Cuentos del cajón
LOS OLVIDADOS
Tercera selección de Eduardo Minervino

DARSE CUENTA
Cerró los ojos y comenzó a contar por enésima vez en la noche. Uno a uno vio pasar a cientos de hombres que saltaban sobre una valla de madera. Ninguno era igual al anterior, había gente de todas las razas y posiciones sociales. Vio pasar gordos y flacos, altos y bajos, ancianos y niños, feos y más feos...
Sintió lástima por algunos que no podían saltar el obstáculo. En ese supuesto estaba un hombre obeso que se había atorado entre dos maderos, el de un niño que lloraba al pie de la valla sin haberse atrevido a saltar, y el de una anciana que yacía por los suelos con un pie torcido.
Los que habían saltado exitosamente se perdían más adelante, en la oscuridad de su imaginación. Todo iba bien hasta que a un joven se le ocurrió apoyar sus pies sobre la espalda del obeso y desde allí saltar, lo cual aumentó sus probabilidades de éxito. Eso fue el principio del caos: hubo quien se auxilió de una escalera para pasar al otro lado, hubo también quien comenzó a cortar el arbolito, y aquel que realizó el salto en motocicleta. Lo último que vio fue a un hombre calvo poniendo dinamita al pie de la cerca. Sobrevino la explosión.
Abrió los ojos: su corazón palpitaba acelerado, en sus sienes aún retumbaba el estruendo. Aquello no había sido un sueño, no era ni el comienzo de un sueño: la vigilia persistía pese al método que acababa de practicar. Aceptó su condición, era claro que también las ovejas sufren de insomnio

EN LA SANGRE
Sentado frente a la computadora Germán Delgado dejaba que sus manos galoparan libremente sobre el teclado, sin saber exactamente a dónde lo conducirían las palabras que iban salpicando la superficie de la pantalla. Sentía un texto poderoso correrle por las venas y dejaba que sus ideas salieran como por la válvula de una olla express. Creía que por fin podría cumplir su máximo anhelo, dejar el alma y la sangre en lo que escribía.
Una cosquilla picante se le alojó en el brazo. Interrumpió el frenético ritmo que llevaba para rascarse. Se acomodó los lentes y siguió escribiendo sin darle mayor importancia al asunto. La siguiente punzada lo atacó en la rodilla, con tal saña que necesitó bajarse los pantalones para poder rascarse a gusto. La luz escaseaba, así que se paró a encender la lámpara con los jeans en los tobillos; luego continuó acribillando a la página en cuestión que se reflejaba nítidamente en la pantalla de su vieja PC.
Extasiado contemplaba cómo sus manos hacían que las letras se estrellaran contra el monitor como gotas de lluvia sobre techos de chapa. La diversión se le cortó en seco cuando, escalofrío de por medio, necesitó estirar ambas manos hacia la espalda, tratando de rascarse la maldita comezón que le había aterrizado en el centro. Siguió siendo aguijoneado hasta que debió alternar los dedos de una mano sobre las teclas, con las uñas de la otra sobre su epidermis.
Un escozor terrible le recorrió de los pulgares a las ingles, como si cientos de cucarachas con patas afiladísimas le caminaran bajo la piel. Germán comprendió entonces que se trataba de su novela. Era de una intensidad tal que la tinta de la impresora no sería suficiente para plasmarla, y se lo estaba exigiendo. Empezó a rascarse todo el cuerpo con la desesperación febril que unos momentos antes lo poseía al escribir, hasta que una primera gota brotó acompañada de un alivio casi orgásmico.
Su máximo sueño se había cumplido y sonreía, aunque su madre no lo comprendió  y comenzó a llorar cuando a la mañana siguiente lo encontró desollado sobre su computadora.

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