ellas la popa de la barca, cuya proa hab�a desaparecido ya bajo el agua. - �S� que estamos bien! �Qu� hacemos ahora? -exclam� Maksh�iev. Hall�banse los dos en la popa, con los pies metidos en el agua, agarr�ndose con una mano a las colas de caballo y reteniendo con la otra lo cuerda para que el desdichado �rbol no se fuera a la deriva. - Como no podemos salir a la orilla ni tenemos nada para achicar el agua, no nos queda m�s remedio que pedir auxilio -contest� Gromeko. Las dos se pusieron a gritar. Nadie les contestaba al principio, pero luego se escuch� la voz de Kasht�nov preguntando lo que hab�a ocurrido. - Vengan con un cubo. Senas hunde la barca. - �Ahora voy! -contest� Kasht�nov. En esto, junto a la proa hundida, emergi� del agua urna enorme cabeza de color verde pardusco, hocico corto y ancho y ajillos peque�os bajo un cr�neo aplastado. El ,animal estuvo alg�n tiempo contemplando a los hombres sobrecogidos por la sorpresa y luego, abriendo una boca plantada de varias hileras de dientes agudos, se puso a trepar a la embarcaci�n, que se hundi� m�s todav�a bajo su peso. Apareci� un cuello corto y grueso, luego parte del cuerpo lisa. Las garras de las anchas patas delanteras se aferraron al borde de la barca. Al marcharse en busca de le�a tan cerca del campamento, los cazadores no se hab�an llevado las escopetas y ahora se encontraban desarmados frente a un reptil de raza desconocida pero seguramente carnicero y fuerte. Las hachas se hab�an quedado en la proa y ahora se hallaban en el agua, bajo las patas del enemigo. - Ate usted pronto el cuchillo al mango de un remo mientras yo trato de contener a este monstruo con el otro -grit� Maksh�iev. Sac� el cuchillo, que agarr� entre los dientes, y luego, empu�ando el remo, hundi� con todas sus fuerzas la pala en la boca entreabierta del animal que, sobrecogido por aquel fuerte golpe contra el paladar y la lengua, apret� las mand�bulas. Luego se oy� un chasquido. Los dientes agudos desmenuzaban la madera y atacaban ya el borde de hojalata. Maksh�iev continu� hundiendo el remo en las fauces, pero el pala disminu�a porque el animal no dejaba de triturarlo para escupir luego las astillas te�idas de sangre. Entretanto, Gromeko, que hab�a tenido tiempo de atar su cuchilla de caza con las correas de las botas al mango del segundo remo, acerc�se por detr�s de Maksh�iev y hundi� aquella lanza improvisada en un ojo del monstruo. Enloquecido de dolor, el animal di� un salto de lado, arranc� el remo de manos de Maksh�iev y desapareci� en el agua, mostrando por un instante su lomo ancho, de color pardo verdoso, con una doble hilera de escamas a lo largo y una cola corta y gruesa que golpe� en el agua con tanta fuerza que ambos cazadores quedaron empapados de pies a cabeza. Apartada de la orilla por el movimiento del monstruo, la lancha se hundi� definitivamente en el agua. Kasht�nov, que acud�a en auxilio de sus compa�eros, se encontraba ya cerca del lugar del suceso. Al desembocar del recodo vi� la tromba de agua levantada por el monstruo, pera sin comprender lo que ocurr�a. El �rbol seco pas� por su lado, apareciendo y sumergi�ndose al capricho de las olas. Creyendo que se trataba de un cocodrilo, el remero iba a golpearlo con su bichero cuando Gromeko, que no quer�a perder aquel bot�n lograda la costa de tantos esfuerzos, grit�: - �El tronco! �Agarre el tronco, que es nuestro combustible! Kasht�nov enganch� el �rbol con el bichero y, remolc�ndolo, lleg� por fin hasta donde estaban sus camiaradas metidos en el agua hasta la cintura. Despu�s de algunos esfuerzos, lograron sacar la barca, achicaron el agua y volvieron con su bot�n hacia la tienda donde P�pochkin luchaba desesperadamente contra los mosquitos. En cuanto a General, se hab�a refugiado meti�ndose en el agua hasta las orejas. Una vez el tronco en tierra, hicieron pastillas y pronto crepitaba una alegre hoguera. Las colas de caballo que echaron encima despidieren un humo tan intenso que los mosquitos desaparecieron al instante y Maksh�iev y Gromeko, que estaban sec�ndose junto al fuego, empezaron a llorar a l�grima viva. Despu�s de haber escuchado el relato acerca del ataque del monstruo acu�tico, Kasht�nov opin�: - Deb�a ser un reptil de alg�n grupo desaparecido de nuestro planeta al principio del terciario. - �Un ictiosauro? -pregunt� Maksh�iev, que toda v�a recordaba algo del curso de paleontolog�a -estudiado en la Facultad de Minas. - No, por lo que ustedes cuentan no es esa. El ictiasiaurio era mucha m�s grande. Ten�a la cabeza de otra forma y viv�a en una �poca anterior, en la jur�sica. El amigo ese se parece m�s bien a un cocodrilo peque�o del cret�cea. P�pochkin hizo observar: - Adem�s, no se habr�an desembarazado tan f�cilmente de un ictiosaurio. En cuanto al plesiosaurio, ten�a el cuello m�s largo que un remo y no le habr�a costado ning�n trabajo agarrarles a ustedes desde el agua sin, subir a la lancha. - Es de suponer que. con el tiempo, tambi�n encontraremos a esos reptiles enormes -dijo Kasht�nov-, ya que, �a medida que descendemos el r�o, :aparecen representantes de una fauna m�s antigua. Ahora nos encontramos en el cret�ceo medio o incluso inferior. - En efecto, tanta la flora como la fauna son cada d�a m�s distintas a lo que estamos acostumbrados a ver en la superficie de la tierra -a�adi� Gromeko-. Coma el cambio es gradual, no nos damos siempre cuenta. Pero fij�ndose bien, puede verse que todo lo que nos rode� es nuevo: ha desaparecido una multitud de �rboles de hoja, de flores, de cereales; ahora dominan las palmeras, las ciper�ceas y las faner�gamas y tambi�n hay numerosas cript�gramas. - Este reina subterr�neo nos reserva toddav�a muchas sorpresas, y debemos ser m�s precavidos. �Ni un paso sin escopetas y balas explosivas! - Ya opino -declar� Gromeko- que s�lo debemos descansar un poco mientras se hace la cena y continuar luego el camino hasta encontrar un sitio mejor. Para alimentar una hoguera que nos proteja de las fieras no tenemos le�a bastante. A todos les pareci� bien la propuesta. Sacaron a la orilla la barca de la aventura para ponerla a secar y repararla, cenaron, durmieron un par de horas en torno al fuego y reanudaron la navegaci�n llev�ndose el resto de la le�a. Durante dos horas continuaron las mismas malezas impenetrables, bordeadas de juncos y colas de caballo. En los remansos, los peces se agitaban o saltaban fuera del agua como perseguidos y a veces se ve�a surgir por un instante tras ellos el repulsivo hocico de un reptil con la boca abierta, despu�s de lo cual los remolinos y los c�rculos que se formaban en la superficie dec�an que un cuerpo voluminosa se hab�a sumergida r�pidamente. Las lib�lulas interrump�an por momentos sus despreocupados aleteos y se dispersaban en todas direcciones, ocult�ndose entre las hojas y los juncos, para huir de un gran p�jaro azul de pico enorme que irrump�a de pronto ruidosamente y cazaba al vuelo los insectos menos �giles. Las murallas verdes empezaran por fin a apartarse, el curso del r�a se hizo m�s lento y la capa de agua se extendi� en anchura: el r�o se convert�a en lago salpicado de islas, una de las cuales llam� la atenci�n de los viajeros. La mitad estaba ocupada por un alto y tupido bosque y el resto era un claro bastante amplio con �rboles aislados, algunos de los cuales estaban secos. Los exploradores desembarcaron en seguida all�. Tapizaba el prado una hierba baja y �spera que, una vez observada, result� ser una especie de licopodio. Encontr�base el prado en la parte alta de la isla y el viento soplaba r�o abajo. Por ello, y porque el combustible abundaba, los cuatro hombres decidieron encender unas cuantas grandes hogueras en el lindero a fin de ahuyentar a todas las fieras y poder dormir tranquilos. Cuando los fuegos empezaron a crepitar, los remolinos de humo penetraron en 1a espesura, expulsando de ella a avecillas e insectos, algunos de los cuales ca�an sofocados y proporcionaron al zo�logo una interesante colecci�n de especies desconocidas. Luego desemboc� en la pradera un extra�o y horrible animal muy parecida a un puerco esp�n, pero ten�a el tama�o de un buey grande y p�as de alrededor de un metro de largo. Erizado y convertido en una especie de enorme bola punzante, el animal pas� cerca de las hombres pasmadas y desapareci� entre los juncos. Tras �l surgi� a saltas de la espesura un animal con aspecto de carnicero. Ten�a el pelaje cobrizo, cabeza de gato, una cola bastante larga y gruesa, patas cortas y el hocico romo que dejaba ver unos dientes agudas. Su aspecto le hac�a parecerse a una nutria grande -de casi dos metros de largo-, diferenci�ndose de ella tan s�lo por las orejas m�s prominentes y una melena corta. Aunque no parec�a tener la intenci�n de atacar a los exploradores y se deslizaba hacia el agua a lo largo del lindero, su aspecto interes� tanto a Kasht�nov que abati� al animal de un tiro certero. El animal era efectivamente curioso. No ten�a incisivos aplastados ni muelas erizadas de tub�rculos como las fieras de �pocas m�s recientes. Todos los dientes eran m�s o menos c�nicos, como los de las reptiles. S�lo que las de delante, que hac�an las veces de incisivos, eran algo m�s peque�os y aplastados que los dem�s, los de atr�s eran mayores y los colmillos, mucho m�s fuertes, destacaban en ambas mand�bulas, sobre toda en la de arriba. - Aqu� tienen ustedes una muestra interesante de mam�fero primitivo que posee todav�a una dentadura de reptil, pero que ofrece ya un esbozo de la diferenciaci�n que se desarrollar� en otros per�odos -dijo el ge�logo. Ning�n otro animal sal�a del bosque y los viajeros pudieron entregarse, al fin, a un descanso bien merecido aunque, naturalmente, turn�ndose en la guardia para alimentar los fuegos que les proteg�an de los insectos. Gracias a ello, su sue�o fu� tranquilo. Durante la jornada siguiente la regi�n conserv� el mismo car�cter que la v�spera a �ltima hora. El r�o se hab�a convertido definitivamente en lago con multitud de islas. La corriente no se notaba apenas, y hab�a que remar casi constantemente. Sobre el agua y el bosque volaban lib�lulas de colores y enormes escarabajos astados que llegaban a medir treinta cent�metros de largo, as� como mariposas cada una de cuyas alas hubiera podido cubrir la mano de un hombre. De cuando en cuando surg�an extra�as aves, grandes y peque�as, de color gris azulado que recordaban un poco a la garza, aunque con les patas m�s cortas, la cola larga y un breve pico donde se pod�an ver dientes menudos. Lograron matar a una conforme iba volando, y Kasht�nov explic� a sus compa�eros la estructura de aquel extra�o p�jaro, forma transitoria entre el reptil y el ave. Su cuerpo, del tama�o del de una cigüe�a, estaba cubierto de plumas de color gris azulado; su larga cola no se compon�a s�lo, de plumas como ocurre en los p�jaros, sino tambi�n de numerosas v�rtebras, o sea, ten�a la estructura del rabo de los reptiles, con plumas a ambos lados. Las alas, provistas de tres largos dedos terminados por u�as iguales a las de las patas, le permit�an trepar a los �rboles y a las rocas agarr�ndose tambi�n con las extremidades anteriores. El examen del animal llev� a Kasht�nov a la conclusi�n de que pertenec�a al arden de los arqueopterix, pero se distingu�a por su gran tama�o de los ejemplares descubiertos en Europa en los sedimentos del jur�sico superior. Hacia el final de la jornada, las orillas, ya completamente lisas, constitu�an vastas extensiones pantanosas cubiertas de colas de caballo y de helechos sobre los cuales descollaban aqu� y all� grupos de extra�os �rboles adaptados a una existencia acu�tica. La maleza daba albergue a diferentes insectos que atacaban furiosamente a los viajeros siempre que intentaban atacar cerca del muro de vegetaci�n para enriquecer sus colecciones y luego les persegu�an, alg�n tiempo sobre el agua. Mosquitos de veinticinco mil�metros, moscas del tama�o d� abejorros, t�banos y moscardones de m�s de cuatro cent�metros compet�an en estos ataques alados contra los hombres, que se ve�an obligados a huir vergonzosamente y empezaban a sentirse inquietos ante la idea de tener que pasar la noche entre aquellas nubes de verdugos. Aun bogaron unas cuantas horas por los pantanos, remando con energ�a para alejarse de ellos lo antes posible. La fauna parec�a limitarse all� a los insectos y los p�jaros primitivos que surcaban el aire y a los peces y los reptiles disimulados en el fondo del agua oscura y que s�lo traicionaban su presencia por el chapoteo y los remolinos. La existencia de cuadr�pedos terrestres deb�a ser impasible en aquella espesura pantanosa. - �Adem�s, no hay animal terrestre capaz de soportar las picaduras de estos horribles bichos! -afirm� Gromeko. Por fin sopl� del Sur una brisa fresca, que a veces tra�a un rumor lejano y mon�tono. Maksh�iev fue quien primera percibi� el ruido y anunci�: - Delante de nosotros ,debe haber un gran lago descubierto de orillas desnudas o quiz� un mar. - �Un mar? -sorprendi�se P�pochkin-. �Ser� posible que tambi�n haya un mar en Plutonia? - Habiendo r�os, cosa de la que no podemmos dudar, alguna vez tienen que desembocar en una cuenca de agua quieta, porque no van a estar corriendo hasta lo infinito. - �Y no pueden perderse en lagos pantanosos como el que atravesamos o consumirse en los arenales? - Desde luego. Pero, dada la abundancia de agua, es m�s probable que exista un dep�sito descubierto del que s�lo ser�a la antesala el lago medio cubierta de vegetaci�n que estamos atravesando. |
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