Introducci�n
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Cap�tulo XXVIII LOS MILLONES DE MAKSHEIEVLos acantilados m�s pr�ximos, de color casi negro, con manchas rojas y amarillas y rayas en la superficie, eran de mineral de hierro, de im�n puro. Cada martillazo desnudaba el mineral y s�lo en algunos sitios aparec�an manchas y vetas de otra roca oscura.- �Cu�ntas riquezas perdidas aqu� in�tilmente! -exclam� Maksh�iev despu�s que hubieron examinado una hilera del acantilado, encontrando en. todas partes mineral �nicamente con la superficie un poco horadada y oxidada. - En efecto, se podr�a construir aqu� unna explotaci�n que proporcionara mineral a todos los habitantes de la superficie terrestre -observ� Kasht�nov-. Naturalmente, habr�a que empezar por tender un ferrocarril a trav�s de Plutonia y de la Tierra de Nansen y emplear rompehielos gigantescos en el mar de Beaufort. - Esa es cuesti�n de un porvenir no muy lejano. Cuando arriba se reduzcan las reservas de mineral de hierro, las empresas de este g�nero ser�n �tiles e incluso necesarias para la humanidad. A un kil�metro sobre poco m�s o menos del sitio donde comenzaban los acantilados, la exploraci�n de la orilla fu� cortada por el mar, cuyas olas se romp�an al pie mismo de las rocas abruptas sin dejar el menor sendero para el paso. - Tendremos que continuar nuestras investigaciones en abarca cuando el mar est� en calma -dijo Maksh�iev. - �Y si prob�semos, de momento, a subir por una de las gargantas que acabamos de dejar atr�s? -pregunt� Kasht�nov. Despu�s de volver un poco sobre sus pasos, los dos investigadores se adentraron en la primera garganta que cortaba las rocas siderol�ticas. La entrada estaba cegada por enormes bloques de mineral que tuvieron que escalar con gran esfuerzo. Durante este ejercicio gimn�stico, Maksh�iev se detuvo de pronto sorprendido. - �F�jese usted en esto! -exclarn�, se�alando una veta intensamente amarilla de cinco a diez cent�metros de espesor que cortaba un enorme bloque de im�n natural-. �Apuesto la cabeza a que es ora nativo! - Tiene usted raz�n -contest� Kasht�nov--. Es oro nativo y de bastantes quilates. - �Qu� cantidad de riquezas perdidas! -exclam� el antiguo buscador de oro-. He visto muchos yacimientos aur�feros en California y en Alaska, pero nunca hab�a encontrado una veta compacta de oro ni o�do hablar de nada semejante. - Tampoco hab�a tenido yo ocasi�n de leer nunca descripciones de vetas parecidas -confirm� Kasht�nov-. Pero, al fin y al cabo, la veta atraviesa �nicamente este bloque y no la roca, de manera que su riqueza se reduce a unas cuantas decenas de kilos. - Si hay una veta en el bloque, �por quu� no puede continuar en la roca de la cual se ha desprendido? - Efectivamente. Desde luego, vamos a haacer b�squedas; pero es posible que atraviese un pico inaccesible y entonces tendremos que contemplarla como contemplaba las uvas la zorra del cuento. - No hay picos inaccesibles a la dinamita y a las obras de miner�a -exclam� arrebatado Maksh�iev-. Lo que hace falta es encontrar la veta. - Mi impresi�n es que el inter�s de este descubrimiento ser� para nosotros puramente te�rico; ya que no podremos llevarnos en nuestras lanchas, no ya una tonelada, sino ni siquiera un centenar de kilos de oro. - �Qu� se le va a hacer! Nos llevaremos todo lo que podamos y luego enviaremos al centro de la tierra una expedici�n especial en busca de oro. Despu�s de examinar los acantilados que se alzaban a la entrada de la garganta sobre los montones de bloques y de convencerse de que no se ve�a en ellos oro, los ge�logos remontaron la garganta que, m�s adelante, se ensanchaba un paco. Las paredes se alzaban perpendicularmente y el suelo estaba cubierto de pedriza y escombros menudos. Las rocas laterales conten�an s�lo im�n natural, pero Kasht�nov descubri� otros minerales entre la pedriza. - Mire usted: m�s oro -anunci� Maksh�ievv despu�s de haber recorrido unos cincuenta pasos por la garganta. Levant� del suelo un trozo de roca donde el oro brillaba en peque�os puntos. El fondo de la garganta empezaba a ascender a doscientos pasos de la entrada, para convertirse luego en una serie de salientes. Los ge�logos treparon a los primeros hasta detenerse delante de una roca absolutamente perpendicular, de unos cuatro metros de altura, que les cerraba el camino ya que no hab�a posibilidad de trepar por el muro liso. Descorazonado, Maksh�iev golpe� con el martillo contra el muro escarpado y exclam�: - No se puede seguir adelante, conque � adi�s nuestras esperanzas de dar con la veta de oro ! - S�, habr� que buscar otra garganta. - Pero, �qu� es esto? -lanz� Maksh�iev furioso-. En lugar de darnos oro esta roca se quiere quedar con mi �nico martillo. En efecto, el martillo aparec�a pegado a la pared de donde el buscador de oro trataba en vano de arrancarlo. En ese momento, Kasht�nov, que estaba examinando un saliente de la roca, volvi� la espalda a la pared, present�ndole la escopeta que llevaba colgado al hombro; y not� que una fuerza poderosa le atra�a. La escopeta golpe� contra la roca y el ge�logo se vi� imposibilitado para apartarse de ella. - �Qu� poder magn�tico tiene esta roca! -exclam� al comprender lo que suced�a-. Ha sido el im�n natural el que ha atra�do su martillo y mi escopeta. - �Y c�mo vamos a recuperarlos? Porque nno es cosa de dejar aqu� estos objetos necesarios como recuerdo perpetuo de nuestra excursi�n fallida. Kasht�nov desliz� el hombro fuera de la correa y la escopeta qued� pegada a la pared. Al mismo tiempo Maksh�iev logr� arrancar el martillo tirando de �l con todas sus fuerzas. Luego empu�aron juntos la escopeta y entre los dos lograron apartarla de la roca. - No tenemos m�s remedio que volvernos --constat� Kasht�nov-. Llevando objetos met�licos en la mano iba a ser un martirio andar por aqu�. - Espere usted, que se me ha ocurrido una manera de trepar a la roca. Dejaremos aqu� las escopetas porque en esta garganta �rida no puede haber un animal. - �Y despu�s? - Ahora ver� usted. Maksh�iev eligi� entre la pedriza que andaba tirada por la garganta unos trozos angulosos de mineral bastante grandes y los aplic� uno tras otro por una de sus facetas a la pared abrupta del saliente: los trozos adher�an al instante y quedaban bien agarrados, formando una escalera que permit�a ascender, cierto que con alg�n riesgo, a la cumbre. - Estoy pasmado de su ingenio -dijo Kasht�nov-. Es usted un verdadero buscador de oro, que siempre encuentra !la manera de salir airoso de toda situaci�n dif�cil. - Muchas gracias por el elogio. Ha sido el martillo el que me ha sugerido la idea. Cuando estaba adherido a la pared con el mango hacia m� y no pod�a apartarlo presionando con la mano, se me ocurri� pensar que era como un pelda�o. Y lo dem�s ya lo comprender� usted. Los ge�logos dejaron las escopetas, las cartucheras y la mochila donde iban las muestras del mineral que hab�an recogido, y luego treparon por los pelda�os improvisados. Maksh�iev sub�a delante prolongando la escalera con los trozos de mineral que su compa�ero iba d�ndole desde abajo. A los cinco minutos ambos estaban arriba. La garganta conservaba el mismo car�cter: paredes abruptas a derecha e izquierda, una serie de salientes en el fondo y, por todas partes, im�n natural m�s o menos fuerte. Despu�s de trepar unos doscientos pasos m�s, los ge�logos vieron en el fondo de la garganta un bloque de color amarillo brillante y del tama�o de la cabeza de un buey. Era un trozo de oro nativo. - �A ver, buscador de oro! Ll�vese este trocito hasta nuestro campamento -dijo Kasht�nov riendo. - Efectivamente, es un pedrusco imponentte -contest� Maksh�iev, empujando con el pie el trozo de mineral, que ni siquiera se movi�-. Debe pesar sus ochenta Kilos y valer alrededor de cien mil rublos. La veta de oro tiene que estar cerca. Con la cabeza levantada, los dos hambres se pusieron a examinar atentamente las paredes escarpadas de la garganta y pronto descubrieron a la derecha, a unos cuatro metros, una veta de oro que atravesaba en l�nea oblicua la masa oscura del im�n natural. En algunos sitios llegaba a medir medio metro de anchura y en otros se estrechaba ramific�ndose hacia arriba y abajo. - �Esto que estamos viendo son millones y millones! -suspir� Maksh�iev, calculando con la mirada la longitud de la veta-. Aqu� est�n a la vista decenas de toneladas de oro. - Usted se apasiona demasiado por el oro -observ� Kasht�nov-. Aunque este fil�n valga decenas de millones, no es, al fin y al cabo, nada m�s que un fil�n. En cambio, le rodea una monta�a de miles de millones de toneladas de precioso mineral que tiene un valor tambi�n de miles de millones. - Pero es muy probable que la veta no sea la �nica. Posiblemente haya partes enteras de la monta�a compuestas de oro y, en ese caso, sus reservas valdr�an tambi�n miles de millones de rublos. - Si se lograse extraer semejantes cantidades de oro pronto decaer�a su precio en el mercado. El valor del oro se debe a que no abunda en la naturaleza. Pero en la historia de la humanidad el oro desempe�a un papel mucho m�s peque�o que el hierro, sin el cual no podr�a vivir la t�cnica moderna. Anule usted la moneda oro y las alhajas, absolutamente in�tiles, y la demanda de oro resultar� bien peque�a. - Exagera usted el papel del hierro -objjet� Maksh�iev-. Si existiera grandes cantidades de oro, sustituir�a muchos metales, sobre todo en las aleaciones de cobre, de cinc y de esta�o. La industria tiene gran necesidad de metales y aleaciones s�lidas inoxidables. Con el oro barato se fabricar�a bronce, cables y otras muchas cosas para las cuales se ha de emplear a la fuerza el cobre y sus aleaciones. - De todas formas, es indudable que las reservas de hierro son aqu� enormes y en cambio son problem�ticas y relativamente peque�as las reservas de oro. - Bueno, pues usted qu�dese con las reservas de hierro y d�jeme a m� el oro cuando volvamos aqu� para explotar estos yacimientos -concluy� Maksh�iev riendo. - Puedo cederle tambi�n el mineral de hiierro y sean para usted estos millones o estos miles de millones -replic� Kasht�nov siguiendo la broma. Cuando volvieron al borde del mar, los exploradores visitaron otras cuantas gargantas semejantes. Los muros eran en todas partes de mineral de hierro con algunas peque�as vetas y manchas de oro. Pero no encontraron ya ning�n fil�n del grosor del que hab�an hallado en la primera garganta. Maksh�iev vi�se obligado a reconocer que las riquezas representadas por el mineral de hierro eran incomparablemente mayores que las del oro. Abrumados bajo la carga de las muestras de mineral inapreciable, los ge�logos volvieron por fin al campamento, donde sorprendieron con su relato a los compa�eros que hab�an regresado poco antes. |
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