Rosal de la Frontera

Rosal de la Frontera  - Andévalo - Huelva

Las noticias históricas sobre el territorio de Rosal de la Frontera son muy escasas, pues nació y se constituyó como municipio en la tardía fecha de 1838, en un intento de repoblar la Aldea del Gallego, núcleo que, surgido en la Reconquista, había desaparecido en 1642.
Sin embargo, la presencia del hombre en el término es muy antigua porque, bordeando la Dehesa de Cortegana y dominando visualmente gran parte de las riveras Alcalaboza y Chanza, en el Cerro de las Abejas, en el Castillo de la Torre y en el Cerro de la Charneca se han encontrado restos arqueológicos de la Edad del Cobre (Pérez Macías, J. A., 1996).
De otra parte, se ha detectado la presencia romana. Efectivamente, en 1621 Rodrigo Caro encontró una lápida de esta época. En la inscripción de la misma aparecía que la procedencia de la difunta era Arabrica. En base a ello, Caro identificó a los pobladores del Gallego como descendientes de esta ciudad. Sin embargo, Arabrica se encuentra cerca de Lisboa. Debido a esta interpretación errónea, hay que concluir que la arabrigense Vibia Crispia murió en una estancia por estas tierras y fue enterrada en un cementerio paleocristiano perteneciente a una villa romana, cuyos restos están muy próximos a la rivera de Alcalaboza.
Las épocas de dominación visigoda y musulmana aparecen veladas por la falta de noticias. Así, la história a identidad de esta tierra periférica y fronteriza empiezan a hilarse a partir de la Baja Edad Media. El avance de la conquista cristiana por varios frentes, amparados en la organización de reinos, originó espacios de frontera de gran inestabilidad. Efectivamente, la vanguardia del ejército portugués fue la primera en penetrar en las desguarnecidas Sierras de Aroche y Aracena, y hacia 1251 fue el rey luso Alfonso III quien inició la reorganización del espacio serrano.
Las rivalidades entre las Coronas de Castilla y Portugal generaron fuertes tensiones. La repoblación fue dificultosa porque los hombres en la frontera, además de buscar el sustento, tuvieron que hacer frente a las inseguridades que generan una guerra latente y una sociedad por estructurar (Sancha Soria, F., 1995). Aunque Alfonso X se apropia en 1253 de Aroche, sólo tras la reedificación de su castillo por el rey castellano Sancho IV, en 1293, y la organización de !a línea de defensa llamada «banda gallega», la frontera se apoya en bastiones seguros para contener los empujes portugueses. Así, en 1297, el tratado de Alcañices reconoce los límites fronterizos entre Castilla y Portugal al Oeste de Aroche.
Tras la conquista, en los territorios de Rosal se formó un núcleo de poblamiento llamado La Aldea del Gallego, en la rivera de Alcalaboza. Esta debió de ser, por su contexto histórico y topónimo, un asentamiento de inmigrantes gallegos y quizás punto de invernada de la trashumancia de ovejas merinas de la Mesta, porque, según Rodríguez Guillén (1996), en el siglo XIII «venían los ganados meseteños desde la Tierra de los Gameros, en Logroño» y se fundó la ermita de San Mamés, hoy en ruinas, en la dehesa del Carmen, Este lugar fue punto de encuentro de los habitantes del Gallego y de numerosos portugueses, que hacían una romería «en honor y culto de nuestro Sr. San Mamed».
Sin embargo, la conflictividad en la frontera se mantiene en la Edad Moderna y en los tiempos contemporáneos. En 1540, el rey de España encarga «a Sevilla defienda como mejor le parezca los términos de la Contienda, situada entre Aroche y Encinasola y la Villa de Moura del reino de Portugal...» En 1542 tenía lugar un acuerdo entre Carlos V y Juan III de Portugal en el que se citaba taxativamente que «los lugares a tierras que se llama el Rosal a Alpieugal con la casa que agora hay e tienen e todas las más que de aquí adelante se ficieren (...) pertenecían a la banda de Castilla» (Moreno Alonso, 1978; 30).
Según Rodrigo Caro (1634), El Gallego era de poca vecindad y aldea de la Villa de Aroche y, estando edificada en la misma raya fronteriza, sus habitantes hablaban portugués. La vida en la Aldea debió ser precaria, y estuvo fundamentada en el aprovechamiento ganadero, con la práctica del pastoreo trashumante que utilizaba la bellota. La agricultura, muy arcaica, se practicaba esporádicamente con la siembra de «rozas» muy distanciadas en el tiempo,
La guerra de independencia portuguesa, iniciada en 1640, afectó intensamente a este espacio fronterizo, destruyendo el único núcleo de población que articulaba to que hoy es el término de Rosal de la Frontera. Efectivamente, en 1642, el Conde de Prados, defendiendo la causa del futuro rey portugués, duque de Braganza, asoló El Gallego, generando un amplio despoblado del territorio gestionado por la Aldea, ya que todos sus habitantes se refugiaron en los muros del castillo de Aroche.
Las continuas razzias portuguesas y la indefinición de un trazado concreto de los límites fronterizos, generó un estado de inseguridad poco propicio para la repoblación, hasta tal punto que entre 1642 y 1838 el territorio de Rosal de la Frontera permaneció descabezado, sin núcleo urbano, como tierra comunal de Aroche.
El extenso despoblado fue aprcvechado por ganados y agriculturas de rozas, que indistin tamente hacían los hombres de uno y otro lado de la raya, como si la falta de ella los hiciese más libres.
El nacimiento de Rosal de la Frontera tiene sus causes profundas en las ideas de progreso de los gobiernos liberales y en la expansión demográfica que en el siglo XIX viven las Sierras de Aroche y Aracena. Estas, constreñidas por una estructura de la propiedad perversa, con muchos pequeños propietarios, y pocos hacendados que tenían la mayor parte de la superficie, vieron en las roturaciones y colonizaciones agrarias una vía de escape a la miseria rural.
De otra parte, las ideas y escritos liberales, como los de Franco Salazar de 1812, concebían que, pare la restauración económica de España y la eliminación del atraso era necesario, entre otras medidas, elaborar un plan de colonización interior con el repartimiento de heredades concejiles y la creación de nuevos propietarios (Costa, J., 1983; 252)
En este contexto y con esta filosofía, los amplios dominios de los Propios de Aroche, cercanos a la frontera, fueron propuestos como tierras de colonización, iniciándose uno de los episodios más fascinantes del poblamiento contemporáneo en el Oeste peninsular. La idea repobladora se originó en el Trienio liberal, es decir, entre 1820-23, y se consolidó en 1838, época de la regencia de María Cristina, siendo su principal valedor la Diputación de Huelva y los vecinos de Aroche, quienes solicitaron en 1822 repoblar la antigua Aldea del Gallego. Sin embargo, esta idea sufrió diversas vicisitudes, porque en el gobierno de Fenando VII se paralizó todo to que olía a nuevo.
El clérigo don Gaspar García Soria, desde Aroche, y avalado por la firma de 31 propietarios, 45 yunteros y 185 pegujaleros, fue el alma de esta iniciativa. Fundador de la Junta Repobladora, estuvo acompañado por don Toribio Silvera, primer alcalde de la villa y un verdadero «Zalacaín aventurero». El lugar elegido no fue exactamente el de la antigua Aldea del Gallego, sino la dehesa del Rosal, un pago paradisíaco, con terrenos fértiles y próximos a la ribéra del Chanza. El nombre elegido para la colonia fue Rosal de Cristina, en honor de la reina regente.
Los comienzos no fueron fáciles porque Aroche se negaba a desprenderse de parte de sus terrenos de Propios, e incluso propició acciones de violencia. En agosto de 1838 varios vecinos de Aroche quemaron las sementeras en la dehesa de Cortelana y destruyeron las moradas de los primeros habitantes de Rosal de Cristina.
Sin embargo, el tesón de sus habitantes y de la Diputación afianzaron la nueva población. Esta reunía en 1844 más de 90 colonos y contaba con dos molinos harineros, varios de ladrillos y cal, «62 casas construidas, 29 principiadas a construir y 93 señaladas» (Moreno Alonso, 1978; 95-96). Este mismo año, se aprueba el nombramiento provisional del Ayuntamiento y se dote al municipio de un ejido y un corral concejil cercano a la población.
La Rivera de Alcalaboza, en el Centro y Sur del término, ocupa gran parte del mismo, y organiza una compleja red fluvial a la que desaguan los barrancos Fraile, Tamujoso, Peramora y San Mamés, el arroyo Helechos y la rivera del Aserrador. Es un espacio ganadero-forestal. En la margen izquierda de la rivera de Alcalaboza predomina el pastoreo, con construcciones que atestiguan esta actividad: Cortijo de la Gama, Corte de la Higuera, Cortijo del Ovejero...; pero hacia el Sur, especialmente la amplia Rivera del Aserrador, se hace eminentemente forestal y los pagos evocan un espacio menos transformado: Cumbre de los Pajaritos, Las Pájaras, El Culandral, Cerro del Pino o Majadal del Chaparrito. Aquí, sobre un denso matorral mediterráneo, se han realizado extensas repoblaciones de eucaliptos que generan una intensa actividad forestal.
El año de la constitución de su Ayuntamiento, 1844, reunía a 337 personas que muy pronto se fueron incrementando por la afluencia de inmigrantes y colonos, hasta llegar a los 880 del año 1857 y a las 1.399 personas del primer año del siglo XX. Incremento tan espectacular sólo se entiende por los nuevos horizontes y esperanzas que el pueblo de colonización engendraba en jornaleros y campesinos de pueblos del entorno que arrastraban una vida sórdida, sin penas ni glorias, acuciados por una estructura de la propiedad perversa, donde sólo eran una mera fuerza laboral.
A la par que crecían los colonos y con los avatares de una historia reciente, se fue conformando un núcleo urbano trazado a priori, pues al ser centro del despoblado y hallarse en el camino real a Portugal, junto a la frontera, necesitaba de normas urbanísticas que orientasen su crecimiento. El centro de la colonia fue la plaza de Isabel II. A partir de aquí. las calles se dirigían de Oeste a Este, y hacia Poniente se construiría un abrevadero para el ganado de labor.

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