|
Dichosos
seáis, vosotros mortales, que no sufrís por la eterna persecución de
los hijos del inframundo. Dichosos seáis, pues no habéis visto los
desastres que estas criaturas subterrenales pueden causar en vuestro sino.
Su
ira es incomparable e inevitable. Una vez que seáis su presa es imposible
escapar de sus garras espirituales.
Rezad
para que vuestro débil y carnoso cuerpo no tenga que sufrir jamás los
terribles castigos de las almas perdidas, que velan entre los mortales
buscando al elegido para desatar todo su mal sobre él... ¿...Serás tú
el próximo...?

SeekerCurse
(Dedicada a
una amiga ;))
Era una
tranquila tarde de domingo. Las clases habían comenzado y con ellas el típico
estrés y cansancio. Las protagonistas de esta historia son dos chicas
estudiantes llamadas Amy y Scabbia. Estas dos chicas fueron a dar una
vuelta a la orilla de un río y, mientras paseaban, Amy vio que algo
flotaba en el agua.
Llenas de
curiosidad, intentaron acercar la cosa flotante a la orilla. No era una
pelota, ni tampoco un pez muerto... era un melón... Amy lo cogió,
pensando que había sido fruto de una gamberrada juvenil, hasta que se
abrió por la mitad. Las dos miraron asustadas su contenido. Dentro, y
aunque no os lo creáis, había cenizas y un escorpión negro muerto. Pero
había algo más: entre las cenizas había una foto vieja, deteriorada, en
el que salía una chica cuya cara estaba pintarrajeada y tachada.
Misteriosamente,
los garabatos fueron desapareciendo y la foto mostró el rostro de la
joven. Las chicas dieron un gritillo de horror: la chica era blanca, con
unos ojos azules muy claros; casi eran blancos. Su cabello, largo, liso y
negro, cubría una parte de su espantoso rostro, haciendo que la chica
fuera más siniestra y misteriosa. Parecía que la chica los miraba
fijamente a los ojos de Amy y Scabbia. Pronto, las cenizas se amontonaron
en la tierra y, de ese montón, empezó a renacer alguien... una persona
morena... llevaba un camisón blanco... su tez también era blanca... Con
horror, la miraron... ¡Era la chica de la foto!
-¿¿¿¿¡¡Pero
qué habéis hecho!!???? - gritaron desde un puente un grupo de chavales -
¡¡Habéis liberado al espíritu de SeekerCurse!! ¡Habíamos conseguido
acabar con ella!
Y en ese
momento, SeekerCurse desapareció y lo más escalofriante, fue que la
chica de la foto también desapareció.
Donde estaban
las cenizas de la joven, había una nota:
Gracias por
liberarme. Ahora voy a desatar y sembrar el terror de los infiernos en la
Tierra... Descubriréis por fin lo que es el Reino de las Sombras
Volver
Arriba
Los
Otros y la Niña
Cada
año solíamos ir de puerta en puerta pidiendo dulces y regalos. Había
una extraña casa en nuestro barrio. La llamaban La Casa Negra. Una casa
con sólo una ventana donde la luz se encendía cada noche. Nadie sabía
quién vivía allí. La noche de Halloween decidimos ir a explorar La Casa
Negra. Éramos cinco amigos: Sam, Sheyla, Amaia, Rioja y yo. Abrimos la
verja que rodeaba el tenebroso jardín de la Casa Negra. Parecía un
cementerio: todo estaba lleno de lápidas. Llamamos a la puerta y
misteriosamente se abrió sola, mientras crujía. Cuando entramos, la
puerta se cerró dando un portazo. Se oyó una voz: "Sabía que vendríais".
Quisimos salir pero la puerta estaba atrancada. Más tarde, se oían
risas escalofriantes que procedían del piso de arriba. Decidimos subir.
Las escaleras rechinaban cuando subíamos un peldaño. Al final, llegamos
al piso de arriba. Sólo había una habitación que estaba cerrada. El
pasillo era muy largo y las paredes estaban escritas con sangre:
Muerteeeeee. Las risas estaban cada vez más cerca... Sam decidió abrir
la puerta de la habitación y había una niña con trenzas sentada en la
cama jugando con una muñeca sin cabeza. Nos muró y vimos qeu era verde,
con arañas en la cara. Sus ojos eran blancos completamente y nos dijo:
No
tendríais que estar aquí... Ellos llegarán en cualquier momento y
acabarán con vosotros...
Hubo
una ráfaga de aire frío
Ya
están aquí....
Salimos
corriendo de la habitación y saltamos por una pequeña ventana qeu estaba
en el piso inferior. Los cuadros se movían, oíamos risas terroríficas.
Al final pudimos salir y corrimos cada uno hacia su casa.
El
1 de Noviembre vi en las noticias que mi amigo Sam murió por la noche de
una manera extraña: se tiró por un puente y en la frente estaba escrito
el número uno. Me empecé a asustar y decidí no salir de casa por si
acaso me ocurriría algo. En las noticias de las tres de la tarde, me
enteré de que mi amiga Sheyla murió: le atropelló un coche. En su
frente estaba marcada con el número dos. En mi cuerpo ya influía el
miedo. Sólo quedábamos tres... Recordé las palabras de la niña: Ellos
acabarán con vosotros y lo estaban haciendo. Más tarde murió Amaia
porque una persona le disparó y luego murió mi buen amigo Rioja. Sólo
quedo yo... no creo que me quede mucho tiempo de vida... sé que ellos
vendrán a por mí, pero no sé cuándo...
Lunes,
día 2 de Noviembre. Me levanté muy cansada porque no dormí nada durante
el fin de semana pasado. Mi mente reproducía continuamente la noche de
Halloween cuando fuimos a explorar la Casa Negra. El miedo que pasé esa
noche fue descomunal. Cada vez que cerraba los ojos, la mirada blanca y
terrible de esa niña ocupaba toda mi mente. Sus palabras, el viento, me
llenaba de un miedo atroz. Esa voz... esa voz no salía de mi cabeza.
Ellos
acabarán con vosotros
Oía
de nuevo nuestros gritos y las de ellos. Además, me veía a mí misma
escuchando en las noticias la confidencia de las muertes de mis mejores
amigos. Desde que me enteré de esa tragedia no quise salir de casa por si
acaso acabaría como ellos... no quería correr tal riesgo... pero ese día
tuve que ir al instituto. Inventé mil excusas para no ir, pero mis padres
me obligaron, diciéndome que era mi deber asistir a clase. Asustada, y
con el miedo a flor de piel, salí de casa sin compañía alguna.
Tranquila,
hoy no es tu último dia
Cuando
salí vi horrorizada que por las calles no había gente paseando ni vehículos
circulando por las carreteras. Miré la hora: las ocho de la mañana.
Esto
es muy extraño
Quise
acortar el camino para llegar antes al instituto y fui por un atajo, pero
cuando llegué a Dead Street, empezaron a aparecer cosas muy raras: el
tiempo atmosférico cambió repentinamente: había niebla y la temperatura
descendió. En ese momento recordé las muertes trágicas de mis otros
cuatro compañeros.
No
Acabaré como ellos
¿O
quizás sí?
Oí
una voz apagada y ahogada en mi oreja. Me puse pálida y rígida, alguien
estaba a mi lado... y me había leído el pensamiento... Salí corriendo
como alma que lleva el diablo, pero algo me detuvo. Enfrente de mí estaba
el espíritu de Sheyla, que me suplicaba ayuda. Tenía en la frente un
agujero y se asomaba un poco la bala que dio muerte el día anterior. Quería
que vengase su muerte. De repente, apareció también Rioja y me dijo lo
mismo que mi amiga. Ambos no paraban de suplicarme ayuda, cogiéndome de
las piernas para que no pudiese escapar.
¡No,
no, dejadme!
De
la niebla surgió la niña de la Casa Negra, acompañada por cuatro espíritus
negros encapuchados. Sus aspectos eran terroríficos y producían pavor,
miedo y horror a todo aquel que los viese.
Ya
os dije que acabarían con vosotros. Habéis interrumpido el descanso de
los Servidores de la Muerte y lo pagaréis caro... Muy caro...
Mientras
que la niña de los ojos blancos decía estas palabras, las almas de mis
amigos fueron conducidas al infierno. Sus gritos desesperados me llegaron
al alma y el miedo volvió a influir por mis venas cuando vi esa escena
Ahora
debes reunirte con tus amiguitos
Entonces,
los encapuchados se acercaron a mí, dispuestos a quitarme la vida
lentamente, para tener una muerte lenta y dolorosa...
Volver
Arriba
El
Campo de los Muertos
Ay,
el famoso Campo de los Muertos Vivientes... esas tierras malditas situadas
a las afueras del pueblo donde, según se comentaba, los muertos
resucitaban en la noche de Halloween para torturar a los mortales. ¡Bah!
Sólo es una leyenda urbana pensaba yo... hasta que lo vi con mis
propios ojos... esa terrible escena no tendría que haberla visto... Esos
"zombies" con sus caras verdes y llenas de agujeros por los que
se asomaban gusanos y lombrices de todos los tamaños y colores; con su
aliento podrido y matador... Ese Campo de los Muertos donde sólo existía
un olor insoportable de carne descompuesta. No debería haberlo visto...
Desgraciadamente,
todo comenzó hace dos años, en la noche de Halloween, en una noche como
la que estamos viviendo hoy. En Halloween nosotros solíamos organizar una
fiesta. Pero esa noche decidimos hacer algo distinto... y pobre de mí que
propuse ir al Campo de los Muertos y pasar ahí la noche. El Campo de los
Muertos no era más que un descampado de grandes dimensiones donde,
supuestamente, los antiguos labradores que habitaron en el pueblo y que
trabajaban esas tierras y las demás gentes resucitaban... Nadie lo había
visto ni demostrado, pero nosotros íbamos a ser los primeros en verlo.
Era
una hermosa noche. El cielo estaba lleno de brillantes y pequeñas
bombillas que rodeaban a una grande, redonda y blanca luna. Cuando
llegamos al Campo, éste parecía inofensivo, no creíamos ni por asomo
que estuviera maldito. Pero como ya sabéis, las apariencias engañan... y
esta expresión se mostró ante nosotros con suma facilidad. La alarma de
mi reloj disparó. Señalaba que eran las doce de la noche. Hora perfecta
para encender velas blancas y contar las típicas historias de terror. Me
disponía a prender una cerilla para iluminar la última vela cuando sentí
algo extraño... Unos bultos empezaron a surgir en el húmedo suelo. Estábamos
todos sentados formando un gran círculo, cuando, en medio de nosotros,
apareció una mano verdosa, esquelética, cubierta de hongos y manchas
marrones. Entre gritos y sollozos, un ejército de brazos surgieron del
Campo. Nos levantamos y vimos que estábamos rodeados de muertos que habían
vuelto a la vida...
El
Campo de los Muertos. Ay ¿por qué tuvimos que ir? De repente, Robert se
hundió en la tierra mientras soltaba un largo y tenebroso grito. Pronto
cayó mi amiga Sophie, y más tarde, Jacqueline. Y así, uno a uno fueron
hundiéndose en la tierra. Parecía que el campo tenía hambre y se iba
tragando a cada uno de mis amigos... Hasta que me quedé sola. En un
intenso ataque de locura, rogaba y suplicaba, entre sollozos, que me
dejaran en paz y que soltaran a los jóvenes que estuvieron conmigo. Ellos
cumplieron mi última suplica y aparecieron todos. Sus cuerpos yacieron
por un momento en el suelo. Las pupilas, dilatadas, miraban al cielo, como
si hubieran estado suplicando a un Ser Superior que fueran rescatados. De
repente, un haz de luz iluminó los cuerpos... y de esa luminiscencia se
desprendieron los espíritus de los cuerpos. Mis amigos y acompañantes me
miraron y sus caras se transformaron, en un abrir y cerrar de ojos. Sus
dulces y amistosas miradas se transformaron en diabólicas, satánicas y
terroríficas miradas; los ojos se cubrieron de sangre y sus iris de
colores se convirtieron en negro, negro azabache; y sus pupilas
emblanquecieron... Sentí que esas miradas iban a robarme el alma, pues
sentó que aldo de mi ser se iba a desprender por momentos. Me desmayé.
Por poco me quemé con las velas que formaban un círculo alrededor mío...
"Despierta...
Despierta... ¡Hey! Esta volviendo en sí..." Un grupo de adultos
estaba alrededor mío, intentando despertarme. Me preguntaron que qué hacía
yo sola en ese campo maldito. Les conté lo que les aconteció a mis
amigos, que la tierra se tragó los cuerpos y los escupió hacia la
superficie. Aquellas personas que acudieron a mi ayuda no encontraron a
mis amigos...
Hasta
el día de hoy resido en un hospital psiquiátrico, pues aún me dan
ataques de locura por lo que sentencié esa horripilante noche de
Halloween. Aunque hayan pasado dos años desde esta tragedia, aún no he
conseguido quitarme de la cabeza las caras demoníacas de mis amigos...
que deseaban robarme la vida...
Volver
Arriba
La
Leyenda de Verónica
Verónica
era una joven de unos catorce años a la que le gustaba mucho todo lo que
estaba relacionado con lo paranormal, místico y espiritual. Le chiflaba
leer leyendas urbanas y libros de magia negra y perversa.
Desde
que sus recuerdos se empezaron a grabar en su mente, la gente cercana a
ella le decía siempre que era una chica diferente a las de su edad. Y era
verdad. A ella no la gustaba salir con sus amigas a dar una vuelta o ir al
cine con su novio. No... definitivamente no era como las demás.... y Verónica
quería que fuera así. Ser una chica solitaria, llevar una vida tranquila
rodeada de libros paranormales y místicos.
Diariamente,
Verónica iba al cementerio próximo a su casa. Paseaba por los verdes
campos, con su tabla de ouija, arrastrando su largo y suave vestido negro
aterciopelado. Entre tristes cipreses, se sentaba y admiraba el
“precioso” paisaje que la rodeaba. La reluciente luna brillaba entre
las hojas de los árboles. Allá al fondo, descansaban numerosas estatuas
y lápidas frías y melancólicas, donde rezaban nombres de los fallecidos
que descansaban allí, iluminadas por la delicada luz de las estrellas.
Desde que
era pequeña, Verónica iba todas las noches al solitario camposanto,
asombrada por la magia que ocultaba en él. Sentía cómo los espíritus
intentaban salir del inframundo para regresar al mundo mortal. Una fuerza
ajena a ella la llenaba el alma y la hacía feliz con lo que veía. Ella
quería ayudar a los muertos a volver a la vida. Cada noche, junto con su
tabla y las herramientas que necesitaba, se trasladaba al cementerio y, a
la luz de la luna y de las velas, hablaba con los espíritus y les
ayudaba. Pero no sabía que, desde el otro lado, en otro sitio que los
mortales desconocen su existencia, algo oscuro la observaba... algo que
todos temen, algo del que todos huyen... La negra Muerte sentía que Verónica
jugaba entre el inframundo y el mundo terrenal. Los pocos mortales que habían
estado en dos mundos no habían sobrevivido para contarlo... en el caso de
Verónica no iba a ser distinto...
Mientras
tanto, Verónica estaba sentada entre cipreses hablando con los muertos
del cementerio cuando vio algo. Una mancha blanca había en el suelo...
algo había a unos metros de ella. Poco a poco, la chica se fue acercando
hasta que lo vio. Su corazón dio un vuelco y un nuevo sentimiento inundó
todo su ser. Era algo que nunca había visto, pero sabía lo que era.
Incrustado
en el suelo, había una larga lápida blanca y fría. No rezaba ningún
nombre... sólo había un gran bajorrelieve. Una llamarada de fuego estaba
representado en el centro y en su interior descansaba otro dibujo, un
animal de cuernos enroscados disfrutaba con el calor del fuego.
Verónica
no podía creer lo que estaba viendo... El símbolo del infierno resaltaba
en sus ojos. Ese animal la miraba con sus ojos de mármol. Se sentó a su
vera y observó las maravillas formas de la figura. Su blanca mano tocó
la fría y suave piedra.
De
repente, el dibujo se hundió y la lápida se abrió. Verónica, sin
temor, miró hacia abajo. Fuego y cenizas. Un espantoso olor a azufre salía
al exterior del gigantesco agujero. Impresionada, Verónica observó el
infierno desde el mundo terrenal.
Sintió
un aliento en su cuello. Alguien estaba detrás suya. Se dio la vuelta...
pero no había nadie. Verónica sabía que alguien la estaba vigilando...
pero ¿quién?... Cuando volvió a darse la vuelta, lo vio. “No... no
puede ser...” Aunque iba con ropas oscuras, Verónica le reconoció al
momento. Era la misma Muerte la que la esperaba. Iba a tomar medidas al
respecto. Con su grande y fría hoz partió su cuerpo en dos y un mar de
sangre se desprendió. El corazón de Verónica dejó de latir y explotó
cual bomba de relojería. Su tiempo había terminado. Del cuerpo, el alma
de Verónica se posó en las manos esqueléticas de la Muerte, y ésta le
encomendó un trabajo. Ella sería la protectora de los muertos, la
guardiana de los espíritus, el brazo derecho de la Muerte y el puente que
uniría al mundo terrenal con el inframundo.
Al
día siguiente, un enterrador acudió al cementerio. Cual fue su horror
cuando vio las dos mitades de un cuerpo en un mar de sangre... La lápida
del infierno, misteriosamente, había desaparecido...
Volver
Arriba
El
Canto de los Muertos
En
la oscura noche, donde la gran y brillante luna iluminaba el cielo
negruzco y nocturno. Su débil luz atravesaba las sombras de los árboles
de los bosques. Búhos y murciélagos observaban la ya avanzada noche.
Un
susurro se oía allá a lo lejos. Un susurro que iba creciendo poco a
poco, hasta que, ese débil susurro se convirtió en una voz casi
perceptible. Un suave canto parecía que brotaba del suelo. Allá a lo
lejos, unos frailes cantaban una oración
Aperi
Dómine, os meum ad benedicendum nomen sanctum tuum: munda quoque
cor meum ab ómnibus vanis, pervérsis et alienis cogitatiónibus;
intelectum ilumina, affectum imflama, ut digne, attente ac devote
hoc Oficium recitáre váleam, et exaudiri merear ante
conspectum divinae Majestátis tuae. Per Christum Dóminum
nostrum, amén. Dómine in unione illius divinae intentiónis,
qua ipse in terris laudes, deo persolvisti has tibi oras
per solvo
La
oración, triste pero esperanzadora, acompañaba la lenta marcha de los
frailes, que iban caminando al son de la música, al son del canto. Una
vela iluminaba su oscuro camino hasta llegar al convento. Transportaban
algo... cubierto con una sábana de seda blanca, una tela que, a pesar de
la oscuridad que reinaba en el camino, se veía con claridad. En una
especie de camilla, mientras que la seda iba vacilando con el viento al
son de la oración, un cuerpo flotaba bajo los frailes. Un cadáver,
seguido por la luz, se dirigía hacia el Norte, hacia su tierra materna.
Non
fécit táliter omni nationi. Et judicia sua nom
manifestavit eis...
Elegi
et santificabi locum istum, ut sit tibi nomen meum, et
permaneant óculi mei cor meum ibi cunctis diebus...
Los
frailes, cubiertos con sus capuchas, iban avanzando lentamente... La oración
se hacía profunda... Por donde los monjes pasaban con su canto, la vida
se extinguía. Las flores se marchitaban, los árboles se secaban, las
lechuzas huían al ver tal espanto... En el barro, los frailes no dejaban
pisadas ni huellas... caminaban como si estuvieran en una cinta
transportadora. Sus pies no tocaban el suelo... flotaban en el aire.
Deus,
qui sub beatísmae Vírginis Mariae singulari patrocinio constitutos
perpetuis beneficiis nos cumulari voluisti: praesta suplícibus tuis:
ut, cujus hódie commemoratione laetámur in térris ejus conspectu
perfuamur in caelis
Ayuda,
Ayuda. El grito desesperado de una mujer detuvo su marcha. A unos metros,
una mujer vestida de negro sostenía una lámpara de aceite. Su cara,
cubierta con una tela oscura y transparente, mostraba miedo y cansancio.
Los brillantes ojos miraban a los monjes buscando ayuda desesperadamente.
"Por
favor, padres, ¿podrían ayudarme?" - intentó explicarse - "A
mi marido Juan le ha dado un infarto y parece que ha muerto..."
Un
fraile, el que aportaba la luz guiadora, se quitó la capucha y alumbró
la camilla. El terror influía por las venas de la mortal. La cara del
fraile estaba descompuesta; los huesos faciales se veían tras la carne
podrida que los cubría. Su mano esquelética y huesuda, sostenía la vela
casi derretida.
Que
el Señor Dios todopoderoso proteja a Juan Gardner y a su esposa María
del Carmen en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo
En
un ataque de locura, María del Carmen corría hacia ningún sitio, con la
mentalidad y la cordura fuera de sí. Delante de ella, un acantilado se
extendía bajo sus pies. La mujer cayó hacia el vacío. Un grito acompañaba
su caída. Sonó un golpe seco y el grito calló.
El
silencio se extendió en el bosque encantado... hasta que, en un susurro,
la oración volvió a brotar de las esqueléticas gargantas de los frailes
muertos... En la camilla, dos cadáveres flotaban: Juan y María del
Carmen estaban realizando el camino de los monjes al son del canto...
hasta el fin de los tiempos...
Per
Dóminum Nostrum , Amén. Jesu, tibi sit gloria, qui natus es de vírgine,
Cum Patre, et almo Spíritu, in sempiterna seculae, amén.
Volver
Arriba
La
Maldición de Tutankamon
Año
1.325 a.C. Los egipcios estaban acabando de construir la gran pirámide
para su faraón. Hacía mucho calor. El Sol Ra estaba en el centro de la bóveda
celeste, el dios Horus, en todo su esplendor. El suelo arenoso parecía
arder bajo sus pies. Grandes gotas de sudor brotaban de la mente de los
esclavos que transportaban piedras realmente pesadas para así poder
construir la estructura de esa pirámide descomunal, a las orillas del río
Nilo.
Un
látigo rebotaba en las espaldas desnudas de los esclavos trabajadores. El
sudor y la sangre de las heridas que el látigo les causaba se mezclaban y
se unían en una misma gota; esa gota iba recorriendo la espalda en compañía
de otras gotas como ella, hasta que aterrizaban en la ardiente arena,
formando un río en paralelo al Nilo.
Desde
el palacio, no muy lejos de allí, Tutankamon observaba feliz y orgulloso
el rápido progreso de su pirámide. “Lástima que cuando entre en su
interior estaré muerto...” Esa pirámide era el sueño de todo faraón.
Su punta estaba llegando a Ra, el magnífico y radiante dios del Sol. Su
tamaño era descomunal, impresionante.
El
arquitecto de la pirámide, Tahrir, observaba en su pergamino el boceto de
ese majestuoso monumento funerario, deseando verla acabada para alegrar su
vista con la obra más exquisita de Egipto. “Si la voluntad de Ra está
a nuestro favor, la pirámide podrá estar acabada en 3 lunas llenas” y
sonreía para sí...
Mientras
tanto, no muy lejos de allí, Makran, que era el hechicero de la metrópolis,
estaba creando una pócima... una pócima maldita... para el faraón
Tutankamon. El fallecimiento de Ajnatón había sido lo peor que le podía
haber pasado a la ciudad. Ese tal Tutankamon no debería haber sustituido
al gran Ajnatón, puesto que el nuevo faraón era demasiado joven para
reinar y sacar a un pueblo tan grande como lo era Egipto. No... el destino
que le había dado Atón no era ése...
“Tengo
que impedir que Tutankamon reine durante más tiempo...” En un viejo
pergamino, estaban dibujados los ingredientes para crear una pócima, lo
suficientemente potente como para acabar con el faraón. “Un joven de 19
primaveras no puede reinar... no sabe qué hacer...” Y sin tan ni
siquiera darse cuenta, Makran acabó con el brebaje. Acto seguido, lanzó
un hechizo:
Thot,
que eres dios de la magia
El
poder que me has otorgado
Junto
con Isis, tu gran compañía
Anuncio
que el final de Tutankamon ha llegado
La
magia que influye en mí, la magia de Isis
Despertará
al tenebroso Osiris
Para
que conduzca al faraón al altar de la muerte
Y
así, cambie nuestra suerte
La
pócima se volvió negra azabache, y desprendía un olor insoportable.
“Bien,
esto está terminado.”
Se
puso sus sandalias desgastadas por el caminar intenso que hacía cada día
y salió a la calle. Mientras caminaba, el olor de la pócima que aportaba
era un poco más agradable y se volvió tan clara como el agua.
Afortunadamente, el palacio no estaba muy lejos de la aldea.
Cuando
llegó, el sol Ra se había desplazado un poco dejando paso a la Luna Thot.
Las puertas del palacio estaban al final de unas escaleras de poca altura.
En cada una de las columnas vigilaban dos guardias. Makran pidió a los
guardias entrar para ofrecer al faraón Tutankamon una bebida que procedía
de Tebas. Los guardias le dejaron pasar. Allí, un esclavo negro le cogió
la pócima y se encargó de dársela a Tutankamon.
La
pócima no tardó en recorrer los complejos pasillos del palacio, hasta
que llegó a la habitación personal de Tutankamon. “Qué oportuno. Me
estaba deshidratando” Cogió el caldero con la pócima y se la bebió en
un trago.
Su
cara se puso morada. Tutankamon sentía que su continuo latir del corazón
se estaba debilitando. Cayó al suelo... El esclavo fue a socorrerle; le
sujetó la cabeza y murió al momento. El faraón no podía respirar... se
ahogaba en sus propios pulmones. Miró al cielo y exhaló su último
respiro.
Nadie,
a excepción de Makran, supo cómo murió Tutankamon. La pirámide acabó
de ser construida al poco tiempo de la muerte del faraón. En los jeroglíficos
que decoraban las paredes de la pirámide, se podía leer una maldición;
escrita por Makran, la maldición de Tutankamon. Se decía que cualquiera
que entrara no volvería a ver más los calurosos rayos del dios Ra.
Y
así ha sido hasta la actualidad. El arqueólogo que descubrió la tumba
de Tutankamon, Howard Carter, murió sin causas aparentes. Su compañero y
mecenas, lord Carnarvon, también murió por una neumonía. Desde
entonces, la afirmación de la maldición de Tutankamon se extendió tan rápido
como la pólvora. Algunos infelices vieron con sus propios ojos la maldición,
mas no vivieron para contarlo...
Ahora,
nadie se atreve a acercarse al faraón Tutankamon... pues su maldición
puede acabar con la vida de más de un mortal...
Volver
Arriba
|