Introducci�n
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Cap�tulo XXXII VICTIMAS DE UN ROBOPero, cu�l no ser�a su asombro cuando, al salir del bosque ala orilla del mar, vieron que la tienda hab�a desaparecido.- Hemos debido equivocarnos de camino y salir a otro punto -dijo Kasht�nov. - �No es posible! Acabamos de pasar la barrera que hab�amos levantado ayer al arranque de la vaguada, cerca del campamento -contest� Maksh�iev. - Es verdad. Entonces, �d�nde est� la tienda? - �Y toda la impedimenta? - �Y General? Pasmados, los viajeros corrieron hacia el sitio donde deb�a encontrarse la tienda. Pero no quedaba nada: ni tienda, ni impedimenta, ni el menor trozo de papel. Quedaban �nicamente los restos apagados y fr�os de la hoguera y los agujeros de las estacas arrancadas de la tienda. - �Pero qu� es esto?. -pronunci� Gromekoo cuando estuvieron los cuatro agrupados en torno a los restos de la hoguera donde contaban asar el iguanod�n. - No lo entiendo -murmur� P�pochkin desaanimado. - Pues est� bien claro -lanz� Maksh�iev--. Nos han robado todo cuanto ten�amos. - Pero, �qui�n, qui�n? -gritaba Kasht�noov-. Hubieran podido hacerlo �nicamente seres racionales, y no hemos encontrado ni uno solo desde que hemos abandonado el Estrella Polar . - �No van a ser los iguanodones los que nos han robado! - �Ni los estegosaurios! - �Ni los plesiosaurios! - �Y si esos malditos pterod�ctilos se llo han llevado todo a sus nidos? -hipotetiz� Gromeko acord�ndose de la historia de su impermeable. - �No es veros�mil! �C�mo han podido llevarse la tienda de campa�a, los cacharros, la ropa de dormir y todos los dem�s objetos? Me parece imposible en ellos esta manifestaci�n de inteligencia y astucia -contest� Kasht�nov. - �Y las barcas? -exclam� Maksh�iev. Los cuatro se precipitaron hacia el extremo del bosque donde, antes de emprender su excursi�n, hab�an ocultado entre la maleza las lanchas y los remos. Todo lo encontraron intacto. - Pero ha desaparecido nuestra balsa, que hab�amos dejado en la orilla del mar, frente a la tienda -declar� Gromeko. - �Qu� vamos a hacer ahora? -pronunci� eel ge�logo, interpretando la confusi�n general-. Sin tienda de campa�a, sin v�veres, sin ropa y sin utensilios, �acabaremos muri�ndonos al borde de este maldito mar! - Estudiemos con calma nuestra situaci�nn -propuso Kasht�nov-. Ante todo, vamos a descansar y a reponer fuerzas: el cansancio y el est�mago vac�o son malos consejeros. Hemos tra�do carne, con que vamos a encender una hoguera y asarla. - Adem�s, podemos beber agua con az�car -a�adi� Gromeko se�alando el bid�n de agua y la brazada de juncos azucareros. As� lo hicieron. Cortaron la carne en trozos peque�os que, ensartados en unas varitas, fueron puestos junto al fuego para que se asaran. Luego se sentaron los cuatro junto a la hoguera y, mientras tomaban unos sorbos de agua chupando el jugo de los juncos para endulzarla, continuaron discutiendo la misteriosa desaparici�n de la tienda. - �Ahora estamos como Robins�n en la isla desierta! -dijo en broma Maksh�iev. - Con la diferencia de que nosotros somoos cuatro y tenemos escopetas y cierta reserva de municiones -observ� Kasht�nov. - Hay que contar los cartuchos y no emplearlos m�s que en los casos extremos. - Yo tengo todav�a en la cantimplora unoos dos vasos de co�ac -declar� Gromeko que, como m�dico, llevaba siempre algo de alcohol por si ocurr�a cualquier accidente. - Pues en mi mochila hay una tetera pequue�a, un vaso plegable y un poco de t� -a�adi� el zo�logo, que nunca sal�a de excursi�n sin aquellas cosas. - �Muy bien! Al menos podemos de vez en cuando tomar un poco de t� -replic� Maksh�iev-. Desgraciadamente yo no tengo en los bolsillos nada m�s que la pipa, el tabaco, una br�jula y un cuadernillo de notas. - Pues tampoco tengo yo nada aparte de los martillos. - El asado est� listo -anunci� el bot�nico, que hab�a cuidado de las varitas donde estaba la carne. Cada cual tom� una y se pusieron a comer. Pero la carne no ten�a sal ni se distingu�a por su gusto agradable. - Habr�a que buscar sal en la playa -obsserv� Maksh�iev-. Por lo menos deb�amos haber mojado la carne en el agua del mar. Mientras com�an la carne hirvi� el agua en la tetera del zo�logo y, por turno, se bebieron un vaso de t� endulzado con jugo de junco. Despu�s de comer y de fumar una pipa, reanudaron la conversaci�n acerca del plan que deb�an seguir. Todos coincidieron en que hab�a que comenzar la persecuci�n de los ladrones inmediatamente despu�s de haber determinado la direcci�n que hab�an seguido con su bot�n. - Empecemos por examinar detenidamente los alrededores del campamento -propuso Maksh�iev-. Los ladrones han podido venir y marcharse por el aire como ha pensado Gromeko, aunque me parece inveros�mil, o bien por el agua utilizando nuestra balsa o, en fin, por tierra. Sin embargo, para llegar hasta el agua han tenido que andar tambi�n por tierra. De manera que, si no han venido por el aire, han tenido que dejar huellas en una u otra direcci�n a partir de nuestra tienda. - L�stima que no se nos haya ocurrido eso al principio porque, con nuestras idas y venidas, hemos podido borrar ya las huellas de los ladrones. - A lo largo del acantilado no se puede andar mucho hacia el Este, como vimos ayer -prosigui� Maksh�iev-. Por la vaguada tampoco es posible que se hayan marchado: est� atajada y, adem�s, no nos hemos cruzado con nadie ni hemos visto ninguna huella sospechosa. Por consiguiente, debemos buscar las huellas de los ladrones al borde del mar o hacia el Oeste, a lo largo de esta orilla. - Tiene usted mucha raz�n -observ� Kashtt�nov-. Esas son las dos direcciones m�s probables. - Empecemos pues las b�squedas. Como yo tengo mucha m�s experiencia que ustedes para seguir pistas -concluy� Maksh�iev--, les ruego que permanezcan aqu� mientras yo examino los alrededores del campamento. Maksh�iev se arrodill� para examinar cuidadosamente el suelo alrededor del sitio donde hab�a estado la tienda; luego fu� hacia la orilla del mar e inspeccion� el sitio donde hab�a estado la balsa, volvi� sobre sus pasos y se dirigi� al Oeste a lo largo de la orilla. A unos doscientos -pasos clav� una rama seca en el suelo y volvi� hacia sus compa�eros. - Los ladrones no son hombres ni siquierra reptiles. A juzgar por las huellas de patas que se ven en casi todas partes, se trata de grandes insectos. Son muy numerosos: varias decenas. Al principio me hab�a parecido que hab�an arrastrado las cosas hacia la balsa para llev�rselas por mar, pero las huellas no llegan hasta el agua y ning�n indicio hace suponer que la balsa haya sido echada al agua. Ha desaparecido de unja manera absolutamente incomprensible. En cuanto a la tienda y los dem�s objetos han sido transportados unos y arrastrados otros por la arena hacia el Oeste a lo largo de la orilla. Los ladrones tienen seis patas y el cuerpo debe medir alrededor de un metro de largo, a juzgar por las huellas que han dejado en la arena. - �Vaya unos animalitos! -exclam� P�pochkin. - Bueno, pero, �qu� ha sido de General? -pregunt� Kasht�nov-. �Lo han matado, se lo han llevado vivo para devorarlo o ha huido asustado por los ladrones? - En torno a la tienda hay muchas huellas del perro, pero en su mayor�a recubiertas por las de los insectos, m�s recientes por lo tanto. En ninguna parte se ve sangre ni restos de insectos muertos por el perro. Yo me inclino a pensar que General ha huido ante unos adversarios desconocidos tan numerosos y est� oculto en la espesura. Adem�s, todav�a debemos examinar el suelo a lo largo del lindero del bosque. Con estas palabras Maksh�iev reanud� sus pesquisas desde el lugar de la tienda hacia el lindero del bosque. Una vez all�, fu� de un lado a otro observando cuidadosamente el suelo y, por fin, se detuvo y llam� a sus compa�eros. - General ha pasado por aqu� para esconderse en la espesura. Pero antes le hab�a ocurrido algo porque arrastraba las patas traseras. Maksh�iev se abri� un camino en la espesura cortando las ramas inferiores de las colas de caballo con su cuchillo de caza y se adentr� por aquel paso silbando al perro y deteni�ndose de vez en cuando para escuchar. Al fin se oy� un ladrido d�bil y, poco despu�s, por entre las ramas sali� General, arrastr�ndose y en un estado lamentable. Ten�a todo el cuerpo hinchado y la parte trasera como paralizada. - �Qu� te ocurre, General, pobre chucho?? -dec�a Maksh�iev acariciando la cabeza del animal, que le lam�a las manos quej�ndose. El ingeniero se desliz� fuera de la espesura seguido del perro; cuyo aspecto suscit� la compasi�n de todo. - �Le habr�n partido el espinazo? -preguunt� P�pochkin. - No lo creo -contest� Gromeko examinanddo al perro-. No, no es eso -continu�-. Lo m�s probable es que hayan herido a General con flechas envenenadas. Tiene en el lomo unas cuantas peque�as heridas donde la sangre se ha coagulado ya. Pero el espinazo est� intacto. - Pero, �c�mo van a ser flechas -sorprenndi�se Maksh�iev--, si los ladrones son insectos? - Se me hab�a olvidado. En este caso es que le han picado o le han mordido con las mand�bulas o los aguijones venenosos. - �Qu� hacemos con el perro? �Se le podrr� curar? - Supongo que s�. En caso de que el veneno fuera mortal, el perro no existir�a ya. Desgraciadamente, nuestra farmacia de campa�a ha sido robada con el resto de las cosas. No queda m�s remedio que probar las compresas fr�as. Maksh�iev tom� en brazos al perro, que se quejaba lastimeramente, y lo llev� hacia la orilla del mar. Gromeko fu� roci�ndole el cuerpo con agua. Al principio, el perro trataba de escapar chillando, pero pronto se aplac� bajo el efecto calmante del agua. Entonces lo metieron en el agua de cintura para abajo. Mientras el bot�nico se ocupaba de General, los dem�s sacaron de la espesura las barcas y los remos, echaron al agua las embarcaciones y metieron en ellas los pocos objetos que les quedaban por hab�rselos llevado durante la desgraciada excursi�n. Dos de ellos volvieron luego hacia el lago de las rocas para completar la reserva de agua potable, mientras los dem�s asaban el resto de la carne de iguanod�n a fin de que la preparaci�n de la comida no les hiciera detenerse en la persecuci�n de los ladrones. En la hora que precisaron para los preparativos disminuy� sensiblemente la hinchaz�n del perro y ya pudo tenerse de pie. Qued� decidido meterlo en una de las barcas, ya que dos de los exploradores ir�an bordeando la costa en las embarcaciones cargadas mientras los dem�s seguir�an las huellas de los ladrones en tanto no se alejasen de la orilla. De esta manera, los remeros pod�an acudir en auxilio de los que iban a pie en caso de necesidad o bien embarcarlos. Los que iban a pie pod�an a su vez detener a los otros en cuanto las huellas se apartasen hacia el interior de la regi�n. |
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