Enanas Blancas

 

 

 

Las enanas blancas representan la fase final de la evolución de las estrellas de masa inferior a 1,4 masas solares (limite de Chandrasekar). Agotadas las reservas de combustible nuclear, solo el colapso puede seguir produciendo energía, y dicho colapso no se interrumpe hasta que en cualquier punto de la estrella se alcanza el equilibrio entre la fuerza de la gravedad y la presión de los gases estelares.

Al faltar el flujo de radiaciones procedentes del núcleo estelar por el agotamiento de este, se vuelve a alcanzar el equilibrio cuando bajo el extraordinario peso de los gases exteriores, los átomos se dividen en sus componentes, perdiendo todos sus electrones, y el gas se degenera. Los electrones libres son más rápidos cuanto mayor es la densidad y ejercen una presión hacia el exterior que impide el colapso de la estrella. Esta se reduce a proporciones mínimas, con un radio del orden del de la Tierra.

¿Existen realmente las enanas blancas?

La historia de las enanas blancas comienza en 1844, en el Observatorio de Koninberg (entonces en Rusia), cuando Friedich W. Bessel vio que la imagen de Sirio (Alfa del Perro Mayor), la estrella más brillante de nuestro firmamento, fluctuaba. ¿Cuál era la causa? Bessel llego a la conclusión de que Sirio estaba acompañada de otra estrella enorme y oscura que, al orbitar, tiraba de ella, generando una variación ondulante de su posición en el cielo. Bessel no vio la estrella oscura, pero diecinueve años después Alvan Clark, un fabricante de telescopios estadounidense, demostró que su hipótesis era correcta. Clark localizo a la compañera oscura de Sirio mientras probaba unas nuevas lentes de 18 pulgadas.

Pero había algo extraño en la compañera de Sirio. En 1810, Henry Norris Russell, codescubridor del diafragma Hertzsprung-Russell, percibió que esta estrella no se ajustaba a la secuencia principal, y tal excepción le preocupo mucho. Quizá la correlación que había descubierto entre el brillo superficial y la densidad de las estrellas fuera erróneo. Así pues, pidió al astrónomo Edward Pickering que le proporcionara el espectro de la compañera de Sirio. Pero veamos lo que nos cuenta el propio Russell:

Como era propio de él, envío una nota a su oficina del observatorio y al poco tiempo llego la respuesta... que el espectro de la estrella era A. Yo sabia lo suficiente al respecto, incluso en aquellos tiempos paleozoicos, para comprender de inmediato que había una incoherencia extrema entre lo que nosotros habríamos denominado entonces valores "posibles" del brillo superficial y de la densidad. Debí demostrar que no solo estaba desconcertado, sino decepcionado ante aquella excepción a lo que parecía una excelente propiedad de las características estelares; pero Pickering sonrío y me dijo: "Son precisamente estas excepciones las que nos permiten ampliar nuestros conocimientos".

En los siete años siguientes, se descubrieron dos estrellas excepcionales del mismo tipo.

Normalmente, las estrellas tenues habrían de ser de color rojo pero la compañera de Sirio ardía al rojo blanco. La única explicación de su brillo era que fuera extremadamente pequeña. Pero si era tan pequeña no tendría masa suficiente como para provocar en una estrella tan grande como Sirio el movimiento que observaba. Una solución a este dilema era suponer que la compañera de Sirio era ciertamente muy pequeña pero estaba compuesta de una materia 3.000 veces más densa que la de las estrellas ordinarias. Dicha solución parecía un disparate. En las primeras décadas de este siglo no se sabia que existiese una forma tan densa de materia. El astrónomo ingles Arthur Eddington dijo en 1927, reflexionando sobre este desconcertante mensaje de la compañera de Sirio : ¿Qué respuesta se puede dar a este mensaje? La respuesta que dio la mayor parte de los astrónomos en 1914 fue: silencio, basta de tonterías.

Si imaginamos un gas de electrones e imaginamos que luego aplicamos una presión sobre dicho gas, la fuerza de intercambio repelente entre los electrones individuales creara una "presión de Fermi" opuesta que, en principio, no resistirá a la aplicada. Hay que presionar intensamente un gas para percibir esta presión de resistencia de Fermi. Solo actúa cuando los electrones se acercan tanto que sus ondas asociadas comienzan a solaparse. Estas condiciones se dan en el interior de las estrellas. Lo que Chandrasekhar descubrió fue que la teoría de la relatividad especial explicaba por que la presión electrónica de Fermi, nacida del extraño mundo de la teoría cuántica, resistirá el colapso gravitatorio y estabilizara la estrella, siempre que su masa total no fuera demasiado grande. Según sus cálculos esto se cumplía en las estrellas de masa inferior a 1,4 veces la del Sol, masa critica denominada "limite de Chandrasekhar". En algunas de estas estrellas la densidad de la materia precisa, para que se alcance el equilibrio entre la gravedad y la presión de Fermi, de diez toneladas por pulgada cúbica, justo lo necesario para explicar la conducta de la compañera de Sirio. Esta estrella, una enana blanca, fue en tiempos una estrella normal, pero agoto luego el combustible hidrogenico del núcleo y se estabilizo posteriormente por efecto de la presión de Fermi. Hoy los astrónomos han localizado ya mas de trescientas enanas blancas.

Algunas de las enanas blancas forman parte, como la compañera de Sirio, de un sistema estelar binario cuyo otro elemento es una estrella normal. La enana puede orbitar muy cerca de la estrella normal y extraer gas de ella. El gas, principalmente hidrogeno, cae en la enana y empieza a acumularse y, tras un periodo de tiempo suficiente, alcanza una cuantía critica. Entonces, al fundirse el hidrogeno en helio, explota sobre la superficie de la enana como millones de bombas de hidrogeno. Es lo que conocemos como novas. Se han observado cientos de explosiones de tipo nova de este genero, que aportan una confirmación suplementaria de las extrañas propiedades de las enanas blancas.

Si las teorías hasta ahora son exactas, el estado de enana blanca es la ultima fase de la evolución de las estrellas de poca masa. Posteriormente se produce lentamente la muerte térmica. Al cesar la contracción gravitacional y agotarse las reservas de combustible nuclear, la enana blanca, aun muy caliente, empieza a enfriarse como una barra de hierro recién sacada del fuego. Pero el proceso de enfriamiento es muy lento, porque la estrella irradia poca energía (al ser tan pequeña la superficie fotosférica ), cada vez menos a medida que su temperatura disminuye. Una enana blanca tarda muchísimo tiempo en morir. Ya se han hecho algunos cálculos. Para que la temperatura superficial, que al principio es de unos treinta mil grados, descienda hasta los siete mil tienen que pasar unos tres mil millones de años; para pasar de siete mil a cuatro mil grados una enana blanca necesita cinco mil millones de años. El tiempo necesario para que se produzca un descenso de la temperatura en pocos grados es prácticamente infinito. Como, según las teorías mas acreditadas, la edad del Universo no es superior a veinte mil millones de años, probablemente ninguna enana blanca ha alcanzado la muerte térmica.

Por otra parte, una estrella colapsada o degenerada probablemente es enana, aunque podría no ser blanca. En efecto, a medida que la estrella se enfría su color cambia: con siete mil grados el color es amarillento, con cuatro mil es naranja y de tres mil hacia abajo es roja. Por tanto se podría dar el caso de una enana blanca roja. Al decir enana blanca no nos referimos al color de la estrella colapsada: es un sinónimo de estrella degenerada, aunque es cierto que la mayoría que conocemos son de color blanco.

Para observar una enana blanca vieja tendríamos que buscarla en los cúmulos globulares, donde debería haber cientos de miles, al menos en teoría. Pero por ahora no podemos observarlas por la enorme distancia de dichos cúmulos y la débil luminosidad de las enanas blancas. Por ahora nos limitaremos a estudiar las enanas blancas más cercanas, como Sirio B o 40 Eridani B. El espectro de estas estrellas presenta rayas ensanchadas que a menudo se confunden con el fondo continuo. Esto se debe, al menos en parte, a que cuando una estrella se contrae, su velocidad de rotación aumenta. Las enanas blancas, que inicialmente eran estrellas mayores que el Sol o de masa similar a este para acabar siendo del tamaño de la Tierra, giran vertiginosamente en torno a su propio eje, lo que provoca el ensanchamiento de las rayas. De todas formas, también contribuye a ello otros fenómenos que ahora no podemos describir.

Imagina que sobre la superficie de una enana blanca una pelota, por ejemplo, ciaría a una velocidad aproximada de 6.400 Km./s. , mientras que si esa misma pelota cayera sobre la Tierra apenas alcanzaría una velocidad de 11,2 Km./s. Otro dato: un cuerpo que sobre la superficie terrestre pesara un kilo, a nivel de la fotosfera de una enana blanca pesaría 300 toneladas. Por eso se comprende que una enana blanca es excepcional en todos los sentidos: por la increíble densidad de su materia, su intensísimo campo gravitacional y la presencia de campos magnéticos muy intensos.

Sobre la superficie de una enana blanca un oscilador vibra mas lentamente que en la Tierra por un efecto relativista (contracción del tiempo). Los átomos (hay una fina capa de átomos neutros en la parte exterior de una estrella de este tipo) son como osciladores y por eso vibran. La luz que emiten o absorben tiene menos energía y es más roja de lo normal. En términos técnicos se suele decir que a causa del intenso campo gravitacional las rayas espectrales se han desplazado hacia el rojo.

Por ultimo, hablemos del estado de agregación del fluido que contienen a las enanas blancas. ¿Con esta temperatura y esta densidad, pueden ser estas estrellas completamente gaseosas? Es muy difícil responder. Con las altas densidades la materia adquiere propiedades especiales, solo parcialmente conocidas porque es imposible reproducir en un laboratorio las condiciones que se dan en este tipo de estrellas.

Puede parecer raro, porque hay grandes analogías entre las propiedades de la materia del centro de una enana blanca (superdensa) y de la materia ordinaria a bajas temperaturas, próximas al cero absoluto (-273,15 grados centígrados). Los electrones libres se mueven en línea recta a gran velocidad (o, como se dice en lenguaje técnico, con velocidad relativista, próxima a la de la luz) casi sin encontrar resistencia, como ocurre a temperaturas próximas al cero absoluto en los fenómenos de superconductividad. En medio de este gas de electrones móviles los núcleos (de helio, carbono o hierro) tienden a rechazarse, al tener carga positiva, y buscan una posición de relativo equilibrio colocándose en el vértice de una retícula cristalina, igual que los átomos de la materia sólida ordinaria, aunque con la diferencia de que en la materia ordinaria basta que la temperatura aumente cien mil grados para que la retícula cristalina sea destruida y la materia sea liquida o gaseosa, mientras que para destruir la retícula cristalina en el centro de las enanas blancas se necesitan temperaturas de centenares de millones de grados.

En una estrella que originariamente haya tenido poca masa (1.4 veces la masa del Sol) y el colapso gravitatorio se produce cuando el hidrogeno se ha convertido en helio y el helio en carbono, al ser la masa mayor, la sucesión de reacciones termonucleares puede llevar a la constitución de un núcleo de hierro antes que el colapso de la enana blanca se produzca. En ambos casos se piensa que es posible la formación de un núcleo cristalino sólido en la región central de las enanas blancas, sobre todo si el corazón de la estrella es rico en carbono o hierro, al no ser la temperatura del centro de estas estrellas lo bastante alta para que se destruya un posible núcleo sólido (en el caso del hierro se necesitaran temperaturas del orden de los 100 millones de grados, mientras que en el centro de las enanas blancas la temperatura no debería ser mayor que diez millones de grados).

Las enanas blancas, o al menos una parte de ellas, según las teorías de la actualidad tienen un núcleo sólido; pero en el exterior, a una distancia del centro que depende de varias circunstancias, la materia degenerada volvería a ser fluida, gaseosa. En la superficie permanecería una capa no degenerada muy fina con hidrogeno y helio, a lo que se deberían las rayas observadas en el espectro de estas estrellas.

Gran parte de lo que acabamos de decir resulta imposible de observar directamente. Lo que es seguro es la excepcional densidad de las enanas blancas, la degeneración de la materia súpercomprimida y la gran velocidad de rotación de estas estrellas. Todo lo demás son simples especulaciones, aunque basadas en rigurosas leyes físicas, que tendrán que ser confirmadas, por futuras observaciones.

 

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