Aquella mañana, Saffron se despertó inusitadamente alegre. Hablar con Guenolee la noche anterior había hecho que se le aclararan muchas cosas. Lo primero que hizo nada mas levantarse fue descorrer las grandes cortinas, para que el sol saliente entrara en la habitación. Ein continuaba durmiendo en la cama y Saffron estaba abriendo el grifo de la enorme bañera cuando llamaron a la puerta.
- Un segundo- gritó ella, y corrió a ponerse una bata encima del camisón. Sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando, tras abrir la puerta, se encontró a Snape de frente.- Profesor... - fue lo único que atinó a decir.
- Buenos días, señorita Bahn- dijo agriamente Severus Snape- ¿Puedo pasar?
-Por supuesto- dijo Saffron desconcertada, abriendo la puerta del todo.- Disculpe el desorden, pero me acabo de levantar, y aun no me ha dado tiempo a arreglar nada...
Snape penetró en la habitación, y durante unos minutos permaneció en silencio, observando todo al detalle. La habitación tenía el sello inconfundible de Saffron Bahn: al lado de la enorme cama, se encontraba una pequeña mesa de estilo japonés, con un florero cargado. Justo debajo de uno de los ventanales, había un escritorio atestado de libros; y, repartidos por la habitación, diversos muebles de estilo árabe. En una de las esquinas del techo, flotaban unas pequeñas lunas y soles de porcelana. Snape identificó un olor ligeramente dulzón como el proveniente de unos pequeños incensarios colgados en diversos puntos del techo.
- No, Ein, deja al profesor... -la voz de Saffron lo trajo de vuelta al verdadero motivo de su visita. Lanzó una furibunda mirada al gato, que se alejó decepcionado por su poca calurosa bienvenida. La mirada interrogante de ella le hizo finalmente hablar.
- ¿Puedo ver sus manos, señorita Bahn?- Era evidente por la desconcertada mirada de ella que no tenía ni idea de a qué venía aquello. Aun así, ella asintió, mostrándole ambas manos con las palmas hacia arriba.
Cuando él cogió las manos de Saffron entre las suyas, no pudo dejar de observar que ella temblaba ligeramente. Pasó sus pulgares por su palma lentamente, preguntándose por qué nunca se había dado cuenta de lo pequeñas que eran sus manos.
- ¿Va a adivinarme el futuro, profesor?- preguntó ella en voz baja. Él clavó su mirada en los enormes ojos azules de ella, lo que hizo que se sonrojara y apartara la mirada. No contestó y prosiguió su inspección. Sin embargo, la mirada y la voz de ella habían hecho que crispara imperceptiblemente las manos, aumentando la presión sobre las muñecas de ella. ¿Adivinarle el futuro? Que ocurrencia. En todo caso, el pasado: el líquido en el que se sumergía la árnica dejaba unas manchas rojizas y alargadas a quien lo manipulaba. Estas manchas se marchaban pasadas unas horas, por lo que tenía el tiempo justo para saber si había sido ella quien había robado la árnica.
Continuó su examen, observando detenidamente cada centímetro de sus manos. Le dio la vuelta, para ver el dorso, y ella se dejó hacer como una niña buena. Recorrió cada uno de sus dedos lentamente con sus hábiles manos. De repente, los dedos de ella, al parecer inconscientemente, aprisionaron sus manos durante unas centésimas de segundo, respondiendo a una caricia que no era tal. Snape sintió un escalofrío, y se vio tentado de apartar sus manos, pero no lo hizo. Ella, al parecer, no se había dado cuenta, observando fijamente el sutil baile de sus manos con los ojos agrandados por el desconcierto.
Por un momento (que a él le parecieron años), Snape solo pudo fijarse en ella, en camisón, con una bata china encima, y el pelo rojo despeinado cayéndole a ambos lados de la cara. Continuó con las manos uniéndole a ella aun cuando sabía de sobra que el examen había concluido.
Súbitamente, él apartó sus manos. ¡Por Merlín! ¿Qué demonios estaba haciendo?.
- Le aconsejo que se dé prisa si quiere llegar al desayuno, Señorita Bahn- dijo y, no sabía porqué, la voz le quebró un poco. Ella asintió sin decir nada, visiblemente turbada; y cuando quiso darse cuenta, Snape ya se había marchado.
- Ahhhhhh, me he muerto, Ein- dijo suspirante dejándose caer encima de la cama, preguntándose si sería posible bañarse sin volver a mojarse las manos nunca más.
Ya fuera de la habitación, Snape se preguntó qué pensarían si alguien lo viera salir de allí a aquella hora. Segundos más tarde, se dijo que al cuerno con lo que dijeran, los rumores de pasillo no iban con él. De camino al Gran Comedor, continuó pensando: Era evidente que Saffron Bahn no había tocado la árnica (“como bien has comprobado tu mismo” le dijo una vocecilla impertinente en el interior de su cabeza). Entonces... ¿quién había sido? ¿Quién mas había tenido acceso a aquel armario el día anterior?
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Mas tarde, debido al buen tiempo, Saffron decidió salir a leer fuera del castillo. Eligió un lugar cerca del lago, al lado de un enorme árbol, disfrutando del sol que ya empezaba a ser menos caluroso que antes. Evidentemente, leyó poco (apenas abrió el libro), y pensó mucho en lo que había ocurrido aquella mañana. Que el profesor Snape se hubiera presentado en su habitación, habría bastado para dejarla en estado catatónico durante el resto del día. Pero que encima le hubiera cogido las manos de aquella manera... ¡por Merlín! Por un momento, mientras él sostenía sus manos entre las suyas, ella creyó que iba a desmayarse. Había sido tan raro... una sensación extraña le había invadido mientras él le cogía las manos, como si del mundo se hubiera detenido.
Estaba sumida en sus pensamientos, que no oyó llegar al hombre.
- ¿Puedo sentarme?- preguntó Remus Lupin amablemente.
-¡Por supuesto, profesor!- dijo ella alegremente, la sonrisa bailándole en los ojos.- ¿No tiene clase?
- Tenía un momento libre, y quise aprovechar para salir un momento- ella asintió, y le pareció que él estaba dándole vueltas a algo en la cabeza. Él preguntó de nuevo- ¿Estas leyendo?
- No mucho, la verdad- dijo ella riéndose, y el también rió. A ella le pareció que no hacía aquello muy a menudo, y sintió una punzada de lástima- No, la verdad es que no... estaba pensando...
“Te comprendo” dijo él, y los dos se quedaron en silencio. Obviamente, él estaba preocupado por algo, pero Saffron no se atrevió a preguntarle el motivo.
- Profesor... - la voz de ella era vacilante. Él fijó la vista en ella- ¿Alguna vez ha estado enamorado de una persona y no le han hecho caso? ¿Y todo lo que usted hacía era malinterpretado por la otra persona?
Remus Lupin carraspeó y comenzó a hablar tartamudeando ligeramente.
- Esto.. Pues.. la verdad... bueno, yo... - por fin, pareció que tomaba un poco de valor, y dijo- bueno, si esto es algún tipo de declaración, yo...
Saffron se puso de un bonito color rojo encendido, y sus ojos se abrieron desmesuradamente por la sorpresa.
- NOOOOOO, estooo, no, no profesor, yo no... - y parecía que no atinaba con las palabras- es decir, yo no me refería a usted.. noo, noo... y no es que usted no lo merezca, pero yo no...
Remus respiró ligeramente aliviado, e intentó calmar a la turbada muchacha. Saffron casi se atragantó por la sorpresa... ¿Porqué siempre le tenían que pasar aquellas cosas a ella? Se sonrojó violentamente, cavilando en lo que Remus Lupin estaría pensando de ella en ese mismo instante. Lo cierto es que Lupin no hacía sino sonreír, envidiando aquella frescura que irradiaba la joven.
- Bien, aclarado ese punto- dijo él riéndose aun- te diré que no te desesperes. Tu tienes encanto mas que suficiente como para hacer que cualquiera se fije en ti. Y si no se fija en ti, es que es un pobre idiota que desde luego no te merece.
Saffron lo miró entre sonrojada y agradecida. Su puso en pie para marcharse, sacudiéndose la hierba del vestido, y poniéndose de nuevo el gorro.
- Profesor... - le dijo cuando estaba a punto de marcharse, con voz seria- ¿le duele mucho?
Remus Lupin supo al instante a qué se refería. Su expresión se volvió una mezcla de tristeza y seriedad.
- Más de lo que te puedes imaginar...
Saffron asintió tristemente; y cuando ya se estaba alejando, un repentino impulso cariñoso, le hizo volverse y besar ligeramente a Lupin en la mejilla.
- Es usted una gran persona, profesor Lupin- le dijo en voz baja a un muy sorprendido Remus.
Ella se marchó, sin volver la vista atrás. Él la vio alejarse, preguntándose cuando había perdido él aquella inocencia, o si acaso la había tenido alguna vez.