Salió del despacho de Snape y se recostó contra la pared. ¿Qué hacía la hija de los Bahn en el despacho del profesor de pociones?
Separó los brazos de su cuerpo y miró detenidamente la bolsita de yerbas y el bote que había conseguido coger.
“No está todo”
Para una poción si tenía, pero para la otra...
Lo guardó todo en los bolsillos de su túnica y apretó a correr, con el corazón saliéndole del pecho.
“¿Y si Bahn se lo decía a Snape? Al fin y al cabo esa era su obliga...”
Una sombra apareció ante ella y del impacto rebotó hacia atrás. Laia cayó al suelo y se quejó en su fuero interno, frotándose el moratón que ya tenía de la cena anterior. Miró al frente para ver con quien había chocado.
Youko Silvara estaba sentada en el suelo, tocándose también la frente, y mirando por debajo de su mano quien había sido la persona que la había tirado. Sus ojos fulminaban.
- Ya que está tan observadora últimamente señorita Wallravenstein, por lo menos podría mirar por donde anda. Las armaduras puede que no se quejen demasiado pero yo si.
Laia abrió bien los ojos ante una aclaración tan contundente y directa, y aún en el suelo, siguió con la mirada a Silvara, mientras ésta se adentraba más y más en las mazmorras.
Volvió la vista al frente y susurró, sorprendida:
- Menudo nervio.
Se levantó y, asegurándose que tenía bien guardados los ingredientes que necesitaba para las pociones, siguió alejándose de las mazmorras, esta vez andando tranquilamente.
Durante la cena tomó una determinación. Podía empeorar la situación, pero tenía que saber que hacía Bahn en Hogwarts y si tenía intención de contarle su intrusión en el despacho a Snape.
Salió del Gran Comedor justo antes que saliera Bahn y se dirigió hacia la sala común de Ravenclaw. No sabía si Bahn se dirigiría allí o volvería a las mazmorras, pero decidió probar suerte.
Se sentó en un banco del pasillo y esperó pacientemente. De pronto oyó voces lejanas. Se levantó y se escondió tras una arcada, escuchando con atención. Era una conversación. Más que una conversación, parecía un monólogo de Saffron Bahn.
- Bueno, esa poción es fácil, no te preocupes. Si tienes algún problema puedo enseñarte algunos trucos que me han servido de mucho para obtener buenos resultados.
Se oyó una tímida respuesta de lo que era sin duda un chaval. Se despidieron y por fortuna, el chico volvió por donde había venido.
Laia siguió escuchando y, cuando los pasos estaban ya lo suficientemente cerca, agarró la túnica y la empujó con determinación hacia donde estaba ella.
- ¡Aaaaaahhh!
La ravenclaw soltó un grito ensordecedor mientras miraba en todas direcciones intentando descubrir quien había tirado de ella tan bruscamente.
Ante ella aparecieron los sobresaltados ojos negros de Laia, instándola al silencio.
- Shhh... –Laia la miró fijamente y miró en todas direcciones, esperando que nadie se asomara a curiosear. Continuó, casi en un susurro:
- Oye...
Laia la evaluó y escudriñó en sus ojos azules, que la miraban sorprendidos.
- Oye... Bahn. –frunció el ceño- ¿Puedo saber que hacías en el despacho de Snape?
Saffron la miró con una expresión de desconcierto absoluto.
- ¿Por qué quieres saberlo?
Dijo sonriendo.
Justamente era Laia la que no debía estar hurgando en las estanterías de Snape sin permiso.
Saffron mantuvo su sonrisa, se apartó un poco de Laia y comenzó a explayarse, recorriendo un poco el pasillo.
- Verás, estoy en Hogwarts para realizar mi trabajo de investigación. Estoy estudiando Pociones Curativas. Bueno, al principio iba a realizar un estudio centrado en otro tema que no pudo llegar a ser. Estoy yendo al despacho de Snape... mejor dicho, espero ir a su despacho regularmente, para que me enseñe y me guíe en este trabajo. Quiero hacerlo lo mejor posible, y Sev... el profesor Snape es el mejor en ese campo.
Al terminar, sonrió alegremente a Laia, que estaba situada en un sombrío rincón, completamente desconcertada. La chica pelirroja continuó:
- ¿Ya has encontrado al profesor?
Laia se sobresaltó ante la pregunta de Bahn.
- Ehh... ¡Si! Si, pero no le he dicho nada. No. Al final... es que en la última clase de pociones me equivoqué y gasté demasiado... demasiada... damiana. Estaba buscando damiana, pero da igual, ya me han prestado.
Laia calibró el efecto que su patética excusa había causado en Bahn. Ésta la miraba con los ojos un poco abiertos.
“¿A que no se ha creído nada?”
- Ya... –asintió lentamente Bahn.
Laia se alteró.
“No se lo ha creído”
Laia se acercó a Saffron y le dirigió una de las más terribles miradas de sus ojos negros mientras adoptaba una actitud amenazante -y algo desesperada-.
- ¿Qué le dirás a Snape? ¿Qué he estado curioseando o algo por el estilo? ¿Crees que creería antes a alguien de Ravenclaw que a una prefecta de su propia casa?
Saffron sonrió no muy convencida. Estaba un poco impresionada por el carácter amenazador de Laia.
- No, supongo que a mi personalmente... no me haría mucho caso.
Bahn miró a Laia de soslayo.
De pronto se oyó un ruido y unos pasos que se acercaban. Laia observó a Saffron por última vez. Aún le quedaba la duda de su silencio. Bahn había jugado con la ambigüedad, no sabía si queriendo o sin querer, pero lo había hecho.
"¡Bah! La chica no parece una soplona, pero hay algo en su voz... algo extraño."
Laia no supo averiguar que, pero no le gustó. Cruzó el pasillo y deshizo el camino.
Cerró los ojos exasperada mientras se dirigía a la sala común.
“Oh genial, y encima le he dicho que buscaba damiana, que es para la impotencia sexual.”
Sacudió la cabeza y se dirigió con paso decidido a la sala común.
Jameson la estaba esperando en la entrada de la sala, sonriéndola.
- Felicidades.
Y le dio un toque en la espalda.
Laia ya se imaginó el porque de la felicitación. Había vuelto a ser elegida como prefecta, seguro. No estaba en condiciones anímicas para celebrar una victoria electoral. Estaba un poco mareada y todas esas caras del interior de la sala parecían flotar. Había muchas manos que se le acercaban con intención de felicitarla. Sonrió a todos y se disculpó, quería acostarse, olvidar este día tan largo y tan accidentado.
Se sentó en su cama y se descalzó. Ella sabía que volvería a ganar. Jameson no tenía posibilidades ante un Malfoy y una Wallravenstein. En Slytherin lo importante era un buen apellido, y Jameson... Todos en la casa sospechaban que procedía de una familia obrera irlandesa, y eso no era algo de lo que presumir allí. Algunos en Slytherin le llamaban Weasley, relacionando esa familia de hermanos tan numerosa con la facilidad en que los irlandeses tenían hijos.
Laia se sacó la túnica y rebuscó en los bolsillos. Allí estaban:
La drosera –o lobalia-, estaba metida cuidadosamente dentro de un sobre pequeño. Creía recordar que la usaba Snape para la poción mata-lobos de Lupin. No había cogido demasiada, solo un sobrecito. No tenía la intención que Snape se quedara sin ingredientes a la hora de aplacar a un hombre-lobo.
Luego cogió el botecito y lo sacudió bien. Era arnica, inmersa en un líquido para mantenerla en buen estado. Era una planta terriblemente delicada si se exponía demasiado rato fuera de ese asqueroso líquido.
Guardó ambas yerbas en una caja fuerte, la cerró con un hechizo y la guardó en un cajón de su mesilla de noche.
Se acostó en la cama y empezó a pensar en el día que había transcurrido. La entrevista con el secretario del señor Malfoy le había afectado mucho. Había estado notablemente nerviosa durante todo el día.
“Estoy perdiendo el control.”
Si, todo lo que le había sucedido durante esa interminable jornada era un buen ejemplo de ello. Cerró los ojos e intentó dormir.
Debía estar despejada al día siguiente. Tenía que causar una buena impresión durante el entrenamiento de quiddich.