Kababelan  2005

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SEGUNDO LIBRO:

LA PORTADORA DEL SECRETO

 

II.  CICLO DE LAS LUCES

EL CIRCULO         DE LAS GUARDIANAS   DEL GRIAL.

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INTRODUCCIÓN: EL MITO GRIALIANO.

PRIMER LIBRO:      LA PORTADORA DEL SECRETO.       PRÓLOGO

CICLOS

LA JOVEN MISTERIOSA

LAS LUCES

EL ROSETÓN

EL CISNE Y LOS DOS CANES

LA CUEVA

EL PASEO POR  EL BOSQUE

LA COPA

SEGUNDO LIBRO:   EL VIAJE. INTRODUCCIÓN  Y PRÓLOGO.

CRUZAR EL PUENTE

CRUZAR EL PUENTE II 

CRUZAR EL PUENTE III           (Portal sin incorporar  a la web) 

TERCER  LIBRO: LAS REVELACIONES  DE LA GUARDIANA. PRÓLOGO.

CICLOS

EL JARDÍN

LOS OTROS

LA MANSIÓN

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SINOPSIS/ PRESENTACIÓN

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La mayor parte de los capítulos aún permanecen sin ilustrar. La Web se irá completando y perfeccionando con el tiempo.

kababelan@yahoo.es

 

 

 

 

Capítulo  7. 

LOS TRES KERUBINES

 

 

Nos hallábamos en un pequeño y solitario valle, rodeados de verdes montañas, lejos de cualquier zona habitada. Descansábamos echados bajo unos árboles, en una frondosa ladera, recreándonos con los últimos instantes en aquel hermoso y pacífico lugar.

- ¡Miiiiiiiraaa! - dijo de repente Tanit con gran asombro.- ¡Tres querubiiiiiiineees!- Sus bellos ojos se abrieron mientras le brillaban intensamente.

Sobresaltado me volví y divisé en el lejano horizonte crepuscular, en el azul cobalto del cielo, tres pequeñas luces blancas muy resplandecientes, como si fueran tres estrellas en movimiento. Volaban lenta y pausadamente, en formación triangular equidistante, fluyendo con un desplazamiento asombrosamente continuo, como si no lucharan contra la resistencia de la atmósfera o la atracción de la gravedad.

Pensé que quizá podían ser tres aviones o helicópteros que llevaban luces de posición muy nítidas y potentes. Aunque ya en ese mismo instante lo dudaba. Conforme avanzaban me parecía cada vez más claro que no había nada tras las extrañas luces, ninguna aparente estructura y tampoco sonido alguno.

Nos levantamos los dos para contemplarlas con más facilidad. Eran luces de un blanco sumamente intenso, pero que sin embargo no destellaban en absoluto. Pensé muy deprisa y una sensación de hormigueo recorrió mi espalda. Los extraños puntos de luz se deslizaban por la bóveda celeste absolutamente silenciosos, con un movimiento increíblemente suave y uniforme. Aún distantes en el espacio del horizonte, enseguida alcanzaron cada uno más de medio centímetro de diámetro y su poderoso brillo impresionaba. La piel se me erizó y sentí un escalofrío recorriendo mi espalda.

Tanit en ese momento sonrió ampliamente y comenzó a caminar en dirección a las tres misteriosas luces que se aproximaban. Yo la miré inmóvil y desconcertado, sin saber como actuar. Los perros se levantaron rápidos acompañándola. Las esferas luminosas seguían creciendo en tamaño y su trayectoria las dirigía inalterables hacia nosotros. El cielo se oscurecía veloz, anunciando el fin del crepúsculo y la inminencia de la noche.

Las luces se acercaban lentamente, con imperturbable serenidad, y había algo en su perfecto movimiento que le confería un porte majestuoso. Volarían quizá a una altura de dos o tres kilómetros sobre la sierra, aunque era difícil calcularlo, pues no tenía ninguna referencia de sus dimensiones reales.

Por fin reaccioné y me decidí a seguir a Tanit, que avanzaba confiada hacia una gran zona abierta, despejada de árboles y arbustos. Sus ágiles pasos buscaban la amplia planicie situada unos doscientos metros más abajo de nuestra posición en la suave ladera. Los perros trotaban a su lado sin aparente temor. No me extrañaba que la siguieran porque la preferían a mí, pero sí que no manifestaran ningún miedo, cuando yo empezaba a estar aterrado ante algo que era un fenómeno totalmente desconocido y cuando menos inquietante en grado sumo.

Sin duda alguna se trataba de lo que popularmente denominamos ovnis (luces voladoras inexplicables que presentan efectos tangibles y comportamientos anómalos e incomprensibles para nuestra ciencia o razón). Ya había presenciado otros "avistamientos" fortuitos en varias ocasiones a lo largo de mi vida, pero siempre ocurrieron en zonas periurbanas y el fenómeno sólo me había afectado ocasional y accidentalmente. Por el contrario éste era un lugar extremadamente apartado y solitario, y eso me hacía temer un peligro que mi cuerpo (mi instinto cotidiano) o tal vez mi mente (prejuiciada por las estructuras de nuestra cultura) presentía, aunque mejor decir presuponía.

El trazado del vuelo, tan directo hacia nosotros, me asustaba. Había leído en revistas y libros sobre este tema que ante la presencia de un ovni los perros siempre parecían acobardarse. Algunas personas que vivían en granjas y habían padecido el fenómeno relataban que en esos casos sus perros aullaban lastimeros y se escondían aterrorizados, pero los míos acompañaban confiados a Tanit.

- Espera ... puede ser peligroso. No avances más Tanit, no salgas del bosque. No sabemos que son esas luces. - le advertí preocupado mientras intentaba alcanzarla.

- Son tres querubines. No tengas ningún temor, cariño.- me respondió tranquila mientra seguía caminando, ya casi fuera de la arboleda.

Los querubines, o los tres ovnis, se aproximaban volando aparentemente despacio debido a la altura, pero afirmándose en su rumbo hacia donde nosotros nos encontrábamos. Tanit consiguió llegar al centro del descampado junto con los perros, mientras yo me detenía a unos setenta metros de distancia, sin salir de la linde de los árboles y los arbustos. Era prácticamente verdadera noche. La luna estaba naciendo en creciente y un silencio estremecedor se había extendido por todo el bosque.

Aquellas brillantes esferas celestes, como si acudieran a una cita señalada de antemano, alcanzaron la vertical del claro donde las esperaba inmóvil la intrépida Tanit, acompañada de sus fieles amigos caninos. Las luces se detuvieron en el acto sobre aquel punto preciso, e inmediatamente estrecharon el tamaño del gran triangulo que formaban. Semejaban ser tres enormes estrellas próximas, cada una de ellas diez veces más grande que el lucero vespertino. Suspendidas y fijas en el cielo comenzaron entonces a descender lentamente, como si de forma premeditada fueran hacia un encuentro.

Conforme se aproximaban observé que cada globo de luz consistía en realidad en un blanco núcleo, denso y opaco, el cual a su vez se evidenciaba cubierto por otra esfera algo mayor, nívea y translúcida, que lo envolvía y protegía por completo. Bajaron con precisa calma hasta una altura imposible de precisar, pero que sin duda sería entre trescientos y quinientos metros del suelo. Entonces cada resplandor exterior alcanzó un espacio en el negro cielo tan grande que superaba al de una luna llena. Realizaron el sosegado aunque espectacular descenso simultáneamente, manteniendo siempre su posición triangular equidistante. Finalmente los campos luminosos envolventes se unieron hasta casi fundirse en uno sólo, que englobaba a las tres esferas más densas en su interior.

Paradójicamente la luz sobrenatural que emitían no deslumbraba ni se irradiaba para nada al entorno, de forma que el paisaje del bosque y la montaña continuaba sumergido en la penumbra y la oscuridad (1). Por ello su extraño brillo resultaba más sobrecogedor aún en la crepuscular noche.

Una vez en esa cercana e impresionante posición, las tres misteriosas esferas se detuvieron de nuevo. Quedaron paralizadas o ancladas en el aire. Flotaban en el espacio nocturno como fantasmales entidades procedentes de algún desconocido universo. De pronto, surgió en cada una de ellas un círculo de brillantes luces verdes, formando una banda o anillo en torno al blanco y denso núcleo interior. Estos puntos de luz fosforescentes semejaban un espléndido collar de esmeraldas que adornara a cada uno de aquellos enigmáticos ovnis que mi amiga denominaba querubines. El bello aro luminoso comenzó enseguida a girar lentamente, fluyendo a través de la transparente luz exterior de las enormes esferas. Yo observaba ese movimiento que resultaba hermoso, al tiempo que hipnótico y aterrador.

Apenas podía distinguir a Tanit ahora, semioculta ya por las crecientes sombras de la noche. Ella y los perros permanecían inmóviles bajo la vertical de los imponentes querubines. Pensé que quizá, por asombroso e increíble que fuera, mi extraña y sorprendente amiga no tenía en ese instante ningún temor a las portentosas e inquietantes luces, pues ella misma había acudido animadamente a su encuentro. Y tal vez tampoco sentían miedo alguno los perros, que libremente la estaban acompañando. Pero en cambio yo estaba sobrecogido, rozando casi el pavor, con el vello totalmente erizado e incapaz de hablar o siquiera moverme.

Entonces, en algún momento, desde la parte baja del núcleo interior de las esferas se encendió de improviso un foco centelleante de exquisita tonalidad violeta. Y enseguida, desde allí, cada querubín proyectó hacia la tierra un haz lumínico de ese mismo color, un potente chorro de luz intensa, pero al mismo tiempo cálida y suave. Los violáceos haces de luz incidieron sobre el suelo, rodeando e iluminando sumamente próximos la figura de Tanit, que surgió de pronto extraída de las tinieblas nocturnas, pues esta luz sí irradiaba un fantasmal fulgor, una claridad procedente de otro mundo.

Ella y los perros quedaron ahora bañados por un impresionante y hermoso resplandor, una poderosa luminiscencia semejante en intensidad a la de los grandes relámpagos, que los envolvía en un amplio círculo de decenas de metros. Sin embargo nada proyectaba sombras alrededor. Era una luz sobrenatural, que devoraba incluso las mismas sombras (mucho tiempo después descubrí que se trata de luz líquida, un tipo de luz densa y semifluida distinta a la que nosotros actualmente conocemos).

Acto seguido Tanit comenzó a dar vueltas sobre sí misma con los brazos abiertos. Giraba y danzaba, ligera y alegre, como si fuera una niña. Parecía realmente feliz. Los perros corrían y saltaban a su alrededor, siguiéndola y acompañándola en su baile. Podía contemplar como echaba la cabeza hacia atrás, levantando la mirada hacia las alturas, y como se elevaba hasta la horizontal su larga melena por efecto de la fuerza centrífuga. La escena parecía proceder de un mágico e imposible sueño. Me preguntaba si realmente estaría despierto de verdad en ese momento.

El silencio absoluto que emanaba de todo el bosque atemorizaba. Los níveos querubines, circunvalados por los giratorios y brillantes aros esmeraldinos, permanecían suspendidos prodigiosamente en el negro cielo. Componían una imagen terrible y sobrecogedora. Aquellos haces de violácea luz que descendían hasta la tierra conseguían que la sangre se helara en mis venas, al mismo tiempo que la piel me ardía igual que si fuera a encenderse.

Tanit bailaba completamente gozosa, entregada a su danza, como si en vez de estar ante un fenómeno desconocido, inquietante y misterioso, se hallara en presencia de algo familiar que la hacía verdaderamente feliz. Los perros brincaban en su torno, entusiasmados y fascinados quizá por el baile mágico de la muchacha, y aparentemente indiferentes a la presencia de las gigantescas luces que flotaban como nubes ígneas sobre sus cabezas.

Entonces, progresivamente, la figura en movimiento de Tanit se fue volviendo a su vez brillante, igual que si un intenso resplandor surgiera o emanara desde su mismo interior. Todo su cuerpo se iluminó, como si dejara de ser de carne y se convirtiera en un ser transparente de puro fuego. Acto seguido, los tres querubines enfocaron los haces luminosos directamente hacia ella, bañándola con su cálida energía violácea. Luego la borraron totalmente de mi vista en un estallido impresionante de luz cegadora. Los dos perros entonces sí aparentaron asustarse claramente, pues sorprendidos se apartaron varios metros y comenzaron a aullar, como dicen que los lobos hacen ante la luna. Era el único sonido en esa increíble e inolvidable noche.

Pero enseguida divisé de nuevo a Tanit, o eso en lo que se había transformado, brillando más intensamente aún y continuando con su asombrosa danza. Su cuerpo luminoso giraba rápida y rítmicamente en el centro del espacio de densa energía violácea, en el punto exacto donde convergían los tres chorros de luz de los querubines. Mi mente dejó de pensar y sólo podía contemplar hipnotizado la sorprendente visión que se ofrecía ante mis atónitos ojos. No puedo recordar bien cuanto duró toda aquella escena fabulosa, pero en cierto momento los haces luminosos dejaron de fluir. Retornó la oscuridad a la tierra.

Y entonces ... sucedió otro maravilloso espectáculo. Los querubines giraron entre ellos mismos en el cielo. Cada uno trazaba con su movimiento un círculo propio, formando un laberinto de tres ruedas concéntricas cruzadas de radiante luz. La escena pacería un gigantesco espejismo en el firmamento nocturno. Mantuvieron ese bello y difícil movimiento durante quizá dos o tres minutos. Después restituyeron de nuevo su posición estable y retomaron la anterior formación triangular. Observé entonces cómo la silueta sin luz y normal de Tanit yacía en la penumbra del suelo, inmóvil. Y echados a su lado los dos perros guardaban su cuerpo.

Los anillos de luces esmeraldas, que rodeaban el interior de los querubines, comenzaron en ese momento a incrementar la velocidad de su giro. Enseguida esa fluorescencia se extendió hacia la transparente área exterior de las esferas, transformando por completo su níveo cromatismo y mutandolo al verde resplandeciente. A continuación, en un impresionante movimiento vertical, ascendieron rápidas las tres luces en el cielo, reduciendose en mucho su tamaño aparente a la vista; y luego, como fulgurantes centellas, recorrieron en forma inversa la misma trayectoria por la que antes habían llegado a través de la bóveda celeste. Al instante desaparecieron en la negra profundidad del horizonte, tan veloces que ahora mis ojos apenas pudieron seguir su relampagueante desplazamiento.

Auxiliado por la luz de la luna, corrí por fin hacia donde estaba echado el cuerpo de Tanit, temiendo que le hubiera pasado lo peor. Me arrodillé junto a ella y miré su rostro. Mostraba una expresión serena y dulce. Parecía una simple niña dormida. Acaricié con suavidad sus mejillas, y, entonces ... abrió lentamente los ojos y me miró. El azul de sus pupilas era más luminoso e intenso que nunca, y su largo pelo brillaba incluso en la oscuridad de la noche. Nuestras miradas se mantuvieron unidas y silenciosas durante unos segundos eternos. Luego encantadoramente sonrió.

- ¿Te encuentras bien cariño?- le pregunté aún sumamente inquieto.

- Estoy muy bien, no te preocupes cielo.- me dijo con ternura.

Contemplé la expresión de su cálida y hermosa sonrisa durante unos instantes. Ella tampoco dejaba de mirarme, aún reposada en la tierra. Luego se incorporó y yo quise ayudarla como si se encontrara mal, pero en realidad estaba muy ágil aunque se moviera despacio. Los perros comenzaron a dar vueltas a nuestro alrededor, con los ojos chispeantes y agitando fuertemente sus alegres rabos. Juntos caminamos de nuevo hacia la zona del bosque donde estaban nuestras escasas pertenencias.

- ¿Que ha sido lo que ha pasado? ¿Que eran esas enormes luces, Tanit? No comprendo lo que ha ocurrido.

- Eran querubines. He bailado con los querubines. Nada más. Para tu mentalidad eso no tiene explicación. -me dijo con un delicioso tono de voz y una resplandeciente mirada.

- ¿Pero que son los querubines? - le pregunté sorprendido ante la denominación que ella daba a lo que todos clasificamos como ovnis.

- Son energía, energía celestial, la energía más intensa que te puedas imaginar. ¿Quieres que practiquemos sexo ahora y lo compruebas?

Me quedé mudo, y ella se echó a reír.

 

 

La mayor parte de estos acontecimientos desaparecieron de forma inmediata de mi mente. Sólo sobrevivió el difuso recuerdo de la llegada durante el crepúsculo de unas luces que permanecieron inmóviles sobre Tanit durante un tiempo indeterminado. Fue luego cuando, poco a poco, regresaron a mi memoria diversos detalles que se habían borrado misteriosamente. Pude entonces evocar el baile de Tanit, los haces de luz violeta, el impresionante descenso y tamaño de los querubines, la transmutación lumínica de mi amiga y los largos minutos que duró todo aquello. Parece ser que el recuerdo integral de la experiencia era algo para lo que no estaba preparado. Aún hoy día no puedo asegurar que el contenido de mi conciencia sea la totalidad de lo sucedido.

(1) : Resulta paradójico este singular fenómeno. Es posible ver el fulgor del querubín sin que éste ilumine el entorno. Si la luz llega hasta el observador debería hacerlo también en todas las direcciones, y sin embargo no ocurre así. Esta propiedad de los querubines la podríamos denominar "luz selectiva". El querubín selecciona el código energético del observador elegido y emite una luz que únicamente puede ser recibida por las células nerviosas del ojo de éste. El resto del entorno material queda ajeno a las ondas lumínicas selectivas. Esto sucede porque el querubín es una energía que está parcialmente fuera de nuestro espacio-tiempo y puede incorporarse a éste de manera selectiva. No obstante los animales salvajes del bosque son capaces de percibir de alguna forma su presencia, aun sin verlo, pues el potencial energético y electromagnético es de un valor altísimo.

Frente a esta propiedad el querubín puede manifestar también "luz global". Cuando acontece esto ilumina a su alrededor con una magnitud relativa superior al propio sol. El fulgor es semejante a la luz blanquecina y cegadora de los grandes relámpagos durante una poderosa tormenta que se halle sobre nosotros. Si viéramos un querubín de noche sería igual que si amaneciera emergiendo un sol con un resplandor similar al nuestro.

Otros tipos de ovnis suelen desplazarse por la atmósfera terrestre fuera del ancho de la banda de alturas que exploran y registran los radares de las bases militares o de los aeropuertos, para así evitar ser detectados. Es decir, vuelan casi a ras de suelo o a varias decenas de kilómetros. Pero los querubines pueden estar presentes a cualquier altura sin que necesariamente sean sólidos, aunque sí visibles selectiva o globalmente.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo  8. 

LA BRÚJULA SIN NORTE.

 

 

El viento se enredaba en sus largos cabellos castaños. Tanit contemplaba serena, pero con mirada escrutadora y penetrante, el lejano horizonte entre el cielo y el mar. Estaba hermosa, ese día especialmente hermosa.

Nos hallábamos sentados en la cornisa de un pequeño acantilado. Las vivas olas salpicadas de espuma rompían rítmicamente en las rocas varios metros bajo nuestros pies. Las aguas iban oscureciendo el tono de su azulado color de instante en instante.

Hacía rato que el sol se había puesto y el crepúsculo era ya el señor de la tarde. El cielo se encontraba despejado, apenas lo adornaba alguna nube pequeña y aislada. El suave tono rosa del atardecer había sido sustituido paulatinamente por el añil oscuro sobre nuestras cabezas, y las primeras estrellas titilantes acompañaron entonces las luces fijas de varios planetas, que brillaban ya desde hacía algunos minutos en la bóveda celeste.

No recuerdo cuanto tiempo permanecimos allí. Yo llevaba una brújula en mi mano (una brújula equilibrada en aceite) y la contemplaba de tanto en tanto. Había orientado los signos cardinales escrupulosamente con el norte y la hacía descansar sobre mi rodilla.

- ¿Cuanto rato más vamos a esperar? -le pregunté a Tanit- . Ya es casi de noche.-observé inocentemente.

- Es el momento idóneo. -me respondió sin inmutarse- Ten un poco de paciencia. Verás como viene. Cuando el manto oscuro cubre la tierra, cuando las luces del día desaparecen y comienzan a reinar las sombras, es entonces también cuando llega la hora de la magia, es decir, el tiempo de que ocurran las cosas que se escapan al mundo construido tan meticulosamente por la razón.

- Ya, ... la hora de las brujas. -le respondí en tono irónico.

- La hora de los duendes -me contestó mirándome y riendose.

Estábamos bien abrigados, pues la brisa refrescaba al borde del acantilado donde nos habíamos sentado, mientra vigilábamos el horizonte en el que se unen las aguas y el cielo.

- ¿Qué son en realidad los ovnis? -le había preguntado a Tanit hace unos días. Mi amiga me respondió que era complicado de explicar, pues nuestra sociedad ha construido un mito en torno a ellos del que es muy difícil escapar.

- Todas las culturas -me dijo- tratan de interpretar lo sobrenatural, los fenómenos energéticos para los que no tienen conceptualización, y por ello los incluyen irremediablemente en los parámetros míticos o paradigmáticos del pensamiento que domina en cada época. En el pasado, las luces misteriosas en la naturaleza eran producidas por diablos o por ángeles, por duendes o por brujas, por dioses o por cualquier tipo de seres sobrenaturales o celestiales, dependiendo de las creencias de cada cual.

- ¿Y en el presente?

- Pues igual -me contestó indiferente-. Ahora, cuando la actual civilización pretende viajar por el espacio, incluso desde que el hombre aprendió a volar con máquinas, es normal que aquellos que creen en las luces que vuelan las identifiquen con artefactos procedentes del espacio exterior que viajan hasta este planeta, como el hombre sueña que hará algún día explorando otros mundos.

- ¿Y no es así? ¿No son naves pilotadas por seres extraterrestres?.

- Pues no exactamente.

- ¿Que quieres decir?

- Pues que es verdad sólo en parte.-me respondió intrigándome.

Recordaba perfectamente la conversación. Mientras, la noche avanzaba y el cielo se había vuelto totalmente negro. Únicamente distinguíamos algunas refulgencias sobre el solitario mar y escuchábamos el resonar de las olas con su susurro eterno.

- ¿Y por qué sólo en parte? -le había insistido aquel día- ¿Pretendes decirme que su procedencia es múltiple? . Tú a veces has llamado a los ovnis con el nombre de "querubines". Nunca me has explicado porqué los denominas así.

- Los antiguos sumerios y babilonios los llamaban "querubines" (en realidad la palabra en singular es "kerub"), nombre que utilizaron luego los hebreos para designar a los terribles ángeles que representaban el poder de Dios. Los imaginaban como monstruos alados que lanzaban rayos destructores por su boca y les tenían un gran pavor (observese la semejanza con ciertos dragones medievales). Nada que ver con los angelitos infantiles del cristianismo posterior. La Iglesia fue endulzando y simplificando cada vez más a los seres llamados "espirituales", a la vez que esperpentizaba el mal imaginando todo tipo de demonios con cuernos y rabo.

- ¿Y hay algún fondo de verdad en todo ello?

- Siempre hay un fondo de verdad, enmascarado por la civilización de turno. Lo mismo ocurre hoy en día. -repuso en forma intrigante.

Mientras recordaba sus palabras, contemplaba la brújula con el rabillo del ojo, cuya aguja aparentaba estar inmóvil. No obstante, llevaba una pequeña linterna en el bolsillo, por si llegado el caso me fuese necesaria, para identificar con claridad si el polo que señalaba el norte se movía sin yo desplazarme. Mi memoria prosiguió evocando aquella conversación.

- ¿Quieres decir que la interpretación del fenómeno ovni que tiene la sociedad es falsa? ¿Cuál es tu versión? -la había interrogado con curiosidad, pues aún se me ponía el vello de punta cuando recordaba cómo había visto bailar a Tanit delante de tres misteriosas luces que, al caer la noche, surgieron de improviso en la montaña durante una de nuestras excursiones. ¿Que relación tenía mi enigmática amiga con el mundo de lo sobrenatural? ¿Por qué no le producían miedo alguno las luces voladoras, cuando a mí me impresionaban tanto?. Yo tenía un punto de desconfianza hacia el fenómeno, que ella evidentemente no tenía.

Desde adolescente había visto las sorprendentes luces, que normalmente la gente llama ovnis, en una docena de ocasiones. Sabía distinguir perfectamente el brillo de los aviones, las estrellas y los planetas, y cuando aparecía una de esas luces, misteriosas y silenciosas, yo no tenía ninguna duda de que se trataba de un fenómeno fuera de lo conocido por nuestra civilización.

Pero cuando interrogué a Tanit sobre qué sabía respecto de ese fenómeno y porqué había ocurrido lo del encuentro con las inquietantes y extrañas luces sin que tuviera ningún miedo, siempre se había mostrado evasiva. Me decía una y otra vez que era algo difícil de explicar y aún más de entender. Y como yo me enfadaba por su negativa y su silencio, ella recurría a palabras y actos cariñosos para calmarme y dulcificar mi mal carácter.

- ¿Son máquinas o son luces espirituales? -le insistí en otra ocasión con mis pesquisas interrogadoras- Dame tu opinión. Quiero conocerla, aunque no tengo por qué condicionar la mía a tu respuesta.

- Yo tampoco tengo por qué condicionar mi explicación a tu pregunta. Quizás la pregunta está equivocada. -Me respondió desconcertándome- ¿Por qué tienen que ser máquinas o bien cosas espirituales? Materia o espíritu. ¿Qué es la materia y qué es el espíritu? No son ni una cosa ni la otra, son, en todo caso, energía. Pero la energía sólo es una forma de la materia, y la materia únicamente es un aspecto de la energía, que a su vez no es otra cosa que información condensada, pues todas las energías del universo no son más que tipos codificados de información. ¿Y la información es espíritu, o es mente, o que és? ¿Por qué he de condicionar mi respuesta a tu pregunta, que me deja tan sólo dos opciones limitadas?.

- Entonces ¿no hay ninguna explicación o no me la quieres dar? ¿Son o no son materia? -le pregunté ligeramente molesto.

- Lo que sí son seguro es una forma de energía que en esta cultura humana se desconoce.

Yo mantuve silencio. Entonces ella me lanzó un desafío.

- ¿Quieres comprobar una forma sencilla de detectar esa energía? ¿Te atreves a hacer un pequeño experimento?.

- ¿De qué se trata? -le respondí algo desconfiado, pues el fenómeno ovni siempre me causó un cierto respeto.

- Es de verdad muy fácil -me aseguró- Tomas una brújula y nos vamos una tarde a un lugar deshabitado en la naturaleza. Allí llamaré a una de estas luces y tú podrás comprobar objetivamente los efectos de esa energía.

- ¿Que quieres decir? -le pregunté totalmente confuso- No entiendo lo de "llamaré" ni lo de "comprobar objetivamente" ¿Acaso conoces algún medio de comunicarte con esas luces?

- Sí, no te preocupes cielo. Yo haré que venga una de ellas y tú sólo tienes que verificar el efecto que produce en tu brújula.

- ¿Que efecto? -pregunté más interesado.

- Pues es algo extraño tal vez, pero tú eres capaz de entender lo que es la energía, al menos en parte. Las luces que la gente denomina ovnis, y que en realidad deberían inventarles otro nombre más apropiado, se desplazan por el aire aprovechando el flujo del océano magnético que envuelve a la Tierra. Imagina un pez que nada por las aguas. Cuando el pez avanza, el agua se distorsiona a su alrededor y produce unas corrientes o torbellinos que normalmente son invisibles. Lo mismo ocurre con estas luces, pues alteran el campo magnético que nos envuelve y las brújulas se agitan en su presencia, pues pierden la referencia de la corriente uniforme que fluye de los polos terrestres.

Yo había aceptado poner en práctica su experimento, y ahora estábamos aquí Tanit y yo, solos en el inicio de la noche, frente al mar que rumoreaba a nuestros pies, y a más de una decena de kilómetros del núcleo urbano más próximo.

Un ligero cosquilleo recorría mi piel. Me parecía absurdo estar aquí, pues ya hacía frío; o tal vez era mi miedo que prefería no comprobar algo que se escapaba a mi lógica y a mi razón convencional cotidiana. Hay días que uno está valiente y otros que no tanto.

- Quizá deberíamos irnos ya -sugerí intranquilo a mi amiga, que impertérrita miraba la profunda oscuridad. Aún no se veía la luna. Ella se volvió y de nuevo me sonrió, pero no dijo nada.

- ¿Cómo van a saber ellos que queremos que vengan? ¿Cómo puedes decirles que les esperamos sin ningún medio de comunicación? -le pregunté con razones que para mí eran de peso y muy obvias.

Hablando muy bajito y con los ojos muy brillantes, Tanit me dijo:

- En primer lugar, ¿que supones que son "ellos"? Y en segundo, ¿por qué crees que no tengo ningún medio de comunicación?

- Pues simplemente porque no lo veo. -le aseguré con mi lógica objetiva.

- Que no lo veas, no quiere decir que no lo tenga. Puede ser algo que tú no imaginas.

- ¿Como qué?

- Como el pensamiento, como el corazón, ...

- ¿Y como puede el pensamiento llegar a algún sitio sin un medio de transmisión?

- ¿Y quien dice que no tiene ningún medio?. El corazón es el "medio". Cuando me encuentro en silencio contemplando la noche, estoy en realidad enviando con mi corazón un mensaje.

- ¿Y como puede el corazón enviar ese mensaje? ¿Y a quién le llegaría?

- El corazón puede producir ondas de un tipo de energía que escapan del espacio-tiempo, que pueden alcanzar cualquier lugar sin mediar instante alguno. Y le llega ese mensaje a quien es capaz de sintonizar con esa energía.

- ¿A "ellos"?

- Sí, a los que tú llamas "ellos".

Nos sonreímos mirandonos fijamente. Yo me había tranquilizado y había dejado de pensar. Fuera cual fuese la verdad, me parecía que en ese momento no eran precisas más palabras.

Tanit volvió a su silencio. La brisa agitaba sus cabellos y su rostro se perfilaba a la tenue luz nocturna. Pensé que, en ese instante, desde su cálido corazón estarían surgiendo unas poderosas ondas de colores, que viajaban a través del espacio y llegaban a seres desconocidos que las recibían y acudían a su llamada. Era tal vez una invocación invisible, como las ceremonias mágicas, como cuando se convoca a los duendes, a las fuerzas animadas de la naturaleza, o a las misteriosas hadas y demás seres divinos que habitan un mundo invisible paralelo, y que con sus poderes, relatados en mitos y cuentos, rompen los esquemas mentales del mundo convencional conocido. Pero de nuevo me volvió a surgir la razón y creí que estábamos aquí perdiendo el tiempo, atrapados en fantasías ilusorias, esperando la aparición de un fenómeno que, desde luego, no iba a producirse, pues escapaba sin duda a cualquier intervención voluntaria nuestra. Fuera lo que fuese, nosotros éramos insignificantes frente a ese misterio. Mi mente racional se negaba todavía a admitir que el anterior asombroso encuentro con las luces en la montaña pudiera ser otra cosa más inquietante que una simple coincidencia inexplicable. E incluso dudaba a veces de que en realidad eso hubiera ocurrido.

(Aunque pueda resultar extraño, la verdad es que nuestras mentes están educadas y condicionadas para olvidar, rechazar o transfigurar subconscientemente los sucesos inverosímiles. Aunque este mecanismo psicológico presenta muchos fallos en algunos individuos.)

De repente, me pareció observar que la aguja de la brújula se movía. Encendí la pequeña luz de la linterna para comprobarlo con más seguridad. Efectivamente, la flecha que indicaba el norte estaba oscilando unos milímetros a cada lado, como si una corriente magnética la estuviera afectando.

- ¡Mira! -exclamó Tanit en voz baja.

Dirigí mi vista hacia donde ella señalaba y distinguí, a nuestra izquierda, en la lejanía del oscuro horizonte, una pequeña luz blanca no mayor que Venus. Se hallaba muy distante y se desplazaba lentamente, como si fuera el vuelo tranquilo de un avión comercial, aunque su brillo era mucho más definido y compacto.

Escuché atento, intentando detectar algún sonido que procediera de ese punto, pero solo oía el rumor suave y sordo del mar. Volví a mirar la brújula, y entonces me sobresalté. La aguja giraba ahora rápida y velozmente, oscilando en círculos completos de ida y vuelta, como si un torbellino magnético la hubiera vuelto loca.

Alternaba la contemplación de la brújula con la visión de la luz misteriosa, que se acercaba pausadamente hacia el lugar en que nos encontrábamos Tanit y yo. Era imposible saber su tamaño real, pues debía de estar probablemente a varios kilómetros de altura. Lo que aquello fuese producía un campo de distorsión magnética de enormes proporciones. La aguja ahora giraba a increíble velocidad. También mi corazón se aceleró y comenzó a bombear sangre más rápido.

La luz completamente blanca, nítida y brillante, volaba muy alta en el cielo cuando por fin llegó frente a la vertical de nuestra posición. Entonces se detuvo de improviso, e inmediatamente estalló expandiéndose y transformándose en una esfera de luz verde intensísima. Su tamaño aumentó quizá diez veces, pero en el mismo instante cambio con brusco ángulo recto su trayectoria. En una centésima de segundo, la luz ahora verde fluorescente, recorrió la negra bóveda celeste y se perdió frente a nosotros en el extremo del oscuro horizonte, tan rápido como si fuera una centella que apenas es posible seguir con la vista.

Miré instintivamente la brújula y vi como el movimiento de ésta se ralentizaba en el acto, volviendo poco a poco la aguja a recobrar y fijar la que tenía que haber sido su posición correcta todo el tiempo. No había duda alguna, la causa de la energía que la había afectado tan profunda e intensamente era, de forma directa, la misteriosa luz que había cruzado el cielo ante nosotros.

- ¡ Adiooós... Gracias por venir. ! . -exclamó Tanit a mi lado, mientras volvía a reinar la tranquila oscuridad de la mágica noche.

 

 

 

 

 

 

 

 

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