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ALGUNAS CUESTIONES DISCIPLINARES DEL TRABAJO SOCIAL EN EL URUGUAY CONTEMPORÁNEO

 

Teresa Porzecanski

  

(Presentación en el Seminario Internacional de culminación de la Maestría en Trabajo Social ofrecida por la Facultad de Trabajo Social de la Universidad Nacional de Entre Ríos, República Argentina, mayo 16-20, 2001).

 

          Me propongo en esta ponencia, presentar un panorama sumario de algunas cuestiones teóricas del TS que han estado presentes en la enseñanza y en la producción  académica del Depto. de TS  de la FCS,  Universidad de la Republica O. del Uruguay en la última década. Ellas parten de una crítica de  la línea teórica de la UFRJ incorporada con la Maestría de Trabajo Social  que comenzó a dictarse en el Depto.  en 1997, continúan con un comentario respecto del contenido de los programas de las asignaturas específicas de Trabajo Social en la Licenciatura de T. Social ofrecida por el Depto.  que muestran transformaciones en la conceptualización del TS, siguen con otro comentario respecto de la situación de Ciencias Sociales y sus efectos  sobre esta  concepción del TS, y concluyen con la enunciación de algunas tendencias del TS contemporáneo en el contexto más general de las disciplinas sociales.

 

                 I.

                        Con la  energía y el celo de un  inquisidor medieval, Iamamoto [1] se lanzó en 1992  a llevar a proceso al Trabajo Social acusándolo de profesión originada en una herencia conservadora católica que, llevada luego al campo secular, tecnificada y modernizada, habría mantenido sin embargo las “manchas” de su espurio origen intocadas, dentro de “un cuño conservador-reformista”. Sumado a ello, una “tendencia empiricista y pragmatista” del TS, habría conducido a la profesión a  una actitud investigativa   “clasificadora” y “estigmatizante”. Cito a Iamamoto: “el Servicio Social surge de la iniciativa de grupos y fracciones de clases dominantes que se expresan a través de la Iglesia, como una de las derivaciones del movimiento de apostolado lego”. Según la autora, en  el  “ centro de un movimiento de cuño reformista-conservador”, toma lugar  “el proceso de secularización y de ampliación del soporte técnico-científico de la profesión (...) bajo la influencia de los progresos alcanzados por las Ciencias Sociales en el contexto del pensamiento conservador, especialmente de su vertiente empiricista norteamericana”.

         Más allá de la falta de fundamentación  de este tipo de afirmaciones generales, ya que no se comprende, entre otras muchas cosas, por qué el empirismo sería un “pensamiento conservador” (en todo caso, la vinculación más fuerte del empirismo ha sido siempre con el materialismo, y en especial con el materialismo histórico), esta especie de “diabolización” del Trabajo Social presente en muchos autores de la última década, se inscribe en una interpretación  fuertemente nihilista,  sustanciada por  la llamada “desilusión respecto del socialismo real” . Sería consecuencia de  una de las tantas fracturas ideológicas que este hecho produjo en las utopías teóricas que habían imperado en las ciencias sociales a partir de la  segunda mitad del Siglo XIX.

        Sucintamente, esta interpretación de la UFRJ puede resumirse en las siguientes premisas : 1) hay que reconocer la (supuesta)  ineficacia del Trabajo Social practicado hasta el momento y explicarla como consecuencia de su “origen espurio”  dentro del ámbito religioso y por su origen en la división socio técnica del trabajo. 2) hay que volver al “primer” marxismo, considerado el “auténtico”. 3)   no hay que  “ reducir el espacio profesional a una práctica rutinera, burocrática, empiricista y ejecutora de tareas, tal como se constata con expresividad en las instituciones”, (como suponen que ha sido hasta ahora) ya queesta práctica no revela más que un saber basado en el sentido común y en la falta de reconocimiento de la identidad profesional del Asistente Social”.[2]

               Debe hacerse notar que las críticas de Iamamoto a la génesis y desarrollo del Servicio Social serían aplicables en el mismo tenor a casi cualquier campo profesional en el ámbito de las profesiones terapéuticas, asistenciales y educativas (como por ejemplo, la medicina y la pedagogía)  que se organizaron en la segunda mitad del Siglo XIX y que tuvieron como punto de partida la idea comtiana de progreso y los valores de la primera modernidad. En este punto, la concepción de Iamamoto no difiere de la que diversos autores posmodernos han abundantemente planteado contra la Ilustración[3]. Y no configuran, por lo tanto, en el caso del TS,  más que un ataque generalizado  al escaso prestigio de los trabajadores sociales, al bajo status que se les atribuye dentro de las jerarquías institucionales y profesionales, en la gran mayoría de los casos. Se diría casi, que la queja  de Iamamoto tiene más que ver con  un status profesional  subestimado que con la evaluación  de los resultados obtenidos y acumulados por los trabajadores sociales institucionales  en décadas de Trabajo Social de terreno  en los regímenes estatales de Bienestar Social.

        En su sentido más  reduccionista, la interpretación de Iamamoto, limita los propósitos morales y solidarios solamente al ámbito religioso y omite  los desarrollos del  pensamiento humanista laico de los siglos XVII y XVIII.  En el caso del Uruguay, un país en el que el Estado secular surge de un enfrentamiento con la Iglesia, y no de un acuerdo, es poco pertinente pensar que la Iglesia es la única detentora de preocupaciones morales, cuando ya en las Instrucciones del año XIII dadas por Artigas a su pueblo, hay abundantes  recomendaciones en ese sentido, incluyendo una cláusula antiesclavista. Lo mismo puede decirse del sustrato de las revoluciones independentistas americanas, las que inspiradas en la revoluciones Francesa y Americana, todas ellas de neto corte laico,  esgrimieron plenos argumentos morales y éticos para sus intenciones político-sociales seculares.

        Son abundantes los estudios históricos  que demuestran cómo el Estado uruguayo comienza por separarse de la Iglesia y, a su debido tiempo, quiebra completamente las modalidades de acción solidaria de  ésta[4] a través de un proceso de secularización creciente, que conlleva lo que se ha dado en llamar “medicalización de la sociedad” [5]. Es en este ámbito secular y medicalizado y no dentro del espacio religioso, que surge por primera vez  la necesidad de crear un cuerpo de  “visitadoras sociales” y ofrecer los primeros cursos de Servicio Social en la Facultad de Medicina.[6]  Y es en el ámbito político del primer batllismo, un movimiento nada conservador que impulsa transformaciones sociales radicales como son la enseñanza obligatoria, laica y gratuita, la seguridad social y la tuición del Estado sobre el ciudadano, que nace la iniciativa asistencial profesional. Es la salud y el estado del cuerpo del obrero el que le importa a ese Estado uruguayo de principios de siglo, en las antípodas justamente del pensamiento espiritualista conservador de la Iglesia de la época.

          El grave reduccionismo de Iamamoto en la consideración de la génesis del Servicio Social  deja de lado el hecho de que otras religiones no cristianas, por ejemplo el hinduismo, el budismo, el judaísmo y el Islam, produjeron desde la antigüedad  sistemas de ayuda y protección a huérfanos y discapacitados y contienen en sus principios doctrinarios ideas acabadas de compasión y solidaridad. La discusión respecto de una moral independiente de los ámbitos religiosos excede los objetivos de esta ponencia.  Baste decir que ya en las sociedades de primates superiores, se observan conductas de solidaridad  y de  protección respecto de  sujetos vulnerables,  infantes y ancianos, y regímenes de adopción de huérfanos en familias no consanguíneas[7] probablemente fundados en conductas colectivas innatas de los mamíferos.

       La línea interpretativa de la UFRJ ha influido, sin embargo, en las cuestiones disciplinares en Uruguay, de manera singular, a través de la primera Maestría llevada a cabo en colaboración con la UFRJ. Por un lado, ha  motivado  diversos trabajos que tienen que ver mayormente con la historia y génesis del Trabajo Social, y por otro ha producido, en contrapartida,  un silencio muy significativo respecto de las cuestiones de la  intervención profesional y  metodológicas.

         Una primera consecuencia derivada de esta interpretación alude al Trabajo Social como mero ejecutante terminal de las políticas sociales, y  lo interpreta como una profesión meramente “instrumental” a la que no deben pedírsele transformaciones ni  recaudos. El “pecado” del Servicio Social sería su origen en la división socio-técnica del trabajo, y su “perversión”  sería “su función manipuladora y controladora de los sectores populares y legitimadora del orden burgués(...)” [8]. Tampoco sería posible romper con ese “pasado”, según Montaño[9], ya que la profesión  “ se encuentra sustentada en diversos aspectos que la colocan en posiciones de limitada libertad y autonomía para romper con la lógica de su pasado”. En estos términos, por ejemplo, este autor afirma por un lado que el Servicio Social está condenado a producir poco de nuevo, poco conocimiento teórico original: apenas reproducirá en otro lenguaje (...) lo que ya circula entre las llamadas “ciencias sociales[10]. Luego se contradice y le pide al  Servicio Social   que piense la realidad socialdesde” el Servicio Social[11]. Pero si así fuera, se estaría cayendo, según este  autor,  en  una suerte de “endogenismo”  que critica comoel estudio de método propio, de las práctica específica, de la teoría instrumental”[12]

           Las contradicciones acumuladas en esta línea de interpretación  muestran que la crítica a la génesis y forma de profesionalización del Trabajo Social  no logra desembarazarse de ni responder a los reclamos que son ya un lugar común en las cuestiones profesionales : especificidad, mejor  conocimiento de la situación problemática y mejoramiento de las técnicas y efectos de la intervención.

         Esta visión determinística  y esencialista del origen y  recorrido de la profesión (esencialista, en el sentido que supone un orden inalterable que determina para siempre la condición de la profesión y que le niega marcos valóricos y éticos libremente elegidos y por lo tanto transformables  por el hombre), supone detrás un cierto concepto del “mal”  concebido como hipóstasis: algo que  maneja los hilos del sistema capitalista, creando profesiones para desempeñar funciones asignadas en la lógica funcional del sistema[13] especialmente perversas para sus actores.

         Los procesos de reificación que están presentes detrás de este modelo interpretativo  se emparentan con las estructuras míticas y  los sistemas de creencias, que sería de rigor de estos autores reconocer. La causa del mal es el “sistema”, y sus protagonistas son movidos automáticamente como marionetas por éste,  sin voluntad propia, y sin poder alterar el engranaje de su reproducción. Hay en esta representación un fuerte  mecanicismo al mejor estilo decimonónico. El modelo mecanicista, generado en el siglo XIX,  está íntimamente emparentado con la visión organicista que compartieran  Spencer  y Comte: la idea de una analogía entre el engranaje del universo cósmico y el del universo humano, entendidos ambos como mecanismos de relojería que marchan automáticamente, repitiendo ad eternum  los mismos ciclos.[14]

         Dentro del alto grado de generalización de este tipo de discurso, utilizado muchas veces para justificar lo que se entiende como “ineficacia del Trabajo Social para cambiar la realidad social”, se ha ignorado el debate respecto de la evaluación de los efectos de  la intervención profesional acumulada en las últimas décadas : no se hace ningún diagnóstico al respecto, y se da por descontado con un trazo grueso que el saldo ha sido negativo. Con el mismo trazo grueso, se tilda de “practicismo”[15]  cualquier perspectiva que considere los resultados y los evalúe. Ello ha provocado  nuevas escisiones en la subcultura profesional de los Trabajadores Sociales, ahondando todavía más la antigua  grieta entre  “trabajadores de terreno” y “académicos”.

        El  sustrato ideológico de este modelo refiere a la idea de un “mal trascendente”, imbatible y todopoderoso, reificación  necesaria al funcionamiento del mito, lo que Ricoeur explica en su clásico “El simbolismo del mal [16]: “su intención es darle al mal un origen radical distinto del origen más primordial del bien de las cosas.”[17]   Este modelo ha venido paralizando los debates en torno a: a)  la incorporación selectiva de  las transformaciones de las Ciencias Sociales, b) el gradual  borramiento de las fronteras de las especificidades disciplinarias, y c) la emergencia de nuevas perspectivas desde donde mirar las viejas problemáticas que enfocó tradicionalmente el Trabajo Social.

 

 

 II.

 

           Es mi punto de vista que el origen de la presente crisis en la teoría social no se vincula con el  nacimiento “perverso” de una profesión como el TS, sino con  un cierto modelo de ciencia, uno que ha estado en gestación desde el siglo XVI[18] y que diversos autores denominan paradigma newtoniano / cartesiano.[19] Los desarrollos emergentes de las ciencias duras contribuyeron a ello: “nuevos desarrollos teoréticos empezaron a acentuar la importancia de lo no-linear sobre lo linear, de la complejidad sobre la simplificación, de la imposibilidad de aislar completamente al observador del fenómeno observado, y la superioridad de las interpretaciones cualitativas sobre las cuantitativas”, y las ciencias naturales empezaron a parecer mas cercanas a lo que había sido denominado  ciencias  “blandas.”

        Las numerosas teorías que devienen en la posmodernidad, si bien disyuntivas y hasta contradictorias, comparten el rechazo común a una concepción de “verdad” absoluta, objetivo tradicional del conocimiento de la ciencia clásica. Sintetiza  Atilio Borón diciendo que  “(...)el concepto corriente de racionalidad y conocimiento enfatiza la variabilidad histórica y cultural, la falibilidad, la imposibilidad de ir más allá del lenguaje y alcanzar la “realidad”, la naturaleza fragmentaria y particular de todo entendimiento, la penetrante corrupción del conocimiento por parte del poder y la dominación, la futilidad de toda búsqueda de fundamentos firmes, y la necesidad de un acercamiento pragmático a estas cuestiones.”[20]

           Como afirma Giddens, bajo las condiciones de modernidad ningún conocimiento es conocimiento en el antiguo sentido del mismo, donde “saber” es tener certeza, y esto se aplica por igual a las ciencias naturales y a las ciencias sociales. [21]

 

 

 

III.

 

            En un articulo de 1995[22] , habíamos sintetizado lo que serían las problemáticas centrales de las perspectivas teóricas de las CS durante la  década.  El análisis de lo que se suele llamar "crisis" en las Ciencias Sociales allí configurado  excede los límites de esta ponencia. Sin embargo, basten algunas puntualizaciones expuestas en ese artículo.

           Para Giddens una característica de la modernidad es su índole reflexiva: la capacidad del pensamiento de operar transformaciones correctivas al considerar críticamente sus propios modelos. En especial,  “en las ciencias sociales hemos de añadir, al inestable carácter de todo conocimiento empírico, la “subversión” que conlleva el reingreso del discurso científico social en los contextos que analiza.”[23] La constante revisión de los modelos es la que hace del conocimiento científico  una empresa que no puede hacer afirmaciones dogmáticas ni finales. Los matices de estas revisiones constantes han convergido en las últimas décadas en la expansión arborescente de las  teorías sociales de la posmodernidad, lo que podría llamarse una multiplicidad de interpretaciones teóricas abierta a nuevas y sucesivas revisiones. Deconstrucción, perspectivismo, posestructuralismo, constructivismo, pérdida de los perfiles disciplinarios y hasta del objeto de estudio (en el sentido de que el objeto de estudio se ha complejizado, diversificado y está siendo abordado pro múltiples otros campos disciplinarios que antes no se ocupaban de “lo social”) es el problema de cada una de las disciplinas y profesiones  sociales y no sólo del Trabajo Social. Ello conlleva a lo que se ha dado en llamar “géneros desdibujados”, categoría a la no es ajeno el repertorio conceptual del Trabajo Social en transformación.

 


 

             El discurso profesional del TS  se propone "ordenar", a través de un repertorio conceptual que busca clasificar, relacionar, categorizar y comparar, la elaboración de un sentido construido para la realidad que se nos aparece nuevamente como "desorden".[24] Es el análisis de esos discursos elaborados a partir de los restos, pedazos, aspectos parciales y resemantizaciones de los paradigmas holistas tradicionales, el que va conduciendo a la transformación del discurso profesional, discurso que no aspira ya, a explicar "todo lo real" bajo una  única concepción totalista, coherente y sin contradicciones.

 

             Nunca como ahora las pretensiones respecto de la producción de conocimiento sobre lo social han sido más prudentes. Hay un proceso de  "descongelamiento" de las consignas  que  es el que ocupa ahora a muchas disciplinas.  Las metodologías de investigación atraviesan igualmente estos procesos de re-semantización, fundamentalmente aquellas que derivan de la escuela boasiana, y que suelen llamarse "cualitativas", y que han ido ganando reconocimiento dentro del campo general de las Ciencias Sociales.            Asimismo, el recorrido de las Ciencias Sociales  a partir de los años 70, revela una gradual transformación de sus supuestos en cuanto a que éstos comienzan a incorporar en su seno las atribuciones y los disensos provistos por el pensamiento crítico, lo que K. Popper había denominado en su momento “razón crítica” : desde la consideración, anterior, de que su carácter empírico como valor primordial las colocaba por encima de otras formas de investigación, hasta la actual premisa de que es la incorporación y el análisis del discurso del “otro” lo que más las legitima y las opone a sus otras. En esta trayectoria, se advierte un proceso en el que gradualmente el discurso del investigador pierde centralidad, con relación  a las narrativas que incorporan en alguna medida lo que ha sido bautizado abundantemente  como "el discurso del otro".

          También, la sociedad contemporánea, urbana, densamente poblada, ha generado multiplicidad de discursos que se superponen y relegan al discurso académico a una nueva marginalidad, como sostiene Lyotard[25]: el publicitario, el propagandístico, el informativo en prensa escrita o visual, el discurso icónico, los diversos discursos políticos, todos ellos han logrado desplazar el discurso académico--verbal, abstracto (con sus repertorios relativamentecerrados”, y por eso mismo "esotérico")--a recintos periféricos. El análisis de esta pérdida general y ostensible de poder del discurso académico y por lo tanto de su influencia en cuanto a delinear proyectos y acciones que implican transformaciones sociales, no ha sido suficientemente considerada.

          Sin embargo,   debe reconocerse que esa retirada de las Ciencias Sociales de las verdades absolutas, de las consignas autoritarias con las que se "ilustraba" a los "legos", por parte de los "iluminados" académicos "bien pensantes", constituye también un acto de principios, un acto de ética que opta por la modestia y el replanteamiento de algunos puntos de partida en cuanto a la relación entre el conocimiento académico y la vida social misma. La nueva marginalidad del discurso académico, y su "simplificación" en aras de la divulgación masiva que ejercen  los mass-media constituyen temáticas prioritarias en la revisión y transformación del repertorio conceptual del Trabajo Social.

 

IV.

 

        Una mirada  al contenido de las asignaturas específicas de Trabajo Social del Programa vigente de la Licenciatura de TS que se dicta en el Depto. de TS. (FCS, UR), revela las siguientes tendencias:

              a) Se aprecia una mayor diversidad de contenidos que en Planes de Estudio anteriores. No parece imperar una mirada unánime y convergente sino más bien fragmentación y discontinuidades. Se afianza la idea de queno existe un “único” Trabajo Social sino distintas versiones y manifestaciones del mismo, en función de las distintas respuestas desde los ámbitos profesionales frente a la cuestión social y de la postura y apropiación frente a diversas perspectivas teórico-metodológicas” .[26]  

b)                           Se advierte un preocupación extremada por el “status profesional” entendido como reclamo de poder a la interna de los ámbitos profesionales y disciplinarios, lo que lleva al reiterado propósito de redefinir la identidad profesional  y los espacios profesionales. “Supone trascender las perspectiva de una inserción generalmente rutinaria, pautada por lógicas burocráticas y por la atención de demandas o “situaciones límite” para legitimar espacios profesionales que trasciendan los meramente ocupacionales o vinculados a los mandatos institucionales, en la dirección a la construcción de saberes teóricos, políticos e instrumentales, que apunten en la dirección de la superación de la subalternidad institucional y académica del Servicio Social[27] . Una de las consecuencias de esta postura es la intensificación del corporativismo profesional, frente al riesgo del desempleo, y con mayor independencia de los objetivos  interventivos de la profesión.[28]

c)                            Se aprecia un énfasis renovado en la relación entre Trabajo Social y Políticas Sociales en  dos concepciones casi opuestas:  el Trabajo Social sería apenas un “operador terminal de políticas sociales”, o sería un vector interviniente  y moderadamente decisivo  tanto en el diseño como en la implementación de las políticas sociales.[29]

d)                           Puede notarse una mayor vinculación del TS con las teorías y técnicas de la comunicación socioeducativa y del desarrollo local junto a una preocupación por el fortalecimiento de la sociedad civil, específicamente de aquellos sectores de la misma que no ingresaron todavía en la modernidad o que presentan rasgos de una modernidad incompleta.[30] La idea de una modernidad asimétrica está presente en la base de los enfoques del desarrollo local y del fortalecimiento del la sociedad civil.

e)                            Se advierte una mayor vinculación del TS con la temática de la vida cotidiana en el sentido de investigar y tener en cuenta lo que la gente hace, cómo la gente vive y las soluciones que inventa  y reproduce.[31] La preocupación tiene que ver con la intervención en procesos micro sociales que implican vida cotidiana, dinámica y arreglos familiares y la reproducción de la vida en sociedad.  En este punto, es bueno incorporar la crítica que realiza García Canclini a la idea de reproducción “automática” ( implícita en el concepto de “habitus” de Bourdieu[32]) y de corte mecanicista,  cuando objeta: “Sin embargo, las prácticas no son meras ejecuciones de los hábitos producidos por la educación familiar y escolar, por la interiorización de reglas sociales. Si bien los hábitos tienden a reproducir las condiciones objetivas que los engendraron, un nuevo contexto, la apertura de posibilidades históricas diferentes, permiten reorganizar las disposiciones adquiridas y producir prácticas transformadoras”.[33] El TS que se enseña debería volcarse más a la segunda acepción en tanto  profesión interventiva, aún si los tiempos que procesan los cambios son lentos y esos cambios graduales.

 

       En el ámbito de las disciplinas sociales y el TS, se aprecian las siguientes características más generales:

        

1.             Una disminución generalizada de la influencia de las profesiones educativas, terapéuticas y rehabilitadoras,----profesiones transformativas---- entre ellas el TS, en relación con otros factores influyentes (los medios masivos, la comunicación icónica, las políticas sociales que surgen de sectores privados o empresariales o de la sociedad civil,  la producción del mercado y la intensificación del consumo, entre otros) en el sentido de  que la intervención profesional posible se hace más relativa y más condicionada por una complejidad mayor de los universos de actuación.  Los propósitos utópicos se moderan y se acotan a una mirada más realista y a planes que permiten la consideración de limitaciones e imponderables.

2.             Una apertura metodológica arborescente del TS, resultante de la “crisis” de un modelo único de interpretación e intervención, y de la multiplicidad de enfoques sobre las mismas problemáticas.

3.             Cambios sustanciales en la organización y fronteras de la  disciplinariedad,  montajes diferentes de campos de trabajo, disyunciones y complementariedades nuevas.  La  disciplinariedad que imperó en el siglo XX, heredada del  XIX y resultante de la primera  modernidad, está atravesando un explosión divergente en la selección de sus objetos de estudio y en la conformación de sus discursos analíticos. Se rompa la unicidad de los modelos y de los enfoques.

4.             A partir del “giro semiótico” de muchas disciplinas sociales, las profesiones interventivas comienzan a reconocer que han trabajado y trabajan sobre interpretaciones.  Esto motiva abundantes trabajos de análisis de carácter auto reflexivo y una evaluación crítica de los supuestos utilizados en las últimas décadas.

5.             Ello ha complejizado la percepción  ejercida sobre los universos de actuación del TS y ha hecho posible la  emergencia de nuevos escenarios pautados por: a) cambios radicales en estilos de vida, variedad de modelos de vida y consumo; b) cambios radicales en los sistemas de pertenencia y de referencia y en las estructuras familiares y de parentesco; c)  nuevas construcciones identitarias no basadas en ingreso, nivel educativo  o clase social, sino en sistemas valóricos, intereses corporativos, religiosos o étnicos, o de minorías etarias o de género, entre otros; d) nuevos arreglos e interferencias  entre tradición y modernización, lo local y lo global, lo público y lo privado, lo individual y lo colectivo.

6.             Se aprecian transformaciones en el concepto de pobreza y cambios en la noción de necesidades básicas. La modernización, aún parcial,  ha multiplicado hasta el infinito los objetos “deseables”, sean éstos materiales o simbólicos.   Aparecen visibles cambios en los hábitos de consumo y diversificación del deseo del consumidor a partir de la propaganda de los medios masivos. A. Melucci  describe así este proceso:  “Como habitantes de una realidad socialmente construida, nuestra capacidad para elaborar necesidades en términos culturales ha alcanzado un punto donde aún nuestros deseos más comunes están dirigidos a objetos con  connotaciones altamente simbólicas. Nosotros ya no simplemente nos sentimos sedientos, hambrientos o sin ropas; nuestros sentimientos de falta  han sido ya orientados hacia objetos específicos que están construidos simbólicamente por la información, el mercado, la propaganda y las redes sociales a las que pertenecemos.” [34]

7.              Nueva conceptualización de problemáticas sociales que atañen a los espacios privados: violencia doméstica, drogadicción,  inseguridad, autoritarismo al interior de los grupos primarios.

8.             Cambios en el tipo de reclamos de la sociedad civil: nuevos movimientos sociales, étnicos, religiosos, nuevas formas de componer la identidad. El sujeto pasa de ciudadano a consumidor y se suscribe a identidades múltiples y disyuntivas.

9.                  Fuerte burocratización y corporativización de las subculturas académicas universitarias, abocadas más que antes a conservar su status en base a la meritocracia que a intervenir en el “afuera”. Masificación del alumnado de enseñanza superior, y descenso de los niveles de exigencia. Los medios académicos ya no son considerados el lugar principal  desde donde se van a iluminar y resolver las problemáticas centrales de una sociedad.

 

 

                  La enunciación de estas cuestiones disciplinares del TS no es exhaustiva por supuesto, y configura apenas un punto de partida para nuevas áreas de debate y reflexión que posibilitarán  sin duda una percepción más acabada de las mismas.

 

                                                                        T.Porzecanski.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Referencias:


 

[1] Iamamoto, Marilda V. Servicio Social y División del Trabajo. Cortez Editora, Sao Paulo, 1997. pp. 159 y sig.

[2] Ibid. pp. 191.

[3] Desde la Escuela de Frankfurt en adelante, hasta Habermas, desde los estructuralistas hasta Foucault y Derrida.

[4] Ardao, A. Etapas de la inteligencia uruguaya. Departamento de Publicaciones de la Universidad de la República, Montevideo, 1968. y Espiritualismo y positivismo en el Uruguay. Universidad de la República, Montevideo, 1971.

[5] Especialmente los de Barrán, J.P. Medicina y sociedad en el Uruguay del Novecientos. Tomos I, II, y III. Montevideo, Banda Oriental, 1993, 1993, 1995.

[6] Ver el estudio de Acosta, L. La génesis del Servicio Social y el “higienismo”.  En Revista Fronteras, Nº 3, 1998, DTS, FCS, Montevideo. Pp.11-23. pp. 19,20 y 21.

[7] De Waal, Frans. La política de los chimpancés. Alianza Editorial, 1993.

[8] Montaño, C. La naturaleza del Servicio Social: un ensayo sobre su génesis, su especificidad y su reproducción”. Cortez Editora, Sao Paulo, 1998. pp. 146.

[9] Ibid. pp. 87.

[10] Ibid. pp. 105.

[11] Ibid. pp. 106.

[12] Ibid. pp. 106.

[13] González Laurino, Carolina. Revisando el proceso de construcción colectiva de la identidad profesional.  En Revista Trabajo Social, Año XLV, Nº 20, Montevideo.  pp. 3-14.

[14] Beaune, Jean-Claude. Impresiones sobre el automatismo clásico (siglos XVI-XIX).  En Feher, M., Naddaff, R y Tazi, N. Fragmentos  para una Historia del cuerpo humano. Parte I. Taurus, Madrid, 1990. Pp. 447-453.

[15] Montaño, C. Op. Cit.. Pp.

[16] Ricoeur, Paul. The symbolism of evil. Beacon Press, Boston, 1969.

[17] Ibid. Pp. 233.

[18] Boron, Atilio. A Social Theory for the 21st. Century?  En Current Sociology, Octubre 1999, Vol. 47 (4),pp. 47-64. Sage Publications, Londres. pp. 50.

[19] Gulbenkian Commission, 1996:2, citado por Boron,A. Op. Cit. pp.50.

[20] Ford, D. Citado por Boron,A. Op. Cit. pp. 54.

[21] Giddens, Anthony. Consecuencias de la Modernidad.  Alianza Editorial, Madrid, 1993.Pp. 47.

[22] Porzecanski, T. Trabajo Social y “crisis” de las Ciencias Sociales. Revista Fronteras Nº 1, Depto. de Trabajo Social, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República.Montevideo, 1995. Pp.11-16. (Tomo aquí algunos párrafos textuales de este artículo).

[23] Giddens, A. Op. Cit. Pp. 47.

[24] Balandier, Georges. 1990.El desorden. La Teoría del Caos y las Ciencias Sociales.  Gedisa, Barcelona. Pp. 11.

[25] “La “crisis” del saber científico, cuyos signos se multiplican desde fines del siglo XIX (...)Procede de la erosión interna del principio de legitimidad del saber (...) al relajar la trama enciclopédica en la que cada ciencia debía encontrar su lugar, las deja emanciparse”.. Lyotard, J.F. La condición posmoderna.Cátedra, Madrid, 1989. pp. 75.

 

[26] Documentos presentados por el MIP1, Jornada del 27 de julio de 2000, Depto. de TS, FCS.

[27] Documentos del MIP 1, ídem.

[28] Afirma por ejemplo ADASU (Asociación de Asistentes Sociales del Uruguay): “La profesión del Asistente Social, en el sentido de ser uno de los profesionales que atiende la ejecución de los dispositivos sociales, encuentra resentida la fuente de empleo, tanto en lo que se refiere a los aspectos cuantitativos (reducción del numero de puestos de trabajo) como a los cualitativos (precarización del empleo, flexibilización y desregulación de las relaciones laborales, cambios en las formas de contratación, etc.)”  En Revista Trabajo Social Nº 15, Año XIII, 1999. Montevideo. Pp.54.

[29] Documentos del MIP 1, ídem.

[30] Documentos del MIP 2, ídem.

[31] Documentos del MIP 3, ídem.

[32] Bourdieu, P. Le sens pratique. Minuit, Paris, 1980. pp. 88.

[33] García Canclini, N. ¿De qué estamos hablando cuando hablamos de lo popular?  CLAEH, Montevideo,1986. pp. 21.

[34] Melucci, Alberto. The playing self. Person and meaning in the planetary society. Cambridge University Press, 1996. pp.25. (Trad. de la autora).

 

 

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