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Fecha : Tue, 23 Apr 2002

LIBROS, PALABRAS

Por Luis Mateo Diez

 

    He dicho muchas veces que hice el aprendizaje de lo imaginario en la oralidad, una forma de reconocer mi infancia en un Valle, allá por el noroeste peninsular, donde se mantenían muy vivas esas tradiciones en las

que se sostenían las llamadas literaturas populares.

 

    La palabra narrativa, la del cuento, la leyenda, el mito, también la del romance anónimo, estaba en la voz del que contaba. Era la voz, las voces, que concertaban un espacio nocturno y vecinal de entretenimiento y conocimiento. Las viejas voces al amor de la lumbre, aquellas voces preliterarias, de la propia infancia de la literatura, del patrimonio todavía anónimo.

 

    La suerte de ese aprendizaje, en el rito de la oralidad, se compaginaba con los libros, hasta tal punto que yo puedo decir que, sin solución de continuidad, fui un niño que escuchó de noche la voz antigua de los cuentos, para leer en la mañana, en la escuela rural, la leyenda de otros héroes más complejos pero no menos entrañables.

 

    Una leyenda ciertamente más aferrada a la vida, a la memoria de la supervivencia, en la que podía seguir el destino o las aventuras de un tal Lázaro de Tormes o de don Alonso Quijano. La voz de la noche se perdía según narraba, aunque su huella fuese muy honda en el corazón de los que escuchábamos.

 

    El libro de las mañanas tenía otra pervivencia, parecía escrito para la eternidad, su huella podía acompañarnos, la experiencia de hacerlo nuestro, de leerlo, podía ser una experiencia renovada y, ademas,

solitaria. El libro venía con nosotros a donde quisiéramos llevarlo, como si formara parte del patrimonio de las cosas más queridas.

 

    A fin de cuentas de lo que se trata es de las palabras, de los mundos que las palabras contienen, revelan, crean, trasmiten, de lo que comunican para que el sostén de lo que somos sea más hermoso y complejo.

 

    Los libros derraman sus palabras en la sensibilidad y en la memoria, iluminan el conocimiento, impregnan la conciencia. Y las palabras como bien sabemos, y como ya dijo Gorgias, un filósofo de la antigüedad, son poderosos soberanos que con un pequeñísimo e invisible cuerpo realizan empresas absolutamente divinas: alivian el dolor, eliminan la tristeza, infunden alegría o despiertan compasión.

 

    Un libro es un seguro de vida, la palabra la mejor compañía.

 

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