Introducci�n
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Cap�tulo XXX REPTILES CARNICEROS Y HERBIVOROSAl otro d�a un viento bastante fuerte agit� el mar, arrojando incluso hasta la tienda salpicaduras de la resaca. Navegar con aquel tiempo en las fr�giles embarcaciones resultaba imposible, y los viajeros optaron por hacer juntos una excursi�n al interior de la regi�n desconocida, remontando la vaguada que atravesaba el bosque.Como era poco probable que los monstruos marinos atacasen la tienda de campa�a vac�a, s�lo qued� junto a ella General, aunque sin atar para que, en caso de peligro, pudiese refugiarse en la espesura. Los cazadores tiraron por el brazo izquierdo de la vaguada, que flanqueaba a un lado y otro la misma pared de colas de caballo y helechos. S�lo aqu� y all� serpeaban entre la espesura estrechas sendas abiertas por animales peque�os. En el aire, sobre las cumbres de los �rboles, volaban enormes lib�lulas y otros insectos de gran tama�o. A veces pasaban pterod�ctilos de talla regular que persegu�an a los insectos. Pero la selva parec�a muerta, deshabitada: no se escuchaban en ella ni el canto de aves ni los susurros tan frecuentes en los bosques de las orillas del r�o Maksh�iev. S�lo una vez distingui� Gromeko, que abr�a marcha, un animal oscuro, del tama�o de un perro, atravesando una trocha; pero desapareci� a tal velocidad que el cazador no tuvo siquiera tiempo de apuntarle. Hubo que conformarse con cazar insectos. P�pochkin captur� a una mariposa de treinta y cinco cent�metros de envergadura, que se hab�a posado sobre una flor de palmera, y unos cuantos escarabajos, gruesos como un pu�o grande, que mord�an y ara�aban muy dolorosamente. Al fin termin� el bosque, y los cazadores salieron a un espacioso calvero tapizado de la misma hierba �spera y, en algunos sitios, donde el suelo era h�medo, de licopodios, musgos y peque�as matas de helechos rastreros. Al Sur terminaba el calvero en el muro desnudo y abrupto de una cadena de monta�as de color granate que tendr�a unos doscientos metros de altura y estaba partida por una garganta bastante profunda. De ella flu�a, probablemente, el agua que empantanaba el calvero y, durante las lluvias, desembocaba en el mar siguiendo la vaguada. El calvero med�a m�s de un kil�metro de largo por unos cien o doscientos de ancho. Los exploradores se sent�an atra�dos por la garganta que penetraba en las monta�as. Pero, al apartarse un poco, vieron que en el extremo septentrional del calvero, detr�s de unos salientes del bosque, pac�a un peque�o grupo de reptiles. Unos, erguidos sobre las patas traseras, arrancaban con sus gruesos labios las hojas de palmera, y otros, m�s j�venes, los brotes tiernos de las colas de caballo y los helechos. Y, en fin, los menores se alimentaban de hierba, con la abultada grupa risiblemente levantada m�s alta que la cabeza y agitando el rabo. A veces se pon�an a juguetear y a perseguirse tan pronto sobre las cuatro patas como sobre dos, dando unos pesados brincos. �Qui�n dejaba escapar aquella ocasi�n tan interesante de fotografiar a unos iguanodones paciendo y jugando! Los viajeros regresaron precipitadamente al lindero del bosque y luego lo siguieron con mucha precauci�n para acercarse a los animales. Lo consiguieron, y hab�an hecho ya una primera fotograf�a, cuando los iguanodones manifestaron de pronto inquietud. Los mayores, alerta, dejaron de comer y lanzaron un silbido estridente. Al o�rlo, los peque�os se irguieron sobre las patas de atr�s y, torpotes, balance�ndose, corrieron hacia sus padres, que formaron un c�rculo alrededor de ellos con las grupas para afuera. Las dos fotos siguientes perpetuaron esta alarma de los iguanodones, que no ,era vana como pronto pudo verse. Del extremo opuesto del calvero llegaba a grandes saltos de varios metros de largo, bordeando el lindero del bosque, un monstruo que al principio les pareci� a los cazadores un iguanod�n. Era tan grande como los reptiles herb�voros y utilizaba tambi�n �nicamente las patas de atr�s para moverse; sin embargo, cuando estuvo cerca pudo verse que se distingu�a de los otros animales por tener el cuerpo m�s esbelto y los movimientos incomparablemente m�s r�pidos. Una vez al lado del c�rculo de los iguanodones, el monstruo lanz� un resoplido amenazador al que sus adversarios respondieron con un largo silbido quejumbroso. Luego empez� a saltar en torno a los iguanodones, pero no encontr� por todas partes m�s que grupas levantadas y pesadas colas batiendo el aire. Y los coletazos o las coces con las macizas patas de atr�s deb�an ser terribles.
Convencido de que era imposible penetraren el c�rculo y apoderarse de uno de los animales j�venes, la fiera peg� de pronto un salto prodigioso por encima de la cabeza de los defensores y cay� en medio de los j�venes iguanodones que se apretujaban en el centro. Los medrosos herb�voros se dispersaron, huyendo del enemigo, que tuvo tiempo de apoderarse de uno de los iguanodones peque�os y degollarlo al instante. Las diferentes fases del ataque fueron igualmente fotografiadas, despu�s de lo cual restallaron dos disparos y el carnicero qued� tendido junto a su v�ctima. Cuando dej� de debatirse, los cazadores se acercaron y pudieron examinar aquel nuevo representante de los reptiles gigantes. Se parec�a, en efecto, a los iguanodones por las largas patas traseras y la gruesa cola que serv�a de soporte al cuerpo, Las patas delanteras, muy cortas, terminaban en cuatro dedos de u�as aceradas. El cuello, breve, sosten�a una cabeza peque�a de enormes fauces provistas de dientes agudos. Un cuerno corta y aplastado se alzaba en el nacimiento de la nariz y m�s serv�a de adorno que de arma ofensiva. Dos cuernos menores asomaban detr�s de los ojos y, desde la nuca, la espina y la cola estaban erizadas de una hilera de p�as cortas pero agudas. La piel, desnuda y arrugada, ten�a un calor gris verdoso. El animal, que alcanzaba cinco metros de largo, deb�a poseer una fuerza enorme, y f�cil era juzgar de su agilidad y su audacia por el ataque a los iguanodones. Despu�s de haber examinado el cad�ver, Kasht�nov dijo que deb�a tratarse de un ceratosaurio, del mismo orden de los dinosaurios al que pertenec�an tambi�n los iguanodones y otros reptiles terrestres del per�odo mesozoico. - �Supongo que no vamos a probar la carne de esta horrible fiera! -dijo Gromeko cuando terminaron de medir y describir el monstruo. - Por qu� no? Si no tuvi�ramos otra cosa, habr�amos de conformamos con ella -contest� Maksh�iev-. Pero podemos aprovecharnos del iguanod�n, al que el carnicero s�lo ha tenido tiempo de matar. - Habr� que esconderlo bien. De lo contrario, los pterod�ctilos no van a dejarnos ni pizca. F�jense: ya lo han olfateado. En efecto, sobre el calvero giraban ya reptiles voladores con un ronco croar. Por eso, los cazadores cortaron las patas traseras del joven iguanod�n y las disimularon en la espesura, suspendi�ndolas de las ramas, y entonces se dirigieron hacia la garganta, atravesando el calvero, que hab�a quedado desierto despu�s de la lucha y los disparos. |
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