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Historias
en las que el mal cobra vida, historias en las que aparece la misma Muerte
personificada, historias en las que las almas perdidas “juegan” con
los destinos de los desdichados mortales. Esas
leyendas, algunas fueron fuente de la imaginación de un simple mortal,
otras aseguran que fueron tan reales como la vida misma. ¿Es verdad que tales historias existieron alguna vez? Muchas mentes piensan que no pueden hacerse realidad... pero las apariencias pueden engañar...
Alguien dijo una vez: La vida es tan corta y el arte de vivir es tan complicado que cuado alguien comienza a vivir es hora de morirse. Y es cierto. Los mortales intentar huir de la muerte, pero nadie consigue escaparse de sus garras maléficas. La muerte lo mismo llama a la puerta de la cabaña de un campesino que a las puertas del hogar de los grandes reyes. Porque la muerte no hace excepciones de ningún tipo. Ningún ser viviente sabe cuándo la vida se detendrá. Sólo la Muerte conoce y da fin a la existencia mortal. Pero...
¿qué hay después de la muerte? Es un enigma que no para de formularse
desde el inicio de los tiempos. Han propuesto varias teorías, mas nadie
ha descubierto el secreto mejor guardado de la exterminadora de la vida.
Los mortales que lo han visto no han vivido para contarlo... En
los cementerios se cuenta una vieja leyenda en el que se intenta
explicar el escalofriante trabajo de la Muerte. Su misión requiere
tener sangre fría y carecer de compasión... Ella nunca perdona y no se
arrepiente de sus actos, pues siempre está orgullosa de llevarse una
pobre alma consigo al purgatorio, el hogar de las almas, la morada de
los espíritus. El
purgatorio es una porción siniestra de terreno rodeada de agua. El
purgatorio es una isla sombría, desierta y solitaria, donde no existen
los calurosos rayos del sol ni la bella luz de la luna llena en una
noche estrellada. Pues allí sólo hay sombras oscuras. Sombras que
ocultan lo visible. Una grisácea niebla se extiende por el purgatorio;
que no permite la clara visión. Sólo
hay un medio de transporte que, sin temor alguno, cruza las sombras y
llega a la morada de las almas. Es la barca de la Muerte. Una gran barca
ensangrentada donde la Muerte conduce a los difuntos a su nuevo hogar.
En medio de ese espacio, sólo se oyen susurros. Voces que, con la voz
apagada, se lamentan de su trágico destino. Las cadenas se transportan
silencian los lamentos, mientras se dirigen al oscuro purgatorio.
Cualquier mortal que oiga esas trágicas voces, siente que su corazón
se llena de un miedo tal que da lugar a la locura... Algunas
almas intentan huir del purgatorio, mas no logran pasar ese intenso mar
oscuro que une la vida mortal y el llamado purgatorio. Porque el mar
absorbe la energía inmortal de las almas, y pronto se convierte en
espuma salada de las olas en la negra arena. La única manera que hay de
escapar es la barca de la Muerte; la única barca que atraviesa los
mares muertos; mas es invisible a los ojos de las almas. La
barca de los Muertos sólo obedece las órdenes de la Muerte. La barca sólo
escucha la llamada de su dueña. Nadie puede escapar de las garras de la Muerte. Nadie puede huir de su morada. Una vez allí, las cadenas de la tortura impiden que el alma vuelva a su hogar mortal.
Era un día muy soleado. Dos chicas estaban ayudando a su madre a hacer las tareas de la casa. Una barría y la otra limpiaba los platos. Las chicas se llamaban Enye y Rya. Aunque eran gemelas, se las distinguía perfectamente. Rya era muy alegre, divertida y le gustaba hablar con los demás; sin embargo, Enye era más seria y cerrada, y sólo hablaba lo justo. Ambas eran el día y la noche. Ese mismo día, las dos hermanas fueron al bosque a limpiar la ropa al río. De repente, Enye tiró la ropa al suelo y escuchó. Simplemente escuchó los susurros del bosque.
- ¿Oyes eso? - dijo por fin
- ¿El qué? - preguntó su hermana
- Esas voces... - explicó - ...esas voces del bosque nos están llamando...
- ¡Qué tonterías dices!... ¿Enye? ¿A dónde vas?
Enye siguió las voces, como si la hubiesen hipnotizado... Su mirada estaba perdida... Rya intentó detenerla, pero su hermana levantó la mano izquierda y una fuerza empujó a Rya que la dejó en el suelo. Asustada, se fue corriendo a su casa para contar todo lo sucedido a su madre. Luego, las dos siguieron el mismo camino que recorrió Enye, pero no la encontraron por ninguna parte. Gritaron su nombre mas no hubo respuesta... Sólo se oía el silencio profundo del bosque...
Preocupadas, regresaron a casa con lágrimas en los ojos. Cuando abrieron la puerta se encontraron con algo sorprendente. Enye estaba flotando encima de la mesa. Rya fue a abrazarla, pero la chica sopló y la convirtió en polvo que fue expulsado de la casa por una sacudida de aire frío. La madre, aterrada, quiso salir de la casa, pero no podía. Había algo fuera que la impedía abrir la puerta... Con un empujón, pudo salir. Cuando estuvo fuera, gritó con horror. El cuerpo de Enye yacía en el suelo. Sin pensarlo, miró al interior de la casa, pero Enye había desaparecido.
Por la tarde, el padre regresó a su casa y vio los cuerpos de sus hijas y su esposa en el suelo. Aterrado, observó al espíritu de Enye que se encargó de hacerlo desaparecer...
Hace muchos años, en un lugar bastante lejano, una chica de unos 17 años llamada Elisa compró en una tienda de antigüedades un espejo que, según el vendedor, era del siglo XVIII. La verdad era que el espejo estaba bastante deteriorado y conservaba polvo entre sus adornos que cubrían los bordes. Era dorado y los relieves que formaban el marco del espejo no se distinguían mucho, pero la dueña creyó que mostraba diversas formas de tortura, ya que, entre todas esas figuras, vio una guillotina, arma muy conocida a finales del siglo XVIII, con el que se daba muerte a la gente que incumplía la ley. Además, Elisa distinguió calaveras, esqueletos y una gran cantidad de cadáveres descuartizados.
A la chica no le hizo demasiada gracia ver esos relieves. Entonces, fue a tirar a la basura el espejo. Al caer al fondo del contenedor, el espejo se rompió. Elisa, que era muy supersticiosa, se desesperó al verlo roto, ya que romper un espejo daba siete años de mala suerte. Sin mirar atrás, Elisa regresó a su casa. Cuan fue su asombro cuando vio en el cuarto de estar el espejo que había tirado hacía cinco minutos... ¡y estaba intacto! Volvió al contenedor con el espejo a cuestas y no estaba la vez que lo tiró.
Regresó a casa y se encontró con el espejo, intacto, en el mismo lugar de antes. Entre mantas y cuerdas, Elisa volvió a tirarlo con la esperanza de no volver a verlo más... pero el espejo siempre aparecía.
Así, esto pasó una y otra vez, hasta que la pobre Elisa se volvió loca y fue ingresada en un manicomio, al lado de uan tienda de antigüedades. Elisa asegura que el espejo está presente en sus sueños y que, además, la atormenta día y noche. Ahora, el espejo está en esa tienda de antigüedades, esperando hacer la vida imposible a su nuevo dueño.
Era una noche tranquila. El cielo estaba despejado y era iluminado por una luna llena, rodeada por millones de estrellas pequeñas. La brisa marina llenaba los pulmones de Gloria, que paseaba tranquilamente por la playa. Sentía cómo la arena fría se resbalaba entre sus dedos. Gloria necesitaba despedirse de la playa. Dentro de dos días regresaría a su vida monótona y aburrida: Volver a la ciudad, ver a los amigos... y pronto empezaría a trabajar. Estar enfrente del ordenador de nuevo durante largas horas, haciendo cuentas sin parar, y soportar a los plastas de los compañeros: que si Gloria esto, que si Gloria lo otro...
Verdaderamente, las vacaciones le han sentado genial. Había descansado mucho y sus pilas estaban recargadas al máximo.
De repente, Gloria regresó al mundo terrenal. Había sentido unas pisadas que le seguían. Se giró sobre sí misma e intentó ver en la oscuridad. Nada... no había nadie.
- A lo mejor era fruto de mi imaginación - se dijo y continuó con su camino.
A los pocos segundos, Gloria oyó las pisadas de nuevo. Decidió acelerar el paso, pero las pisadas seguían el ritmo de la mujer. Asustada, Gloria corrió hacia ningún sitio. Un ratito después, un cuerpo pesado se lanzó sobre ella. Gloria cayó boca abajo y giró la cabeza. Encima suyo había un loco psicópata con un cuchillo entre sus manos, dispuesto a poner fin a la vida de la chica...
Al día siguiente, se extendió la noticia del asesinato de Gloria. Los policías nunca encontraron al culpable de aquella mantanza. Ahora, el asesino pasea por las noches por las playas para buscar a su nueva víctima.
Desde muy pequeña me encantaban las muñecas de porcelana. Eran tan blancas, rígidas y frágiles que apenas las tocaba opr miedo a que se cayesen y se rompiesen... Recuerdo que tenía mi habitación llena de lindas muñecas de porcelana, pero no sabía que me causarán más de un problema...
Tendría unos diez años cuando me regalaron a Fofito, un payaso de porcelana. Su cara alegre y su llamativa ropa me divertía y no tardó en ser mi muñeco favorito. Jugaba mucho con Fofito hasta que, sin querer, le rompí un brazo. No pude arreglarlo. Muy triste, lo dejé encima del escritorio y me dispuse a coger otra muñeca de porcelana cuando vi que todas las que tenía habían cambiado: sus caras ya no eran alegres, sino maléficas; su mirada no era vacía, estaba inyectada en sangre. Asustada, fui a contárselo a mis padres... Cuál fue mi horror cuando vi a mi familia en el suelo, en un mar de sangre. En medio de los cadáveres, Fofito agitaba en el aire un cuchillo de cocina. Miraba feliz su brutal trabajo, y, a paso tortuga, se acercó a mí y me dijo:
. ¿Qué te parece? Esto no es más que el comienzo. Eso te pasa por haberme arrancado el brazo. Ahora lo pagarás muy caro...
El miedo influyó en mis venas y mi sangre se congeló en un segundo. Parecía no tener escapatoria. En un abrir y cerrar de ojos, estaba rodeada de muñecas de porcelana, con cuchillos y navajas, dispuestas a hacerme sufrir como nunca lo habían hecho conmigo...
Por suerte, me escapé y me cobijé en casa de mis abuelos, pero cada vez que intentaba conciliar el sueño, la cara del payaso de porcelana invadía mi mente... Ahora no puedo mirar ninguna muñeca de porcelana y mucho menos a los payasos.
La historia que relataré a continuación le sucedió a una persona muy cercana a mí, mi buen amigo Sebas. Fue verdad, ya que estuve presente cuando ocurrió todo... Nadie me cree, pero espeto que tú sí me creas, porque te juro por la tumba de mi abuela que todo sucedió de verdad...
Era una hermosa tarde de otoño. El suelo estaba cubierto de hojas y las ramas de los árboles desnudos bailaban al son del viento. Mi amigo Sebas y yo estábamos paseando tranquilamente por un parque, donde los niños jugaban al fútbol y las niñas, a la comba. Miré la hora en mi reloj: eran las seis y cuarto. A las seis y media había quedado con unas amigas para ir al cine, pero aún quedaba un cuarto de hora... el último cuarto de hora de Sebas...
De repente, sonó el teléfono de Sebas. La melodía de Yambo Yambo se hizo oír en todo el parque. Sin tardar nada, observó que el número que le llamaba, 666 666 666, le era desconocido. No obstante, lo cogió y lo puso en manos libres (siempre hacía lo mismo, ya que no le gustaba ir hablando por la calle con el móvil pegado a la oreja). Al principio no sonaba nada... pero luego escuchamos una respiración lenta, pero ahogada y costosa. Unos cinco minutos después, una voz empezó a decir palabras en una lengua rara que desconozco... y de repente, a Sebas le costaba respirar, sus ojos se les desorbitaron y se tragó la lengua. En cuestión de segundos, mi amigo yacía muerto en el suelo, con el móvil en la mano. Asustada, cogí su teléfono... pero ya no estaba el número en la agenda de llamadas recibidas...
Desde ese día, perdí la cordura. Perdí la cabeza y no podía ver ni oír un teléfono, bien sea fijo o móvil. Además, a consecuencia de esto, me encerraron en un manicomio. Llevo aquí tres años y la imagen de Sebas está presente en mí día y noche... No me deja descansar...
Escribo esto desde el manicomio para advertir a todo el mundo que hay que tener cuidado con las llamadas que se reciben... ya que pueden acabar con todos vosotros en tan sólo un segundo.
El
Secreto de la Noche de San Juan El
Ritual (basado
en hechos reales) “Ha
llegado el gran día”. Tapfe no daba crédito a lo que veían sus
ojos. El día de San Juan había llegado por fin. Una fiesta que se
celebraba por todo lo alto en la ciudad donde vivía la joven. Una
juerga continua en la que las fogatas de la diversión inundaban los
descampados de las afueras de la ciudad. Chicos ágiles saltaban por
encima de las hogueras, estirando las piernas hasta sentir el abrasante
calor del fuego en sus carnes. Hombres que no sienten el dolor caminaban
entre las brasas ardientes, carbonizando los pies, convirtiendo sus
plantas en suelas negruzcas y polvorientas. Pero
no todo era diversión. En este día, las brujas y hechiceras llevan a
cabo ciertos rituales para que, hasta que se acercara la próxima noche
de San Juan, se cumplieran los deseos de su mágico corazón. Velas
blancas, oraciones, plantas curativa e incienso. Era todo lo necesario
para llevar a cabo su obra. La
noche más corta del año. Tapfe
no iba a ser menos y pensó en realizar una especie de hechizo. Siempre
creyó en la existencia de espíritus, tales como Verónica, y esa era
el momento oportuno para saber si sus creencias eran del todo ciertas. ¿Pero
qué había que hacer? Y
entonces lo vio. Se mostró tan claro que hasta a la joven le pareció
extraño. Allí, encerrada en su habitación, escribiendo un extraño
relato, se abrió un programa que le rezaba: Tradiciones de la Noche de San Juan
Y
aparecía una serie de rituales que se hacían en esa noche tan
especial. A Tapfe le parecieron bastante normales, hasta que se sus ojos
se detuvieron en una tradición un tanto peculiar: Si
una mujer se mira desnuda y frente a un espejo, a media noche y
con la luz de una vela, verá el momento de su muerte. “¿Y
si es verdad?”. La mente de Tapfe empezó a imaginarse cómo se sentiría
al ver su propia muerte y sin pensarlo se dispuso a hacerlo. 23:45.
Aún quedaba un cuarto de hora, el suficiente tiempo como para preparar
el ritual. Después de revolver su cuarto encontró una vela blanca;
larga y delgada, y la introdujo en un candelabro negro de tres patas.
Luego, encendió la vela con una cerilla. Tapfe observaba cómo el fuego
consumía la pequeña mecha de la vela y cómo devoraba insaciablemente
la fina cerilla que la había dado vida. Y de repente, la cerilla se apagó.
Un
gran silencio inundó la casa. Fuera de su cuarto, oyó un portazo y un
suave tintineo. La joven abrió la puerta y miró. Su padre había
salido a dar una vuelta. Estaba sola en casa... sola en la más profunda
oscuridad en medio del silencio sepulcral de la noche. El crujir de la
madera de los muebles interrumpía el mutismo cada cierto tiempo... Tapfe
salió de su cuarto con el candelabro entre sus manos. Las patas salían
de entre los dedos delicados de la joven. La luz que transportaba la
vela jugueteaba incansablemente con la oscuridad, mientras mostraba el
corto camino hacia el baño. Sus descalzos pies palpaban el calor del
suelo de madera. Y
entró en el baño. Se vio reflejada en el amplio espejo de la mampara
de la ducha mientras dejaba el candelabro en el suelo. La vela temblaba
en el candelabro, debido a que no estaba bien colocado, pero no llegó a
caerse. La débil luz de la vela brillaba por doquier; Tapfe quería que
el reloj de pared del salón tocara las doce para empezar el ritual... Dong,
Dong, Dong... El momento había llegado. Se quitó el camisón
mientras su oído percibía el sonido del viejo reloj. Dong,
Dong, Dong... El camisón se postró en el suelo, al lado
izquierdo de Tapfe. El reloj no paraba de sonar... Dong,
Dong, Dong... Cogió la vela. Su corazón latía a mil por hora
mientras se veía desnuda frente al espejo de cristal. Pronto
llegaría el momento Dong,
Dong, Dong... Y el reloj calló. Afuera, la esférica luna
mostraba todo su esplendor. Sus rayos reflejaban las sombras juguetonas
de varios murciélagos que volaban cerca de la habitación de Tapfe...
Pero la chica no oía nada... sólo el fuerte latir de su corazón... Y
cerró la puerta. Se concentró y miró fijamente al espejo. Estuvo
en esta posición durante 4 minutos más o menos. “¡Bah! Esto es una
chorrada...” Hasta
que empezó a ver algo. Su
imagen en el espejo se fue difuminando, hasta que por fin se volvió a
ver a ella misma... en un lugar en el que todos los mortales temen;
medio encerrada en una caja funeraria, en el que estaba postrado la cruz
de los anticristos y una estampita del ángel Lucifer. En el interior,
se encontraba Tapfe, tan blanca y delgada como siempre; sin que se la
notara que en ella habían caído los años y la vejez. Ni una arruga se
mostraba en su cara. Ni una sonrisa brotaba de sus labios. El
ataúd se encontraba en medio de un paisaje otoñal, cubierto de hojas.
Árboles pelados daban sombra a Tapfe mientras caían las últimas
hojitas que les vestían. Y en medio de esas hojas, había una orquídea,
blanca y perfumada, que intentaba luchar contra el frío invierno que se
aproximaba... Y
al lado de la caja funeraria había alguien... Una muchacha de la misma
edad de Tapfe miraba cabizbaja al interior del féretro. Su largo pelo
negro cubría la mayor parte de su cara y no se la veía bien. Llevaba
un largo vestido negro de terciopelo, con poco escote; y una capa que la
protegía del frío. De repente, se levantó; y el pelo se separó un
poco de su cara. Sus labios secos y cortados no pronunciaron ninguna
palabra que mostrara dolor. Ni una lágrima salió de los ojos caídos y
blancos... Y las garras verdosas de la muchacha se introdujeron en el
pecho de Tapfe y sacó su corazón que aún latía levemente... La
vela que llevaba la joven no paraba de temblar, parecía que se la iba a
caer. Su corazón no quería ver lo que estaba viendo, pero su mente le
decía: “Es Ley de vida. Estoy viendo en primicia el día de mi
muerte”. La
muchacha de la garra verdosa se percató de la presencia de Tapfe viva.
Y se acercó a ella tranquilamente. Sus pasos sentenciaban la muerte de
todo ser vivo que se pusiera en su camino. Esa dulce orquídea se
marchitaba; sus hojas amarillentas se unieron a las hojas de los árboles.
Y perdió su olor y toda su belleza, hasta que no quedaba más que el
fino y pequeño tallo de la flor, rodeada de pétalos negruzcos y
encogidos. Tapfe,
que seguía mirando al espejo, no pudo soportarlo más y cerró los
ojos. Estuvo así un rato, encogida en un rincón hasta que abrió los
ojos. En el espejo sólo se veía a ella misma sentada en el frío suelo
del baño. De
repente, sintió frío. De su nariz salía vaho y los azulejos se empañaron
rápidamente. El espejo iba borrando la imagen de Tapfe... Asustada, la
joven cogió su camisón y se lo puso, y cuando fue a salir... una cara
se postró en la puerta, una cara que transmitía dolor y muerte. Un
fuerte grito salió de la garganta de Tapfe mientras intentaba en vano
abrir la puerta. Y se oyó un extraño sonido que la produjo dentera... La
joven, inconscientemente, miró al espejo. Sus ojos se salieron de las
órbitas cuando vio lo que reflejaba... Empezó a temblar, perdió el
control de su propio cuerpo y creía que estaba perdiendo la cordura... En
el espejo estaba escrito, con letras sangrientas, el siguiente mensaje: Bienvenida
al Infierno. Ha llegado tu hora... La
muchacha verdosa estaba enfrente a ella, con los dedos cubiertos de
sangre. Entre gritos y desesperación, Tapfe salió del baño... y la
oscuridad la envolvió. La vela que transportaba había repartido gotas
de cera por doquier. Se dirigió apresuradamente al cuarto y cual fue su
horror al ver que las paredes blancas de su cuarto también tenían un
mensaje sangriento: No puedes escapar. No puede huir. No te puedes esconder de la Muerte. Tapfe
se puso cualquier cosa y se dirigió a la calle. En la escalera se
encontró con su padre que volvía a casa. Entre tartamudeos, le explicó
que alguien había entrado en la casa, mas cuando entraron, los mensajes
que La Muerte había dejado habían desaparecido... Desde
entonces, cuando Tapfe está sola en casa, oye cosas que los mortales
normales no pueden oír. Gritos desgarradores. Sollozos espeluznantes.
El débil latir del corazón de algún ser que está perdiendo la vida. Y
esa garra de la Muerte que arrebató su vida frente a un espejo sigue
mostrándose en sueños. Esa fría mano que le arrancó el corazón
sigue siendo tan real como la vida misma. Una
locura que llegó hacer perder la cordura de una joven. “¿Cuándo
acabará esta pesadilla? Déjame en paz, sigue el alma de otro
desgraciado y deja que este mortal viva su vida tranquilamente” Pero ese no es el plan de la Muerte... La vida de Tapfe está destinada al caos, al sufrimiento y al dolor. ¿Cuándo acabará esta pesadilla? Cuando abra los ojos y descubra que el verdadero infierno aún estaba por llegar...
(Dedicada a mis primukis ^^)
Llegaba
el mes de Agosto y con él, el final de las vacaciones de tres chicas
que estaban pasando unos días en un pueblecito del norte de Barcelona,
en los fríos Pirineos, donde el calor veraniego era bastante
soportable. En
un apartamento, Sairalindë miraba asombrada la grandiosidad de las
montañas fronterizas. Aunque ya había estado otras veces, cada vez que
veía esos gigantes puntiagudos de roca se sentía dominada por su mágica
fuerza. Desde la ventana, distinguía el pantano misterioso. En ese
pantano descansaba un pueblo cercano al que estaban ellas. Se
decía que allá por los años 70, el pueblo Sant Salvadó de la Vadolla
era el único que existía por esa zona, hasta que hubo una inundación.
Mucha gente no quería abandonar sus hogares y murieron ahogados;
mientras, sus calles iban desapareciendo bajo sus pies. Se comentaba que
la gente que se bañaba ahí podía ver el campanario de la iglesia de
Sant Salvadó... y lo que más asustaba a los pueblerinos... era que
muchos bañistas que se acercaron al pantano, vieron los espíritus de
los habitantes del pueblo inundado... -
¿Y si vamos a darnos un bañito de despedida al pantano? –
propuso Sairalindë. -
Muy bien. Prepararé unos bocadillos – gritó Lúthien. -
Y yo cogeré las llaves de la barca – anunció Gilraen. Y
en pocos minutos, las tres chicas se dirigían al pantano con una
mochila llena de comida para pasar el día. Fueron andando. La mochila
se la iban intercambiando para compartir el peso, hasta que llegaron... “Sant
Salvadó de la Vadolla - Pantano” Desde
arriba, el pantano se veía solitario... demasiado solitario... Las aves
del cielo dejaron de cantar y ni una sola brisa movía a los árboles de
la zona. Las aguas verdes permanecían tranquilas en su embalse. Ningún
pez producía ninguna onda sobre su superficie... Todo estaba demasiado
tranquilo... -
Será por el calor... – se aventuró a decir Gilraen. Y
las tres chicas bajaron la cuesta para llegar a la orilla del pantano.
Allí, la pequeña barca blanca descansaba; la barca de Sairalindë. El
camino por el que pasaban las jóvenes era bastante rocoso, rodeado de
plantas secas y espinas. Poca vida había en ese pantano desde la
inundación... Ese pueblo era algo siniestro y por eso la gente hacía
todo lo que estaba en su mano para no acercarse allí. Pero sentían
curiosidad. Querían saber si las leyendas que contaban en Sant Jordi
eran ciertas o eran sólo cuentos infantiles de viejos cascarrabias... De
pronto se encontraron frente a la barca de Sairalindë. Una barca pequeña,
atada a un tronco de árbol, permanecía inmóvil a las orillas del
pantano. La pintura de la barca se había esfumado, mostrando el
verdadero color de la vieja madera. Y en un extremo, se situaba el motor
de gasolina. Un antiguo motor que rugía como un león, pero que era
bastante rápido. Sin pensarlo, las chicas se subieron a la barca. Instintivamente,
Lúthien miró hacia atrás y vio a una niña, con un vestido claro, y
dos lazos deshechos en su cabello. Una niña que se había detenido
frente a la barca y que seguía a las mortales con su blanca y perdida
mirada... -
¿Habéis visto eso? – señaló Lúthien. Y
cuando las otras dos fueron a mirar... la niña había desaparecido, se
había esfumado... Se
adentraron en el pantano seguidas por el rugido del motor, hasta que se
quedaron en el punto medio exacto. Allí, Gilraen se tiró de cabeza al
agua. Su piel sintió las frías temperaturas del pantano... era el frío
de la muerte... el frío que habían acumulado los pueblerinos el día
de la tragedia... Buceando, Gilraen vio con asombro el campanario de la
iglesia de Sant Salvadó, y más abajo, el ayuntamiento y las calles del
pueblo... La
siguió Lúthien, que se atrevió a bucear a más profundidad, tanto que
hasta que se encontró cara a cara con una chabola del pueblo... Sintió
curiosidad y miró a través de la ventana. Al principio no veía nada,
pero de repente, un rostro medio deformado atravesó la ventana. Un
rostro descompuesto por el agua y los años, ahogado en un grito
silencioso y sin aire... El rostro de una niña de coletas y vestido
claro murió en esa casa... ¡la misma niña que había visto en las
orillas del pantano! “Esto
no puede ser verdad...” Mientras,
Sairalindë estaba en la barca, tumbada boca arriba, con todo el sol
apuntando en su cara. De pronto sintió calor y fue al borde de la barca
a refrescarse un poco. Se vio reflejada en el agua verdosa del pantano e
introdujo las manos, produciendo ondas que bailaban alrededor de las
manos, y se llevó el agua a la cara. Volvió a introducir las manos y
tocó algo... Algo se estaba enredando entre sus dedos... No podía
sacar las manos... cada vez la metían más en el pantano, hasta que
volcó la barca y ella cayó al agua. Y entonces lo vio. Lo que tenía
entre los dedos era los cabellos de una señora mayor, que la estaba
observando, que la estaba hablando: “Esto no es una pesadilla”. Y
sentía cómo la señora la tiraba para el fondo del pantano, a lo que
la joven trataba de subir a la superficie, gritando y haciendo fuerza
sobre el muerto. Al final, le arrancó el pelo que la quedaba y parte
del cráneo y salió a la superficie. Lúthien
y Gilraen también salieron a la superficie. Las tres amigas se juntaron
en el mismo lugar, al lado de la barca volcada, observando el espectáculo
que les estaba esperando... Todo el pantano se cubrió de cadáveres,
muertos del pueblo, boca abajo, observando desde arriba lo que quedaba
de sus hogares... El
pánico iba mezclándose con la sangre de las chicas cuando vieron que
algunos muertos se acercaban a ellas y les pedían que evitaran la
inundación... Nadando
a una velocidad rápida, abandonaron el pantano, y cuando se dieron la
vuelta, los cadáveres flotantes desaparecieron junto con la barca y la
mochila... Los cuentos de los viejos de Sant Jordi eran ciertos y por fin lo habían visto con sus propios ojos...
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