Nadie la esperaba y llegó un 29 de enero de 1988 sonriendo, con un anticonceptivo en su manita, diciendo: eh, yo seré la alegría de sus vidas; y lo ha cumplido hasta ahora.
Ella se llama Rita Elena. Es mi hija y es la mujer más hermosa y más valiente que he conocido. Si muero en este momento diría que es el amor de mi vida porque ella es la única persona que se atreve a regañarme así como ella lo hace y que, además, me da argumentos.
Es mi imagen viva como alma. Ahora es una adolescente y está, como todos los adolescentes, embriagadas de potencialidad de vida y que no saben qué hacer con tanto don, pero espero que muy pronto madure como siempre ha madurado y ponga las cosas en su lugar, incluyendo su propia vida.
Ella es mi albacea, ella tal vez sea la única persona que sabe lo importante que he escrito y que si yo no lo alcanzo a publicar ella me ha dicho que lo hará, que quiere ser la mejor en su área; yo no sé qué sea ni ella tampoco lo sabe, pero seguramente por lo menos lo intentará; lo único que le diría es que espero no deje jamás de ser humano y mujer que luche por sus principios.