El Cerro de Andévalo

La presencia humana en el término se remonta al Calcolítico, hacia el III milenio antes de Cristo, de donde procede la industria lítica de «Las Mingorreras» (Vallespí, 1988). Pero los; cerreños entrarán en la historia de la mano de los fenicios, que, atraídos por la riqueza minera y ganadera de la zona, acabarían por imponerse sobre los tartésicos, haciéndose con el control de estas tierras. La certeza de esta ocupación viene dada no sólo por los restos arqueológicos, sino por la toponimia, ya que la localidad toma su nombre del Cerro sobre el que, al parecer, existió un templo dedicado a la diosa fenicia Baal, y de ahí resultaría Ande-Baal.

 


El Andévalo fue ocupado por los romanos hacia el año 194 a. C., si bien la época más floreciente coincide con la de los emperadores Tiberio y Augusto, ya que la explotación minera de la zona alcanza sus máximos rendimientos por el año 43 a. C. De hecho, en la orilla del barranco del Fresno se encontraba la mina de La Lancha, que fue explotada, tal y como lo confirman las escorias encontradas en la misma. Además, han quedado numerosos restos de esta época, como las urnas cinerarias de vidrio halladas en el término, expuestas en el Museo provincial de Huelva.
La caída de Roma y la irrupción de los visigodos en el siglo V supondrá el abandono y olvido de las actividades extractivas, que tardarán siglos en alcanzar los niveles de producción anteriores. Este desinterés por la minería se mantendrá durante el dominio musulmán, hasta el siglo XIX. En época del Islam la villa tenía un recinto bien fortificado, formado por tres murallas; dos rodeaban la «cabeza del Andévalo» y otra se situaba en la cima, protegiendo la Alcazaba, que se levantaba tras este. Los señores musulmanes del Andévalo fueron respetados tras la conquista y conservaron sus tierras; éstos eran los hermanos Maomillo, los cuales incluso mantendrían disputas con otros señores territoriales.
La comarca fue conquistada en el año 1257 por el rey Alfonso X el Sabio. Su nieto, Alfonso XI, organizó como Concejo el antiguo reino de Niebla, deslindando un territorio que comprendía gran parte del Andévalo. El Cerro queda como zona limítrofe en el siglo XV al pertenecer a la tierra realenga de Sevilla, lo cual es motivo de continuas disputas territoriales con el Condado. En el año 1427, ante la pretensión de los Condes de Niebla de tomar todo el Campo del Andévalo, Sevilla envió una fuerza armada, bajo el mando de Fernando Medina, para impedir usurpaciones de tierras. Posteriormente, en el año 1492, el licenciado Montiel, a petición de la ciudad de Sevilla, toma la fortaleza de El Andévalo.
Los primeros asentamientos cristianos, para González Jiménez, están básicamente constituidos por gentes que acuden desde las poblaciones vecinas y no por castellanos y leoneses, los cuales vendrán en fecha más tardía, durante la guerra de Alfonso XI con Alfonso VI de Portugal. La guerra y las carestías diezmaron la población, que conoció entre 1348 y 1384 tres terribles epidemias, de forma que, como afirma Collantes de Terán, El Cerro en 1378 se hallaba completamente despoblado. En 1427 se encuentra nuevamente poblado y posee una cárcel, aunque en el año 1472 volverá a pasar por dificultades; de ahí que el Concejo pida que se mantengan las franquicias que Sevilla le había concedido años atrás. Muchos vecinos abandonan el lugar y en 1479, con ocasión de las guerras entre Castilla y Portugal, El Cerro se encuentra destruido (Rico Romero, 1995). El afianzamiento definitivo no se producirá hasta el año de 1502, cuando El Cerro tiene 220 vecinos.
Durante la guerra de la Independencia adquiriría cierto protagonismo la villa pues, en sus calles, en el año 1811, el general Ballesteros derrotó a las tropas francesas. Hasta la primera mitad del siglo XIX la comarca del Andévalo y, en particular, El Cerro experimentan un estancamiento demográfico, dado que su economía es incapaz de mantener a sus gentes. El Cerro tenía en 1787, según datos del Censo de Floridablanca, 2.797 habitantes, y mantendrá un crecimiento real negativo. Así, en 1826 contaba con sólo 426 vecinos, lo que viene a suponer unas 1.886 personas (Ponsot, 1986).
El Cerro posee un paisaje ondulado, de extensas superficies de arrasamiento, dado que los relieves procedentes de la orogenia hercínica han estado sometidos durante largo tiempo a la acción de los agentes erosivos. A su vez, la red fluvial cuaternaria conforma un sistema encajado que sostiene una fuerte erosión regresiva. Predominan, pues, las pequeñas altiplanicies, que atraviesan el término de Este a Oeste de forma discontinua. Las vertientes se han visto sometidas a un intenso fenómeno erosivo causado fundamentalmente por una escorrentía que ha provocado intensos fenómenos de abarrancamientos y pérdida de suelos.
A pesar de la anárquica dispersión del relieve, se pueden distinguir diferentes unidades paisajísticas, como son los barrancos, los cabezos o cerros, los valles, los llanos, y el ruedo agrícola. Hay una constante presencia, pero irregular distribución, de lomas acarcavadas, formando barrancos en terrenos secos y pizarrosos, a lo largo de todo el término. El origen de los mismos está en los intensos fenómenos erosivos, como la escorrentía y arroyada superficial.
El espacio forestal, en buena medida en manos de compañías forestales y mineras, mantiene cerca de 8.000 hectáreas de eucaliptos, en torno a las 6,000 de encinas y alcornoques y un extenso matorral-pastizal que supera las 6.500 hectáreas, ubicadas en las zonas más abruptas, en las que la fuerte pendiente y la erosión hacen difícil la vida vegetal sobre una roca casi desnuda. De todas formas, la importante masa forestal alimenta varios corrales de abejas que testimonian la ancestral y abundante apicultura de la zona, normalizada desde 1504 por el Duque de Medina Sidonia: «Que los colmeneros que tuvieren miel no saquen de las villas más de la mitad (...) excepto en los lugares del mi Campo de Andévalo porque es mucha la cosecha y pocos los vecinos para que es menester (Rico Romero, 1995; 18-19).
Los cursos de agua serpentean y corren por las tierras del término en una compleja red hidrográfica, tributaría de los ríos Odiel y Chanza. Hacia el Odiel corren las aguas dulces y cristalinas del Tamujoso, el Marquillo y el Cascabel. La calidad de las aguas es buena, hasta tal punto que los pantanos de la Umbría y Tamujoso abastecen de agua potable al municipio. Distintos son los casos de las riveras Fresnera y Pelada, con aguas contaminadas por minerales de hierro. Estas riveras, tras su unión, forman el río Orange. También son feudatarios del Odiel los arroyos Cascabelero, Monte la Osa, Monte el Duro y el arroyo del Seto, los cuales se localizan al Suroeste.
Al Oeste del núcleo urbano se sitúa la línea divisoria de aguas. Las áreas tributarias del Chanza-Guadiana son las dehesas de La Covica y Malagoncillo, surcadas por el arroyo Malagón, que de Norte a Sur circula hacia Cabezas Rubias hasta unirse al Chanza. Además llegan a esta red los arroyos del Toril, situados en el Suroeste.

Pueblos del Andévalo - Huelva

 

Andévalo y Sierra
Santa Bárbara de casa
Juani y Chema

 

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