Un miércoles aburrido. Jameson, su casi único amigo, había empezado a estudiar [maldito niño aplicado] y la había dejado de lado durante todo el día. Laia sentía una nueva necesidad de querer enseñarle a alguien la fotografía de sus padres y henchirse de orgullo. Solo contaba con Jameson, y éste no le hacía caso.
El caso es que hasta el sábado, el día de la fiesta en casa de Draco Malfoy, Laia no había hecho prácticamente nada. Cada vez estaba más perezosa y eso le asustaba. A este paso nunca llegaría a conseguir el Premio Anual.
El día de la fiesta de cumpleaños de Draco la sorprendió con una pereza horrible. El tedio no solo se centraba en los estudios, sino en todas las ocupaciones que tuviera que hacer. Suspiró y descorrió las cortinas de su cama adoselada. Contemplando todos los vestidos que había allí tirados, intentaba pensar en la mejor manera de causar buena impresión. Era una oportunidad única para presentarse ante Lucius Malfoy sin el horrible uniforme del colegio. Quizás con un modelo adecuado Lucius olvidara que Laia era una escolar de diecisiete años.
Se abrochó la túnica escogida, de seda y de degrade gris. Era la más elegante que tenía, pues también contaba con bordados en hilo en la parte inferior del traje. Se abrochó la capa negra con la hebilla de plata, recogió su cabello en un moño alto –los recogidos eran su debilidad- y se puso unos elegantes pendientes de oro blanco de su madre ante la atenta mirada de su gata Mary-Sue. Al salir por las puertas de entrada del colegio se encontró ya con una diligencia esperándola.
La mansión de los Malfoy le era bastante conocida. Había ido a la mayoría de los cumpleaños de Draco, así como a fiestas organizadas exclusivamente para reforzar las alianzas entre las mejores familias.
Al parecer había llegado relativamente pronto. Aún había más criados que invitados, y hasta se dejaba ver algún elfo doméstico por la casa.
En la mansión había varios comedores, desde uno recóndito y pequeño en lo que parecía una cripta hasta uno tan enorme que contaba con seis puertas de acceso.
El mayordomo que la recibió la llevó a uno que no había visto nunca antes y que se suponía era el comedor “mediano”, una estancia situada al final de la casa y bastante estrecha, pero muy larga. Las paredes estaban decoradas con largos y estilizados espejos, ajustados unos a otros. La mesa ya estaba puesta y las tres enormes lámparas hacían que todo brillara y el comedor estuviera muy ilumiando.
En uno de los cabezales de la mesa estaba sentada Pansy Parkinson –evidentemente ese no era su sitio- que parecía conversar animadamente con otra chica que Laia no conocía, pero que le hizo un gesto de bienvenida. Más al final se encontraba un hombre bastante mayor, acompañado de dos niños de unos diez años, que miraban fijamente al plato con mirada hosca.
De repente, de detrás suyo, apareció el padre del homenajeado, que con una velocidad pasmosa y de manera totalmente silenciosa se plantó frente a ella.
- Señorita Wallravenstein, llega usted inusualmente puntual.
Laia sonrió con desgana. No le gustaba que nadie le recordara su incapacidad de llegar a punto en ningún lugar, y Malfoy parecía estar desquiciado de las veces que ella debía haber llegado tarde a cualquier celebración que él hubiera organizado. Continuó hablando.
- Supongo que ahora que ha llegado debemos aprovechar este preciado cuarto de hora extra. Acompáñeme.
Laia le miró sorprendida y temerosa al mismo tiempo. Mientras subía las escaleras miraba fijamente la capa de Lucius, que iba arrastrando por la escalinata.
El pasillo por el que la llevaba al llegar al piso superior no lo había pisado nunca, pero tenía ese desagradable aspecto de “oculto” que le provocó miedo y fascinación al mismo tiempo. Malfoy iluminó el terreno con la varita y tras unas rápidas y susurrantes palabras se iluminaron las lámparas del lugar.
Pasaron por innumerables puertas hasta llegar al final, una puerta aparentemente como las demás, pero bastante apartada del resto. Al llegar ante ella Malfoy giró su cara y dirigió sus ojos en ella. Con el juego de sombras de las lámparas la expresión de Malfoy era terriblemente dura.
- Confío en su discreción, Wallranvenstein.
A Laia le cayeron los nervios hasta los pies, y ahora lo que sentía en su estómago era una terrible angustia.
Malfoy llamó tres veces y prosiguió a abrir la puerta lentamente. Laia intentó divisar el interior, pero todo era negro. La hizo entrar y quedarse pegada a la pared y una vez los dos dentro Malfoy dijo algo en una lengua extraña –algún tipo de contraseña- y una pequeña luz apareció ante ellos, como un fuego fatuo, que se dirigió a una lámpara en el centro de una mesa. La luz no era muy potente, pero Laia pudo reconocer varios cuerpos alrededor de ella. Iban todos con capas negras. Eran ocho, cuatro a cada lado de la mesa, y aunque no veía sus caras, sabía que les estaban mirando.
“Mortífagos”
Laia siempre había sentido fascinación por ellos, por influencia de sus padres. Había conocido a varios y había compartido con ellos el secreto de su anonimato, algo que en sus años infantiles le parecía un juego muy excitante. Evidentemente durante su tierna edad no supo realmente que era lo que hacían los amigos de su padre, solo sabía que se dedicaban a vencer a gente que era peligrosa para ellos. Al menos eso era lo que le decían.
Pero el ver a todas esas personas apostadas ahí, completamente quietas, no le resultó nada agradable. Estaba segura que no había allí ningún mortífago que hubiera conocido antes. Se sentía vulnerable y bastante perdida.
Mientras ella se dejaba llevar por sus pensamientos Malfoy la empujó suavemente por la espalda y la llevó al cabezal de la mesa.
- Algunos de vosotros ya la conocéreis. A los que no, sabed que es la hija de Nikolaus Wallravenstein y Natalia Silano.
Los mortífagos asintieron silenciosamente. A Laia le dio la impresión que la aceptaban y que sus padres era aún más respetables de lo que ella creía.
Malfoy notó los nervios de Laia y apoyó su mano en el hombro de la chica, intentando infundirle fuerza. Laia suspiró silenciosamente y siguió mirando impresionada la escena, intentando no demostrar ningún tipo de debilidad. Malfoy prosiguió.
- También os he mencionado la carta que me otorgó su padre, pidiéndome que cuidara de ella y la llevara por el mismo camino de su familia. Creo que ha llegado el momento. Vivimos unos años cada vez más apurados, nuestros enemigos se están multiplicando y son conscientes de los movimientos cada vez más continuos de los seguidores del Señor Oscuro. El colegio Hogwarts está más preparado para combatir ataques y no solo tienen aurores deambulando por las aulas sino que cuentan con espías traidores que, simulando espiar para nosotros, espían para ellos.
Laia abrió los ojos impresionada. ¿Quiénes serían esos traidores? Dudaba que fuera Snape, pues se sabía que era un aliado de Dumbledore. Entonces ¿Quién?
- Por eso hemos de apoyarnos sobretodo en las nuevas generaciones, como hacen los aurores. Cada año la academia de aurores licencia a decenas de ellos solo en el Reino Unido. Nosotros debemos hacer lo mismo. Hemos de empezar a organizarnos en serio, no valen las viejas glorias del pasado. Debemos renovarnos.
Uno de los mortífagos se removió nervioso y habló:
- ¿Y que hay de nuestra escuela de Durmstrang?
- La escuela que tenemos cerca de Durmstrang es lo mejor que tenemos, pero aún hay pocos alumnos. Estamos en época escolar y es una escuela completamente ilegal. Los alumnos solo pueden acudir a ella en verano.
Malfoy miró fijamente a Laia.
- Evidentemente, Wallravenstein se dirigirá a ella este verano. Será todo un privilegio para la escuela contar con la hija de su fundador como alumna.
Laia le miró intranquila. No estaba preparada para tanta información seguida. Sentía como su estómago iba encogiendo. Se mareó un poco, le entró sueño. Todo estaba demasiado oscuro. Pero tener a Malfoy al lado era algo reconfortante, desprendía tanta seguridad que no podía evitar influenciarla lo suficiente como para no salir corriendo de la sala.
Uno de los mortífagos asintió silencioso y sacó un pergamino. Lo extendió.
Laia sabía lo que era, lo había visto muchas veces en el despacho de su padre. Él tenía a centenares.
Era el juramento.
Primero jurabas encima del pergamino, luego vertías un poco de sangre –era una organización realmente tradicional- y luego ya estabas preparado para recibir la marca.
“La marca”
Laia se echó atrás asustada.
“No. La marca no, la marca no”
Una cosa era aliarse con los mortífagos y otra muy diferente era convertirse en uno de ellos. Esa horrible marca la convertiría en un siervo del Señor Oscuro durante toda su vida. Era demasiado joven, no estaba preparada.
Malfoy captó la vacilación de la chica e intentó que se quedara allí quieta, pero uno de los mortífagos habló.
- Siempre podemos esperar. Siendo la hija de Nikolaus bien se puede hacer una excepción. No dirá nada. ¿Verdad que no dirás nada pequeña?
Laia observó al mortífago que había hablado. Era el más bajito de todos y aunque no podía ver su cara por llevar la máscara puesta, reconocía su voz como alguien familiar. Estaba segura que le conocía. Sonrió agradecida y juró por lo más sagrado que no diría nada a nadie.
Malfoy suspiró, agarró el brazo de la chica y la condujo fuera de la habitación. Laia sabía que le esperaba una buena bronca. Ya fuera de la sala la lanzó contra la pared del pasillo y la miró con verdadero odio.
- ¿Sabes que los mortífagos no esperan? No abuses de su paciencia o ellos descubrirán que eres débil. Definitivamente no te veo capaz de demostrar ni la ambición ni la valentía que poseían tus padres.
Laia abrió los ojos y le miró indignada. De repente apareció la seguridad que normalmente la caracterizaba. Ante él ya había perdido varias veces el miedo, y en ese momento quedó demostrado que le respetaba menos. Malfoy se dio cuenta de ello.
- Si alguien que yo conozco me hubiera avisado con anterioridad de la reunión, me hubiera preparado. ¿Cómo iba a reaccionar?
Malfoy se estaba dando cuenta que la situación se le estaba yendo de las manos. Si no actuaba pronto perdería el favor de la familia de esa chica, y era una familia que debía seguir ligada a la causa de los mortífagos. No podían seguir perdiendo aliados. La abuela de la chica se lo dijo una vez.
“Llévala por el buen camino, que desde que murieron sus padres se ha vuelto débil y yo no puedo hacer nada por arreglarlo, me ha perdido el respeto, que no te lo pierda a ti”
Malfoy miró fijamente a Laia. Le daba la sensación que ya se lo estaba perdiendo.
Pero un movimiento brusco de él, completamente involuntario, le hizo creer lo contrario. Laia era bastante extraña, y si algo era difícil de descubrir, era si estaba actuando o era verdaderamente así. De repente Laia vaciló y desvió la mirada. Malfoy se había acercado demasiado, sin querer, evidentemente. Sonrió con sorna a la chica. Aún era muy joven, y por muy orgullosa que se pusiese, había cosas que aún la desconcertaban y le daban miedo. Una de ellas era tenerle demasiado cerca.
Aprovechando la ocasión y la oscuridad del pasillo, Lucius Malfoy agarró la cabeza de Laia con ambas manos y se acercó todo lo que pudo acercarse.
- Este es tu destino, así como lo fue el mío. Ten en cuenta que aquí todo el mundo te quiere, que van a ser todos como un padre para ti.
Laia le miró temerosa, recordando la reciente reunión. Frunció su entrecejo.
- ¿Y la marca?
Laia notaba como el excesivo calor le hacía llorar.
Malfoy agarró un brazo de la chica con fuerza y adoptó una actitud fiera.
- ¡El honor de pertenecer a los mortífagos! Espero que no sea por vanidad que no la quieres.
Malfoy retiró su mano izquierda de la mejilla de Laia y descubrió con rapidez su brazo derecho. Laia pudo ver de cerca la marca, puesto que la mano derecha de él aún le agarraba la cara.
Era impresionante, un dibujo realmente siniestro... pero al mismo tiempo fascinante. Laia seguía en una extraña ensoñación y la tenue luz de las lámparas provocaban que la marca adquiriera una forma vaga y difusa. Dirigió su mano al antebrazo de Malfoy y recorrió con los dedos la carne quemada. Intentó recrear en su mente el momento en que un joven Lucius Malfoy hacía el juramento, como abría su carne y dejaba caer la sangre sobre el papel, y de cómo le imprimían la marca.
Mientras pensaba en ello Lucius volvió a agarrarla con ambas manos y le susurró al oido.
- No debes temer nada, yo estaré contigo cuando te hagan la marca.
El apoyo incondicional había reemplazado al enfado. Laia no sabía que pensar de Lucius, pero el caso es que cuanto más se acercaba él, menos pensaba ella. Quien sabe, conociendo a Lucius Malfoy cualquiera pensaría que lo hacía queriendo, pero eso no era motivo suficiente como para remediarlo. Era difícil luchar contra él. Laia intentó liberarse pero el forcejeo era inútil, por mucho que intentara desviar su cabeza las manos de Lucius eran firmes y fuertes y la mantenían en su sitio.
- Dejame en paz.
Se hizo un silencio y Lucius la miró fijamente, forzando un rictus desagradable. Retiró un poco su cara de la de ella y la miró con perspectiva. Se le resistía. Nunca habría pensado que le costara tanto. Había algo que le impedía convencerla del todo. Lucius observó el pasillo, inspeccionando que no hubiera nadie.
“Hemos de conservar la alianza con la familia Wallravenstein”
Lucius lo detestaba, pues él no solía llevar tan lejos este tipo de actos, pero supo que era un deber. Con una expresión de verdadero enfado acercó la cara de Laia a la suya y la besó con furia. Ni se le ocurrió que podía estar haciendo daño a la chica, pero poco le importaba ya. Cuando la soltó, Laia estaba completamente pálida y desconcertada. Lucius creyó que no había hecho nada más que echarlo todo a perder. Cerrando los puños y mirándola de manera hosca le ordenó:
- Haga el favor de bajar al salón, señorita Wallravenstein, y procure relajarse.
Dicho esto, se giró con rapidez y a paso firme se adentró otra vez en el oscuro pasillo.
Laia se quedó un rato allí quieta, sopesando lo ocurrido. Su deber era ser mortífaga, y Lucius estaba desesperado para conseguirlo. Si, su familia era importante, pero no sabía que la situación era tan apurada como para que Malfoy se desesperara y reaccionara de esa manera. Supuso que ese hombre se sentía en deuda con su padre, y que tenía que cumplir lo que le pidió de la manera que fuera.
Laia se apoyó en la pared y le vino de golpe el primer bajón de autoestima de su vida.
Al bajar al comedor se encontró con todo el mundo sentado. Draco conversaba con Zabini desde uno de los cabezales de la mesa y los criados ya estaban trayendo los entremeses. La iluminación de la sala le hizo entrecerrar los ojos por el fuerte contraste, y tuvo que restregarse los ojos, aún un poco llorosos debido al calor que había pasado en el piso de arriba. Se sentó al lado de uno de esos niños que había visto antes y que ahora removía la comida que tenía en el plato con desgana. Al levantar la mirada y observar a los invitados se encontró con quien menos se esperaba encontrar.
A Youko Silvara.
Estaba sentada relativamente cerca de ella, en un discreto lugar. No parecía sentirse muy a gusto. Bueno, Laia tampoco estaría a gusto allí, si fuera auror.
De repente la voz de Draco se alzó y se levantó del cabezal de la mesa. El chico miró fijamente a Youko y sonrió con sorna. Laia se dio cuenta del asiento libre que había al lado de Draco. Correspondía al asiento de su padre, que de un tiempo a ésta parte ya no asistía a los cumpleaños de su hijo –seguramente creyera que tenía otras cosas más importantes que hacer, como reunirse con los padres de los invitados-. Laia temió que Draco retara a Youko a sentarse a su lado.
Si lo hacía, si se sentaba al lado de Draco, Youko tendría que sufrir la presencia de Narcisa delante de sus narices, y eso no debía ser muy agradable.