El lunes amaneció como cualquier otro día. O al menos eso creía ella. Había pasado el fin de semana estudiando, parte de la tarde del sábado en el despacho de Snape y el domingo ayudando a Derek con los ejercicios que no entendía.
Saffron tomó su baño matutino, se vistió y bajó a desayunar. Hasta aquí todo bien, era feliz. Hasta que llegó el correo.
Maldito y puñetero correo.
Lo supo en cuanto vio la carta. No le hacía falta mirar quien se la enviaba. De todos modos, decidió asegurarse.
- Mierda- maldijo en voz baja en cuanto vio su nombre. Terminó de desayunar rápidamente y volvió a su habitación.
Unos minutos más tarde, por magia y maravilla de los polvos floo, su cabeza aparecía en la chimenea de Guenolee.
- ¡Saffron!!- dijo ella sorprendida- Cielo, ahora no puedo hablar mucho, llego tarde al trabajo...
- Julius me ha escrito- la interrumpió Saffron.
- Oh, mierda. ¿Y que te dice?- Al parecer Guenolee ya no tenía prisa por irse. Acercó una silla a la chimenea.
- Pues quiere que volvamos... - dijo Saffron con un suspiro.- Maldita sea...
- ¿Y que vas a hacer?- preguntó con curiosidad Guenolee.
- ¡Guenolee!! No voy a volver con Julius. Le tengo mucho cariño pero no... no puedo volver con él. Ahora no.
Guenolee le dirigió una mirada suspicaz. Conocía a Saffron desde que eran niñas y siempre había sabido adivinar lo que escondía. Suspiró, y volvió a hablar.
- Saffron, cariño- dijo suavemente.- ¿Te has planteado que tu obsesión por Snape puede convertirse en un problema? Julius es un buen chico, y te quiere; y Snape es... bueno, ya sabes... Me refiero a que tu crees que estas enamorada de él; pero ¿realmente lo estas? ¿ Crees realmente que puedes tener una oportunidad con él? Y aun en el caso de que lo consiguieras, y estuvieras con él ¿serías feliz?.
Saffron la miró y no dijo nada. Guenolee conocía a Saffron, y sabía que a menudo había que bajarla de su mundo particular y hacerle ver cómo eran las cosas y sus posibles consecuencias. Guenolee la quería como una hermana, y como tal, conocía mejor que nadie sus defectos: Saffron tenía tendencia a ver las cosas despreocupadamente y a creer que la gente era mejor de lo que realmente era. Veía solo el lado bueno de las cosas, y confiaba ciegamente en cualquiera.
- Ya lo he pensado, Guenolee- dijo Saffron seriamente- Lo he pensado. Sinceramente, no tengo ni idea de porqué me atrae Snape. Somos tan distintos, Guenolee... A veces pienso que lo único que necesita es tener alegría en su vida; Pero otras... ya no sé ni lo que pienso. Lo único que se es que, cuando me roza, aunque sea levemente me siento diferente. Julius nunca me hizo sentir así. Ni en años. No puedo volver con Julius para olvidar a Severus. No sería honesta, ni con él, ni conmigo.
Guenolee asintió lentamente. Maldecía no estar con Saffron en ese momento. Ella iba a necesitar todo la ayuda posible.
- Escúchame atentamente Saffron. No puedes echarte encima el cargo de hacer feliz a Snape. Sobre todo si el no está dispuesto, por que lo único que hará es convertirte en una desgraciada, y no lo voy a consentir. Y tampoco puedes estar toda tu vida esperanzada a que él te diga algo, una palabra amable, o un simple roce. No malgastes tu vida con gente que no te merece, Saffron.
- Ya- dijo simplemente Saffron.- Estoy hecha un lío... te echo de menos Guenolee... ojalá pudieras venir a verme.
- Si, iré a verte en cuanto pueda, te lo prometo. Y ahora me tengo que ir!! Llego tardísimo!!- Guenolee se puso de pie rápidamente- Muchos besos, corazón. Y no le des muchas vueltas al tema, ¿eh? Que te conozco... esta noche o mañana hablamos, ¿vale?
Saffron se despidió, y sacó la cabeza de la chimenea. Escribió rápidamente una respuesta y fue derecha a la lechucería. Pasó el resto de la mañana en la biblioteca, incapaz de prestar mucha atención a lo que estaba leyendo.
Guenolee, como tantas veces, tenía razón. No tenía ninguna razón de peso para que le gustara Snape: el no era guapo, no era amable... entonces ¿qué? ¿Qué era? Lo que había comenzado como un tonto enamoramiento de quinceañera, iba camino de convertirse en un problema crónico. Pero sus manos... Merlín, las manos de él, cada vez que la rozaba; su voz, cada vez que pronunciaba su nombre... aquello no era, no podía ser sano...
Comió poco.
- ¿Estas bien?- le preguntó Helena alarmada. Ella contestó afirmativamente, e intentó sonreír y hablar mas, como era costumbre en ella.
Por la tarde, se sintió reacia acudir al despacho de Snape. Estuvo tentada de mandarle un mensaje, y decirle que no podía ir. Cualquier excusa serviría: que se sentía indispuesta, por ejemplo. Realmente, su estado no era el mejor.
Finalmente, decidió que sería mejor ir. No había nada que realmente la justificara (ante ella misma) para no ir. Así que se arregló (no mucho), se peinó (dos simples trenzas), y marchó hacia las mazmorras.
Ocurrió algo curioso. Al principio no le dio importancia, pero conforme se acercaba, su curiosidad aumentó. Primero no podía ver quienes eran, pero cuando casi estaba a su altura, lo vio claramente: ese pelo tan rubio, tan parecido entre sí... en uno de los pasillos laterales, bajo una arcada, estaban hablando Youko y Draco Malfoy.
“Demasiado cerca” pensó Saffron, pero no siguió mirando. No tenía interés en que la llamaran chismosa. De todos modos, ellos no parecieron darse cuenta de su presencia.
Como una especie de ironía divina, Snape parecía estar inusitadamente amable aquella tarde. No solo apenas le gritó, si no que incluso trató de conversar con ella. Poco a poco, Saffron fue volviendo a su estado natural.
Es decir, hablar por los codos y reír con casi cualquier cosa.
- ¿Por qué siempre estas bebiendo algo?- preguntó curioso cuando ella conjuró té para los dos.
- Bueno, dicen que hay que tomar más de dos litros de líquido al día... - aseguró ella.
- ¿Ah sí? ¿Quién lo dice?
- Mi dietista- dijo ella distraídamente.
Snape la miró sorprendido. Pues claro, como había podido olvidarlo. Saffron era hija de sus padres. Y los Bahn no solo eran famosos por sus diseños de ropas, si no también por sus extrañas costumbres. Los ricos siempre podían permitirse ser excéntricos. Snape volvió a mirar a Saffron. Una chica que podía tener lo que desease. O al menos eso le parecía a el. Y sin embargo, nunca la había visto darse aires de grandeza, ni pavonearse delante de los demás. Se preguntó que clase de personas serían sus padres; el tipo de persona que era capaz de criar a una hija con todo tipo de lujos, y que no estuviera malcriada; mimada, tal vez, pero solo desde el punto de vista afectivo.
Saffron era una persona muy... como lo diría... muy “física”. Él la había visto besando y abrazando a muchos de sus compañeros. Además, era desconcertante su amplio uso de apelativos cariñosos; así como la necesidad de tocar continuamente a la persona con la que estuviera hablando.
Definitivamente desconcertante.
Unos toques en la puerta lo sacaron de sus pensamientos.
- Adelante- dijo él con voz neutra- la cabeza de un muchacho se asomó al despacho.- Pase Jameson.
- Profesor, tiene que venir enseguida. Ha habido un problema con la contraseña y... - entonces vio a Saffron. Su expresión se volvió desconfiada- Y, bueno, necesitamos su ayuda...
Snape asintió, poniéndose en pie.
- Vuelvo enseguida- le dijo a Saffron- Continua con la poción, aun le queda un buen rato.
Saffron asintió. Cuando terminó de tomarse el té, se puso de nuevo con la poción. De nuevo, unos golpes en la puerta. Ella se acercó para abrir, y decirle a quien fuera que Snape no estaba allí.
- Señor Malfoy!- dijo ella con sorpresa, al encontrar a Lucius Malfoy ante la puerta del despacho.- El profesor Snape no está ahora mismo, pero si quiere que le diga algo...
- No, querida- dijo el untuosamente- Le esperaré yo mismo.
Saffron se encogió de hombros, y le dejó pasar. Ella se volvió hacia la poción. No se dio cuenta de que él cerraba la puerta.
- Últimamente pasas mucho tiempo aquí, ¿no?- preguntó el elegantemente, la voz sedosa, con un tono perfectamente casual, la sonrisa encantadora.
- Si- dijo ella sonriendo educadamente- Estoy haciendo mi trabajo de fin de carrera, y el profesor Snape me está ayudando.
- Ya veo- dijo el simplemente- No lo sabia.
A Saffron le pareció ver un destello de cólera en sus ojos, pero no le dio importancia. Por otro lado, ¿por qué tenía que saberlo?.
Ella no se dio cuenta de lo cerca que él estaba hasta que volvió a hablar.
- Así que te está ayudando... - ella asintió, un poco incomoda por la cercanía de el. Ella dio un respingo cuando el se pegó a su espalda, y le susurró al oído- ¿También te ayuda por la noche en el bosque?.
- ¿Qué?- fue lo único que acertó a decir. Se dio la vuelta nerviosa, quedando cara a cara con él.
- Sabes perfectamente de qué estoy hablando, Saffron- él estaba tan cerca que su respiración le erizaba el pelo de la nuca. El se acercó aun más, acorralándola contra la mesa- Sé que no eres tonta, preciosa.
Saffron respiró trabajosamente, por el pánico. Un Malfoy enfadado no era para tomárselo a broma, y el que tenia casi encima estaba empezando a enfadarse.
- ¿Qué es lo que viste, Saffron?- la voz de el seguía siendo melosa, pero ahora con un tono de dureza no muy bien encubierta.- ¿Eh? ¿No me lo vas a decir? ¿Qué es lo que viste?
- No... yo no vi nada- Saffron estaba a punto de echarse a llorar, y rezaba para que entrara alguien, quien fuera, en el despacho.- Se lo juro, no vi nada...
Pero no entraba nadie.
- No sé si creerte, Saffron- dijo el maliciosamente. Puso ambas manos a cada lado de ella, de modo que quedaba atrapada entre él y la mesa. Podía oler el miedo y el nerviosismo en ella. Sonrió satisfecho.- Mírame, Saffron. Mírame, y dime que no viste nada.
Ella se obligó a sí misma a controlar su miedo, y mirarle a la cara. Desde luego, ver, no vio nada, pero ella recordaba haber escuchado gritos aquella noche. Snape le había preguntado lo mismo.
- N.. No vi nada- ella deseó fervientemente que la creyera. Él asintió lentamente.
- ¿Sabes? Te creo, Saffron. Tu siempre has sido una buena chica ¿Verdad que sí?- ella asintió vigorosamente, asfixiada por el pánico. Él continuó- Claro que sí. Por eso, no le vas a decir nada de nuestra pequeña conversación a Severus. Ni una sola palabra. A no ser, claro, que quieras jugar con fuego. Y tu no quieres quemarte, ¿verdad? Claro que no... una chica preciosa como tu... sería una lástima que le ocurriera algo... ¿Me tienes miedo, Saffron?
Él le acarició levemente una de las manos, y ella la apartó como un resorte. No podía más, estaba a punto de explotar. Sentía un nudo en la garganta y una losa en el estómago, las lágrimas quemándole tras los párpados.
Y en ese momento, se abrió la puerta del despacho. Dejando paso a Snape y a Wallravenstein. La expresión de ambos cambió por completo cuando vieron a Saffron y a Lucius. Saffron miró a Snape con infinito agradecimiento reflejado en sus enormes ojos azules. Y sin embargo, se sintió desesperanzada cuando lo único que vio fue furia en los ojos oscuros del profesor.
- Ah, Severus- dijo Lucius sonriente, apartándose lentamente de ella. Saffron huyó todo lo lejos posible de el, dándole la espalda.- Te estaba esperando. Aquí está todo. Escríbeme cuando hayas llegado a una conclusión. O mejor no te preocupes, vendré de vez en cuando por aquí.
Saffron dio un respingo, pero nadie mas que Laia pareció darse cuenta. Lucius le entregó a Severus un sobre. Saffron solo esperaba a que se fuera. Era lo único que pedía en ese momento. No parecía darse cuenta de las miradas furibundas que le dirigía Laia. Al fin, Lucius se fue. Laia pareció decir alguna disculpa y también se fue. Había olvidado un libro, o algo así. A Snape no pareció importarle mucho que se fuera, y a Saffron mucho menos.
Cuando al fin quedaron solos, Saffron se atrevió a mirarle. Él parecía muy ocupado leyendo lo que le había entregado Lucius. Saffron no se fijó en que sus manos estaban crispadas. Ella calibró si decirle algo de la conversación o no. Lucius la había amenazado formalmente; y ella sentía demasiado terror. Decidió que era mejor no decir nada y olvidar el tema.
Intentó continuar con la poción, pero no pudo. Sus manos temblaban inconteniblemente, y se sentía como si estuviera completamente hueca. Sentía deseos de llorar, pero la misma tensión se lo impedía. Sin querer, tiró un libro al suelo.
- TENGA MAS CUIDADO!!!- Snape pareció explotar. Ella casi podía sentir como la ira crecía dentro de el.- ¡¿es que siempre tiene que hacerlo todo mal!? Váyase, aquí solo estorba.
- P... pero yo no...
- LE HE DICHO QUE SE MARCHE!!- Él estaba completa y absolutamente enfadado. Fuera de sí. Ella no comprendía el motivo. Estaba demasiado destrozada psíquicamente en ese momento como para intentar siquiera comprenderlo.
Parecía que estuviera bajo shock, ya que ni siquiera los gritos la hicieron reaccionar. Solo salió del despacho, y corrió todo lo que pudo hasta su habitación. Lo único que faltaba era que se encontrara con Malfoy en el pasillo...
Solo cuando llegó a su habitación, pudo tranquilizarse. Se dejó caer en la cama, y tapándose simplemente con la colcha, lloró hasta que se quedó dormida.
Mientras tanto, Severus Snape, en su despacho, estrellaba contra el suelo lo primero que tenia a mano, que resultó ser un tarro de algas, y rompía furioso la carta de Lucius Malfoy.
- Maldito sea- maldijo para sí mismo, mientras cerraba los ojos, y se golpeaba con fuerza la cabeza contra el respaldo de la silla.