Introducci�n
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Cap�tulo XXXV �COMO PENETRAR EN EL HORMIGUERO?Despu�s de haber examinado aquel lugar, Kasht�nov y Maksh�iev volvieron adonde estaban sus compa�eros para concertar la conducta a seguir.- Atacar el hormiguero dormido es cosa ff�cil -dijo Kasht�nov-. Pero, �ser�a razonable? No sabiendo en qu� parte de esta enorme construcci�n est�n guardadas nuestras cosas, podemos extraviarnos f�cilmente en el laberinto de galer�as. - El interior debe estar oscuro, y no teenemos velas ni linternas -observ� P�pochkin. - Se pueden hacer antorchas -declar� Groomeko-. He visto en el bosque unos �rboles resinosos que servir�an muy bien. - Yendo con antorchas encendidas despertar�amos a las hormigas y ser�amos v�ctima de un ataque que terminar�a mal para nosotros -dijo Maksh�iev. - En efecto, deben ser centenares o quiz� miles y, por muchas que matemos a tiros o con los cuchillos, acabar�an mat�ndonos a mordiscos o a picotazos. - Entonces, �qu� hacemos? -murmur� Kasht�nov-. Renunciar a nuestros efectos no podemos, porque nos har�n falta para el camino de vuelta. - �Y si incendi�ramos el hormiguero por un solo costado? Las hormigas se dar�n prisa en salvar sus bienes y, con el resto, sacar�n lo que nos han robado. - Lo que salvar�n ante todo son las larvas y las ninfas. Entretanto pueden arder nuestras cosas. Adem�s, aun en el caso de que les diese tiempo a sacarlas, tendr�amos que arrebat�rselas por la fuerza. - Pod�amos ahumarlas y, cuando hayan abandonado el hormiguero, entrar a buscar nuestro equipaje. - Ese plan es mejor; pero no podremos enntrar en las galer�as mientras est�n llenas de humo y, cuando se disipe, tambi�n querr�n volver las hormigas. - La situaci�n sigue siendo sin salida. - Se me ocurre una cosa -intervino Makshh�iev-: me tiendo cerca del hormiguero haci�ndome el muerto, las hormigas me meten en �l y, una vez all�, quiz� consiga descubrir nuestro equipaje y sacarlo a la noche siguiente. - Es demasiado peligroso -objet� Kasht�nnov-. Las hormigas pueden intentar llev�rselo en pedazos. Y aun admitiendo que le metan en el hormiguero sin matarle, �c�mo iba usted a orientarse a oscuras y haciendo de cad�ver en el laberinto de galer�as para volver a salir? - Me llevar� un ovillo de hilo en el bolsillo y lo desenrollar� poco a poco como hizo Teseo con el hilo de Ariadna. - Eso si las hormigas no se dan cuenta y recogen el hilo. Adem�s, �tiene usted hilo? Nadie ten�a hilo. Se renunci� a este arriesgado plan. Sentados, con la cabeza gacha, los exploradores elaboraban nuevos planes, a los que ten�an que renunciar siempre por imposibles. - Creo que he dado con la soluci�n -declar� Kasht�nov-: hay que asfixiar a las hormigas o fumigarlas con gases t�xicos para que est�n aletargadas durante el tiempo que tardemos en buscar nuestras cosas en el hormiguero. Esos gases son: el cloro, el bromo y el gas sulfuroso. De manera que, ante todo, hay que buscar el material que nos permita obtener la cantidad suficiente de gas. El cloro se puede sacar de la sal marina. El bromo est� contenido probablemente en las cenizas de las algas de este mar, pero su extracci�n ser�a m�s dif�cil a�n que la del cloro. Lo m�s f�cil es fabricar gas sulfuroso, si es que encontramos azufre, piritas o cualquier otro mineral sulfuroso. Galenas hemos encontrado ya en el desfiladero de los pterod�ctilos; de forma que quiz� lo haya tambi�n aqu�, en las rocas de esos montes. - �Pero es que la b�squeda del material y la fabricaci�n del gas nos van a consumir un tiempo infinito! -dijo Maksh�iev. - �Qu� se le va a hacer! Las municiones que tenemos nos bastan para procurarnos durante algunos d�as alimento cazando. M�s vale preparar un procedimiento m�s seguro, que los arriesgados siempre nos quedan para un caso de extrema necesidad. - O sea, que tenemos que marcharnos de aaqu� sin castigar a los ladrones. - M�s vale que nos marchemos antes de quue nos vean las hormigas, y no despertar su suspicacia con tentativas precipitadas. Si los inquietamos, los insectos se har�n m�s precavidos, aumentar�n su prudencia, colocar�n centinelas a la entrada, inspeccionar�n los alrededores y dificultar�n todos nuestros pasos, ya que ignoramos el grado de desarrollo de estos reyes de la naturaleza jur�sica. Todos opinaron como Kasht�nov, aunque contrariados por tener que renunciar al castigo inmediato de los ladrones. Qued�, pues, decidido volver a las dunas y, por la vaguada, llegar hasta los montes para buscar azufre o minerales sulfurosos. Los viajeros se dirigieron hacia la vaguada bordeando el lindero. No se ve�a ning�n animal, incluso ning�n insecto. Se conoce que las hormigas daban caza a todos los que se aventuraban por all� cerca. S�lo de tarde en tarde alg�n reptil volador pasaba r�pido sobre el erial. La vaguada bordeaba aquel erial y, poco m�s arriba, se hund�a entre las dunas por un valle bastante profundo. A ambos lados crec�an arbustos, peque�as colas de caballo, juncos azucareros y helechos. Remontando este valle, los exploradores anduvieron todav�a unos cuantos kil�metros y luego decidieron tomarse un buen descanso, despu�s de todo un d�a de inquietudes y de marcha. El arroyo arrastraba ya bastante agua y la sombra de las palmeras y las colas de caballo invitaba al reposo. Hicieron t�, cenaron los restos del huevo cocido y durmieron apaciblemente. Pero luego, como aparecieron hormigas por los alrededores, tuvieron que apresurar el desayuno a fin de alejarse cuanto antes del hormiguero y no traicionar su presencia a los insectos. A pocos kil�metros de all� las vertientes arenosas del valle dejaron paso a otras, de roca, ya que el cauce se adentraba ahora en la meseta formada por los montes. Makslh�iev y Kasht�nov buscaban el azufre, examinando paso a paso las rocas, uno en la vertiente derecha y otro en la izquierda, lo cual, naturalmente, frenaba mucho el avance. P�pochkin y Gromeko se quedaban al borde del arroyo preparadas las escopetas, con la esperanza de cazar alg�n animal o rechazar el ataque de los reptiles o las hormigas. Pero no aparec�a ninguna. La regi�n iba haci�ndose m�s des�rtica; al borde del arroyo escaseaban ya los �rboles y los arbustos y s�lo una estrecha franja de hierba y de juncos azucareros lo enmarcaba. La existencia de estos �ltimos alegraba mucho a los viajeros, ya que a ello se reduc�a su alimentaci�n en aquel desierto. De animales no encontraban m�s que enormes lib�lulas que revoloteaban sobre el agua y, de vez en cuando, pterod�ctilos que daban caza a estos insectos. El aire estaba absolutamente inm�vil, los rayos de Plut�n quemaban sin misericordia en aquel estrecho valle, cuyas vertientes desnudas estaban recalentadas como un horno y s�lo la presencia del agua y la posibilidad de saciar siempre la sed y de refrescarse animaba a los exploradores y les permit�a continuar adelante. Hasta entonces la b�squeda de minerales sulfurosos hab�a sido est�ril. A la hora de la comida, los exploradores hicieron alto al borde del arroyo, prepararon el t�, chuparon algunos juncos azucareros y se repartieron la �ltima galleta. - Esta tarde tendremos que probar la carrne de lib�lula o matar alg�n pterod�ctilo -dijo tristemente P�pochkin recogiendo las �ltimas migajas de la galleta. |
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