destino

Capítulo 11

“Cuando Bryan me contó no pude creerlo... Pensé seriamente que te habrías desecho de esa caja desde un principio...”

“No pude hacerlo... usé cada uno de los boletos pero solo para entrar. No hice uso del lugar especial que me tenía reservado cada pase.”

“Liz...-”

“No lo digas Irene, sé que estuvo mal.”

“No pienso que haya estado mal. Solo que no sé si sigues pensando que podrás olvidarlo.”

“Sé que me va a costar, pero... bueno ¿Y lo has visto?”

“Apenas ayer por la tarde. Estaba destrozado. Era como si hubiese pasado los últimos 20 días en vela.”

“¿Has visto a Mariel?”

“No, pero le pregunté por ella a Kian. Al parecer le falta menos de una semana.”

“¿Y a ti?”

“Supongo que menos de un mes. Prométeme que vendrás a verme.”

“Creo que lo haré. De todas formas tengo unas canciones para Westlife que me gustaría entregar personalmente.”

“A propósito ¿de dónde llamas?”

“Volví a Chicago después de la gira y no me he movido desde entonces.”

“¡Demonios! Tengo que colgar. Mark está en la puerta. Bryan te manda saludos.”

“Gracias. Cuídate.”

Irene colgó y esperó en la sala hasta que Mark apareciera. Entonces se percató de la hora. Eran casi las ocho de la mañana. Apenas en ese momento se dio cuenta de la diferencia de horarios; Liz también se estaba desvelando.

Mark entró, le saludó, preguntó por Bryan y luego por Liz.

“La vi hablando con Bryan en Miami. Supuse que no llegó a ver a Kian. Quise acercarme a saludar pero salió corriendo como asustada de que alguien aparte de Bryan la viera. Realmente lo siento por los dos; creo que estamos estancados en el mismo bote.”

“Supe que tu relación con Kian mejoró.”

“No lo sé. A veces pienso que solo ha sido una tregua para poder sobrevivir la gira; y creo que los tabloides están haciendo que todo caiga una vez más.”

Irene sintió mucha pena. Sabía que Mark no superaba lo de Mariel y Kian; y también sabía que había la posibilidad de que ese hijo fuera de Mark, aunque sus sospechas se desvanecían cada día.

Mark salió de la casa de Irene y fue a caminar por el parque. Era el mismo parque en que había besado por primera vez a Mariel.

Después de caminar sin rumbo por varios minutos tomó una decisión.

Se subió a su auto y condujo a su casa. Maggie no estaba, así que le resultó mucho más fácil el sacar su pequeña caja secreta y extraer de ella 2 paquetes cuidadosamente envueltos.

Salió inmediatamente y llegó en casi la mitad del tiempo a casa de Mariel.

No tuvo siquiera necesidad de timbrar. Ella estaba en el pórtico tomando sol.

“¿Qué haces aquí?” Le preguntó ella bastante sorprendida.

“Vine a visitarte.”

Mariel sabía que habían terminado las hostilidades entre Mark y Kian hace mucho, y por esa y varias otras razones decidió ser amable pero indiferente.

Mark se le acercó y le entregó los dos paquetes. “Son para el bebé. Los compré antes de la gira, pero no había tenido tiempo de dártelos.”

“Gracias, pero no era necesario.”

Mariel tomó los paquetes, uno grande y otro más pequeño y entró a su casa haciendo una seña a Mark para que la siguiera.

“¿Quieres tomar algo?”

“No gracias.”

Mark la siguió hasta la sala y allí se sentaron sin mirarse en un incómodo silencio.

Mariel estaba muriendo por dentro. Mark tenía que odiarla... ¿por qué la visitaba? Aquel podía haber sido uno de los momentos más bellos de su vida: Estaba embarazada y tenía al padre de su hijo, el hombre al que ella amaba, justo enfrente. La estaban consumiendo unas ganas locas de llorar, llorar nuevamente todas las lágrimas que había llorado ya y decirle que lo sentía y que lo amaba y necesitaba ahora más que nunca.

Pero se calló y se conformó con mirarlo de reojo mientras examinaba el reloj de pared que él mismo le había regalado.

Mark paseó sus ojos pacientemente por todo lugar que fuese visible desde donde estaba sentado. No había entrado en esa casa desde hace casi siete u ocho meses. El único período en que la había visitado fue mientras Irene y Bryan estaban en su vieja de Luna de Miel. Sabía que la casa la había decorado Liz, y de todo lo que podía recordar, la casa estaba tal y como ella la había dejado.

No quería mira a Mariel a los ojos. No quería descubrir lo que pensaba porque sabía que fuese lo que fuese no le haría ningún favor. O bien ella tenía una mirada llena de dolor, en cuyo caso él no podría soportar las ganas de abrasarla, besarla y confortarla; o bien tenía odio en sus verdes ojos, y ante esto Mark no hubiera podido resistir el retarla y reprocharle un poco su desdicha, ya que después de todo el ofendido había sido él.

El primer sonido que rompió el horrible silencio fue el del teléfono.

“Hola Kian...” se la oyó decir en voz un poco apagada a Mariel. “No, me encuentro bien ¿Cómo estás tu?... Me alegro... No es necesario, estoy bien... la verdad estaba durmiendo. Aparte de eso no tengo nada... Sí, estoy segura... De acuerdo, yo te llamaré... Tranquilo, yo te aviso cualquier cosa que pase... Cuídate... Adiós.”

¿Por qué no le había dicho a Kian que estaba allí?

Estaba a punto de preguntárselo cuando ella cayo pesadamente en el sofá gimiendo de dolor y presionando levemente su vientre mientras mordía su labio inferior hasta casi sangrar.

Mark saltó instintivamente a su lado y la oyó decir débilmente “ya es hora.”

Eso era todo lo que necesitaba saber. La llevó en brazos hasta su auto, agarró una maleta que Mariel le indicó estaba lista junto al vestíbulo, y se lanzó a la carretera.

El tráfico era impresionantemente pesado. Los minutos pasaban rápidamente y las contracciones de Mariel se aceleraban mientras que el tráfico apenas y se había movido.

Mark se dio cuenta que hasta llegar al hospital en el que Mariel tenía que dar a luz, la criatura podía haber nacido ya. Y tomó en cuenta que el mismo hospital al que le había llevado para las pruebas de rutina cuando la descubrieron embarazada estaba mucho más cerca. Así que la llevó a este último. Sabía que una mujer podía estar en labor por muchas horas antes de dar a luz, pero también estaba conciente que en muchos otros casos el tiempo corría corto.

Llegaron después de mucho tiempo, pero ciertamente mucho más rápido de lo que habría sido en otro hospital.

Mark la registró en la recepción mientras Mariel era preparada para ir directamente a la sala de parto. Al parecer habían llegado justo a tiempo.

Sin saber qué hacer, Mark se paró junto a la recepción hasta que una enfermera lo llamó y le dio una bata para que pudiera ingresar con Mariel a la sala de partos. Mark no opuso ninguna resistencia, la verdad era que muy en el fondo ansiaba que se le fuera dada la oportunidad de estar con Mariel un poco más de tiempo.

Todo había pasado muy rápido. Apenas y vio las facciones de dolor que se dibujaban en el bello rostro de Mariel, cuando ya oyó el llanto del pequeño niño.

Mariel no pudo resistir un segundo más. Lo único que pudo decir antes de desvanecerse fue “Patrick.”

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