A clase de Transformaciones llegaba tarde, veinte minutos para ser exactos. Entonces ¿Para que correr? Menuda prefecta. A ese paso dejaba de serlo. En realidad estaban por echar a uno de los existentes. Había tres prefectos en su casa. Bueno, Jameson era vocal, pero tenía las mismas obligaciones que un prefecto –nació para mandar, éste-. Y ese verano, por lo que fuera, no había recibido notificación alguna que le aseguraba, un año más, el puesto. Muchos problemas hubo en Hogwarts el curso anterior. Eso había mencionado Snape el día anterior en la reunión de prefectos. Había un desajuste considerable.
Laia hizo una valoración de las posibilidades. A Draco no podían echarlo fuera ¿Cómo iban a hacerlo? A Jameson podrían, pero cumplía con las obligaciones de prefecto de buena gana. Era evidente que la que estaba en desventaja era ella.
Tan concentrada estaba que no había visto que ya había llegado a la clase de Transformaciones. Inspiró profundamente, se relajó –las miradas asesinas de McGonagall eran las peores del profesorado- y abrió la puerta.
Por fortuna estaban haciendo una clase práctica, y todo el alumnado estaba rodeando a McGonagall, observando con atención el interior de una pecera. McGonagall se fijó en como Laia encontraba disimuladamente un hueco para mirar, pero obvió la tardía intromisión y siguió con la clase.
- Cómo veis, esta trucha ha muerto. Bien, pues hoy intentaremos transformar un animal muerto en otro vivo, con la dificultad añadida de tener como obstáculo el agua.
María se situó al lado de Laia y susurró.
- Diez puntos menos cada diez minutos para Slytherin por el retraso de su prefecta. Lo ha dicho al principio de la clase.
Veinte puntos menos. Laia suspiró resignada. Si, este año dejaría de ser prefecta.
Después de Transformaciones tocaba Pociones. Laia se dirigió a las mazmorras, después de despistar a la pesada de María. Llegó relativamente puntual, a pesar de la lentitud de sus pasos –menudos ánimos llevaba hoy-. Se asomó a la clase. Allí estaban otra vez. Los gryffindor. Dos clases con Gryffindor. Eso no era algo que mejorara el pésimo día que estaba teniendo.
Entró en la clase y se sentó en un lugar discreto. No estaba de humor para nada. El profesor entró, se acercó a su mesa y se volvió para mirar a sus alumnos.
- Como es el primer día de clase, y por petición del director, hoy vais a asistir a una pequeña charla sobre Magia accidental. Os presento a la señorita Charlotte Jenkins, del Ministerio de Magia, experta en Equipos de Reversión de Magia Accidental.
Laia vio como una chica joven de cabello rubio se acercaba a la tarima, mientras Snape se mantenía en un discreto segundo plano, situándose al final de la clase.
Resulta que esa chica había viajado bastante y había obtenido muchos conocimientos. A Laia siempre le había interesado la idea de viajar por el mundo mientras aprendía cosas. Luego escribiría un libro sobre ello y quizás ganaría una merecida fama.
Charlotte Jenkins habló de cómo se podía beneficiar uno de la magia, aún siendo accidental. También habló de pociones. Eso hizo que Pansy, que estaba sentada detrás de Laia, susurrara.
- Pues entonces incluso Longbottom puede beneficiarse de la magia. Al fin y al cabo siempre se accidenta con las pociones.
Se oyeron las risitas de sus inseparables amigas. Laia tampoco pudo evitar una sonrisa. Era cierto, ese gryffindor siempre sufría algún percance, sobretodo en Pociones, algo que no se le daba nada bien.
Lo buscó con la mirada. Estaba sentado delante del trío maravilla. De pronto Jenkins preguntó algo.
- En esa región también podemos encontrar un buen elemento para pociones que evita las inflamaciones ¿Alguien sabe que es el Aesculus hippocastanum?
Laia, por costumbre, se giró a mirar a Hermione, que ya levantaba el brazo hasta el borde de la luxación.
- Castaño de Indias, también denominado Falso Castaño.
- Muy bien- Charlotte Jenkins asintió al oir la respuesta de Granger, de la misma manera que asintió a las docenas de respuestas más que ésta le propinó durante toda la clase.
Al finalizar la clase se levantó con rapidez. Tenía un hambre increíble y quería llegar al comedor cuanto antes posible. No había comido nada desde el desayuno y, aunque el encuentro con ese desagradable secretario de Malfoy le hubiera quitado el apetito, ahora ya más relajada, se comería un elefante. Se levantó y se dirigió a la salida, casi topando con Potter y sus dos inseparables amigos, que parecían estar cambiando impresiones con Jenkins. Giró a la derecha y empezó a andar. Ya saliendo del largo y oscuro pasillo se encontró a Remus Lupin, que se dirigía tranquilamente hacia las mazmorras... ¿Las mazmorras? Le saludó cordialmente y ella le correspondió. Cruzó una puerta y se dirigió al comedor.
Quería llegar pronto y encontrar un buen sitio. Odiaba -de verdad- odiaba sentarse en un mísero rincón. Pero alguien la llamó.
-¡Laia!
Se giró y se encontró con Jameson llevando una bolsa de deporte. Éste estaba todo congestionado, sin duda había venido a la carrera. Le pidió que se sentara en uno de los bancos que había debajo de la gran escalera.
-McGuillan está enfermo, parece ser que es alérgico a los gusarajos. Se le ha puesto toda la cara de color rojo y tiene ronchas azules por todo el cuerpo.
Laia no reprimió un gesto de asco.
-El caso es que necesitamos un guardián, y tu estás en la reserva. No sé cuanto durará la convalecencia de McGuillan, pero el caso es que necesitamos guardián ¡Al menos para entrenar! Quizás para el primer partido ya esté bien.
Laia le miró fijamente y asintió. Muy pocas veces había conseguido jugar un partido. Siempre entrenaba pero solo llegó a jugar dos partidos desde que la metieran en la reserva... y ella era buena, mucho más buena que el patata de McGuillan.
Sonrió, se levantó y espetó.
-Luego iré a hacerle una visita... Pobre McGuillan.
A Jameson se le iluminó la cara –inocente...- y siguió hablando.
-Mañana entrenamos. ¡Tendrás que madrugar! Todos tenemos las clases muy apretadas.
Eso ya no le gustaba ¿Ves? Pero que importaba, por fin tenía posibilidades de aportar algo al juego. Cuando ya se iba Jameson gritó.
-¡Por cierto! Al final si habrá elecciones para prefecto... con tanto follón como hubo el año pasado no ha habido tiempo de elegir a los dos definitivos antes de empezar el curso. Esta noche saldrán los resultados. Ya sabes, en la Sala Común.
Jameson se despidió de ella con una sonrisa. Estaba muy emocionado. Siempre que hablaba de Quiddich se emocionaba. No era el capitán pero como si lo fuera.
Laia se dirigió –esperaba que ya definitivamente- hacia el comedor. Estaba prácticamente lleno. Casi todos los profesores estaban sentados. Se dirigió a su mesa. Oyó un insulto. Miró a su derecha. Era la armadura, que le estaba diciendo cosas no muy agradables. La ignoró y siguió adelante. Como el día anterior, tuvo que sentarse en el maldito rinconcito.
Entonces recordó la conversación de Pansy del día anterior. ¡Youko Silvara! Ahora le caía el problema otra vez como granito en sus espaldas. Dirigió su mirada al fondo del comedor y la buscó. Estaba sentada en la mesa principal. Se la quedó mirando unos instantes.
“¿Cómo se supone que la voy a vigilar? ¿Y si solo ha venido para enseñar? No... nadie sale de una academia de aurores para ser la ayudante de un profesor. Bueno... a no ser que le tenga un especial gusto a la enseñan...”
De repente Silvara descubrió que la estaba observando, e inclinó la cabeza en señal de saludo. Laia, sin poder evitarlo, bajó la mirada. Así estuvo toda la comida, pensando y observándola de reojo.
“Haz algo sospechoso, por favor”
Rogaba Laia. Cuando el secretario le había dicho que el señor Malfoy se molestaría al saber que era una inútil había delatado a ciegas, y ahora debía atenerse a las consecuencias.
Era todo tan confuso... Conocía el comportamiento de Silvara –al menos, el que solía mostrar cuando estaba en Hogwarts estudiando- y era... ¡Tan Slytherin!
Miró el plato. Casi no había comido nada. Youko Silvara había terminado de cenar y pasó por delante suyo. También esta vez la sorprendió mirándola.
Miró el comedor ¡Estaba prácticamente vacío! Y su plato medio lleno. En su mesa prácticamente no había nadie. Salvo Draco.
Laia se levantó, cogió su plato y se dirigió a donde él estaba sentado. Dejó allí el plato y le saludó.
- Hola Draco.
Draco le dedicó una media sonrisa que venía a significar.
“No me molestes”
Pero a Laia molestar le daba igual.
- Quiero preguntarte una cosa. Oye... ¿Sabes mucho de ella? –Dijo señalando la puerta, por donde había salido hacía un momento Silvara.
- No.
Dijo Draco con una voz neutra.
- ¿Sabes de quien hablo? No te he dicho el nombre.
- Hablas de Silvara ¿No es cierto? La slytherin auror. He visto como la mirabas.
- Caray, si que estás enterado de la situación. Eres tremendamente observador.
Draco se acercó a Laia.
- Más de lo que piensas.
Y dicho eso se levantó y se largó, no sin antes añadir.
- Te deseo buena suerte esta noche en las elecciones, Wallravenstein.