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CAPÍTULO III
LA INVASIÓN
01.-
La invasión.
02.-
La expedición conquistadora.
03.-
En la isla Puná.
04.-
La suerte de Ginés y Molina.
05.-
La primera mujer blanca.
06.-
La rebelión de los isleños.
07.-
La batalla de Tumbes.
08.-
La vieja ciudad de Tumbes.
09.-
La estadía de Pizarro en Tumbes.
10.-
La marcha hacia Piura.
11.-
Otras versiones sobre la ruta de Pizarro.
12.-
Tumbes pudo ser la primera ciudad española.
13.-
La fundación de un tambo en Paita.
14.-
La cruz de la conquista.
07.- La batalla de
Tumbes
Pizarro había logrado bastante
información sobre el imperio incaico, de los prisioneros tumbesinos.
Conocía también de la lucha de Huáscar y Atahualpa y de los triunfos
de éste.
Como por otra parte tenía la creencia de
que Tumbes era una ciudad muy rica y maravillosa de acuerdo a la
descripción que en viaje anterior había hecho Pedro de Candia, ardía
en deseos de trasladarse cuanto antes al continente. Lo extraño es
que los prisioneros tumbesinos no le hubieran contado que su ciudad
había sido arrasada por Tumbalá.
Pizarro envió a decir a Chiri Masa el
cacique tumbesino, que necesitaba verlo y éste acudió al llamado. El
conquistador hizo conocer al jefe indio, el deseo que tenía de
trasladarse a Tumbes, y Chiri Masa ofreció toda clase de ayuda.
De la celada tumbesina que sucedió
después hay versiones diferentes.
Al igual que lo sucedido en la Isla Puná,
los cronistas españoles catalogaron como un acto de ingratitud y
traición, el ataque sorpresivo de los tumbesinos, pero en realidad
hay muchas razones que justificaron el proceder, y por otra parte ya
sabían que no eran ni dioses ni semidioses, como lo pensaron con
respecto a Candia cuando éste hizo el primer desembarco años antes.
Gracilaso de la Vega, que en “Historia
General del Perú”, mostróse siempre favorable a los españoles y
contrario a los tallanes, manifiesta que Pizarro “Pidióles paz y
amistad por intercesión de los cautivos, los cuales a la partida
prometieron hacer grandes servicios a los españoles en recompensa a
la libertad que había dado. Más como gente ingrata y desconocida,
viéndose entre los suyos, trocaron las manos, en lugar de hablar
bien, dijeron mucho mal de los españoles acusándolos de ambiciosos y
avarientos de oro y plata y para indignar más a los suyos dijeron
que eran fornicadores y adúlteros”. En realidad, ésa fue la conducta
que los españoles observaron en todo los lugares por donde pasaron,
de tal manera que no había calumnia alguna, ni motivo para que el
cronista se escandalizara.
Inca Gracilaso de la Vega relata que
Pizarro envió a tres españoles como embajadores ante los tumbesinos,
con los 600 liberados. Cuando llegaron a tierra, los tallanes
tumbesinos se asustaron y escandalizaron de la información que los
cautivos daban de los españoles y de nada sirvieron las
explicaciones que dieron los tres enviados de Pizarro. El mismo Inca
Gracilaso de la Vega asegura y los cronistas Gómara y Agustín de
Zárate dan por cierto que los tres españoles fueron cruelmente
sacrificados.
El cronista Pedro Blas Valera, afirma
que todo eso era pura fantasía y que tiempos después se pudo
establecer que uno de los españoles murió de forma accidental
ahogado y los otros dos por enfermedades tropicales.
Continuando Inca Gracilaso de la Vega
con su relato, dice que “Pizarro, pasó con su gente mucho trabajo al
desembarcar en Tumpiz porque no sabía gobernar las balsas y se las
trastornaban con la resaca, que allí y en toda aquella costa las hay
muy bravas. Saltaron en tierra, fueron al pueblo, tuvieron peleas,
más al fin los españoles quedaron con la victoria y los enemigos tan
amedrentados con la mortandad que en ellos se hizo, que se rindieron
en todo”.
Don Manuel de Mendiburu en su monumental
obra “Diccionario Histórico Bibliográfico de Perú”, al tratar de la
biografía de Pizarro, condensa lo narrado por varios cronistas y
expresa: “El gobernador don Francisco Pizarro, determinó dejar la
isla de Puná y ocupar Tumbes creyendo encontrar buena acogida y
apoyo en los habitantes. Éstos después de vacilaciones y consultas,
se decidieron a rechazar a los aventureros y matarlos”.
“Los buques y muchas balsas
transportaron a las tropas invasoras y una cubierta se desprendió
para principiar el desembarco de tres balsas en que venían Soto,
Cristóbal de Mena y Hurtado. Toro, se adelantó con la última que
dirigía. Los indios agasajaron y ayudaron a saltar a tierra a los
españoles de Toro, llevándoselos enseguida so pretexto de
aposentarlos; más luego les sacaron los ojos, les mutilaron y
todavía vivos les arrojaron a grandes vasijas que contenían agua al
fuego. Hernando de Soto sospechó de los indios y tomó precauciones
salvándose también Alonso de Mesa, Alcántara y Pedro Pizarro que
iban a ser apresados en otra balsa y aunque aseguraron bien a los
indios, estos lograron huirse a nado. Al llegar a la playa las
balsas fueron saqueadas perdiéndose parte del equipaje de don
Francisco Pizarro. Su hermano Hernando con los de a caballo había
desembarcado a retaguardia del pueblo pero detenido por un estero,
no pudo proteger a tiempo a las balsas; y cuando advirtió lo que
pasaba en ellas, atravesó las ciénegas con gran arrojo, cargó y
desbarató a los indios. El desembarco general se hizo entonces sin
obstáculos, bien que Tumbes y sus riberas quedaron despoblados, y
aun destruidos por el fuego en las últimas guerras con los de Puná”.
Casi en las vísperas de iniciarse la
partida hacia Tumbes, se produjo una violenta discusión entre
Hernando Pizarro y el tesorero Riquelme, motivo por el cual éste
tomó un barco y se dirigió a Panamá. Francisco Pizarro de inmediato
envió otro navío a las órdenes de Juan de Alonso de Badajoz que dio
alcance a Alonso Riquelme a las alturas de la punta de Santa Elena,
retornando con él. Francisco Pizarro logró que su hermano Hernando y
el tesorero hicieran las paces, pues hubiera sido un tremendo
contratiempo para el conquistador, si Riquelme que estaba nombrado
por la Reina, llevaba quejas a la corte.
Ese episodio y el desembarco en Tumbes
en que casi pierde la vida, es relatado por el cronista Pedro
Pizarro del modo siguiente; “Sabido pues por el marqués (la huída de
Riquelme), se metió en un navío de dos que estaban en el puerto y
fue tras él y le alcanzó y le volvió, y vuelto, donde a los pocos
días mandó apercibir a la gente, en algunas balsas que a la sazón
estaban con nosotros en la isla de los de Tumbes. Se ofrecieron (los
presos de Puná) de llevar algunos españoles y fardalaje en ellas,
debajo de traición como pareció, que salidos que fuimos de la isla,
las balsas que llevaban como digo alguna gente y lo demás dicho,
metieron en unos islotes que ellos sabían a las balsas haber de
parar allí, atando sus balsas que habían que saliesen los españoles
a dormir a los islotes y en sintiéndolos dormidos iban llevando las
balsas y dejándolos allí, los mataban después, revolviendo con gente
sobre ellos lo cual aconteció a tres españoles que mataron de esta
manera; y a Francisco Martín hermano del marqués don Francisco
Pizarro, y a Alonso de Meza vecino del Cuzco y a mí nos hubiera
acontecido lo mismo, sino fuera porque Alonso de Mesa que estaba muy
enfermo de verrugas y no quiso salir de la balsa en que íbamos al
islote donde nos echaron...”
El cronista Diego Trujillo por su parte
expresa que la vanguardia de las fuerzas de Pizarro se dirigió al
continente en cuatro balsas con equipaje de Hernando Pizarro de los
oficiales reales y otros abastecimientos. Con ellos iban también
Antonio Navarro el contador, Alonso de Mesa, un soldado Riquelme,
Andrés Bocanegra y Juan de Garay. Al llegar a tierra son atacados
por los indios que matan a los tres últimos. Esto ocurrió en una de
las cuatro balsas. Otra iba al mando de Martín Alcántara, que
desconfió de la actitud de los balseros, amarrándolos para evitar su
fuga al mismo tiempo que a grandes gritos alertaba a sus demás
compañeros de las otras balsas. Algunos indios pudieron sin embargo
arrojarse al mar y dirigirse a nado a la costa. La tercera balsa
mandada por Hernando de Soto y la cuarta por Cristóbal de Mena
lograron controlar la situación. El desembarco en Tumbes pudo ser el
24 de abril de 1532, otros lo suponen los primeros días de abril.
Pizarro había perdido en Puná a diez
hombres entre muertos en combates, como resultado de las heridas y
por enfermedades. Al dejar la isla le puso el nombre de Santiago.
Tras las cuatro balsas, desembarcó Pizarro, con el grueso del
ejército expedicionario, sin mayor novedad porque Hernando Pizarro y
Soto habían despejado la playa y los alrededores. Don Raúl Porras
Barrenechea dice que Francisco Pizarro desembarcó a la vanguardia
con sus hermanos Hernando y Juan, con el capitán Soto y el obispo
Valverde, pero eso no es así. Tanto Hernando Pizarro como Soto
desembarcaron primero.
El conquistador no se explica la actitud
hostil de los indios, pero los prisioneros que tomaron, les
revelaron los motivos. La tierra estaba sublevada por orden del inca
Atahualpa que era el que ejercía autoridad sobre la región. Cabría
suponer que en Tumbes al igual que en Poechos habían capitanes de
Atahualpa que lo disponían todo y obligaban a Chiri-Masa a cumplir
las órdenes que se daban. Parece que el joven y soberbio capitán
Maica Huilca, gobernador de Poechos, sobre cuya personalidad hay
tanta confusión, tuvo mucho que ver en estas resistencias iniciales
contra los españoles.
Pizarro dispuso el avance sobre la
ciudad de Tumbes, y al entrar en ella encontraron una ciudad
desierta, destruida por numerosos incendios y que estaba muy lejos
de ser la maravillosa ciudad de Piedra, descrita anteriormente por
Pedro de Candia. Los expedicionarios estaban francamente
decepcionados y los llegados recientemente con Soto desde Nicaragua,
eran los más quejosos. Esto obligó a pedir cuentas al griego, al
cual Pizarro le dijo muy severamente: “en los nidos de antaño, no
hay pájaros hogaño, Señor Pedro de Candia”; a lo que éste respondió:
“Señor, fingí burlas para que tuvieran efecto estas veras”. En
efecto, las fantasías de Candia ante Pizarro primero y ante los
reyes de España más tarde, fueron grandes impulsos para llevar
adelante la conquista del Perú.
El cronista Jerez, afirmaba que el
despoblamiento de Tumbes, se debía a una gran pestilencia (peste)
que algunos llamaban el mal de Huayna Capac o sea la viruela. Sin
embargo, la ruina de la ciudad, se debió a la guerra con los de Puná
en donde los tumbesinos llevaron la peor parte. En la ciudad quedó
poca gente, la cual al conocer el avance de los españoles, huyó al
otro lado del río.
Los españoles pernoctaron en la destruida fortaleza de Tumbes, que a
pesar de todo aún brindaba muy buena protección; Tras una noche de
descanso reparador pero también de mucha zozobra, al clarear el
nuevo día pudieron contemplar mejor la fortaleza y según el cronista
Juan Ruiz de Arce, les pareció “hecha del más lindo arte que nunca
se vio” . El mismo cronista cuenta el asombro de los españoles al
contemplar y admirar el templo del sol, del que dice era “cosa de
ver por que tenía grande edificio; todo él por dentro y de fuera
pintado de grandes pinturas y ricos matices de colores”.
Hoy no se conoce a ciencia cierta donde
estuvo ese gran templo, pues se han dado diversas versiones
Los españoles en su recorrido por la
ciudad, encontraron las casas desiertas en su mayoría, gran cantidad
de ropa y de comida, algunos objetos de oro, pequeñas piedras
preciosas, todo lo cual a algunos pareció poco y a otros satisfizo,
como lo expresa Ruiz de Arce que era jinete de caballería y que al
caer la tarde decía entusiasmado a sus compañeros; “¡Esta es tierra
buena, es tierra de oro y plata!”.
Algunos cronistas estiman que la ciudad
tendría por esa época unos 40.000 habitantes y que unas mil casas
estaban quemadas o destruidas. Lo creemos exagerado.
Los indios partidarios de Atahualpa se habían refugiado en la
espesura al otro lado del río en su margen derecha, en donde está
ahora la nueva ciudad. El curaca Chiri-Masa estaba con los indios
alzados. Algunos cronistas aseguran que lo hacía contra su voluntad
y bajo presión, pero el historiador Juan José Vega manifiesta que
era partidario de Atahualpa. Don Raúl Porras Barrenechea lo llama
Quilimasa.
Los pocos habitantes que Pizarro
encontró en la ciudad, lo recibieron bien y por la conversación que
tuvo con ellos, supo que eran huascaristas. Ellos consideraban que
de acuerdo a los oráculos, los recién llegados eran seres superiores
y les llamaron viracochas o sea salidos del mar. Tenían la creencia
que venían en apoyo al legítimo inca Huáscar, y Pizarro no trató de
desmentirlos.
Los huascaristas de Tumbes contaron a Pizarro que Ginés y Molina
habían sido asesinados por los atahualpistas, lo cual estaba en
contradicción con lo que habían logrado indagar los españoles en la
isla Puná.
El conquistador ordenó a Hernando de
Soto llevar adelante una incursión contra los indios alzados, y fue
así como con cincuenta jinetes y gran cantidad de auxiliares de
Nicaragua y un contingente de esclavos negros, asaltaron de noche el
campamento indígena al otro lado del río y durante quince días les
estuvieron dando guerra y batiendo, de una trinchera a otra, hasta
que reducido Chiri-Masa a sólo 600 hombres optó por rendirse. Otros
cronistas dicen que el curaca rendido se llamaba Cocalame.
Los negros y los indios nicaraguas, se
vengaron ferozmente de los tumbesinos porque en días anteriores
cuando los españoles los enviaban a recoger leña o alimentos y se
apartaban del campamento, eran capturados por los sublevados indios
tumbesinos y les daban primero tormento y luego la muerte.
Mucho se ha especulado sobre la
intención de Soto de apartarse de Pizarro y seguir incursionando al
interior del país, posiblemente rumbo a la ciudad de Tumebamba que
se sabía era una gran urbe en forma tal que se la llego a mencionar
en las Capitulaciones de Toledo, pero lo cierto es que los de
Pizarro y los seguidores de éste, no veían bien a Soto, así como
tampoco toleraban a Almagro, movidos por rencillas y envidias.
El cronista Diego Trujillo, es el que
asegura que el cacique Cocalane es el que se rindió a Soto y aceptó
la paz como le propuso Pizarro.
Pedro Pizarro, cronista paje de Pizarro
y sobrino de él, que por entonces era muy joven dice lo siguiente:
“Pues visto que Tumbes estaba alzado y la gente enferma tenía gran
necesidad de carne para comer y otras cosas, mandó el marqués al
Capitán Soto quien con sesenta de a caballo fuese en busca de Chili
Masa y así lo hizo y andando en su busca, el capitán con la gente
que llevaba, trató un medio motín contra el gobernador, disimulando
fingiendo de ir a cierta provincia hacia Quito, y por que algunos no
vivieron en ello, y Juan de la Torre y otros se huyeron, y vinieron
a dar aviso al Marqués Pizarro”.
La acusación que hace Pedro Pizarro es
velada cuando sólo se atreve a decir “medio motín” y en cuanto a la
oposición de Juan de la Torre a seguir adelante en el afán
explorador de Soto, posiblemente se debió a prudencia, pues con sólo
60 hombres era tremendo riesgo seguir entrando en territorio enemigo
y hubiera sido una insensatez de Soto el haber pretendido separarse
de Pizarro para actuar por cuenta propia. Por lo tanto la presunta
deslealtad de Soto es injusta y no creíble. |