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Fecha : Fri, 15 Jun 2001
Para que alguien pueda valorarse, es necesario que sienta no sólo que el otro valora sino, además que el otro se valora a si mismo ¿De que sirve ser valioso para alguien que no se siente valioso? Por eso, lo mejor que yo puedo hacer para enseñarle la autoestima es estimarme. Como el 75 % de nuestra comunicación es no verbal, nuestros hijos aprenden más de lo que nos ven hacer que de lo que nos escuchan decir.
Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo de algún lugar de oriente, vivía un señor con cuatro hijos, el menor de los cuales tenía, en el momento de esta historia, alrededor de treinta años. Para ese entonces, sus hermanos contaban con treinta y cinco, treinta y siete y cuarenta años. El padre tenía algo mas de sesenta, pero como en esa época el promedio de vida rondaba los cuarenta años, era prácticamente un anciano y, por lo tanto, tenía todos los problemas propios de la senectud. Su cabeza, su cuerpo, sus esfínteres, su capacidad para valerse por si mismo, nada de esto funcionaba bien en el viejo.
Un día, el hijo más joven se casó y se fue de la casa. Se generó entonces un gran problema; el padre se quedaría solo. La madre había muerto a raíz del último parto y los otros hermanos ya estaban casados. En consecuencia, no había nadie que pudiera hacerse cargo de este viejo, con el agravante de que no eran épocas en las que hubiera geriátricos ni dinero para pagarle a alguien que se ocupara de cuidarlo.
Los hijos empezaron a sentir que, pese al amor que le tenían, el padre era una complicación. No era posible que ninguno de ellos se llevara al padre a vivir a su casa para hacerse cargo de él. Así es que los hijos tenían verdaderamente un serio problema. El cuento comienza con los hijos reunidos conversando acerca de cual será el futuro del padre. En un momento dado, se les ocurre que se podrían turnar. Pero pronto advierten que esa solución no va a ser suficiente y, además que significa un gran costo para sus vidas. Y entonces, casi sin darse cuenta, empiezan a pensar que lo mejor que les puede pasar es que el padre se muera.
Pese al dolor que implicaba para ellos ese reconocimiento, pronto advirtieron que no podían sólo esperar que esto sucediera, porque el padre podía llegar a vivir muchos años más en aquella situación. Pensaron, también, que ninguno de ellos podría soportar esa demora. Y entonces, misteriosamente, a uno de ellos se le ocurrió que, quizás, lo único que habría que hacer era esperar que llegara el invierno. Quizás el invierno terminara con él. Y fue así como imaginaron que si entraban en el bosque con su padre, y el padre se perdía, el frío y los lobos harían el resto...
Lloraron por esto, pero asumieron que tenían que hacer algo por el resto de sus vidas. Y decidieron turnarse para cuidar al padre, pero sólo hasta la llegada del invierno. Después de la primera nevada, que fue especialmente intensa, los cuatro hermanos se reunieron en la casa y le dijeron al padre:
- Vení papá, vestite que vamos a salir. - ¿Salir? ¿Con la nieve? - pregunto el padre sin comprender. Pero los hijos respondieron: - si, si, si, vamos
El padre sabía que su cabeza no estaba funcionando bien últimamente, así que decidió acatar con sumisión lo que sus hijos le decían. Lo vistieron, casi irónicamente lo abrigaron mucho, y se fueron los cinco rumbo al bosque. Una vez allí, comenzaron a buscar un lugar para abandonarlo y desaparecer rápidamente. Se introdujeron en el bosque, cada vez mas profundo, hasta que en un momento dado llegaron a un claro. De pronto, el padre dijo:
- Es acá - ¿Que? preguntaron asombrados los hijos - Es acá - repitió el anciano.
Supuestamente, el padre no tenia la lucidez suficiente para darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Por otro lado, ellos se habían cuidado muy bien de no decirlo. ¿A qué se refería el padre?
- Acá, acá, este es el lugar -insistió. Entonces, los hijos le preguntaron: - ¿Que lugar? Papá...¿Qué lugar?
Y el padre respondió: - Este es el lugar donde, hace veinticinco años, abandoné a mi papá.
Fragmento de "de la autoestima al egoísmo" Jorge Bucay |