Se sentó en la cama cautelosamente para no despertar a las demás compañeras. Encendió la lámpara con un golpe de varita y una luz verdosa recorrió la estancia. Corrió las pesadas cortinas de su cama adoselada para no molestar a las otras chicas y se acomodó en el cojín mientras abría el sobre. Lo primero que asomó de su interior fue una vieja fotografía.
Su padre posaba orgulloso y regio, con una larga capa negra ribeteada de azul y una casaca dieciochesca, su cuidado y largo pelo negro recogido en una coleta. Su madre llevaba un elegante abrigo blanco bordado con flores rosadas y un bonito sombrero estilo años veinte envolvía su ondulado cabello. También salía Laia, con un llamativo abrigo rojo. Al lado de su padre se encontraba también un joven y apuesto Lucius Malfoy, sonriendo a la cámara con media sonrisa.
Cogió uno de los papeles que aún había dentro del sobre. Era una carta. La extendió y la leyó.
Estimada hija:
No creo que te sorprenda la carta, ya que sabías que en el momento adecuado recibirías esta gran oportunidad que se te ha dado.
Solo recibirás esta carta si al final Lord Voldemort es derrotado y por desgracia nosotros hemos muerto.
Te escribo esto mientras te remueves en la cuna. Es una sensación curiosa y extraña, ya que se supone que lo estoy escribiendo para una persona adulta.
Quiero que sepas que formas parte de una prestigiosa familia, y que aún siendo la última Wallravenstein tienes a muchos aliados entre los magos de toda Europa. Esas familias de raigambre te apoyarán, pues también llevas la mayor parte de sus apellidos, en mayor o en menor medida. Debes sentirte orgullosa de la sangre que corre por tus venas.
Si hay suerte, cuando recibas esta carta lo harás de la mano de Lucius Malfoy, la persona a quien se la daré personalmente para que te la entregue. Él sabe cuando debes recibirla. Cuando seas necesaria, Laia. Serán malos tiempos cuando la leas, y recuerda la gran oportunidad que se te ofrece.
La de poder formar parte de los mortífagos.
Tu padre y tu madre, que te aprecian.
No nos defraudes.Laia releyó la carta otra vez. Sus padres... Nunca les conoció, murieron cuando ella era una criatura de dos años. Si, ellos eran mortífagos, y de los mejores. Nadie sabía de estrategia militar como su padre. Nadie dominaba el espionaje como su madre. Lucharon valientemente y cayeron en una emboscada de aurores, en las afueras de Londres.
Fueron ellos los que formaron los comandos de mortífagos en la Europa Central y del Este. Laia, que nació en Berlín, conoció a muchos de ellos, y vio formarse el ejército de Voldemort bajo los inocentes y curiosos ojos de una niña de dos años.
Si, muchas de esas personas, consideradas asesinas, fueron como una gran familia para ella.
Laia conocía cada una de las peripecias de sus padres en aquellos tiempos gracias a la orgullosa madre de su padre, una mujer vieja y severa que se mudó de Berlín a la mansión de los Wallravenstein en Londres para cuidar de la pequeña. Allí convivieron siempre las dos, en la vacía y decadente mansión, donde los recuerdos rememoraban tiempos de reuniones clandestinas y asesinatos a sangre fría.
Laia plegó la vieja carta con cuidado. Recibir una carta de sus padres no era algo que se esperara uno después de 15 años. Le hizo una ilusión indescriptible. Volvió a ojear la fotografía. Su madre era muy guapa, ella había heredado sus facciones. Nació en Moscú, pero era de una considerada familia de magos de Trieste. Tenía un carácter autoritario, pero era muy buena diplomática. Había sido [según las malas lenguas] una compulsiva ladrona de objetos mágicos, pero eso nunca se descubrió. Laia estaba segura que era cierto, y siempre mantuvo la esperanza de encontrar un escondite secreto en la mansión donde descubrir todos esos objetos.
Su padre era meticuloso y ordenado, un alemán de pies a cabeza, pero más tratable que su madre. Fue uno de los magos más elegantes en vida, y fue amigo íntimo de Lucius Malfoy.
Lucius Malfoy... En la foto aún debía estar soltero. Laia fijó la vista hasta casi cegarse. No veía anillo alguno. Y sonreía. Suponía que Malfoy veía un futuro prometedor. Todas las familias de magos aliadas con Voldemort estaban organizadas, no creían en una derrota [salvo el pragmático de su padre] sino al contrario.
Claro, eso hacen las familias de magos decentes. Eso hacen los aristócratas. Ella formaba parte de ellos. Ella era la nueva generación, la que debía perpetuar la tradición.
Y ahora recibía la carta. Justamente en ese momento. ¿Estarían reclutando jóvenes? ¿Era simplemente un deseo de su padre o una necesidad de formar un ejército? Había oído rumores de la existencia de una organizada Órden del Fénix. Eso debía contrarrestarse.
Se fijó en el otro trozo de papel que aún había dentro del sobre y lo sacó. Era una cartulina rectangular con una delicada inscripción en cursiva.
Srta. Laia Wallravenstein.
Queda ud. invitada a la fiesta de cumpleaños de Draco Malfoy, que se celebrará en la mansión de los Malfoy el próximo sábado día dos .
Atentamente: Sr y Sra Malfoy.Laia sonrió lacónica.
“Muy oportuno”
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El martes se dedicó exclusivamente a copiar a limpio toda la poción del libro que Lucius le había conseguido. No debía equivocarse en nada, pues una poción tan compleja debía ser extremadamente peligrosa. Lo evidenciaba el hecho que necesitara ingredientes tan extraños, tan desconocidos para ella ¿Qué reacción tendrían en el cuerpo humano?
Cuando fue a dormir ese martes lo hizo pensando en el día siguiente.
La clase de duelos.
A la mañana siguiente, Laia colgó el siguiente anuncio en la Sala Común.
Con motivo de las clases de duelo, la clase de hoy a las nueve de Defensa contra las Artes Oscuras quedará suspendida. Todos los alumnos de sexto curso deberán dirigirse al Gran Comedor a las once en punto para asistir a los duelos.
GraciasIba a ser un día descansado. Pociones empezaba a las once y terminaba a la una, por lo que esa mañana la tendrían completamente libre de tediosas clases teóricas.
Jameson se acercó mientras Laia colgaba el cartel.
- ¿Qué te parece la división de casas?
Laia hizo una mueca y exclamó, en tono jocoso.
- ¡El gran derby!
- ¿A quién crees que sacará Lupin? Yo... la verdad es que no tengo muchas ganas de salir, si he de serte sincero.
Laia le miró como quien observa indignado a un cobarde.
- ¿Qué no tienes muchas ganas? Pues yo si, tengo ganas de machacar algún Gryffindor. Es algo que NECESITO.
Parecía que la carta de sus padres le había puesto a tono y recargado las pilas.
- Tu si, porque tu eres buena. Pero yo soy muy lento, no estoy hecho para esto, yo soy un chico de despacho, nunca me ha gustado demasiado la acción.
Era cierto, Laia era realmente difícil de vencer en un duelo, tenía una capacidad casi felina de contrarrestar hechizos. Mientras miraba el cartel, Laia dijo:
- Quizás nos saque a nosotros, a los prefectos. Al menos para el primer duelo. Draco está mosqueado porque Potter no es prefecto. No creo que quiera luchar contra Weasley o Granger. Igualmente no creo que Lupin permitiera un duelo entre Potter y Malfoy, una segunda vez sería... peligroso. Pero tu eres vocal, y habrá más de un duelo. Qué no te toque con Potter, que es un enchufadito del profesor Lupin y bastante buen duelista, al fin y al cabo el niño nos ha salvado la vida a todo el colegio muuuchas veces.
Esto último lo dijo con un deje de burla e ironía considerable.
El pasillo que conectaba la Torre Serpens con el resto del colegio era un bullidero de personas. Una considerable cantidad de slytherins estaba puliendo sus varitas y practicando ante una pared, realizando los movimientos duelísticos una y otra vez. Laia se reunió con el otro prefecto, Draco, y ambos se dirigieron al Gran Comedor.
- ¿Nerviosa?
Draco sonreía socarronamente. Laia negó con la cabeza. Draco continuó hablando.
- ¿Has recibido la felicitación?
Laia le miró de súbito.
- Si, gracias por invitarme.
-Bueno, no te ofendas pero la mayoría de mis invitados son pura fachada. Ya sabes, hay que mantener el contacto con gente influyente y cumplir cierto protocolo. Tu familia es imprescindible en este tipo de convenciones sociales.
Laia arqueó una ceja y le miró fijamente, intentando ahondar más en lo que había dicho, pero ese chico era impenetrable.
De pronto, desde un punto alejado del pasillo oyeron una voz. McGonagall se dirigía a ellos, e iba acompañada.
Parecía nerviosa y alterada, como si no pudiera controlar la situación. Para ella todo debía ir sobre ruedas. Su acompañante parecía más tranquilo.
- Señorita Wallravenstein, señor Malfoy. Este joven y yo hemos estado en el despacho de Snape buscando a Saffron Bahn, pero no la hemos encontrado. Nos dirigíamos a su habitación ahora mismo pero hemos pensado que quizás iría a la clase de duelos. ¿La han visto por aquí?
Draco bufó un momento, dando a entender que como iba a ser posible que ellos dos supieran donde estaba Saffron Bahn.
- Quizás ellos no la conozcan, al fin y al cabo no es ni alumna ni profesora, y es de Ravenclaw.
Laia observó a la persona que había dicho eso. Tenía una voz profunda y un poco ronca, con un ligero acento galés. No era tan joven como creía, estaba más cercano a los treinta que a los veinte. El desconocido sonrió cálidamente a ambos prefectos y entonces Laia se fijó en sus brillantes y vivos ojos.
Eran de color turquesa.
Un color marino impactante, en un rostro tremendamente agradable.
Cuando se dio cuenta, la extraña pareja había pasado de largo, en dirección a la habitación de Saffron Bahn. Draco reabrió la marcha mientras Laia giraba su cabeza hacia la parte trasera del pasillo. Iban en dirección a la Torre de Ravenclaw.
“¿Quién es? ¿Qué relación tendrá con Bahn? ¿Habrá estudiado aquí? ¿Cómo se llamará?”
Eran preguntas que se planteaba Laia, junto a otra que, después de recibir la carta, se plantearía continuamente.
“¿Será auror?”
Junto con la incertidumbre de saber quien era y que hacía, el saber que ese hombre pudiera tener una relación íntima con la pelirroja le supuso una sensación tremendamente desagradable.
Nunca, nunca en su vida había sufrido un flechazo tan irracional. Sacudió la cabeza, confiada en que en un rato se le pasaría. Laia era muy pragmática, y esa atracción extraña debía tener alguna explicación lógica, seguro.
Mientras Laia cavilaba, Draco se adelantó unos pasos y abrió las puertas del Gran Comedor. Las grandes mesas estaban preparadas para los duelos.