Introducci�n
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Cap�tulo XIX AVENTURAS SOBRE UNA COLINAPara acampar se eligi� un sitio al pie de una elevada colina que separaba de la margen derecha del r�o una estrecha franja de altos �rboles. Despu�s de haber tomado un bocado con el t�, los cuatro -exploradores se dirigieron hacia la colina. Dejaron a General cerca de la tienda, atado a un �rbol por una larga cuerda.Descubrieron a trav�s del bosque un sendero, fuera del cual la espesura era tan inextricable que hubiera sido imposible dar un paso sin hacha: arbustos y plantas trepadoras formaban una masa verde compacta que flanqueaba el sendero. Arriba, la b�veda de vegetaci�n no dejaba pasar m�s que algunos rayos rojizos. Los cazadores avanzaban silenciosos, en fila india, con las escopetas en la mano, mirando hacia adelante y hacia arriba, donde pod�a aparecer de pronto una presa interesante o un enemigo peligroso. Pero no se ve�a nada m�s que aves peque�as y ardillas. Habiendo llegado sin novedad a la vertiente de la colina, comenzaron su ascensi�n. La hierba no les llegaba m�s que hasta las rodillas y Gromeko se qued� rezagado recogiendo plantas. Mientras el zo�logo examinaba y describ�a una gran serpiente que acababa de matar, Kasht�nov hab�a arrancado no sin dificultad una muestra de una roca extra�a, muy pegajosa, de color amarillo verdoso, con peque�as motas de metal blanco plateado. Despu�s de examinarla con la lupa, el ge�logo exclam� perplejo: - �Saben ustedes de que son estas rocas? Pues poseen la misma estructura que los aerolitos sid�reos semiferrosos, que contienen una masa inicial olivina con hierro y n�quel. - �Lo que significa?... -pregunt� Maksh�iiev. - Lo que significa que son justas las hipp�tesis de los ge�logos en cuanto a la composici�n de las capas m�s profundas de la corteza terrestre. Nos encontramos probablemente en los l�mites del cintur�n llamado olivino*, formado por pesadas rocas de mineral rico en hierro y cuya composici�n es an�loga a la de los meteoritos rocosos o trozos de peque�os planetas que caen sobre nuestra tierra desde el espacio interplanetario. Es de esperar que aun encontraremos rocas -enteramente met�licas. Gromeko se uni� a ellos con una brazada de diferentes, plantas, y los exploradores reanudaron la subida, pisando con precauci�n la hierba donde pod�an ocultarse reptiles venenosos. En efecto, escuchaban a veces roces que se apartaban de ellos, pero los viajeros no experimentaban el menor deseo de perseguir a los fugitivos. En lo alto de la colina hab�a una cresta de granito y en los riscos se calentaban al sol multitud de grandes lagartos de color amarillo verdoso con manchas negras, tan parecidos a los salientes rocosos que Kasht�nov puso incluso la mano encima de uno de ellos, pagando su error con un fuerte mordisco -en un dedo. Despu�s de este incidente prrobaba con el martillo todas las fragosidades de la roca por miedo a equivocarse otra vez. La vertiente septentrional de la colina, expuesta a los vientos h�medos, estaba cubierta de un espeso bosque en el que era dif�cil penetrar sin el hacha. La vertiente meridional, que los viajeros hab�an explorado ya, era una pradera con �rboles aislados. Desde arriba abarcaba la mirada una vasta extensi�n de terreno: al Sur, al Este y al Oeste se alzaban hasta el horizonte colinas iguales o m�s altas; al Norte, en cambio, descend�an y se dispersaban a lo lejos, dejando sitio a una llanura bordeada de una ancha franja de bosque que s�lo cortaban en algunos sitios las cintas plateadas de los r�os. Sentados en lo alto de la colina, los cazadores consideraban la lejan�a, cuando una manada de jabal�es sali�, a unos metros m�s abajo de la cresta, del bosque que terminaba en la vertiente septentrional. El jabal� que iba en cabeza, con la espina erizada de largos pelos y enormes colmillos blancos, se detuvo y alz� la cabeza de ojos peque�os, que brillaban furiosos. Olfateaba el aire moviendo la jeta. Le segu�an en grupo hembras y jabatillos de diferente edad. Estos paquidermos no se diferenciaban sino por sus dimensiones mayores de los jabal�es conocidos del zo�logo. - �Ah� viene a buscarnos la cena! -exclamm� Maksh�iev-. A mi entender, un jabato asado a la brocha debe ser un plato suculento. - De momento, no tenemos necesidad de carrne -intervino Gromeko, el encargado de las provisiones-. Todav�a nos queda carne de ciervo. - No est� mal tener una reserva, porque lla caza no es siempre fructuosa. - Adem�s -advirti� P�pochkin-, ya saben uustedes que disparar contra estos animales tiene su peligro: un jabal� irritado es un enemigo temible. - No tenemos m�s que subir a unos riscos donde no puedan alcanzarnos y matar un par de jabatillos -propuso Kasht�nov. As� lo hicieron. Maksh�iev carg� su escopeta con postas y dispar� contra los jabatos. La manada, a excepci�n de tres jabatos que quedaron debati�ndose entre la hierba, se dispers� en diferentes direcciones; pero pronto arremetieron el jabal� y las jabalinas contra los riscos y empezaron a girar a su alrededor haciendo vanas esfuerzos por trepar a las rocas lisas, con lo cual aument� su furor. Este asedio permiti� a los cazadores examinar a los jabal�es desde muy cerca. Una vez satisfecha la curiosidad del zo�logo, empezaron a preguntarse lo que m�s les conven�a hacer. - Les advierto que pueden hacernos estar as� todo un d�a. Ellos tienen la comida aqu� mismo, pero nosotros no. Adem�s, se est� muy inc�modo -declar� Kasht�nov-. Tendremos que ahuyentarlos con algunos disparos. Pero en eso, Maksh�iev, que llevaban un rato observando el lindero del bosque, exclam�: - Hay un animal muy grande que se acerca hacia nosotros o hacia los jabal�es por la orilla del lindero; no veo m�s que el lomo amarillo. - �D�nde, d�nde? - Miren, all� se ve el lomo, delante de eese arbusto que hay en el calvero. F�jense ahora, m�s a la derecha. Las miradas de todos siguieron la direcci�n indicada y, en efecto, a lea derecha del arbusto descubrieron, avanzando lentamente, un bulto de color pardo amarillento, en el que se ve�an unas franjas transversales m�s oscuras. - Ser� otro oso? -hipotetiz� Maksh�iev. - Esta vez podr�a ser un tigre -replic� PP�pochkin-,. Tiene los aires de un felino. - Me parece que ya es el momento de dispaarar -declar� Kasht�nov. - �contra qui�n? �Contra la fiera o contrra los jabal�es? - Mejor ser� contra los jabal�es. Si huyeen en direcci�n al bosque, tropezar�n con ese carnicero que los perseguir�. Si tuercen hacia otro lado, el animal cambiar� de postura y podremos entonces examinarlo -en detalle y disparar contra �l cuando nos sea m�s c�modo. En este momento no se ve m�s que el lomo y podemos fallar. - Vamos a hacer primero un disparo contraa los jabal�es y las tres otras escopetas apuntan a la fiera. El zo�logo, que estaba en un saliente de la roca, apunt� al jabal� cuando, erguido sobre las patas traseras, intentaba clavar los colmillos en una bota de Maksh�iev. El disparo a quemarropa abati� inmediatamente al jabal� y, los restantes, asustados, huyeron hacia el bosque.
Hab�an llegado casi hasta el lindero cucando, a la izquierda de ellos, surgi� un cuerpo amarillo pardusco y, de un salto de varios metros, cay� en medio de la manada. Dos animales quedaron entre las garras de la fiera mientras los dem�s escapaban gru�endo al bosque. - No es un oso, �es un tigre! exclam� P�ppochkin, que no hab�a dejado de observar a la fiera durante su salto. - Naturalmente -confirm� Kasht�nov-. Y prrobablemente de la raza de los macairodos, a juzgar por los enormes colmillos de la mand�bula superior. Esta raza estaba muy difundida en el per�odo terciario, y desapareci� quiz� al terminar dicha �poca. - Desgraciadamente, �ste se nos escapa. FF�jense: se ha adentrado en el bosque con su presa, notando sin duda que nuestra vecindad es peligrosa -grit� Maksh�iev. - �Qu� importa! Por hoy hemos recogido baastantes datos -dijo P�pochkin, que hab�a estado midiendo al jabal� muerto-. �Nos llevamos a este monstruo hasta las embarcaciones o nos conformamos con los jabatos? - Si tiene bastante grasa, no estar�a mall llev�rnoslo -observ� Gromeko-. As� podr�amos hacer carne frita. Bueno, ustedes lo despedazan mientras yo recojo algunas otras plantas. * El cintur�n olivino, seg�n hip�tesis de los geof�sicos, se encuentra a gran profundidad de la corteza terrestre, bajo una capa de rocas ligeras. Compuesto de minerales m�s pesados (principalmente de olivina o peridoto), separa las capas superficiales ligeras del n�cleo met�lico de la Tierra. |
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