Los ojos claros de Lucius repasaban unos documentos que uno de sus inferiores le había entregado horas antes. De vez en cuando levantaba su miraba y observaba a Laia por encima de los viejos papeles.
- ¿Has recibido la invitación? –la voz de Lucius resonó en la mazmorra con suficiencia.
Laia asintió en la oscuridad del lugar. Era húmedo y frío. Lucius pasó una hoja y empezó a ojear la siguiente.
- Acompañarás a Lelonde a la gala, es un buen partido para el Señor Tenebroso.
Siguió leyendo.
Laia iba apoyándose de una pierna a otra a medida que fue notando el cansancio. Había sido un día muy largo. No solo por las obligaciones de prefecta, que le habían obligado a organizar a los niños para las inyecciones, sino por descubrir que la gala mortífaga estaba tan cerca, por el reencuentro con el auror Julius Strandberg y por la pelea con Saffron Bahn. Todo ello le había minado psicológicamente de manera notable. Y ahora se encontraba allí, de madrugada, en una mazmorra minúscula y helada, recibiendo la inesperada visita de Lucius Malfoy.
Había entrado de manera violenta y rápida, y parecía preocupado. Se había sentado en el único sillón del lugar y había empezado a ojear papeles hasta calmarse. Laia intentaba adivinar de qué información se trataba, pues cada vez que ojeaba los papeles su semblante estaba más y más grave. Sin mirarla espetó.
- Parece ser que el antiguo despacho del alquimista vuelve a ocuparse.
A Laia le extrañó esa pregunta.
- Si, el profesor Snape está ahí últimamente.
Lucius levantó la mirada y se la clavó incisivamente. Su entrecejo se frunció levemente y Laia detectó un ligero aire enfermizo en su mirada.
- ¿Sigue la señorita Bahn tan pegada a él?
Laia fijó su mirada en Lucius con extrañeza.
- Si… -vaciló- ¿Por qué?
Lucius la miró receloso, entre sombras. No, no convenía exaltarla ni ponerla nerviosa con esa figura que había divisado el pasado sábado mientras hablaban en el bosque. El conocía muy bien el despacho del alquimista, pues como buen Slytherin había pasado muchas noches en él aprendiendo magia prohibida. Desde que el profesorado de Hogwarts descubrió que uno de los suyos enseñaba magia negra a algunos escogidos alumnos de Slytherin, se cerró para siempre. Por eso le sorprendió encontrar luz en su interior… y una figura a contraluz observando.
Observándole a él y a Laia en el bosque.
No era la silueta de Severus, pues la conocía bien –en realidad, ¿quien no sería capaz de distinguir la característica silueta de Severus Snape?-. Y si no era la silueta del profesor de pociones únicamente podía ser de otra persona.
Saffron Bahn.
Volvió a mirar a Laia. Ahora no le observaba, permanecía absorta escrutando las grietas de una de las paredes del lugar. Le había recibido fríamente, de manera distante, y eso molestaba a Lucius.
- Ven aquí.
La voz susurrante de Lucius la sacó de sus pensamientos. Le observó. Ahora reconocía esa mirada. Sabía que significaban esas miradas del mortífago. Debía acercarse, obedecer.
Y se acercó.
Se aproximó al ancho sillón y apoyó una de sus manos en el apoyabrazos. De repente una de las manos de Lucius se acercó a su cara y aprisionó su mandíbula con dos de sus dedos, provocándole un momentáneo dolor. Aproximó su rostro al suyo.
- ¿Qué hacías hablando con un auror?
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Laia. El aliento de Lucius rebotaba contra su frente y su mano enguantada apretaba cada vez más su barbilla. Ella le miró asustada e intentó soltarse, pero la otra mano de Lucius soltó descuidadamente los papeles y se dirigió a su nuca, aproximándola aún más a él, hasta que pudo susurrarle otra vez la pregunta al oído.
- ¿De qué hablabas con ese auror, Laia?
Laia gimió levemente, aprisionada por las manos de Lucius. Una intensa ola de calor le recorrió el cuerpo. Solo se le ocurrió decir una cosa.
- ¿Cuándo?
- ¡Estúpida! –El dolor de la barbilla se acució- Lelonde te vio, hablando con uno de los aurores que últimamente merodean por el castillo. ¿Quién demonios era ese tipo? ¿Por qué hablabas con él?
La imagen de Julius Strandberg apareció en su mente y la maldijo. Si, sabía que el maldito auror le daría problemas, pero no suponía que sería tan pronto. De repente vio claro a que mundo pertenecía ella. Había dudado un momento, pero Lucius la estaba devolviendo dolorosamente a la realidad.
La sonrisa de Julius la atacó por sorpresa en su mente.
- No hablamos de nada importante, yo intenté descubrir porque estaba allí pero solo había ido a visitar a una amiga.
Laia notó como la sonrisa de Lucius Malfoy se ensanchaba, pues oyó un resoplido cerca de su oreja.
- Mientes. ¿Por qué me mientes? Sabes de sobra que los aurores vigilan el castillo. Lelonde me informó de ello hace escasas horas y se que tu los has visto en varias ocasiones. Te mandé espiar a Youko Silvara por la misma razón. Controla a todos los aurores que te encuentres y cuéntame absolutamente todo de ellos, desde sus nombres hasta lo que comen ¿Has entendido?
Laia asintió a duras penas, aprisionada como se encontraba.
- Buena chica…
Los dedos de Lucius aflojaron la presión contra la barbilla de Laia pero no la soltaron. Giró un poco su rostro hasta situarlo justo enfrente del suyo y la besó, presionando en su nuca. Fue un beso profundo, lento y amenazador, hecho con furia, como si aun estuviera recordándole a Laia que debía obedecer.
Los labios de ella poco a poco fueron respondiendo y los de él iban aflojando la presión, hasta que, sin apenas darse cuenta, se estaban besando de verdad. Si, de verdad, porque si algo sabía Laia de besos era que Lucius los utilizaba muy bien para sus propósitos. Pero por una vez estaba siendo suave con ella. Seguramente era otra de sus técnicas, porque estaba surtiendo buen efecto.
Lentamente, las manos enguantadas del mortífago recorrieron la espalda de la chica, haciendo que ésta sintiera un intenso escalofrío. Lucius sonrió contra su boca, sabiéndose dueño de la situación, mientras empujaba a la chica hacia sí, obligándola a subirse al sillón, a subirse encima de él. Ella soltó un quejido, como si estuviera sorprendida de lo que él estaba haciendo. De pronto, sin que Laia se hubiera dado cuenta de cómo lo había hecho, la túnica mágicamente desabrochada cayó al suelo.
Si no hubiera sido una situación tan excitante, Laia se habría muerto de frío al haberse quedado sin túnica, pero la verdad era que ni siquiera se había dado cuenta que Lucius la había tirado al suelo y ahora estaba desabrochando los botones de su camisa para luego hundir sus labios en el nacimiento de su cuello. Ahí, tan cerca del pecho.
Ahora todo parecía pequeño e insignificante. Ese hombre, con ese poder de seducción y persuasión, ese buen hacer, esa experiencia, colmaban y ocupaban absolutamente todo. Él la dominaba y la desmontaba para luego volverla a construir a placer.
Lucius fue besando suavemente el cuello de la Slytherin, mientras oía los gemidos que ella, inútilmente, intentaba reprimir. Si, ella se le había intentado resistir últimamente, y no había otro remedio que éste, mostrar todas las armas disponibles y utilizarlas. Y evidentemente, estaba funcionando. Oh si, ahora mismo esa niña sería capaz de hacer por el lo que le pidiera. Ninguna noticia era mejor que la de conseguir así ciertos servicios. La búsqueda del deber a veces se podía unir con el placer, y ambas cosas Lucius las dominaba perfectamente.
Pero de la misma manera que había provocado el principio, debía también provocar el final. No era saludable que ella pensara que podría recibir aquello gratuitamente, y fue por eso que un brusco tirón del cuello de su camisa la acercó a su rostro, sacándola de sus ensoñaciones, y susurró.
- Supongo que ahora estás más a gusto en tu propio bando, ¿no es así? Y lo harás de buena gana.
Laia se apartó un poco de su rostro para observar mejor sus facciones, aunque su mano aun sujetaba con fuerza su camisa. Su sonrisa burlona y confiada delataba el orgullo que sentía de si mismo. Ella le miró con altanería. Lucius sabía que lo haría, pero no con sobrada dedicación. ¿Pero que importaba eso mientras se hiciera?
Los ojos de Lucius refulgían de triunfo, y su siempre pálido rostro se mostraba más saludable y sensual gracias a la luz de las antorchas que iluminaban el horrible lugar. Y Laia supuso que no pudo evitarlo. Lo hizo lentamente, por lo que Lucius podía haber reaccionado. El caso es que no lo hizo. Quizás fue por la rapidez y lo inesperado de la acción, pero el hecho es que la chica había conseguido besarle, incumpliendo así las estrictas órdenes de quien siempre había presumido ser un dominador en todos los aspectos.
Fue un beso corto, pero suficientemente duradero como para que Laia pudiera notar como el mortífago reaccionaba positivamente ante el beso.
Positivamente para ella, porque aquello a Lucius no le había hecho ninguna gracia.
Con una violencia contenida y más que controlada, Lucius la separó contundentemente de sus labios. Laia le observó turbada, pero el ver ese extraño rubor y esa vacilación en los ojos de él le hizo tomar confianza.
Y seguramente Lucius también se dio cuenta, porque su semblante volvió de nuevo a ser insondable y pétreo, y levantándose con rapidez, se largó.
Laia se quedó allí de pie, con la camisa arrugada y respirando con dificultad. No podía negar que se sentía atraída por él, que él la amedrentaba. Pero tampoco podía negar que era una Slytherin, y el ansía por descubrir y profundizar más en esa extraña reacción de Lucius Malfoy la excitaba sobremanera. No quería esperar al día siguiente para encontrar información que dar a Lucius y así volver a estar con él y poder seguir investigando y ahondando en su personalidad en busca de algún resquicio de debilidad.
Se fue del lugar con aire triunfante, ignorando que iba a cumplir sin rechistar con lo que Lucius le había encomendado y que, gracias al incidente con el último beso, lo haría de buena gana.
________
Durante varios días, Laia decidió esquivar a Pierre. No era difícil, pues éste permanecía siempre solo, observando todo lo que pudiera sin relacionarse con nadie. Se mostraba incluso esquivo con ella y a veces ni siquiera la saludaba por los pasillos. Estaba comenzando a ser una presencia incómoda en el colegio.
Julius y el otro auror se habían ido el mismo lunes y no había aparecido otra persona sospechosa por el colegio. Laia sabía que Pierre estaba aburrido y de mal humor. Era un ternerito ansioso de suculentas noticias con las que contentar a sus amos.
“
Dumbledore sospecha de mi, sabe que no estoy cumpliendo con lo que vine a hacer aquí, buscar a Nimelen”
Pierre se lo había dicho varias veces, mirando alrededor intranquilo. Unas profundas ojeras comenzaban a enmarcar los ojos del muchacho y Laia se preguntó si sería lo suficientemente fuerte como para convertirse en alguien como Lucius Malfoy.
Fue justamente el jueves cuando le anunció que esa misma noche se largaría.
- Tengo una misión.
Pierre la sonrió orgulloso y un poco nervioso mientras se retorcía las manos.
- ¿A dónde vas?
El rostro de Pierre cambió y se volvió serio y tan lúgubre que Laia sintió un desagradable escalofrío.
- No se si debo decírtelo. Para empezar, este colegio está lleno de espías –sus ojos oscuros y cansados por la falta de sueño y los nervios empezaron a inspeccionar el lugar de manera paranoica. Soltó una risa intranquila.
“
Para empezar”… Laia sintió un escalofrío y recordó a Julius Strandberg. Si, había dicho “
para empezar”, luego había más razones para no desvelarle nada ¿Acaso desconfiaba de ella? Volvió a reafirmarse en la idea de no hablar más con aurores ni allegados.
Los ojos de Pierre volvieron otra vez a un punto fijo. Dumbledore paseaba tranquilamente por el pasillo seguido de Ron y un prefecto de Ravenclaw. Sin duda estarían organizando la cena de esa misma noche.
Ron miró receloso a la pareja, pero Pierre no pareció reparar en ello, pues su mirada seguía fija en la capa del director, que se arrastraba parsimoniosamente por el suelo mientras su dueño tarareaba una canción navideña muy pegadiza.
Pierre frunció el entrecejo y la instó a salir al exterior del castillo.
El viento era considerablemente fuerte, además de helado. Se avecinaba un temporal desde hacía una semana. Laia se agarró el cabello para que no se le deshiciera el peinado y miró a Pierre aterida por el frío. Él comenzó a hablar.
- Reconozco que al principio me pareció completamente inoportuno, y así se lo hice saber a Lucius Malfoy, pero ahora que lo pienso mejor, quizás haya sido una llamada divina.
Laia le miraba sin comprender.
- No sabía si decírtelo, y ni siquiera se lo he comentado a nadie, pero hoy me largo y se que es una buena idea. Tengo que hacer meritos ¿sabes? Y tú puedes ayudarme. Por supuesto también te ayudará a ti.
Pierre empezó a descender por una pendiente hasta llegar a una enorme roca donde se apoyó, mientras se agarraba con fuerza la capa, que se movía violentamente debido al fuerte viento. Laia se acercó despacio, con una desagradable sensación en la boca del estómago. Había olvidado esa sensación desde la última vez que Lucius Malfoy le encomendara algo.
- Me estoy refiriendo –Laia se apoyó a su vez en la roca y Pierre se acercó a ella, susurrándole- a ese auror.
Laia se echó atrás, pero logró disimular su sorpresa e inquietud.
- ¿Te refieres a ese que habló conmigo y con el que Lucius Malfoy me ha prohibido relacionarme?
A Pierre no le gustó la respuesta. Uno de sus párpados tembló nervioso. Sin duda Laia había deducido su plan. Si, Pierre quería utilizar a Julius para algo y la requería a ella.
- Ese Malfoy es un anticuado –sonrió vacilante- no podemos combatir contra ellos entre sombras. Necesitamos actuar desde dentro ¿Entiendes? Ir a buscarlos y meternos en su organización.
Laia rió de su ocurrencia, aunque el malestar seguía ahí.
- ¿Espías? Qué tontería. Los aurores son una comunidad muy cerrada, sería imposible engañarlos. Todos se conocen.
Ahora quien reía era Pierre.
- Oh si, todos se conocen y todos confían plenamente unos en los otros. Ahí está su debilidad ¿Cómo desconfiar de un hermano? No, no se requieren espías. Piensa un poco.
Laia le miró asustada. El viento cada vez era más intenso y el cabello le revoloteaba por todas partes, azotando de vez en cuando su rostro. Abrió temblorosamente la boca y musitó.
- ¿Traidores?
Los finos labios de Pierre se curvaron hacia arriba lacónicamente. Un auror traidor. Un hombre de confianza dispuesto a vender a los suyos. Si, eso era posible y terriblemente peligroso.
Laia no notó que la sonrisa de Pierre se había congelado.
- Eh… no pareces muy contenta ¿Qué demonios te pasa?
Se alejó un poco de ella y la observó de arriba abajo despectivamente.
- Has cambiado ¿sabes? Eres aún más intratable que antes, pero al menos antes se te veía venir.
Laia abrió la boca indignada y espetó.
- El que ha cambiado eres tu, te has vuelto un paranoico y un desconfiado.
Las pálidas manos de Pierre aprisionaron sus hombros hasta hacerle articular un gemido de dolor.
- ¿Qué quieres que haga? Cada vez tengo más responsabilidad y tengo que medir mis actos… Y tú –sonó a amenaza-… más vale que te entregues a la causa, porque ya sabes que cualquier día te piden una prueba de lealtad. Yo ya la tengo –dijo, refiriéndose a la marca tenebrosa- eso me convierte inmediatamente en tu superior –clavó más los dedos en sus hombros- y por eso te pido que como buena aprendiz de espía te trabajes un poquito algún auror.
Laia le miró asombrada, descubriendo entonces a lo que se refería al principio de su conversación.
- Ese con el que hablabas no parecía muy disgustado por tratar contigo. Escoge al que quieras, me da igual, pero logra sacarle alguna cosita ¿eh? Hazlo por mí, por nuestros tiempos en Durmstrang y sobretodo por la causa.
Pierre la acercó lentamente hasta acabar susurrándole al oído.
- Para empezar… averigua qué técnica utilizan para vigilar el colegio. Qué los aurores aparezcan de dos en dos en espacios de tiempo tan relativamente prolongados entre sí para luego desaparecer no es un buen método de espionaje y vigilancia. Tiene que haber algo más.
Dicho eso la besó en la mejilla y la soltó lentamente, para luego subir la cuesta y desaparecer por la puerta del castillo.
Lo único que podía hacer en esos momentos Laia era abrazarse a si misma para protegerse del frío y observar con dedicación la punta de sus zapatos.
“
Un traidor”
“Hacer de espía y trabajarse a un auror”
“
Por la causa”
¿La causa? ¿Qué causa? Por Salazar ¿Por qué demonios todo estaba perdiendo sentido? ¿Dónde estaba ella? ¿Quién ocupaba su lugar? Una vulgar cobarde ¿Pero porque era una cobarde?
Volvió a entrar en el castillo, sintiéndose más perdida que nunca. De repente, las ansias de escapar de un maldito auror habían provocado que también quisiera escapar de un maldito mortífago, haciendo que ella quedara encima de un fino alambre, intentando adivinar en el último minuto de sus fuerzas hacia que lado debía caer para no matarse.
_______
El viento no había amainado y se colaba por las rendijas de las vidrieras que decoraban el Gran Comedor, provocando gritos agudos que con la ayuda de la magia se prolongaban y viajaban por todos los rincones del colegio.
Ron miraba orgulloso como había conseguido darle un efecto especialmente aterrador al comedor.
- Sin duda, es la mejor decoración que se ha hecho en los últimos años. Y no es porque la haya hecho yo.
Harry se sentó a su lado y observó como el techo del comedor estaba hechizado para formar nubes negras y aterradoras. De vez en cuando refulgía un relámpago y mostraba visiones deformes y escalofriantes a través de las espesas nubes. Una sonrisa triste y melancólica asomó a sus labios cuando detectó entre las extrañas formas la figura de un perro negro.
Hermione se sentó a su lado. Ya se había vestido para la cena. Había cardado su pelo, recordando a sus dos amigos las greñas que solía llevar en primero. Llevaba también medias de colores y un apretado vestido negro que demostró que tras la ancha túnica se escondía ya una chica con figura.
- ¿Aún te duele la cabeza, Harry? –Hermione miró preocupada a Harry, que seguía tan pálido como unas horas antes.
- Ya me siento mejor, pero de vez en cuando me duele todo este lado –dijo señalando la parte de la cabeza donde tenía la cicatriz-.
- Verás como comiendo te recuperas –espetó Ron-, como prefecto que soy, he ido a supervisar las cocinas –Hermione puso los ojos en blanco- y he visto la tarta de queso que tanto te gusta.
- Eso no es ninguna obligación Ron, has ido porque te ha dado la gana.
Ron observó ceñudo a Hermione y la replicó, enzarzándose rápidamente en otra de sus estúpidas discusiones mientras Harry, en medio del berenjenal, miraba cabizbajo al suelo, oyendo los angustiosos gritos que el viento provocaba.
Fue el súbito silencio de sus amigos y unos zapatos femeninos apostados ante él quien le sacó de sus pensamientos. Levantó la vista y se encontró con la prefecta de Slytherin, Laia Wallravenstein.
Estaba pasando hojas de un voluminoso tomo que Hermione comenzó a observar lujuriosamente.
- ¿Quién ha colaborado contigo en la decoración del comedor, Weasley? –Preguntó mientras su cabeza asomaba por detrás del enorme libro, pluma en mano.
- La prefecta de Hufflepuff, Emma Hawkins.
- ¿Ella ha hechizado las armaduras? –Ron asintió –pues que venga a activar los hechizos que correspondan porque dentro de veinte minutos deberían estar todos sentados y comiendo ¿De acuerdo?
Ron replicó.
- No se donde está.
Laia cerró el libro, provocando una nada desdeñable cantidad de polvo.
- Encuéntrala y poned en funcionamiento todo el tinglado.
Dicho eso se largó, viendo de reojo como Ron se levantaba de mala gana. Si había algo que odiara Laia eran ese tipo de fiestas, teniendo en cuenta que ella siempre terminaba haciendo lo más aburrido, organizarlas y administrarlas mientras Draco se escabullía cobardemente y se dedicaba a complicar la vida a los prefectos de Gryffindor.
Sumida en sus pensamientos vio acercarse algo negro y grande y antes de poder esquivarlo se dio de bruces con él de la forma más estúpida. Se echó para atrás y reconoció al profesor Snape y una de sus sonrisitas socarronas que significaban alguna mala noticia.
- Ah señorita Wallravenstein –miró el libro que acarreaba- veo que está muy responsable y comprometida con la fiesta, no vea cuanto me alegro. Espero que siga igual de voluntariosa durante la guardia de esta noche.
Y dicho esto se alejó rumbo al Gran Comedor.
De repente el libro empezó a pesar una tonelada. Maldita sea, se había olvidado por completo de la guardia de castigo. Pero por fortuna ahí estaba Snape para recordárselo, pensó, sonriendo irónicamente mientras se dirigía a su habitación a cambiarse de ropa para la cena.
_______
John John, aprendiz de auror, había sido llamado para una misión. Era hijo de uno de los aurores más veteranos –y aún en activo-, el Gran John –asecas-. Sus ojos refulgían de entusiasmo mientras observaba como Julius Strandberg preparaba todo el material.
-Mira esto –Julius colocó una vela en la mesa para iluminar un poco el recinto- solamente una vela ¿de acuerdo? Nada de grandes iluminaciones.
John John asintió nervioso, mientras observaba la diminuta vela.
- La verdadera luz la emitirá esto –se acercó a una mesa estrecha y alta y retiró un paño, mostrando una gran piedra violeta que brillaba espectralmente.
Julius apartó a John John de la piedra.
- Su luz no se refleja en ninguna parte por si sola, pero no te acerques a ella, es peligrosa.
- ¿Qué… qué es?
Julius sonrió enigmáticamente.
- Nadie sabe lo que es realmente pero si se saben sus efectos. Si la tocas es mortal, y su luz es dañina si la observas detenidamente. Los alquimistas la llaman “la segunda luz” para diferenciarla de la luz normal. Es más intensa y más rápida, y durante una época se dijo que permitía viajar en el tiempo y el espacio con suma diligencia. En realidad no es algo totalmente falso. Sabemos que Lord Voldemort –John John sintió un escalofrío- quiso experimentar con ella y robar su poder, pero no lo consiguió. Nadie puede dominarla, solo podemos utilizarla para cosas pequeñas. Siempre estuvo en poder del mal, por eso desprende esa energía negativa. Para algunas personas más susceptibles que otras al mal, puede ser mortal.
Julius observó la aterrada expresión del muchacho, y agregó, sonriendo tranquilizadoramente.
- No te preocupes, si has conseguido llegar hasta donde has llegado como estudiante de auror, estás más que preparado para utilizarla –sus ojos se ensombrecieron- pero no te confíes.
Julius se alejó de la piedra y colocó un pequeño espejo de pie giratorio en la mesa, mientras colocaba otro más grande ante la piedra refulgente.
- Si los movemos así… y hacemos que la luz de la vela rebote suavemente en el espejo pequeño, la luz se dirigirá a la piedra y al estar ésta tallada de manera tan exacta la luz rebotara en su interior, haciendo que sea tan intensa como para salir disparada al otro espejo.
Julius movió el espejo pequeño hasta que efectivamente un pequeño reflejo penetró en la piedra y un rayo brillante y malva rebotó en el espejo grande.
- Ahora solo hace falta dirigir esta luz al gran espejo que hay en esa pared de delante, ante la mesa.
Julius movió el espejo y efectivamente la luz de la piedra se reflejó en el espejo. Lo que vio allí John John fue increíble, y tuvo que sentarse para digerirlo.
A través del espejo había algo, un pasillo.
- Un… un pasadizo secreto.
- No- Julius se sentó a su lado- es el castillo de Hogwarts. Este espejo está conectado con todos los espejos que hay en el colegio. Hemos ido redistribuyéndolos por lugares clave. La idea fue de Charlie Weasley, o deberíamos decir de su padre y su fascinación por los objetos muggles. Los muggles tienen ese tipo de cosas para vigilar sus comercios, pueden ver que ocurre en cada lugar mediante una pantalla sin moverse de un mismo lugar. Nosotros podemos controlar los movimientos sospechosos gracias a este invento y así no despertar sospechas en… -sonrió socarronamente- personas que no tienen en alta estima a los aurores.
John John asintió mientras observaba fascinado el solitario y oscuro pasillo del colegio.
_________
Se había dejado el cabello suelto y le sentaba realmente bien. Había conseguido que le quedara lo suficientemente ondulado y poco voluminoso como para llevarlo suelto. Se dio cuenta de lo que le había crecido. Se sorprendió a si misma por haber perdido esa vanidad que siempre había tenido. Antes se pasaba el día mirándose en los espejos, y ahora ni siquiera se acordaba de su existencia.
Se ciñó el elegante vestido y cerró cada una de las hebillas mientras se calzaba. Había adelgazado, pero eso no era algo que le importara en ese momento, pues el vestido era entallado y nunca le había quedado tan bien. Se volvió a mirar al espejo y decidió maquillarse un poco. Hacía tiempo que no lo hacía. Se pintó ligeramente los labios, disimuló sus ojeras y pellizcó sus mejillas para darles un poco de vida.
Llegó un poco tarde al comedor, pues todos los alumnos estaban sentados. Únicamente unos cuantos rezagados la acompañaban en su carrera. Al entrar se sorprendió por lo bien que había quedado la decoración. Era aterradora y oscura.
Dumbledore estaba relatando una de las leyendas del castillo. Cada Halloween descubría a sus alumnos algún hecho aterrador que allí se dio lugar. El Barón Sanguinario estaba especialmente molesto esa noche.
- Nunca cuenta mi historia –rebuznaba.
Y se dedicó a deshacer vasos llenos de zumo o cerveza de mantequilla cuando los alumnos se los llevaban a los labios durante toda la cena.
Ni siquiera le importó eso a Laia cuando vio que un líquido extraño que había sido su vaso cubría su mano. Debía reconocer que no le hacía gracia alguna salir del cálido comedor en unos minutos para enfrentarse a una larga y solitaria guardia por los fríos pasillos del castillo. No debía haberse vestido así, debería haberse llevado la túnica o pasaría frío durante los aburridos paseos. Miró de reojo a Jameson, pensando en la posibilidad que la acompañara. No, no podía hacerle eso, estaba riendo y pasándoselo bien.
Pasándoselo bien.
¿Cuánto hacía que ella no se lo pasaba bien? Es más ¿Cuál fue la última vez que se había reído? –exceptuando las risas maléficas y de regocijo ante alguna desgracia ajena-. Hacía mucho, muchísimo. Llevaba siempre una especie de aura oscura rodeándola que pudría todo lo que tocaba.
Mierda, se estaba deprimiendo.
Pero el lunes había sido un día medianamente bueno. Llegó a la conclusión cuando se encontró a ese maldito auror. Si, él había conseguido hacerle olvidar todas sus preocupaciones y disipar momentáneamente esa aura oscura. Pero luego ésta volvió, y con más fuerza, con la visita de Lucius esa misma noche.
Y con los besos.
Los besos que parecían succionarle el alma y sembrar más inquietud en ella. Cada nuevo beso de Lucius Malfoy era un paso más hacia la Marca Tenebrosa y hacia la oscuridad.
¿Por qué ahora le resultaba tan escalofriante? Intentó tranquilizarse pensando que era simple miedo, que eso lo pasaban todos antes de… antes de formar parte de…
Se hundió en el asiento, sintiendo puro pánico. Lucius Malfoy se había marchado de manera tan repentina que ahora le daba vértigo. Se sentía realmente sola, enfrentándose a todo sola, enfrentándose a todos los que había en ese comedor, protegidos la mayoría por sus parientes, la mayoría parientes y amigos de aurores. Negó con la cabeza, oyendo como el comedor entero entonaba una conocida canción que trataba de Macbeth. Entonces llegó a la conclusión y levantó los ojos con determinación, con un halo oscuro en ellos.
“Volveré al redil, como una buena chica”
Sin darse cuenta que esa amenazante frase era típica de Lucius Malfoy.
Se levantó lentamente y salió del comedor dirigiéndose hacia la oscuridad mientras el resto del alumnado finalizaba los últimos acordes de la canción, riendo alegremente, como si los días del regreso de Lord Voldemort aun se encontraran aún lejos, muy lejos…
______
La puerta se abrió silenciosamente, dejando entrever la luz en el diminuto recinto. La mesa, llena de cachivaches extraños, también era útil para dar unas cuantas cabezaditas, como evidenciaba la siesta que John John, el joven aprendiz de auror, se estaba regalando.
Julius Strandberg le presionó suavemente el cuello con la mano, haciendo que John John diera un respingo y mirara asustado al joven auror.
- Yo… perdón no… -miró al frente, completamente a oscuras, y luego se dio cuenta que la vela se había extinguido.
- No te preocupes, llevas muchas horas aquí y además las cosas interesantes ocurren de noche. Mañana llegaran más aurores y no haremos tantas horas ni tu ni yo –sonrió al recién licenciado- pero por ahora debemos aguantar y no dormirnos. Puedes irte, ya me quedaré yo esta noche.
John John asintió tímidamente, levantándose con dificultad. Una vez cerró la puerta tras él, Julius volvió a encender la vela y se acomodó en la silla mientras observaba como los rincones de Hogwarts permanecían tranquilos y silenciosos sumergidos en la penumbra.
________
Laia empezó a andar rápidamente hasta que las canciones de Halloween se oían cada vez más lejanas. Se internó en uno de los pasillos y apoyó sus manos en una mesita. Al levantar la vista se asustó y boqueó antes de darse cuenta que estaba ante su reflejo.
Respiró aliviada. Al final resultaría que Halloween si la alteraba un poco. Sonrió de manera cansada y se observó otra vez. Las antorchas le daban un aspecto un poco enfermizo, pero tampoco estaba mal del todo. Se sonrió a si misma, pero el efecto le resultó tan extraño que lo dejó estar.
Entonces recordó donde se encontraba. En ese pasillo vio a Dumbledore y a ese extraño auror calvo que escrutaba las paredes. Si, y no solo a ellos, al volver de la biblioteca con Jonas de la mano también topó allí con Julius Strandberg.
La determinación que se había apoderado de ella hacía escasamente unos minutos había desaparecido por completo. Apretó con fuerza los puños hasta que se tranquilizó. Volvió a mirarse al espejo, intentando contener su ira.
________
El silencio del lugar y su oscuridad no eran buenos aliados de una guardia nocturna. Julius sentía como sus párpados se hacían cada vez más pesados y sus ojos comenzaban a llorar por el sueño. Además, la tenue y enfermiza luz de esa piedra le producía malestar mientras observaba pasillos vacíos y carentes de interés.
Fue un sobresalto cuando vio a alguien ante uno de los espejos, y más que estuviera contemplándose en él.
Y que fuera Laia Wallravenstein.
Allí estaba, “la malvada”, como la denominó Saffron unos días antes. Su cabello caía por los lados, descubriéndose como hermoso -habiéndolo visto siempre recogido u oculto de algún modo-. Pero no era lo único oculto que había salido a la luz.
El silencio de la estancia daba más sensación de irrealidad a esa imagen. Quizás fuera el sueño pero a Julius le daba la impresión que Laia estaba llorando. No, serían imaginaciones pero podía jurar que sus ojos se estaban humedeciendo.
Llorando o no, su rostro era de una indecible tristeza. Sus labios permanecían medio abiertos y su ceño completamente fruncido. Parecía estar conteniendo algo incontenible.
“
¿Estás bien?”
Le había preguntado él el lunes.
“
Si, estoy bien”
Fue su respuesta, clara y contundente.
Por alguna extraña razón Julius sintió desasosiego al verla allí sufriendo en silencio, pero también algo de alivio al comprobar que “la malvada” poseía algún tipo de debilidad o sentimiento. Había momentos que lo había dudado y ahora se sentía mal por haberlo hecho.
Sintiéndose atrapado por sus ojos negros, no podía desviar la mirada. Empezó a sentirse nervioso, teniendo la sensación de ser testigo de un dolor privado, pero también con la sensación que estaba en el derecho de poder contemplarla, aunque no supiera porque.
De repente la mirada pensativa y perdida de Laia se mantuvo fija en el espejo y empezó a acercarse. Julius notó como su corazón se aceleraba violentamente.
¿Le estaría viendo?
No, imposible, la piedra no se reflejaba por si misma, no podía estar viendo…
“
La vela”
Rápidamente se levantó de la silla y sopló la vela para apagarla, sentándose otra vez rodeado de una total oscuridad, con el corazón desbocado, impresionado por lo que le había pasado.
___________
De repente, la pequeña luz había desaparecido del espejo. Laia volvió a observar extrañada y luego miró detrás de ella. No había ningún candelabro ni nada que hubiera emitido tal luz, la pared estaba completamente desnuda.
Recordó entonces a ese extraño auror que observaba la pared detenidamente mientras Dumbledore mantenía recto ese mismo espejo. Le entraron tentaciones de mirar detrás del espejo pero encontró ridícula la idea de encontrar una vela encendida aplastada contra la pared.
Sonrió ante la estúpida ocurrencia. Al menos el extraño suceso le había tranquilizado un poco.
Se separó del espejo y se fue alejando de lugar. A cada paso que daba más frío sentía.
En el comedor seguían riendo y cantando.