destino

Capítulo 9

Mariel estaba desesperada. La amenaza de Maggie se le hacía muy seria como para pasarla por alto. No le era posible ignorar algo tan grave como es que le hicieran daño a su hijo. No podía permitirlo...

El timbre de la puerta la desvió de sus pensamientos. Era Kian.

“Quedamos con Liz en venir a visitarte. Me dijeron que no te sentías muy bien,” le dijo después de saludarle con un beso en la mejilla.

“Gracias por preocuparte, no era necesario,” respondió ella sonriendo por cortesía.

“¿Te sientes bien?” inquirió al notar el extraño comportamiento de Mariel.

Ella no pudo soportarlo y rompió en llanto. Kian se le acercó e intentó consolarla, pero los sollozos no se calmaron sino unos minutos más tarde.

“¿Quieres decírmelo?” cuestionó él en voz muy baja.

“Estoy embarazada,” respondió Mariel. Ella se quedó callada por unos minutos, solo consolada en los brazos de su mejor amigo, y luego continuó, “Es de Mark... no puedo permitirlo... voy a huir antes de que Mark se entere... él no puede saberlo ¡nunca!”

“¿Estas segura de que no quieres que Mark lo sepa? ¿Qué fue lo que te hizo para que reacciones así? ¿No sería mejor que hable con...”

“¡NO!!!” le cortó Mariel, “Por ningún motivo voy a dejar que él lo sepa...”

El timbre de la puerta rompió la conversación. Esta vez fue Bryan.

Bryan e Irene habían regresado de su luna de miel apenas el día anterior, pero habían traído consigo noticias del feliz embarazo de Irene.

Mariel se calmó y recibió a Bryan con la mejor cara que tenía. Ella lo apreciaba mucho, pero no confiaba en él tanto como en Kian.

“Ah, hola Kian. Me imaginé que ibas a estar aquí. Irene salió con Liz esta tarde y convenimos reunirnos aquí. A propósito, ¿cómo te sientes Mariel?”

“Mucho mejor, solo era una fase de enfermedad,” dijo ella y miró a Kian, quien apretó su mano afirmando su confianza una vez más.

Por tercera vez sonó el timbre de la casa de Mariel, y esta vez eran Mark y Maggie quienes se presentaban.

Mark estaba muy alterado. Desde que se enteró del embarazo quiso hablar con Mariel, pero tuvo un millón de dificultades antes de poder reunirse con ella. Se imaginó padre del niño desde un comienzo, pero con todo lo sucedido últimamente él no podía dar las cosas de la forma en la que él las suponía. Tenía que confirmarlo. Tenía que oír decir a Mariel que el bebé que estaba esperando era de él.

Maggie estaba al igual muy nerviosa, se podría decir que le faltaba poco para llegar a la histeria. Sabía que la amenaza que le había hecho a Mariel la había asustado, pero no estaba segura de cómo iba a solucionar ella lo de no decirle a nadie que el hijo que esperaba no era de Mark.

Era esencial para Maggie ser prudente y atenta. Vigiló cada paso de Mark y lo acompañó a cada lugar que requería su presencia. Finalmente, ella se enteró de que Mark no pensaba posponer la visita a Mariel esa tarde. Maggie fue con él.

Mark no pudo evitar por ningún concepto que Maggie lo acompañara. Ese hecho le había puesto inclusive más irritado. La hizo pasar primero y ni siquiera se preocupó por cerrar la puerta tras él.

“Hola,” saludó Maggie desde lejos con mucho desdén.

“¡Mariel! ¿Cómo estás? ¿Te sientes bien?... Ah, hola chicos,” dijo Mark acercándose y tomando la mano de Mariel.

Ella percibió la penetrante mirada de Maggie y se levantó alejándose de Mark. No podía dejar por ninguna razón que su hijo corriese riesgo alguno. Lo mejor era mantener distancia con Mark.

De repente, al levantarse, se mareó. Se resbaló y cayó justo en los brazos de Mark. Él la abrazó cuanto pudo mientras ella se recuperaba, pero Mariel se movió rápidamente para apartarse de él. Por suerte, Kian percibió lo que su amiga quería hacer, así que se acercó lo suficiente para ofrecerle sus brazos, los cuales ella recibió de muy buena gana.

“¿Qué fue lo que pasó aquí?” Preguntó Bryan pecando de imprudente. Al darse cuenta de lo que acababa de hacer se acercó a Mariel y Kian y preguntó si ella estaba bien.

“¡NO! ¡Ella no está bien!” exaltó Mark. “¡Mariel está embarazada de un hijo MIO!” Dijo Mark sin medir en un ápice sus palabras.

Maggie se encendió de furia y empezó a caminar hacia Mark, pero se detuvo cuando él empezó a hablar de nuevo. “Lo siento Maggie. No tenías que haberte enterado así. Yo tenía que habértelo dicho antes, pero tienes que entender que...”

“¡Cállate Mark!” Gritó Mariel.

En ese preciso momento, Irene y Liz habían atravesado la puerta que Mark había dejado abierta. Al oír la conmoción, pensaron en irse; pero recordaron que los autos de Mark, Kian y Bryan estaban afuera, así que asumieron que todos estaban dentro. Sin embargo, se quedaron en el vestíbulo, al umbral de la puerta de la sala en la que se encontraban sus amigos.

“Si Mark,” continuó Mariel muy alterada, e incluso nerviosa, “estoy embarazada. Pero este hijo que llevo dentro no es tuyo.”

Mark se dio vuelta para mirarla de frente, pero ella no cedió con su expresión dura e indescifrable. Él no lo pudo soportar; la tomó del brazo y empezó a gritarle, “¿cómo que no es mío? ¿De quién es entonces? ¿De quién?!?!”

Todos los presentes estaban asustados hasta cierto punto, inclusive quienes estaban fuera del cuarto.

Kian no pudo resistirlo, era su mejor amiga quien estaba siendo lastimada. Empujó a Mark con todas sus fuerzas, hasta que él soltó a Mariel. Kian la tomó en sus brazos y reaccionó con lo primero y único que se le ocurrió decir en ese momento, “es mío. Es mi hijo.”

El silencio que creó esa respuesta fue roto por la voz unísona de Mark y Liz, “¿Qué?!?!”

Ambos se pusieron muy pálidos. Liz perdió el equilibrio y casi se cae de no haber sido porque Irene la sostuvo.

Kian no acababa de comprender cómo había cambiado su vida en ese momento. Sin soltar a Mariel, miró a Liz y dijo su nombre nerviosamente.

“¿Cómo pudiste?... ¿Cómo pudieron?” Dijo Liz en un suspiro lleno de resentimiento mientras las lágrimas empezaban a correr sobre su rostro. Ella volteó para salir, y tras ella salieron Mark e Irene. Maggie también empezó a salir, pero no sin antes mostrar una sonrisa de satisfacción que nadie más que ella percibió.

Irene llevó a Liz en su auto, mientras Mark ya había desaparecido en el suyo. A Maggie no le quedó más que tomar un taxi.

Dentro, en la casa de Mariel, ella seguía abrazando a Kian y llorando muy fuerte. Kian no se había movido; en su cabeza se repetía la voz de Liz mientras le preguntaba, “¿Cómo pudiste?”

“No debiste hacerlo,” le dijo Mariel entre su llanto.

Bryan se había quedado allí, estático. No podía creer lo que acababa de pasar. Empezó a moverse hacia la puerta, pero Mariel le llamó y le pidió que no los dejara, “la verdad, creo que hago un muy mal tercio...” respondió él al girar la perilla.

En ese momento llegó Laura, y al mirar la escena preguntó un poco asustada qué era lo que pasaba.

“Tú se lo dijiste, ¿verdad? ¡Tú le dijiste a Mark que estaba esperando un hijo suyo!!!” le reclamó severamente Mariel.

“Lo siento Mariel, no fue mi intención... pero él tenía derecho a saberlo... sabía que estabas esperando... era lo mínimo que podía preguntar”

“¡Un momento!” Interrumpió Bryan. “¿Tu hijo es de Mark o de Kian?”

“¿Qué quieres decir con eso? ¡Es de Mark!” Aclaró Laura.

“Kian, ¿Qué significa esto? ¿qué hiciste?!?!” inquirió Bryan.

Al notar la expresión de Laura, Bryan empezó a explicarle lo sucedido desde su llegada, y ella le preguntó a Mariel por qué le había negado la paternidad a Mark.

Mariel quiso comenzar a decir algo, pero el llanto la calló. Kian la miraba distraídamente con sus propios ojos llorosos... Aún no comprendía lo que estaba pasando.

“¿Por qué lo hiciste?” Inquirió Bryan a Kian. “¿No viste la cara de Liz? ¿Acaso no la amas?” Le reclamó.

Mariel y Kian se sentían basura. “Claro que la amo,” dijo Kian, “pero... tenía que ayudar a Mariel. Yo planeaba decírselo, pero no contaba con que ella estuviera escondida tras la puerta...”

“Nunca debiste hacerlo,” respondió Mariel soltándolo, “pero, aún podemos explicarle. ¿por qué no vas a buscarla ya?”

Por otro lado, Liz e Irene iban en silencio por la carretera. Liz estaba muy dolida y no había parado de sollozar desde que se subió al auto.

“En la próxima curva, gira a la derecha,” pidió Liz con una voz muy apagada.

“¿Al aeropuerto? Pero Liz, ¿Que vas a-”

“Me voy de viaje.”

“¿Dónde?”

“No lo sé aún.” Abrió su cartera y sacó sus llaves. “Voy a dejarte mis llaves; necesito que vayas a mi casa y recojas un poco de mi ropa en una maleta. Tu sabes donde están. Te llamaré apenas haya llegado a mi destino para decirte dónde enviar mis cosas. No tardaré mucho, voy a salir en el primer vuelo que encuentre hacia cualquier lado. Solo un favor más, no le digas nunca a nadie donde estoy. En especial a ese par de...”

Liz rompió a llorar muy fuertemente. Su situación no le parecía justa en lo absoluto. Había estado segura del amor de Kian, pero... Todo se había acabado ahora, ya nada valía la pena con él. ¿Cómo pudo haberla engañado? Y lo peor era el hecho de que fue con una de sus mejores amigas. Era increíble pero cierto. Tendría que olvidarse de Kian.

“No te preocupes por eso Liz,” le dijo Irene mientras parqueaba su auto. La abrazó muy fuerte antes de que ella saliera del automóvil.

Minutos más tarde, Kian había parqueado su auto frente a la casa de Liz, pero no había nadie en ella. La llamó a su mobile, pero estaba apagado. Intentó con su localizador, pero estaba fuera de área.

Casi una hora más tarde, mientras Kian esperaba sentado en su auto, el auto de Irene se estacionó frente al suyo. Él salió a toda prisa y descubrió que Irene estaba sola.

“¿Dónde está Liz?” inquirió.

“¿No deberías estar con la madre de tu hijo? ¿Por qué preocuparte por la otra?” Respondió Irene muy cortante mientras abría la puerta de la casa.

“Las cosas no son lo que parecen Irene. Tienes que creerme, ¡Yo amo a Liz!” Le dijo mientras la seguía escaleras arriba al cuarto de Liz.

“Entonces por qué Kian. No es justo, ¿sabes? Engañar así a alguien como ella y después solo volver y decir que todavía la amas... pues con ella no funciona. Es por eso que se ha ido.” Irene bajó entonces una maleta y empezó a llenarla.

“¿Se ha ido? ¿Dónde?” Kian al no recibir respuesta alguna, tomó a Irene por el brazo y le preguntó una vez más, “¿Dónde se ha ido?”

“No lo sé, y aún si lo supiera, no te lo diría,” dijo ella soltándose.

“¿Empacarás todas sus cosas?”

“Tal vez. Lo más probable es que no regrese.”

Kian manejó hasta su casa y se recostó totalmente frustrado muy temprano, por la tarde aún. Sin embargo, dio vueltas en su cama hasta casi el amanecer, mientras al otro lado del mundo, en Chicago, Liz hacía lo mismo en su cama de aquel lujoso hotel.

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