Laia bajó del autobús y levantó la vista. Allí, un poco alejado aún, estaba Hogwarts, y por lo que parecía por los iluminados ventanales que daban al comedor, el banquete ya había empezado hacía bastante rato.
Cogió su carrito con sus pertenencias y fue arrastrándolo por todo el patio del colegio. Por alguna razón extraña, se estaba poniendo nerviosa. Había un silencio incómodo solo roto por la yerba que pisaba a su paso. La enorme puerta del colegio cada vez se hacía más inmensa conforme se acercaba.
Llamó varias veces y abrió Filch con su cara de malhumorado de siempre [ya eran dos] y entrando en la escuela pudo oir de lejos la ceremoniosa voz de Dumbledore. Era evidente que había finalizado la presentación de los nuevos alumnos de primero. Lo que faltaba, ahora entraría y todo el mundo se la quedaría mirando. Tampoco tenía amigos lo suficientemente íntimos como para que le hubieran guardado un puesto, así que se suponía que tendría que sentarse en un rincón de la larga mesa.
Si hubiera podido escoger, habría ido a su habitación a ponerse el uniforme [nunca salía de su casa vistiendo esa horrible prenda, tan antiestética en alguien de diecisiete años], pero no podía tardar más o sospecharían. Era duro formar parte de la familia Wallravenstein, siempre sospechaban de ti. Bueno, no era para menos, absolutamente todos los miembros de su familia directa habían sido acusados de mortífagos o simpatizantes del Señor Oscuro [muchas veces sin pruebas], y el carácter de Laia no inducía que ella no fuera a seguir la tradición familiar.
Así pues, a pesar de las furibundas miradas desaprobatorias de McGonagall, Laia entraría en el comedor sin el uniforme reglamentario.
Apoyó las manos en las grandes puertas y empujó con fuerza, abriéndolas lentamente. La cegadora luz de las miles de velas que flotaban en el aire hizo que tuviera que cerrar los ojos por un momento, pero pronto pudo ver el esplendoroso comedor. Era un momento emocionante, y para alguien con un ego como el suyo, no resultaba fácil querer pasar desapercibida.
Pero justo en el momento de girar a la izquierda para dirigirse a su mesa lo más discreta y despreocupadamente posible, una cegadora luz blanca la desconcertó de tal manera que perdió la orientación y en vez de seguir hacia su mesa se dirigió hacia una pesada armadura que guardaba las puertas de entrada.
El estrépito fue tal, que hasta los escasos retratos de las paredes del comedor se encaramaron al lienzo para poder observar lo sucedido, y las demás armaduras gritaron improperios contra la agresora.
Laia se levantó como pudo, con la frente dolorida por un golpe de lanza que la armadura le había propinado en legítima defensa, y se encontró con la severa figura de McGonagall a diez escasos centímetros, instándola a sentarse en su mesa mientras ella recomponía todo el desastre.
Con tanta vergüenza que había sentido, aún no había prestado atención a los murmullos y las risitas de todo el comedor, asi como a las enfurecidas miradas de odio de sus compañeros de casa. Colin Creewey, que con su maldito instrumento muggle había sido el causante del bochorno, era el único que la miraba con un poco de culpabilidad y compasión.
“Bueno vale, relájate...”
Murmuraba cabizbaja, observando detenidamente el plato de oro mientras notaba como el calor de su cuerpo iba menguando.
Más tranquila y ya sin ser el centro de atención, hizo lo que ya se consideraba un ritual en el colegio, mirar a ver quien era el nuevo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras esta vez. Dirigió su mirada hacia la mesa de profesores y enfocó bien [evidentemente estaba en un lejano rincón, al final de la mesa].
¡Remus Lupin!
No se esperaba para nada volver a encontrarse a Remus Lupin, el profesor que tuvo en cuarto [el fatídico año en que repitió curso], ya que el problema de su licantropía le había prohibido la entrada al colegio bajo amenaza de denuncias por parte de numerosos padres. El morbo pudo con ella y fijó su mirada en el profesor que Lupin tenía a su izquierda, Severus Snape, a ver que cara ponía.
Snape mantenía su típico rictus grave, y parecía sumido en sus propios pensamientos, pues sus ojos se dirigían a un punto fijo. Laia dedujo que a Snape le debió dar muchísima rabia ver aparecer a Lupin de nuevo en el colegio, sobretodo después de propagar la noticia de su enfermedad a los cuatro vientos hacía ahora tres años. Ni así se había salido con la suya, y allí estaba Lupin, tranquilo y feliz, sin notar siquiera como su colega de Slytherin parecía estar a punto de echar humo.