" Direccion definitiva "
por
Saffron (
1:15 PM )
Pues si, ya tenemos nueva dirección, nuevo lay, y algunos cambios. A partir de ahora, podreis encontrarnos
aqui . Es una comunidad de lj, asi que si teneis cuenta allí, nos podeis poner como amigos, y leer directamente desde vuestra página de Friends. Si no tienes cuenta en lj, solo tienes que cambiar tu link y ya está ^^
De todos modos, esta página seguirá funcionando como archivo de todos nuestros anteriores posts, por si quereis releer, o si alguien empieza a leernos ahora y tiene que ponerse al día.
Creo que no hay ninguna duda que resolver, pero ya sabeis, si quereis saber algo concreto, preguntad. Esperamos veros a todas por la nueva dirección ^_^
Muchas gracias!
" Mudanza "
por
Laia (
10:22 AM )
Por diversas razones vamos a mudarnos a otra dirección que facilitaremos próximamente.
" Paseando "
por
Charlotte (
1:30 PM )
Había hablado con su hermana ese mismo día, pero no le había dicho nada del olvido de su felicitación, prefirió inventarse una mala excusa sobre lo ocupada que le mantenía su trabajo. No hablaron mucho más, nunca habían hablado mucho más y menos aún después de que ella se casase. Todo eso hizo que se sintiese triste, estaba pasando por un momento difícil y no podía hablarlo con nadie. Con el único con quien lo había hablado sólo había sabido ridiculizarla y herirla delante de todos, aunque si lo pensaba bien, tampoco era una tragedia, puesto que allí no había nadie lo suficientemente conocido como para que eso importase.
La tarde del Domingo se mostraba prometedora, cuando había entrado al comedor, casi no le había importado haber llegado tarde, había estado caminando por los pasillos del castillo, mirando el paisaje a través de los ventanales que encontraba a su paso, y limpiando su mente de preocupaciones.
Una vez en la mesa de los profesores, con Severus vigilando para que nada se torciese y con el murmullo del aire otoñal azotando las ventanas, disfrutó en la medida de lo posible de la comida. Por haber llegado tarde y por habérselo tomado con tanta calma, el comedor ya casi estaba vacío cuando por fin terminó de comer. Los pocos alumnos que quedaban ya se levantaban corriendo de sus mesas, dios sabe hacia donde, con tanta prisa. Y sin necesidad de mirarle, supo que Remus ya se había ido. No había vuelto a hablar con él desde aquel día, podía ser que él también se hubiese dado cuenta de que eso era lo mejor que podían hacer.
Se había levantado de la mesa y había caminado lenta y tranquilamente hasta la puerta del comedor, la quietud la invadía, y le gustaba sentirse así, por eso fue que le sorprendió encontrarse a Saffron Bahn esperando en la entrada, apoyada de mala gana en las puertas de madera. Parecía molesta.
- Hola. Saffron. ¿verdad? – Las palabras habían brotado de su boca con toda la simplicidad del mundo, ni siquiera había pensado en saludarla, pero no importaba.
La chica pareció sorprendida de que alguien le dirigiese la palabra de forma tan amistosa en ese comento. Turbada, contestó cortésmente a su saludo con un simple “Hola”.
¿Qué más podía decirse? No tenían mucho de qué hablar, no tenían mucho en común, pero a Charlotte le pareció forzada la situación, tanto si la conversación continuaba como si se terminaba en aquel mismo instante. Más si cabe si se terminaba en ese mismo instante.
Una sombra oscura se acercaba por el largo pasillo del comedor. Charlotte se proponía salir de allí cuando vio la cara que Saffron le dedicó en ese instante, fue una simple suposición, pero le pareció que esa mueca de disgusto era por él, y no por ella, que había intentado comenzar una conversación. Pudo ser por su estado actual o por un impulso, por las dos cosas probablemente, pero lo que dijo, lo dijo de verdad, no fue una simple manera de cumplir.
- ¿Te apetece salir a dar una vuelta?
Saffron la miró con asombro en los ojos. Hubiese apostado que en ese mismo instante la chica abriría la boca para preguntar con aire de desdén de qué demonios estaba hablando, pero en cambio aceptó su proposición.
Su voz sonó tan seria y convencida que hizo que él respondiese a ella en el mismo instante en el que llegaba a su lado.
- ¿Qué es lo que está bien? – Serio y un tanto molesto por encontrarse a las dos hablando en su ausencia.
- Vamos a ir a dar un paseo. – Contestó Charlotte con voz firme pero tranquila.
El rostro de Severus se oscureció más de lo habitual, con una pizca de asombro en los ojos la miró con rabia ante esa respuesta tan insolente. O por lo menos eso le había parecido a él. Fue entonces cuando la voz de Saffron llegó a sus oídos.
- Puede que llegue un poco tarde, pero terminaré a tiempo el trabajo.
Atónito, se había quedado atónito. No tuvo tiempo de responderle pues con infinita rapidez Saffron echó a caminar. Vio cómo Charlotte la seguía sin volver a dirigirle una sola palabra. Y se alejaron. Dejó que se alejaran, ¿cómo se atrevía?
____________________Caminaron tranquilamente por los pequeños caminos del exterior del castillo y no fue hasta pasados diez minutos por lo menos que una de las dos comenzó a hablar. Fue Charlotte, que un tanto perpleja por la situación vivida en el comedor sentía como que había hecho algo mal. Y odiaba sentirse así. Y últimamente Severus le hacía sentirse así demasiado a menudo.
- ¿Es muy urgente ese trabajo?
Por unos momentos Saffron pareció sentirse perdida ante sus palabras, como si de repente se percatase que alguien iba caminando a su lado, pero finalmente habló.
- No, qué va. Pero Severus siempre está amargado por esas cosas.
- Sí, siempre lo está. Se toma todo demasiado en serio.
Le pareció como si la chica se volviese a mirarla, como impulsada por un resorte. Y mirándola con un deje de felicidad fingida en la cara le preguntó:
- ¿Le conoces desde hace mucho?
A Charlotte le sorprendió un poco la pregunta, pero no tanto como la que oiría en sólo unos momentos.
- Sí, a veces pienso que demasiado.
No sabía que esas solas palabras podían significar algo más que lo que significaban, y mucho menos cómo se las iba a tomar la chica que veía ese otro significado.
- Dime Charlotte, ¿tienes novio? – La voz de Saffron sonó demasiado alegre como para ser creíble, incluso ella misma se dio cuenta. – Si no te molesta que te lo pregunte...
- No, tranquila, no hay ningún problema. – Charlotte se había quedado de piedra ante la pregunta, pero no le preocupaba responderla, aunque se encontrase en una situación tan extraña tras todo lo ocurrido en los últimos días. – No, no tengo.
- Pero se te ve triste de un tiempo para acá. Parecías muy a gusto con Bill Weasley por el colegio...
- Oh! – Exclamó Charlotte. Eso! No. Bueno, no somos novios ni nada por el estilo. En nuestra época en Hogwarts tonteamos un poco, ya sabes, pero ya terminó hace tiempo. Del todo. – Una risita nerviosa salió de su boca al tiempo que decía esas últimas palabras. – Aunque eso nunca se sabe, ¿verdad? Quizás por eso a él le molesta tanto... – Comentó en un susurro.
- Pero siempre está enfadado, ¿verdad? No puedes saber si es por eso precisamente. – Comentó rápidamente Saffron.
- ¿Enfadado? No. Tiene un carácter muy agradable, a decir verdad.
- No me parece! Qué quieres que te diga.
- Puede que no lo conozcas demasiado...
- ¿Demasiado? – La voz de Saffron sonó un tanto molesta. - ¡Me paso todos los días a su lado! Créeme, le conozco, y siempre tiene un motivo por el que estar enfadado!!
Charlotte se paró en seco. ¿Pero se podía saber de quién estaban hablando? Ella no sabía por qué había comentado eso de Remus a la chica, pero tampoco entendía por qué ella se había puesto a la defensiva.
- Estoy hablando del profesor Lupin. – La frase le sonó extraña, le había llamado profesor, quizá porque desde que le dijese que no podían continuar así, ella se refería a él de ese modo en un intento para distanciarse más. O quizá porque no había vuelto a hablar con él desde entonces y no sabía cómo se encontraría. O puede que porque le estaba contando aquello a una desconocida.
- ¿Remus y tu...? – Su voz sonó diferente, Saffron parecía aliviada en un sentido, esperando acertar en la pregunta en otro.
- Pero ya no. – Contestó Charlotte avergonzada.
- Lo siento. – Dijo la chica. Como disculpa pudo ser, por haber pensado en otra cosa, o porque ya no estuviesen juntos, no sabría decirlo, pero agradeció sus palabras como una forma de apoyo.
" De granos de arroz y alfileres "
por
Saffron (
4:56 PM )
Algo había cambiado entre los dos. Algo pequeño, casi imperceptible.
Algo íntimo.
Algo se había instalado en el pecho de Severus desde aquella tarde en la cabaña de Hagrid y el se estaba dando cuenta ahora. Se daba cuenta del terror que había sentido al no encontrarla en su habitación, el terror de pensar que podía haberle ocurrido algo.
“Era algo perfectamente comprensible” se justificó ante sí mismo. Ella estaba a su cargo. Lo que no era tan comprensible era su posterior actuación, ni que esa preocupación rayara en el puro terror. Le había gritado, si, con todas sus fuerzas, y bien sabía merlín que había sentido deseos de abofetearla. Pero no era eso lo que le preocupaba, maldita sea. No era solo eso. Lo que le preocupaba era haberse acercado tanto a ella, haberle limpiado las lágrimas.
Por merlín bendito, él le había limpiado las lágrimas, con sus propias manos, y se había disculpado, o algo por el estilo, y aun recordaba como ella había reído, suavemente, y que su risa hacía que su pecho vibrara, y el no debía mirarle el pecho.
No, no, no.
Y algo pequeño, muy pequeño, como un grano de arroz, como la puntita de un alfiler, se había instalado en su pecho, y él sabía, por su sonrisa, que ahora era todo diferente. Aparentemente, nada había cambiado. No, para un espectador anónimo todo había seguido igual. Pero él lo sentía, allí, en el pecho, clavado, como un pequeño alfiler, y no sabía que podía hacer para desembarazarse de esa estúpida sensación.
Y le daba toda la impresión que hacer que Saffron se sentara a su lado durante la cena de halloween no iba a ayudar demasiado.
+++++++++
“Mierda”
Saffron se miró en el espejo, y que este se riera, literalmente, de ella no le pareció una buena señal. Por merlín, estaba horrible. Bien, horrible no era la palabra más indicada. Quizás la palabra mas indicada fuera “pareces-una-puta-de-cinco-sickles-la-hora-y-media”, aunque ni siquiera fuera una palabra. Y, lo que era peor, ya no le daba tiempo a cambiarse.
Bufó desesperada. La falda era demasiado corta, la camiseta tenía demasiado escote, y Severus llamaría de un momento a otro a la puerta para que bajaran a cenar. Se mordió los labios, agobiada. Si es que era tonta. Era una cría. Ahhh, por dios, estaba histérica.
“Tranquilidad, Saffron, tran-qui-li-dad. Es halloween, ¿no? La gente se disfraza en halloween...”
Quien demonios le mandaba ser tan estúpida... El caso era que después del desagradable incidente en la cabaña de Hagrid (se ponía muy nerviosa cada vez que se acordaba), ella había creído ver que Severus no era tan inmune a ella como parecía, y se había propuesto seducirle.
Sep, igual que en las novelas baratas.
Y ella había elegido un atuendo especialmente “provocador”, y el no tendría mas remedio que caer rendido a sus pies, diciéndole que la amaba y que la deseaba desesperadamente. Lástima que todo eso siempre sonaba mejor en su cabeza que cuando lo llevaba a la práctica. Volvió a mirarse al espejo: no estaba deslumbrante, estaba ridícula. Pero que tonta era...
Llamaron a la puerta, golpes secos, y Saffron supo que Severus ya estaba allí. Tuvo el tiempo justo de deshacer un poco el maquillaje y abrió la puerta con una sonrisa algo avergonzada.
- ¿Estas... lista? – y mirada directa ( y quizás algo incrédula) al escote. Carraspeó ligeramente y desvió la mirada hacia el jarrón que estaba sobre la mesa, que parecía haberle llamado poderosamente su atención.
Bien, al menos ahora sabía que no era gay.
Saffron asintió, y cogió una chaqueta, en un intento desesperado de recomponer su aspecto, mientras los dos salían camino del comedor. Ninguno de los dos dijo nada, y un silencio francamente incómodo se instaló sobre ellos. Saffron carraspeó, dándose cuenta ahora de lo difícil que iba a ser seguir su apretado paso a través de los pasillos con aquellas botas de tacón tan alto.
¿Y si se caía? ¿Y si se doblaba un tobillo y él tenía que llevarla en brazos hasta su habitación? Esperaba no pesar demasiado, por dios, que vergüenza. Se miró disimuladamente las caderas, y después se dio cuenta de que solo estaba pensando estupideces. Suspiró, buscando desesperadamente algo que decir. Sin embargo, cuando abrió la boca para decir algo, ya estaban en la puerta del comedor. Le dirigió una sonrisa franca cuando él la dejó pasar primero, y él le devolvió una mueca. “Algo es algo” pensó ella “lo importante es que se dé cuenta de que me gusta, que me gusta un montón, que me muero por él, vamos”
Que solo por el se había puesto aquella minúscula falda y aquella camiseta con tan poca tela. Y ahora se veía ridícula, y encima tenía frió. Miró la decoración del comedor, especialmente tenebrosa para esa noche, pero no podía evitar la odiosa sensación de que todo el mundo le estaba mirando el escote. Alguien silbó, y Saffron prefirió no saber quien había sido.
“Genial, te has convertido en el personaje pajillero del colegio. Enhorabuena bonita”
Es-tu-pi-da.
Caminó, lo mas deprisa que pudo, para llegar cuanto antes a su mesa. Sin embargo, cuando fue a sentarse, Severus la llamó.
- Hoy... – otra mirada al escote, rápida, huidiza, que hizo que Saffron sonriera. – Hoy no te sientas ahí. Tienes una silla en la mesa principal.
Su cara fue de profundo asombro. Tanto, que por un momento se olvidó de la falda tan corta, de las botas que le apretaban y la camiseta que enseñaba demasiado.
- ¿Sí? ¿De... de verdad?- su voz sonaba totalmente ilusionada, y ella era consciente de ello. Él hizo una mueca, lo mas parecido a una sonrisa, y eso la llenó de esperanzas vanas.- ¿Me siento contigo esta noche? ¿Por qué?.
¿Por qué?
Eso mismo había preguntado Dumbledore. Por qué. Él había carraspeado, y había murmurado algo sobre la seguridad, y otras cosas que ya no recordaba. Por qué. Ni siquiera él lo sabía, pero ahora estaba empezando a pensar que no era tan buena idea como le había parecido al principio.
- Porque Dumbledore quiere.- Dijo finalmente, y la cara de ella se arrugó momentáneamente.
Men-ti-ro-so.
- Oh... bueno, está bien, veré las cosas desde tu punto de vista- y le guiñó un ojo. A el. Delante de todo el colegio.
Severus anotó mentalmente que era la primera vez que una chica bonita y con minifalda le sonreía y le guiñaba un ojo. La primera vez en treinta y seis años. Y la verdad es que no estaba mal. No, no estaba mal del todo.
Lo que quizás si que estaba mal es que su mirada se escapara hacia su escote tantas veces seguidas. Por Salazar, que el no era un crío, que sabía controlar sus instintos, no como aquellos alumnos que...
Un momento.
¿Instintos? ¿Realmente estaba pensando en sus “instintos” con Saffron Bahn? Por Salazar bendito y la madre del cordero. ¡Se estaba convirtiendo en un degenerado! Respiró hondo, sin mirarla, preguntándose si por alguna remota casualidad ella había sabido leer sus pensamientos.
- Esto... Severus ¿nos sentamos?- ella atrajo su atención, su mano rozando la suya con suavidad. Y después, en voz baja, como una confesión pecaminosa- Me duelen los pies...
Él asintió, procurando mirarla a los ojos (“mas abajo, no, no, NO”), sintiéndose de repente extrañamente malhumorado. Que niña vana y estúpida, que se ponía aquella ropa solo para que la miraran. Que estúpida, que idiota, que...
Bonita.
Saffron Bahn era bonita, y el descubrimiento (que no era tal, el ya lo sabía) le golpeó como una pedrada en la cabeza. Le indicó su silla, mientras él tomaba asiento a su lado.
A su lado. Iba a cenar con él, a su lado. Y con otras mil personas mas en el bullicioso salón, pero que importaba eso. Se sentó, contenta, dejando un asiento vacío entre ella y el profesor Lupin, al que saludó con una gran sonrisa. Se sentía feliz. Para que iba a negarlo, estaba inmensamente feliz. Iba a cenar con Severus Snape, y este la había mirado el escote. Bien, en realidad todo Hogwarts le había mirado el escote, pero a ella le importaba él.
Y no una vez. Nop. Varias veces, que ella se había fijado. Y ahora iba a cenar con él, una suculenta cena a base de cosas dulces, y después, nunca se sabía. Saffron tenía planeado hacer algo. Aun no tenía ni idea pero estaba decidida a que esa noche pasaran un tiempo juntos... y solos. No tenía porque pasar nada (“ojalá”) pero el caso es que ella quería que pasara algo. No sé, podría decirle algo. Que le contara alguna historia de terror, por ejemplo. Podía contarle alguna milonga, como que en su familia tenían esa tradición, o cualquier tontería por el estilo. Cualquier tontería de esa para engatusarle. Por el amor de dios, un día era un día, ¿no?, Y ella estaba dispuesta a arriesgarse hoy.
Estaba pensando en estas tonterías cuando se dio cuenta que alguien había ocupado la silla que estaba vacía a su lado. Bajó de las nubes, dispuesta a saludar a quien fuera. Y entonces se dio cuenta.
Era “esa”. Charlotte Jenkins, la muy amiguita de SU (y lo subrayaría, por si a alguien no le había quedado claro) Severus. Y vestida con muy buen gusto, pero eso no venía al caso. Lo importante era que ella estaba sentada ente los dos y no dejaría de ninguna manera que monopolizase la conversación con él. JA: Para eso ya estaba ella. Le dedicó una mirada hosca, para que no se hiciera ilusiones.
Sin embargo, poco pudo hacer cuando él comenzó a hablar, dirigiéndose a Charlotte. Bueno, que hablara con ella, su voz parecía un poco irritada. Lo que estaba claro era que ella no iba a prestar ninguna atención a lo que dijeran. No, ninguna. Ella estaba muy por encima de esas cosas.
Bueno, quizás escuchara un poco. Pero solo un poco. Lo justo para enterarse si había algo de flirteo de por medio.
Que sorpresa tan grande cuando se dio cuenta de que hablaban de la familia. De la familia de ella, precisamente, a la que Severus parecía conocer muy bien. Un amigo. Severus era amigo de la familia, amigo de su madre. Eso simplificaba las cosas enormemente y hacía que Charlotte no pareciera tan amenazadora. Una punzada de lástima la recorrió cuando él comenzó a regañarla como si fuera una cría. Si, pobrecita, si Severus la conocía desde hacía tanto tiempo y siempre había sido tan gruñón, era digna de lástima. Casi deseó decirle algo a él, que dejara de regañarla, que era un día festivo, pero no tenía tanto poder sobre él. Lo miró, simplemente, para descubrir que él tenía la mirada fija en su copa, y la expresión ausente, mientras que a su lado una mosqueada Charlotte refunfuñaba contra su plato. Miró a Remus Lupin, quien se limitó a encogerse de hombros y sonreír de medio lado.
“Pues si que estamos bien” se dijo a sí misma. Y entonces tomó una resolución: no quería estar ni triste ni enfadada ese día, y eso solo se arreglaba de una manera: CHOCOLATE.
Así que, ni corta ni perezosa, cortó dos pedazos bien grandes de tarta de chocolate y le sirvió una a Charlotte y otra a Severus. Los dos la miraron interrogantes y ella se sonrojó.
- No os enfadéis, venga, y comeros un trozo de tarta, que está muy rica.
Vio a Remus riéndose disimuladamente, mientras Charlotte le daba las gracias de forma escueta y Severus enarcaba una ceja, su rostro impasible.
- No me gusta el chocolate.
- Pues esta tarta está muy rica, ya verás.
- No me gusta el chocolate, así que no me gusta la tarta de chocolate- su voz era calma, pero la irritación se traslucía a través de ella.
Sin embargo Saffron no se rindió.
- ¡Pero si no es tarta de chocolate corriente! Esta es especial.
- ¿Ah sí? ¿Y que es lo que lleva?
- Ehhh... pues... pues no sé lo que lleva, pero es diferente- su voz adoptó un tono lloroso, casi de cría, que ella sabía casi casi infalible- ¿Qué te cuesta probarla? Solo un bocadito...
Remus Lupin casi se atragantaba dela risa, disimulando que bebía de la copa y Severus lo fulminó con la mirada. Por Salazar, era como discutir con una niña de cinco años. Tan, tan estresante. Finalmente accedió. Una cucharada. Una pequeña cuchara y ella dejaría de gimotear. Era eso o un cruciatus, y realmente la tarta no tenía tan mala pinta. Cortó un trozo pequeño, pequeñísimo, y se lo llevó a la boca con evidente expresión de disgusto, mientras ella lo miraba fijamente. Se lo tragó casi sin sacarle el sabor.
- No me gusta- dijo finalmente. Aunque no estaba tan mal, pero no lo hubiera reconocido nunca en la vida.
- Pues está buenísima- sentenció ella, y Charlotte Jenkins lo corroboró.
Bah, mujeres. “Dales un pedazo de chocolate y estarán contentas durante un rato” pensó malhumorada. ¿Qué le pasaba? ¿Qué demonios le pasaba? ¿Porqué estaba tan irritable esa noche? No lo sabía, no tenia ni idea. Y, cosa curiosa, la miraba a ella y sentía que su irritación aumentaba. La miraba, riéndose de algo que estaba hablando con Charlotte Jenkins, comiendo dulces sin parar, el pelo rojo brillante, alisado para la ocasión, que ella se apartaba de la cara con un gesto mecánico. La miraba, tan bonita que no se daba cuenta de que la estaba mirando hasta que pasaban unos minutos, y volvía la cara, nervioso y más irritado aun.
Y el granito de arroz, la puntita del alfiler que tenía clavada en el corazón se hundía un poco, inexplicablemente, misteriosamente, y el solo sentía un ardor extraño en la boca del estómago, un ardor que trataba de apagar bebiendo, quizás demasiado, y mirando su plato fijamente, como si en el fuera a encontrar las respuestas a esas preguntas que el aun no conocía.
Y, de repente, ella le estaba tocando suavemente el brazo. Ya no hablaba con Charlotte, sino que esta estaba enfrascada en una conversación a todas luces muy personal con Remus Lupin. Les dirigió una mirada furibunda, pero ella lo llamó.
- Severus... ¿Has terminado de cenar? – de repente, ella estaba muy seria e inexplicablemente pálida. Asintió rápidamente, y ella dejó escapar el aire casi con alegría.- Es que me encuentro un poco mal ¿Podríamos irnos ya?
Volvió a asentir, y se puso de pie. Ella lo siguió, y casi pudo ver como se tambaleaba. La agarró del brazo discretamente. Se despidieron de los demás, y salieron del comedor, mientras ambos sentían como todas las miradas se clavaban en ellos, aunque solo fuera una ilusión óptica. Caminaron fuera lo mas discretamente posible.
Y una vez fuera, Saffron dejó escapar un fuerte suspiro y se agarró con fuerza a su brazo. Hubiera sido una excusa perfecta para estar solos, si de verdad no se sintiera tan mal. Se sentía tan mareada que estaba segura que de no haberse agarrado a el se habría caído al suelo. Lo miró con expresión azorada, mientras sentía que sus mejillas ardían. Una cosa era imaginar y otra era la realidad. Y esa siempre le daba una vergüenza terrible.
- Lo siento. Quizás te hubiera gustado quedarte un poco más.
Él negó con la cabeza.
- No, no me gustan estas fiestas. – la miró: ella estaba extrañamente pálida, mientras sus mejillas parecían pintadas en color rojo. Quizás tenía fiebre. Quiso ser condescendiente, ya que el también había bebido demasiado.- No te preocupes, a todos nos ocurre de vez en cuando. Quizás hayas bebido demasiado...
- Si.. si no he bebido nada... solo zumo de manzana y aguacate...
- Bien, quizás hayas comido demasiado. Esa tarta de chocolate no me daba buena espina...
Saffron negó con la cabeza aun más azorada. Iba a ser un poco... complicado explicárselo. Carraspeó ligeramente, y tosió con disimulo.
- No.. No, verás... es... un problema de chicas... ya sabes... - y sonrió, brevemente, mientras miraba hacia otro lado. Por merlín, estaba completamente mareada, y encima las botas le dolían tanto que ni siquiera se sentía los pies.
Él pareció no comprenderla durante un momento. Hasta que finalmente entendió. Carraspeó también, sin saber muy bien que decir. Ella volvió a sonreírle, muy brevemente, muy azorada, y el no supo que contestar.
- Ya.- dijo simplemente. Pero, como impulsado por un resorte (el vino, el vino) comenzó a hablar algo atropelladamente.- Yo... no sé mucho de esas cosas. El mundo femenino escapa a mi comprensión y como los hombres no tenemos esos problemas, quiero decir...
Saffron lo miró, con una sonrisa en los labios. Era la primera vez que lo veía azorado y era absolutamente adorable. Lo miró con ternura, pensando en ir en su rescate.
- Ya, ya lo supongo. Se encargará alguna de tus prefectas de estos temas, ¿no?.
De repente, él pareció completamente desubicado.
- ¿Cómo?- acertó a decir.
Saffron carraspeó, intentando explicarse mejor.
- Bueno, todo esto, explicárselo a las pequeñas. Entiendo que no lo hagas tu, que lo haga alguna prefecta- sin embargo, el no parecía saber de qué le estaba hablando. Saffron lo miró horrorizada- ¿Quieres decir que no hay nadie que le explique a las alumnas pequeñas qué deben hacer cuando les viene la regla? Por merlín, Severus. Las niñas pasan el año aquí. A no ser que sean MUY afortunadas, la regla les vendrá por primera vez durante el año escolar. Pobrecillas, completamente pedidas...
Si, definitivamente Severus debía haber bebido mucho, porque no entendía muy bien lo que le estaba diciendo, ni alcanzaba a comprender toda la gravedad del asunto. Y de repente, ella, Saffron, que hablaba sin parar aun estando enferma, que iba agarrada a su brazo, tropezaba y estaba a punto caer al suelo.
Casi a punto, si no hubiera sido rápido y la hubiera sujetado. Y, súbitamente, se encontraba casi abrazado a ella, en un frió pasillo, con la mirada de ella oscurecida por la penumbra, y clavada en sus ojos. Y su cuerpo contra el suyo, su cuerpo pequeño, que se estremecía levemente, sus brazos que se enroscaban a su cuerpo, casi como fueran serpientes, y su corazón que retumbaba contra su pecho. Y si, tenía que haber bebido demasiado, porque si no no entendía a que se debía ese ardor en el vientre, en el vientre y más abajo, mientras ella se pegaba a el, y su mirada resbalaba hasta su escote. Y lo sentía, su piel limpia, suave, lo bien que olía y su pelo, brillante, brillante y rojo contra su piel pálida y los labios también rojos y el ardor corriéndole por las venas. Y su voz, su voz saliendo de esos labios rojos y brillantes, casi febriles. Llamándolo.
- Severus- y, de repente, el terror. El terror de percatarse que aquello no era sano, ni natural, que aquello que sentía no debería sentirlo, no por ella, no precisamente por ella, que el ardor, ese ardor que sentía lo conocía bien, y no debía sentirlo. Y sus labios, brillantes, brillantes, que se acercaban a los suyos, formando palabras y él sentía, horrorizado, que no tendría la suficiente fuerza como para impedir que aquello ocurriese. Ella susurraba ahora, inesperadamente seria- Severus... creo... creo que voy a vomitar...
Fue suficiente para que él recobrara la cordura y la ayudara a sentarse en un banco cercano. La oía sollozar, pero no sabía que era de pura rabia. “Una situación perfecta” pensaba ella entre hipidos “una ocasión perfecta y yo lo tenía que estropear todo”. Lloriqueó aun más, cuando él la ayudó a levantarse de nuevo, porque esta vez no la abrazó tanto como antes.
No sabía que el aun estaba aterrorizado. Asustado como nunca. Casi en estado de shock. No entendía lo que había ocurrido. El vino, el vino. No debió tomar tanto. Había estado a punto de cometer una locura con una de sus alumnas. Por Salazar, que idiota, que estúpido. Ella enferma y el incapaz de controlar sus hormonas. Era un degenerado, eso era.
Llegaron a su habitación finalmente. Saffron lo miró un momento, indecisa. ¿Y si hacía de tripas corazón y le pedía que entrara un rato? Solo un rato. Quizás podían hablar, escuchar algo de música, jugar al ajedrez, hacer lo que fuera para que él no se fuese todavía. Sin embargo, cuando él habló, lo hizo de forma tan tajante que ella no se atrevió a protestar.
- Dejaré que descanses mañana por la mañana, y vendré a recogerte a la hora de la comida. Buenas noches.
Y antes de darse cuenta, el ya se había marchado. Se había marchado, escaleras abajo, y ella ahora estaba como un pasmarote, con la puerta de la habitación abierta, muriéndose de frío, y con los pies doloridos. Finalmente se rindió a la evidencia, cerró la puerta y se quitó las botas, tirándolas a la otra punta de la habitación. Y también antes de darse cuenta estaba llorando, como una cría, como una estúpida cría, sorbiéndose los mocos, y echando polvos floo en la chimenea para hablar con Guenolee.
- Hola bonita!! Me pillas fatal ¿eh? Pero.. ¿¡Pero que llevas puesto!? ¿Pareces una puta de cinco sickles la hora y media!!- y después se fijó en la cara llorosa de Saffron, el maquillaje corrido, y se preocupó- ¿Pero que pasa? ¿Qué ha ocurrido?
- Pasa que soy idiota- Saffron lloriqueaba, los churretones negros del rimel por sus mejillas- Era todo perfecta.. el.. el me había mirado el escote!! Y solo un poco mas, un poco mas y hubiera conseguido algo...
- ¿Y que ha pasado al final?
- Que me he puesto con la regla, y tengo ganas de vomitar y estoy hecha una braga. ¿Por qué estas cosas siempre me pasan a mi??
- Pues chica, no sé, es que ten en cuenta de quién estamos hablando... Jo, es que mira que tiene que ser difícil ligar con ese- Guenolee no pudo reprimir un escalofrío de asco, y Saffron rió un poquito- Niña, estas loca. Te lo digo en serio. Aun no me entra en la cabeza como puede gustarte ese... ese tipo...
Saffron se sorbió los mocos y sonrió tristemente.
- Pues me gusta mucho, Nolee, en serio.
- Mira niña, yo tengo que irme ya, pero escucha una cosa. Hoy ha demostrado que tu le atraes, ¿no?- Saffron torció la cabeza, dudosa.- Lo que tienes que hacer a partir de ahora es no dejar escapar ninguna oportunidad. Pero ninguna. Venga mujer, si te ligaste a aquel buenorro tailandés, ese que no recuerdo como se llama, puedes con Severus Snape. Vamos, seguro...
Saffron la miró, una sonrisa apenada, y se despidió de su amiga. Cuando ya estuvo sola, se cambió de ropa, se puso su pijama, y tomándose un par de gotas de poción para los dolores, se acostó, extrañamente deprimida. Se durmió enseguida, adormecida por la poción, pero no sabía que había alguien que no pudo dormir en toda la noche.
+++++++++++++++++++
Todo era tan extraño. Tan, tan extraño. Severus no durmió apenas aquella noche. No durmió, intentando aclarar un poco la mezcla de sensaciones que se confundían en su estómago. No sabía que le ocurría.
Mentira.
Si lo sabía, y por eso precisamente no lo soportaba.
Había decidido reconocer que ella era bonita. Porque lo era. Era una chica bonita, y el no ganaba nada negándolo. Así que Saffron Bahn era una chica bonita, mas o menos igual de bonita que algunas de sus otras alumnas. Quizás un poco mas, pero eso era irrelevante.
Pero no era solo eso. No. Severus era consciente de que había algo más. Algo, por pequeño que fuera, más. Algo que se estaba clavando en su pecho y hacía que el ardor que sentía en el estómago fuera francamente desagradable.
Que Saffron Bahn era una mujer, y él era un hombre, y el justo se había dado cuenta esa noche. Que antes era una niña bonita y ahora era una mujer bonita. Y la diferencia era notable. Y sus actos. Se vestía así, de esa manera, e iba caminando por el colegio como sí tal cosa. Recordaba sus labios, rojos, mordiendo la tarta de chocolate, su pelo, brillante, lo bien que olía y lo cerca que había estado de su cuerpo. Tan cerca, tan cerca que recordarlo ahora hacía que el fuego y el ardor nacieran de nuevo.
Esa clase de actos tenían unas consecuencias, maldita sea, y ella debería saberlo. Apretó con fuerza los nudillos e intentó dormir, sintiéndose como un bastardo degenerado.
Y a la mañana siguiente todo volvía a ser igual de extraño. Como si fuera un sueño y el aun no había despertado. Sentía una tirantez desconocida en su estómago, una especie de expectación, que terminó de ponerle de mal humor. Menos mal que no iría a por ella hasta la hora de comer.
Y realmente, deseó no tener que ir a recogerla para ir a comer. No tener que verla. Olvidarla, olvidarse de ella durante unos días. Olvidar que existía. Quizás lo hiciera. Quizás fuera a decírselo a Dumbledore. Aquel encargo le estaba sobrepasando por momentos. Y entonces recordó que había sido él quien se había ofrecido voluntario. Evidentemente, nunca había previsto que las cosas iban a salir así.
Y ya en su habitación, ella le abrió aun con el pijama, despeinada, como recién levantada. Vio sus ojeras, oscuras bajo sus ojos, pero no dijo nada. Se limitó a mirarla interrogante, mientras ella se recomponía un poco el pelo, en un arranque de coquetería. De repente, estaban los dos en silencio, mirándose levemente, casi como dos furtivos, sin saber muy bien que decir, mientras la luz inundaba la habitación. Finalmente fue ella la que habló.
- Ehh... Severus, creo que no voy a bajar a comer, ¿de acuerdo? No tengo hambre, y tampoco me encuentro muy bien...
Él asintió, simplemente.
- Vendré a por ti cuando termine la comida.
Ella sonrió, y él dio media vuelta para marcharse. Saffron supo que debía decir algo, pero no se le ocurría nada. Pensó, desesperada, decir cualquier cosa, lo que fuera, y que él estuviera un segundo mas allí.
- ¿Qué tal estas?- muy, muy inteligente no era, pero al menos él se había parado. Sí. Se había parado, y había enarcado una ceja, interrogante- Esto... por lo de anoche... ¿estas muy cansado?
Severus carraspeó, y le dio una mirada ligeramente culpable, aunque ella no supo interpretarla.
- Estoy bien, gracias. Y ahora, si me disculpas, tengo que irme. Después vendré a por ti.
- Claro, claro. Hasta luego.
Se marchó, y Saffron quedó con una sensación extraña en el pecho. El se había comportado de una manera muy rara, y su mirada tampoco parecía la de siempre, como si la rehuyera. Pensó en todo esto mientras se duchaba y elegía la ropa que se pondría esa tarde.
Severus, sumido en sus pensamientos. Ni siquiera se dio cuenta que Charlotte y Remus volvían a hablar a su lado, en voz baja durante la comida. Y el tiempo pasó, casi sin percatarse, y antes de darse cuenta, estaba de vuelta hacia la habitación de ella, para recogerla de nuevo.
Y tan sumido iba en sus pensamientos que no se dio cuenta de nada hasta que escuchó el ruido. Un ruido seco, sordo, y el cristal rompiéndose. El cristal roto, el viento entrando, y una naranja chafada contra el suelo. Una y más naranjas, usadas como proyectiles, contra los cristales y las paredes, y la risa de Peeves resonando por el pasillo.
-Peeeeves!!! – su voz tronó, pero al fantasma no pareció importarle.- Una mas, Peeves, una mas, y desearás no haber muerto...
La risa de nuevo, y una última naranja lanzada contra él. La cogió, al vuelo, y sonrió, satisfecho de la rapidez de sus propios reflejos. Con paso rápido se dirigió hacia la habitación de ella, aun hecho un mar de dudas.
Saffron ya se había duchado (él podía ver su pelo ligeramente húmedo), y se había vestido, abriéndole la puerta con una sonrisa en los labios. Y de nuevo aquella sensación extraña, aquel silencio entre los dos, instalado cómodamente. Carraspeó ligeramente, cuando la voz de ella sonó, de repente, ilusionada.
- Oh... ¿es para mí? – y señaló a la naranja que él llevaba en la mano, de la que ya casi se había olvidado. Ella sonreía, y había tanta ilusión en sus ojos que no se sintió con fuerzas para decirle que no. Le dio la naranja, y ella rió, con su risa cristalina, mientras rozaba su mano tenuemente- Muchas gracias.
El se encogió de hombros, quitándole importancia, mientras veía como ella pelaba la naranja. Sus uñas, clavándose en la piel crujiente, brillante, el olor dulzón que inundó la habitación, la sonrisa en los ojos de ella. Y la extraña sensación, los nervios en la boca del estómago mientras la mira como desgaja la fruta, y se la lleva a la boca, con movimientos tan lentos que a el le parece que están rodados a cámara lenta. Ella, ella que huele a naranjas algunas veces, que sonríe de esa manera y que pela la fruta como si fueran gestos íntimos, como si estuviera presenciando un ritual extraño y el no debiera mirar.
Y, de repente, la mano de ella se acercó a su boca, a la de él, y que él interceptó, en un movimiento casi defensivo. Agarró su muñeca, con fuerza, y se dio cuenta que estaba dañándola cuando vio que sus ojos se oscurecían por el miedo momentáneamente. Pero no se apartó, ni el ni ella, y continuó sujetando su mano con el trozo de naranja entre sus dedos.
Y todo se vuelve más íntimo, mas personal, mas extraño, el granito de arroz rompiéndose y echando raíces, la puntita del alfiler clavándose aun más profundo, cuando ella roza su barbilla con la otra mano, y habla.
- Pruébala- dice, y su voz es un susurro ronco- Seguro que te gusta...
Y no sabe por qué, no lo sabe, pero su boca lo acepta, y toma entre sus labios el trozo de fruta, los dedos de ella rozando sus labios, sus ojos enfrentados y oscurecidos, la sonrisa en los labios brillantes de ella. Y, de repente, todo se rompe, todo, todo, y Severus sabe que debe tomar una decisión, o acabará volviéndose loco.
Y está tomada, solo cinco minutos mas tarde la decisión está tomada, por su bien y por el de ella.
" Un fino alambre "
por
Laia (
8:13 PM )
Los ojos claros de Lucius repasaban unos documentos que uno de sus inferiores le había entregado horas antes. De vez en cuando levantaba su miraba y observaba a Laia por encima de los viejos papeles.
- ¿Has recibido la invitación? –la voz de Lucius resonó en la mazmorra con suficiencia.
Laia asintió en la oscuridad del lugar. Era húmedo y frío. Lucius pasó una hoja y empezó a ojear la siguiente.
- Acompañarás a Lelonde a la gala, es un buen partido para el Señor Tenebroso.
Siguió leyendo.
Laia iba apoyándose de una pierna a otra a medida que fue notando el cansancio. Había sido un día muy largo. No solo por las obligaciones de prefecta, que le habían obligado a organizar a los niños para las inyecciones, sino por descubrir que la gala mortífaga estaba tan cerca, por el reencuentro con el auror Julius Strandberg y por la pelea con Saffron Bahn. Todo ello le había minado psicológicamente de manera notable. Y ahora se encontraba allí, de madrugada, en una mazmorra minúscula y helada, recibiendo la inesperada visita de Lucius Malfoy.
Había entrado de manera violenta y rápida, y parecía preocupado. Se había sentado en el único sillón del lugar y había empezado a ojear papeles hasta calmarse. Laia intentaba adivinar de qué información se trataba, pues cada vez que ojeaba los papeles su semblante estaba más y más grave. Sin mirarla espetó.
- Parece ser que el antiguo despacho del alquimista vuelve a ocuparse.
A Laia le extrañó esa pregunta.
- Si, el profesor Snape está ahí últimamente.
Lucius levantó la mirada y se la clavó incisivamente. Su entrecejo se frunció levemente y Laia detectó un ligero aire enfermizo en su mirada.
- ¿Sigue la señorita Bahn tan pegada a él?
Laia fijó su mirada en Lucius con extrañeza.
- Si… -vaciló- ¿Por qué?
Lucius la miró receloso, entre sombras. No, no convenía exaltarla ni ponerla nerviosa con esa figura que había divisado el pasado sábado mientras hablaban en el bosque. El conocía muy bien el despacho del alquimista, pues como buen Slytherin había pasado muchas noches en él aprendiendo magia prohibida. Desde que el profesorado de Hogwarts descubrió que uno de los suyos enseñaba magia negra a algunos escogidos alumnos de Slytherin, se cerró para siempre. Por eso le sorprendió encontrar luz en su interior… y una figura a contraluz observando.
Observándole a él y a Laia en el bosque.
No era la silueta de Severus, pues la conocía bien –en realidad, ¿quien no sería capaz de distinguir la característica silueta de Severus Snape?-. Y si no era la silueta del profesor de pociones únicamente podía ser de otra persona.
Saffron Bahn.
Volvió a mirar a Laia. Ahora no le observaba, permanecía absorta escrutando las grietas de una de las paredes del lugar. Le había recibido fríamente, de manera distante, y eso molestaba a Lucius.
- Ven aquí.
La voz susurrante de Lucius la sacó de sus pensamientos. Le observó. Ahora reconocía esa mirada. Sabía que significaban esas miradas del mortífago. Debía acercarse, obedecer.
Y se acercó.
Se aproximó al ancho sillón y apoyó una de sus manos en el apoyabrazos. De repente una de las manos de Lucius se acercó a su cara y aprisionó su mandíbula con dos de sus dedos, provocándole un momentáneo dolor. Aproximó su rostro al suyo.
- ¿Qué hacías hablando con un auror?
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Laia. El aliento de Lucius rebotaba contra su frente y su mano enguantada apretaba cada vez más su barbilla. Ella le miró asustada e intentó soltarse, pero la otra mano de Lucius soltó descuidadamente los papeles y se dirigió a su nuca, aproximándola aún más a él, hasta que pudo susurrarle otra vez la pregunta al oído.
- ¿De qué hablabas con ese auror, Laia?
Laia gimió levemente, aprisionada por las manos de Lucius. Una intensa ola de calor le recorrió el cuerpo. Solo se le ocurrió decir una cosa.
- ¿Cuándo?
- ¡Estúpida! –El dolor de la barbilla se acució- Lelonde te vio, hablando con uno de los aurores que últimamente merodean por el castillo. ¿Quién demonios era ese tipo? ¿Por qué hablabas con él?
La imagen de Julius Strandberg apareció en su mente y la maldijo. Si, sabía que el maldito auror le daría problemas, pero no suponía que sería tan pronto. De repente vio claro a que mundo pertenecía ella. Había dudado un momento, pero Lucius la estaba devolviendo dolorosamente a la realidad.
La sonrisa de Julius la atacó por sorpresa en su mente.
- No hablamos de nada importante, yo intenté descubrir porque estaba allí pero solo había ido a visitar a una amiga.
Laia notó como la sonrisa de Lucius Malfoy se ensanchaba, pues oyó un resoplido cerca de su oreja.
- Mientes. ¿Por qué me mientes? Sabes de sobra que los aurores vigilan el castillo. Lelonde me informó de ello hace escasas horas y se que tu los has visto en varias ocasiones. Te mandé espiar a Youko Silvara por la misma razón. Controla a todos los aurores que te encuentres y cuéntame absolutamente todo de ellos, desde sus nombres hasta lo que comen ¿Has entendido?
Laia asintió a duras penas, aprisionada como se encontraba.
- Buena chica…
Los dedos de Lucius aflojaron la presión contra la barbilla de Laia pero no la soltaron. Giró un poco su rostro hasta situarlo justo enfrente del suyo y la besó, presionando en su nuca. Fue un beso profundo, lento y amenazador, hecho con furia, como si aun estuviera recordándole a Laia que debía obedecer.
Los labios de ella poco a poco fueron respondiendo y los de él iban aflojando la presión, hasta que, sin apenas darse cuenta, se estaban besando de verdad. Si, de verdad, porque si algo sabía Laia de besos era que Lucius los utilizaba muy bien para sus propósitos. Pero por una vez estaba siendo suave con ella. Seguramente era otra de sus técnicas, porque estaba surtiendo buen efecto.
Lentamente, las manos enguantadas del mortífago recorrieron la espalda de la chica, haciendo que ésta sintiera un intenso escalofrío. Lucius sonrió contra su boca, sabiéndose dueño de la situación, mientras empujaba a la chica hacia sí, obligándola a subirse al sillón, a subirse encima de él. Ella soltó un quejido, como si estuviera sorprendida de lo que él estaba haciendo. De pronto, sin que Laia se hubiera dado cuenta de cómo lo había hecho, la túnica mágicamente desabrochada cayó al suelo.
Si no hubiera sido una situación tan excitante, Laia se habría muerto de frío al haberse quedado sin túnica, pero la verdad era que ni siquiera se había dado cuenta que Lucius la había tirado al suelo y ahora estaba desabrochando los botones de su camisa para luego hundir sus labios en el nacimiento de su cuello. Ahí, tan cerca del pecho.
Ahora todo parecía pequeño e insignificante. Ese hombre, con ese poder de seducción y persuasión, ese buen hacer, esa experiencia, colmaban y ocupaban absolutamente todo. Él la dominaba y la desmontaba para luego volverla a construir a placer.
Lucius fue besando suavemente el cuello de la Slytherin, mientras oía los gemidos que ella, inútilmente, intentaba reprimir. Si, ella se le había intentado resistir últimamente, y no había otro remedio que éste, mostrar todas las armas disponibles y utilizarlas. Y evidentemente, estaba funcionando. Oh si, ahora mismo esa niña sería capaz de hacer por el lo que le pidiera. Ninguna noticia era mejor que la de conseguir así ciertos servicios. La búsqueda del deber a veces se podía unir con el placer, y ambas cosas Lucius las dominaba perfectamente.
Pero de la misma manera que había provocado el principio, debía también provocar el final. No era saludable que ella pensara que podría recibir aquello gratuitamente, y fue por eso que un brusco tirón del cuello de su camisa la acercó a su rostro, sacándola de sus ensoñaciones, y susurró.
- Supongo que ahora estás más a gusto en tu propio bando, ¿no es así? Y lo harás de buena gana.
Laia se apartó un poco de su rostro para observar mejor sus facciones, aunque su mano aun sujetaba con fuerza su camisa. Su sonrisa burlona y confiada delataba el orgullo que sentía de si mismo. Ella le miró con altanería. Lucius sabía que lo haría, pero no con sobrada dedicación. ¿Pero que importaba eso mientras se hiciera?
Los ojos de Lucius refulgían de triunfo, y su siempre pálido rostro se mostraba más saludable y sensual gracias a la luz de las antorchas que iluminaban el horrible lugar. Y Laia supuso que no pudo evitarlo. Lo hizo lentamente, por lo que Lucius podía haber reaccionado. El caso es que no lo hizo. Quizás fue por la rapidez y lo inesperado de la acción, pero el hecho es que la chica había conseguido besarle, incumpliendo así las estrictas órdenes de quien siempre había presumido ser un dominador en todos los aspectos.
Fue un beso corto, pero suficientemente duradero como para que Laia pudiera notar como el mortífago reaccionaba positivamente ante el beso.
Positivamente para ella, porque aquello a Lucius no le había hecho ninguna gracia.
Con una violencia contenida y más que controlada, Lucius la separó contundentemente de sus labios. Laia le observó turbada, pero el ver ese extraño rubor y esa vacilación en los ojos de él le hizo tomar confianza.
Y seguramente Lucius también se dio cuenta, porque su semblante volvió de nuevo a ser insondable y pétreo, y levantándose con rapidez, se largó.
Laia se quedó allí de pie, con la camisa arrugada y respirando con dificultad. No podía negar que se sentía atraída por él, que él la amedrentaba. Pero tampoco podía negar que era una Slytherin, y el ansía por descubrir y profundizar más en esa extraña reacción de Lucius Malfoy la excitaba sobremanera. No quería esperar al día siguiente para encontrar información que dar a Lucius y así volver a estar con él y poder seguir investigando y ahondando en su personalidad en busca de algún resquicio de debilidad.
Se fue del lugar con aire triunfante, ignorando que iba a cumplir sin rechistar con lo que Lucius le había encomendado y que, gracias al incidente con el último beso, lo haría de buena gana.
________
Durante varios días, Laia decidió esquivar a Pierre. No era difícil, pues éste permanecía siempre solo, observando todo lo que pudiera sin relacionarse con nadie. Se mostraba incluso esquivo con ella y a veces ni siquiera la saludaba por los pasillos. Estaba comenzando a ser una presencia incómoda en el colegio.
Julius y el otro auror se habían ido el mismo lunes y no había aparecido otra persona sospechosa por el colegio. Laia sabía que Pierre estaba aburrido y de mal humor. Era un ternerito ansioso de suculentas noticias con las que contentar a sus amos.
“
Dumbledore sospecha de mi, sabe que no estoy cumpliendo con lo que vine a hacer aquí, buscar a Nimelen”
Pierre se lo había dicho varias veces, mirando alrededor intranquilo. Unas profundas ojeras comenzaban a enmarcar los ojos del muchacho y Laia se preguntó si sería lo suficientemente fuerte como para convertirse en alguien como Lucius Malfoy.
Fue justamente el jueves cuando le anunció que esa misma noche se largaría.
- Tengo una misión.
Pierre la sonrió orgulloso y un poco nervioso mientras se retorcía las manos.
- ¿A dónde vas?
El rostro de Pierre cambió y se volvió serio y tan lúgubre que Laia sintió un desagradable escalofrío.
- No se si debo decírtelo. Para empezar, este colegio está lleno de espías –sus ojos oscuros y cansados por la falta de sueño y los nervios empezaron a inspeccionar el lugar de manera paranoica. Soltó una risa intranquila.
“
Para empezar”… Laia sintió un escalofrío y recordó a Julius Strandberg. Si, había dicho “
para empezar”, luego había más razones para no desvelarle nada ¿Acaso desconfiaba de ella? Volvió a reafirmarse en la idea de no hablar más con aurores ni allegados.
Los ojos de Pierre volvieron otra vez a un punto fijo. Dumbledore paseaba tranquilamente por el pasillo seguido de Ron y un prefecto de Ravenclaw. Sin duda estarían organizando la cena de esa misma noche.
Ron miró receloso a la pareja, pero Pierre no pareció reparar en ello, pues su mirada seguía fija en la capa del director, que se arrastraba parsimoniosamente por el suelo mientras su dueño tarareaba una canción navideña muy pegadiza.
Pierre frunció el entrecejo y la instó a salir al exterior del castillo.
El viento era considerablemente fuerte, además de helado. Se avecinaba un temporal desde hacía una semana. Laia se agarró el cabello para que no se le deshiciera el peinado y miró a Pierre aterida por el frío. Él comenzó a hablar.
- Reconozco que al principio me pareció completamente inoportuno, y así se lo hice saber a Lucius Malfoy, pero ahora que lo pienso mejor, quizás haya sido una llamada divina.
Laia le miraba sin comprender.
- No sabía si decírtelo, y ni siquiera se lo he comentado a nadie, pero hoy me largo y se que es una buena idea. Tengo que hacer meritos ¿sabes? Y tú puedes ayudarme. Por supuesto también te ayudará a ti.
Pierre empezó a descender por una pendiente hasta llegar a una enorme roca donde se apoyó, mientras se agarraba con fuerza la capa, que se movía violentamente debido al fuerte viento. Laia se acercó despacio, con una desagradable sensación en la boca del estómago. Había olvidado esa sensación desde la última vez que Lucius Malfoy le encomendara algo.
- Me estoy refiriendo –Laia se apoyó a su vez en la roca y Pierre se acercó a ella, susurrándole- a ese auror.
Laia se echó atrás, pero logró disimular su sorpresa e inquietud.
- ¿Te refieres a ese que habló conmigo y con el que Lucius Malfoy me ha prohibido relacionarme?
A Pierre no le gustó la respuesta. Uno de sus párpados tembló nervioso. Sin duda Laia había deducido su plan. Si, Pierre quería utilizar a Julius para algo y la requería a ella.
- Ese Malfoy es un anticuado –sonrió vacilante- no podemos combatir contra ellos entre sombras. Necesitamos actuar desde dentro ¿Entiendes? Ir a buscarlos y meternos en su organización.
Laia rió de su ocurrencia, aunque el malestar seguía ahí.
- ¿Espías? Qué tontería. Los aurores son una comunidad muy cerrada, sería imposible engañarlos. Todos se conocen.
Ahora quien reía era Pierre.
- Oh si, todos se conocen y todos confían plenamente unos en los otros. Ahí está su debilidad ¿Cómo desconfiar de un hermano? No, no se requieren espías. Piensa un poco.
Laia le miró asustada. El viento cada vez era más intenso y el cabello le revoloteaba por todas partes, azotando de vez en cuando su rostro. Abrió temblorosamente la boca y musitó.
- ¿Traidores?
Los finos labios de Pierre se curvaron hacia arriba lacónicamente. Un auror traidor. Un hombre de confianza dispuesto a vender a los suyos. Si, eso era posible y terriblemente peligroso.
Laia no notó que la sonrisa de Pierre se había congelado.
- Eh… no pareces muy contenta ¿Qué demonios te pasa?
Se alejó un poco de ella y la observó de arriba abajo despectivamente.
- Has cambiado ¿sabes? Eres aún más intratable que antes, pero al menos antes se te veía venir.
Laia abrió la boca indignada y espetó.
- El que ha cambiado eres tu, te has vuelto un paranoico y un desconfiado.
Las pálidas manos de Pierre aprisionaron sus hombros hasta hacerle articular un gemido de dolor.
- ¿Qué quieres que haga? Cada vez tengo más responsabilidad y tengo que medir mis actos… Y tú –sonó a amenaza-… más vale que te entregues a la causa, porque ya sabes que cualquier día te piden una prueba de lealtad. Yo ya la tengo –dijo, refiriéndose a la marca tenebrosa- eso me convierte inmediatamente en tu superior –clavó más los dedos en sus hombros- y por eso te pido que como buena aprendiz de espía te trabajes un poquito algún auror.
Laia le miró asombrada, descubriendo entonces a lo que se refería al principio de su conversación.
- Ese con el que hablabas no parecía muy disgustado por tratar contigo. Escoge al que quieras, me da igual, pero logra sacarle alguna cosita ¿eh? Hazlo por mí, por nuestros tiempos en Durmstrang y sobretodo por la causa.
Pierre la acercó lentamente hasta acabar susurrándole al oído.
- Para empezar… averigua qué técnica utilizan para vigilar el colegio. Qué los aurores aparezcan de dos en dos en espacios de tiempo tan relativamente prolongados entre sí para luego desaparecer no es un buen método de espionaje y vigilancia. Tiene que haber algo más.
Dicho eso la besó en la mejilla y la soltó lentamente, para luego subir la cuesta y desaparecer por la puerta del castillo.
Lo único que podía hacer en esos momentos Laia era abrazarse a si misma para protegerse del frío y observar con dedicación la punta de sus zapatos.
“
Un traidor”
“Hacer de espía y trabajarse a un auror”
“
Por la causa”
¿La causa? ¿Qué causa? Por Salazar ¿Por qué demonios todo estaba perdiendo sentido? ¿Dónde estaba ella? ¿Quién ocupaba su lugar? Una vulgar cobarde ¿Pero porque era una cobarde?
Volvió a entrar en el castillo, sintiéndose más perdida que nunca. De repente, las ansias de escapar de un maldito auror habían provocado que también quisiera escapar de un maldito mortífago, haciendo que ella quedara encima de un fino alambre, intentando adivinar en el último minuto de sus fuerzas hacia que lado debía caer para no matarse.
_______
El viento no había amainado y se colaba por las rendijas de las vidrieras que decoraban el Gran Comedor, provocando gritos agudos que con la ayuda de la magia se prolongaban y viajaban por todos los rincones del colegio.
Ron miraba orgulloso como había conseguido darle un efecto especialmente aterrador al comedor.
- Sin duda, es la mejor decoración que se ha hecho en los últimos años. Y no es porque la haya hecho yo.
Harry se sentó a su lado y observó como el techo del comedor estaba hechizado para formar nubes negras y aterradoras. De vez en cuando refulgía un relámpago y mostraba visiones deformes y escalofriantes a través de las espesas nubes. Una sonrisa triste y melancólica asomó a sus labios cuando detectó entre las extrañas formas la figura de un perro negro.
Hermione se sentó a su lado. Ya se había vestido para la cena. Había cardado su pelo, recordando a sus dos amigos las greñas que solía llevar en primero. Llevaba también medias de colores y un apretado vestido negro que demostró que tras la ancha túnica se escondía ya una chica con figura.
- ¿Aún te duele la cabeza, Harry? –Hermione miró preocupada a Harry, que seguía tan pálido como unas horas antes.
- Ya me siento mejor, pero de vez en cuando me duele todo este lado –dijo señalando la parte de la cabeza donde tenía la cicatriz-.
- Verás como comiendo te recuperas –espetó Ron-, como prefecto que soy, he ido a supervisar las cocinas –Hermione puso los ojos en blanco- y he visto la tarta de queso que tanto te gusta.
- Eso no es ninguna obligación Ron, has ido porque te ha dado la gana.
Ron observó ceñudo a Hermione y la replicó, enzarzándose rápidamente en otra de sus estúpidas discusiones mientras Harry, en medio del berenjenal, miraba cabizbajo al suelo, oyendo los angustiosos gritos que el viento provocaba.
Fue el súbito silencio de sus amigos y unos zapatos femeninos apostados ante él quien le sacó de sus pensamientos. Levantó la vista y se encontró con la prefecta de Slytherin, Laia Wallravenstein.
Estaba pasando hojas de un voluminoso tomo que Hermione comenzó a observar lujuriosamente.
- ¿Quién ha colaborado contigo en la decoración del comedor, Weasley? –Preguntó mientras su cabeza asomaba por detrás del enorme libro, pluma en mano.
- La prefecta de Hufflepuff, Emma Hawkins.
- ¿Ella ha hechizado las armaduras? –Ron asintió –pues que venga a activar los hechizos que correspondan porque dentro de veinte minutos deberían estar todos sentados y comiendo ¿De acuerdo?
Ron replicó.
- No se donde está.
Laia cerró el libro, provocando una nada desdeñable cantidad de polvo.
- Encuéntrala y poned en funcionamiento todo el tinglado.
Dicho eso se largó, viendo de reojo como Ron se levantaba de mala gana. Si había algo que odiara Laia eran ese tipo de fiestas, teniendo en cuenta que ella siempre terminaba haciendo lo más aburrido, organizarlas y administrarlas mientras Draco se escabullía cobardemente y se dedicaba a complicar la vida a los prefectos de Gryffindor.
Sumida en sus pensamientos vio acercarse algo negro y grande y antes de poder esquivarlo se dio de bruces con él de la forma más estúpida. Se echó para atrás y reconoció al profesor Snape y una de sus sonrisitas socarronas que significaban alguna mala noticia.
- Ah señorita Wallravenstein –miró el libro que acarreaba- veo que está muy responsable y comprometida con la fiesta, no vea cuanto me alegro. Espero que siga igual de voluntariosa durante la guardia de esta noche.
Y dicho esto se alejó rumbo al Gran Comedor.
De repente el libro empezó a pesar una tonelada. Maldita sea, se había olvidado por completo de la guardia de castigo. Pero por fortuna ahí estaba Snape para recordárselo, pensó, sonriendo irónicamente mientras se dirigía a su habitación a cambiarse de ropa para la cena.
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John John, aprendiz de auror, había sido llamado para una misión. Era hijo de uno de los aurores más veteranos –y aún en activo-, el Gran John –asecas-. Sus ojos refulgían de entusiasmo mientras observaba como Julius Strandberg preparaba todo el material.
-Mira esto –Julius colocó una vela en la mesa para iluminar un poco el recinto- solamente una vela ¿de acuerdo? Nada de grandes iluminaciones.
John John asintió nervioso, mientras observaba la diminuta vela.
- La verdadera luz la emitirá esto –se acercó a una mesa estrecha y alta y retiró un paño, mostrando una gran piedra violeta que brillaba espectralmente.
Julius apartó a John John de la piedra.
- Su luz no se refleja en ninguna parte por si sola, pero no te acerques a ella, es peligrosa.
- ¿Qué… qué es?
Julius sonrió enigmáticamente.
- Nadie sabe lo que es realmente pero si se saben sus efectos. Si la tocas es mortal, y su luz es dañina si la observas detenidamente. Los alquimistas la llaman “la segunda luz” para diferenciarla de la luz normal. Es más intensa y más rápida, y durante una época se dijo que permitía viajar en el tiempo y el espacio con suma diligencia. En realidad no es algo totalmente falso. Sabemos que Lord Voldemort –John John sintió un escalofrío- quiso experimentar con ella y robar su poder, pero no lo consiguió. Nadie puede dominarla, solo podemos utilizarla para cosas pequeñas. Siempre estuvo en poder del mal, por eso desprende esa energía negativa. Para algunas personas más susceptibles que otras al mal, puede ser mortal.
Julius observó la aterrada expresión del muchacho, y agregó, sonriendo tranquilizadoramente.
- No te preocupes, si has conseguido llegar hasta donde has llegado como estudiante de auror, estás más que preparado para utilizarla –sus ojos se ensombrecieron- pero no te confíes.
Julius se alejó de la piedra y colocó un pequeño espejo de pie giratorio en la mesa, mientras colocaba otro más grande ante la piedra refulgente.
- Si los movemos así… y hacemos que la luz de la vela rebote suavemente en el espejo pequeño, la luz se dirigirá a la piedra y al estar ésta tallada de manera tan exacta la luz rebotara en su interior, haciendo que sea tan intensa como para salir disparada al otro espejo.
Julius movió el espejo pequeño hasta que efectivamente un pequeño reflejo penetró en la piedra y un rayo brillante y malva rebotó en el espejo grande.
- Ahora solo hace falta dirigir esta luz al gran espejo que hay en esa pared de delante, ante la mesa.
Julius movió el espejo y efectivamente la luz de la piedra se reflejó en el espejo. Lo que vio allí John John fue increíble, y tuvo que sentarse para digerirlo.
A través del espejo había algo, un pasillo.
- Un… un pasadizo secreto.
- No- Julius se sentó a su lado- es el castillo de Hogwarts. Este espejo está conectado con todos los espejos que hay en el colegio. Hemos ido redistribuyéndolos por lugares clave. La idea fue de Charlie Weasley, o deberíamos decir de su padre y su fascinación por los objetos muggles. Los muggles tienen ese tipo de cosas para vigilar sus comercios, pueden ver que ocurre en cada lugar mediante una pantalla sin moverse de un mismo lugar. Nosotros podemos controlar los movimientos sospechosos gracias a este invento y así no despertar sospechas en… -sonrió socarronamente- personas que no tienen en alta estima a los aurores.
John John asintió mientras observaba fascinado el solitario y oscuro pasillo del colegio.
_________
Se había dejado el cabello suelto y le sentaba realmente bien. Había conseguido que le quedara lo suficientemente ondulado y poco voluminoso como para llevarlo suelto. Se dio cuenta de lo que le había crecido. Se sorprendió a si misma por haber perdido esa vanidad que siempre había tenido. Antes se pasaba el día mirándose en los espejos, y ahora ni siquiera se acordaba de su existencia.
Se ciñó el elegante vestido y cerró cada una de las hebillas mientras se calzaba. Había adelgazado, pero eso no era algo que le importara en ese momento, pues el vestido era entallado y nunca le había quedado tan bien. Se volvió a mirar al espejo y decidió maquillarse un poco. Hacía tiempo que no lo hacía. Se pintó ligeramente los labios, disimuló sus ojeras y pellizcó sus mejillas para darles un poco de vida.
Llegó un poco tarde al comedor, pues todos los alumnos estaban sentados. Únicamente unos cuantos rezagados la acompañaban en su carrera. Al entrar se sorprendió por lo bien que había quedado la decoración. Era aterradora y oscura.
Dumbledore estaba relatando una de las leyendas del castillo. Cada Halloween descubría a sus alumnos algún hecho aterrador que allí se dio lugar. El Barón Sanguinario estaba especialmente molesto esa noche.
- Nunca cuenta mi historia –rebuznaba.
Y se dedicó a deshacer vasos llenos de zumo o cerveza de mantequilla cuando los alumnos se los llevaban a los labios durante toda la cena.
Ni siquiera le importó eso a Laia cuando vio que un líquido extraño que había sido su vaso cubría su mano. Debía reconocer que no le hacía gracia alguna salir del cálido comedor en unos minutos para enfrentarse a una larga y solitaria guardia por los fríos pasillos del castillo. No debía haberse vestido así, debería haberse llevado la túnica o pasaría frío durante los aburridos paseos. Miró de reojo a Jameson, pensando en la posibilidad que la acompañara. No, no podía hacerle eso, estaba riendo y pasándoselo bien.
Pasándoselo bien.
¿Cuánto hacía que ella no se lo pasaba bien? Es más ¿Cuál fue la última vez que se había reído? –exceptuando las risas maléficas y de regocijo ante alguna desgracia ajena-. Hacía mucho, muchísimo. Llevaba siempre una especie de aura oscura rodeándola que pudría todo lo que tocaba.
Mierda, se estaba deprimiendo.
Pero el lunes había sido un día medianamente bueno. Llegó a la conclusión cuando se encontró a ese maldito auror. Si, él había conseguido hacerle olvidar todas sus preocupaciones y disipar momentáneamente esa aura oscura. Pero luego ésta volvió, y con más fuerza, con la visita de Lucius esa misma noche.
Y con los besos.
Los besos que parecían succionarle el alma y sembrar más inquietud en ella. Cada nuevo beso de Lucius Malfoy era un paso más hacia la Marca Tenebrosa y hacia la oscuridad.
¿Por qué ahora le resultaba tan escalofriante? Intentó tranquilizarse pensando que era simple miedo, que eso lo pasaban todos antes de… antes de formar parte de…
Se hundió en el asiento, sintiendo puro pánico. Lucius Malfoy se había marchado de manera tan repentina que ahora le daba vértigo. Se sentía realmente sola, enfrentándose a todo sola, enfrentándose a todos los que había en ese comedor, protegidos la mayoría por sus parientes, la mayoría parientes y amigos de aurores. Negó con la cabeza, oyendo como el comedor entero entonaba una conocida canción que trataba de Macbeth. Entonces llegó a la conclusión y levantó los ojos con determinación, con un halo oscuro en ellos.
“Volveré al redil, como una buena chica”
Sin darse cuenta que esa amenazante frase era típica de Lucius Malfoy.
Se levantó lentamente y salió del comedor dirigiéndose hacia la oscuridad mientras el resto del alumnado finalizaba los últimos acordes de la canción, riendo alegremente, como si los días del regreso de Lord Voldemort aun se encontraran aún lejos, muy lejos…
______
La puerta se abrió silenciosamente, dejando entrever la luz en el diminuto recinto. La mesa, llena de cachivaches extraños, también era útil para dar unas cuantas cabezaditas, como evidenciaba la siesta que John John, el joven aprendiz de auror, se estaba regalando.
Julius Strandberg le presionó suavemente el cuello con la mano, haciendo que John John diera un respingo y mirara asustado al joven auror.
- Yo… perdón no… -miró al frente, completamente a oscuras, y luego se dio cuenta que la vela se había extinguido.
- No te preocupes, llevas muchas horas aquí y además las cosas interesantes ocurren de noche. Mañana llegaran más aurores y no haremos tantas horas ni tu ni yo –sonrió al recién licenciado- pero por ahora debemos aguantar y no dormirnos. Puedes irte, ya me quedaré yo esta noche.
John John asintió tímidamente, levantándose con dificultad. Una vez cerró la puerta tras él, Julius volvió a encender la vela y se acomodó en la silla mientras observaba como los rincones de Hogwarts permanecían tranquilos y silenciosos sumergidos en la penumbra.
________
Laia empezó a andar rápidamente hasta que las canciones de Halloween se oían cada vez más lejanas. Se internó en uno de los pasillos y apoyó sus manos en una mesita. Al levantar la vista se asustó y boqueó antes de darse cuenta que estaba ante su reflejo.
Respiró aliviada. Al final resultaría que Halloween si la alteraba un poco. Sonrió de manera cansada y se observó otra vez. Las antorchas le daban un aspecto un poco enfermizo, pero tampoco estaba mal del todo. Se sonrió a si misma, pero el efecto le resultó tan extraño que lo dejó estar.
Entonces recordó donde se encontraba. En ese pasillo vio a Dumbledore y a ese extraño auror calvo que escrutaba las paredes. Si, y no solo a ellos, al volver de la biblioteca con Jonas de la mano también topó allí con Julius Strandberg.
La determinación que se había apoderado de ella hacía escasamente unos minutos había desaparecido por completo. Apretó con fuerza los puños hasta que se tranquilizó. Volvió a mirarse al espejo, intentando contener su ira.
________
El silencio del lugar y su oscuridad no eran buenos aliados de una guardia nocturna. Julius sentía como sus párpados se hacían cada vez más pesados y sus ojos comenzaban a llorar por el sueño. Además, la tenue y enfermiza luz de esa piedra le producía malestar mientras observaba pasillos vacíos y carentes de interés.
Fue un sobresalto cuando vio a alguien ante uno de los espejos, y más que estuviera contemplándose en él.
Y que fuera Laia Wallravenstein.
Allí estaba, “la malvada”, como la denominó Saffron unos días antes. Su cabello caía por los lados, descubriéndose como hermoso -habiéndolo visto siempre recogido u oculto de algún modo-. Pero no era lo único oculto que había salido a la luz.
El silencio de la estancia daba más sensación de irrealidad a esa imagen. Quizás fuera el sueño pero a Julius le daba la impresión que Laia estaba llorando. No, serían imaginaciones pero podía jurar que sus ojos se estaban humedeciendo.
Llorando o no, su rostro era de una indecible tristeza. Sus labios permanecían medio abiertos y su ceño completamente fruncido. Parecía estar conteniendo algo incontenible.
“
¿Estás bien?”
Le había preguntado él el lunes.
“
Si, estoy bien”
Fue su respuesta, clara y contundente.
Por alguna extraña razón Julius sintió desasosiego al verla allí sufriendo en silencio, pero también algo de alivio al comprobar que “la malvada” poseía algún tipo de debilidad o sentimiento. Había momentos que lo había dudado y ahora se sentía mal por haberlo hecho.
Sintiéndose atrapado por sus ojos negros, no podía desviar la mirada. Empezó a sentirse nervioso, teniendo la sensación de ser testigo de un dolor privado, pero también con la sensación que estaba en el derecho de poder contemplarla, aunque no supiera porque.
De repente la mirada pensativa y perdida de Laia se mantuvo fija en el espejo y empezó a acercarse. Julius notó como su corazón se aceleraba violentamente.
¿Le estaría viendo?
No, imposible, la piedra no se reflejaba por si misma, no podía estar viendo…
“
La vela”
Rápidamente se levantó de la silla y sopló la vela para apagarla, sentándose otra vez rodeado de una total oscuridad, con el corazón desbocado, impresionado por lo que le había pasado.
___________
De repente, la pequeña luz había desaparecido del espejo. Laia volvió a observar extrañada y luego miró detrás de ella. No había ningún candelabro ni nada que hubiera emitido tal luz, la pared estaba completamente desnuda.
Recordó entonces a ese extraño auror que observaba la pared detenidamente mientras Dumbledore mantenía recto ese mismo espejo. Le entraron tentaciones de mirar detrás del espejo pero encontró ridícula la idea de encontrar una vela encendida aplastada contra la pared.
Sonrió ante la estúpida ocurrencia. Al menos el extraño suceso le había tranquilizado un poco.
Se separó del espejo y se fue alejando de lugar. A cada paso que daba más frío sentía.
En el comedor seguían riendo y cantando.
" Halloween, esa fiesta tan esperada. "
por
Charlotte (
4:03 PM )
Era Halloween. El mes terminaba y no era lo único que lo hacía.
Terminaban sus pensamientos confusos, quería que abandonasen su cabeza y que no dejasen rastro alguno. No quería que hiciesen más daño cuando ya no había motivo para ello. Terminaba también su sentimiento de odio y de compasión hacia ella misma, ya no podía seguir compadeciéndose porque las cosas ya no eran tan sencillas como para eso. Por eso mimo ya no podía seguir allí, por eso mismo debía hacer que las cosas cambiasen.
Muchas cosas había terminado, y también muchas cosas había cambiado.
Una sensación extraña a ella la invadió por completo y se sintió capaz de cualquier cosa. Era capaz de hacer cualquier cosa. Estaba segura de ello, lo había demostrado, en realidad.
Tenía que irse, y para conseguir eso tenía que actuar. Y eso sería lo que hiciese, sólo era cuestión de tiempo saber cómo debía actuar.
_______________“Métodos de los cuerpos astrofísicos”¿Cómo se le había podido comenzar a leer ese libro?
Ella era capaz de leer cualquier cosa, hasta la más aburrida que se pudiese encontrar, pero aquello... aquello se lo estaba poniendo muy difícil. Ese libro era imposible de seguir. Escrito como estaba por la misma persona, parecía más, que cada capítulo hubiese sido redactado por alguien diferente. Incluso a veces, en el mismo capítulo, se podía apreciar ese cambio. Era imposible de seguir algo así, que además de escrito con diferentes estilos explicaba cosas incoherentes incluso para ella.
Parecía como si quisiese tomarle el pelo, reírse de ella, forzarle a abandonar. No, el libro no era tan listo, y sus autores, su autor, tampoco lo era, o tampoco lo había sido, se lo estaba demostrando. Y no desistiría.
Continuó leyendo, sus ojos recorrían las letras en cada palabra, y las palabras en cada frase. Había muchas frases conformando un único párrafo. Siguió leyendo, pero el párrafo no terminó, no terminaba.
- ¿Pero qué demonios? – Exclamó Hermione apartando los ojos del texto sin dejar de mirarlo.
- ¡Esto es horrible! ¡Absurdo! ¡Estúpido Henry Svenssiven!
Cerró el libro de golpe y sin llegar a pensárselo dos veces lo lanzó con todas sus fuerzas contra la pared más cercana de la sala común.
Estaba sola, pero no le hubiese importado que la hubiesen visto hacer lo que había hecho.
“Ese libro incoherente”De repente un sonido brusco llamó su atención, sus ojos se dirigieron hacia el libro que acababa de lanzar contra la pared y se posaron en él. Se encontraba abierto de par en par y con las tapas hacia el cielo. Sus hojas se agitaron bajo su peso y durante unos segundos se movieron a toda velocidad. Parecía como si tuviesen vida.
Hermione se levantó de la silla y con pasos cautos fue acercándose al libro. Las hojas volvieron a moverse más rápido que antes.
“¿Qué hechizo podía tener el libro, impreso en él?”Volvió la quietud. Hermione se acercó más aún y con cuidado se agachó frente a él. Imprevisiblemente el libro volvió a mover sus hojas, el sonido del papel frotándose entre sí la asustó por lo inesperado. Inclinó la cabeza a un lado y miró más de cerca el tomo. No se paraba. Esta vez no se detenía el movimiento de las hojas. Cada vez se movían más rápido, produciendo un sonido semejante al zumbido de una abeja. El ruido era hipnotizador.
Sin pensar en las consecuencias de sus actos, acercó su mano a las hojas que continuaban moviéndose. No debería hacerlo, pues el rápido movimiento semejaba unas pequeñas cuchillas y el ruido recordaba que podría cebarse con sus dedos si le daba la oportunidad, pero lo hizo.
Sin que las hojas se detuviesen, Hermione acercó su mano a ellas y sin pensárselo dos veces las rozó. No podía ser real. Contrario a lo que podría haber esperado que ocurriese, no cesó el movimiento del libro, y tampoco lastimó sus dedos. Contrario a lo que esperaba del libro, sus hojas no habían dejado de moverse ni un solo instante, no cedieron bajo su peso, y moviéndose más rápido aún formaron una masa que su mano atravesó como si fuera de crema.
No había nada allí, no sentía el tacto de las hojas en su piel, era como atravesar un fantasma, pero sin las sensaciones que eso conllevaba. Era como atravesar un dibujo en el aire, una proyección inexistente.
Aún pensaba qué era ante lo que se encontraba cuando un ruido agudo la sacó de su ensimismamiento.
Juraría que no había parpadeado, pero de un segundo a otro se vio lejos del libro, apartada de él por completo, como se había encontrado antes de decidir tocarlo. El libro estaba parado, boca abajo, pero sin moverse. Una voz salía de él la reconoció al instante, era la voz de la bibliotecaria.
- Señorita Granger. Devuelva inmediatamente el libro a la biblioteca. El material del colegio no está a su disposición para ser utilizado como una bluger...
- Mierda. – Murmuró Hermione.
- ... No intente eludir su responsabilidad. Este libro a sido hechizado con sumo...
Con firmeza cogió el libro entre sus manos y corrió al hueco del retrato para dirigirse a la biblioteca.
Cerrado como estaba el libro no dejó de hablar, repetía una y otra vez las mismas acusaciones, cada vez con voz más alta. Hermione sabía que hasta que no devolviese el libro a la biblioteca, no dejaría de acusarla a voz en grito. Lo tapó como pudo con su capa y comenzó a correr. Los alumnos que se encontraban con ella se la quedaban mirando y viéndola pasar se reían a sus espaldas.
Aceleró el paso todo lo que pudo y esquivando a todos los transeúntes que pululaban por los pasillos llegó hasta la biblioteca. Los gritos que salían del libro pararon una vez que Hermione cruzó el umbral de la puerta. Avergonzada, miró a su alrededor esquivando la mirada de los pocos alumnos que se encontraban en la biblioteca y con pasos rápidos se acercó hasta la mesa de préstamos.
La bibliotecaria estaba ojeando un catálogo de grandes proporciones con lo que parecía ser la lista de libros de todas las bibliotecas mágicas del condado. Justo en el instante en que Hermione llegó frente a ella, alargó la mano sin siquiera mirarla, tomó el libro en sus manos y se lo arrebató a la chica de un tirón.
Hermione pudo ver cómo Madam Pince apartaba el volumen a un lado y lo posaba sobre una bandeja blanca que pareció fijarlo a ella. Pero no dijo nada. No sabía qué hacer, si irse, pedir perdón, clemencia... Madam Pince era muy dura con lo que se refería a sus libros, nunca pasaba una, y los hechizos que ponía en ellos para que nadie se olvidase de sus deberes eran históricos. Hermione se preguntaba cómo era posible que después de haber hecho lo que había hecho no le hubiesen salido ya orejas de perro ni patas de gallina, o algo por el estilo.
Cuando Hermione se atrevió a moverse, Pince le dirigió por fin la mirada, y con una sonrisa demasiado amplia, le preguntó:
- ¿Hermione Granger?
Hermione pasó saliva con dificultad y en un susurro casi inaudible dijo:
- Sí.
- Muy bien, señorita Granger. No es, digamos, la primera vez que hace uso del material disponible en esta biblioteca, y a mi entender usted es una persona lo suficientemente sensible como para saber qué cosas son más y cuales son menos apropiadas.
Antes de anda, debo decir que su comportamiento me ha defraudado enormemente. Y llegados a este punto.... – Pince cogió aire y se permitió unos segundo para mirarla antes de proseguir. - ... debo comunicarle que su carnet de biblioteca estará inhabilitado durante toda una semana. Lo siento. Pero de alguna manera tiene que aprender a comportarse.
_______________También era tener mala suerte. Podía evitarle continuamente, era fácil, ni siquiera era huir por los pasillos, tan sólo era no encontrarle. No se sentía mal por ello, estaba en un punto en el que esos pequeños detalles no la amargaban en absoluto. Por eso mismo era mala suerte.
En el único momento en el que no tenía más remedio que encontrarse con él, era durante las comidas, pero aún así, un muro teñido de negro, llamado Severus Snape se interponía entre ellos. También era una suerte que Severus le odiase, porque así se destruía cualquier posibilidad de que las relaciones o el contacto verbal apareciese en cualquier momento. Aunque visto de ese modo, esa había sido la causa de la situación en la que se encontraba. Si no hubiese sido por Severus y su sentido común, ahora las cosas serían por completo diferentes, pero no quería pensar en eso.
Ella había llegado a una decisión, y no había más que hablar. Por eso era mala. Convencida y segura como estaba de que no tenía nada que temer y que no tenía que enfrentarse a ninguna situación comprometida, había entrado en un leve estado de shock al ver la disposición que habían preparado para esa cena de Halloween. Por no sabía qué designios, Severus había sentado en la mesa de los profesores a Saffron Bahn, dejando junto a ella una silla libre. Ese no habría sido ningún problema si el ocupante de la silla contigua no hubiese sido Remus.
Charlotte había caminado tras los ocupantes de la mesa de los profesores hasta alcanzar su silla. Se había sentado sin dirigir la más mínima atención a los comensales que la rodeaban. Y allí, seguía, comía lo poco que su estómago le permitía y eludía cualquier movimiento que la llevase a una situación incómoda.
No se hablaba del tiempo, no se hablaba de la comida, ni de las clases, ni de lo maravilloso que era el día y la fiesta preparada.
Se preguntaba por qué motivo se había vestido de manera tan festiva cuando la voz lúgubre de Severus Snape llamó su atención.
- ¿Qué tal la familia? – Preguntó mientras daba otro mordisco a su pastel de calabaza y queso.
¿Se podía saber a qué venía eso? Charlotte le maldijo entre dientes por la entrometida forma de ser que tenía algunas veces y volviendo la vista hacia él contestó con voz demasiado aguda:
- Perfectamente.
- Me alegro. – Respondió él. – Es agradable cuando las respuestas no se hacen esperar.
- Creo que no te entiendo. – Replicó Charlotte algo molesta.
- Sí. La respuesta a tu felicitación, cabe suponer. Créeme que comprendo tu preferencia por las cartas antes que por las llamadas, son más duraderas.
- ¿Qué...?
Severus se giró hacia ella enarcando una ceja.
- Eveline... Por las barbas de Merlín, Charlotte, hoy es el cumpleaños de tu hermana!!
Charlotte sintió cómo una oleada de frío seguida de un calor extremo la invadía. Oh! ¿Cómo podía haberle pasado eso? Siempre le mandaba una carta de felicitación a Eveline el día de su cumpleaños. Palideció, se sintió avergonzada, estaba rodeada de gente que posiblemente había oído hasta qué punto llegaba su idiotez. Y encima sentía cómo la mirada de esa Saffron Bahn se clavaba en ella.
- ¿Cómo podía esperar que hubieses cambiado? – Comentó Severus todo lo alto que pudo. – Siempre has sido una irresponsable, y no fue tu madre quien te enseñó eso. – Sin mirarla ni un momento, continuó. – Eveline nunca se olvidó de ninguno de tus cumpleaños, y tu... ¿cuántos llevas ya?
No podía soportarlo, ya era la segunda vez en menos de una semana que la regañaba como si fuese una cría, y ahora, para colmo, delante de todo el mundo.
Pero como una cría le contestó y le hizo frente.
- Qué se iba a esperar de mi, ¿verdad? Si no fuera por ti... por un momento habría olvidado que en vez de cuatro tíos tenía cinco. Debería estar orgullosa...
Se sentía furiosa, las palabras habían sonado hirientes en sus labios, pero estaban lejos de resultarlo, ni si quiera lo parecían. No herían en absoluto.
Pinchó con el tenedor la última patata que quedaba en su plato mientras murmuraba con rabia:
- Mi querido tío Snape. ¡JA!
" En tierra de nadie "
por
Saffron (
2:02 PM )
Saffron se desperezó a gusto en la cama, diez minutos mas tarde de que sonara el despertador. Era lunes y hacía mucho frío fuera, pero ella estaba feliz. Desde aquel pequeño incidente en el despacho del tercer piso, Severus se había comportado como si ella fuera de cristal. “¿Estas bien?” “¿Tienes hambre?” “¿Como te sientes?”. Y no podía negar que era muy agradable que el se preocupara tanto por ella.
Quizás no había estado bien que ella simulara estar más débil de lo que en realidad se sentía, pero que le iba a hacer.
Saffron se encogió de hombros, divertida, mientras acariciaba a Ein rítmicamente. Un minuto mas tarde, se había levantado y se disponía a darse una ducha caliente, mientras decidía mentalmente que se pondría.
Estaba vestida y esperando sonriente cuando el fue a recogerla. Sin embargo, el parecía de nuevo huraño y poco comunicativo y Saffron no pudo menos que deprimirse. Maldita sea, su estado de humor parecía una montaña rusa, siempre arriba y abajo.
Poco sabía ella que el lunes solo estaba empezando.
El la dejó sola en el despacho, con una mueca impaciente, encargándole que hiciera una poción complicada. “¿Pero que demonios le pasa hoy a este?” pensó Saffron malhumorada. Inició la poción, albergando un extraño sentimiento de resentimiento y enfado hacia su profesor de pociones. ¿Porqué no podía el seguir siendo ese hombre solícito que había sido durante unas horas? ¿Porqué tenía que volver a ser ese hombre oscuro que apenas le prestaba atención?.
Saffron suspiró sonoramente, sabiendo que no la escuchaba nadie.
Comenzó a trocear ingredientes, añadiéndolos por orden, contando y midiendo cuidadosamente las proporciones. Dio tres vueltas hacia la izquierda con el cucharón, y una hacia la derecha, tal y como indicaban las instrucciones. Y ahora a esperar. Una hora esperando. ¿ Que se suponía que tenía que hacer durante esa hora? Aburrirse sin mas. Saffron se sentó en una silla, mientras sentía que las mazmorras se le caían encima. Cogió un libro, el primero que encontró y lo hojeó distraídamente.
“Magia oscura para abatir a los enemigos”.
Lo soltó con repulsión y miró la hora en su bonito reloj de pulsera. Soltó un bufido alarmada cuando vio que tan solo habían pasado cinco minutos. Se quejó en voz alta amargamente.
Y , de repente, se le ocurrió una idea. Una idea alocada, estúpida y terriblemente inconveniente. Una idea, que, por supuesto, llevaría a cabo: iría a la biblioteca.
Bueno, visto así, en frío, tampoco parecía muy excitante y peligrosa.
Pero Saffron tenía prohibido salir de allí, y mucho menos andar sola por los pasillos. Bien, Severus ni siquiera se enteraría. O mejor, que se enterara. Que no pensara que ella iba a quedarse allí sentadita como si tuviese cinco años.
La biblioteca estaba completamente desierta. Ni siquiera Pince estaba en su habitual puesto de guardiana. Bien, mejor así. Deambuló por los desiertos pasillos, dirigiéndose hasta el apartado de ficción. No mas historia por hoy, no mas tratados de pociones difíciles. Lo que hoy le apetecía era una buena novela, con un poquito de aventura, intriga y algo de amores imposibles. Mejor si eran entre profesores y alumnas. Miró los títulos con atención, recordando cuales había leído ya, y cuales tenían posibilidades de estar bien.
Hasta que oyó un quejido sordo a su lado. Se volvió inmediatamente, nerviosa. Pero allí no había nadie. Siguió mirando los libros, ahora ya intranquila. Y volvió a escucharlo: una especie de gorgoteo nervioso. Saffron respiró agitada. Miró con atención a su alrededor, intentando descubrir algún indicio, y después se asomó a uno de los pasillos que había entre las estanterías.
Ahogó un grito cuando una pequeña sombra cruzó rápidamente ante ella. Pero que tonta era. Si solo era un niño pequeño. Se acercó hasta el, mucho mas tranquila. El pequeño se había agazapado tras una estantería, como si estuviera huyendo de alguien. Saffron se agachó ante el, llamándolo.
- Hola – le dijo con una sonrisa, intentando tranquilizarle. Lo miró alarmada cuando se dio cuenta de que estaba completamente mojado- ¿Qué te ha pasado? Deberías ir a cambiarte de ropa o te resfriarás.
El niño la miraba con expresión ausente, sin decir nada. Saffron acarició su mejilla helada, y siguió intentado hablar con el.
- Vamos, ¿no quieres hablar conmigo?- el niño negó con la cabeza, ceñudo, y Saffron tuvo que armarse de paciencia - ¿Cómo te llamas? Yo soy Saffron.
El niño pareció a punto de decir algo, pero una voz a su espalda la sobresaltó. No era otra que Laia Wallravenstein. Saffron dio un respingo, y miró a la oscura muchacha. ¿Porqué siempre parecía enfadada?. Sin embargo, Laia no fue amable ni mucho menos, ni con ella, ni con el niño.
Y eso era algo que Saffron no podía soportar. Que aquella estúpida niñata quisiera quedar por encima de ella, como si fuera alguien. Saffron supo que aquello iba a acabar mal en cuanto hubo cruzado dos palabras con ella. y después de esas dos, muchas mas. El niño y su bienestar se había convertido en una excusa banal para sacar todo su odio y resentimiento fuera.
La había insultado, y con cada palabra que habían cruzado había sentido como se encendía mas y mas. Habían acabado diciéndose cosas terribles a gritos, en medio del pasillo. Había querido herirla, hacerle daño. Hacerle tanto daño como ella sentía en ese momento. Aquella, aquella maldita putita tenía la culpa de todo. Era mala y egoísta, una persona de la peor condición que iba con gente horrible.
Y Saffron se había convertido en ella.
Había querido ser mala y egoísta también, pero solo había conseguido hacerse mas daño a si misma. Saffron sintió como no podía respirar, como una desagradable sensación de enfado mezclado con impotencia la sacudía. Aspiró con fuerza, y, de repente, rompió a llorar. Estaba sola, en medio del pasillo, llorando en el suelo, acalorada y agotada después de aquella discusión.
“¿Tú estás donde perteneces y con quien debes estar?” le había dicho Laia. No, maldita sea, no lo sabía. Estaba perdida, confundida. Había dejado su mundo atrás, todo lo que conocía, solo por aquel loco sentimiento hacia Severus Snape. Pero el no la había aceptado. Y ahora se veía atrapada en tierra de nadie, sin pertenecer a ningún lado. Se secó las lágrimas con una mano, intentando recomponer su aspecto antes de volver a las mazmorras.
Oh, maldita sea, aquella golfa se había metido con su vestuario. Respiró con fuerza, enojada. Y pronto volvió a sumirse en un mar de dudas. Ella había dicho que Snape se avergonzaba de ella, de su aspecto. Y en realidad, ella había descubierto como el la miraba con reprobación cuando se ponía algo especialmente llamativo.
No, si al final iba a tener razón.
Sorbió las lágrimas como pudo y volvió cabizbaja hasta las mazmorras. Si quería que el se enterara que había salido del despacho, desde luego una buena disputa en medio de un pasillo con gente era la mejor manera de hacérselo saber. Llegó al despacho derrotada y con un aspecto terrible.
- ¿Se puede saber porqué ha salido sola? – la voz de el llegó irritada desde el otro lado de la mesa, mirándola iracundo.
Saffron entrecerró los ojos. “Si” pensó “Yo también me alegro de verte”
- No solo ha dejado una poción incompleta sin vigilancia, si no que además ha vuelto a poner su vida en peligro, al salir sin vigilancia. ¿Cuántas veces he de repetírselo? ¿Es que acaso tengo que hacerle escribir mil veces “No saldré sola”? Sinceramente, señorita Bahn, creía que tenía mas inteligencia.
Saffron apenas le escuchaba y se dejó caer sobre una silla, aceptando todo lo que el dijera en silencio. ¿Qué podía decirle? ¿Qué era una estúpida y que sentía no ir de negro para hacer juego con el? Sacudió su cabeza, pensativa.
- ¿Que te ocurre?- de repente, la voz de él parecía ligeramente preocupada.
Saffron levantó la mirada, enfrentándose a la suya sin ningún tipo de aderezo. Permanecieron en silencio durante unos minutos, mirándose, hasta que por fin ella volvió a hablar.
- Me he peleado con Laia Wallravenstein en medio del pasillo – que mas daba, de todas maneras el iba a enterarse, y prefería decírselo ella. Vio como Severus la miraba serio, mientras asentía con gravedad.
- Me han informado de ello. Y quiero que sepas que me parece una enorme irresponsabilidad por tu parte.
Saffron abrió la boca indignada. Vamos, lo que le faltaba, que encima le echaran la bronca a ella.
- ¡No sabes como estaba tratando a ese pobre niño! Además... – se calló. ¿Qué mas podía decirle? ¿Qué se habían insultado mutuamente? ¿Qué Laia había aludido a el?. No, no podía decírselo.
- Saffron, solo estaba haciendo su trabajo. Ese niño debía vacunarse y no podía dejar que estuviera correteando por ahí.
Saffron lo miró abatida. No podía dejarse engañar ante la evidencia. Por supuesto, el siempre la defendería a ella. Laia era una Slytherin, y el era el jefe de su casa. Donde pertenecía y con quien debía estar. No podía luchar contra eso. Saffron suspiró en voz baja, mientras intentaba que no volvieran las lágrimas a sus ojos. La voz de el volvió a sonar en la oscura habitación.
- Quiero que procures mantenerte lo mas alejada posible de esa chica, ¿entiendes?. Y - la voz de el pareció vacilar un poco- Y de cualquier Slytherin en general.
Ella lo miró ligeramente asombrada. Estaba desconfiando de sus propios alumnos, de su propia casa, que era como su familia.
- Tu también eres Slytherin- no pudo menos que murmurar.
Ahora era él el que la miraba sombrado.
- Yo se lo que estoy diciendo- dijo el mas para si mismo que para ella.
- Pues entonces ¿Porqué no me lo explicas?- la voz de Saffron sonaba irritada y ligeramente ronca- A lo mejor incluso te sorprendo y entiendo las cosas.
- Dudo mucho, señorita Bahn, que entienda el alcance de lo que está ocurriendo en el mundo en este mismo momento, ya que parece no entender una simple orden de no moverse sola por el castillo.
Saffron lo miró con expresión enfadada. Recordó las palabras de Laia “¿Os aguantáis?”. No, desde luego que en momentos como aquellos no.
- ¿Puedo ir a al cuarto de baño o también quieres acompañarme?- dijo ella con expresión socarrona, buscando provocarle, enfadarle.
Severus la miró con expresión hosca, fijamente, bufando irritado.
- Vaya de una maldita vez y cuando vuelva siga con la poción. – gritó el enfurecido, al mismo tiempo que salía del despacho cerrando la puerta con violencia.
Saffron suspiró, agobiada. Genial, había conseguido enfadarle sin motivo. Ahora su día podía considerarse realmente perfecto.
Fue al cuarto de baño, aunque ni siquiera tenia ganas de ir se remojó la cara con un poco de agua, intentando que se borraran las marcas de las lágrimas y los ojos hinchados. Salió del cuarto de baño y caminó con lentitud de nuevo hasta la puerta del despacho.
- Hola- la voz le sorprendió, saliendo entre las sombras . Saffron dio un respingo, y se calmó ligeramente al ver que era un muchacho de su edad el que hablaba- ¿ Que haces por aquí? ¿ No eres muy mayor para estudiar en el colegio?
Era guapo, pero tenía un aire insano que a Saffron no le terminaba de gustar. Sus ojos negros sonreían, curiosos mientras se acercaba a ella.
- Pierre Lelonde- dijo con una mueca encantadora a la vez que le tendía la mano. Ella le tendió la suya y se presentó a su vez. - ¿Estas buscando al profesor Snape? Ahora no está en su despacho.
El muchacho no dejaba de sonreír, pero cada vez se aproximaba mas a ella, mientras que Saffron se ponía cada vez mas nerviosa, e iba retrocediendo cada vez un paso mas. Aquellos ojos negros la intimidaban, pero, a la vez, se sentía extrañamente atraída. Se pasó la lengua por los labios, en un gesto a medias nervioso, a medias seductor, y el muchacho pareció darse cuenta.
- No...- dijo Saffron vacilante – Yo estudio con el. Mi... trabajo, para la carrera...
- Ya... ya entiendo. Supongo que debe ser fascinante... un hombre que sabe tantas cosas... – el muchacho se acercó aun mas a ella, y Saffron quedó acorralada contra la pared – Que puede mostrarte tantas cosas... hay mucho que aprender de Severus Snape, realmente.
Saffron asintió, sin saber que decir. Las palabras del muchacho sonaban extrañas, y el brillo de sus ojos había cambiado, y ahora la estaba asustando. Tragó saliva con fuerza, y miró a ambos lados del desierto pasillo, deseando que pasara alguien.
- Saffron... – el ahora estaba pegado a ella y se estaba permitiendo el lujo de acariciarle la cara. Ella lo miró aterrada, sin saber muy bien como pararle. El se inclinó sobre ella, y comenzó a susurrar en su oído. – Eres demasiado bonita Saffron.... tienes que tener cuidado de donde pones tu cabecita... de lo que miras... de lo que escuchas... pobre niña...
Saffron cerró los ojos. Las palabras de el la estaban confundiendo. No sabía a que se refería, pero si sabía que estaba muerta de miedo.
- ¡Saffron! – una voz conocida sonó de pronto muy cerca y ella sonrió feliz y aliviada. El muchacho se apartó de ella con una sonrisa socarrona en su rostro, mientras ella miraba a Julius y Severus con expresión agradecida.
Se acercó hasta ellos, obviando las miradas crípticas de ambos hombres. Se enganchó disimuladamente al brazo de Severus y este no dijo nada, a la vez que miraba con curiosidad a Julius. El auror tenía su mirada fija en el oscuro muchacho que estaba frente a ellos, al igual que la de Severus Snape.
- Profesor Snape, que alegría verlo- Lelonde hablaba sin rastro de alegría en su voz, mientras que sus ojos mostraban un brillo maligno. – Veo que ha cambiado un poco de compañías...
Dirigió una mirada febril hacia Saffron y Julius, y ella solo pudo evitar su mirada. Severus dio una mirada significativa a Julius, y este comprendió al punto. Cogió a Saffron del brazo y se la llevó hasta el despacho de Snape, dejando a este solo frente al muchacho.
- No deberías andar sola, Saffron – le reprochó el joven auror cuando llegaron hasta el despacho- ¿Qué tal estas?.
- Fatal- reconoció ella mientras le daba un cariñoso beso en la mejilla- Llevo una mañana horrible. Esto era lo último que me faltaba, que me acosaran por los pasillos. Además, esta mañana he tenido una discusión terrible.
- ¿Tu? ¿Una discusión?- el joven sonreía divertido- ¿Con quién? ¿Qué ha pasado? No me dejes en ascuas, que sabes que en el fondo soy un poco marujona.
Saffron se echó a reír, alegre. Ya no quería a Julius, pero como echaba de menos aquellas tontas conversaciones.
- Nada, con una Slytherin. No creo que la conozcas. Una tal Laia Wallravenstein. – el, de repente, parecía tener toda su concentración puesta en ella – La muy zorra me ha dicho cosas horribles! Estaba tratando fatal a un pobre crío y encima se ha metido con mi vestuario! Dios, me ha llamado payaso!! ¿Te lo puedes creer? Por merlín, a papá le va a dar algo cuando se lo cuente... quizás se cree que debería vestir como ella, siempre de negro. Que no es que el negro no me gusta, y a ti te sienta genial, pero ya sabes... papá no hace ropa para funerales, y que siga así por muchos años.
Julius se echó a reír ante la verborrea incansable de Saffron. Le hacía gracia. Conocía ambas chicas y no podía menos que reírse al imaginarlas en una pelea, discutiendo por ropa. No había dos personas mas dispares en todo el colegio, y las peleas de niñas siempre le habían divertido.
- No, Julius, no te rías- la voz de Saffron era seria ahora, y también su mirada. La expresión de el también se convirtió en grave. Conocía a Saffron y conocía cuando estaba de broma. Y, definitivamente, ahora no lo estaba – Esa Laia es una mala persona, de verdad. Va con gente horrible, mala gente. Y... y no solo se metió con mi ropa. Dijo... dijo cosas terribles sobre Severus... y sobre mi. De los dos.
Ella evitó ahora su mirada. Julius prestaba atención a sus palabras, ligeramente asombrado. Era la primera vez que escuchaba a Saffron hablar realmente mal de alguien. Y así como no se le había escapado el hecho de que Saffron se acercara a Severus en el pasillo, tampoco se le paso por alto la mención que ahora hacía de el.
- ¿Tanto te molesta?- habló pausadamente. La mirada de la muchacha lo dijo todo, alto y claro. – Ya, entiendo.
Los dos se quedaron en silencio durante unos instantes. Fue ella la que volvió a hablar, en susurros.
- Yo no le intereso- su voz estaba cargada de lágrimas y Julius sintió una punzada de lástima por ella. Sin embargo, Saffron pareció recuperarse pronto. Volvió la cara hacia el, sonriendo- Vamos, yo aquí contándote penas y tu sin soltar prenda. ¿Has conocido a alguna buena chica últimamente?.
-Umm- dijo el, simulando estar pensativo- ¿Y si te dijera que no es tan buena realmente?
- Te diría que estas loco. Las personas malas traen muchos problemas.. fíjate en mi...
Ambos se echaron a reír, y así fue como los encontró Severus Snape cuando volvió a su despacho con expresión hosca.
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Saffron se despertó el martes con una rara sensación en el pecho. El día anterior la había dejado agotada. Realmente ella no llevaba nada bien eso de andar discutiendo todo el día. Las peleas la dejaban en un estado anímico horrible y el lunes por la noche había tenido que poner en práctica técnicas de relajación para conseguir dormirse. Estaba destrozada, física y anímicamente.
Se levantó con desgana, como si fuera lunes pero peor, porque el lunes había sido tan terrible que la sola perspectiva del resto de la semana la ponía de mal humor. Siguió la rutina de todos los días, duchándose y vistiéndose. Sin embargo, no pudo evitar que a la hora de elegir la ropa se decantara por un sencillo pantalón vaquero y un jersey grueso con algo de escote.
Desayunó en silencio, pues hacía tiempo que Helena y sus amigas la evitaban en el comedor, y después marchó hacia el despacho junto a Severus. El estaba extrañamente distante, y a la vez amable con ella. Como si su amabilidad se debiera a simple formalidad con ella. Y también le veía preocupado, podía verlo en sus ojos.
- Vamos a hacer la misma poción de ayer. Fue un día muy... ajetreado y no creo que llegaras a comprender lo importante que es esta poción.
Saffron asintió. El no era una mala persona, ni mucho menos. Al contrario, cada día le demostraba que se preocupaba por ella, que la protegía. Permanecieron en silencio, pero Saffron prefería eso a las disputas.
Sonrió levemente al comprobar como cada vez hacía menos falta que el le indicara lo que debía hacer, como ella se iba anticipando a sus movimientos, como si los dos fueran parte de un engranaje perfecto, en la que una parte no funcionaba sin la otra. A Saffron le gustaba pensar que eso era así, que realmente el la apreciaba y no solo la protegía por un estúpido sentido del deber. Que demonios, le gustaba pensar que aquello podía ser así por el resto de su vida. Sonrió a Severus, feliz, mientras daba vueltas con el cucharón en el caldero, bajo la atenta mirada de él.
No sabía que la felicidad le iba a durar tan poco.
De repente, alguien había abierto la puerta. Saffron se volvió, sonriente, hasta que la sonrisa se le borró instantáneamente al ver de quien se trataba. Sin embargo, apenas si tuvo tiempo para reaccionar, porque antes de darse cuenta, Severus Snape había arrastrado a Charlotte Jenkins hacia la otra habitación y había cerrado la puerta con un portazo.
Saffron no pudo evitarlo y se echó a llorar desconsolada.
Una cosa era que el hombre que le gustaba apenas si le prestara atención y otra muy diferente era que ese hombre arrastrara a otra mujer hacia un cuarto en penumbra justo delante suyo.
Si es que ya se lo había dicho Guenolee, que con ese hombre iba a ser una desgraciada.
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Que Severus Snape nunca había entendido a las mujeres no era un gran secreto. El lo sabía y lo había asumido hacía muchos años. Por fortuna (o por desgracia, dependiendo del día) su trato con mujeres era bastante reducido, lo que no le resultaba un gran problema.
Pero no, debía rectificar. Antes quizás no tuviera mucho trato con mujeres, pero ahora parecía que todas las niñas de Slytherin se habían convertido en adultas de repente, quedando el inmerso en un caos sin sentido aparente. Eso sin hablar de Saffron y de Charlotte.
A la segunda la conocía de siempre, por lo que su trato no era tan difícil. Sin embargo, últimamente parecía haberse vuelto loca, al igual que todas las féminas del colegio, y hacía cosas muy raras. Como flirtear descaradamente con Remus Lupin.
Ah, por Salazar, aquello lo había enfurecido hasta límites insospechados. No flirteaba con cualquiera, no. Primero, un Weasley. Ahora, Remus Lupin. ¿En que demonios estaba pensando? Desde luego, no en su madre. Deirdre la hubiera matado si lo hubiera sabido. Y lo hubiera matado a el, por no haber tenido especial cuidado con ella. Pero, que demonios, ¿cómo iba el a imaginar que Charlotte iba a cometer una locura tan grande?
Suspiró. Intentar comprender los entresijos de las mentes femeninas lo dejaba agotado.
Y si solo hubiera sido Charlotte, quizás la cosa no hubiera sido tan mala. Pero también estaba Saffron Bahn. Aquella muchacha... aquella muchacha que liaba su estómago con sentimientos, que hacía que acercarse a ella fuera un placer extraño y a la vez una tortura. Una chica bonita, demasiado bonita para estar encerrada con el día y noche en aquel despacho. Una joven que a veces era una niña y a veces una mujer, que un día se enfadaba con el y otro día le ofrecía dulces y sonrisas.
Una muchacha que lo había besado y que desde entonces llevaba ese beso como una losa en el fondo de su estómago.
Tampoco la entendía. No entendía nada: ni sus motivaciones, ni sus actos, y, mucho menos, lo que ella sentía. No entendía porqué últimamente se pasaba el día llorando, asegurando que no le ocurría nada.
Como tampoco entendía a Laia Wallravenstein. Una niña que sentía que se le estaba yendo de las manos, que se le escapaba hacia un futuro nada prometedor y el no sabía como atraerla de vuelta. Le preocupaba, profundamente. Le preocupaba su falta de escrúpulos, su egoísmo, los problemas que daba.
No, nunca había entendido a las mujeres. Pero que no se entendiera el mismo si que le resultaba un problema.
Y, por ejemplo, no entendía que estaba haciendo en la cabaña de Hagrid tomando te con el y con Saffron. Realmente, comprendía
como había llegado hasta allí. Lo que no comprendía es por qué estaba allí
aun.
Todo era caótico y sin sentido. Lo único que sabía era que después de comer había llevado a Saffron hasta su habitación. Y que cuando había ido a por ella, simplemente, no estaba.
El terror le había invadido. Sabía el poco cuidado que ponía ella en no andar sola por los pasillos. Sabía que estaba en el punto de mira de los mortífagos. Sabía que Lelonde estaba en el colegio.
Si, se había sentido aterrado. Un terror como nunca había conocido, que le atenazaba el estómago y hacía que su cabeza diese vueltas. Por Salazar, si a ella le hubiera ocurrido algo...
Severus se sintió culpable. No, no debía dejarla sola. La buscó por todo el colegio, el miedo cada vez mas grande, mas grande conforme mas pasillos había recorrido y no había rastro de ella.
No sabía que era lo que le había impulsado a ir hasta la cabaña de aquel desgraciado. Solo sabía que había llamado furioso a la puerta, y le había abierto una sonriente Saffron, con el pelo recogido en dos trenzas.
- ¿Severus? – dijo agradablemente sorprendida.
Por primera vez, Severus Snape había tenido ganas de abofetearla. Por suerte se contuvo, pero los gritos salieron igual.
- ¿¡ES QUE ACASO ESTÁ LOCA??!! ¡¿CÓMO QUIERE QUE LE DIGA QUE NO DEBE ANDAR SOLA?! Es una irresponsable, una estúpida, y una idiota, y desde luego se merece todo lo que le pase...
Sin darse cuenta, había dado rienda suelta a todo el enfado acumulado en las dos ultimas horas. Su cara estaba congestionada y la voz le salía ronca. No se dio cuenta de que ella estaba llorando desconsoladamente hasta que Hagrid se había interpuesto entre ellos, con expresión grave.
- Profesor... creo que debería calmarse- había dicho en tono conciliador, mientras pasaba el brazo por la espalda de la muchacha, en un torpe intento de consuelo.
Severus calló. El alivio mezclado con el enfado corría ahora por sus venas. Miró a Saffron, que rehuía su mirada, a la vez que se sorbía las lágrimas. Supo que era mejor callarse, y dejar que el mal humor escapara poco a poco, antes de seguir haciendo daño a la joven.
De repente, ella comenzó a hablar, entre las lágrimas.
- ¿Porqué te enfadas conmigo? ¡Te he hecho caso! Hagrid vino a por mi a mi habitación y luego iba a llevarme de nuevo- ella lo miraba entre las lágrimas, sin comprenderle, mientras Severus se sentía como un bastardo – Siempre te hago caso. Solo hago lo que tu me dices...
Hagrid se había retirado discretamente, dejándolos solos. Saffron se limpió las lágrimas con la mano, mientras lo miraba dolida. Severus supo, de repente, que había cometido uno de los mayores errores de su vida, y ahora no sabía como arreglarlo.
- ¿Porqué siempre me llamas estúpida? No lo soy, ¿Sabes? No soy estúpida.
- No, no lo eres- la voz de el sonó grave, y ella lo miró sorprendida. Y justo después de esto, Severus Snape dijo dos palabras que no había dicho jamás en su vida- Lo siento.
Saffron lo miró, indecisa. El parecía sincero, pero no podía evitar recordar las palabras que había pronunciado el solo unos minutos antes. Severus Snape pareció ver la vacilación de la chica. Y entonces, como poseído por alguna fuerza extraña y ajena a el, le tendió la mano. Ella aceptó inmediatamente y Severus tiró de su cuerpo hacia el. Saffron lo miró, genuinamente sorprendida, mientras el pasaba sus manos frías por la cara mojada de ella, intentando borrar sus lágrimas.
Ese no era el. No era él el que había atraído a la chica a su lado y el que ahora le estaba acariciando la cara. No, definitivamente, no podía ser el. Porque el nunca haría algo como aquello, por mucho daño que hubiera hecho a alguien. Porque el hacía daño si, pero nunca lo reparaba.
- Tienes que prometerme que no vas a volver a llamarme estúpida – las lágrimas de ella habían desaparecido y su voz era ahora inesperadamente juguetona – nunca, nunca mas.
El asintió, hipnotizado por la sonrisa y la cercanía de ella. La voz de ella tintineaba contra su estómago, haciendo que vibrara, mientras su sonrisa lo confundía cada vez mas, haciendo que no supiera ni que hacía ni que decía. Saffron rió, brevemente, en voz baja.
- Muy bien- dijo ella con una enorme sonrisa – Ahora lo has prometido. Umm, creo que Hagrid tendrá por aquí una taza de te para ti también, ¿no es así?.
Hagrid asintió, y le invitó a sentarse, en medio de grandes muestras de nerviosismo.
Severus Snape se vio a si mismo sentarse al lado de aquel pobre hombre, como si todo lo estuviera haciendo otro en su lugar. La miró de reojo, viendo como ella volvía a sonreír, aunque de vez en cuando se le escapara una lágrima furtiva. El se había comportado como un hijo de puta haciéndole daño y después se había comportado como un idiota para pedirle perdón.
A lo mejor se había convertido en mujer y no se había dado cuenta, porque, definitivamente, tampoco se entendía a si mismo.