Fin del Imperio medieval

La elección de Rodolfo de Habsburgo, presidida, en 1273, por el papa Gregorio X, deseoso de terminar con las luchas en que Alemania se desmembraba, señala la restauración del poder real e imperial.  Por la conquista de Austria, de Corintia, de la Carníola y de Estiria, Rodolfo aseguró a su Casa la autoridad de una de las primeras potencias territoriales de Alemania.  Después de este monarca, el sistema electivo hizo desfilar por el trono de Alemania, durante siglo y medio, una curiosa alternativa de dinastías.  A Rodolfo siguió un príncipe de segunda categoría: Adolfo de Nassau (1292-1298) y su hijo Alberto de Austria (1298-1308);  a éste, Enrique de Luxemburgo (1308-1313), que cedió la Bohemia a su Casa;  más tarde, en competencia, Luis de Baviera y Federico el Hermoso, hijo de Alberto, que se disputaron la corona entre 1313 y 1322.  Vencedor Luis de Baviera, luchó con el Papa de Roma y con el rey de Francia;  fue coronado Emperador en 1328, pero no pudo vencer a Carlos IV de Luxemburgo (1347-1378), a quien el pontífice apoyaba.  La llamada "Bula de Oro" (1358) reguló la cuestión de la elección al Imperio.  Carlos IV dejó, como Emperador, el campo libre a los príncipes feudales, pero anexando a sus Estados particulares Moravia, Lusacia y Brandeburgo.Con Wenceslao y Segismundo, hijos de Carlos IV, se extinguió la Casa de Luxemburgo;  la corona pasó, entonces, al yerno de Segismundo, Alberto de Habsburgo, de la Casa de Austria, que debía ceñirla hasta 1808.

Mas, lo mismo que un día había acabado el Imperio de Carlomagno, el soñado e iniciado por Otón el Grande, aquel Sacro Imperio Romano medieval, estaba en su ocaso.  Los sucesivos soberanos de Alemania habían ido renunciando tácitamente a él, y sólo guardaban un viejo título que añadir a su corona.  Ni Rodolfo, ni Adolfo, ni Alberto I habían ido a Roma a recibir de manos del pontífice la corona imperial.  Si otros siguieron la costumbre tradicional, su viaje a Roma no tuvo otro valor que el de una peregrinación religiosa.  Por otra parte, el poderío de los príncipes y la posibilidad de dar en herencia a sus Casas trozos del territorio habían cambiado notablemente las fronteras de  Alemania y, como natural consecuencia de tales fraccionamientos, el Imperio fundado por Otón quedó enormemente reducido.

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