Rabia. Eso era lo que sentía Youko en aquel momento. Rabiaba por dentro a más no poder. En cuanto se había levantado aquella mañana del viernes, fue a hablar con Severus por aquella invitación al cumpleaños de Draco que se celebraría al día siguiente. Severus se puso más pálido de lo que ya era y su expresión fue de shock a preocupación. Lo peor de todo fue que él no podía ayudarla. No había sido invitado y no podría estar con ella... Tendría que meterse en el cubil de la serpiente (nunca mejor dicho) ella sola.
Youko dijo que también podía negarse a asistir, algo a lo que Severus se opuso rotundamente. Negarse a una invitación entregada directamente por Lucius Malfoy no era recomendable si se deseaba tener una larga vida... lo que si le recomendó era hablar con Draco, avisarle de que su padre la había invitado, para que él pudiera ayudarla y mantenerla alejada de Lucius. Eso era todo lo que él podía hacer...
Así, que así estaba Youko, sentada ante su escritorio en su habitación, después de la única clase de la mañana y escribiendo en un pergamino una nota para mandársela a Draco. Aquello sería más discreto que abordarlo en los pasillos. Acercándose a su pequeña lechuza gris, uno de los últimos regalos de su madre antes de que perdieran el contacto, ató el pergamino pulcramente plegado a su pata y la observó salir por la ventana. Aquel día no bajaría a comer... Ni ganas, vamos...
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Draco ocupó su lugar en la mesa de Slytherin. Observó la mesa de los profesores y frunció el entrecejo. Era extraño que Youko no bajara a la comida. A lo mejor se había retrasado corrigiendo algún trabajo. Pero el asiento al lado del profesor Lupin seguía vacío diez minutos después. Era evidente que no vendría...
Una pequeña lechuza entró volando por uno de los grandes ventanales del gran comedor. Planeó un poco y se paró delante de un sorprendido Draco. El Slytherin la observó atentamente: aquella no era una de las lechuzas de su familia... El animal ululó suavemente y le alargó la pata para que cogiera el pergamino plegado que estaba cogido a ella. Observó el sello del lacre rojo oscuro que mantenía la carta cerrada. Las letras SD sobre una flor de Lis y rodeadas de pequeñas hiedras. El sello de la familia Silvara... Aquella carta sólo podía ser de Youko...
-“¿Es una carta de tu padre, Draco?”—preguntó Pansy con voz estridente y acercándose al chico rubio intentado ver el sello aún sin romper.
Draco se sacudió a Pansy de encima casi provocando que cayera de su lugar en el banco y contestó fríamente.
-“No creo que eso sea de tu interés”—y con esto, guardó el pergamino en un bolsillo de su uniforme, se levantó y salió del comedor. Comprobando que no había nadie en los pasillos echó a correr hasta llegar a su dormitorio en Slytherin.
En cuanto cerró la puerta rompió el sello y leyó el contenido de la carta:
“Draco, necesito hablar contigo urgentemente. Ven a verme e mi habitación en cuanto termines de comer. ¡Y que nadie te vea!
Y. Silvara”¡Quería hablar con él! Y en su habitación nada menos... Dobló el pergamino de nuevo y lo guardó junto con el resto de su correspondencia más importante: en una caja de marquetería que su madre le había regalado un año después de empezar la escuela y la protegió con un conjuro. Se miró en el espejo comprobando que todo estaba en su sitio y salió del dormitorio, dirigiéndose tan rápido como podía hacia las habitaciones de Youko.
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Youko Estaba mirando por la ventana cuando sonaron un par de golpes en la recia puerta de madera de su habitación. No necesitaba siquiera preguntar. Sabía perfectamente quien era. Se levantó, respiró hondo y abrió. Draco la saludó con una ligera sonrisa pero la expresión seria de Youko hizo que se desvaneciera pronto. Aquello no pintaba bien...
-“Pasa, por favor”—dijo Youko apartándose un poco y dejando pasar al chico.
Draco observó la estancia a su alrededor. Estaba bastante ordenada: los libros en sus estantes ordenados según tamaño, pergaminos en el escritorio, la escoba en un rincón junto a un armario de caoba oscura. A la izquierda había una puerta que llevaba al baño y a la derecha una gran chimenea que caldeaba la estancia. Frente a ella dos sillones hacia los cuales se dirigió Youko, ocupando uno de ellos. Draco la siguió y se sentó frente a ella.
-“¿A sucedido algo?”—preguntó Draco empezando a sentirse intranquilo ante el silencio de Youko—“¿Has tenido algún problema con... con mi padre?”.
Ante esta última frase la joven soltó una suave risa, pero no tenía nada de divertida, sino que sonaba amarga.
-“Sí, me temo que es tu
padre”—contestó remarcando con dureza la palabra padre. Sacó de un bolsillo la tarjeta y se la alargó a Draco. El muchacho la tomó arqueando una ceja, curioso. Hasta que se fijó bien en lo que Youko le estaba dando. Una de las invitaciones a su fiesta de cumpleaños.
Primero palideció, después pareció alarmado y por último furioso. ¡Cómo osaba su padre a invitarla a aquel nido de serpientes que iba a ser su “cumpleaños”!
-“No puedes venir”—dijo tajantemente apretando entre sus dedos el pergamino y mirando a la joven preocupado.
Youko dio un respingo ante la dureza en la voz de Draco y mirando a sus ojos, vio como se oscurecían con la furia. Sacudió la cabeza negativamente.
-“No puedo negarme, y lo sabes”—contestó ella mirando el fuego como si pretendiera descubrir algún secreto tras las llamas.—“Ya he hecho un enemigo de tu padre. No quiero empeorar las cosas”.
Draco maldijo en voz baja. Se levantó del sillón y se arrodilló delante de Youko, tomando sus manos y haciendo que esta desviara su vista del fuego y se fijara en él.
-“Muy bien. Pero no te separarás de mí bajo ningún concepto. Y apenas termine la cena volverás a la escuela. No quiero que te quedes en el feudo más de lo necesario”—dijo Draco apretando ligeramente sus manos. Youko meramente asintió con la cabeza.
Draco soltó una de sus manos y la puso en su mejilla, acariciando suavemente. Tal vez no fuera un buen momento pero debía preguntar.
-“Has... ¿has pensado en lo que te dije?”—preguntó suavemente mientras seguía acariciando su mejilla. Youko suspiró con suavidad y arrulló su rostro contra la mano.
-“Sí... más o menos...”—respondió casi en un susurro, como si, al levantar la voz, fuera a romperse aquel momento.—“Pero prefiero esperar a que pase tu cumpleaños para decírtelo”.
Draco no se desanimó por aquella respuesta. Se acercó un poco más y siguió insistiendo.
-“Por favor. Necesito saberlo...”—estaba cerca, muy cerca. Tanto que podía notar el cálido aliento de Youko en su rostro. Café, olía a café, no amargo, sino dulce. Le gustaba echar mucho azúcar en el café...
-“Aún no...”—apenas se oyó la voz de Youko, apenas movió sus labios, fijos sus ojos en los grises de Draco.
-“Por favor...”—volvió a insistir Draco prácticamente rozando sus labios mientras hablaba.—“Ahora, por favor...”.
Youko cerró los ojos y suspiró.
-“Sí...”—y con aquella simple palabra Draco cerró la poca distancia que los separaba y la besó, con suavidad, sin insistencia, sin prisa. Se separó de ella cuando notó algo salado sobre su boca. ¿Lágrimas? Apartándose miró a Youko momentáneamente asustado.
-“¿Youko? ¿Qué pasa? No, no llores...”—dijo mientras intentaba secar las lágrimas que resbalaban por las mejillas de la joven.
-“No sabes dónde te estás metiendo...”—murmuró entre lágrimas Youko.—“Te acabaré haciendo daño... te pondrás en peligro estando conmigo”.
-“No me importa...”—Draco iba a seguir hablando pero sonaron un par de golpes en la puerta.
Los dos levantaron la vista y miraron hacia la puerta. Sin decir nada, Youko le señaló con la cabeza el baño. Mientras Draco se escondí allí, ella limpió su cara lo mejor que pudo e intentó calmarse y recuperar su helada apariencia. Una vez puesta la máscara, aunque con los ojos ligeramente enrojecidos, abrió la puerta. Y se quedó de piedra. Y la volvió a cerrar de golpe pero no antes de que Lucius Malfoy consiguiera interponer su bastón, evitando que se cerrara. Draco había dejado la puerta del baño ligeramente entreabierta para poder observar y vio el bastón. La puerta se abrió de nuevo y su padre entró orgullosamente en la estancia.
-“Tsk, tsk, tsk. ¿Qué educación es esa, querida? Cerrándole la puerta en la cara a un visitante”—dijo Malfoy con frío entretenimiento mientras avanzaba hacia el interior. Se giró y observó a la joven. Arqueó una ceja ante los ojos enrojecidos y los trazos de lágrimas en sus mejillas.
-“Realmente habría preferido que se estrellara en sus narices, señor Malfoy”—Youko parecía haber recuperado su frialdad y su lengua ácida se puso en funcionamiento.—“¿A qué debo el placer de su visita?”—añadió sarcástica mientras ponía una respetable distancia entre Lucius y ella.
-“La verdad es que estoy buscando a mi hijo. ¿Por casualidad no sabrás dónde está?”—inquirió Malfoy observando la habitación. La puerta del baño estaba entreabierta. Sonrió levemente.
-“Lo siento señor Malfoy, pero no tengo ninguna idea de dónde puede estar su hijo. No es mi obligación saber dónde se encuentran todos los alumnos”—respondió con voz helada la joven mientras seguía la mirada de Lucius.—“Eso es el baño, señor Malfoy. ¿Acaso cree que tengo a su hijo escondido en la bañera?”—comentó con cinismo, intentando alejar la mirada de Lucius del baño donde se ocultaba Draco.
-“No, supongo que no”—dijo Malfoy, y añadió casualmente.—“Espero que asista mañana a la fiesta. Sería una lástima que faltara...”.
Youko se tensó. Draco estuvo a punto de abrir la puerta del baño, salir y estrangular a su padre. Pero antes de aquello sonó por tercera vez un golpe en la puerta, se abrió y entró Severus, con un pergamino en la mano. Había visto a Lucius llegar mientras estaba en la Torre de Astronomía y rápidamente supuso que iría a ver Draco, el cual él sabía que estaba con Youko, puesto que ésta lo había informado de que iba a hablar con el chico después de comer. Así que dedujo en seguida que si Lucius no encontraba a su hijo en los lugares comunes iría a buscarlo a la habitación de Youko. y no se había equivocado. Vio a Lucius desaparecer por la escalera que conducía a las habitaciones superiores de la Torre Serpens. Pensando rápidamente, entró a su despacho, abrió su chimenea la red flu interna y escribió una nota en el pergamino indicándole a Youko que mandara a Draco por ahí a su despacho.
-“Lucius. ¿Qué haces aquí?”—dijo Severus mirando fríamente a Malfoy, aunque sabía perfectamente que hacía ahí.
-“Tan sólo buscando a mi hijo Severus. Y confirmando que la señorita Silvara asistirá mañana a la fiesta.”—contestó serenamente Lucius aunque se le veía ligeramente molesto por la interrupción.
Severus lo observó y se acercó a Youko, ofreciéndole el pergamino.
-“La información que me pediste sobre esa poción, aquí la tienes. Si necesitas ayuda con algo más avísame”—dijo mientras le entregaba el pergamino. Y mirando a Lucius añadió—“Y tu hijo está en mi despacho. Estaba comentándome algunas cosas del equipo de Quidditch. Todavía debe estar allí”.
Evidentemente Lucius no creyó aquello de que Draco estuviera en el despacho de Snape pero tampoco tenía otro remedio más que seguirle. Se despidió con una sonrisa burlona de Youko y salió tras de Severus, cerrando la puerta tras de sí. En cuanto estuvieron fuera Youko abrió el pergamino y lo leyó mientras Draco salía del baño, maldiciendo a su padre. Youko cogió un puñado de polvos flu de un frasco junto a la chimenea y los echó en el fuego al tiempo que decía “Despacho de Severus Snape en Hogwarts”. Las llamas no tenían aquel tono verdoso típico sino uno azulado.
-“Si pasas por aquí llegarás al despacho de Snape. Date prisa, por favor”—dijo la joven apresuradamente mientras le indicaba a Draco que avanzara hacia las llamas.
-“¿Podremos hablar más tarde?”—preguntó Draco al tiempo que se paraba frente a las llamas azuladas. Youko negó con la cabeza.
-“Mañana nos veremos en el cumpleaños. ¡Ahora deprisa!”—respondió la joven mientras se acercaba a Draco le daba un rápido beso en la mejilla y lo empujaba dentro del fuego.
Justo en cuanto las llamas reasumían su color normal en el despacho de Snape, la puerta se abrió y Draco vio entrar a su profesor y a su padre. Limpió su cabeza de cualquier pensamiento y se acercó a saludar a su padre.
Mientras, en su habitación, Youko se preguntaba si había hecho lo correcto diciéndole que sí a Draco... y que pasaría mañana en la fiesta...
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Youko se observó en el espejo de su habitación por tercera vez. Después de probarse varios conjuntos al final se decantó por una túnica de suave terciopelo azul oscuro con pequeños bordados en plata alrededor de las mangas y el cuello. Al principio había pensado en dejar su pelo suelto pero al final lo recogió en un gracioso moño, dejando algunos mechones sueltos. Que no deseara en absoluto ir a esa fiesta no quería decir que no tenía que ir arreglada. Miró el reloj una vez más: casi las seis. Mejor se iba ya o no llegaría.
Para su sorpresa se encontró con un carruaje esperándola junto a las verjas del colegio. Subió y dentro encontró una pequeña nota. Reconociendo la letra de Draco en el exterior, la abrió y leyó: “
En cuanto llegues te estaré esperando. D. Malfoy”. Tardaron casi una hora en llegar al feudo Malfoy. Durante el viaje se limitó a mirar el paisaje a través de la ventanilla del carruaje. Empezaba a oscurecer y unas pocas estrellas ya se dejaban ver. Tal y como había prometido, Draco estaba esperándola ante las puertas de la casa. La ayudó a bajar con una sonrisa.
-“Bienvenida al feudo Malfoy”—dijo Draco mientras le daba un ligero beso en el dorso de la mano. Youko correspondió con una nerviosa sonrisa y una ligera inclinación de la cabeza.—“Será mejor que pasemos dentro”—y con esto la guió hacia el interior de la casa.
Youko observó ligeramente curiosa. Sabía que sus padres sí que habían estado alguna vez en el feudo Malfoy, pero ella no había ido nunca. Era una mansión elegante, de mármol blanco, gris y negro, y muy grande, mucho más que el feudo Silvara, donde vivían sus padres. Draco se detuvo poco antes de que llegaran al comedor. Al instante un sirviente los alcanzó.
-“Ahora entraré yo. Marcus te acompañará al interior dentro de un minuto”—explicó Draco mientras señalaba al mayordomo junto a ellos.
-“De acuerdo”—contestó Youko. Y con esto Draco la soltó y entró en la iluminada sala. Youko miró al mayordomo que la saludó con una inclinación de cabeza. Esperaron un poco y después entraron.
El criado la condujo hasta un lugar en la mesa relativamente alejado de Draco, y por ende, de su familia, aunque en aquel momento era sólo Narcissa, la madre de Draco, la que estaba allí. Draco estaba a su lado y, evidentemente, el puesto libre al otro lado era el de Lucius. Youko se sentó entre un par de chiquillas que miraban muy seriamente su plato. A medida que pasaban los minutos se le iba formando un nudo en el estómago. No estaba nada a gusto allí. Lanzó miradas de refilón a Draco y a Narcissa, la cual enganchó una de sus miradas. La mujer le sostuvo la mirada y tras unos agónicos instantes la saludó delicadamente. Youko devolvió el saludo y retiró la mirada rápidamente.
Casi diez minutos más tarde, el señor Malfoy no había aparecido y para su terror, Draco se puso en pie, la miró y sonrió con sorna. “No, no no. No se te ocurra, por favor...” gritaba Youko en su mente viendo venir las intenciones de Draco de llamarla y que ocupara el puesto vacío de su padre. Al parecer, esta vez que sí que había alguien escuchando en alguna parte porque Youko no podían alegrarse más, por una única vez, de ver aparecer a Lucius.
El padre de Draco recorrió la mesa con la mirada y se detuvo en ella, sonrió ligeramente y siguió mirando, hasta que sus ojos se detuvieron en otra persona y su rostro se endureció casi imperceptiblemente. Youko siguió su mirada y se sorprendió de ver a una muy pálida Laia Wallravenstein. Laia desvió su mirada y se la quedó mirando a ella, con la expresión en blanco. Cuando Lucius ocupó su lugar en la mesa, se empezó a servir la cena.
La cena transcurrió con tranquilidad pero antes de que sirvieran los postres notó movimiento a su lado y cual no fue su sorpresa de ver a Laia sentarse a su lado.
-“¿Qué haces aquí?”—evidentemente, Wallravenstein no gastaba tiempo en sutilezas.—“No creo que Draco fuera tan imprudente como para invitar a un auror a su cumpleaños”.
-“Me invitó el señor Malfoy, no Draco”—respondió Youko con dureza. No iba a dejarse intimidar por Laia. Pero la tomó verdaderamente por sorpresa que a la mención de que la había invitado Lucius, por los ojos de Laia pasara una sombra de... ¿qué? ¿Celos?. No, lo habría imaginado.
-“Oh, ¿Y te has atrevido a venir? Muy valiente por tu parte...”—replicó Laia con sorna. El rostro de Youko se endureció.
-“Evidentemente no conoces lo suficiente a Lucius Malfoy como para saber que negarte a algo que el
pide es convertirlo en tu enemigo”—contestó Youko mientras Laia palidecía ligeramente. Así que se había atrevido a contradecir a Lucius de alguna forma, pensó Youko viendo la expresión ligeramente preocupada de la chica. Decidió presionar un poco más.—“No sabes donde te estás metiendo, Wallravenstein. Siempre que Lucius aparece por la escuela tu sales detrás de él. Aléjate de Lucius Malfoy ahora o acabarás metiéndote en problemas de los cuales no podrás salir”.
Justo cuando Laia iba a responder, un carraspeo tras ellas lo impidió. Laia se giró a ver quien las interrumpía. Youko no. No le hacía falta. Conocía a la perfección aquel carraspeo. Lo había oído toda su vida. En su casa. Palideció mortalmente y se giró para mirar al hombre al que hacía casi un año que no veía, prácticamente desde que dijo que entraría en la academia de aurores. Su padre. Alexander Silvara Dragg era un hombre alto, de cabello rubio oscuro largo hasta los hombros y recogido pulcramente en una cola sobre la nuca y de ojos color miel, igual de fríos que los de su hija. Laia observó de una a otro.
-“Padre. Es un placer verte”—saludó educadamente Youko mirando a su padre.
-“Lo mismo digo hija. ¿Podríamos hablar a solas, en algún lugar más tranquilo?”—respondió su padre. La vez del señor Silvara no era fría pero sí muy calmada. Pero Youko sabía que bajo aquella calma había un fuerte temperamento y no había que fiarse. Cabeceando levemente se puso en pie, se despidió de Laia con una mirada y siguió a su padre fuera del salón hacía una pequeña salita un poco más allá.
Desde la cabecera de la mesa, Draco observaba nervioso y Lucius ciertamente curioso. Había sido su idea la de invitar a Alexander para ver si él podía manejar a su hija. Ahora podría ver cuanto control le quedaba sobre ella...
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Youko avanzó hasta el gran ventanal que había en uno de los laterales de la sala mientras su padre cerraba la puerta tras él. Alexander observó a su hija desde su lugar junto a la puerta.
-“Cada día te pareces más a tu madre”—comentó Alexander mientras se acercaba. Youko no dijo nada.—“Te echamos de menos en casa, hija”.
Ante esto Youko dejó escapar un pequeña risa sarcástica y se giró para enfrentar a su padre.
-“¿Qué es lo que quieres, padre? Dudo que hayas venido para decirme que me echáis de menos, porque no lo creo”—la joven sabía que estaba hablando muy duramente contra su padre pero era la única forma de mantener una distancia.
-“Vigila tu tono jovencita. Sigo siendo tu padre”—la voz de Alexander era severa en contraste con sus palabras anteriores. Youko no retrocedió.
-“¡Ja! Según creo recordar cuando salí de la academia me dejasteis bastante claro que no teníais una hija. Así que no me vengas con esas”—Youko estaba empezando a ponerse furiosa y apretó los puños a ambos lados de su cuerpo.
-“¿Y que esperabas que hiciéramos? ¿Sabes en el peligro en el que te has puesto con tu maldita cabezonería de hacer siempre lo contrario a lo que se te dice? Renuncia a tu posición de auror y vuelve a casa, donde debes estar.”—aquello no era una sugerencia, sino una orden. Una que Youko no estaba a punto de cumplir.
-“¿O qué padre? ¿Piensas obligarme? ¡No tienes ningún control sobre mí, ¿lo entiendes?!”—gritó Youko dejando que la furia subiera al límite. Pero tan pronto como subió, bajó, y lo hizo en forma de un revés por parte de su padre.
-“No consentiré que me hables así, ¿me has oído?”—dijo Alexander con voz mortal mientras Youko se llevaba la mano a la cara. Podía notar un ligero sabor a sangre en su boca. Se había mordido el labio con el golpe.
Youko empezó a apartarse de su padre cuando se abrió la puerta de la sala. Draco entró casi corriendo y se puso entre ella y Alexander. Lucius entró tras su hijo y observó la escena. Más o menos se hacía la idea de lo que había pasado.
-“¿Estas bien?”—preguntó Draco mientras retiraba la mano de Youko de su cara. Observó con molestia y rabia el corte en el labio. Youko asintió ligeramente con la cabeza.—“Nos vamos a Hogwarts. Ahora”.
-“Hijo, la fiesta no ha terminado todavía”—intervino Lucius mientras sacaba un pañuelo y se lo ofrecía a la joven para que se limpiara el labio. Youko lo tomó más por educación que por necesidad.
-“Para mí sí, padre. Hay un carruaje esperándonos fuera. Nos vamos ahora. Despídeme de tus invitados”—contestó Draco intentando mantener su voz calmada con mucha dificultad. Lanzando una última mirada al señor Silvara, tomó a Youko por la cintura y la sacó de la sala hacia la entrada, donde les esperaba el carruaje.
Los dos hombres los observaron salir. Lucius se giró hacia Alexander.
-“¿Era necesario que le levantaras la mano?”—inquirió mientras miraba al hombre, que ya empezaba a calmarse un poco más.
-“Nunca le he permitido que me levante la voz ni que me falte al respeto”—respondió Alexander con dureza.—“Ya no tengo ningún control sobre ella, Lucius. Me temo que la perdí hace mucho tiempo...”—su voz casi sonaba pesarosa. Después de todo, Youko era su única hija, heredera del apellido Silvara. Alexander levantó la vista al oír una ligera risa por parte de Lucius.
-“Si quieres que te diga la verdad, yo también estoy perdiendo el control de mi hijo”—reconoció muy a su pesar.—“Pero tengo espías dentro de la escuela para poder seguir controlando sus movimientos”—aseguró Malfoy.—“Ahora, ¿por qué no volvemos a la fiesta? Aquí ya no hacemos nada...”—y con esto los dos hombres salieron de la pequeña salita en dirección al gran salón donde estaban el resto de invitados.
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En el momento en que salieron de las tierras del feudo, Youko dejó que la tensión la rompiera y se puso a llorar. Era la primera vez toda su vida que su padre la había pegado, y más que el golpe físico, lo que realmente le hizo daño fue el golpe psicológico. Con aquello había quedado claro que ya no quedaba prácticamente ningún lazo que la uniera a su familia, y eso hacía más daño que cualquier otra cosa.
Draco la abrazó y murmuró palabras de consuelo en su oído mientras el carruaje los llevaba de regreso a la seguridad de la escuela. Mañana estaría mejor, sí, mañana Youko estaría mucho mejor...