Índice

Fantasmas y Almas Perdidas

  Leyendas Urbanas

Asesinos

    Freddy Krueger

Jason Voorhes

    Jack el Destripador

    Gacy, el payaso asesino

Casas Encantadas

Fantasmas y almas perdidas

Vampiros

Sueños

Demonios

Ángeles Caídos

Brujas y Hechiceros

Lilith

Lucifer

Halloween

La Noche de San Juan

Rituales e Invocaciones

Rituales e Invocaciones

 

Dichosos seáis, vosotros mortales, que no sufrís por la eterna persecución de los hijos del inframundo. Dichosos seáis, pues no habéis visto los desastres que estas criaturas subterrenales pueden causar en vuestro sino.

Su ira es incomparable e inevitable. Una vez que seáis su presa es imposible escapar de sus garras espirituales.

Rezad para que vuestro débil y carnoso cuerpo no tenga que sufrir jamás los terribles castigos de las almas perdidas, que velan entre los mortales buscando al elegido para desatar todo su mal sobre él... ¿...Serás tú el próximo...?

SeekerCurse Los Otros y la Niña

El Campo de los Muertos

La Leyenda de Verónica

El Canto de los Muertos

La Maldición de Tutankamon

 

SeekerCurse

(Dedicada a una amiga ;))

 

Era una tranquila tarde de domingo. Las clases habían comenzado y con ellas el típico estrés y cansancio. Las protagonistas de esta historia son dos chicas estudiantes llamadas Amy y Scabbia. Estas dos chicas fueron a dar una vuelta a la orilla de un río y, mientras paseaban, Amy vio que algo flotaba en el agua.

 

Llenas de curiosidad, intentaron acercar la cosa flotante a la orilla. No era una pelota, ni tampoco un pez muerto... era un melón... Amy lo cogió, pensando que había sido fruto de una gamberrada juvenil, hasta que se abrió por la mitad. Las dos miraron asustadas su contenido. Dentro, y aunque no os lo creáis, había cenizas y un escorpión negro muerto. Pero había algo más: entre las cenizas había una foto vieja, deteriorada, en el que salía una chica cuya cara estaba pintarrajeada y tachada.

 

Misteriosamente, los garabatos fueron desapareciendo y la foto mostró el rostro de la joven. Las chicas dieron un gritillo de horror: la chica era blanca, con unos ojos azules muy claros; casi eran blancos. Su cabello, largo, liso y negro, cubría una parte de su espantoso rostro, haciendo que la chica fuera más siniestra y misteriosa. Parecía que la chica los miraba fijamente a los ojos de Amy y Scabbia. Pronto, las cenizas se amontonaron en la tierra y, de ese montón, empezó a renacer alguien... una persona morena... llevaba un camisón blanco... su tez también era blanca... Con horror, la miraron... ¡Era la chica de la foto!

 

-¿¿¿¿¡¡Pero qué habéis hecho!!???? - gritaron desde un puente un grupo de chavales - ¡¡Habéis liberado al espíritu de SeekerCurse!! ¡Habíamos conseguido acabar con ella!

 

Y en ese momento, SeekerCurse desapareció y lo más escalofriante, fue que la chica de la foto también desapareció.

 

Donde estaban las cenizas de la joven, había una nota:

 

Gracias por liberarme. Ahora voy a desatar y sembrar el terror de los infiernos en la Tierra... Descubriréis por fin lo que es el Reino de las Sombras

 

Volver Arriba

 

Los Otros y la Niña

 

Cada año solíamos ir de puerta en puerta pidiendo dulces y regalos. Había una extraña casa en nuestro barrio. La llamaban La Casa Negra. Una casa con sólo una ventana donde la luz se encendía cada noche. Nadie sabía quién vivía allí. La noche de Halloween decidimos ir a explorar La Casa Negra. Éramos cinco amigos: Sam, Sheyla, Amaia, Rioja y yo. Abrimos la verja que rodeaba el tenebroso jardín de la Casa Negra. Parecía un cementerio: todo estaba lleno de lápidas. Llamamos a la puerta y misteriosamente se abrió sola, mientras crujía. Cuando entramos, la puerta se cerró dando un portazo. Se oyó una voz: "Sabía que vendríais". Quisimos salir pero la puerta estaba atrancada. Más tarde, se oían risas escalofriantes que procedían del piso de arriba. Decidimos subir. Las escaleras rechinaban cuando subíamos un peldaño. Al final, llegamos al piso de arriba. Sólo había una habitación que estaba cerrada. El pasillo era muy largo y las paredes estaban escritas con sangre: Muerteeeeee. Las risas estaban cada vez más cerca... Sam decidió abrir la puerta de la habitación y había una niña con trenzas sentada en la cama jugando con una muñeca sin cabeza. Nos muró y vimos qeu era verde, con arañas en la cara. Sus ojos eran blancos completamente y nos dijo:

 

No tendríais que estar aquí... Ellos llegarán en cualquier momento y acabarán con vosotros... 

 

Hubo una ráfaga de aire frío

 

Ya están aquí....

 

Salimos corriendo de la habitación y saltamos por una pequeña ventana qeu estaba en el piso inferior. Los cuadros se movían, oíamos risas terroríficas. Al final pudimos salir y corrimos cada uno hacia su casa.

 

El 1 de Noviembre vi en las noticias que mi amigo Sam murió por la noche de una manera extraña: se tiró por un puente y en la frente estaba escrito el número uno. Me empecé a asustar y decidí no salir de casa por si acaso me ocurriría algo. En las noticias de las tres de la tarde, me enteré de que mi amiga Sheyla murió: le atropelló un coche. En su frente estaba marcada con el número dos. En mi cuerpo ya influía el miedo. Sólo quedábamos tres... Recordé las palabras de la niña: Ellos acabarán con vosotros y lo estaban haciendo. Más tarde murió Amaia porque una persona le disparó y luego murió mi buen amigo Rioja. Sólo quedo yo... no creo que me quede mucho tiempo de vida... sé que ellos vendrán a por mí, pero no sé cuándo...

 

Lunes, día 2 de Noviembre. Me levanté muy cansada porque no dormí nada durante el fin de semana pasado. Mi mente reproducía continuamente la noche de Halloween cuando fuimos a explorar la Casa Negra. El miedo que pasé esa noche fue descomunal. Cada vez que cerraba los ojos, la mirada blanca y terrible de esa niña ocupaba toda mi mente. Sus palabras, el viento, me llenaba de un miedo atroz. Esa voz... esa voz no salía de mi cabeza. 

 

Ellos acabarán con vosotros

 

Oía de nuevo nuestros gritos y las de ellos. Además, me veía a mí misma escuchando en las noticias la confidencia de las muertes de mis mejores amigos. Desde que me enteré de esa tragedia no quise salir de casa por si acaso acabaría como ellos... no quería correr tal riesgo... pero ese día tuve que ir al instituto. Inventé mil excusas para no ir, pero mis padres me obligaron, diciéndome que era mi deber asistir a clase. Asustada, y con el miedo a flor de piel, salí de casa sin compañía alguna.

 

Tranquila, hoy no es tu último dia

 

Cuando salí vi horrorizada que por las calles no había gente paseando ni vehículos circulando por las carreteras. Miré la hora: las ocho de la mañana. 

 

Esto es muy extraño

 

Quise acortar el camino para llegar antes al instituto y fui por un atajo, pero cuando llegué a Dead Street, empezaron a aparecer cosas muy raras: el tiempo atmosférico cambió repentinamente: había niebla y la temperatura descendió. En ese momento recordé las muertes trágicas de mis otros cuatro compañeros.

 

No Acabaré como ellos

 

¿O quizás sí?

 

Oí una voz apagada y ahogada en mi oreja. Me puse pálida y rígida, alguien estaba a mi lado... y me había leído el pensamiento... Salí corriendo como alma que lleva el diablo, pero algo me detuvo. Enfrente de mí estaba el espíritu de Sheyla, que me suplicaba ayuda. Tenía en la frente un agujero y se asomaba un poco la bala que dio muerte el día anterior. Quería que vengase su muerte. De repente, apareció también Rioja y me dijo lo mismo que mi amiga. Ambos no paraban de suplicarme ayuda, cogiéndome de las piernas para que no pudiese escapar.

 

¡No, no, dejadme!

 

De la niebla surgió la niña de la Casa Negra, acompañada por cuatro espíritus negros encapuchados. Sus aspectos eran terroríficos y producían pavor, miedo y horror a todo aquel que los viese.

 

Ya os dije que acabarían con vosotros. Habéis interrumpido el descanso de los Servidores de la Muerte y lo pagaréis caro... Muy caro...

 

Mientras que la niña de los ojos blancos decía estas palabras, las almas de mis amigos fueron conducidas al infierno. Sus gritos desesperados me llegaron al alma y el miedo volvió a influir por mis venas cuando vi esa escena

 

Ahora debes reunirte con tus amiguitos

 

Entonces, los encapuchados se acercaron a mí, dispuestos a quitarme la vida lentamente, para tener una muerte lenta y dolorosa...

 

Volver Arriba

 

El Campo de los Muertos

 

Ay, el famoso Campo de los Muertos Vivientes... esas tierras malditas situadas a las afueras del pueblo donde, según se comentaba, los muertos resucitaban en la noche de Halloween para torturar a los mortales. ¡Bah! Sólo es una leyenda urbana pensaba yo... hasta que lo vi con mis propios ojos... esa terrible escena no tendría que haberla visto... Esos "zombies" con sus caras verdes y llenas de agujeros por los que se asomaban gusanos y lombrices de todos los tamaños y colores; con su aliento podrido y matador... Ese Campo de los Muertos donde sólo existía un olor insoportable de carne descompuesta. No debería haberlo visto...

 

Desgraciadamente, todo comenzó hace dos años, en la noche de Halloween, en una noche como la que estamos viviendo hoy. En Halloween nosotros solíamos organizar una fiesta. Pero esa noche decidimos hacer algo distinto... y pobre de mí que propuse ir al Campo de los Muertos y pasar ahí la noche. El Campo de los Muertos no era más que un descampado de grandes dimensiones donde, supuestamente, los antiguos labradores que habitaron en el pueblo y que trabajaban esas tierras y las demás gentes resucitaban... Nadie lo había visto ni demostrado, pero nosotros íbamos a ser los primeros en verlo.

 

Era una hermosa noche. El cielo estaba lleno de brillantes y pequeñas bombillas que rodeaban a una grande, redonda y blanca luna. Cuando llegamos al Campo, éste parecía inofensivo, no creíamos ni por asomo que estuviera maldito. Pero como ya sabéis, las apariencias engañan... y esta expresión se mostró ante nosotros con suma facilidad. La alarma de mi reloj disparó. Señalaba que eran las doce de la noche. Hora perfecta para encender velas blancas y contar las típicas historias de terror. Me disponía a prender una cerilla para iluminar la última vela cuando sentí algo extraño... Unos bultos empezaron a surgir en el húmedo suelo. Estábamos todos sentados formando un gran círculo, cuando, en medio de nosotros, apareció una mano verdosa, esquelética, cubierta de hongos y manchas marrones. Entre gritos y sollozos, un ejército de brazos surgieron del Campo. Nos levantamos y vimos que estábamos rodeados de muertos que habían vuelto a la vida...

 

El Campo de los Muertos. Ay ¿por qué tuvimos que ir? De repente, Robert se hundió en la tierra mientras soltaba un largo y tenebroso grito. Pronto cayó mi amiga Sophie, y más tarde, Jacqueline. Y así, uno a uno fueron hundiéndose en la tierra. Parecía que el campo tenía hambre y se iba tragando a cada uno de mis amigos... Hasta que me quedé sola. En un intenso ataque de locura, rogaba y suplicaba, entre sollozos, que me dejaran en paz y que soltaran a los jóvenes que estuvieron conmigo. Ellos cumplieron mi última suplica y aparecieron todos. Sus cuerpos yacieron por un momento en el suelo. Las pupilas, dilatadas, miraban al cielo, como si hubieran estado suplicando a un Ser Superior que fueran rescatados. De repente, un haz de luz iluminó los cuerpos... y de esa luminiscencia se desprendieron los espíritus de los cuerpos. Mis amigos y acompañantes me miraron y sus caras se transformaron, en un abrir y cerrar de ojos. Sus dulces y amistosas miradas se transformaron en diabólicas, satánicas y terroríficas miradas; los ojos se cubrieron de sangre y sus iris de colores se convirtieron en negro, negro azabache; y sus pupilas emblanquecieron... Sentí que esas miradas iban a robarme el alma, pues sentó que aldo de mi ser se iba a desprender por momentos. Me desmayé. Por poco me quemé con las velas que formaban un círculo alrededor mío...

 

"Despierta... Despierta... ¡Hey! Esta volviendo en sí..." Un grupo de adultos estaba alrededor mío, intentando despertarme. Me preguntaron que qué hacía yo sola en ese campo maldito. Les conté lo que les aconteció a mis amigos, que la tierra se tragó los cuerpos y los escupió hacia la superficie. Aquellas personas que acudieron a mi ayuda no encontraron a mis amigos...

 

Hasta el día de hoy resido en un hospital psiquiátrico, pues aún me dan ataques de locura por lo que sentencié esa horripilante noche de Halloween. Aunque hayan pasado dos años desde esta tragedia, aún no he conseguido quitarme de la cabeza las caras demoníacas de mis amigos... que deseaban robarme la vida...

 

Volver Arriba

 

La Leyenda de Verónica

 

Verónica era una joven de unos catorce años a la que le gustaba mucho todo lo que estaba relacionado con lo paranormal, místico y espiritual. Le chiflaba leer leyendas urbanas y libros de magia negra y perversa.

 

Desde que sus recuerdos se empezaron a grabar en su mente, la gente cercana a ella le decía siempre que era una chica diferente a las de su edad. Y era verdad. A ella no la gustaba salir con sus amigas a dar una vuelta o ir al cine con su novio. No... definitivamente no era como las demás.... y Verónica quería que fuera así. Ser una chica solitaria, llevar una vida tranquila rodeada de libros paranormales y místicos.

 

Diariamente, Verónica iba al cementerio próximo a su casa. Paseaba por los verdes campos, con su tabla de ouija, arrastrando su largo y suave vestido negro aterciopelado. Entre tristes cipreses, se sentaba y admiraba el “precioso” paisaje que la rodeaba. La reluciente luna brillaba entre las hojas de los árboles. Allá al fondo, descansaban numerosas estatuas y lápidas frías y melancólicas, donde rezaban nombres de los fallecidos que descansaban allí, iluminadas por la delicada luz de las estrellas.

 

Desde que era pequeña, Verónica iba todas las noches al solitario camposanto, asombrada por la magia que ocultaba en él. Sentía cómo los espíritus intentaban salir del inframundo para regresar al mundo mortal. Una fuerza ajena a ella la llenaba el alma y la hacía feliz con lo que veía. Ella quería ayudar a los muertos a volver a la vida. Cada noche, junto con su tabla y las herramientas que necesitaba, se trasladaba al cementerio y, a la luz de la luna y de las velas, hablaba con los espíritus y les ayudaba. Pero no sabía que, desde el otro lado, en otro sitio que los mortales desconocen su existencia, algo oscuro la observaba... algo que todos temen, algo del que todos huyen... La negra Muerte sentía que Verónica jugaba entre el inframundo y el mundo terrenal. Los pocos mortales que habían estado en dos mundos no habían sobrevivido para contarlo... en el caso de Verónica no iba a ser distinto...

 

Mientras tanto, Verónica estaba sentada entre cipreses hablando con los muertos del cementerio cuando vio algo. Una mancha blanca había en el suelo... algo había a unos metros de ella. Poco a poco, la chica se fue acercando hasta que lo vio. Su corazón dio un vuelco y un nuevo sentimiento inundó todo su ser. Era algo que nunca había visto, pero sabía lo que era.

 

Incrustado en el suelo, había una larga lápida blanca y fría. No rezaba ningún nombre... sólo había un gran bajorrelieve. Una llamarada de fuego estaba representado en el centro y en su interior descansaba otro dibujo, un animal de cuernos enroscados disfrutaba con el calor del fuego.

 

Verónica no podía creer lo que estaba viendo... El símbolo del infierno resaltaba en sus ojos. Ese animal la miraba con sus ojos de mármol. Se sentó a su vera y observó las maravillas formas de la figura. Su blanca mano tocó la fría y suave piedra.

 

De repente, el dibujo se hundió y la lápida se abrió. Verónica, sin temor, miró hacia abajo. Fuego y cenizas. Un espantoso olor a azufre salía al exterior del gigantesco agujero. Impresionada, Verónica observó el infierno desde el mundo terrenal.

Sintió un aliento en su cuello. Alguien estaba detrás suya. Se dio la vuelta... pero no había nadie. Verónica sabía que alguien la estaba vigilando... pero ¿quién?... Cuando volvió a darse la vuelta, lo vio. “No... no puede ser...” Aunque iba con ropas oscuras, Verónica le reconoció al momento. Era la misma Muerte la que la esperaba. Iba a tomar medidas al respecto. Con su grande y fría hoz partió su cuerpo en dos y un mar de sangre se desprendió. El corazón de Verónica dejó de latir y explotó cual bomba de relojería. Su tiempo había terminado. Del cuerpo, el alma de Verónica se posó en las manos esqueléticas de la Muerte, y ésta le encomendó un trabajo. Ella sería la protectora de los muertos, la guardiana de los espíritus, el brazo derecho de la Muerte y el puente que uniría al mundo terrenal con el inframundo.

 

Al día siguiente, un enterrador acudió al cementerio. Cual fue su horror cuando vio las dos mitades de un cuerpo en un mar de sangre... La lápida del infierno, misteriosamente, había desaparecido...

Volver Arriba

 

El Canto de los Muertos

 

En la oscura noche, donde la gran y brillante luna iluminaba el cielo negruzco y nocturno. Su débil luz atravesaba las sombras de los árboles de los bosques. Búhos y murciélagos observaban la ya avanzada noche.

 

Un susurro se oía allá a lo lejos. Un susurro que iba creciendo poco a poco, hasta que, ese débil susurro se convirtió en una voz casi perceptible. Un suave canto parecía que brotaba del suelo. Allá a lo lejos, unos frailes cantaban una oración

 

Aperi Dómine, os meum ad benedicendum nomen sanctum  tuum: munda quoque cor meum ab ómnibus vanis, pervérsis et alienis cogitatiónibus; intelectum ilumina, affectum imflama, ut  digne, attente ac devote hoc Oficium recitáre  váleam, et exaudiri merear  ante conspectum divinae  Majestátis  tuae.  Per Christum Dóminum nostrum, amén.  Dómine in unione illius  divinae intentiónis,  qua  ipse  in terris laudes, deo persolvisti  has tibi oras per solvo

 

La oración, triste pero esperanzadora, acompañaba la lenta marcha de los frailes, que iban caminando al son de la música, al son del canto. Una vela iluminaba su oscuro camino hasta llegar al convento. Transportaban algo... cubierto con una sábana de seda blanca, una tela que, a pesar de la oscuridad que reinaba en el camino, se veía con claridad. En una especie de camilla, mientras que la seda iba vacilando con el viento al son de la oración, un cuerpo flotaba bajo los frailes. Un cadáver, seguido por la luz, se dirigía hacia el Norte, hacia su tierra materna.

 

Non fécit táliter omni nationi.  Et  judicia sua  nom manifestavit  eis...

Elegi et santificabi locum istum, ut  sit tibi nomen  meum, et permaneant óculi  mei  cor meum ibi cunctis diebus...  

 

Los frailes, cubiertos con sus capuchas, iban avanzando lentamente... La oración se hacía profunda... Por donde los monjes pasaban con su canto, la vida se extinguía. Las flores se marchitaban, los árboles se secaban, las lechuzas huían al ver tal espanto... En el barro, los frailes no dejaban pisadas ni huellas... caminaban como si estuvieran en una cinta transportadora. Sus pies no tocaban el suelo... flotaban en el aire. 

 

Deus, qui sub beatísmae Vírginis Mariae  singulari patrocinio constitutos perpetuis beneficiis nos cumulari voluisti: praesta suplícibus  tuis: ut, cujus hódie commemoratione laetámur in térris ejus conspectu perfuamur in caelis

 

Ayuda, Ayuda. El grito desesperado de una mujer detuvo su marcha. A unos metros, una mujer vestida de negro sostenía una lámpara de aceite. Su cara, cubierta con una tela oscura y transparente, mostraba miedo y cansancio. Los brillantes ojos miraban a los monjes buscando ayuda desesperadamente.

 

"Por favor, padres, ¿podrían ayudarme?" - intentó explicarse - "A mi marido Juan le ha dado un infarto y parece que ha muerto..."

 

Un fraile, el que aportaba la luz guiadora, se quitó la capucha y alumbró la camilla. El terror influía por las venas de la mortal. La cara del fraile estaba descompuesta; los huesos faciales se veían tras la carne podrida que los cubría. Su mano esquelética y huesuda, sostenía la vela casi derretida.

 

Que el Señor Dios todopoderoso proteja a Juan Gardner y a su esposa María del Carmen en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo

 

En un ataque de locura, María del Carmen corría hacia ningún sitio, con la mentalidad y la cordura fuera de sí. Delante de ella, un acantilado se extendía bajo sus pies. La mujer cayó hacia el vacío. Un grito acompañaba su caída. Sonó un golpe seco y el grito calló.

 

El silencio se extendió en el bosque encantado... hasta que, en un susurro, la oración volvió a brotar de las esqueléticas gargantas de los frailes muertos... En la camilla, dos cadáveres flotaban: Juan y María del Carmen estaban realizando el camino de los monjes al son del canto... hasta el fin de los tiempos...

 

Per Dóminum Nostrum , Amén.  Jesu, tibi sit gloria, qui natus es de vírgine, Cum Patre, et almo Spíritu, in sempiterna  seculae, amén.

Volver Arriba

 

La Maldición de Tutankamon

 

Año 1.325 a.C. Los egipcios estaban acabando de construir la gran pirámide para su faraón. Hacía mucho calor. El Sol Ra estaba en el centro de la bóveda celeste, el dios Horus, en todo su esplendor. El suelo arenoso parecía arder bajo sus pies. Grandes gotas de sudor brotaban de la mente de los esclavos que transportaban piedras realmente pesadas para así poder construir la estructura de esa pirámide descomunal, a las orillas del río Nilo.

 

Un látigo rebotaba en las espaldas desnudas de los esclavos trabajadores. El sudor y la sangre de las heridas que el látigo les causaba se mezclaban y se unían en una misma gota; esa gota iba recorriendo la espalda en compañía de otras gotas como ella, hasta que aterrizaban en la ardiente arena, formando un río en paralelo al Nilo.

 

Desde el palacio, no muy lejos de allí, Tutankamon observaba feliz y orgulloso el rápido progreso de su pirámide. “Lástima que cuando entre en su interior estaré muerto...” Esa pirámide era el sueño de todo faraón. Su punta estaba llegando a Ra, el magnífico y radiante dios del Sol. Su tamaño era descomunal, impresionante.

 

El arquitecto de la pirámide, Tahrir, observaba en su pergamino el boceto de ese majestuoso monumento funerario, deseando verla acabada para alegrar su vista con la obra más exquisita de Egipto. “Si la voluntad de Ra está a nuestro favor, la pirámide podrá estar acabada en 3 lunas llenas” y sonreía para sí...

 

Mientras tanto, no muy lejos de allí, Makran, que era el hechicero de la metrópolis, estaba creando una pócima... una pócima maldita... para el faraón Tutankamon. El fallecimiento de Ajnatón había sido lo peor que le podía haber pasado a la ciudad. Ese tal Tutankamon no debería haber sustituido al gran Ajnatón, puesto que el nuevo faraón era demasiado joven para reinar y sacar a un pueblo tan grande como lo era Egipto. No... el destino que le había dado Atón no era ése...

 

“Tengo que impedir que Tutankamon reine durante más tiempo...” En un viejo pergamino, estaban dibujados los ingredientes para crear una pócima, lo suficientemente potente como para acabar con el faraón. “Un joven de 19 primaveras no puede reinar... no sabe qué hacer...” Y sin tan ni siquiera darse cuenta, Makran acabó con el brebaje. Acto seguido, lanzó un hechizo:

 

Thot, que eres dios de la magia

El poder que me has otorgado

Junto con Isis, tu gran compañía

Anuncio que el final de Tutankamon ha llegado

 

La magia que influye en mí, la magia de Isis

Despertará al tenebroso Osiris

Para que conduzca al faraón al altar de la muerte

Y así, cambie nuestra suerte

 

La pócima se volvió negra azabache, y desprendía un olor insoportable.

 

“Bien, esto está terminado.”

 

Se puso sus sandalias desgastadas por el caminar intenso que hacía cada día y salió a la calle. Mientras caminaba, el olor de la pócima que aportaba era un poco más agradable y se volvió tan clara como el agua. Afortunadamente, el palacio no estaba muy lejos de la aldea.

 

Cuando llegó, el sol Ra se había desplazado un poco dejando paso a la Luna Thot. Las puertas del palacio estaban al final de unas escaleras de poca altura. En cada una de las columnas vigilaban dos guardias. Makran pidió a los guardias entrar para ofrecer al faraón Tutankamon una bebida que procedía de Tebas. Los guardias le dejaron pasar. Allí, un esclavo negro le cogió la pócima y se encargó de dársela a Tutankamon.

 

La pócima no tardó en recorrer los complejos pasillos del palacio, hasta que llegó a la habitación personal de Tutankamon. “Qué oportuno. Me estaba deshidratando” Cogió el caldero con la pócima y se la bebió en un trago.

 

Su cara se puso morada. Tutankamon sentía que su continuo latir del corazón se estaba debilitando. Cayó al suelo... El esclavo fue a socorrerle; le sujetó la cabeza y murió al momento. El faraón no podía respirar... se ahogaba en sus propios pulmones. Miró al cielo y exhaló su último respiro.

 

Nadie, a excepción de Makran, supo cómo murió Tutankamon. La pirámide acabó de ser construida al poco tiempo de la muerte del faraón. En los jeroglíficos que decoraban las paredes de la pirámide, se podía leer una maldición; escrita por Makran, la maldición de Tutankamon. Se decía que cualquiera que entrara no volvería a ver más los calurosos rayos del dios Ra.

 

Y así ha sido hasta la actualidad. El arqueólogo que descubrió la tumba de Tutankamon, Howard Carter, murió sin causas aparentes. Su compañero y mecenas, lord Carnarvon, también murió por una neumonía. Desde entonces, la afirmación de la maldición de Tutankamon se extendió tan rápido como la pólvora. Algunos infelices vieron con sus propios ojos la maldición, mas no vivieron para contarlo...

 

Ahora, nadie se atreve a acercarse al faraón Tutankamon... pues su maldición puede acabar con la vida de más de un mortal...

Volver Arriba

Hosted by www.Geocities.ws

1