BREVE HISTORIA DE PIURA  -  TOMO II

LA CONQUISTA EN PIURA

Reynaldo Moya Espinoza

Carátula

Contenido

Prólogo

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Galería de fotos

Bibliografía

Biografía de R. Moya E.

Página web

 

CAPÍTULO III

LA INVASIÓN

 

01.- La invasión.

02.- La expedición conquistadora.

03.- En la isla Puná.

04.- La suerte de Ginés y Molina.

05.- La primera mujer blanca.

06.- La rebelión de los isleños.

07.- La batalla de Tumbes.

08.- La vieja ciudad de Tumbes.

09.- La estadía de Pizarro en Tumbes.

10.- La marcha hacia Piura.

11.- Otras versiones sobre la ruta de Pizarro.

12.- Tumbes pudo ser la primera ciudad española.

13.- La fundación de un tambo en Paita.

14.- La cruz de la conquista.

 

06.- La rebelión de los isleños

Los españoles decidieron pasar la navidad de 1531 y todo el verano de 1532 en la isla Puná convirtiéndose en huéspedes indeseables. En total estuvieron cinco meses.

Fue necesario que Tumbalá los proveyera de todo lo necesario para su sustento, pero nada de eso satisfizo a los españoles, pues en su afán de lograr oro, escudriñaron toda la isla, cometiendo despojos y abusos. Eran doscientos hombres entregados sólo al ocio y que mataban su tiempo en acciones completamente repudiables. Los adoratorios eran profanados para apropiarse de los objetos de oro en medio del gran escándalo de los naturales y las jóvenes indias eran sometidas de grado o fuerza a actos sexuales, con lo cual llenaron a los indios de rencor

La pequeña fuerza expedicionaria se comportaba como un ejército de ocupación. No era fácil mantener a doscientos hombres, más indios auxiliares y caballos que en cambio no aportaban nada. No fue por lo tanto de extrañar que los indios buscaran la forma de librarse de tan incómodos huéspedes. No se puede por eso hablar de traición con respecto de los isleños, por cuanto los españoles no se conducían como amigos y eran muchos los agravios recibidos, de gentes que en su mayoría eran zafios.

La llegada de Soto con refuerzos creó desánimo en los isleños, que veían aumentar y fortalecerse a los españoles; pero tras superar las dudas decidieron dar el golpe cuanto antes, en previsión de que llegasen más extraños.

Uno de los más empecinados en atacar era el cacique Catoir, el que seguía en autoridad a Tumbalá. El mencionado jefe indio, desde el principio mostró una marcada aversión para con los españoles. Por lo tanto conviene en esta oportunidad dar la otra versión existente en relación con la llegada de los españoles a la isla Puná en la que habría jugado Catoir papel importante. El relato es del cronista Diego Trujillo, el cual expresa que al llegar Pizarro a las costas ecuatorianas de Santa Elena pudo contemplar a lo lejos la isla de Puná. Para que hicieran averiguaciones, envió cinco hombres a caballo que desembarcaron en la playa. Al poco tiempo el grupo explorador se topó con un centenar de indios que los estaban esperando en silencio y en la mayor quietud. El que hacía de jefe llamado Catoir, les dio la bienvenida a nombre de Tumbalá el rey de la isla y les entregó numerosos presentes con una invitación que debían llevar a Pizarro para que visitara la isla ¿Desde cuándo estaban los isleños esperando en la playa a los españoles?. Eso nunca se supo, pero estuvieron muy acertados al suponer que Pizarro se interesaría por la isla.

Catoir fue llevado a bordo y decidió Pizarro aceptar la invitación, para lo cual le fueron puestas a su disposición varias balsas, para el conquistador y sus acompañantes. El cronista Cieza de León narra que en esos momentos, se acercó a Francisco Pizarro el indio tallán Francisquillo que se hacía entender en español y le advirtió que se trataba de una celada, de acuerdo a la cual, cuando estuvieron navegando los españoles romperían las amarras que sujetaban los troncos de las balsas para ahogarlos, salvándose los isleños por ser expertos nadadores. Ante esta advertencia, Pizarro exigió la presencia de Tumbalá para dialogar con él, mensaje que transmitió Catoir y que el rey de la isla aceptó.

Había por lo tanto este antecedente como para alertar a Pizarro cuando ya estuvo de huésped, y no obstante, de su natural desconfianza, y de que sus gentes iban y venían por toda la isla, y que además los intérpretes indios como Felipillo y Francisquillo estaban siempre vigilantes; resulta que Tumbalá, Catoir y demás jefes indios actuaron con tal cautela, que los españoles no se dieron cuenta de los preparativos bélicos.

Las fuerzas nativas quedaron listas para actuar a la primera indicación y en verdadero pie de guerra; pero Tumbalá no se decidía a dar la voz de ataque y seguía visitando al conquistador. Entonces los intérpretes tallanes avisaron a Pizarro de todos los preparativos y éste decidió adelantarse dando un golpe de mano y dirigiéndose con su escolta a la cabaña del rey, y lo apresó, junto con su familia. Teniéndolo de rehén creyó dominar la situación, pero eso fue más bien la chispa que precipitó la rebelión. No está claro si en realidad existía alguna conjura de parte de Tumbalá aun cuando eso estaba plenamente justificado, pero también pudo suceder que los intérpretes tallanes por su odio a los isleños de la Puná trataron de indisponerlos con Pizarro para vengar la derrota de Tumbes.

De inmediato se movilizó la flota de guerra de los isleños, que con sus grandes balsas trataron de rodear a los tres barcos que tenían los españoles fondeados cerca de la playa. Los atacantes lanzaron una lluvia de flechas, pero los españoles pusieron en movimiento los navíos, los llevaron mar afuera al mismo tiempo que embistiendo a las balsas, las hacían zozobrar o las volteaban.

Mientras tanto, en tierra otras fuerzas de flecheros indios atacaban el campamento de Pizarro. Este hizo que avanzara la infantería con los sables desenvainados, mientras que con sus escudos se protegían de la lluvia de dardos que les enviaban. Hubo una gran mortandad de indios pero éstos mataron a cuatro españoles e hirieron a muchos más entre ellos a Hernando Pizarro, al que le penetró una flecha en el muslo. Llegó un momento en que los españoles se vieron envueltos por un enjambre de indios; por lo cual intervino la caballería española al grito de ¡Santiago! ante la cual los indios tuvieron que retroceder. Fue en ese momento cuando Pizarro presionó a Tumbalá para que diera una orden a los indios de deponer las armas, pero estos no obedecieron a su rey y continuaron cercando a los españoles desde la espesura de los pantanos. Todo hacía suponer que Catoir había asumido el poder y el control de la isla. Los españoles reducidos a un pequeño espacio no podían casi ni moverse, padeciendo un verdadero sitio con escasez de alimentos. Pizarro dispuso entonces varias cargas de caballería para romper el cerco, unas veces a órdenes de Juan Pizarro y en otras oportunidades a orden del capitán Sebastián de Benalcázar. Se necesitó un mes para que poco a poco la rebelión fuera dominada. Algunos cronistas aseguran que fue en estos momentos y no antes, cuando llegó Soto con los refuerzos.

Tumbalá había capturado a 600 tumbesinos en la guerra que les había hecho. Estaban reducidos a la esclavitud y a los trabajos forzados en la agricultura. Periódicamente se tomaban algunos para sacrificarlos a los dioses.

En marzo de 1532 Pizarro, recién decidió liberar a estos prisioneros, y esta forma, pensó se buscaba aliados en la isla y además creyó que era un gesto que le iba permitir congraciarse con la gente de Tumbes, donde pensaba trasladarse. Pero los tumbesinos prisioneros a pesar de la triste suerte que padecían en la isla, pudieron darse cuente de lo abusivo y peligrosos que eran los españoles; y en realidad los tumbesinos no sabían si eran peores, los visitantes o los isleños de Puná. Por eso, tan pronto como los ex prisioneros retornaron a su ciudad, relataron a sus curacas todo lo que habían visto y oído.

Los 600 tumbesinos antes de dejar la isla, hicieron una especie de despedida violenta cometiendo a su vez crueles venganzas contra sus vencedores del año anterior, pero sumidos ya en la condición de derrotados por Pizarro. Fue así como diez jefes principales puneños que habían sido crueles con los prisioneros vencidos tumbesinos, fueron sometidos a suplicio y al final, muertos.

No se sabe si por su propio fanatismo religioso, o por alentar a sus soldados, Pizarro hizo circular la versión, que en el curso de la batalla de Puná y cuando la suerte parecía esquiva, se encomendó al Arcángel San Miguel del que era fiel devoto, y le pidió su ayuda, la que obtuvo.

El cronista Montesinos relata este hecho, que considera verídico y portentoso, lo que no es de extrañar, dado el profundo sentido religioso de los españoles de esa época y la tendencia a creer en apariciones milagrosas.

Dice Montesinos: “En la Batalla de Puná vieron muchos, ya de los indios, ya de los nuestro que había en el aire otros dos campos uno acaudillado por el Arcángel San Miguel con espada y rodela; y otro por Luzbel y sus secuaces, más apenas captaron los castellanos su victoria, huyeron los diablos y formando un torbellino de viento, se oyeron en el aire unas voces terribles que decían; Vencístenos Miguel, vencísteno”.

Es decir que para los españoles, en la visión, los ángeles eran prácticamente ellos y los diablos los pobres indios.

Los españoles siempre hicieron intervenir al cielo y a toda la corte celestial en sus luchas, primero contra los moros y más tarde contra los indios. Así, unos años después cuando al sublevarse Manco Inca, se puso cerco a Pizarro en la ciudad de Lima, los españoles aseguraron que había sido San Cristóbal, el que había obligado a los indios a levantar el sitio y huir.

Sea lo que fuere, muchos aseguran que en agradecimiento a San Miguel, fue que Pizarro puso ese nombre a la primera ciudad fundada por él en el valle del Chira.

Batalla de la isla Puná

 

San Miguel Arcángel

  BATALLA DE LA ISLA PUNÁ

 

La llegada de los refuerzo de Soto a la isla Puná no desanimó al curaca Tumbala que siguió adelante con sus planes de rebelión.

Había 200 españoles ociosos en la isla a los que debían mantener y además tolerar sus tropelías. Los indios nicaraguas de Soto era  feroces y cuando uno  de ellos se alejaba del campamento los isleños lo capturaban y mataban..

Era el curaca Catoir el segundo en poder en la isla el mas decidido a la rebelión.   Sospechando Pizarro de la posible rebelión tomó preso como rehén a Tumbalá. Entonces Catoir dio la orden de atacar y decenas de barcas isleñas rodearon a los tres barcos de Pizarro.. Fue la primera batalla naval de la Conquista , la que fue ganada por los españoles,

En tierra centenares de indios  atacaron  con arcos y flechas al campamento de Pizarro. Un mes duraron los combates y los españoles tuvieron varias bajas. En la isla habían 600 tumbesinos prisioneros a los que Pizarro liberó y se le unieron

Pizarro hizo correr la versión que en momentos en que los indios llevaban las de ganar, se encomendó al Arcángel San Miguel, y éste  se apareció aterrorizando a los indios

 

 

 

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