|
CAPÍTULO III
LA INVASIÓN
01.-
La invasión.
02.-
La expedición conquistadora.
03.-
En la isla Puná.
04.-
La suerte de Ginés y Molina.
05.-
La primera mujer blanca.
06.-
La rebelión de los isleños.
07.-
La batalla de Tumbes.
08.-
La vieja ciudad de Tumbes.
09.-
La estadía de Pizarro en Tumbes.
10.-
La marcha hacia Piura.
11.-
Otras versiones sobre la ruta de Pizarro.
12.-
Tumbes pudo ser la primera ciudad española.
13.-
La fundación de un tambo en Paita.
14.-
La cruz de la conquista.
06.- La rebelión de los
isleños
Los españoles decidieron pasar la
navidad de 1531 y todo el verano de 1532 en la isla Puná
convirtiéndose en huéspedes indeseables. En total estuvieron cinco
meses.
Fue necesario que Tumbalá los proveyera
de todo lo necesario para su sustento, pero nada de eso satisfizo a
los españoles, pues en su afán de lograr oro, escudriñaron toda la
isla, cometiendo despojos y abusos. Eran doscientos hombres
entregados sólo al ocio y que mataban su tiempo en acciones
completamente repudiables. Los adoratorios eran profanados para
apropiarse de los objetos de oro en medio del gran escándalo de los
naturales y las jóvenes indias eran sometidas de grado o fuerza a
actos sexuales, con lo cual llenaron a los indios de rencor
La pequeña fuerza expedicionaria se
comportaba como un ejército de ocupación. No era fácil mantener a
doscientos hombres, más indios auxiliares y caballos que en cambio
no aportaban nada. No fue por lo tanto de extrañar que los indios
buscaran la forma de librarse de tan incómodos huéspedes. No se
puede por eso hablar de traición con respecto de los isleños, por
cuanto los españoles no se conducían como amigos y eran muchos los
agravios recibidos, de gentes que en su mayoría eran zafios.
La llegada de Soto con refuerzos creó
desánimo en los isleños, que veían aumentar y fortalecerse a los
españoles; pero tras superar las dudas decidieron dar el golpe
cuanto antes, en previsión de que llegasen más extraños.
Uno de los más empecinados en atacar era
el cacique Catoir, el que seguía en autoridad a Tumbalá. El
mencionado jefe indio, desde el principio mostró una marcada
aversión para con los españoles. Por lo tanto conviene en esta
oportunidad dar la otra versión existente en relación con la llegada
de los españoles a la isla Puná en la que habría jugado Catoir papel
importante. El relato es del cronista Diego Trujillo, el cual
expresa que al llegar Pizarro a las costas ecuatorianas de Santa
Elena pudo contemplar a lo lejos la isla de Puná. Para que hicieran
averiguaciones, envió cinco hombres a caballo que desembarcaron en
la playa. Al poco tiempo el grupo explorador se topó con un centenar
de indios que los estaban esperando en silencio y en la mayor
quietud. El que hacía de jefe llamado Catoir, les dio la bienvenida
a nombre de Tumbalá el rey de la isla y les entregó numerosos
presentes con una invitación que debían llevar a Pizarro para que
visitara la isla ¿Desde cuándo estaban los isleños esperando en la
playa a los españoles?. Eso nunca se supo, pero estuvieron muy
acertados al suponer que Pizarro se interesaría por la isla.
Catoir fue llevado a bordo y decidió
Pizarro aceptar la invitación, para lo cual le fueron puestas a su
disposición varias balsas, para el conquistador y sus acompañantes.
El cronista Cieza de León narra que en esos momentos, se acercó a
Francisco Pizarro el indio tallán Francisquillo que se hacía
entender en español y le advirtió que se trataba de una celada, de
acuerdo a la cual, cuando estuvieron navegando los españoles
romperían las amarras que sujetaban los troncos de las balsas para
ahogarlos, salvándose los isleños por ser expertos nadadores. Ante
esta advertencia, Pizarro exigió la presencia de Tumbalá para
dialogar con él, mensaje que transmitió Catoir y que el rey de la
isla aceptó.
Había por lo tanto este antecedente como
para alertar a Pizarro cuando ya estuvo de huésped, y no obstante,
de su natural desconfianza, y de que sus gentes iban y venían por
toda la isla, y que además los intérpretes indios como Felipillo y
Francisquillo estaban siempre vigilantes; resulta que Tumbalá,
Catoir y demás jefes indios actuaron con tal cautela, que los
españoles no se dieron cuenta de los preparativos bélicos.
Las fuerzas nativas quedaron listas para
actuar a la primera indicación y en verdadero pie de guerra; pero
Tumbalá no se decidía a dar la voz de ataque y seguía visitando al
conquistador. Entonces los intérpretes tallanes avisaron a Pizarro
de todos los preparativos y éste decidió adelantarse dando un golpe
de mano y dirigiéndose con su escolta a la cabaña del rey, y lo
apresó, junto con su familia. Teniéndolo de rehén creyó dominar la
situación, pero eso fue más bien la chispa que precipitó la
rebelión. No está claro si en realidad existía alguna conjura de
parte de Tumbalá aun cuando eso estaba plenamente justificado, pero
también pudo suceder que los intérpretes tallanes por su odio a los
isleños de la Puná trataron de indisponerlos con Pizarro para vengar
la derrota de Tumbes.
De inmediato se movilizó la flota de
guerra de los isleños, que con sus grandes balsas trataron de rodear
a los tres barcos que tenían los españoles fondeados cerca de la
playa. Los atacantes lanzaron una lluvia de flechas, pero los
españoles pusieron en movimiento los navíos, los llevaron mar afuera
al mismo tiempo que embistiendo a las balsas, las hacían zozobrar o
las volteaban.
Mientras tanto, en tierra otras fuerzas
de flecheros indios atacaban el campamento de Pizarro. Este hizo que
avanzara la infantería con los sables desenvainados, mientras que
con sus escudos se protegían de la lluvia de dardos que les
enviaban. Hubo una gran mortandad de indios pero éstos mataron a
cuatro españoles e hirieron a muchos más entre ellos a Hernando
Pizarro, al que le penetró una flecha en el muslo. Llegó un momento
en que los españoles se vieron envueltos por un enjambre de indios;
por lo cual intervino la caballería española al grito de ¡Santiago!
ante la cual los indios tuvieron que retroceder. Fue en ese momento
cuando Pizarro presionó a Tumbalá para que diera una orden a los
indios de deponer las armas, pero estos no obedecieron a su rey y
continuaron cercando a los españoles desde la espesura de los
pantanos. Todo hacía suponer que Catoir había asumido el poder y el
control de la isla. Los españoles reducidos a un pequeño espacio no
podían casi ni moverse, padeciendo un verdadero sitio con escasez de
alimentos. Pizarro dispuso entonces varias cargas de caballería para
romper el cerco, unas veces a órdenes de Juan Pizarro y en otras
oportunidades a orden del capitán Sebastián de Benalcázar. Se
necesitó un mes para que poco a poco la rebelión fuera dominada.
Algunos cronistas aseguran que fue en estos momentos y no antes,
cuando llegó Soto con los refuerzos.
Tumbalá había capturado a 600 tumbesinos
en la guerra que les había hecho. Estaban reducidos a la esclavitud
y a los trabajos forzados en la agricultura. Periódicamente se
tomaban algunos para sacrificarlos a los dioses.
En marzo de 1532 Pizarro, recién decidió
liberar a estos prisioneros, y esta forma, pensó se buscaba aliados
en la isla y además creyó que era un gesto que le iba permitir
congraciarse con la gente de Tumbes, donde pensaba trasladarse. Pero
los tumbesinos prisioneros a pesar de la triste suerte que padecían
en la isla, pudieron darse cuente de lo abusivo y peligrosos que
eran los españoles; y en realidad los tumbesinos no sabían si eran
peores, los visitantes o los isleños de Puná. Por eso, tan pronto
como los ex prisioneros retornaron a su ciudad, relataron a sus
curacas todo lo que habían visto y oído.
Los 600 tumbesinos antes de dejar la
isla, hicieron una especie de despedida violenta cometiendo a su vez
crueles venganzas contra sus vencedores del año anterior, pero
sumidos ya en la condición de derrotados por Pizarro. Fue así como
diez jefes principales puneños que habían sido crueles con los
prisioneros vencidos tumbesinos, fueron sometidos a suplicio y al
final, muertos.
No se sabe si por su propio fanatismo
religioso, o por alentar a sus soldados, Pizarro hizo circular la
versión, que en el curso de la batalla de Puná y cuando la suerte
parecía esquiva, se encomendó al Arcángel San Miguel del que era
fiel devoto, y le pidió su ayuda, la que obtuvo.
El cronista Montesinos relata este
hecho, que considera verídico y portentoso, lo que no es de
extrañar, dado el profundo sentido religioso de los españoles de esa
época y la tendencia a creer en apariciones milagrosas.
Dice Montesinos: “En la Batalla de Puná
vieron muchos, ya de los indios, ya de los nuestro que había en el
aire otros dos campos uno acaudillado por el Arcángel San Miguel con
espada y rodela; y otro por Luzbel y sus secuaces, más apenas
captaron los castellanos su victoria, huyeron los diablos y formando
un torbellino de viento, se oyeron en el aire unas voces terribles
que decían; Vencístenos Miguel, vencísteno”.
Es decir que para los españoles, en la
visión, los ángeles eran prácticamente ellos y los diablos los
pobres indios.
Los españoles siempre hicieron
intervenir al cielo y a toda la corte celestial en sus luchas,
primero contra los moros y más tarde contra los indios. Así, unos
años después cuando al sublevarse Manco Inca, se puso cerco a
Pizarro en la ciudad de Lima, los españoles aseguraron que había
sido San Cristóbal, el que había obligado a los indios a levantar el
sitio y huir.
Sea lo que fuere, muchos aseguran que en
agradecimiento a San Miguel, fue que Pizarro puso ese nombre a la
primera ciudad fundada por él en el valle del Chira. |