Durante unos días Laia no hizo más que entrenar. Se dedicó en cuerpo y alma al partido. Solo le turbaba la posibilidad que Lucius Malfoy acudiese al espectáculo.
Durante esos días también había ratificado en persona que Youko Silvara había estado hablando con Snape acerca de Draco. Aunque se juró mantener el secreto -por el momento-, el señor Mafloy no era justamente estúpido, y quizás él mismo descubriera todo el asunto –sobretodo después que Laia le advirtiera sobre el comportamiento de su hijo-.
La mayor novedad de la semana había sido justamente esa noche en la que se había vuelto a colar en el despacho de Snape. Había estado pensando mucho la excusa, tanto si dentro del despacho encontraba al profesor como si encontraba a Bahn. Evidentemente Laia prefería encontrar a Bahn antes que al profesor, pues arrebatarle la llave de los armarios a la joven Ravenclaw no parecía difícil ¡Con lo despistada que parecía!
Pero tuvo una idea mejor.
No le hacía mucha gracia, pero era inofensivo, una broma estúpida. Recordó que unos años antes, uno de los hermanos Weasley le regaló una bolsa de caramelos. Fue una gran estupidez comérselos, pero Laia ignoraba aún que uno de esos malditos pelirrojos se atrevieran a hacer eso a alguien de su familia –se equivocaba-. El caso es que se tomó uno de los caramelos en clase de Transformaciones, y como no podía tolerar que nadie viera como le sangraba la nariz –Y la profesora McGonagall no iba a dejarle salir de clase sin saber que era lo que le ocurría exactamente-, tuvo que engullir toda esa sangre que no sabía de donde venía pero que al final resultó que era un hechizo muy fácil de realizar.
Guardó la bolsa de caramelos durante todo ese tiempo. La tuvo merodeando por su escritorio tres años por lo menos, y esa noche en la Sala Común se le ocurrió que por fin podía serle útil. Miró de reojo a un alumno de primero bastante enclenque, el hermano pequeño de Jack Beardsley, un tipo callado que jugaba como cazador en el equipo de Slytherin y que volaba realmente rápido. Los dos hermanos estaban relacionados familiarmente con los Black, y habían caído siempre en gracia a Snape. Ese niño era la víctima ideal.
Se acercó a él y disimuladamente dejó unos cuantos caramelos encima de la mesa. Nadie la podría delatar, el único testigo estaba dormitando en uno de los sofás. Tampoco el niño se había percatado.
Laia sonrió para sí. El niño tomó uno de los caramelos, el de menta.
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-¡Oh, por Merlín!
El grito aturdido de Bahn se confundía con los lloriqueos del pequeño, que después de tomar el caramelo y ver el horrible resultado había ido corriendo al despacho de Snape a pedirle ayuda.
Laia asomó su cabeza ligeramente de entre la oscuridad y vio salir corriendo a Saffron Bahn con el niño en brazos en dirección a la enfermería. Sonrió abiertamente y llegó andando rápidamente al despacho intentando no hacer mucho ruido.
“Con un poco de suerte se habrá dejado la llave aquí dentro”
Pensó Laia.
El despacho estaba abierto, como evidenciaba la rápida salida de Bahn. Buscó por todas partes la llave, pero no la encontró.
“Mierda”
Laia frunció el entrecejo.
“Pues conseguiré esos ingredientes aunque tenga que destrozar el armario a hachazos”.
Se dirigió furiosa a la habitación de los armarios y... Cual fue su sorpresa al ver que uno de ellos, el más grande, estaba abierto de par en par.
“Curiosas preferencias tiene esa Bahn”.
Evidentemente Laia no era de esas personas que olvidaban cerrar con llave un armario al tener un niño desangrándose al lado pidiéndole ayuda.
Laia sonrió triunfante mientras se acercaba al armario y miraba de refilón el tarro de adormidera roto en el suelo.
“Menuda bronca le va a caer”.
Pero mientras pensaba eso también reconoció que con esta acción, quizás le había regalado a Bahn una bonita coartada, porque evidentemente esos ingredientes que estaba robando, Snape los iba a echar de menos.
“Seguro que incluso cuenta el número de hebras que tiene en su tarro de azafrán”
Buscó todo lo necesario, yerbas extranjeras en su mayoría, pues la poción que necesitaba realizar era de origen azteca. Por fortuna Snape estaba muy bien provisto, y había muchas yerbas mexicanas.
“Raiz de Jalapa... Árnica mexicana... no, esto ya lo tengo pero cojeré un poco por si acaso, Cuachalalate... Salvia divinorum...”
Procuró reordenar el armario para que no pareciera que faltara nada y salió de allí como una exhalación. Estaba completamente segura que conseguiría realizar esa poción, ahora solo era necesario llegar a la sección prohibida de la biblioteca para conseguir la receta.
Con los ingredientes conseguidos, Laia se dedicó exclusivamente al entrenamiento. Los nervios fueron creciendo y creciendo... Hasta que llegó el gran día.
No recordaba la emoción que se sentía cuando se despegaba con la escoba –ella poseía una Platinum, llamada popularmente “La Stradivarius del aire”-. Cuanto más se elevaba y contemplaba el campo, más adrenalina acumulaba, y ese era uno de los pocos momentos en los que no se sentía agobiada.
Roger Davies, el capitán del equipo de Ravenclaw, estaba decidido a ganar por fin la copa. Ese era su último año en Hogwarts y como detalle importante, había ahorrado junto a todo el equipo y había reemplazado las Barredoras por Saetas de Fuego. Cho Chang, a su vez, daba vueltas en el campo junto al equipo de Ravenclaw, intentando dar de si todo lo que pudiera la nueva escoba.
Cuando le tocó dar las dos vueltas a Slytherin, Laia se fijó en la tribuna de los profesores. Lucius Malfoy no había venido. Quizás fuera lo mejor o no podría concentrarse en el partido, aunque un poco de desilusión quizás si tenía. Quienes si estaban era Snape y Youko Silvara, que además de sentarse juntos no parecía que se llevaran muy mal. Junto a Youko se encontraba Remus Lupin, quien escuchaba desconcertado y cansado -pero siempre sonriente- a la profesora Trelawney, quien parecía haber descubierto algo muy importante en su bola, pues no paraba de dar voces alarmantes.
Había dos asientos libres al lado de Snape. A Laia solo se le ocurrió que uno de ellos pertenecía a Bahn.
“La habrá castigado”
Y soltó una risa ante un chiste tan inocente. No, seguramente Bahn sencillamente llegaba tarde.
“Y el otro asiento ¿A quien pertenecerá?”
Al finalizar las dos vueltas se situó ante los aros. Los vítores retumbaban en sus oídos, la emoción no podía ser mayor.
Entre tanto griterío volvió a fijar la mirada a la tribuna. Un asiento ya estaba ocupado. Esa figura le sonaba. Era Charlotte Jenkins.
“Si te fijaras más, te darías cuenta que hay otra persona a quien deberías controlar”
Ahora recordaba las palabras de Lucius Malfoy. ¿Se refería a esa chica salida de la nada sin oficio determinado en Hogwarts? Era claramente sospechoso que además de ser tan misteriosamente discreta –poca gente parecía conocerla en Hogwarts- estuviera hablando con Snape y este pareciera no limitarse a sus típicos monosílabos.
De repente todo cobró rapidez. El partido había empezado.
Exceptuando un choque frontal entre Roger Davies y ella que le valió una descalificación a Slytherin, éste ganó el partido.
Había sido un partido excepcionalmente violento y, sorprendentemente, ésta hostilidad venía en mayor parte del equipo de Ravenclaw. Eso era consecuencia de la desesperación de un equipo que había sufrido dos bajas importantes, sus mejores jugadores: Cho Chang se había fracturado una muñeca al empezar el partido, por lo que tuvo que ser reemplazada, y uno de los cazadores de Ravenclaw fue expulsado por desviar a Draco mientras éste perseguía la snitch.
Roger Davies les había forzado demasiado y eso había hecho mella en el equipo. No hacían bien los pases, perdían oportunidades de oro y continuamente se salían de su posición, por lo que la coordinación y la contundencia propias del equipo de Slytherin acribillaron al equipo contrario y Slytherin ganó con tan sobrada ventaja que cuando Draco pilló la snitch, el contador y la campana que anunciaba cada uno de los puntos se volvieron locos. Los miembros de Slytherin gritaron tanto que ensordecieron los pitidos de las otras tres casas.
Jameson bajó de la escoba exaltado, mientras se dirigía al equipo.
-¡Ni Roger Davies repitiendo curso consigue una victoria contra nuestro nuevo equipo! Más vale que lo deje y se dedique a aprobar las asignaturas que ha suspendido.
Laia se acercó sonriendo a todos y juntos tomaron el rumbo a los vestidores, después de unas cuantas vueltas victoriosas alrededor del campo.
Estaba empezando a lloviznar cuando alguien entró en el pasillo que llevaba a los vestidores de Slytherin.
Una cabellera roja siempre era un contraste en el monócromo mundo de Slytherin. Laia abrió los ojos sorprendida.
“¡Bahn!”
La chica se acercaba con un poco de reparo. Al fin y al cabo era una Ravenclaw adentrándose en terreno enemigo. Pero podría haber sido peor. Podría haber sido Gryffindor.
Laia temía que Saffron Bahn se acercara a ella y le acusara de ladrona, pero para su sorpresa -y tranquilidad-, Bahn se dirigió directamente hacia Jack Beardsley. A él también le sorprendió, ya que la observó extrañado, con actitud desconfiada. Aún así la actitud franca de la chica hizo que Jack llegara incluso a esbozar una educada sonrisa.
Lo que le estuvo diciendo al cazador de Slytherin para que él asintiera tan sonriente Laia lo ignoró, pues las risotadas y los cantos de victoria de su equipo la arrastraron como un río hacia los vestidores. Tampoco pudo percibir como de reojo Saffron Bahn le dedicaba una mirada soslayada.
A saber lo que estaría pensando.