Laia descendió de las alturas entumecida por el frío. No recordaba que los entrenamientos de quiddich en plena madrugada fueran tan duros. Las bajas temperaturas no eran lo único que la había atormentado, también los golpes de la quaffle cuando no la había podido parar más que con el cuerpo.
Había sido un principio de mañana desagradable. Jameson, el eterno perdedor como prefecto, había estado simpático, pero sus amigos de Ravenclaw, Hufflepuff y Gryffindor, le estaban dando una buena mañana. Habían hechizado objetos por todo el colegio, y cuando Laia pasaba ante ellos gritaban “¡Tongo! ¡Tongo!”, en relación al resultado de las elecciones el día anterior.
Es más, algunos de sus amigos de Gryffindor -la peor casa en cuanto a bromas- habían hechizado las escaleras móviles para que cuando Laia las pisara no se movieran cuando debían moverse o se movieran cuando no debían hacerlo. Con ese problema, Laia llegaba tarde a todas partes.
De acuerdo, Jameson como prefecto sería excelente, pero ella no lo hacía mal, tenía dotes de liderazgo y provenía de una familia de premios anuales y cum laude. ¡Sabía como hacer las cosas!
Pero lo que no sabían es que ella no había truncado las votaciones. Era prefecta porque así lo querían en Slytherin. Los motivos los ignoraba, pero esa era la verdad.
Todos creían que ella tenía motivos para hacer trampas en las elecciones. Sabían que ella se sentía obligada a mantener el listón alto de su familia. Debía ser prefecta, premio anual en séptimo y... capitana de quiddich. Esto último se le escapaba. Ese maldito McGuillan siempre en el titular ¡Suerte de su alergia a los gusarajos! ¡No podía desaprovechar esta buena jugada del destino!
Al terminar el entrenamiento se dirigió a su habitación corriendo. Abrió el baúl y sacó de él la lobalia, escondiéndola en la túnica de quiddich. Luego bajó a las cocinas. Allí estaba su elfo doméstico Binky.
- ¡Binky!
El elfo pegó un salto.
- ¿Tienes la infusión que te pedí?
Binky asintió efusivamente y le pasó una pequeña bota medio llena de agua hirviendo. Laia la abrió y la olió. Allí, dentro del agua caliente, había ciertos elementos a los que debía añadírsele la lobalia. No era una poción peligrosa... solo molesta. Laia abrió el sobrecito con la lobalia y lo vertió.
Antes de la comida tenían todos una media hora de descanso. Entonces iría a hacer una visita a McGuillan.
Por suerte los hechizos que habían lanzado los amigos de Jameson por todas partes iban menguando, y ahora solo se oían susurros cansados y esforzados. Otros objetos estaban tan débiles que ya sin poder hablar le echaban pedorretas o la abucheaban. A Laia ya no le importaba, subió las escaleras, que ya la trataban igual de mal que al resto de los alumnos -ya no peor- y entró en la enfermería.
McGuillan se encontraba en la última cama, cerca de la consulta de la señora Pomfrey. Parecía mortalmente aburrido, y lo más importante es que estaba solo. Se acercó lentamente a él e intentó sonreírle.
Cuando McGuillan la vio, no pudo evitar una sonrisa bobalicona.
“¡Oh, por favor!”
- Ho... hola Laia...
Laia alzó la varita e hizo aparecer una silla ante la cama de McGuillan, donde se sentó.
- Hola McGuillan.
McGuillan bajó la mirada avergonzado. Laia aprovechó la oportunidad para vaciar con un golpe de varita el contenido de la infusión que tenía el chaval encima de la mesita.
- Oh, vaya ¿Te has quedado sin infusión? Justamente te traigo una muy buena que te ha hecho mi elfo doméstico en las cocinas.
McGuillan la miró sonriente y esperanzado.
“No te hagas ilusiones, imbécil”
Pensaba Laia.
Abrió la pequeña bota y vertió su contenido en la taza de infusiones de McGuillan. La tapó cuidadosamente. Luego se la cedió, diciendo.
- Sabes... Estás muucho mejor de la cara McGuillan.
McGuillan enrojeció hasta tal punto, que solo pudo beber para disimular el bochorno.
- Está muy rico.
- Claro -dijo Laia con una sonrisa encantadora.
Una vez tomada la infusión, Laia le hizo el favor de devolver la taza a la mesilla, pero a medio camino se le cayó ¡Estaba muy caliente! e hizo que ésta cayera al suelo, rota en mil pedazos.
- ¡Ay! Lo siento McGuillan. Ahora lo recojo.
Y de un golpe de varita, desapareció cualquier rastro de la infusión.
Al salir de la enfermería, cualquiera pudiera haberse sentido aquejado por los remordimientos. Ella negó con la cabeza.
No, no se sentía culpable. Le había hecho a McGuillan el mejor regalo que pudiera hacerle... Honrarle con su presencia. El chico estaba locamente enamorado de ella. Se pondría un poquito enfermo... pero sería feliz. Y ella por fin sería guardiana... por lo menos para el partido Slytherin-Ravenclaw.